-¿Seguro que estás bien, Akane? ¿No quieres que te lleve?

La chica volvió a resoplar entre divertida y enternecida, y rodó los ojos.

-Que si, pesado, puedo caminar yo solita.

Ranma entrecerró los ojos sin convencerse ignorando el tono frustrado de su prometida.

-¿Estás segura?-volvió a preguntar en un tono más confidente a unos pocos centímetros tras ella.

-¡Ranma! ¡Ya oíste al Dr. Tofu, estoy bien!

El chico alzó los hombros siendo impulsado hacia atrás por el potente grito enfadado de la peliazul. Suspiró aliviado sin poder evitar que una sonrisilla se le escapara al reconocer a la Akane de siempre.

-¡Vale, vale! ¡Encima que me preocupo por ti!

Akane frunció los labios algo divertida y siguió caminando con paso ameno seguida por su prometido. Tras de ella, Ranma observó su espalda enfundada en uno de sus característicos jerseys mullidos de color amarillo pastel, su andar regular acompañado por el danzar de su falda carmín y su cabello corto que tanto le gustaba bailoteando en el aire a cada paso. Sonrió embobado de nuevo, la alcanzó en dos rápidas zancadas y emprendieron un cómodo paseo hacia el Dojo Tendo.

Realmente se había asustado. Y no le gustaba. Pero nada. Con nada más notar el más mínimo malestar en la menor de los Tendo, una pequeña astilla se asentaba en su corazón haciendo la herida más y más grande hasta que no podía mantenerse quieto.
Poco después de conocer a Akane, se enteró de que esa molesta y desesperante sensación tenía el simple nombre de la más pura e intensa preocupación. Nunca antes se había sentido así, ni por nadie ni por nada. Hasta que la conoció a ella.

Después de llegar a la casa, ser recibidos calurosa y ruidosamente por toda la familia preocupada, tener una leve e intensa discusión con Akane sobre si podía o no subir las escaleras que llevaban a los dormitorios ella sola, y asegurarse varias veces de que no necesitara nada y se encontrara bien, Ranma salió del cuarto con el habitual y tierno patito colgado, cerró la puerta tras él con extremo cuidado para no hacer el más mínimo ruido, y comenzó a bajar las escaleras casi como si sus pies no tocaran el suelo, y el joven arte-marcialista, volvió a fundirse en sus pensamientos mientras caminaba hacia la habitación de invitados.

Tiempo después de llegar a dojo y enterarse de su genuina e incondicional preocupación hacia cierta chica de cabello corto, descubrió un nuevo sentimiento. Tardó cierto tiempo en darle nombre a esa bola oscura y enmarañada que se asentaba en lo más hondo de su ser, cortándolo y apuñalándolo sin piedad ni consideración.
Miedo. Un miedo innato, desagradable y horrible peor que la simple preocupación. Y aunque normalmente esos dos sentimientos iban de la mano, el propio miedo quizás era lo que más temía Ranma. Nunca lo había sentido, al igual que la preocupación sincera. Los viajes y las aventuras con su padre por toda Asia le obligaron a no tener ni sentir miedo. Él era Ranma Saotome, el invencible y mejor artemarcialista de Japón, quizás del continente, y no podía permitirse tener miedo.
La primera vez que lo sintió, se asustó de él mismo. Esa niña terca y valiente que había conocido se había puesto en peligro, y a él le dolió el alma como nunca. Pasó casi un año, y mientras que se había medio-acostumbrado a esa preocupación siempre latente por su prometida, el miedo por ella aún seguía aterrándole, y dudaba mucho que algún día se acostumbrara a ese sentimiento.

Después de lo de Jusenkyo su concepción del miedo cambió. De convertirse en un sentimiento despiadado y frustrante a un pánico desesperante que le hacía perder la cordura. Ese día casi pierde una mitad de sí mismo, y llegó a sentir el verdadero miedo. Un ser oscuro que te hacía perder la cabeza. Y comprendió desde ese momento, que Akane era la causante de todo, y que eso no cambiaría. Jamás. Jamás volvería a sentir ese miedo por ella por que él mismo la protejería.

