¡Nueva historia para Better Together!
Segundo fic
Título: El extraño niño de la sonrisa chimuela.
Pareja: Daikari amistoso.
Tema: Una historia que plantea cómo pudieron haberse conocido Hikari y Daisuke antes de entrar a la primaria. El género es "Amistad", es un escrito muy inocente y con muchas imprecisiones, pero decidí publicarlo porque estaba completo y una parte de mí lo encuentra tierno. No soy muy fan del Daikari amoroso, pero como amistad me parecen adorables.
Año: 2002/2003, no estoy muy segura. Sólo sé que hallé este fic en una libreta de ese tiempo. Sé que es un escrito muy viejo, porque hace siglos que no escribo en papel.
Agredecimientos: a SkuAg, por ser mi beta en esta historia.
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El extraño niño de la sonrisa chimuela
Por CieloCriss
¿Quieres saber cómo pudieron haberse conocido Hikari y Daisuke, antes de entrar a la primaria?
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Hikari suspiró. El mapa era complicado; las líneas de colores se cruzaban unas con otras y las letras estaban tan chiquitas y tenían tantos kanjis, que casi no las podía leer. Ya le había advertido Taichi que viajar en metro era complicado para una niña pequeña, pero Hikari no le había querido hacer caso y se había escapado de casa sin que nadie se diera cuenta.
Con impaciencia, la niña sopló su flequillo castaño y se despeinó.
—Odaiba —señaló con su dedo índice de la mano derecha—. ¡Aquí está!
La pequeña dio un salto de alegría y casi al instante levantó una bolsa de plástico llena de obsequios.
Era su primera salida sin mamá o Taichi, se las había arreglado para engañar a su familia y así escapar y poder incursionar en el mundo de los adultos.
La ida al centro comercial había sido fácil, porque se había subido a un autobús directo, pero el regreso sí que le parecía enredoso, porque había decidido ir en metro.
"Es más rápido, y así mamá no se dará cuenta de que no fui a la casa de Suzuka-chan", había pensado la nena de siete años.
Con los ánimos renacidos tras comprender la línea del metro que debía tomar, Hikari corrió hacia la máquina de boletos. Se paró de puntitas y echó el dinero justo como lo hacía su mamá. Un boleto plateado salió del aparato, Hikari se apresuró a agarrarlo para comenzar a buscar el andén.
Estaba cansada, le dolía el pecho cada vez que tosía, pero ni siquiera ese malestar borró su sonrisa inocente, ya que en su bolsa llevaba regalos para papá, mamá y Taichi.
Hikari pensó en lo feliz que se pondría su hermano con el futbolito de bolsillo que le había comprado. A mamá le había comprado un broche para el cabello y a papá una baraja occidental que le había llamado la atención porque una de las cartas tenía un rey.
Definitivamente la escapada había valido la pena. Su familia siempre cuidaba de ella cuando estaba enferma, ¡ahora era su turno de recompensar esa ayuda!
El timbre del celular que cargaba en su overol rosado la asustó; Hikari soltó sus compras y sacó el móvil con miedo, ¡seguro era mamá!
—Moshi-moshi (*) —saludó con rapidez la niña Yagami. Al oír a su interlocutor, Hikari dejó salir el aire de sus entrañas: sólo era Taichi.
—(…) Hermano, sí, estoy bien —le dijo—. ¡Mi amiga y yo nos estamos divirtiendo mucho!, estamos jugando a las muñecas (…) sí, hermano, ya casi regreso a casa, dile a mamá que voy a llegar pronto (…) ¿A las cinco?, ¡pero si ya casi son las cinco! (…) Claro que me voy a cuidar, hermano, ya estoy grande, ¡en una semana entro a primer curso!
Hikari colgó el celular con indignación, era verdad que era pequeña, pero Taichi no debería preocuparse tanto por ella. Volvió a agarrar sus compras y metió el ticket en la primera entrada que vio para subirse al metro.
