Capítulo 5:

Los Heinstein


Las tumbas estaban abiertas.

Las lapidas que guardaban sus nombres estaban quebradas.

Pandora alzó la vista y miró a su alrededor. Caminó con pasos lentos entre los agujeros, su vestido negro susurraba con su andar y sus pies la llevaron hasta el lugar que había visitado desde niña.

La lapida que rezaba el nombre de su madre está destrozada y la tierra había sido removida desde su interior. Pero ella no se molestó, su corazón revoloteo con ansiedad. Si su madre no estaba ahí, entonces, ¿Dónde estaba?

Se agachó y recogió el pequeño colgante de plata que su madre siempre usaba. "Tuyo por siempre" rezaba. Apartó la tierra que se había adherido a la estrella y se levantó.

Debía encontrarla y entregárselo.

Caminó más deprisa. La tarde avanzaba rápidamente y las primeras estrellas aparecieron en el cielo. Había dejado atrás el cementerio y ascendía sobre una pequeña ladera que ocultaba el castillo, ahí fue donde la vio. Estaba de espaldas a ella, su cabello castaño bailaba con el viento y su miraba estaba fija en el horizonte.

La palabra que tanto había querido pronunciar por años salió de sus labios con un anhelo inconcebible y corrió para llegar hasta su madre.

Pero ella no volteaba. Se mantenía firme junto a un joven de largos cabellos negro, los rodeo y al ver el rostro de su madre su sonrisa aumento. Era tal y como la recordaba.

—Madre.

—Inclínate hacia tu señor, Pandora.

La chica miró al joven de cabellos negros. Tenía un rostro hermoso, de facciones perfectas, de uno ojos turquesa indiferentes y cuando la miró a ella, Pandora se inclinó. Él sonrió y dio un paso atrás, cuando Pandora volvió a alzar la vista él se encontraba sentado en un trono negro.

—¿Y mi madre?— preguntó con temor.

—La verás cuando cumplas tu misión, y mi reino gobierne sobre la tierra.

—¿Quién eres?

—Soy tu hermano —dijo con una sonrisa torcida. Tres sobras aparecieron detrás de él. —Acaso no te acuerdas de mí, Pandora.

El rostro del chico se oscureció, hasta convertirse en una galaxia infinita de estrellas. Pandora se levantó y salió corriendo colina abajo. Sin embargo, el bosque había desaparecido y miles y miles de muertos deambulaban en una pradera sin fin. Sentía sus ojos sin vida seguirla y sus manos buscaban atraparla y quitarle la vida que ella tenía.

—¡Apártense de mí! —gritó asqueada, intentado derribarlos.

Pero, los muertos eran muchos. La tomaban de sus brazos, de su cabello, de su vestido y hasta de sus tobillos; tironeándola, rasgándole la piel y haciendo girones la seda negra.

—¡Suéltenme! —gritó con la voz ahogada. Los muertos la sobrepasaron y ella cayó, cayó, cayó…

Pandora se levantó con la respiración entrecortada. Aún no había amanecido y el frio atravesaba el castillo como un cuchillo. Solo fue un sueño, se dijo Pandora intentando controlar su respiración desbocada. Tomó la jarra de agua, pero estaba vacía, así que se deslizó de la cama y deambulo por los solitarios pasillos hasta la cocina. El frio lograba colarse de alguna manera a pesar de la calefacción, y Pandora pensó una vez más que aquel castillo era demasiado grande para las pocas personas que vivían en él, la mayoría servidumbre. Su padre había intentado restaurar muchas partes que se encontraban en abandono, pero era una tarea de nunca acabar. Encendió la luz de la cocina y se sentó, mientras espera que el agua para su té hirviera. Se arrebujó en su bata intentando apaciguar el ligero temblor en sus manos sin saber sí se debía al frio o a la pesadilla.

Su pulso seguía desbocado y Pandora no sabía por qué no se podía quitar aquellas imágenes de la cabeza. Había sufrido antes de pesadillas, más que todo en su niñez y luego cuando se mudó a Grecia habían sido ocasionales. A pesar de eso, casi nunca recordaban de qué iban, era como si se le escurrían entre los dedos.

—Sabes lo que es, pero no puedes terminar de formular el pensamiento… como si fuera un fantasma.

