Capítulo 4. El Quinto.
Gerald Johannsen ha enviado un mensaje:
¡Hermano! Sé que dije que te mensajería pero no había podido escribir nada hasta a penas; sólo informo que Phoebe y yo estamos bien, llegamos hace poco y apenas nos instalamos. La gente en las calles me mira tan raro, esto está muy loco, viejo. Espero que el señor Kokoshka y Ger se comporten esta mañana y no hagas corajes; te dije que compraras los tapones para los oídos y no quisiste hacerme caso, a esto se le llama karma.
Un regalo, una foto de Tokio desde el avión. Saludos, hermano.
Arnold iba en la camioneta negra semivacía, aplastado contra los asientos de cuero. Lo que había entendido por ahora es que a petición de Olga, se dirigían a un centro comercial en busca de las nuevas tendencias del verano para ellas. Pero su mente estaba tan distraída con la foto que su amigo le brindó que apenas había reparado en que Isaac no los acompañaba esta vez. Y es que la fotografía era espectacular desde un inicio, la ciudad de Japón se veía nocturna y despejada. El reflejo del moreno en la ventana le hizo hacer una media sonrisa y suspiró.
-Helga...- murmuró mientras ella leía con interés un libro a su lado.
-¿Mmh?- respondió sin alzar la vista.
-Mira lo que Gerald me ha mandado- la rubia se inclinó a su lado y sonrió añorante.
-Ese cabeza de cepillo... Qué cursilote- dijo mientras sonreía enternecida. Arnold pestañeó extrañado al tener el rostro de Helga tan cerca de repente. Los cambios de personalidad de la Pataki lo estaban volviendo loco, no sabía en qué momento estaba siendo autentica y cuándo estaba actuando como una copia barata de su hermana Olga. Si antes era difícil leerla, ahora era completamente imposible.
De repente, la joven subió la mirada, cambiando su expresión de golpe a una cara envuelta en éxtasis total.
-¡Mira!- gritó Helga pegándole el rostro al cristal derecho del auto, con expresión de niña pequeña-. Arnold Shortman, con el honor que me da Dios y cada demonio en el infierno, te presento al imponente y colosal Empire State...
-Wow...
-Casi medio kilómetro en vertical frente a tus ojos, cabezón- decía la chica con más emoción que Arnold-. El vídeo musical de una de mis canciones favoritas fue grabado en este edificio, sin mencionar que es la cuna de la desesperación de King Kong desde tiempos inmemorables...
-Sabía que lo había visto en algún lugar...
-¿Bromeas, cierto? Chico, tienes que leer más, insisto. Es de los edificios más altos del mundo, es un símbolo elemental. Es años y años de respeto ante una de las Siete Maravillas del mundo moderno.
Ahora mismo, Arnold solo podía recordar las clases de historia, filosofía y literatura en las que, por azar del destino, casi siempre le tocaba asiento detrás de la rubia. Aprendió la mayoría de las cosas que sabía gracias a que ponía total atención a todo lo que su amiga decía. Ahora mismo se sentía como ese chico boquiabierto y perplejo ante el repertorio de fechas y citas que la mente Pataki podía albergar.
-¿Ahora qué diablos me miras?- gruñó Helga.
-Nada...- reparó apartando la mirada con rapidez.
En la mente del chico la misma pregunta no dejaba de dar vueltas una y otra vez ¿Quién demonios era esta chica?
-O-
Arnold Shortman no era de los chicos que solían tirar maldiciones o albergar odio hacía prácticamente nada, pero dentro de las excepciones, maldecía casi a gritos el día en el que la moda se había convertido en una industria millonaria. El dolor de pies que tenía por vagar por las calles de más alto estatus de Nueva York lo estaba matando, habían estado entretenidos hasta las seis de la tarde buscando ropa hasta en los rincones más lejanos y escondidos de la ciudad y, encima de eso, tenían que escabullirse de cada lugar en el que eran reconocidas por multitudes emocionadas. Desde la calle 14 hasta la 25 y de la 37 a la 52 sin detenerse más que por un respiro ocasional. La gente se arremolinaba a su alrededor y gritaban el nombre de Helena con frescura y adoración. Quizá no se había equivocado y Helga en realidad era una modelo de pasarela o una estrella Pop. La curiosidad se lo comía de adentro hacia afuera y la Pataki se negaba a responder cualquier pregunta poniendo excusas baratas de una manera casi desvergonzada.
Así, de una manera olímpica y casi sin éxito, sobrevivió a una ida de compras de locura, siendo arrastrado de tienda en tienda y dando opiniones muy cortas acerca de la ropa que al parecer era para él. Debía aceptarlo, no era mala ropa. Para ser de Gucci tenía que ser muy buena ropa ¿Cierto? Pero lo que a él simplemente no se le hacía coherente era el precio de las prendas ¿Cómo podían darse lujos como esos? Quizá lo pagaba el nuevo y ricachón abuelo, el señor de bigote que era padrino de Isaac. Se veía del tipo de personas que no contaba el dinero, tenía un rostro gentil y daba la impresión de que era capaz de hacer lo que fuera para ver feliz a los suyos.
