Capítulo 3:
El sello comienza a romperse.
Kanon había sido el primero en llegar. Como era costumbre, en época de vacaciones, más que en cualquier otra época del año; la Acrópolis esta abarrotada de turistas de todo el mundo. El viejo truco, de sobra conocido por los atenienses, era entrar por teatro de Dionisio, donde la fila era más corta que la entrada principal.
Aparcó su motocicleta y Milo saltó de ella al instante. Esa mañana, se había dado la tarea de despertarlos, apresurándolos hasta que todos entraron, desquiciados, en el auto. Él, sin embargo, se había quedado fuera y en cuanto Kanon subió a su moto, él también lo hizo.
—¿Qué te sucede? Solo chicas suben conmigo.
—Saga debe ir por Shaka. Así estaremos todos cómodos —dijo, con su mejor sonrisa de inocencia.
—¿Shaka?
—El nuevo pupilo de Saga —dijo Aioros —. Todo sea por puntos extras.
—¿Eres niñero ahora?
—Cállate, Kanon.
Y antes de que pudiera replicar, encendió el automóvil y se marchó. El menor de los gemelos no tuvo más opción que encargarse de su primo.
—Espero que no seas un miedoso —dijo, mirándolo sobre su hombro.
—Soy Milo, nada me asusta —respondió con una gran sonrisa, señalándose a sí mismo con el pulgar. Tomó el casco extra, y antes de poder colocárselo, Kanon ya conducía por la calles de la ciudad.
Mientras él aseguraba los cascos, Milo se había adelantado por las entradas. Kanon permaneció apoyado en su motocicleta, mirando el ir y venir de las personas, con su mente apartada por completo de ese lugar hasta que un murmullo de risas llego hasta él. Buscó con su mirada la fuente de aquello y se encontró con un grupo de chicas que apartaron su mirada de él de inmediato. Kanon se permitió observarlas por un instante. Cuatro amigas que iban ataviadas en sus diminutas y frescas ropas de verano, con sus gafas de sol, sombreros y la inconfundible cámara fotográfica que las delataba como extranjeras. Les sostuvo la mirada, sabiendo que en cualquier momento voltearían nuevamente; y no se equivocó, la chica que le daba la espalda, de un largo cabello rubio que adornaba con un sombrero blanco, volteo sobre su hombro. Kanon le sonrió y ella, sin timidez, le devolvió el gesto, antes de que sus amigas la arrastraran dentro del teatro.
—¿Pero que ha sido esto? —Dijo Milo, cruzado de brazos junto a él —. ¿Acaso pretendes que Pandora te mate? Por qué déjame decirte que él suicidio es una mejor opción, si es lo que buscas.
—Querido primito, estas tan desfasado. Pandora es del pasado ya.
—¿Desde cuándo? —preguntó el menor, alzando las cejas.
—¿Acaso importa? —respondió él gemelo, encogiéndose de hombros. —Aquí lo importante es volver al terreno de juego.
—¿Tu? —rio Milo —. Apuesto que ya ni sabes como comenzar una conversación con una chica.
Kanon sonrió de medio lado, si tan solo supiera Milo… Sus ojos brillaron con emoción y extendió una mano hacia su primo.
—Una cita antes finalizar la visita, quien pierda será el esclavo del otro el resto del día.
Milo recorrió a la multitud con la mirada, y con una radiante sonrisa tomó la mano de su primo.
—Aprovecharé cada segundo que estés bajo mi poder.
Kanon soltó una carcajada, jalo a su primo, apresándolo en un abrazó y con la mano libre comenzó a revolverle la melena azul.
—Espero que seas un buen perdedor.
—Déjame, es trampa —renegó Milo, apartándolo de un manotazo e intentando acomodar su cabello.
Kanon río con más fuerza, pero sus ojos captaron un detalle curioso y poco a poco su semblante se oscureció. Al otro lado de la calle, una camioneta negra permanecía aparcada, sin embargo, al poco tiempo, sin que nadie bajara o subiera del auto, este se marchó. Curiosamente aquel auto se le hacía demasiado familiar.
—¿Qué suce…? Mira, ¡ya llegaron! —Milo se adelantó a recibir a sus amigos y a Saga, pero Kanon oteo a los alrededores una vez más, esta vez con mayor detenimiento…
Tal vez se había equivocado…
—¿Vienes? —La voz de Saga lo sacó de sus pensamientos. Kanon asintió, con un movimiento seco, y fue detrás de su hermano.
