Capítulo 2:

El llamado


—¿A dónde me llevaras primero? — preguntó Milo, asomando su cabeza entre Aioros y Saga.

—A casa —respondió Saga —. Debes instalarte primero.

—No seas aburrido Saga. Es mi primer día aquí, deberían tener algo especial para tu primo favorito.

—¿Pizza? —dijo burlón, sacándole una carcajada a Aioros.

Milo se tiró sobre su asiento, resoplando molesto.

—Estar mucho tiempo en el continente los ha hecho aburridos. Pero, seguramente Kanon no me decepcionara.

—Relájate milo. Hoy Aioros se encargara de ti, tengo que ocuparme de unos asuntos en la facultad. Pero los dejaremos en el centro comercial.

—¿Asuntos? —dijo alzando una ceja con picardía —. ¿En vacaciones?

—No todos somos holgazanes como Kanon y tú.

—Podemos acompañarte a tu asunto, ¿verdad? O son de esa clase de "asuntos".

Aioros soltó una carcajada, mientras Saga lo fulminaba a través del retrovisor.

—Asuntos que te dan créditos extras —respondió Aioros—. Lo cerebrito no se le ha quitado. ¿Aun quieres ir?

Miró a sus acompañantes. Aioros se encogió de hombros, las chicas intercambiaron una mirada extraña. Y Saga simplemente resoplo. Aquello era típico de Milo, siempre queriendo hacer lo que él o Kanon hacían.

—Iré a la universidad este año. Deberías darme un tour.

—¿También estudiaras economía? —pregunto Marin.

—Sí. Saga será mi maestro, aunque creo que aprenderé muchas cosas de Kanon también. Seré el mejor.

Saga bufó por lo bajo. Habían llegado a la Universidad de economía y negocios. El periodo de vacaciones había comenzado y era pocos los autos que se encontraban en el lugar. Mientras Kanon jugaba sus estratagemas para integrarse en las grandes empresas de Grecia. Saga se había mantenido en la universidad. Un trabajo que le permitía avanzar en sus estudios, mientras era responsable directo de la fundación del departamento de economía. Era tan solo el primer paso de sus ambiciones.

Caminaron entre los edificios desolados, había estatuas dispersas entre los jardines y placas decoradas con pensamientos importantes, pero eran recientes. No antiguas, y Milo no sentía tanta curiosidad por ellas.

—No eres de aquí, ¿verdad? —le preguntó a Thetis, quien pasaba su vista de un lado al otro. La chica lo volteo a ver intrigada, pero antes de que pudiera decir algo, Milo continuo—. Un verdadero griego debe reconocer lo clásico de lo moderno. Aunque casi me engañas con tu nombre.

La chica rio y a Milo le pareció como una canción.

—Mi padre era griego, pero mi madre nació en Dinamarca. Hasta hace 6 meses vivía ahí. Marin es japonesa –agregó, mirando a su amiga pelirroja que caminaba unos pasos por delante—. Llegamos casi al mismo tiempo, supongo que es más fácil ser amiga con alguien en tu misma condición—. Se encogió de hombros, restándole importancia—. Tu país es fascinante.

—Y eso que aún no conoces nuestra isla. Santorini es hermosa, hay quienes creen que ahí se encontraban la antigua Atlantis.

—Si es que alguna vez existió –rio ella.

—¡Hey! Estas en Grecia, los dioses caminaron por estas calles.

—Es por creer eso que todos son tan altaneros.

Milo se llevó una mano al pecho, en una fingida mueca de dolor y Thetis solo otra carcajada. Sin embargo, se detuvo al ver que su grupo había desaparecido.

—¿Y los demás?

Milo se detuvo junto a ella, y junto sus cejas, extrañado. Hace un instante estaban frente a él. ¿Cómo los había perdido de vista? Miro hacia atrás, el pasillo estaba vacío.

—Seguramente doblaron en algún edificio. Regresemos.

