CAPÍTULO IV: Desbloqueado
Encuentros en medio del caos
—Pase, por favor.
Soltó un silbido de asombro en cuanto traspasó la puerta metálica que dividía el pasillo de una de las tantas oficinas en la comisaría. La habitación, ambientada con el zozobrante color gris de cualquier recinto policial, estaba repleta de cuadros que representaban la máxima expresión del cubismo; una estantería en donde reposaban tres majestuosas katanas hacía juego con la infinidad de diplomas, trofeos, medallas y menciones de honor que se hallaban distribuidas por las cuatro paredes del lugar.
Después de analizar por breves instantes la superficialidad de la oficina, se volteó para ver a la rígida pelinegra que permanecía en la seguridad del marco de la puerta sin quiera pronunciar palabra o parpadear.
—Sí que has avanzado, ¿no, Soi Fong? —comentó en un intento de romper la tensión—. Quién diría que la pequeña mocosa que lloraba con los cuentos de terror de Kisuke se convertiría en la subdirectora de la estación de policía de Karakura…
—Eso fue hace mucho, señorita Yoruichi —se apresuró en corregir la menuda chica, con un leve sonrojo avergonzado en las mejillas—. Además, el imbécil de Urahara hacía unas caras demasiado tétricas cuando se alumbraba con la linterna.
Sin poder evitarlo, e incluso distrayéndose por un momento del deprimente motivo de su reencuentro, la morena se echó a reír a carcajadas. Había olvidado lo reconfortante que podía ser la compañía de Soi Fong luego de tantos años sin tener una pista de su paradero, pero las cosas no parecían haber cambiado mucho de allí para acá. Se agarró el estómago al seguir con ese frenesí de diversión que la había embargado, riendo como desde mucho tiempo no lo hacía.
La azabache observó la escena en silencio, aunque tuvo que morderse el labio para no ceder ante la contagiosa risa de su maestra y actuar de manera inapropiada para una oficial de su rango. Si algún inoportuno pasaba por esos lares y la veía riéndose de tal modo, toda su reputación de huraña se vendría abajo, y con ello también el respeto que tanto le costó conseguir de los machos del plantel.
Ella, sencillamente, no podía.
Y a pesar de que no podía, no pudo controlar la fuerte risotada que emergió de su boca. Miró a Yoruichi en medio del cómico acto de risas compartidas, y esta vez una solitaria lágrima hizo aparición en el borde de su ojo, camuflando su verdadera esencia nostálgica con la excusa de las incesantes carcajadas.
Decir que la extrañó sería poco.
Varios segundos pasaron. Durante este lapso de tiempo, Yoruichi pudo despejar su mente de los problemas que la angustiaban, y Soi Fong regresó a la etapa de su niñez que tanta falta le hacía en su vida cotidiana.
—¿Te vas a quedar ahí parada todo el rato? —inquirió la morena al terminar con su episodio de risas—. Ya no necesitas pedir permiso para sentarte, la época de tu entrenamiento pasó hace años.
Soi Fong carraspeó. A pesar de haber madurado y seguido su propio camino, era inevitable que algunas costumbres antiguas afloraran al tener la presencia de su maestra tan cerca. Por ejemplo, minutos atrás se había disculpado una y mil veces con Yoruichi por no agregarle el "señorita" en cuanto la reconoció; la sorpresa le había hecho pasar por alto el respeto que generalmente le tenía a la morena.
Yoruichi, por supuesto, sólo le jaló las mejillas y le dijo que no se preocupara por estupideces.
Regresando su mente al ahora, cerró la puerta para tener más privacidad y se encaminó a su asiento detrás del escritorio. Una placa con su nombre y cargo, puesto de forma estratégica en el centro de la superficie del mueble de madera, le agregaba una pizca de seriedad a su habitual semblante inexpresivo.
La Shihon se quedó observando la placa, recordando a esa tierna niña de ocho años que la miraba con un par de ojos grises grandes y expresivos.