"Por tí mataría, y por tí dejaría que me matasen"

A la mañana siguiente, Kasumi se levantó la primera como de costumbre en la casa Tendo. Se vistió tarareando una canción alegre y animada y se bajo a preparar el desayuno para la familia aprovechando que esa mañana, al ser sábado, podrían desayunar todos juntos sin percances ni prisas, más o menos... Encendió los fogones sin dejar de canturrear y empezó a moverse al son de la letras por la cocina. A su mente llegaron los recuerdos nítidos de la noche anterior. Cómo los dos pequeños de la casa llegaron tranquilamente con un sonrisa en su rostro, el alivio que sintió al ver a su hermana pequeña, esa que había cuidado desde siempre como si fuera su propia hija, sana y salva, después del susto que el Dr. Tofu les había dado a toda la familia cuando los llamó la anterior tarde. Kasumi sonrió mientras abría la despensa alta, al recordar la mal disimulada preocupación del prometido de su hermana. Le gustaba verlos juntos, y se notaba a leguas como Ranma la miraba cuando esta no se daba cuenta y cómo lo hacía también Akane. La mayor de los Tendo suspiró con aire romanticón, pensando en cuando ella tendría a alguien como Akane lo era para Ranma, y se dispuso a cocinar.

Ranma, que como era costumbre se levantó el último de la casa Tendo, ando con a paso adormecido y algo torpe hacia la salita mientras se rascaba el torso bajo su camisa de tirantas blanca que usaba como pijama. No pudo reprimir que un gran y largo bostezo se escapara de sus labios cuando entró a la sala para encontrar a toda la familia alrededor de la mesa baja de madera. Los saludó a todos con todo asusente y cansado mientras se dejaba caer en su sitio habitual. Volvió a bostezar esta vez más cortamente cerrando los ojos.

-¿Dónde está Akane-chan?

Ranma abrió los ojos al oír el nombre de su prometida en labios de su madre. Miró hacia su derecha automáticamente. Nada. No había nada.

-Um, debe de seguir dormida-razonó la mayor de las Tendo.

-Qué raro, hasta el vago de su prometido se ha despertado antes-comentó Nabiki con un tono burlón que Ranma ignoró.

-Ayer pasó un mal día, necesita descansar-añadió Soun pasando la hoja de su periódico mientras llevaba a sus labios una taza de té humeante.

Ranma escuchó atento la conversación a su alrededor, pensativo. Era ya bien entrada la mañana, más contando que se había levantado él solo, sin ayuda de nadie, por lo que debía ser muy tarde.
Miles de razones, algunas bastante estúpidas y locas, se clavaron en su mente de inmediato haciendo que esa dolorosa y molesta espina de la preocupación volviese a aparecer. Su mente vagó desde un posible secuestro, hasta una recaída y hasta que se podría haber desmayado.

-Ranma-lo llamó Kasumi con su habitual sonrisa- ¿podrías ir a comprovar que no le ha pasado nada a-

Pero el hueco de la mesa donde estaba sentado el chico ya estaba vacío.

Puso un pie dentro de la habitación con el sigilo de un gato. Por un momento se estremeció al recordar ese horroroso animal, pero rápidamente se recompuso volviendo la vista a la habitación levemente iluminada gracias a las translúcidas cortinas que tantas veces le habían fastidiado cuando su terca prometida se había cabreado con él y a la hora de entrar a su dormitorio para hacer las paces no había podido ni ver.
Maldito pestillo de la ventana y malditas cortinas...

Dio otro paso esta vez más seguro al ver el inconfundible bulto tras las sábanas y de él asomando el brillante y suave cabello oscuro, afirmando que estaba bien. Suspiró aliviado y dio otro paso. ¿Desde cuando Akane era tan...pequeña?
Para cuando llegó junto a la cama con un extraño sentimiento de confusión y alerta, la chica bajo las sábanas ya había oído unos pasos y se había dado la vuelta sobre el colchón. Se incorporó perezosamente frotándose los ojos en un gesto infantil, bostezó sin pudor estirándose, notando como el pijama de pronto se había ensanchado durante la noche haciendo que la simple camisa amarilla le llegara casi a las rodillas y las mangas cubrieran la totalidad de sus brazos, y abrió los ojos. Sus ojos, del color del ámbar adornados por la chispa inocente de una niña, se chocaron con otros azules, como un mar embravecido, conocidos y desconocidos al mismo tiempo.

Y ambos gritaron.