Volvieron sobre sus pasos, pero una ligera tensión caía sobre ellos. Milo miró sobre su hombro, sentía como si alguien lo observaba, pero no lograba ver a nadie más ahí. Sabía que Thetis también lo sentía, porque había apurado el paso y la mirada tranquila de su rostro se había endurecido.

La tomó del brazo, obligándola a detenerse y escrudiño las ventanas de los edificios que se alzaban a su lado. De repente, unos pasos retumbaron en el lugar. Thetis dio un pequeño respingo y los ojos de ambos se dirigieron al origen del sonido, a su izquierda. Era la entrada de uno de los edificios, sin embargo, el pasillo estaba oscuro. Los pasos se acercaban cada vez más fuertes y de algún modo ambos sabían que eran producidos por alguna especie de metal. Como si los mismos zapatos estuvieran hechos de acero. El corazón les latía desbocado sobre sus pechos, y no supieron en que momento comenzaron a aguardar la respiración. El instinto les gritaba que salieran corriendo, pero la curiosidad y el miedo, entremezclados, los mantenían clavados al piso.

Estaba cerca, los pasos comenzaron a ser más lentos. Algo relució en aquel pasillo oscuro y…

—¡Milo! ¡Thetis!

Los chicos dieron un saltó sobre sí mismos, casi al instante miraron hacia el lado opuesto, donde Aioria corría por ellos. Intercambiaron una última mirada, media avergonzada, media divertida; y se marcharon en busca de su amigo castaño.

Mientras tanto, una mirada esmeralda observaba atentamente a los tres chicos. Retrocedió un paso, resguardándose en la oscuridad y una débil luz cubrió su figura por un instante; en el siguiente momento ya no se encontraba más entre aquellos edificios. Milo miró una vez más sobre su hombro, sintiendo un extraño hormigueo en la punta de sus dedos.

Cuando finalmente alcanzaron al resto de su grupo, se dio cuenta que había un integrante más. Era un chico apenas un par de años mayor que ellos, alto y delgado. Su cabello era rubio y largo, y sus ojos de un azul claro, cristalino. Llevaba una camisa de lino roja y unos pantalones claros. Pero lo más curioso de él, era el lunar rojo que apenas se podía ver en su frente.

—Él es Shaka Goswami, alumno de intercambio —presentó Saga—. Nos acompañara mañana.

Milo sonrió como pudo, aunque aún se sentía nervioso, pero la presencia del nuevo chico no lo estaba ayudando en absoluto. Lo observaba con curiosidad, y por un instante, Milo se dio cuenta que había girado los ojos justo al pasillo donde había sentido una extraña presencia.

Había algo extraño en aquel chico. Lo sentía en todo su cuerpo.

Finalmente habían llegado a casa. La luna ya se alzaba sobre sus cabezas cuando estacionó el carro frente a la casa que compartían con Aioria y Aioros.

Fue el primero en percatarse en la motocicleta de Kanon, aparcada a un lado del sendero y cuando entró a la casa encontró su casco y llaves; sin embargo, no había ninguna señal más de su hermano. Milo y Aioria habían corrido hacia la habitación que compartían en el piso superior, mientras los dejaban, a él y Aioros con las bolsas de la cena.

Soltó un suspiro cansado, y caminó hasta la nevera por una cerveza. En el jardín, pudo observar la figura de su mastín echado junto a la silla predilecta de su hermano; y su ceño inmediatamente se frunció.

—Necesitaremos un plato más —comentó, haciendo un gesto para que Aioros mirara al jardín.

El chico castaño alzo su vista, y frunció el entrecejo de la misma forma que Saga lo había hecho. Sabía muy bien lo que aquello significaba.

—Necesitaremos más cervezas, también. —Saga bufó, dándole la razón y fue por una más. Su ofrenda de paz. —¿Crees que sea por trabajo?

—Lo dudo mucho.