—Entonces, señorita Yoruichi, ¿qué puedo hacer por usted? —le preguntó, poniéndose unas gafas cuadriculadas de montura negra que antes se encontraban a un lado de la lámpara que alumbraba el recinto—. No dude en pedírmelo.
—Primero que todo, quiero decirte que estoy orgullosa de ti —mencionó con una sonrisa de medio lado—. Y segundo, necesito pedirte un inmenso favor.
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—Toshiro, ¿estás ahí?
—No quiero ver a nadie.
—Toshiro, por favor, abre la puerta. Tu madre necesita hablar contigo.
Murmuró un par de improperios contra la almohada, molesto de tener tanta atención no deseada sobre su persona. Media hora atrás, había estallado en furia al escuchar de boca de su padre que se mudarían a Noruega por tiempo indefinido; la sensación de no ser tomado en cuenta, el repudio que sentía por su familia materna, el hecho de que perdería a una grata compañía que recientemente había conseguido y sus ganas de dormir, confabularon para que el —en la mayoría de ocasiones— templado Toshiro Hitsugaya echara a su padre de la habitación a base de gritos y colocara un montón de canciones de metal a altísimo volumen para que los demás no oyesen su llanto.
Las ganas de llorar ya habían concluido, pero el enfado que hervía en sus venas todavía no.
—No quiero ver ni hablar con nadie —repitió—. ¿Podrían ponerme atención por una vez en sus vidas y no joderme la existencia, al menos hoy?
Los golpeteos en la puerta se volvieron mucho más intensos. Su madre seguramente se habría hartado de la pasividad de su esposo y había decidido acelerar el proceso, como sucedía siempre.
—¡Toshiro Hitsugaya, abre ya mismo esa puerta!
—¡No!
—¡Toshiro, última advertencia! ¡Abre la jodida puerta!
—Kotowari, baja la voz… Son las dos y media de la mañana y despertaremos a los vecinos —oyó el menor.
—¡A los vecinos me los paso por el trasero! Además, no fui yo la que colocó las bocinas a tope con esa música del demonio que son sólo gritos satánicos. ¡¿Por qué Toshiro puede formar escándalo y yo no, eh?!
Las voces de ambos se alejaron cada vez más, migrando la discusión a la habitación principal que compartía la pareja. Palabrotas como inútil, alcahueta, mal esposo y demás expresiones de rencor retumbaron por la casa durante un tiempo, hasta que al final el único sonido presente era el de unos potentes sollozos tanto en la habitación de Toshiro como en la de sus padres.
Le dio un puñetazo al colchón de su cama, frustrado. Amaba a su madre y detestaba comportarse como un patán con ella, mucho más cuando sabía que hoy le había tocado asistir a la cirugía de un pequeño que sufría de ataques cardíacos y por ello se encontraba tan voluble, pero en su mente sólo cabía el pensamiento de que tendría que reiniciar su vida por completo.
Aquello cambiaba por completo sus planes. Y una de las cosas que más le disgustaba era no tener el control.
Se incorporó de la cama y observó la oscuridad de su habitación, pensativo. Dudaba que pudiera revertir su caótica mudanza al otro lado del charco, pero aún disponía de una semana y media antes de abordar ese avión destino a Noruega. Todavía tenía tiempo para embriagarse del aire fresco de Karakura, chatear hasta las tantas horas de la madrugada con Tobiume y pasear a su perro, Hyorinmaru, en el inmenso parque de frondosos árboles que se hallaba a pocos metros de su casa.
¿Aprovecharía los contados días en su hogar natal para despedirse de los lugares, personas y cosas que ya no vería; o, por el contrario, se dedicaría a proferir maldiciones y a empeorar su típico mal genio?
Ambas opciones eran tentadoras.
