Capítulo 2. Helena de Troya.
Arnold se despertó a las 3:30 de la mañana con una pesadez digna de los que se van de fiesta los viernes nocturnos y trabajan el sábado por la mañana.
Se levantó perezoso y se dirigió con una muda de ropa muy sencilla al baño. Aprovechando que toda la familia Pataki dormía se dio una larga y reconfortante ducha llena de ese dulce vaporcito tibio. Como cualquier joven promedio, mientras cerraba los ojos para tallar su cabello comenzó a cuestionar las decisiones de su vida; se preguntaba si era una buena idea dejarse llevar por las rubias de manera tan apresurada y abrupta. Al fin y al cabo, aún no era demasiado tarde para desistir de la idea. Pero la escandalosa idea que retumbaba en su cabeza sobre lo agobiante que se sentía el vecindario los últimos días lo hacía querer salir corriendo. El cálido vapor llenó todo el santuario rápidamente, el olor a jabón le hacía cosquillas en la nariz y se sentía como renacido luego de esa larga y reconfortante ducha. Arnold estaba por salir cuando, precipitadamente, la puerta se abrió sin previo aviso de por medio. El chico dio un salto y se asomó lentamente por la cortina. El señor Pataki estaba lavándose la cara allí mismo, el hombre lo miró de manera inexpresiva. La noche anterior, cuando ellos llegaron, los padres de las Pataki estaban dormidos, entonces, por obvias razones, Bob no tenía idea de que Arnold se iría a Nueva York con sus hijas. El rubio esperó muchas cosas: que gritara, que lo golpeara, que lo sacara de su casa con la toalla en la cintura (o incluso, sin ella), lo que fuera. En vez de eso recibió un somnoliento y cortante:
-Hey...
¿Hey? ¿HEY? Parecía que Bob esperaba una respuesta a tal exclamación. Se agachó, mojó su rostro y sacó la crema de rasurar; lo miró de nuevo, esperando todavía a que dijera algo.
-Hey...- contestó entonces Arnold con un susurro nervioso.
El chico intentó ignorar la tan extraña escena y cerró las llaves del agua. Se cubrió con la toalla y salió de la ducha. El hombre parecía ignorar su presencia, distraído en su trabajo. Arnold se puso unos vaqueros de mezclilla oscura y una playera sin mangas blanca. Sacudió su cabello y se puso la camisa roja de cuadros en el hombro.
-Oye, la forma de tu cabeza sí que es rara.
-Ajá- respondió Arnold poniéndose el calzado, intentando ignorar el hiriente comentario de la mejor manera. No quedaba duda de que la falta de sutileza de Helga la había heredado de su padre.
-Me recuerda a un juguete que tenía Hilda cuando era pequeña.
-Helga...
-Eso dije- cortó volviendo a enjuagarse el rostro-. Le cubría toda la cara y tenía esa forma de limón aplastado- Arnold le dio una mala mirada- nunca entendí el chiste de ese juego. Solo se lo ponía sobre la cabeza y se tapaba con una manta color morado. Después se dedicaba a dar vueltas en su habitación. Creo que sí le sirvió la terapia después de todo.
Arnold no entendía muchas cosas de la vida pero en definitiva, el cómo es que estaba teniendo algo parecido a una plática con el padre de Helga en un baño se llevaba las de ganar y por mucho; prefirió no preguntar. Dio las gracias por dejarle quedar en su casa y se devolvió a la sala donde un par de chicas conversaban amenas.
En cuanto Helga le dio una mirada al muchacho tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no escupir el vaso de leche que se estaba llevando a la boca en ese momento. El Shortman era el tipo de chicos que admiras por su personalidad, o al menos ella lo hacía, y no de los que ves en la calle y estructuras su figura sin descuido. El rubio y mojado cabello escurriendo, sus delgados brazos, su espalda menuda y ejercitada. Se regañaba a sí misma cuando se encontraba mirándole el cuello al chico con devoción o cuando se detenía en la manera en la que se le marcaba la barbilla afilada cuando estaba de perfil. Giró la cara avergonzada cuando se dio cuenta de lo que pensaba y bufó, molesta.
En el caso de Helga todo era distinto, como siempre. La niña tenía las coletas mal colocadas y llevaba el pijama todavía. Unos pantalones rosas muy sueltos y una playera muy parecida a la de Arnold. Se cubría con una sudadera de otro tono de rosa y usaba unos tenis gastados y sucios.