Kanon siempre había tenido la costumbre de observar el océano cuando tenía un mal día. En Oia tenia su risco preferido, donde le daba la espalda a la isla y observaba el mediterráneo en toda su gloria, lo hacía con tal concentración que parecía atisbar la costa africana. Aioros siempre había sentido curiosidad por saber que era lo que él gemelo observaba con tanta fascinación.

—¿Qué ves en el mar? —había preguntado hace muchos años, luego de que los gemelos discutieran y el hacía de mediador.

Kanon lo fulminó, con una de sus infames miradas desdeñosas, y tardo tanto en responder que Aioros pensó que lo ignoraría, como hacia siempre que consideraba que una pregunta era demasiado estúpida.

—Poder —dijo finalmente, volviendo sus ojos verdes al mar.

Aioros siguió a mirada del gemelo. Sin embargo, él solo miraba una infinita placa azul, que se mecía dócilmente con él viendo. Había aprendido a respetar el mar con las tormentas, no cuando estaba en calma. Aunque nunca olvidaba que podía ser traicionero.

—También hay sirenas —dijo de pronto Kanon, y una luz burlona regresó a aquellos ojos traviesos.

En cambio, al mudarse a la ciudad, había reclamado aquella tumbona como suya. Y aunque no observaba al océano, tenía una vista sobre la ciudad que robaba el aliento, especialmente con la Acrópolis coronando la noche.

Los días especialmente malos, Kanon conducía hasta el pueblo más cercano al mar. Y hasta ahora solo había sido en dos ocasiones.

—¿Pandora?— volvió a suponer. Sabiendo que tocaba el talón de Aquiles.

Saga no respondió esta vez y Aioros supo que pensaban lo mismo.

El menor de los gemelos tenía el extraño don de conseguir lo que se proponía. No es que Saga no lo hiciera, pero los métodos de Kanon podían ser muchas veces cuestionables. Era un gran embaucador, y lo peor es que muchas veces lo demás no se daban cuenta, tenía un carisma innegable. Y por eso había logrado avanzar a pasos agigantados en su trabajo. Se había posicionado bien, se había hecho de cierto prestigio cuando conoció a Pandora Hestein, la heredera de las empresas Hestein. Nadie podía decir que había avanzado gracias a Pandora, Kanon se encargaba de callarlos con sus informes, pero tampoco se podía decir que aquello no lo beneficiaba en absoluto. Pandora lo había insertado en la sociedad griega de una forma que él no podría hacerlo solo por su trabajo. Al final de cuentas, ellos eran simples chicos que venían de una isla. Pandora, era un trofeo y también el seguro de emergencias.

Y ella era lo único que Kanon no podía controlar a su antojo. Tenían una relación de amor y odio, si es que se podía llamar así, ya que Saga siempre había sospechado que se mantenían unidos más por doblegar la voluntad del otro que por algún sentimiento de amor o siquiera cariño.

Soltando un profundo suspiro, salió al jardín.

La brisa nocturna beso su piel en cuanto abrió la puerta. Se acercó con sigilo, sentándose en la silla vacía y por unos segundos, observó como dormía su hermano. Tenía el rostro contraído en una expresión de molestia y suaves quejidos salían de sus labios entre abiertos. Bucéfalo fue el primero en despertarse, y se acercó a Saga, lamiendo su brazo para después tirarse a sus pies.

—Oye —dijo, moviendo a Kanon. El gemelo se levantó sobre saltado, tomando el brazo de Saga con demasiada fuerza. Saga también se sobresaltó y cuando sus ojos chocaron, se tomó con una mirada llena de odio y rencor.

Se sentía como una puñalada.

—Tranquilo, que no te estoy haciendo nada —se quejó.

Kanon parpadeo un par de veces, despabilándose. Y luego miró a su alrededor. No recordaba en qué momento se había quedado dormido, pero todo había sido tan real.

—¿A quién querías matar? —bromeó Saga.