Posó los pies en el frío piso y se encaminó al computador de mesa que se encontraba al lado de su armario. Acarició los bordes de la silla de cuero, rememorando cada día de juegos con detalle. Se sentó de un bufido, molesto, al percibir una pizca de lástima hacia sí mismo en sus divagaciones. Mudarse a Noruega no era el fin del mundo; era una putísima mierda, sí, absolutamente, pero no por ello debía actuar tan derrotado… Se acostumbraría tarde que temprano.
Advirtió un retorcijón en la parte baja de su estómago. Perturbado, Toshiro le achacó toda la culpa del cólico a la reciente epifanía de su mudanza. Rápidamente tomó una decisión: se preocuparía del asunto de Noruega cuando estuviese allí, o de lo contrario moriría de rabia cual perro inquieto.
Por lo pronto, jugar unas cuantas partidas en Bleach no era una mala idea.
Soltó un suspiro de alivio en cuanto ingresó a la plataforma virtual. Las últimas habían sido unas horas cargadas de tensión e irritación, así que poderse desconectar de su realidad por unos instantes era algo que realmente apreciaba. Movió su personaje por cada recoveco de una de las villas avanzadas, cavilando qué hacer; ante la obvia ausencia de Zangetsu, podría probar con otro jugador en una batalla grupal o de paso completar las tantas misiones que nunca había iniciado por motivos de pereza.
El problema era que pocas personas se conectaban a las dos de la mañana. Así que, por descarte, se decantó por empezar a avanzar en una de las temáticas más importantes del juego.
O al menos esa era su intención, hasta que pilló el constante brillo en el ícono de la bandeja de entrada. Curioso por saber quién le habría escrito una carta, clickeó en la figurilla del correo. Parpadeó varias veces, incrédulo, al leer el título del texto. Reclamo a un patán se podía visualizar en letras mayúsculas, a un lado de la fecha en la que había sido mandado el mensaje.
Diez minutos atrás, exactamente.
Pensando en eliminar la carta apenas la leyera, Toshiro abrió el correo creyendo firmemente en que la persona se había equivocado de jugador. Él no era un patán, en primer lugar, y tampoco recordaba haber estafado a nadie como para recibir un «reclamo» de algún fulano.
Sin embargo, se abstuvo de lanzar el teclado a la mismísima Noruega en cuanto se percató de la identidad del imbécil detrás de semejante exageración.
«Querido capitán, tenga usted un pésimo día. Espero que se pudra en las profundidades del averno y arda en el noveno círculo junto a Judas Iscariote, porque allí se castiga a los desgraciados que osan traicionar a su benefactor. Ojalá recuerde mi nombre siempre que le corten los testículos por haberme traicionado de una forma tan horrorosa… Y sí, antes de que se lo pregunte, esto lo escribió alguien más. No tendrá el gusto de burlarse de mi ortografía en una carta que está destinada a maldecirlo. Con mucho resentimiento, Haineko».
Apretó la quijada por dos motivos: uno, se quería orinar de la risa, y dos, quería estrangular con sus manos a Haineko por ser tan idiota.
«Loca», fue todo lo que le respondió.
Pero al escuchar el inconfundible sonido de los gemidos de su madre y la voz ronca de su padre, en medio de lo que sería una sesión de reconciliación, tuvo la irremediable sensación de que sí estaba maldito. Después de todo, se mudaría a Noruega al cabo de unos días con la familia de su madre, y eso de por sí era martirio suficiente para toda una eternidad.
Definitivamente, su vida era un chiste de mal gusto.
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Agarró con fuerza el objeto envuelto en papel regalo que sostenía en su mano derecha, y armándose de valor, empujó la puerta de la comisaría con su mano libre mientras se repetía una y otra vez que aquello era necesario.
Rukia Kuchiki, diecisiete años de edad. Bajita, de contextura delgada, cabello azabache y unos grandes orbes azulados. A pesar de considerar la comisaría como su segundo hogar, y de haber visto los escenarios más retorcidos posibles desarrollarse dentro de las cuatro paredes del recinto policial, jamás se imaginó presenciar tal cosa en una ciudad tan pequeña como lo era Karakura.