-¿Qué tal, cabeza de balón?- saludó ella alzando ligeramente el mentón, intentando disimular su visible nerviosismo.
-Oh, Arnold, solo te esperábamos a ti- informó Olga con una sonrisa-. Vamos a tener que desayunar en el avión, anoche tuve que cambiar el vuelo a uno más temprano para conseguir asiento para ti, así que será mejor que nos demos prisa.
-Lo siento si fue una molestia- se lamentó el rubio apenado mientras cargaba las escasas maletas hacia el pórtico.
-Para nada, Arnold- sonrió Olga de nuevo- a Helga no le gusta que se junte mucha gente en el aeropuerto así que terminó siendo de total beneficio.
Olga sí que estaba arreglada. Una falda pegada a media rodilla, camisa de manga larga y saco, todo el conjunto de un color azul marino. El cabello en un chongo y tacones. El rubio hizo una mueca pensando en la comida de los aviones y suspiró, luego le dedicó una mirada curiosa a Helga que estaba distraída mirando su teléfono con el ceño fruncido. Parecía tan infantil y lejana que se le hacía difícil imaginar la idea de que pasaría todo el verano trabajando a su lado. Aunque sí se le hacía algo raro el hecho de que a la rubia le molestara tanto la multitud, Helga era de por sí una chica rara, no iba a comenzar a cuestionarlo ahora. Tomó las últimas cosas que faltaban y se encaminó al auto Pataki. De repente, Helga lo miraba con especial desprecio sin razón aparente.
-Helga... ¿Te irás en pijama?- preguntó él con curiosidad.
-¿A ti qué te parece, Arnoldo? Ahora mueve el trasero o llegaremos tarde.
Estaba decidido. Ir con las Pataki había sido una mala idea, una de las peores que había tenido, de hecho. No sabía si tendría la fuerza para soportar los insultos de Helga sin descanso durante tanto tiempo.
Miriam salió en bata al pórtico para despedirlos. Les dio un beso en la frente a los tres y sonrió especialmente cuando fue el turno de Arnold.
Y así, sin darse cuenta estaban arribando al aeropuerto, después y tras una no muy larga espera, se encontraban rápidamente en los aires y, para sorpresa de Arnold, iban en primera clase. Le pareció tonto para un viaje tan corto pero él no era nadie para negarse. Aunque no era la primera vez que se subía a un avión, cuando sintió que se alejaba de todo lo que conocía su estómago se encogió y se retorció de repente, quitándole el apetito bruscamente.
Helga, quien estaba sentada frente a él (y se había ganado malas miradas de parte de la gente que allí estaba) parecía darse cuenta de su nerviosismo, soltó una media sonrisa burlona y buscó en su mochila un pequeño libro que le aventó en el rostro. Arnold la miró muy enojado pero el título del pequeño ejemplar llamó su atención rápidamente.
-Cultívate.
El libro era una guía que rezaba "New York para novatos" de manera graciosa pero amigable. Arnold se sobó la nariz y comenzó a hojearlo, curioso.
-La primera vez que vine me sirvió mucho. Me gusta dejar en buenas manos las débiles mentes de principiantes- pero en su intento de burla se llegaba a filtrar un tono de sinceridad y consideración que Arnold no logró detectar al estar tan embalsamado con su nueva distracción.
-Hermanita bebé ¿No te cambiarás? Siempre lo dejas al último y el personal de servicio se molesta- dijo Olga posándose a su lado con preocupación.
-Déjame disfrutar mi comodidad por última vez, mujer.
Arnold de repente parecía no entender. ¿Por qué tendría que cambiarse para bajar del avión? Todo este tiempo él había imaginado un modesto departamento perdido en la Gran Manzana, como pasaba en las películas. Una cama para las rubias y un sillón incómodo para él. Un humilde restaurante con goteras donde Helga vestía esos vestiditos que usan las meseras llenos de holanes graciosos y sombreritos diminutos. Rio bajo al imaginarse a la rubia de esa manera. Algo que él no dejaba de adorar era que las cosas más ingeniosas y divertidas de su día a día se suscitaban en su imaginación y Helga todavía no tenía el poder para leer la mente así que estaba a salvo mientras ese momento llegara.