—Si no llego antes de las cinco, mamá se dará cuenta —temió. Con sus manitas pálidas abrazó su bolsa y se hizo campo entre la gente para entrar al vagón.
Había muchas personas, Hikari no se había percatado de ello hasta que comenzó a luchar contra la gente para poder infiltrarse y ganarse un lugar en metro. Sus ojos engrandecieron al notar que las personas parecían montañas que se movían con el viento, incluso había hombre uniformados cuyo trabajo era apurar a los que iban lento.
Cuando la niña logró entrar, suspiró. No había asientos disponibles, por lo que se agarró de un pasamano y se dedicó a olisquear el vagón, porque había muchos olores raros, ¡y luego las caras de los adultos estaban tan serias y vacías!
—No debí escapar de casita para comprar regalos —lamentó en susurros —. Sin mamá y sin Taichi no es tan bonito subirse aquí.
La pequeña avanzó hasta un hueco libre cerca de una esquina y, nuevamente, agarró un tubo frío de metal. Al cerrarse las puertas, el tren arrancó y ella perdió un poco el equilibrio, pero no se cayó, sino que se sostuvo con más fuerza y cerró los ojitos.
—¡Hola!, ¡hey!, ¿me escuchas?
Hikari sintió que le picaban la espalda, justo como hacían sus compañeros del preescolar. Llena de pánico por ese terrible viaje, abrió los párpados, soltó el pasamano y se alejó un poco. Tenía prohibido hablar con gente desconocida, y en el metro había puros adultos raros que en su vida había visto, ¿cómo no le dio miedo antes? Salir a escondidas no siempre era emocionante.
—¡Siéntate aquí, conmigo! —de nuevo le jalaron la ropa, Hikari se aferró al empaque que contenía el futbolito de Tai y obsequios de sus padres.
—¡Yo no hablo con extraños! —exclamó lo más firme que pudo, apretando sus cosas. La nena casi sudaba cubitos de hielo por el susto.
—Yo no soy 'eztraño'—aseguró la vocecita que la acosaba—. Soy Daisuke, y soy niño, los niños no son 'eztraño', me lo dijo mi hermana.
Hikari volteó hacia quien le hablaba. Era verdad que se trataba de un niño. Tenía el pelo marrón y despeinado, vestía un uniforme de fútbol sucio y arrugado, pero lo que no convenció a Hikari de que el chico no era un extraño, fue la sonrisa chimuela del pequeño, la cual era escalofriante.
—¿Te sientas aquí conmigo? —señaló el asiento preferencial para personas con discapacidad y embarazadas—. Hay espacio.
—No hay otra silla —dijo Hikari.
—Pero estamos chiquitos y cabes en la misma silla que yo, anda, ¡siéntate!
—No —mencionó Yagami, al niño no pareció importarle el rechazo.
—Soy Daisuke —insistió—, ¿tú quién eres? ¿te llamas Jun, como mi hermana?
—No, así no me llamo.
—¿Y no te llamas como mamá? oye, ¿y tienes siete, como yo?
—Digas lo que digas, tú eres extraño —aseguró Hikari, algo alarmada por la sonrisa sin dientes frontales que le obsequiaba su misterioso acompañante.
El metro se detuvo en una estación y mucha gente salió. Hikari vio, a lo lejos, un asiento desocupado y sin pensársela dos veces, corrió para alejarse lo antes posible de ese niño que podía ser un seño malo disfrazado… o algo así.
—¡Hey, regresa! —pidió Daisuke, sin dejar de sonar contento.
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Hikari suspiró aliviada cuando se sentó lejos de Daisuke. Miró el nombre de la estación pero no terminó de leerlo porque el tren cerró sus puertas y se puso en marcha.
—¿Y cuánto exactamente faltará para la estación de Odaiba? —Se preguntó a sí misma—. Tengo que concentrarme para darme cuenta y bajarme.