—¡Sí, sí, señora, ya sabemos que su hijo tiene cáncer y el idiota de su hermano desapareció con el ahorro de las medicinas! ¡Viene cada semana a realizar el mismo jodido reclamo!
Rukia abrió la boca con sorpresa. La sala de espera era un completo caos: la gente alumbraba el lugar con las linternas de sus celulares, los niños lloraban de angustia y se escondían bajo los asientos, un indigente dormitaba encima de la máquina de los fichos, y por último, pero no menos importante, una furiosa Nanao vociferaba gritos e insultos desde el otro lado del vidrio.
Encaramada en la silla en la que usualmente se sentaba, Nanao Ise repartía veneno con sus palabras mientras agitaba la linterna de su celular en movimientos hastiados.
—¡Estoy cansada de ustedes! ¡Hoy ni siquiera me tocaba turno, y aquí estoy, sin luz, sin compañeros, y aguantándome las quejas de un montón de desconocidos! ¡Váyanse a la m...!
—¡Nanao! —gritó en advertencia Rukia, corriendo hacia el epicentro del barullo.
La cuadriculada secretaria se quedó pasmada al reconocer la voz de la pelinegra. Luego, como si acabara de escuchar a su salvadora, saltó de la silla y con pasos acelerados movió sus pies hacia afuera del área de recepción. Ignorando el revuelvo que había ocasionado en la sala de espera con sus comentarios, la gafufa abrazó sin pedir permiso a la Kuchiki en cuanto llegaron a su encuentro.
—¡Rukia! Qué bueno que estés aquí… Esa morena trajo la ruina a la comisaría. Después de que desapareció con la señorita Soi Fong, se fue la luz y estos malditos imbéciles empezaron a echarme la culpa a mí de sus desgracias—balbuceó rápido. Rígida ante el contacto, la azabache oía la perorata de la secretaria con atención—. Dile al señor Byakuya que solicite más personal para controlar la situación en la recepción, ¿sí? Me volveré loca muy pronto si esto continúa así.
Asintió un par de veces, no muy convencida. Se separó con lentitud de la habitualmente serena secretaria, temerosa de empeorar el estado anímico de Nanao.
—Le informaré lo que está pasando —mencionó, en un afán de apaciguar la marea—, pero cálmate, Nanao. Solucionaremos esto de inmediato.
Le brindó una sonrisa tranquilizadora y siguió su camino a la puerta que conectaba la recepción con las oficinas. El largo y tétrico pasillo que en condiciones normales debería contar con dos o tres mensajeros que divagaban de aquí para allá, se veía envuelto en un desorden descomunal; un montón de policías murmuraban confundidos, creando teorías absurdas, visiblemente incómodos. Y el ruido de la sala de espera, inundada de los gritos de Nanao y la gente del común, acrecentaba el ambiente tensionante en el corazón de la comisaría.
Esquivó a cuanto macho con uniforme le obstruyó el paso, sin detenerse a preguntar por el motivo del caótico estado de la comisaría de Karakura. Apretujó con insistencia el regalo en su mano derecha, temerosa de importunar a su hermano mayor en el momento erróneo. Tal vez lo correcto sería marcharse y no añadirle otro problema a la lista.
Sí, tal vez…
Negó con la cabeza. Hoy era un día especial y no podía retractarse.
Detuvo su andar al toparse con la oficina de Byakuya Kuchiki, el director de la estación de policía de Karakura. Bajó la cabeza, miró sus pies, suspiró y trató de disminuir el temblor en sus piernas en vano. Con el nerviosismo por delante, golpeó tres veces con sus nudillos el material metálico de la puerta.
Sin embargo, no escuchó el típico «pase» que debería invitarla a irrumpir al despacho de su hermano mayor.
—¿Qué haces aquí, niña?