A ti —pensó Kanon. Pero, en su lugar tomó la cerveza que su hermano le ofrecía. Ignorando aquella pregunta. —Solo ha sido un mal sueño —dijo después de un tragó. Saga guardo silencio, y el menor sabía que era la forma de su hermano de seguir indagando. Saga no preguntaría, pero le daría el espacio para continuar. Las pesadillas habían sido algo constante en sus vidas—. Me ahogaba —dijo finalmente —. Estaba en una cueva y el mar me tapaba por completo.

Escrutó el rostro de Saga, pero él tenía la habilidad de no dejar que sus expresiones delataran más de lo que él deseaba. Y aunque Kanon era quien mejor lo conocía, habían momentos como ese, que era imposible saber que pensaba.

No pudo evitar preguntarse si Saga había soñado eso también. Si sabía que era él quien lo condenaba a esa muerte agónica. A veces ocurría ese tipo de cosas entre ellos. Como cuando creía que escuchaba la voz de Saga dentro de su cabeza o cuando Saga sabía exactamente dónde buscarlo cuando tenía algún problema. Con el tiempo había pensado que era su propia conciencia que le hablaba con la voz de su hermano, una especie de proyección psicológica o algo así.

—No te preocupes, salvaré tu trasero. Lo prometo —dijo Saga entre sonrisas, revolviendo el cabello del menor.

—¡¿Qué te pasa?! —Reclamó, apartándolo de un manotazo —. Que no soy un crio.

—Pues te comportas como uno.

Kanon bufó fastidiado.

—Eres un idiota.

—Somos gemelos —dijo, encogiéndose de hombros —. Lo que eres tú, lo soy yo.

Kanon volvió a fulminar a Saga, pero no hizo más que arrancarle una sonrisa a su hermano mayor. Desvió su mirada a la Acrópolis y después Saga lo imitó por unos segundos.

—Ha de haber sido grandiosa —dijo Saga.

—¿Qué cosa?

—La estatua de Atena. Me hubiera gustado poder verla.

—Hn. Y yo soy el crio — dijo mordazmente, alzando las cejas.

—Me dirás que sucedió o seguiremos aquí dándole vueltas al asunto.

Kanon apretó sus labios, y por un instante pareció que ninguna palabra más saldría de ellos.

—Terminé con Pandora —dijo lentamente, observando atentamente las expresiones de su hermano.

—¿Por cuánto tiempo esta vez?

No pudo evitar soltar una carcajada, por lo acertada de la pregunta.

—Para siempre.

—Déjame felicitarte, hermano mío. Dudo mucho que extrañes algo de ella.

—El sexo era genial —replico rápidamente —pero, no lo suficiente para aguantarla fuera de la cama.

—Realmente eres un imbécil.

—¿Sabes que comenzara a fastidiarnos la vida, verdad?

—Sí. Supongo que te despedirán más temprano que tarde.

—Así es, pero ya lo tenía previsto. —Kanon sonrió de aquella manera que indicaba problemas y Saga sabía que despues de eso debía preocuparse.

—¿Qué quieres decir?

—Qué he tenido una visión muy corta. ¿Por qué conformarme con una empresa que dirige solo Europa, cuando puedo aspirar a una que dirige al mundo? —Saga entrecerró sus ojos, realmente inquieto —. He estado en contacto con la familia Solo. Espero tener buenas noticias pronto.

—Deberías tener cuidado, Kanon…

—No te preocupes por mí. Tú tampoco te salvaras de la ira de Pandora, y ya que su padre dio tus referencias… será mejor que te vuelvas indispensable en la academia.

—Si esos eran tus planes… podías haberlo dicho con más anticipación.

—No los eran —murmuró. Su mirada esmeralda bajó a la lata de cerveza entre sus manos —. Pero ya no la soportaba.