Kanon le había dicho aquellas palabras muchos años atrás. Ella había intentado huir de un día estresante buscando un poco de tranquilidad en la cafetería que estaba frente al edificio de su padre y él se había acercado con dos cafés y un pedazo de pastel de chocolate. Se sentó junto a ella antes de que fuera capaz de decir algo y luego, le preguntó si estaba bien. Fue el único que le preguntó, ni siquiera su padre había recordado el aniversario de muerte de su madre, pero ella sí. Siempre tenía pesadillas ese día.

—No es nada —dijo de forma un poco fría.

Y para su sorpresa él había sonreído, dejándole en claro lo poco que le creía. Empujó el café hacia ella y le ofreció una cuchara para compartir el postre.

—En ese caso, tienes una vida nocturna muy ocupada. Deberías intentar dormir un poco —dijo señalándole las ojeras que ella inútilmente había intentado ocultar con maquillaje. Pandora se sonrojó en el momento. Avergonzada en primer instante pero, sin saber se debía ofenderse por el doble sentido sutil de aquel chico insolente. Lo miró, ofreciéndole aun la cuchara y con aquella sonrisa desenfadada en su rostro y cedió… la primera de muchas veces.

Tomó la cuchara y soltó un suspiro.

—Dormir es lo que intento, pero simplemente no puedo.

—¿Insomnio o pesadillas? —y él tomó la primera cucharada del postre mientras esperaba su respuesta.

—Un poco de ambas —contestó Pandora, llevando el café a sus labios.

—El chocolate te puede ayudar con las pesadillas. Hace feliz a la gente.

Pandora rio sin poder evitarlo, ante la inocencia de ese comentario.

—No te marcharas hasta que coma de ese pastel tuyo, ¿cierto?

Kanon se encogió de hombros y se inclinó despreocupadamente sobre el respaldar de la silla. Evaluándola con su mirada esmeralda.

—Si quieres que me marche, lo puedo hacer en este momento. Solo dímelo.

Pandora se quedó perpleja, las personas no solían ser tan directas con ella. Tal vez simplemente aquel chico no sabía quién era y no supo por qué (tal vez por aquella mirada llena de un reto mudo), pero pensó que sería divertido y así se permitió verlo, no como Pandora Heinstein, sino solamente como Pandora, una chica que había sido invitada a un postre por un chico extremadamente atractivo, de ojos verdes y sonrisa problemática.

—¿Y tú como lo sabes? Lo del chocolate —aclaró, y Kanon sonrió acercándose hacia ella.

—Porque yo también sufro de pesadillas —Pandora alzó sus cejas sin podérselo creer y él se encogió de hombros—. ¿Qué? Soy humano. Lo más molesto es cuando despiertas, con un terror irracional que te congela y…

—Ni siquiera recuerdas porque —terminó de decir ella, llevándose a la boca un pedazo de pastel.

Kanon asintió.

—Sabes lo que es, pero no puedes terminar de formular el pensamiento… como si fuera un fantasma.

Pandora se había quedado viéndolo embobada, tal vez más tiempo de lo socialmente aceptable. Lo supo por la casi imperceptible sonrisa de triunfo que se formó en los labios del chico.

—Sé cómo ayudarte con eso —le dijo en un susurro ronco, llevando un mechón de su cabello detrás de su oreja y acariciando su mejilla en el proceso. Pandora se sonrojó furiosamente —, pero será cuando te vuelva a ver, preciosa.

Se levantó y con un movimiento de cabeza se despidió de ella.

—No me has…

Quiso preguntarle su nombre, pero él ya estaba saliendo del lugar. No había podido quitárselo de la cabeza hasta que en la última reunión de ese día, mientras ella arreglaba los papeles de su padre, él atravesó el umbral de la oficina, la miró y le sonrió. Pandora sintió un fuerte tirón en su estómago, combinado con emoción y confusión, y aquello solo era lo primero que él la haría sentir.

El pitillo de la tetera la hizo salir de su ensoñación. Lanzó una maldición, reprendiéndose por pensar en aquellas estupideces, mientras se concentraba en su té. Su mente definitivamente le estaba jugando una mala pasada.

Afuera, las gotas comenzaron a golpear las ventanas y la lluvia levantó un leve susurro. Soltó un suspiro al ver el cielo iluminarse con los relámpagos y sentir el olor del ozono. Un rayo partió el cielo y las luces tiritaron después de él. Pandora se quedó paralizada un instante y cuando colocó las manos alrededor de su taza, la oscuridad absoluta la envolvió. Solo fue un segundo, antes de que la luz sobre su cabeza brillara nuevamente.

—Pandora.

No pudo evitar saltar sobre su asiento al escuchar la gutural voz a su espalda.

