Capítulo 3. Los Smith.

-¡Helena!

-¡Helena, por aquí!- gritaban grupos de periodistas emocionados, revoloteando alrededor de los rubios. Helga sonreía con gentileza y saludaba fugazmente escondiendo el rostro con su tímida mano.

El chico del cartel se apresuró a ella con sutileza y la rodeó con un brazo para cubrirla de los alegóricos fotógrafos, mirándola con complicidad.

El alma de Arnold había abandonado su cuerpo desde hace ya varios minutos. Toda esa gente estaba allí por ellos. No, todos estaban allí por ella, por Helga y encima la llamaban Helena. Y es que Helga no era Helga, era otra persona. No veía enojada a las cámaras ni golpeaba al chico que le estaba abrazando con firmeza, pero qué demonios ¿Qué clase de dimensión desconocida era esta? ¿Qué clase de broma pesada estaban jugándole?

Una intrépida reportera de cabellos rizados se acercó tanto como le permitió la seguridad y preguntó con un entusiasmo contagioso:

-Helena, dinos por favor ¿Está decidido? ¿Helena de Troya ha vuelto a la ciudad de manera oficial?

Helga murmuró algo que nadie pareció escuchar pero Olga pasó de ello, ignorándola por completo. Con un movimiento se giró sobre sus tobillos de manera abrupta y sin dejar de sonreír anunció:

-Efectivamente, Nueva York ¡Helena de Troya ha llegado para quedarse tres espléndidos meses!

La muchedumbre reventó y el cuarteto optó por salir de allí, entre la divertida risa de Olga y la mirada de reproche de su hermana menor. Corrieron a la enorme camioneta que les esperaba, siendo sorprendidos por un par de personas que los aguardaban dentro.

-Helena...- suspiró una chica regordeta y diminuta que se tiró sobre Helga con un caluroso abrazo.

Arnold la miró curioso, tenía una divertida apariencia de manzana, con una piel rosada casi encendida y unas mejillas brillantes que le sentaban de maravilla; su cabello pelirrojo se revoloteaba al son de los movimientos del coche que había comenzado a andar. Helga correspondió con una sonrisa enternecida pero una figura bastante rígida.

-¡Jefa!- gritaron casi al unísono tres hombres en la parte de atrás. Helga los saludó con un gentil gesto y el trío vitoreó con estruendo.

Cuando la rubia tomó asiento, el pelinegro misterioso se sentó a un lado y Arnold al otro. El rubio era el único que parecía en shock por la actitud tan suave y tranquila que tenía Helga en ese momento. Soltaba risas despistadas y sonreía de manera tímida y tierna a sus compañeros, como si el fantasma de Lila y Olga se revolvieran dentro del cuerpo de Helga Pataki de una manera alucinante. Su amiga se veía tan ajena a ella misma en esos momentos, al Shortman le costaba mucho trabajo no dejar que su mandíbula cayera al suelo de la impresión.

Después de varios minutos se dio cuenta de que nadie había reparado en él ni por un instante. Olga iba en el asiento del copiloto y todos conversaban de manera trivial y emocionada la llegada de la ya nombrada "Helena". Fue hasta que después de un par de minutos la incomodidad lo hizo carraspear nervioso por un poco de atención que el moreno al lado de Helga le regaló una mirada prejuiciosa.

-Oye, nena ¿Y que no nos vas a presentar?- el chico de la cartulina miró directamente a los verdes ojos de Arnold de manera desafiante, creando una expresión de nerviosismo en su rostro. No lo conocía y ya le daba mala espina, parecía una persona oscura, vaga, quizá hasta un poco altanera.

-Oh, por supuesto- pareció recordar Helga. El Shortman entendía menos y menos con cada segundo que transcurría. Un momento ¿Ese tipo acababa de llamarla "nena"?- él es Arnold Shortman- dijo cerrando los ojos mientras lo señalaba con las palmas de sus manos, de manera gentil y sofisticada. Su mente comenzó a vagar de nuevo y tuvo que esforzarse para no distraerse con las mil historias que su cabeza comenzaba formular de nuevo.- Arnold, esta espléndida chica de aquí es Jenny mi segunda al mando- dijo con orgullo y alegría Helga, con un tono que Arnold creía jamás había escuchado salir de su garganta- se encarga de todo por mí en mi ausencia, es la mejor en todo, en serio, no hay nada que esta mujer no sepa hacer. Y esos de atrás son los tres chicos más leales y trabajadores que he conocido en la vida: Chris, Flynn y Marcos.

-Qué tal, niño- dijo uno de ellos que tenía el largo cabello en una coleta tirada hacía atrás mientras alzaba el mentón en forma de saludo.

-¿Y qué hay de mí?- preguntó el chico a su lado, interrumpiendo la presentación que Arnold no pudo ni formular.

-Arnold, es un placer presentarte al apadrinado del nuevo esposo de mi abuela, Isaac Rahaminov- suspiró Helga, intentando parecer divertida- es como el hermanastro de Miriam.