-Oye, torpe- lo llamó Helga sacándolo de sus pesados y agotados pensamientos cuando el auto se detuvo a un lado de la acera-. Llegamos.
Tenía que ser, pensó Arnold incrédulo. En la Quinta Avenida, con Central Park detrás de ellos, se alzaba uno de los tantos ostentosos y brillantes edificios de color blanquecino que resaltaban de manera cálida al atardecer. La entrada tenía decoraciones lujosas y detalles dorados que resaltaban lo ostentoso del edificio. Sacó con dificultad las bolsas y fue atendido de inmediato por varios chicos de servicio.
-Señorita Olga, muy buenas noches. Señorita Helena, es un gusto tenerla de nuevo por aquí- carraspeó un alto hombre engomado.
-El gusto es totalmente mío- dijo con una amabilidad irreal en su voz. Seguida por su amigo y su hermana se abrió paso al elevador. El hombre engomado marcó un par de números en la pared y Arnold tragó saliva nervioso.
-Oh, esto te encantará, cabeza de balón- murmuró con algo de burla en su voz la muchacha y con un volumen extremadamente íntimo.
Subían, subían... Seguían subiendo ¿Ya? No, aún no. Arnold se meneaba nervioso sobre sus tobillos. No sería que... No. No un pent-house, eso ya sería exagerado. Pero seguían subiendo y las chicas sonreían ansiosas. No, por favor. Que se detuviera, que se detuviera...
Todos salieron del elevador y Arnold se recargó en el tubo detrás de él por el vértigo y la sorpresa. El elevador se detuvo, en el último piso, y Arnold simplemente no podía creer lo que sus ojos mostraban.
Un pent-house es conocido por cubrir el ancho de un edificio como un solo departamento y estar rodeado de ventanales gigantes por todos lados, esto era más de lo que Arnold podía imaginarse cuando leyó sobre ellos en su libro para novatos. Con Central Park como vista principal de un lado y el sur de Nueva York del otro sentía como su estómago daba saltos por todos lados. El cielo podía verse perfectamente en esos colores que anuncian el atardecer y los edificios eran bañados uno a uno, como siendo cobijados con ternura.
-Helga, tu reservación es a las siete y media, no lo olvides- recordó la mayor mientras salía de una ducha exprés.
-¿Por quién me tomas, Olga?- ladró la chica mientras se tiraba sobre un sillón de cuero negro.
El Shortman seguía parado como estatua frente al ventanal que daba a una terraza adornada como para tomar el desayuno mirando el cielo y el infinito parque que se abría frente a ellos. Olga se acercó a él con ternura y lo sacó de ese trance del que Arnold no podía salir por sí mismo.
-¿Quieres ver tu habitación?- con tantas sorpresas no había reparado en eso hasta entonces.
Con un piso de madera oscura que sonaba dulcemente cuando se pisaba y paredes blancas que le daban un aspecto elegante y limpio delante del Shortman se extendía una habitación del tamaño de un departamento pequeño por sí mismo. Muebles negros con detalles blanquecinos que traían seriedad consigo y largos cuadros de colores adornaban todo el lugar, iluminados por el sol perezoso que se escondía tras los ventanales del fondo. Arnold supuso que nunca se había imaginado nada como eso en el mundo porque la impresión casi lo hace caer sobre su trasero en ese momento. Error, sí que se lo había imaginado pero jamás creyó contemplar un lugar así con sus propios ojos, era toda una experiencia completamente surreal.
-Eres más que bienvenido, Arnold- dijo Olga dejándolo solo.
El rubio se sentó en la inmensa y suave cama que se extendía sobre él y se puso a meditar la situación a profundidad. Llegó a la conclusión de que en Hillwood estaba tan encasillado dentro de su pequeño vecindario que su imaginación se detuvo en algún momento. Pero allí estaba, en Nueva York, entre rascacielos titánicos que en lugar de frenarlo, lo alentaban a imaginar escenarios aun más increíbles. Su corazón latía con fuerza y no sabía si el vértigo era por la altura o por las emociones tan fuertes que había pasado en un solo día. Lo único de lo que estaba seguro es que quería correr y abrazar a Helga con toda la fuerza que tenía con un agradecimiento gigantesco. Sin embargo, no podía, sus pies no se movían, parecía que el shock aún no se le pasaba y sonrió de lado burlándose de sí mismo.
Cuando tuvo la fuerza para salir de la habitación reparó en su amiga y sonrió de nuevo. Con piel de porcelana estaba tendida sobre el cuero negro que atenuaba todo su ser. Veía las luchas, distraída y se había quitado el sombrero de ala y las sandalias. Se veía tan bonita, pensó sin querer pero sin inmutarse de ello; no era la primera vez que pensaba cosas como esas de ella. Y mientras eso se quedara en su mente estaba a salvo porque a veces hay cosas que es mejor no decirlas.