—¡Shun! —gritó, al ver a su hermano parado justo debajo de la puerta. Sus ojos lucían sin vida, enmarcados debajo de las grandes ojeras y su voz era áspera como un gruñido —. ¿Qué estás haciendo aquí? Vamos a tu habitación.

Se levantó y tomó la mano de su hermano. El frio de la noche se colaba debajo de las puertas como susurros espectrales y el viento azotaba las milenarias paredes de piedra sin piedad. La luz del pasillo comenzó tiritar y un nuevo relámpago los cegó. Sujetó con más fuerza la mano de su hermano, pero Shun ya no estaba.

—¡¿Shun?! —gritó. Nadie contestó.

Deshizo su camino por el pasillo con pasos pequeños, inspeccionando cada rincón. Sin embargo, la titilante luz apenas la dejaba ver algo y los golpes del viento en las puertas. No la dejaban oír.

Regresó a la cocina. Estaba vacía y solo la solitaria taza abandonada se encontraba sobre el desayunador. De pronto, escuchó un paso, claro y pesado, a su espalda. Miró sobre su hombro y el lugar seguía vacío. La luz de las lámparas murió poco a poco. Pandora entró en la cocina, cerrando su bata como si la seda fuera capaz de protegerla y cuando no tuvo dudas de escuchar otro par de pasos, tomó un cuchillo y corrió. El bombillo sobre su cabeza explotó, pero ella no se dio cuenta. Atravesó los pasillos lo más rápido que pudo y por más que gritara nadie respondía. Seguía escuchando los pasos, a pesar de la lluvia, avanzando tras ella con una pasmosa tranquilidad y con cada uno de ellos su corazón saltaba en su pecho marcando en el momento de ser capturada. Corrió y corrió hasta que los pasillos dejaron de ser los conocidos y se adentraba a una parte de la mansión que pocas veces usaba. Finalmente logró entrar en una de las habitaciones, y escuchó atenta mientras los pasos pasaban de largo por la puerta.

Soltó un suspiro de alivio y lentamente cerró el pestillo del lugar, antes de girarse y reconocer la habitación.

Sus manos apretaron con más fuerza el cuchillo y retrocedió un paso, chocando contra la puerta. Era la habitación del lienzo, y dos hombres permanecían de pie observándolo. Eran altos, ambos, y al mismo tiempo giraron para verla.

Se mantenían en las sombras y solamente la ocasional luz de los relámpagos le permitía distinguirlos. Tenían el cabello corto, un era rubio y el otro azabache, portaban túnicas blancas y una especie de coronas sobre sus cabezas, y sus ojos brillaban de una manera antinatural.

—Pandora.

La voz resonó fuerte y clara, pero ninguno de ellos había movido los labios.

—Libéranos.

Y un relámpago iluminó la sala, y Pandora pudo ver los rostros idénticos de esos dos seres, sus ojos la atraparon y lo que vio en ellos la paralizó.

El cuchillo resbaló de sus manos y un gritó agudo escapó de su garganta.

Muerte. Eso era lo que había visto en ellos.

—1—

Kanon acostumbraba a llegar muy temprano a su trabajo. Más que todo porque disfrutaba ver las caras de incertidumbre del personal bajo su cargo, sin saber si serian regañados o no por sus llegadas tarde; pero también, porque le daba la oportunidad de descubrir cosas sin que los ojos de los demás estuvieran en él.

Así, unos meses atrás, había llegado a sus manos un interesante informe de las operaciones de la compañía. Asociaciones con empresas extranjeras. Él manejaba alguna de esas cuentas, pero aquella era de las de Radamantys. El error había sido corregido casi en el momento, el informe había estado en sus manos el tiempo suficiente para que él leyera el nombre del socio y generara su curiosidad. El resto había sido más que sencillo. Investigar que hacia la compañía, husmear en los documentos de Pandora y volverse amigo del distraído chico de la mensajería. Kanon pasaba a saludarlo todas las mañanas, y mientras entablaba una conversación casual y el chico ordenaba los papeles que debía repartir, él husmeada la correspondencia de Radamantys. No había nada que aquel adolescente de cuestionable inteligencia le dijera y lo mejor de todo es que no habían cámaras. Nadie sabía lo que él tenía entre manos.

No obstante, aquella mañana. Mientras sacaba fotocopias de algunos de los documentos, miró atravesar a la secretaria del señor Heinstein, una mujer de mediana edad de temperamento intransigente y unos labios delgados eternamente fruncidos. Kanon sintió como su corazón saltaba en su pecho, pero no demostró nada. Terminó lo que hacía y guardó los documentos con cuidado.

