Capítulo 4:
Destinos
—Shaka…
La voz sonaba como un ligero susurro, extraño y a la vez conocido. Removiendo dentro de él una angustia que no había experimentado hasta entones.
—Shaka…
Repitió una vez más la voz y el chico supo que no se trataba de Buda. Esta vez era alguien más quien lo llamaba, pero tampoco se trataba de aquel hombre que había logrado empujarlo de sus meditaciones.
No era aquella persona, pero eran similares.
Algo dentro de ellos resonaban con la misma potencia; Shaka podía sentirlo tan nítidamente como las sensaciones que causaban sus otros sentidos. Dejó de poner resistencia y se resignó a ser arrastrado por la consciencia de aquel desconocido hombre. No le temía, un ser con aquel poder solo podía significar que poseía una fuerza espiritual más grande que la suya, así que confió en su instinto y pronto se encontró dentro de una cueva.
Caminó lentamente, observando cada detalle a su alrededor. La cueva solo tenía unos metros de profundidad, por lo que pronto estuvo fuera de ella. Una cascada fluía a su izquierda, comenzaba muchos metros por encima de su cabeza y terminaba unos cuantos más abajo en un rio de gran caudal, por lo que él se encontraba en un puente natural formado por la erosión de la misma montaña. La vegetación era densa y los arboles altos, tupidos y gruesos, demostrando sus siglos de vida. No había más sonidos que el de las aves y el agua; y el aire tenía una frescura que Shaka no había experimentado antes, viviendo en ciudades tan pobladas. Sin duda aquello era la belleza que se podía encontrar en los lugares donde él hombre no había llegado aún.
Pensó que en un lugar así podría meditar por cien días sin parar…
—Estoy seguro de ello.
La voz lo sobresaltó y Shaka buscó al ser que lo había llevado hasta ahí.
Al otro lado del puente se encontraba un anciano, mirando fijamente la cascada. Su estatura era realmente baja, apenas superaba la cintura de Shaka y su piel, tostada por los años, tenía un peculiar color morado. Llevaba un sombrero grande de paja, y una túnica verde de aspecto oriental. El chico caminó hasta él y se sentó a su lado, imitándolo y clavando su mirada en la cascada.
—¿Dónde estamos? —preguntó después de unos segundos.
—En Rozan —respondió llevando sus ojos verdes hacia él.
Shaka lo miró a los ojos y pudo encontrar en ellos décadas de años, más de los que cualquier humano debería de vivir, pero al mismo tiempo tenía la vitalidad del espíritu intacta. Recordó que muchos años eran tan solo un parpadeo para los seres con almas puras.
—Te hemos estado buscando —continuó —. ¿Lo has conocido ya? ¿Al patriarca?
Shaka asintió, recordando aquel hombre de larga túnica oscura y el jardín con los sales gemelos.
—Me dijo que debo reunirlos a todos y buscarlo a él, pero no entiendo nada. ¿A quiénes debo buscar?
El anciano suspiró y llevó su mirada triste a la cascada.
—No debes de buscarlos con tus sentidos físicos, sino con los otros. Con el sexto y séptimo sentido.
—¿El séptimo? —Preguntó arrugando el entrecejo—. El sexto sentido es la intuición, pero el séptimo…
—Es el cosmos —interrumpió —. Todos los seres, en este planeta. No, más bien, en este universo. Todos estamos creados por el cosmos. Es la energía que habita en nuestros átomos, que forman nuestros cuerpos. Es el poder de las estrellas y la energía destructiva del Big Bang. Y solo, quienes despierten el séptimo sentido, serán capaces de utilizarla a su voluntad.
El anciano levantó una de sus manos y sobre ella se creó una esfera de luz brillante, la dejó ir y lentamente se introdujo en la cascada, abriendo un agujero en el agua a medida que avanzaba.
—¿Lo has sentido antes? ¿La energía de las plantas, del sol, de la tierra? —Shaka asintió lentamente —. Ese es el cosmos, debes despertar el tuyo.
—Lo he sentido también de forma malévola.