Olga se marchó con una mueca y él comenzó a leer el libro de nuevo. Grandes fotografías de colores llenaban las páginas con nombres y leyendas. Lo que siguió del camino fue sencillo de sobrellevar. Helga se puso sus audífonos y dormitó. Olga se disculpó, porque gracias a un cambio de planes tendrían que desayunar cuando arribaran. Aunque Arnold sonrió y le dijo que no se preocupara, la verdad es que su estómago rugía furioso. También se colocó los audífonos y continuó su lectura con tranquilidad.
-Hablé con tu padre esta mañana- le informó a Helga cuando esta despertó. La chica abrió los ojos sorprendida y le miró con el ceño fruncido.
-¿Con Bob? Me sorprende que el viejo no haya hecho un escandalo al verte en la casa ¿Qué te dijo?
-Nada en realidad...- mintió intentando recordar el incidente-. Entró mientras yo me bañaba y balbuceó varias cosas sin sentido.
La chica suspiró aliviada.
-Esos malditos chicharrones...
-¿Perdón?
-Mi padre hace cosas mientras no se da cuenta, es un tipo de sonambulismo extraño. Puede entablar conversaciones, hasta bañarse y abrir los ojos mientras lo hace por culpa de los efectos secundarios de unos chicharrones transgénicos. Miriam no logra convencerlo de que los deje, es rarísimo, cualquiera juraría que está en sus cinco sentidos...
Y como si el hecho de que cientos de kilómetros lejos de él alguien estuviera diciendo su nombre, Bob se despertó de un salto acostado sobre la barra de la cocina. Miriam parecía luchar por mantenerse despierta mientras leía el periódico y él sentía un agudo dolor de cabeza.
-¡Miriam! ¿Dónde están las niñas? Debo llevarlas al aeropuerto.
-Bob, los chicos se fueron desde hace horas.
-Demonios ¿Por qué no me despertaste mujer?- dijo mientras se ponía de pie con dificultad- tuve un sueño rarísimo, había un ángel rubio en nuestro baño que decía cosas raras.
-¿Un ángel? Eso sí que es una locura- dijo Miriam casi sin ponerle atención.
-En fin, creo que iré a cambiarme y... Espera ¿Dijiste que los chicos se fueron desde hace horas? ¿Qué chicos?
-Cierto, cariño, no pudimos decirte anoche pero el amiguito de Helga se fue con ellas a Nueva York esta mañana. Ese jovencito es adorable- respondió la mujer dando un sorbito de su café.
Aunque Bob no lo demostrara, a veces sí se preocupaba por Helga y uno de sus mayores miedos era que las tontas bromas de Miriam y Olga surtieran efecto en su hija menor y terminara casándose con un bueno para nada como el nieto del viejo Phill ¿Qué sería del legado Pataki si Helga se quedara con un inútil como él?
-¡SHORTMAAAAN!- gritó con furia.
-O-
-Helga, estamos por llegar- interrumpió Olga, emocionada mientras Arnold sentía un escalofrío le recorría la espalda. Helga se hundió en su asiento por un par de segundos entre suspiros y no tuvo más remedio que ponerse de pie de un salto.
-Sí, sí... Lo sé- parecía haber un hilo de lamento en su voz-. Así que estamos de nuevo aquí...- suspiró para sí misma con ese brillo celeste en sus ojos que Arnold disfrutaba de contemplar. Se giró de repente a su rubio amigo y con un cambio en el tono de su voz completamente abrupto, le habló con una firme y decidida mirada. Algo extrañísimo estaba por suceder, las entrañas de Arnold se lo gritaban. El aludido la miró con atención- promete... júrame que después de hoy y lo que pase de aquí en adelante... No se lo contarás a nadie, absolutamente a nadie ¿Entendiste?
-Yo…
-Júralo- lo miró con un abrasador fuego azul en las pupilas y el chico asintió entre curioso y asustado.
-Esta bien, lo juro.
-Más te vale- la rubia tomó su mochila y se metió al baño con un azotón. Los brazos le temblaban, estaba nerviosa, diablos, demasiado nerviosa.
Esta situación dio pie para que la mente Arnold se disparara con creces ¿A qué rayos estaba a punto de enfrentarse? Primero se imaginó que eran reducidos por una bola de maleantes tatuados con dos metros de estatura. Tendría sentido que Helga perteneciera a una mafia de los bajos barrios de Nueva York. O quizás era del otro bando y ella era una agente de la CIA en secreto. Quizá del FBI encubierto. La idea se desvaneció de momento y entonces la imagen de Helga como parte del elenco de "Rats" a un lado de su hermana casi lo hacen reír. O como una prestigiosa bailarina de ballet, o una modelo de renombre, o tal vez... No, eso no podía ser, en definitiva. Si tenía que elegir era más factible que la muchacha fuese mafiosa que modelo así que se quedó con la imagen de un crimen organizado donde las Pataki gobernaban todo Nueva York y, quizá, también parte de Nueva Jersey...