Hikari se puso a mirar por la ventanilla, pero el paisaje subterráneo no era divertido y le estaba empezando a dar sueño.
—¡Hola otra vez!, ¿por qué te fuiste? —rezongó Daisuke. Inesperadamente se había acercado a Hikari; ahora era él quien se sujetaba de unos pasamanos para no caerse.
—Es de mala educación que no te hayas sentado porque soy 'caballloroso', eso dice Jun —explicó el niño—. Te estaba esperando para que te sentaras conmigo, mamá dice que los niños debemos compartir el asiento con las damas.
El chico volvió a sonreír; a parecer, Daisuke había mudado los cuatro dientes de enfrente por esas fechas. Hikari se mordió los labios, gracias al cielo ella seguía con su dentadura de leche completa, aunque para su desgracia ya tenía flojo un diente de abajo.
Yagami siguió viendo la ventanilla sin contestar al extraño, éste no se rindió.
—Nunca te habías subido al tren solita, ¿verdad?
La nena negó, Dai agrandó su sonrisa, tenía las mejillas coloradas y los ojos de soñador.
—Si tienes miedo, yo te cuido, de verdad que no soy 'eztraño' como piensas.
Hikari volvió a negar, cerrada totalmente. Su único deseo era que el niño se fuera… bueno, también quería ver a Taichi y abrazar a mamá.
—¿Y si me dejas sentarme contigo? es que eres la niña más bonita que he visto —le dijo, de repente, Daisuke.
Sin esperar respuesta, el niño empujó con suavidad a Hikari y se sentó junto a ella, en el mismo asiento. La pequeña hizo ademán de irse, pero Dai la tomó de la ropa y la obligó a sentarse.
—Siéntate, o te vas a caer, eso dice siempre mi mamá —dijo. Y, justo como si fuera un presagio, el tranvía frenó inesperadamente y se detuvo en la oscuridad de un túnel.
¡Zaz!, escucharon los niños. Era un sonido distinto al que hacía el tren cuando iba por los rieles.
—Eso sonó feo —consideró Dai—. Casi tan feo como cuando me estrellé con la portería porque quería meter gol, sonó peor que ¡Zaz!, porque se me cayeron los dientes, ¡pero metí gol!
Él había sonado orgulloso por contar su hazaña, Hikari pestañeó del susto y dejó salir un "¡Oh!".
—¡Bah, no fue tan malo!, mamá dice que me van a salir dientes nuevos, los que son de verdad.
¿Con qué clase de niño chimuelo extraño estaba la pobre Hikari?
Las luces del vagón del metro se apagaron. Hikari y Daisuke oyeron murmullos de protesta por parte de los adultos de trajes opacos que viajaban con ellos.
—Se puso todo muy negro, qué mal —se quejó Daisuke—. Nunca se había puesto así.
En seguida, los niños escucharon que la voz del altavoz anunciaba una falla mecánica. Hikari soltó sus cosas y se llevó la mano a la boca para morderse las uñas. Tenía miedo, ella solo quería darle una sorpresa a su familia comprando regalos con sus ahorros, no quería quedarse atrapada en el tren, ¡y menos estando tan oscuro!
—Oye, ¿estás perdida y tienes miedo? —Intuyó Daisuke—… yo no sé dónde quedó mi mamá, pero no te preocupes, yo te voy a cuidar, porque los niños debemos cuidar a las niñas aunque no les guste el fútbol… Jun se enoja porque dice que a veces no soy bueno con las niñas, ¿ahora estoy siendo bueno contigo?
Hikari cerró los ojos y asintió, pero Daisuke no pudo verla por la oscuridad. El chico levantó su mano y le dio palmaditas a Hikari en la cabeza. La verdad era que él también tenía miedo, no sabía en dónde estaba su mamá, se le había perdido en la estación.