Olga terminó su maquillaje y salió apurada.
Aunque obviamente el trabajo de la chica era nocturno, en el auto les contó que esta vez iría como invitada a una obra teatral y no como actriz. Se le veía orgullosa y genuinamente feliz. Arnold se sentó a un lado de la rubia y ella le dedicó una mirada discreta y nerviosa, apretando los puños y simulando movimientos de lucha libre deliberadamente. Era bastante acogedor, de cierta manera, estar a solas con ella pero como si de un método de defensa se tratara y por mera precaución, su mente le recordó que si algo tenía Helga Pataki era que podía de hacer de los mejores momentos situaciones desastrosas.
Recordó entonces aquella vez en la que tenían que trabajar en un proyecto de ciencias y habían tropezado dentro de su habitación. Cualquiera pensaría que parecían adolescentes a punto de besarse con el amor a flor de piel de no ser por la cruel carcajada de Helga cuando se dio cuenta que estaba encajando su rodilla en las costillas del muchacho. Otra era esa vez en la que él le había puesto su chamarra sobre los hombros saliendo de una tarde de cine mientras llovía sobre ellos. Si algún curioso se hubiera descuidado y los hubiera visto juraría que eran una cita exitosa que terminaría con un beso en la entrada de la casa de la chica y una promesa de alguna cita próxima. Claro, eso porque el curioso seguramente no sabría que la película que acababan de ver era "Apocalipsis de los no muertos. Parte tres" y porque Helga no dejaba de quejarse de que la sudadera necesitaba ser lavada con proximidad.
-Criminal, cabeza de balón, esto es un saco de hormonas adolescentes- decía una y otra vez mientras hacía muecas de asco.
Ahora estaban solos frente al enorme lago de Central Park, tan juntos que Arnold podía sentir el calor de su tersa y suave piel contra su camisa. Ella tenía que arruinarlo, murmuró el muchacho para sí mismo. Tenía que hacerlo y si no lo hacía sería la prueba infalible de que esa no era Helga Pataki y entonces podría despertar de una buena vez.
Se recargó contra el respaldo del sillón y la chica dejó su cabeza caer rendida hacia un lado cuando vio a su personaje favorito perder la pelea, enojada. Por un segundo parecería que Arnold estaba por rodearla con un abrazo protector. Con un silencio ligero y miradas de reojo se dio cuenta de que la chica no quitaba el ceño fruncido. Se sintió curioso pero no lo suficientemente como para romper con la atmósfera tan ligera y especial que se había creado alrededor de ellos.
Helga sacó su celular del bolso y comenzó a mensajear furiosa. Al parecer le habían contestado al instante y gruñó aún más molesta. Así que lo hizo, se recargó en el hombro de Arnold con más cercanía y contacto que el chico pudo sentir un extraño y electrificante escalofrío recorrerle toda la espalda. Algo así no pasaba a menudo. Eso tenía que ser un sueño, sí o sí. De seguro estaba inconsciente o en coma. O muerto. La chica suspiró y él se sobresaltó cuando ella le dedicó una mirada frustrada.
-Arnold...- su pasiva y dulce voz alcanzaron al rubio y este le miró con interés-. Prométeme que no me dejaras apostar con Wolfgang por las luchas de nuevo nunca más- el rubio apenas entendió el comentario mientras asentía con lentitud y fue entonces que una sonrisa perversa se asomó por la comisura de los rosas labios de Helga- que conste que es una promesa. Si la rompes prepárate para despertar castrado y bajo el agua un día de estos, cabeza de balón- dicho esto se levantó sin cuidado y, sin quitar la mirada del teléfono, desapareció por la gran y pesada puerta de su habitación.
¿Qué había sido eso? ¿Qué demonios había sido eso? ¡Lo había arruinado de nuevo! Pero en sí nunca hubo nada que arruinar. Lo había fastidiado, le tiró una amenaza de muerte pero al mismo tiempo lo hizo sonrojar ¿Qué estaba sucediendo? Se sentía tan perdido y salido de sí mismo que tardó un par de minutos en volver a controlar su pulso cardiaco.
Un momento ¿Acaso acababa de intentar tener una escena romántica con la Pesadilla Pataki? No, no, eso no. Nunca. Jamás. En la vida. Sintió ese cosquilleo en las costillas de nuevo y se enfureció consigo mismo. Ella era la Pataki, pero ahora a veces también la nueva y extraña Helena de Troya. No se imaginó enfrentarse a algo así. Siempre era la matona, rara vez su Helga pero ahora también era Helena, si es que podía considerarse esta como una faceta emocional de la rubia. Aunque en sí su Helga tenía parte de ambas, ahora el puño verbal de Helga estaba como punta de lanza, sin reponer en los insultos en lo más mínimo. Sacudió la cabeza con desesperación. Estos serían los tres meses más largos de su vida.