Era ya medio día, cuando terminaron de llegar al templo de Atena Parthenos. Los andamios y cables, estaban por todos lados, como venía siendo ya desde hace muchos años, intentando mantener en pie las estructuras que habían logrado sobrevivir a las guerras y diferentes religiones que habían pasado por la capital griega desde el momento que la Acrópolis se había erguido. Pero nada de aquello lo hacía menos bello, a Saga le gustaba pensar en cómo se miraría todo en su apogeo, con las grandes estatuas, con todas aquellas personas que creían fervientemente en los dioses y en sus mitos.
No es que él fuera un creyente de los antiguos dioses o algo así. Su familia era, en teoría, ortodoxa, al igual que la mayor parte de los griegos. Pero poco le importaba a él si existía aquel dios cristiano, o Zeus. Tal vez su madre tenía razón y se estaba volviendo un materialista.
Saga soltó un suspiro, mientras se sentaba en las escaleras que conducían al principal templo de la Diosa de la sabiduría. Aioros tomó asiento a su lado, tomando un sorbo de la soda que mantenía en su mano.
Milo y Aioria, se habían "extraviado" en el momento que entraron al teatro de Dionisio, y cuando finalmente cesaron de buscarlos, y siguieron con el recorrido, los encontraron en la galería, junto a un grupo de chicas guapas. Escuchó a Kanon maldecir por lo bajo, y sin saber de qué iba todo aquello, acompaño al recién ampliado grupo al templo de Nike. Hasta que decidieron que era momento suficiente de pasar a la atracción principal. Caminaron más deprisa, dejándolos a él y Aioros atrás, alegando que no necesitaban supervisión; y arrastrando a Shaka con ellos. Kanon, se había quedado atrás, y así; ellos dos habían sido abandonados.
—No me lo puedo creer —murmuró Saga. La desaparición de su hermano había sido fácil de resolver. Había salido de la galería al poco tiempo, acompañado de una chica rubia, con un bonito vestido azul y un sombrero blanco. Y ahora, la mirada del mayor de los gemelos, seguía fija en su hermano, quien tonteaba como colegial con aquella chica, resguardándose del inclemente sol en la galera.
—¿Qué no puedes creer? —preguntó Aioros, mientras seguía, divertido, la mirada del peliazul —. Se ha superado a sí mismo. Esta vez no ha pasado ni un día cuando ya está buscando a alguien más.
—Y más temprano que tarde aparecerá Pandora —gruñó.
Aioros soltó una sonrisa, ante la mueca de desagrado de su amigo.
—No te pongas celoso. Ya deberías haber aprendido a compartir a Kanon… además, de que es medio golfo —. Agregó como quien no quiere la cosa, lanzándole una rápida mirada al menor de los gemelos.
Fue Saga quien soltó una carcajada esta vez y no tardó en darle la razón.
—¿Sabes que me parece curioso? –preguntó Aioros —. Que pandora siempre sepa dónde encontrarnos. Hay algo tenebroso en eso.
—Es una bruja —se encogió de hombros Saga —. Seguramente es una de sus múltiples habilidades.
—¿Te imaginas que haya alguien siguiendo a Kanon todo el tiempo y enviándole un reporte?
Saga sonrió ante la idea, sin embargo, después entendió que no era un plan del todo descabellado, excepto que…
—Si ella supiera de los deslices de Kanon cada vez que terminan, hace mucho tiempo hubiera dejado de tener un gemelo.
—Oh…
La ilusión en el rostro de Aioros se esfumó por unos segundos, hasta que otra idea surcó su mente.
—Un dispositivo localizador…. ¿en su moto?
—Sería una buena idea, nunca sale sin ella —Saga lo meditó por unos segundos y luego sonrió con maldad —. O peor aún, en su cuerpo.
—¡Eso suena horrible! Nadie puede llegar a esos niveles de locura.
—Kanon cuando quiere puede ser tan desgraciado para merecerlo —acotó Saga con absoluta seriedad.
—¿Acaso te estoy escuchado defender a Heinstein?
La mueca de desagrado en Saga, fue más de lo que el castaño pudo soportar y soltó una estridente carcajada que atrajo varias miradas curiosas. Los chicos cesaron sus burlas cuando el menor de los gemelos se acercó hacia ellos, con una expresión más grave de la que esperaban.
—¿No me digas que te bateo? —Preguntó Aioros aun con su expresión risueña.
—¿Acaso me confundes contigo? —contraatacó, fulminando al castaño con la mirada. La sonrisa de Aioros se desvaneció de golpe, contrario a la de Saga, sin embargo, antes de cualquier replica, Kanon se adelantó—. Miren hacia el Erecteion.