La palabra "Miriam" sonaba tan lejana para el Shortman en ese momento, aun siendo que no fue sino esta misma mañana en la que la madre de Helga le había dado un tierno beso en la frente. De repente recordaba su hogar y lo lejos de la realidad actual en la que estaba.

-Suena a nombre de villano ¿Verdad?- preguntó el aludido con una sonrisa mordaz.- Y vamos, lindura- repuso el joven de ojos azabache, pasando su brazo alrededor del delgado cuello de la rubia- perdónala compañero- se dirigió a Arnold de nuevo- decir que somos casi familia es su manera de ocultar… que en realidad es mi novia.

¿QUÉ? No, eso tenía que ser una broma. El rubio sintió algo picante en el estómago que lo hizo tragar saliva pesadamente. No eran celos ¿O sí? Definitivamente no. Tampoco era enojo ni molestia. Intentó reconocer el sentimiento, había sido acaso ¿miedo? Y es que quién no temería por la vida del chico que estaba frente a él. Cualquiera que osara decir algo así en Hillwood sería escoltado al hospital por una patada asesina de parte del Terror Pataki. El Shortman esperó lo peor, inclusive sintió pena por el destino del nuevo costal de furia de su amiga pero para su increíble sorpresa ella, en lugar de enfurecerse y gritar, Helga rio de una manera encantadora y quitó el brazo del chico de su hombro con sutileza.

-Me temo que eso pasará únicamente en tus sueños, querido Isaac.

Allí estaba de nuevo ese fantasma de Helga desprendiéndose de su cuerpo y dejando un hermoso pero hueco envase vacío ¿Quién diablos había poseído el cuerpo de Helga G. Pataki?

-Esa es mi chica- dijo el joven después de soltar una risotada con una grave y enérgica voz.

Arnold lo estructuró de manera más crítica y detenida esta vez. Para su sorpresa, se encontró con que el chico parecía tener no más de veinte años ¿Por qué su amiga se dejaba cortejar por alguien tan simple y descarado? Detuvo su tren de pensamiento en seco ¿Y qué si así era, qué? ¿En que lo afectaba eso a él? Sacudió la cabeza intentando renegar todas esas emociones negativas y absurdas. De cualquier manera, no cabía la posibilidad de que a Helga le gustara el tal Isaac... ¿O sí? No, no podía... ¿O podría? Y si así era ¿Qué papel jugaba el Shortman en todo esto? O aún más importante ¿Por qué le importaba tanto?

Después de dar un par de vueltas en esquinas llenas de tráfico y de una efusiva despedida de parte de Helena a Jenny, ésta bajó con un par de maletas en lo que parecía una central de autobuses enorme. Ahora que Helga estaba en la ciudad era tiempo de tomar unas merecidas vacaciones, o al menos eso es lo que había entendido entre la palabrería y el bullicio que compartían todos en la camioneta, sintiéndose excluido de manera olímpica.

Los chicos que estaban en la parte de atrás también habían sido dejados en el camino, al parecer ellos solo no habían querido esperar un solo momento para ver a Helena y se ofrecieron a acompañar a Jenny a recogerla al aeropuerto para ser los primeros en darle la bienvenida.

De esa manera llegaron a lo que Arnold supuso era la mansión de la famosa abuela de las Pataki. Era una casa gigante con rejas y paredes blancas, llena de grandes jardines y ostentosos árboles que se apretaban rebosantes por los alrededores. No estaban en el centro de la ciudad, eso era seguro, pero el aspecto del lugar le recordaba a esas lujosas y ostentosas películas que daban en la televisión y se sintió animado de momento. Estaba allí, en Nueva York y no podía creerlo.

Al entrar se sintió de todo menos decepcionado. Con escaleras tan grandes como las de un palacio y gigantescos cuadros en las paredes que le hicieron sentir diminuto, la mansión les dio una cálida bienvenida. Al principio había procurado no alejarse más de un metro de Helga y su hermana por seguridad propia pero su curiosidad era más fuerte que su sentido de supervivencia y sin darse cuenta ya se había perdido en los largos y enredados pasillos de la mansión.

Comenzó a dar pasos lentos e inseguros, en un pésimo intento de encontrar el camino de regreso hasta que un sonido detrás de él llamó su atención.

-Psst- se escuchó. El chico se giró y en una esquina oscura una mujer de cabellos blancos con una cara idéntica a la de Miriam lo miraba curiosa. Tenía trajes elegantes y usaba un bastón con la cabeza de un león pero su posición le daba un aire de niña perdida- tú. Ven.

Arnold obedeció notando que no había nadie más cerca por el pasillo, agachándose ligeramente. La mujer sonrió como una pequeña y lo jaló en cuanto lo tuvo cerca, escondiéndolo con ella.

-Tienes que ser silencioso, Kimba…- Arnold de repente la miró con asombro ¿Le había llamado como solía hacerlo su propia abuela?- muy silencioso...