Bien, quizá sí era un poco soñador.
El avión comenzó a disminuir su velocidad, los nervios le volvieron de golpe y ahora con unas tremendas ganas de vomitar. Helga no salía. Olga le había tendido con prisas un saco muy caro y una camisa blanca a Arnold que amablemente le pidió que se la pusiera en lugar de la roja a cuadros que llevaba desabotonada. Mientras él se apresuraba a quitarse la ropa de manera discreta, los demás pasajeros de primera clase comenzaron su deceso con un presuntuoso silencio. Helga no salía todavía. La aeromoza se acercó a él para escoltarlo fuera y él le explicó que su amiga se encontraba en el baño todavía. La mujer apresuró a Helga con un par de toques en la puerta y esta dio un grito exasperado que sonó parecido a un: ¡YA VOY!
Pasaron segundos y la puerta cedió, dejando ver un holán blanco muy delgado bailando con la suave brisa que entraba por la puerta del avión. Cuando Pataki salió por completo parecía una persona distinta. Arnold estuvo a punto de caer hacia atrás.
Con un vestido de lino blanco largo y un enorme sombrero de ala del mismo color se dejó lucir una rubia con el cabello suelto y liso cayendo como cascadas sobre sus hombros. Sus pies se asomaban apenas dentro de unas sandalias castañas y su cara estaba enrojecida por una capa de maquillaje suave que le cubría el rostro.
Un ligero balbuceo salió de parte del Shortman y Helga cerró sus hermosas y enormes pestañas con exasperación.
-Sólo... Cállate, Arnold.
Ondeando la prenda frente a los dos presentes y dejando el fresco olor frutal de su perfume detrás de ella, se dirigió a la salida con lentitud y sutileza. Antes de dar un paso afuera Olga apareció del área de servicio, emocionada.
-Gosh, Helena...- picó con una enorme sonrisa al reparar en su hermana menor y sofocarla con un abrazo- tanto tiempo de no verte.
Helga la empujó lejos de ella y se cruzó de brazos, girando la mirada molesta por la boba broma de su hermana. Sin querer cruzar su mirada con la del Shortman, la rubia se limitó a suspirar y comenzar a salir. Ante un sol mañanero que la cegó al primer instante pudo sentir la brisa fría mañanera colarse por las telas de su vestido y hacerla temblar ¿Era el frío o los nervios? Bajaron las escaleras escoltados y se encaminaron a la entrada al aeropuerto en completo silencio. Arnold caminaba como sin darse cuenta, con pasos torpes y la lengua como un nudo; tenía mil preguntas en su cabeza pero dudaba que pudiera formular al menos una de todas ellas.
-Las maletas nos las llevaran a casa… - murmuró Olga, siguiendo el paso de Helga, como si de una asistente se tratase, con libreta y pluma en mano, hablando sobre horarios y agendas enredadas. Pero la menor no la escuchaba, se veía visiblemente tensa y rígida, apretaba los puños nerviosa, caminando mecánicamente-. Oye, puedes hacerlo- dijo deteniendo Olga a todos de manera abrupta, sacándola del trance en el que la ansiedad la habían metido, regalándole una mirada de amor fraternal infinito-. Recuerda, aquí no eres Helga, hermanita bebé, eres Helena. Deja atrás todo... Todo lo demás. Lo has hecho muy bien hasta ahora, no dejes que los nervios te ganen.
La más joven intentó sonreír y se sacudió en su lugar, como despejando su mente e intentando sacar toda esa tensión de su ser. Arnold no la culpaba, se sentía tan embalsamado y nervioso que su estómago no dejaba de hacer sonidos extraños. Podía sentir dentro de él como sabía que estaba por ser testigo de algo grande ¿De qué exactamente? No tenía idea, pero podía sentirlo, tanto en su estómago como en sus huesos.
A lo lejos se veía un enorme cartel que rezaba "Bienvenida, Helena de Troya" y era sostenida por un atractivo chico moreno rodeado de decenas de personas emocionadas y expectantes.