Los dos chicos giraron sus rostros casi sincronizadamente, y en medio del campo que los separaban de los templos, se encontraba un hombre rubio observándolos. Vestía un pantalón de tela y una camisa de oficina arremangada hasta los codos, de cabellos rubios, cortos y una mirada altiva. Era Radamanthys, y trabajaba junto con Kanon en las empresas Heinstein.
Saga y Aioros intercambiaron una mirada, y sin decir nada soltaron una carcajada. Kanon los miró extrañados sin entender lo gracioso que Radamanthys podría tener. Resignado caminó hasta su rival más acérrimo.
—Vaya, no sabía que eras del tipo familiar —dijo el rubio como saludo. Radamanthys era un viejo amigo de la familia Heinstein. Amigo de Pandora desde pequeño, la había seguido desde Suecia; y desde el momento que Kanon y él se conocieron, la enemistad y competitividad había sido palpable.
—Bueno, mi vida no se resume en besar el piso por el que camina Pandora, no creo que tú puedas comprender eso. ¿Por qué no dices lo que vienes a decir y te marchas?
Radamanthys apretó su mandíbula, y sus rasgos fuertes se acentuaron más. Sus pobladas cejas se juntaron, formando una sola línea y sus ojos afilados viajaron hasta el lugar donde Saga y Aioros se mantenían sentados. Tenía ganas de lanzarle un puñetazo a Kanon, como cada vez que lo miraba esbozar esa estúpida sonrisa de autosuficiencia. Pero no era tonto, y sabía que en ese momento se encontraba en desventaja.
—Pandora se marcha en unas horas del país, su medio hermano está enfermo, y espera que puedas acompañarla lo antes posible.
Kanon rodó los ojos.
—No lo haré y ella ya sabe la razón.
Se dio la vuelta para marcharse, pero el rubio lo sujetó del brazo.
—Ni se te ocurra lastimarla. Todos sabemos que eres un canalla, pero estarás con ella hasta el momento que ella lo decida.
—Que te quede claro que…
De repente, un sonoro estruendo resonó por todo el lugar. Los gritos se alzaron y el caos invadió el templo de Atena. Kanon y Radamanthys dirigieron su mirada al templo y vieron cómo se alzaba una columna de polvo. Sin esperar más, el peliazul corrió hacia su hermano.
—Milo y Aioros —dijo Saga, en cuanto llego.
Los tres se adentraron rápidamente entre la multitud de personas que avanzaba en dirección contraria. No tardaron en separarse, caminando cada uno en un espacio diferente del templo.
…
Como si hubiera sucedido en cámara lenta, Aioria observó cómo los cables que sostenían una de las columnas se cortaba, tal cual si una espada lo hubiera partido en dos. Escuchó el latigazo en el aire y guardando el aire en sus pulmones, saltó hacia donde se encontraba Milo, cayendo ambos al piso.
—¡Cuidado! —gritó.
La maquinaria se cayó con un gran estruendo, y una de las milenarias columnas de mármol se resquebrajo a centímetros de sus pies. La columna de polvo se alzó y quedaron envueltos en una repentina oscuridad.
—¿Están bien? —escuchó la voz de Shaka al otro lado de la maquinaria destruida.
—Si —dijo Milo entre toses.
—Si — respondió Aioria al unisonó.
Se reincorporó en el suelo, habían quedado atrapados entre la maquinaria, la columna derruida y la pared del templo. Era un verdadero milagro que nada de eso les cayera encima.
—Iremos por ayuda —dijo Thalassa, una chica morena que los acompañaba.
—¿Qué rayos paso? —preguntó Milo, sentándose junto a él.
—No estoy seguro…
—Caballeros estúpidos —interrumpió una voz aguda. Entre la nube de polvo, pudieron observar la sombra de una figura humana alzándose sobre la maquinaria destruida. Los chicos entrecerraron los ojos, intentando distinguir algo más, pero no podían encontrar la lógica a lo que sucedía—. Ustedes serán el primer sacrificio que reciba mi Señor Hades.
La criatura saltó y antes de que alguno pudiera reaccionar, golpeó a Milo con un puño en su abdomen.
—¡Milo! —rugió Aioria, pero pronto el aire salió de sus pulmones al recibir un golpe igual. Aioria cayó de rodillas al suelo, y en ese instante sintió una patada en su rostro que lo empujó hasta la destruida columna. Sintió el sabor metálico de la sangre en su boca y por un instante todos los sonidos dejaron de existir.
—¡Pero quien te crees! —Milo lanzó un puñetazo al rostro del sujeto, pero su mano se estrelló contra un casco de metal y aunque este salió volando, Milo escuchó como sus dedos crujieron y un dolor inhumano recorrió todo su brazo.
Aquel hombre río macabramente. El polvo se había comenzado a disipar, y vieron que estaba cubierto por una extraña armadura oscura. Sus piernas y sus brazos estaban completamente protegidos, al igual que la parte alta de su pecho; sin embargo, el resto de su abdomen se encontraba solamente resguardado por la ropa que vestía debajo de la armadura y a su espalda la armadura se extendía de forma ovalada, cubriéndola por completo.
—Soy Zelos de Rana, la estrella terrestre de la rareza.
Zelos era un hombre de baja estatura y un rostro de facciones desagradables con grandes ojos enmarcado por ojeras y unos dientes desiguales. Parecía que la armadura pesaba demasiado para él, ya que no se podía erguir por completo.
—Raro sí que lo eres —musitó Aioria, limpiándose el hilo de sangre que escurría de su boca.
Los ojos de Zelos brillaron con ira, y con una ráfaga de viento estuvo frente a Aioria, golpeándolo con su rodilla. Aioria intentó incorporase y responder, pero las patadas de Zelos tenían una velocidad impresionante casi como si fueran diez personas en lugar de una.
—No te olvides de mí —rugió Milo lanzándose contra Zelos con todo su cuerpo, y logrando asestarle un golpe en el costado descubierto.
Con un veloz movimiento, Zelos alzó su mano y esta brilló con una luz oscura que golpeó a Milo, alzándolo en los aires y sin perder más tiempo continuó asestando patadas en Aioria, riendo cada vez más.
…
—¿Shaka, que sucede? ¿Y Aioria? ¿Y Milo?
Aioros había logrado llegar a la zona del accidente, abriéndose paso entre empujones. Todos los curiosos se mantenían a una distancia prudente, intentando no perder detalle de lo que había pasado. Para él castaño, simplemente estorbaban. No lograba ver a su hermano entre ellos y su desesperación crecía con cada segundo. Finalmente, logró localizar al chico rubio nuevo, pero verlo solo no había hecho más que confirmar su corazonada.
—Están bien —dijo Shaka, pero falló en ocultar la duda en su voz—. Quedaron del otro lado del derrumbe.
Aioros lo soltó y caminó hasta la línea de seguridad, sin perder de vista el caos en el que su hermano había quedado atrapado.
—Manténgase fuera del lugar —dijo el oficial de seguridad, cerrándole el paso a Aioros e indicando la línea segura que habían levantado para evitar más accidente.
Pero Aioros no se movió, ni regresó al grupo de personas que competía por ver algo. De repente, vio como una luz oscura brilló por un segundo, y se sobresaltó.
—¿Qué fue eso? —le preguntó al guardia, pero no parecía entender de lo que hablaba; paso su mirada entre las personas y nadie había advertido en aquello… Nadie, excepto Shaka. El castaño miró como se había tensado por un instante y luego sus miradas chocaron en un mudo entendimiento.
Aquello era algo grave, algo dentro de él lo presentía.
—Manténgase fuera del lugar — repitió el oficial, cuando Aioros continuo con su avance.
—Soy médico —dijo, alzando su carne y comenzando a correr —puedo socorrerlos.
—El equipo de rescate está en camino —pero las palabras del guarda se perdieron.
Aioros escaló el cerró de escombros con su corazón en un puño y cuando finalmente logró divisar el sitio donde había quedado atrapados los más jóvenes, encontró a Milo inconsciente. Fue como si una mano de hierro comprimiera su corazón, y con temor busco por su hermano.
Lo encontró en el suelo y un sujeto le propinaba patadas sin descanso. La sangre de Aioros hirvió enseguida y saltó al otro lado del derrumbe. Aquel sujetó se detuvo y se giró hacia él.
—Deja a mi hermano —gruñó, con sus puños apretados.
—No te preocupes, los dos se reunirán en el reino de los muertos —río macabramente, y luego saltó. Fue un saltó extremadamente alto Aioros alzó la cabeza buscándolo y pudo notar como se dirigía a él con una patada. Se lanzó en el último momento, rodando por el suelo quedando junto a Aioria. — ¿Qué sucede? —le preguntó.
Sin embargo, Aioria abrió desmesuradamente los ojos, mirando con pánico a Zelos.
—¡Cuidado! —gritó, pero sabía que no había nada que hacer.
Zelos alzó ambas manos y estas brillaron con aquella extraña luminiscencia oscura. Dos esferas se condensaron frente a cada una de sus manos. Aioros se giró atónito, y busco proteger con su cuerpo a su hermano menor.
—Mueran, caballeros de Atena.
Las esferas viajaron hacia ellos a una velocidad asombrosa y los dos chicos cerraron sus ojos en espera del impacto…
Aioros sintió un fuerte tirón en su estómago y todo su cuerpo se calentaba, esperando el impacto de aquella bola de energía. Sin embargo, aquello no sucedió. La luz de las esferas cesó, y casi con temor ambos chicos abrieron sus ojos. Soltaron el aire que hasta ese momento habían retenido.
Una brillante luz dorada los envolvía. Era cálida y reconfortante, y emanaba de una estatua dorada. Tenía la forma de un centauro alado, sus enormes alas los protegían y por el otro lado, alzaba un arco con una flecha tensada. Sin embargo, aquella estatua de oro, movía la trayectoria de la flecha hasta donde Zelos se encontraba. Unas manos invisibles, hicieron la flecha más atrás y luego salió disparada.
Zelos saltó, evitando el impacto.
—¡Desgraciados! Me vengaré.
Y así aquel ser desapareció del sitio con un saltó enorme. La flecha dorada, impactó en la roca milenaria, abriendo una brecha por la cual, un par de minutos después, apareció el equipo de socorro.
…
Shion corrió a través del templo papal. Sus pasos resonaban entre los milenarios pasillos de mármoles blancos, interrumpiendo la soledad con sus ecos. Su corazón latía desbocado y una sonrisa pugnaba por adornar sus ancianos labios.
Cerró sus ojos amatista cuando la luz del medio día los golpeó, pero los abrió casi al instante, negándose a perder algún segundo de aquel ansiado acontecimiento. Con su mirada, que reflejaba la soledad y la sabiduría que había ido acumulando a lo largo de su vida, recorrió el Santuario. Un lugar dedicado a la diosa Atena. Era un espacio enorme lleno de templos y sitios de entrenamiento para los guerreros que alguna vez habían existido. No hace mucho, él había formado parte de un ejército en el que se encontraban los mejores ochenta y ocho guerreros al mundo, y junto a la encarnación de la misma diosa habían combatido por la humanidad. Ahora, más de doscientos años habían pasado y el gran ejército de Atena solo estaba formado por tres de sus santos.
A los pies del templo papal, se extendía una enorme escalinata que descendía por toda la colina hasta llegar a la planicie donde sobresaltaba el antiguo coliseo. Pero, entre esa escalinata esparcidas estratégicamente, se encontraban doce templos. Todos ellos igual de hermosos, enormes y con poderosos secretos en su interior. Su mirada los recorrió uno por uno, intentando no pensar en los fríos que se sentían en aquel momento, ni en el jardín muerto que nacía a sus pies y llegaba hasta el siguiente templo más cercano, aquel que pertenecía al guardián de la doceava casa zodiacal: Piscis, y que desde la era del mito florecía con perennes rosas rojas. Pero ahora esas flores llevaban más de doscientos años sin florecer…
De pronto, la atención de Shion fue reclamada por un haz de luz que descendió como un rayo sobre la novena casa, inundando con su calidez aquel recinto que había permanecido sin vida. El corazón del anciano saltó sobre su pecho y corrió a través de la escalinata zodiacal.
Sus pasos se detuvieron en la entrada de Sagitario, miró el símbolo zodiacal sobre la parte más elevada del techo. Y con un paso ceremonioso, comenzó su entrada.
Después de la última guerra santa, el ejército de Atena no solo había quedado devastado, sino que también, el santuario había terminado casi en ruinas. Atena, le había dado la misión de preparar todo para las futuras generaciones al nombrarlo patriarca y aunque la reconstrucción había sido una de sus prioridades, aquel lugar no había logrado su máximo esplendor.
Las doce casas estaban casi completas, pero habían grietas por toda la escalera que mostraban los signos inequívocos del deterioro, por no mencionar los campos de entrenamiento y las cabañas de los guerreros de rango inferiores. Shion había ofrendado su vida para que aquel lugar se mantuviera en pie, lo hizo con todo el amor que profesaba por su diosa, pero todo carecía sentido sin ella y sin los guerreros a los que había estado esperando.
Era la soledad lo que hundía al santuario de Atena.
No había nadie más.
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NdA: Muchas gracias a las personas que continúan o que están comenzando a leer este fic. Llevo algunos año fuera de la página, pero espero que ese periodo ya haya concluido e intentare retomar mis historias poco a poco.
Gracias al comentario anónimo, espero que continúes leyendo y especialmente gracias por tu consejo.
¡Nos leemos en un próximo capítulo!
Terpsi.