Ambos nenes suspiraron. Hikari pudo oír el leve quejido de Daisuke, y, al escucharlo, se dio cuenta de que el niño no era un robachicos, ni un hombre malo disfrazado… era también un niño que estaba con gente desconocida. La pequeña se reconfortó un poquito, porque aunque la oscuridad era fea, se sentía menos miedo estando acompañada.
—¿Te puedo hacer una pregunta, niña bonita? —cuestionó Daisuke, con menos alegría que antes. Los barullos de los adultos cada vez se oían menos, el lugar estaba de susto—. ¿Eres muda o algo así?
—¡Claro que no, si ya me oíste hablar! —rezongó.
—¿Y no se te trabó la lengua?
—No, a mí no se me traba la lengua —se defendió la castaña.
—Pero entonces, ¿cómo te llamas?
—Hikari, y te lo digo porque sé que no eres extraño.
—Claro, no soy 'eztraño', ya te dije que soy Daisuke.
—Daisuke, ¿te perdiste?
—No, mi mamá es la que se perdió y la estoy buscando —corrigió el chimuelo.
—… yo quiero ir a casa, pero no veo por dónde, mi hermano se va a preocupar mucho.
—Jun no se preocupa, dice que soy un boomerang y que siempre regreso.
—Taichi sí que se preocupa… —admitió Hikari, triste.
—Hikari-chan, yo te llevo con él, ¡ya lo verás!
Justo en ese momento se encendió la luz del tren y ambos escucharon que la voz que salía de las bocinas decía que la falla había sido solucionaba,
—¡Mira, ya vino la luz! —Se emocionó Daisuke—. Hikari-chan, ¿dónde está tu casa?
—En Odaiba —respondió la niña.
—Pero este tren no va a Odaiba —aseguró Daisuke, como si fuera un experto—. Va a casa de mi abuela, lo sé porque papá lo dijo y porque yo también vivo en Odaiba y siempre viajo en tren con mamá y Jun.
—¡Ay no! —lloró Hikari, viendo por las ventanillas y el pasillo. El tren estaba volviendo a avanzar y ella no tenía idea de donde estaba.
—¡No llores!, yo sé cómo regresar —dijo Dai con su sonrisa chimuela; A Hikari ya no le dieron miedo las encías sin dientes de su nuevo amigo—. Yo te cuidaré y cuando bajemos del tren te daré dulces.
El niño sacó de su pantalón dos barras de chocolate.
—¿Quieres?, ¡sabe rico!, Jun dice que si como mucho me saldrán granos, ¿lo puedes creer?
Yagami se rió, ¡qué chico tan simpático!, seguro que jugar con él era algo tan divertido como estar con Taichi.
—No te rías, ¿es que tú también piensas que me saldrán granos?
—No, solo te saldrán cuando seas casi adulto, eso sale en la tele —la pequeña aceptó el chocolate y le dio una mordida.
—Menos mal —suspiró Daisuke, comiendo su barra—. ¿Y tu mamá, Hikari-chan?
—Está en mi casa… mira, es que me escapé de ellos para comprarles regalos… pero ahora creo que no me fijé bien y no sé dónde estoy.
—Ya, entiendo, pero no te preocupes, tu amigo Daisuke te va a cuidar, tengo contactos.
—Qué bueno eres, ¿por qué me vas a cuidar, Daisuke-kun?
—Porque yo ya mudé dientes, ¡y estoy más alto!, y siempre pierdo a mamá, entonces conozco mucho de trenes —hizo una pausa para tragar chocolate. A esas alturas ya estaba todo embarrado—. ¿Te gusta el chocolate?
Hikari asintió, aunque apenas lo había probado.
—Ya casi llegamos, Hikari-chan, oye, ¿y qué compraste?
—Son regalos secretos —comentó con seriedad.
—¿No me dices?, anda, di que sí, ¡es más!, mejor adivino, compraste un… ¡balón de fútbol!