Saga lo escudriño por unos momentos. Sabía que toda la locura con esa chica había comenzado por fastidiar al eterno rival de Kanon, Radamanthys. Pandora parecía una muñeca a primera vista, era tranquila y educada, pero cada vez que la conocían más, descubrían lo fría y calculadora que podía ser… tanto como su hermano. Tal vez ahí habían comenzado los problemas, tenían una esencia en común aunque sus temperamentos eran diametralmente distintos. Sin embargo, más allá de eso, había algo que a Saga nunca le había gustado de ella… y no eran celos, como a Aioros le gustaba decir. Pero habían sido casi tres años de relación con su hermano, lo más estable que ninguno de ellos había tenido jamás, y en ningún momento logró agradarle, ni a él, ni a los Kafkis.

—En fin —dijo levantándose, sin volver a mirar a su hermano —Muero de hambre, ¿Hay algo de comer aquí?

Kanon se adelantó a la casa, mientras Saga que quedo acariciando a Bucéfalo.

—Esta vez tiene que ser la última —le dijo al perro —Yo me encargaré de eso.

Caminó sobre los pasos de su hermano y cuando entró a la cocina, escuchó los pasos apresurados de Milo y Aioria por la escalera. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro.

—¡No fuiste por mí! —exclamó Milo al entrar en la cocina.

—¡Bicho! No sabía que venias.

La expresión ofendida de Milo, les arrancó una carcajada a todos.

—Te lo dije hace más de un mes.

—Me lo hubieras dicho hace una semana. Tengo una vida ocupada.

Indignado, Milo tomó asiento.

—Para redimirse, puede acompañarte mañana al Partenón —Intervinó Saga. Kanon volteo a verlo contrariado —Iremos todos.

—Sí, tienes que ir —apuntó Milo.

—Sera divertido —dijo Aioros.

—No sé que le encuentras de divertido a un montón de piedras.

—Hace mucho que no salimos todos juntos —se encogió de hombros Aiora—. Solo no lleves a la bruja de tu novia.

Saga se tensó, suponiendo que aquella era una fibra sensible, pero para su sorpresa Kanon rompió en una carcajada.

—Vale, me han convencido.

Milo celebró y mirándolo, Saga supo que aquel pequeño plan en su cabeza iba a comenzar a tomar forma.

—Shaka… Shaka

La voz era profunda, inmortal. El chico la escuchaba como un susurro en su oído, pero a la vez sentía el eco en toda su mente, la sentía en su piel, con cada uno de sus sentidos. En ese instante no existía nada más que aquella voz. Había alcanzado aquel rincón de su mente donde no existía el tiempo, ni la materia. Donde la individualidad se desvanecía y solo existía el todo, el Uno. Ataraxia, le llamaban según su doctrina. El estado de máxima concentración donde se desvanecían todos los deseos.

Y justo en ese lugar se encontraba su maestro.

—¿Por qué las dudas están invadiendo tu espíritu?

—¿Cómo podríamos los mortales juzgar las decisiones de los dioses? Rebelarnos, desencadenar batallas… solo traerá más muerte y dolor al mundo. ¿No es el camino correcto aquel que desencadena menos dolor?

—No se debe huir del dolor, ni de la muerte, ni la vejez… ¿acaso lo has olvidado ya? El dolor no es más que una señal que nos indica cuanto nos alejamos de nuestro dharma. El huir de él, apegarte a una vida, no te acercara a la felicidad, ni a la paz, ni a la liberación; en cambio te traerá más dolor, a ti y a los demás. Solo cumpliendo él deber se puede para la rueda del Samsara…

La voz de su maestro se perdió de pronto y Shaka se encontró a sí mismo en un amplio jardín. A cada lado suyo se encontraban los arboles gemelos y las flores rosadas danzaban con el viento. Un hombre avanzaba lentamente hacia él, su cabellera era larga, verde; y su túnica negra llegaba hasta el suelo.

—Shaka —lo llamó con una autoridad innegable —. Debes reunirlos a todos. Debes buscarme en este lugar.

Shaka se levantó lentamente y observó a su alrededor. Un gran templo de mármol blanco, se alzaba a su derecha. Y atrás de él, se erguia una estatua enorme como ninguna. Una Atenea.