-No quiero preguntar pero ¿Qué diablos hacen allí?- se escuchó atrás. Helga los veía desde arriba, divertida.

-¡Helena, querida!- gritó la mujer, tirándose sobre su nieta-. Me encontré al conde José Miguel y nos escondíamos de los rusos- susurró perspicaz.

-Pero la zona está limpia, madame- respondió la chica firme- el ejército pudo con los mafiosos. Ahora hay una junta importante en el comedor con el general, mi señora.

-Oh. Helena, tú siempre haciendo un espléndido trabajo- se regocijó la mujer, caminando al comedor con una dignidad y clase que no tenía un par de minutos atrás.

-Vamos José Miguel- rio Helga, empujando a Arnold por la espalda con ella al comedor- muero de hambre.

-Me llamó Kimba...

-Rayos, cabezón, tanta rareza y tú reparas en eso- bufo azorada, escondiendo su cara del rubio- las abuelas locas parecen tener los mismos gustos en nombres extraños.

-Mira quien lo dice, Helena- respondió haciendo énfasis, con un ligero tono de burla. Aunque no entendía nada, la broma se le salió de los labios sin pensar. La chica se sintió arder y apretó el saco de Arnold nerviosa mientras lo seguía empujando por detrás-. Helga, en verdad que si pudiera evitarlo lo haría, te juro que si algo de esto tuviera sentido no haría preguntas... Pero es que no entiendo nada, es demasiado confuso, ¿Podrías...?

-Lo haré, Arnoldo- respondió con una mueca avergonzada y orgullosa que el Shortman no pudo ver- te lo explicaré. Pero no ahora ¿Sí? Ahora vayamos a comer y deja de fastidiarme- y no le dejó decir nada más después de eso.

En la mesa ahora estaban Helga, su abuela, Isaac, Arnold y Olga pero parecía que aún esperaban a alguien más.

-Agh, no hace más que parecer adolescente últimamente- comentó Isaac entre molesto y azorado-. Se viste de general todos los días solo para que Michelle esté contenta

Incluso un chico tan soso como Arnold notó que Michelle era la abuela de Helga y al pelinegro parecía no agradarle mucho.

-Vamos, está enamorado. Son dos viejitos que se aman y hacen todo por hacer feliz al otro ¿Qué de malo tiene eso?- dijo Olga con un suspiro.

-Está enojado porque la abuela lo llamó General Pelado por dos semanas luego de que se cortó el cabello el mes pasado- intervino una dulce y tierna voz de infante entre risas detrás de ellos.

Con una edad de aproximadamente seis años y una expresión parecida a la de Geraldine, una niña de cabellos rizados se meneaba en sus tobillos detrás de los jóvenes.

-Cállate, Lucy- ladró Isaac.

-¡Lucy!- gritó la rubia abrazándola con fuerzas, riendo extasiada, arrodillándose a su lado. Después de un par de abrazos y apretones las niñas se vieron forzadas a separarse. El desayuno estaba por comenzar y Lucy se sentó junto a Arnold, mirándolo con la misma curiosidad que él a ella.

-Oye ¿Te gustan los gatos?- preguntó de la nada la niña.

-Umh, sí.

-¿Y tienes gatos?

-No, pero tengo un cerdo.

-¿Un cerdo?- dijo riéndose la niña divertida- ¿Cómo se llama?

-Abner.

-Gosh- expresó la niña agudamente, causando la risa de los presentes- ¿Quién tiene un cerdo y lo llama Abner?- se rio volviendo a mirar su comida- eres divertido ¿Él quién es?- inquirió a Helga quien empalideció y titubeó de pronto.

-Me llamo Arnold- dijo el chico sonriendo carismático.

La niña abrió los ojos impactada y miró a los rubios varias veces seguidas como no sabiendo qué decir.

-¿Eres, eres...? ¿En verdad es...? ¿Es Arnold?- tartamudeó apenas con sus torpes palabras.

-De carne y hueso...- suspiró Helga, desolada, dando un largo trago a su bebida. Lucy se tiró sobre Arnold y lo abrazó con fuerzas, balbuceando cosas intangibles.

Todos en la mesa rieron de nuevo mientras el rubio se dejaba hacer, pasmado y sin entender nada de nuevo. A este paso creyó que ya se había acostumbrado a ser un ignorante total de todo.

El desayuno pasó con tranquilidad y la niña le preguntaba cosas sin parar, suspirando. El abuelo llegó, vestido de general como advirtió Isaac y fue presentado debidamente con Arnold. Olga explicó que ese año habían decidido quedarse en "el quinto". El rubio supuso que se trataba de un lugar en la Quinta Avenida, porque eso decía su pequeño libro de turista. Cuando más tarde tuvo oportunidad de volverlo a revisar se enteró de que esa avenida era de los lugares más caros del mundo donde tener un departamento ¿En serio iban a quedarse en un lugar como ese? Todo comenzaba a dejar de tener sentido de nuevo ¿En qué momento...?