La niña negó. Dai se rascó la cabeza.
—¡Un suéter!, no no no, es una esfera del dragón, o un monstruo, una Barbie fea de las que le gustan a Jun, ¡o un espantapájaros!, no no, ya sé, un cepillo, ¡un perrito de felpa!, o mejor, un arco iris y…
—Daisuke-kun, hablas mucho.
—Bueno, un poquito de más, la maestra dice que lo suficiente para sacarla de quicio, ¿pero sabes qué es eso?
Yagami negó inmediatamente.
—No sé, a mi hermano también le dice eso mi papito.
—¡Mira, Hikari!, llegamos a otra estación, aquí nos vamos a bajar para buscar la línea de Odaiba, ¡vente!
—¡Sabes mucho! —halagó Hikari. Daisuke se rascó la nariz y se sonrojó.
Los dos bajaron junto a un puñado de adultos grises y con maletín café.
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—¡Hemos llegado! —anunció Daisuke, dando un salto a la salida—. Dame tu bolsa, yo la cargo porque soy muy fuerte.
Hikari se la dio y luego también saltó, emocionada por saber que iría a casa.
—¡Woooooo!, es un futbolito estrella.
—¡No veas, es para mi hermano! —renegó la niña al notar que su amigo esculcaba los regalos que había en la bolsa.
Daisuke se disculpó, dio otra mordida a su chocolate y volvió a saltar. Hikari lo imitó y, sin quererlo, en breves minutos los dos se pusieron a jugar en lugar de buscar el tren que los devolvería a Odaiba.
—¡Daisuke Motomiya! —escuchó Hikari. Se dio cuenta de que una señora les había gritado y caminaba hacia ellos.
—¡Es mamá! —gritó Daisuke, y jaloneó a su nueva amiga tras él.
—Hijo, ¡¿cuántas veces tengo que rogarte que no te separes de mi lado en el metro?!
—Quería ir con papá…—excusó Daisuke.
—Una cosa es que tu padre trabaje en una estación y otra cosa es que andes escapándote para jugar, ya te dije, ¡puedes perderte!
—Mamá… es que Hikari-chan quería ir a Odaiba y yo le prometí que la llevaría…
—¡Ay Dios!, ¡una niña!, ¿estás perdida, pequeña?
El teléfono móvil de Hikari sonó, la nena suspiró y le cayó de golpe la realidad. Sin embargo, agarró fuerzas para sonreírles a Daisuke y la señora.
—Ya no, Daisuke me encontró —susurró con dulzura antes de responder la llamada.
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El sol se metió muy rápido esa tarde que había resultado una odisea para Hikari Yagami. Una vez más estaba en el metro, pero ahora en brazos de su madre, quien había ido por ella al enterarse de lo que había ocurrido.
Hikari cerró sus ojitos y cayó, al instante, en un estado de duermevela, se llevó el dedo a la boca y con fugacidad recordó el rostro de su amigo Daisuke; la sonrisa chimuela del niño brilló en sus pensamientos y, sin darse cuenta, comenzó a mover con sus manitas su diente flojo.
Y entre los recuerdos de sonrisas imaginarias y despedidas dulces, como la que había tenido con Daisuke minutos atrás, ella susurró lentamente:
—Hasta pronto, Daisuke-kun.
Quizás un destino en común los uniría: un salón de clases, un digivice colorido y un mundo desconocido. Sin embargo, ellos nunca olvidarían que la primera vez, estaban perdidos en el metro de Tokio.
Fin
Notas.-
*Moshi-Moshi: es lo que dicen los japoneses cuando contestan el celular. Es como decir, ¿bueno?, ¿aló?...
No tengo mucho qué decir al respecto, pero haya sido bueno o malo, me alegro de haber compartido el fic después de tantos años. A este oneshot no le incluí notas en aquella ocasión, no sé por qué.
¡Gracias por leer!
CC