Los decibeles llenos de amargura de Omaeda hicieron eco en la cabeza de la irreconocible Rukia Kuchiki. La azabache, con la mente en otra galaxia en donde simplemente le entregaba el regalo a su hermano y se largaba de la comisaría con dirección hacia su cama, se giró para estar cara a cara con uno de los altos cargos de la estación de policía.
—Buscaba a mi hermano —respondió pausado, contrario a su explosivo carácter—. ¿Sabes dónde está?
—Kuchiki está tratando de solucionar el enredo del sistema de electricidad, es decir, ocupado —comentó cortante. El estrés se le notaba por encima, pues unas ojeras adornaban sus gordinflonas facciones—. Será mejor que te largues, estamos en medio de un caso complejo.
Luego de realizar esa breve intervención, se dirigió a un oficial que sollozaba en el piso del oscuro pasillo para tildarlo de nenita y amedrentarlo. Rukia hizo caso omiso a las palabras de Omaeda y siguió caminando por el pasillo, tratando de encontrar a Byakuya entre el huracán de personas en la comisaría.
Debía asegurarse de darle el regalo a su hermano mayor. Y ya estando allí, no se iría sólo por un estúpido problema en el sistema de electricidad.
—¡Me cago en todos tus ancestros muertos, imbécil!
Se sobresaltó al oír un montón de improperios en el área destinada a las celdas. Con la curiosidad por delante, y utilizando como pretexto la posibilidad de que su hermano se encontrase por esos lados, giró a la izquierda casi que finalizando el pasillo para dirigirse a ese lugar en donde recluían temporalmente a los que aguardaban por su juicio.
Al parecer, ningún recoveco de la comisaría se salvaba del ruido y las maldiciones.
—¡Más respeto hacia tu hermano, Ichigo!
Y lo que sonó después, fue indudablemente un certero golpe en la cabeza.
Apenas cruzó la pared que separaba una de las arterias estructurales de la comisaría, advirtió la presencia de varios personajes conocidos para ella en una de las celdas de la estación. Se habían activado las lámparas de emergencia, por lo que al menos aquel lugar contaba con el beneficio de la luz.
El novio de su mejor amiga, los suegros de su mejor amiga, el odioso cuñado de su mejor amiga, su mejor amiga en persona y la subdirectora, Soi Fong, discutían acaloradamente entre los barrotes de acero de la celda número cuatro, siendo observados en silencio por los demás sujetos —en su mayoría borrachos— que tuvieron la mala fortuna de verse detenidos ese día en especial.
—Qué pesadilla… —murmuró en voz baja Rukia, acercándose a la manzana de la discordia con recelo.
Era una madrugada de enero demasiado agitada para su gusto.
—¡Rukia! —exclamó Tatsuki, quien antes abrazaba con angustia al pelirrojo—. ¿Qué haces aquí? Ya es demasiado tarde.
Ante el grito de la azabache, todos fijaron su atención en la recién llegada. La Kuchiki, recobrando poco a poco su habitual espíritu mordaz, señaló acusadora a la ocurrente familia que descansaba en los asientos de concreto de la celda.
—Me robaste las palabras. ¿Qué demonios pasó con ustedes? —cuestionó, posponiendo el asunto del regalo por unos instantes.
—¡Todo fue culpa del bastardo de Renji! —saltó en seguida Ichigo, retorciéndose del agarre de Kisuke en un intento de zafarse.
Rukia supuso, por la ira que profesaba el chillón de pelo naranja, que de no ser por la intervención de Urahara, los dos hermanastros se habrían agarrado a los golpes hace rato.
—Sí, así es —admitió el pelirrojo, sin rastro alguno de turbación. La tranquilidad del Abarai sorprendió a la hermana del director—. ¡Pero si no fueran unos malditos metiches, sólo me hubieran encerrado a mí!
Ahí estaba el Renji que conocía.
—Dejen el escándalo, niñatos —reprendió Soi Fong, masajeándose las sienes—. Seño… ehm, Yoruichi, me retiraré. Solicitan mi presencia en el despacho del jefe de los ingenieros.