Solo de pensarlo, sentía como se engrifaba la piel. No podía olvidar la horrible sensación del día anterior, aunque no estaba seguro de lo que ocurría realmente en el Partenón, si sabía que las heridas de Milo y Aioria poco tenían que ver con el accidente.
—El cosmos puede ser utilizado para proteger o destruir. Debes de ir al santuario lo más pronto posible, ahí aprenderás todo lo que debes saber y ocupar el lugar que te corresponde.
—No sé dónde se encuentra —exclamó con desesperación el chico. El anciano maestro volteó hacia él, con una expresión de compasión infinita y le sonrió.
Antes de que Shaka pudiera reaccionar, levantó el bastón que sostenía y golpeó su frente con él. Shaka fue arrastrado por la oscuridad, pero escuchó la lejana voz del anciano con su ultimó consejo.
—Usa tu cosmos. En tus recuerdos encontraras la respuesta. Ve, Shaka. ¡Ve!
El rubio abrió sus ojos de par en par y tomó una bocanada de aire mientras un aluvión de imágenes goleaba su mente. Recordó el gran impacto de una explosión y la sensación de la muerte.
Miró sus manos temblorosas y supo que alguna vez habían salvaguardado un rosario poderoso. Sentía todas las respuestas en su mente, como si las rozara con la yema de sus dedos. Pero se le escurrían como agua, no podía retener nada de todo aquello que comenzaba a recordar. ¿Era acaso su vida pasada? ¿o era la vida de alguien más?
Seguía conmocionado, sin embargo, sabía exactamente lo que deba hacer. Se puso de pie y tomó su mochila de viaje metiendo en ella unas cuantas prendas y las pocas cosas que consideraba necesaria para su nueva aventura. No llevaba ningún efecto personal, de hecho, su habitación no tenía nada que la señalara como suya a excepción de una fotografía que descansaba sobre el escritorio en la que estaba él, con apenas seis años junto a sus padres.
Había sido su madre quien la colocó en su maleta el día que partió de la India.
Shaka desde muy pequeño había comprendido lo que era el desapego, una de las lecciones fundamentales del budismo. Cargar con aquel retrato hacia feliz a su madre, aunque para él no tenía significado alguno. Amaría a sus padres independientemente el lugar en donde se encontraban o si podía verles o no, pero sabía también que habían cosas más importantes que aquel amor.
Shaka tomó la fotografía entre sus manos se permitió observarla detenidamente. Su padre provenía de una antiquísima familia de la casta de Brahamanes que se habían convertido al budismo muchos siglos atrás. La familia de su madre, por otro lado, llegó con los ingleses y se quedaron ahí aun después de la independencia. No conocía Inglaterra, pero creció con las historias de su abuelo sobre los reyes y los mitos mágicos. Su sueño era ir a la gran isla, y cuando Shaka nació volcó sus deseos occidentales en él, alentándolo a ser todas aquellas cosas que ella anhelaba.
Él, sin embargo, había demostrado una gran vocación espiritual desde temprana edad y a los seis años fue admitido por su primer maestro en un templo budista de Benarés.
Su familia paterna estaba más que complacida. Había quienes decían que sería el siguiente Iluminado o que era la reencarnación de Buda y que de no ser así, era sin duda la persona más cercana al Maestro. Ninguno podía adivinar lo acertado que estaba. Su conexión con Buda llegó desde su infancia, poco después de ingresar al templo y desde ese momento, Buda mismo había sido su Maestro.
Por eso sabía que no era su destino la Iluminación, o al menos no en esa vida. Su camino era otro, y aunque no sabía aun cual era, estaba segura que pronto llegaría al final y comprendería cuál era su destino.
—El lugar que me corresponde —murmuró para sí mismo.
Tomó el reverso de la fotografía y garabateo tres sencillas palabras, para luego colocarla en un sobre.
"Lo he encontrado."
Estaba seguro que su padre lo comprendería, aunque su madre no lo hiciera y sentía angustia por el dolor que le causaría, pero aquel era su destino y debía cumplirlo.
"El dolor es inevitable."
Cerró la puerta de su habitación sin dar ni siquiera una mirada atrás, sabiendo que nunca más volvería a pisar ese lugar, ni vería otra vez a sus padres.
Cuando finalmente tomó el autobús que lo sacaría de Atenas, Shaka cerró sus ojos he intentó buscar esa energía dentro de él. Comenzó entrando al estado de meditación en el cual estaba acostumbrado, pero en lugar de buscar abstraerse del mundo, esta vez busco sentir todo lo que lo rodeaba. Comenzó con él mismo, con su corazón, la sangre que bombeaba, la forma en la que sus pulmones se agrandaban y retraían… y luego comenzó a sentir un ligero calor recorrerlo. Salía de su mismo cuerpo y hacia cosquillear su piel. Lo podía ver dentro de la oscuridad de su mente, como una pequeña luz que comenzaba a tomar vida y sentía, muy lejos, otra energía vibrando a su mismo ritmo. Llamándolo.
Era ahí donde debía de ir.
Sonrió, aun con sus ojos cerrados e intentó sentir la energía de aquellos cercanos a él. Era algo que se escondía muy dentro de las personas, como su alma. Como si fuera la chispa divina de la vida, y quien sabe, tal vez lo era.
De repente, Shaka sintió una potente energía cercana y abrió sus ojos de par en par, reconociéndolo.
El autobús arrancó y Shaka miró atónito a aquel chico que permanecía impávido en la acera, observándolo. Tenía un larguísimo cabello lila y unos ojos verdes que no dejaban de mostrar asombro. Sin que Shaka se lo propusiera, un nombre escapo de sus labios.
—Mu…
…
Aioros y Kanon observaban el incesante ir venir de Saga, mientras discutía por teléfono a unos pasos de ellos. Había sido una mañana larga, el teléfono no paró de sonar desde que abrieron la puerta. Primero fue Marin, para saber cómo se encontraba Aioria, y solo un par de minutos le tomó a Aioros convencerla de que no había pasado nada grave, pero las siguientes llamadas habían sido peores.
La madre de Aioros fue la primera. Los gemelos observaron espantados como el rostro del médico se hundía cada vez más con cada segundo que avanzaba la llamada. El chico apenas y pudo reclamar nada, y un "si, mamá" fue lo único que dijo al final. Luego le alzó el aparato a Kanon, quien estaba más cerca de él, y sin saber que esperar el gemelo contestó dubitativo.
Era su tía, la madre de Milo.
Queriendo quitarle hierro al asunto, el gemelo menor bromeó que el estado del chico no era tan malo como lo había visto en otras ocasiones y que Milo era un chico fuerte.
—¡Lo sacaron inconsciente! ¡Inconsciente! —repitió histérica con una voz tan aguda que le perforaba los tímpanos —. Al final del mes, me devolverán sus cenizas. Si algo más le pasa, que me perdone Helena, pero los mato… a ambos.
Al final, lo peor lo había llevado Saga cuando su madre tomó el aparato. Al parecer las tres señoras habían decidido reunirse para darles la reprimenda de sus vidas. Kanon bufó, aquello era ridículo, eran tres hombres completamente capaces, lo que había sucedido en el templo era algo inverosímil y fuera del control de cualquier persona. No era responsabilidad de ellos.
Finalmente, Saga se dejó caer en el sillón junto a Aioros y dejó el aparato en la mesa frente a ellos.
—¿Y bien? —preguntó Kanon —. ¿Qué tan jodidos estamos?
Saga gruñó y fulminó a su hermano con su mirada, sin embargo eso no inmuto al menor.
—Mucho. Quiere que Milo regrese a más tardar el viernes y nosotros debemos ir —. Aioros alzó las cejas sorprendido.
—¿No están siendo demasiado dramáticas con esto?
—Y espera que sepa que este idiota se lio a golpes —replicó Saga, lanzándole otra furibunda mirada a su hermano.
—No es la primera vez que goleo a alguien, así como no es la primera vez que esos dos terminan así. Milo y Aioria juntos es sinónimo de problemas.
—Tú, eres un problema por ti solo —sentenció Saga.
—¿Y qué esperabas que hiciera? ¿Estoy seguro que algo tiene él que ver en todo eso? —Kanon había subido una octava más su voz, al tiempo que se ponía de pie y Saga no había esperado ni un segundo en imitarle.
—¿Podrías dejar de ser tan egocéntrico? No todo lo que sucede tiene que tener relación contigo.
Y es que los gemelos habían llegada al sitio del accidente, cuando los paramédicos ya había logrado sacar a los dos chico. Aioria estaba despierto, aunque se notaba perturbado y Aioros se mantenía a su lado. Milo, sin embargo, estaba inconsciente y con una gran contusión en su abdomen. Había reaccionado a los pocos minutos, pero los médicos habían decidido trasladarlo al hospital para una revisión más exhaustiva y fue así como lo sacaron en una camilla ante las miradas de los turistas y las cámaras de noticias que no habían tardado en aparecer.
Kanon, al ver el estado de Milo y lo extraño de todo aquello, había saltado a la rápida y extraña conclusión de que era obra de Radamanthys. Lo mismo que tardó Kanon en culparlo, lo mismo tardó Radamanthys en responder y con los ánimos ya caldeados entre ambos, solo fue cuestión de que las palabras correctas salieran de la boca del griego, y el primer puñetazo partió aire. Radamanthys había sonreído con petulancia y satisfacción cuando el gemelo trastabilló; y un instante después, Kanon salto sobre él inglés.
No se separaron hasta que los oficiales de seguridad los sacaron del tempo y sin poder diferenciar entre Kanon y Saga, hicieron lo mismo con él mayor de los gemelos.
—¡Fue un maldito accidente!
—No… —Aioros se interpuso entre los gemelos y su réplica no fue más que un murmullo, pero cayó a ambos chicos. Pocas veces Aioros apoyaba a Kanon —. Quiero decir, si… no… ¡Agh! Si fue un accidente, pero… —se dejó caer en el sofá, soltando un gruñido. Los gemelos no apartaron sus miradas de él. Primero buscó la mirada de Saga, casi como pidiendo una disculpa y luego miró al menor. Kanon alzó una de sus cejas y Aioros suspiró—. Creo que Kanon tiene razón. No de Radamanthys —se apresuró a añadir rápidamente—. Pero si creo que fue provocado.
—Explícate —ordenó Saga frunciendo el entrecejo y cruzando sus brazos bajo el pecho. Kanon, por su parte, tomó asiento esbozando una sonrisa complacida.
—Cuando llegue había un hombre golpeando a Aioria. Las contusiones son por golpes, no por el derrumbe. Además, Shaka había dicho que estaban bien.
—¿Y por qué no mencionaste nada antes?
Aioros se encogió de hombros y miro fijamente sus manos como si de repente ellas fueran lo más interesante del mundo.
—Ha sido lo más extraño que me ha sucedido jamás. No se vayan a burlar —advirtió, mirando específicamente a Kanon. El gemelo alzó sus manos, en un intento de inocencia, pero aquello para Aioros no era suficiente; aun así comentó lo poco que había visto el día anterior.
—¿Una estatua de oro de centauro que se mueve? —preguntó Kanon cuando el castaño terminó con su relato, el sarcasmo destilaba en su voz.
—Te dije que no te burlaras.
—No lo hago —contraatacó —. Pero debes admitir que todo eso carece de…
—…lógica —terminó Saga.
—Ya lo sé. ¿Por qué creen que no dije nada antes? Pero es verdad, Aioria lo puede corroborar.
—Vale. ¿Y el hombre?
—Saltó alto. Varios metros y no volvió a bajar, desapareció—parecía desesperado. Aioros no era un tipo que solía decir mentiras o gastar broma, y por eso nunca antes había tenido la necesidad de que le creyeran, y mucho menos los gemelos. Se encogió de hombros y miró las expresiones dubitativas de sus amigos. Había algo más, algo muy personal que habría querido guardar para él — Cuando eso apareció —comenzó de nuevo, con un murmullo—. Sentí algo muy extraño, parecía familiar, pero lejano. Como si todo mi cuerpo vibrara en resonancia con eso.
—¿Con el centauro de oro?
Aioros asintió, ninguno supo que más decir hasta que el castaño recordó un detalle más.
—Nos llamó de una forma. Nos dijo "Caballeros de Atena".
Saga y Kanon alzaron sus cejas en una expresión idéntica de asombro.
—¿Algún juego de rol? —dijo de pronto el menor. Tenía una extraña necesidad de restarle importancia a ese asunto, aunque no estaba seguro si era porque no entendía nada, porque le parecía absurdo o porque de alguna manera lo hacía sentirse incómodo.
Caballero de Atena…
Estaba seguro de haber escuchado eso antes.
…
Aioria se revolvió en la cama, un gemido se escapó de sus labios cuando rodó sobre sus magulladuras hasta que finalmente la incomodidad lo obligó a abrir sus ojos. Había dormido desde el momento que regresaron del hospital, sedado por los analgésicos que había recibido. No le molestaba, lo agradecía de hecho, no tenía intención alguna de sufrir innecesariamente. Se incorporó somnoliento y cuando lo hizo, notó a Milo sentado observando la ventana. Afuera, el sol comenzaba a ocultarse lentamente.
—¿Qué te sucede? —dijo, sentándose en el borde de la cama.
Milo clavó sus ojos turquesas en él, con una expresión de completo desconcierto.
—Nos atacaron —dijo con obviedad —. Un tipo con armadura y unos poderes extraños. ¿Cómo quieres que este?
Aioria se encogió de hombros, sintiéndose extrañamente juzgado.
—Tampoco me mires como si fuera un estúpido. Es solo que no pensé que te lo tomarías así.
Milo resopló y se arrastró hasta el borde de la cama, quedando frente al castaño.
—Es que no entiendo que sucede. ¿Por qué a nosotros? Todo lo que dijo no tiene lógica. Nadie adora a los antiguos dioses hoy en día, y a Hades menos que a ninguno.
—Mira —dijo Aioria, tomando a Milo por los hombros—. Tampoco entiendo nada de lo que paso, pero no busques una explicación. Todo fue una terrible coincidencia, estábamos en el lugar y momentos inadecuados. Le pudo ocurrir a cualquiera.
—¿Y si no?
Aioria soltó un suspiro.
—¿Qué tenemos de diferente al resto del mundo, para que un tipo nos quiere ofrendar a un dios tenebrosos? —preguntó alzando una ceja.
Milo se lo pensó por unos momentos, hasta que una sonrisa maliciosa se fue formando lentamente en sus labios.
—Tu, nada en especia. Yo, soy terriblemente atractivo. Ahora lo entiendo. —Aioria rodó los ojos y Milo no pudo resistir más la carcajada que pugnaba por salir de su garganta—. Vale, vale. Pero no es solo eso — Aioria soltó un suspiro exasperado. Milo podía ser bastante terco cuando se lo proponía—. Escúchame, ¿sí? Cuando quede inconsciente, tuve un sueño. Había una chica…
—No me interesa saber las perversiones de tu mente —cortó rápidamente Aioria, levantándose.
—No es ese tipo de sueños—replico con un mohín—. Fue raro, como si de verdad todo eso pasara. Ella tenía algo diferente a cualquier persona que conozca, no entiendo que era aún y no la recuerdo muy bien, pero estabas tú con una armadura dorada y también estaba yo. Kanon no tenía armadura, pero llevaba un cofre y estaba junto a esa chica.
—¿Armadura dorada? —pregunto Aioria, deteniéndose bajo el marco de la puerta. Él no había comentado nada con Milo sobre la misteriosa forma en la que lograron librarse de Zelos de rana. ¿Tal vez aquella estatua dorada era realmente una armadura? —. ¿Tenía alas?
—No —renegó extrañado Milo —. ¿Por qué tendrían alas? Pero, Saga tenía una de esas armaduras oscuras. La chica le dijo a Kanon que le diera el cofre a Saga y dentro había una daga. Le dijo a Saga que la matara, que así tenía que ser y luego ella… —Milo apretó sus puños con frustración, no podía quitarse la horrible sensación que todo eso le hacía sentir. Como si hubiera fallado en lo único realmente importante que existía. Era algo incomprensible. —se suicidó frente a todos nosotros. No hicimos nada para evitarlo.
Apretó su mandíbula con fuerza y clavó su mirada en el suelo.
—No es como los otros sueños —dijo en un susurro—. Es más real.
—Es un sueño —sentenció Aioria —. Y todos parecen reales, es el punto.
—Los gemelos siempre han tenido pesadillas y ellos no las tratan como si no tuvieran importancia.
—Los gemelos son raros, y tú también porque eres su familia. Todo lo crea tu cerebro.
—¿Y si fuera importante? ¿Qué significaría todo eso?
—Que la inanición te hace tener alucinaciones. Mueve ese trasero y vamos por comida, que no tendrás más profecías si te mueres de hambre.
Milo soltó una carcajada. Mirando las cosas desde esa perspectiva, tenía que admitir que sonaba ridículo. Aun así algo dentro de él se removía… Fue tras de Aioria y al bajar las escaleras se encontraron a Saga sentado en la sala. Alzó la vista de sus libros al escucharlos y les dedicó una suave sonrisa.
—Milo, ve un momento. Debemos hablar.
Los dos chicos más jóvenes intercambiaron una mirada y con un suspiro, Milo se acercó. No sonaban a buenas noticias.
...
El castillo Heinstein se alzaba poderoso y magnifico en la cima de la colina que dominaba. Sus torres de piedra oscura parecían surgir de la misma tierra hasta alcanzar el cielo. Algunas eran delgadas y largas como flechas; otras eran bajas y anchas con muchas ventanas y techos bajos tachonados. En conjunto parecían una corona sobre el frondoso bosque que nutria la colina. Solo había un camino hasta el castillo, que serpenteaba en torno al bosque.
Los Heinstein no solo eran una familia poderosa y rica, era también antigua, noble y perenne. Habían sido parte de la edad feudal, habían sobrevivido a la caída de las monarquías y ahora se adataban a la vida moderna gobernada por el capitalismo. Todos sus secretos se guardaban en aquel castillo que había sido suyo por siglos. Su historia era la historia de Thuringen.
Pandora observó por enésima vez el teléfono que estaba instalado en su automovil, una línea directa que solo tenían su familia y las personas más cercana a ella. Ninguna llamada en todas las horas de viaje.
—Ese idiota —murmuró con entre dientes, apartando su mirada con desdén del aparato y clavándola en el bosque que la rodeaba.
Los aldeanos, gente ignorante desde se punto de vista, decían que esa colina estaba maldita y que los demonios deambulaban por el bosque. Según la leyenda, hace doscientos años una batalla se había desencadenado en ese lugar. Las puertas del infierno se habían abierto y centenares de demonios habían escapado comandados por los tres peores de ellos: los jueces del infierno. Ante aquello los ángeles habían acudido en ayuda de la humanidad, vestidos con capas blancas y ropajes de oro y plata, los seres más hermosos antes vistos. La horda de demonios había retrocedido y los ángeles, entraron al infierno para cerrar desde su interior aquellas puertas custodiándolas desde ese día. Desde entonces, el bosque estaba maldito. Los espíritus que no habían conseguido llegar al más allá, vagaban por ahí hasta que eran atrapados por las puertas del infierno y condenados eternamente.
Pandora sabía que nada de aquello era verdad. Su familia había vivido en ese castillo hace más de doscientos años y no había registro alguno de batallas. Lo que si existía, y era de donde Pandora creía que había surgido la leyenda, era un cuadro enorme y sin acabar, sobre ángeles guerreros y personas en busca de El Salvador. Era hermoso le robaba el aliento a cualquiera, mostrando la belleza y la liberación que la muerte podía significar. No tenía firma, por lo que se decía pertenecía a algún miembro de la familia y este había fallecido antes de poder terminarlo.
Un súbito movimiento en el follaje, sacó a Pandora de sus cavilaciones; pero antes de que pudiera ver lo que ocurría entre los árboles, el camino se amplió y el castillo estuvo finalmente frente a ella.
Saltó del auto, en cuanto este se detuvo y recorrió con prisa los pasillos que la separaban de su hermano, apenas escuchando los saludos afables de los sirvientes, hasta que llegó a las habitaciones de su hermano menor. Alphonse Krager, el médico de la familia, salía de la habitación junto a una enfermera joven, apenas mayor que una niña. Era un hombre regordete y alto, de una poblada barba blanca y una franja horizontal de pelo que le cruzaba la cabeza. Tenía una mandíbula ancha y unos ojos pequeños y brillantes. Contaba con la absoluta confianza del padre de Pandora, no así de ella.
—¿Cómo está? —Preguntó Pandora, cruzando sus brazos sobre el pecho.
El médico suspiro y le entregó un expediente a la chica que lo acompañaba.
—La fiebre ha desaparecido, aunque aún no reacciona. Es posible que lo haga en las próximas horas.
—¿Qué fue lo que sucedió?
—Lo encontramos desmayado cerca del rio —respondió la chica de nombre Mallory. Tenía una tez blanca y cabellos azabaches que resaltaban aún más su palidez. — El señor parecía tener perfecta salud esa mañana. Llevo a Adolf a jugar al bosque y cuando comenzó a atardecer y no regresaba, fuimos a buscarlo.
—Lo más difícil ya ha pasado —agregó el doctor —. Mañana tendré los resultados de los análisis con lo que podremos encontrar más rápido el diagnostico.
—Esperemos que así sea —masculló Pandora, lanzándole una mirada severa. Y sin decir nada más, pasó entre ellos, adentrándose a las habitaciones de su pequeño hermano.
El lugar era amplio y ordenado. El piso estaba recubierto por una mullida alfombra, y al fondo las gruesas cortinas color marfil ocultaban el ventanal que llevaba a los balcones. La cama gobernaba la estancia desde su pedestal. Era de caoba oscura y el dosel negro caía suave y ligero a ambos lados, apenas dejando visible la silueta de Shun.
Pandora avanzó con pasos silenciosos y apartó la cortina para poder sentarse junto a su hermano. Lo observó por un largo instante. Parecía dormir plácidamente, no tenia gestos de dolor, pero su tez parecía más pálida de lo usual y unas enormes ojeras negras enmarcaban sus ojos cerrados. Sus labios también carecían de aquel color rosado y se notaban secos y agrietados. Tenía cabello verde, que llevaba un poco más debajo de los hombros. Pandora se entretuvo peinándolo, mientras se percataba de los sutiles cambios que iban surgiendo a medida que crecía.
Shun era atractivo, mucho. Aunque siempre había mantenido un aire de inocencia que no estaba lejos de la realidad y que solo resaltaba la bondad que naturalmente existía en él. Ahora, con dieciséis años, sus facciones de niño comenzaban a transformarse en las de un hombre, pero siempre mantenía una regia nobleza. Él era el corazón de aquella familia fría y dura como las rocas que formaban el ancestral castillo.
—Pandora…
La chica alzó la cabeza al escuchar su nombre y oteó el lugar. No había nadie más, pero sentía como su pulso saltaba desbocado. Tomó una de las fotografías que adornaban la mesita junto a la cama de Shun, más por ocultar sus nervios que por realmente ver aquello, y se encontró sonriendo al verse ella y su hermano en sus últimas vacaciones en Grecia, recorriendo las islas del Egeo.
Colocó él porta retratos en su lugar, y miró el resto de fotografías familiares. No pudo evitar la mueca de disgusto al ver a su hermano recién nacido en brazos de Ikki, su hermanastro.
—Pandora…
Sintió el susurro en su oído, y se levantó de un salto. Sin embargo, seguía estando sola. Caminó con pasos cautelosos hasta las ventanas. La pesada cortina marfil apenas se movía por el viento, y Pandora la corrió para ver a través del balcón.
Debajo de la habitación de Shun, se extendía el jardín trasero. Un camino de cipreses conducía hasta una piscina alargada, alternado con asientos de cemento y madera. Las flores crecían en organizadas formas a ambos lados del sendero, y entre algunas de ellas pequeñas fuentes sobresalían. Varios metros después de aquella piscina, comenzaba unas líneas de naranjos perfectamente alineados que daban paso a un bosque más salvaje. Los arboles ahí eran de troncos gruesos y deformes, y las flores no podían apreciarse como en los jardines.
Y mucho más allá estaba el rio donde habían encontrado a Shun y luego de este, el lugar prohibido…
—Hasta que al fin apareces.
Pandora intentó ocultar su sobresalto, cerró la puerta de cristal que sin percatarse había abierto. Y se giró con sus labios apretados en un mohín disgustado.
Apoyado contra el marco de la puerta, estaba Ikki, su hermanastro.
Era el hijo mayor de la segunda esposa de Robert Heinstein, su padre. La madre de Pandora había muerto durante el parto de su segundo hijo, al igual que él bebe quien al parecer había muerto incluso antes de nacer y aquella nueva mujer, Haru, apareció en la puerta de su casa, de la mano de un niño de cinco años antes siquiera del primer aniversario de defunción. Pandora los odió desde ese momento, pero había sonreído y los saludó tal y como su padre se lo pidió. Shun, nació de esa unión el siguiente año. Haru murió pocos días después, por complicaciones en el parto. Pandora recordaba el infierno por el que esa mujer había pasado en esos días. Ella era amable y cariñosa, había sentido algún afecto por ella y había lamentado realmente su muerte.
Sin embargo, ella e Ikki nunca pudieron congeniar. Las maneras bruscas de Ikki la enervaban y la admiración que Shun sentía por él era suficiente para que ella lo detestara.
Desde el primer momento habían competido por el amor de su hermano menor.
—¿Cómo permitiste que esto ocurriera? —preguntó Pandora con sus manos en la cadera.
Ikki alzó unas de sus cejas y una sonrisa cínica se comenzó a formar en sus labios.
—¿Y dónde estabas tú? ¿Jugando a la empresaria con ese noviecito tuyo?
—Es el legado familiar —respondió, ignorando la punzada en su pecho —. Pero, ¿Qué puedes entender tú de eso?
—Soy un Heinstein igual que tú.
—Solo de nombre, nunca de sangre.
La sonrisa de Ikki desapareció, y sus ojos azules destellaron con furia haciendo sentir a Pandora triunfante.
—Han pasado diecisiete años, deberías superarlo ya.
—¿Tú lo haces?
Ikki giró su rostro, para ver a su hermano oculto entre los almohadones.
—Si —dijo, separándose de la puerta y avanzando lentamente hacia la chica —. Y como muestra de paz te diré algo —Pandora sentía como su pulso se aceleraba con cada paso que daba. No podía esperar nada bueno de Ikki, todo en él era irreverencia. Desde su cabello azul oscuro metódicamente desordenado, su chaqueta de cuero parchada y sus botas altas; hasta su andar firme y amenazador, moviendo los hombros como una pantera. Muchas veces, ella se sentía la presa y aquello le enervaba —. Muy pronto, Shun se marchara de aquí y tendrá su propia vida y su no cambias esa actitud pesada, ni siquiera las ambiciones de Kanon serán suficiente para mantenerse a tu lado. Te quedaras sola, en esta casa, con los fantasmas de tu pasado.
Las mejillas de Pandora se encendieron bruscamente y sus manos se cerraron intentando contener su furia. Sin embargo, la sonrisa de Ikki se incrementaba a cada segundo hasta estallar en una carcajada.
—¡Vete de aquí!
—Esta también es mi casa, no puedes correrme.
Pandora soltó una maldición y se marchó con pasos pesados, mientras que la diversión de Ikki no hacía más que aumentar.
Finalmente, cuando su risa se apagó, se acercó a Shun y lo contempló por unos instantes. Se inclinó para acomodarle mejor el colgante en forma de estrella que descansaba sobre su pecho, y sin decir nada, se marchó.
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NdA: Gracias a todos los que han leído y a quienes siguen la historia. A ti, anónimo, espero tenerte en la historia por mucho tiempo más y haber mejorado un poco en este capitulo.
¡Nos leemos en un próximo capítulo: "Los Heinstein"!