—El señor Heinstein desea desayunar con usted. Lo espera en la terraza.

—Iré en un momento.

La mujer alzó una ceja, cruzándose de brazos y lo reprobó con la mirada.

—Ya está retrasado.

Se dio la vuelta y se marchó. Kanon fue cuidadoso en guardar las copias en dentro de su saco y regresar la carpeta al lugar que pertenecía.

Tal y como la vieja secretaria había dicho, Robert Heinstein lo esperaba en la terraza. Habían mesas distribuidas por todo el lugar y una mesa larga para ellos dos, el primer plato de frutas ya esperaba por él.

Robert Heinstein era un hombre afable, un gran empresario. Disfurtaba saber que tenía el poder, aunque no era ninguna clase de tirano y prefería conseguir el favor de las personas más por su cariño que por intimidación. Aun así no había nada más importante que su familia y su legado familiar.

—¡Chico! —sé levantó para recibirlo y le señalo un lugar junto a él —. Hoy es una mañana importante.

—Gracias, señor.

—Señor —repitió ofendido —. Te he dicho que dejes ese trato conmigo, te considero parte de mi familia.

Kanon sonrió, pero no quiso sacarlo de su error hasta no estar seguro del significado de aquella reunión. Un movimiento de la mano fue lo único que se necesitó para que un mesero apareciera para servir el resto de su desayuno.

—¿Iras unos días a Alemania?

—No lo creo, mi primo acaba de llegar de visita.

Robert Heisntein esbozó una enigmática sonrisa y Kanon supo que conocía perfectamente la situación por la que estaban pasando él y su hija.

—A veces se necesitan unos días así. Con dos matrimonios, sé muy bien de lo que te hablo.

No volvieron a tocar el tema durante el desayuno, mientras discutían de asuntos triviales y algunas de las cuentas que Kanon manejaba. Tampoco mencionó nada del pómulo amoratado que aun tenia.

—Te he pedido que vengas aquí hoy por algo muy especial, Kanon. —dijo Robert, inclinándose sobre su asiento —. ¿Cuáles son tus planes de futuro?

—¿Sobre qué tema en específico?

—Sobre todos, la vida en general.

—Ser un gran empresario, como usted. Y quien sabe, tal vez en un futuro podamos ser socios.

—Hay muchas formas en las que podríamos aliarnos —Colocó una de sus manos sobre el hombre de Kanon y sus ojos avellanas se clavaron en él —. Te quiero en mi familia. Tengo grandes planes para ti.

Kanon soltó un suspiró y se retiró un poco.

—Creo que debe saber que Pandora y yo ya no seguimos juntos. Y no es posible que volvamos.

—Tonterías muchacho. Peleas y tiempos buenos los tienen todos. Sé que mi hija te quiere a su lado, y sé que tú no eres tonto. Sabes lo que te conviene.

—No veo cual es la razón de mantenernos juntos.

—Pandora es muy buena en lo que hace, pero es una mujer y el mundo empresario está regido por hombres. Mi hijo Ikki, no está interesado y Shun es demasiado joven y con un corazón muy bondadoso. Confío plenamente en las capacidades de mi hija, pero no quiero que sea ella la imagen de la empresa. Necesito a su lado a un hombre que dé la cara por ella. Que sea fuerte y carismático, pero que sea astuto. Que puedan estar al mismo nivel.

—Podría simplemente ascenderme —soltó Kanon como quien no quiere la cosa. El señor Heinstein soltó una carcajada y se puso de pie.

—La lealtad de la familia no se compra.

Caminó hasta la barandilla, desde donde se podía observar gran parte de la ciudad, y Kanon lo siguió.

—¿Alguna vez has pensado en la política, muchacho?

—Ciertamente, no. Ser diplomático le sienta mejor a Saga.

—Eso es claro —respondió señalando la contusión bajo el ojo. Kanon no pudo reprimir una sonrisa —. Pero, tengo el presentimiento que serias bueno en eso. Te imaginas dirigiendo esta ciudad, que digo ciudad, el país. Tómate el resto del día y piénsalo bien, ¿qué es más importante: una pelea pasajera o tú futuro y el de tu hermano?

Robert Heinstein se marchó de la azotea, dejándolo solo. Kanon miró de una punta a la otra la serie de edificios que se alzaba bajo él y una sonrisa amarga cruzó sus labios.

—Sí, claro —murmuró para sí mismo —. La familia no se compra.

—2—

Shaka miró sobre su hombro el pueblo que había dejado atrás. Rodorio se llamaba el lugar y los habitantes le habían indicado ese estrecho camino para ir a visitar las ruinas. El sendero ascendía por la montaña, con el precipicio a un costado y la dura piedra al otro. Nadie más cruzaba por ahí, pero él podía sentir la energía que lo llamaba al otro lado de la montaña.

Finalmente encontró una entrada antigua derruida. Uno de los pilares se sostenía de pie, mientras del otro solo existía la base. Fragmentos de pesado mármol estaban a los lados del camino llenos de hierbas y barro. El camino seguía hacia dentro de la montaña, no era un túnel, sino que la misma tierra parecía haberse dividido en dos para darle paso. La montaña se alzaba a cada lado de él lisa, sin ningún punto para escalar o esconderse, solo la cima a kilómetros de altura y desde donde lo podrían localizar sin ningún problema.

Cuando atravesó ese último tramo se encontró con que el camino descendía hasta una explanada. Desde donde estaba, Shaka pudo vislumbrar todo el lugar. Parecía que estaba congelado en el tiempo, lleno de templos mejor preservados que en el resto de occidente. Habían cabañas dispersas por todo el lugar, campos de entrenamiento, un coliseo a los pies de una colina y en ella, templos grandes y completos. Podía vislumbrar una escalinata que unía cada uno de los templos y finalmente, en la cima de la colina el más grande de todos. Largo, blanco, majestuosos y era solo la antesala de la gran estatua que estaba detrás. Era una Atenea, tal y como en su sueño. De marfil y oro, con la pequeña diosa Nike en su mano y el escudo Egida en la otra.

Pensó, que así debía haber lucido el Partenón en sus mejores días. Si tan solo los griegos supieran de la existencia de ese lugar.

Acomodó su mochila y comenzó a descender. A medida que se acercaba, comenzó a ver detalles que desde lejos era imposible notarlos. Las cabañas estaban abandonadas, los campos de entrenamientos no habían sido tocados en días. Entró a los edificios cercanos, todo estaba lleno de polvo y no había encontrado a ninguna persona. La maleza que lograba sobrevivir al rudo verano griego, se apoderaba de sitios impropios. Rodeó el coliseo y desde ahí, miro una persona descender desde el primer templo de la colina.

Shaka tomó una gran bocanada de aire y lo observó mientras esperaba. Era tal cual en su sueño. De túnica oscura y muchos collares de piedras preciosas, llevaba colocado un casco con pequeñas alas a su costado y una pascara de plata. Su cabello estaba marchito de un suave color verde, y su andar, aun elegante y lleno de confianza, revelaban los signos de la edad.

Cuando llegó frente a Shaka, retiró su máscara de metal y el chico pudo ver como una sincera sonrisa se dibuja en el anciano rostro de ojos violáceos.

—Bienvenido. Soy Shion, el patriarca del santuario de la diosa Atena.

—3 —

Kanon había hecho tal cual le aconsejara Robert Heinsten. Se había marchado a su casa y analizó todos los documentos que había logrado recopilar hasta el momento. No pretendía ligarse a una familia como los Heinstein, él podía ver su ruina y los planes en los que lo involucrarían. No, pero desligarse tampoco iba a ser tan fácil.

Sin embargo, tenía evidencias bastante inquietantes de sus movimientos. Y mostradas a las personas correctas podían blindarlo. Debía moverse de inmediato. Pero, no quería dejar ningún cabo suelto.

Observó el ir y venir de las personas, desde la ventana de la sala, aunque su mente trabajaba en asuntos completamente distantes, hasta que observó a Saga llegar. Había salido con Bucéfalo a correr y pudo observar que estaba de un excelente humor. Entró con el perro y lo desató de la correa dejándolo libre para que fuera a echarse al jardín, mientras él se acomodaba el cabello en una coleta.

—Llegas temprano —señaló el mayor

—Te tengo una proposición —dijo Kanon sentándose en el sofá y señalando los papeles que tenía distribuidos— ¿Te gustaría ser presidente?

Saga se atragantó con el agua antes de terminar de sentarse y miró a Kanon con recriminación.

—¿Te has golpeado la cabeza?

Kanon negó con su mejor cara de inocencia. Desvió sus ojos a los papeles y Saga, arrugando su entrecejo, comenzó a ojearlos. Primero solo de forma superficial, sin entender del todo lo que su hermano pretendía, hasta que comenzaron a llamar su interés real y leer por completo los documentos.

Kanon esperó pacientemente, atentó a cada una de las reacciones de su gemelo que pasaron por la incredulidad, al horror y finalmente a la comprensión de todo aquel plan. Saga lo miró con una grave expresión.

—Sea lo que sea que te hayan ofrecido, sería una locura aceptar.

Kanon sonrió y se dispuso a contarle su plan.

—4—

El sonido del arpa atravesaba todas las paredes del castillo con su canto lastimero. Pandora disfrutaba de la melodía, mientras sus dedos se movían ágilmente por aquellas cuerdas.

Aquella mañana había sido encontrada en la habitación del lienzo, desmayada y con un cuchillo a su lado. Nadie había escuchado nada extraño durante la noche. Ni los gritos, ni los pasos, ni la lluvia. Todo había estado tan calmado como siempre.

Se había negado a que el médico la revisara y solo había accedido a mantenerse descansando ya que Shun –que había despertado aquella misma mañana- lo solicitó. Ahora el chico comía en el jardín, mientras era atendido por todos.

Pandora había decidido refugiarse en esa habitación con su arpa. Siempre la había relajado y la había ayudado a pensar con más claridad. Aquellos sueños tan extraños habían conseguido remover algunas memorias de su infancia. Como las de su difunto hermano, recordaba…

—¿Cómo sigues? —Ikki entró al salón haciéndola producir una terrible nota desarmónica. Pandora abrió lentamente sus ojos violáceos, fulminándolo con la mirada.

—¿Te importa realmente?

—Nunca bajas la guardia.

—No.

Ikki caminó con pasos lentos hasta la ventana, desde donde se podía observar a Shun.

—Te enviaron un arreglo de flores. Enorme. —dijo sin mirarla, pero a través del reflejo de la ventana, Ikki pudo apreciar el desdén de ella y sonrió satisfecho.

Una vez más, Pandora comenzó su melodía y una vez más Ikki la interrumpió sin reparo alguno.

—¿Hasta cuándo seguirás con eso? Harás que todos nos suicidemos de la tristeza.

—Solo hasta que tú lo hagas, no pretendo que nadie más muera.

Pandora sonrió con suficiencia sintiéndose vencedora de aquella ronda. Aun así Ikki se mantenía ahí, acechando. Caminó por la habitación, observando los retratos familiares, de ellos, de sus ancestros y encontró el de una mujer que era terriblemente idéntica a su hermanastra.

—¿Recuerdas cuando le entregaron el medallón a Shun? —dijo de repente Pandora, interrumpiendo sin saber el hallazgo.

—Siempre lo ha tenido. Se lo dio nuestra madre en cuanto nació, justo antes de morir.

—No es posible —acotó Pandora, dejando el arpa a un lado y caminando hasta un retrato. Ikki la siguió. —Porque mi madre fue enterrada con él.

Mostró el retrato de ella, su madre y su padre; y ahí estaba el colgante completamente visible.

—Tal vez te equivocas.

—No. Lo recuerdo muy bien, fui la última en verla antes de que cerraran el ataúd.

Recordaba todo. Su rostro pálido, su vientre aun abultado del embarazo, su vestido negro y justo en su pecho pálido aquel colgante de estrella. Siempre tuyo.

—Curioso —murmuró Ikki y alzó su descubrimiento hacia ella.

Pandora alzó sus cejas de sorpresa al ver a una mujer casi idéntica a ella. Sin embargo, parecía un poco mayor, de rasgos afilados y unos ojos de mirada mucho más astuta. Su cabello era púrpura casi negro y sus ojos eran del mismo color que ella. Y ahí, entre su prominente pecho, descansaba un collar de estrella. Ikki giró el retrato donde colocaba el nombre y la fecha.

Pandora Heinstein

1746

Ambos se vieron a los ojos sin saber que decir.


NdA: Hola a todos. Espero que donde este cada uno se encuentre bien en estos momentos que estamos pasando en todo el mundo. Donde yo vivo, estamos todos en cuarentena desde hace unas semanas, así que lo positivo es que he podido escribir y leer a gusto, y espero que con este capitulo de un pequeño aporte al quedarnos en casa y a distraernos de todo lo que nos esta pasando.

Muchas gracias a todos los lectores. Espero que hayan disfrutado el capítulo y para el siguiente prometo mucha más acción, no olviden dejar sus comentarios.

¡Nos leemos en el siguiente capitulo: Cabo sunion!

Terpsi