—Gracias, Soi Fong —mencionó Yoruichi, pellizcándole la mejilla—. Te debo una.
—No es nada, fue un placer para mí volver a servirle —respondió sonrojada y con la mirada agachada.
Rukia enarcó una ceja. ¿Qué diablos? ¿La subdirectora de la estación tenía acaso una hermana gemela, o era ella quien comenzaba a alucinar producto del estrés?
—A ver si nos sacas rápido de aquí, pequeña Soi Fong —comentó Kisuke, revolviéndole el cabello a Ichigo desde su asiento—. El encierro es pésimo para mi dolor de espalda.
De inmediato, y como si fuese un robot, la expresión de la subdirectora mutó a una de completo desprecio.
—Ojalá te pudras en esa celda —farfulló venenosa.
Y se alejó sin más, con su digno caminar, confirmando las sospechas de Rukia.
Aquel día era, en efecto, una maldita pesadilla.
—Muy bien, entonces, ¿quieren decirme de una puta vez qué cojones sucedió? ¿Por qué están en una celda, esposados de los pies, a excepción de la señorita Yoruichi?
Al igual que Rukia, los demás reclusos también pararon oreja al ver que Kisuke abría la boca para explicar el huracán que les había pasado por delante, pues antes que reclusos, eran personas con un agudo sentido del chisme.
—Todo comenzó un día de abril del ochenta y dos…
Un chisme innecesariamente largo.
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Cuando ingresó al apartamento, lo primero que visualizó fue la imagen de Gin Ichimaru desparramado sobre el sofá de la sala. Cerró la puerta detrás de sí soltando un suspiro de resignación, y se encaminó hacia la cocina en busca de un trago de whisky.
Sirvió el alcohol en una copa y bebió sin prisas, observando inexpresivo cómo dormitaba su compañero de universidad. Se arrepintió de haberle confiado sus llaves en una única ocasión, pues seguramente el hijo del decano aprovechó la ocasión para sacar una copia de las llaves y la guardó por si surgía alguna situación que considerara inconveniente.
Tal vez habría peleado con su padre y se vio en la necesidad de huir con el rabo entre las patas.
El probablemente borracho Gin Ichimaru se removió en el sillón cual gusano de tierra y apretó los ojos al sentir la luz de la cocina en su rostro. Se incorporó lento, aún con migajas del desenfrenado consumo de alcohol en su actuar.
—¿Aizen? —moduló despacio, con la voz ronca.
—Vuelve a dormir, Gin. Enseguida apagaré la luz.
Más en los brazos de Morfeo que en el mundo terrenal, Gin no ofreció mucha resistencia a la propuesta del castaño. Sin embargo, antes de volver a roncar con fuerza, dejó salir una risa irónica de sus labios.
—Sabes, para ser un simple becado, tienes un gusto bastante exquisito en lo que se refiere al whisky…
Y se aferró al cojín del sillón, regresando a su anterior labor de descansar.
Con Gin profundamente dormido, nadie pudo ser testigo de la retorcida sonrisa que adornó las facciones de Aizen. Por primera vez en mucho tiempo, salía el lobo escondido bajo el pelaje de una mansa oveja para mostrar los colmillos.
Y el castaño brindó en silencio; brindó porque su plan ya no tenía marcha atrás.
Cada historia tiene su hijo de puta, ¿sabías?
¡Hola!
Primero que todo, muchísimas gracias a las personas que han comentado o seguido la historia. ¿Cómo les ha parecido?, ¿se esperaban que fuese así?
Lo otro, es que en algunos días (trataré de que sea antes de marzo) publicaré una historia de tres capítulos sobre la pareja de Gin y Rangiku, una de mis favoritas después del HitsuHina.
Con la publicación del nuevo capítulo, y con este anuncio, doy mi pequeñísimo regalo de San Valentín a todos ustedes, que espero el próximo año pueda ser algo mucho más elaborado.
Hasta la próxima, amores c:
