Capítulo 5. El Séptimo Cielo.

El Shortman esperaba con impaciencia en la cómoda sala de estar, mirando el televisor. Se había puesto un traje muy casual, todo negro con un cuello de tortuga rojo. No reparó mucho en hacerlo. Para los hombres, el trabajo de "arreglarse" era relativamente simple. Un poco de laca en el cabello y parecía una persona nueva. Golpeaba con su índice el brazo del sillón arrítmicamente y miraba el reloj en la pared aburrido.

Era casi la hora indicada por Olga y Helga no salía de su habitación. El chico se preguntó por un momento si tenía que comenzar a llamarla Helena. No, ese no es su nombre, se recordó. Pero con tanta gente a su alrededor diciéndolo comenzaba a pensar que la chica se había llamado de esa manera desde siempre.

Se aventuró a la habitación de dónde provenía la música a todo volumen después de pensarlo un sinfín de veces, armándose de valor. Tocó con sutileza, sin respuesta. Tocó de nuevo, la música había subido de volumen notoriamente. Exasperado abrió la puerta sin seguro y se encontró con una habitación roja con negro y una mancha rubia que cantaba a todo pulmón mientras se maquillaba sin prestarle atención. La escena hubiera sido normal si la chica no vistiera un entallado vestido blanco de lentejuelas, con los labios en rojo y el cabello peinado con grandes y suaves rizos cayéndole por la espalda. En la mano izquierda llevaba un brazalete y del cuello colgaba un corazón de cristal muy discreto.

Era una escena tan común y mundana de una adolescente cualquiera que parecía tener 22 años de la nada. Arnold le brindó una media sonrisa nerviosa cuando ella lo miró por el espejo.

-¿Qué se te ofrece, cabezón?- dijo Helga sin sobresaltarse por su presencia pero sin mucha cordialidad tampoco.

Arnold no tardó en poner un pie dentro de la habitación cuando un agudo dolor le lastimó la rodilla. Se asomó. Un diminuto gato negro se enroscaba en su pierna intentando escalarlo. Sus miradas verdes se enlazaron y uno de ellos ronroneó.

-¡Martin!- gritó la chica, corriendo al rescate de la rodilla del rubio-. Dios santo, deja de hacerle eso a cada persona, simulación de esta o...-le dirigió una mirada rápida al rubio- cosa que entre a mi habitación ¿Quieres?

Un gato negro, tenía que ser.

-Helga, se nos hace tarde.

-Bien, bien, Arnoldo- se acercó a una computadora portátil y detuvo la música. Todas las bocinas se silenciaron y Arnold reparó rápidamente en que el aparato no tenía ningún cable conectado-. Bluetooth, genio ¿En qué siglo vives?

Quizá al final Helga sí había logrado conseguir la habilidad de leer las mentes. La idea lo aterró rápidamente y rezó a cada dios que conocía que no fuera así.

-Andando, cabeza de balón- dijo una hermosa e irreconocible Helga frente a él.

Arnold se limitó copiar sus pasos en silencio, la curiosidad de toda esta vida secreta ya lo había cautivado y estaba dispuesto a seguirla hasta las últimas consecuencias en busca de respuestas.

No supo porqué pero algo dentro de él le decía que el conductor en realidad no se llamaba "James", como lo llamo Helga al entrar al auto, pero prefirió no indagar cuando el hombre les dedicó una sonrisa por el retrovisor.

"James" los adentró a la gran manzana de nuevo, con su tráfico insufrible y sus luces parpadeantes. Arnold parecía un niño pequeño en feria y Helga tenía una sonrisa enternecida que nadie podía observar en ese momento. En poco tiempo arribaron y Arnold tenía la mandíbula cansada de tenerla colgando ya tantas veces en un solo día.

-Bienvenido a Nueva York- dijo la rubia, saliendo del vehículo, asistida por el chofer-. No puedes decir que has estado aquí si nunca has visto el Times Squere con tus propios ojos- le dijo sonriendo orgullosa.

Arnold seguía ido. ¿Cómo es que podía haber tantas luces juntas en el mismo lugar? Más importante ¿Cómo es que había gente que caminaba con naturalidad debajo de los grandes anuncios, sin mirarlos, con rutinaria indiferencia? La rubia rodó los ojos y lo sacó a la acera de un jalón.

-Sí, sí, muy bonito. Pero te recuerdo que no venimos a turistear: venimos a trabajar.

Un cúmulo de reporteros los acecharon en cuanto se dieron cuenta de que era Helga la que acababa de bajar del auto con un apuesto joven que jamás habían visto. La rubia usó su cartera para cubrirse el rostro y comenzó a andar con una sonrisita gentil hacia el restaurante. Arnold la seguía sin dejar de mirar el enorme cartel sobre sus cabezas que rezaba con letras muy elegantes y de manera vistosa el nombre de "The 7th Heaven".

-Buenas noches, señorita de Troya ¿Mesa para dos?- murmuró una chica de cabello negro en la entrada, recibiéndolos con una sonrisa. Arnold se sorprendió de la cantidad de gente que habían recibido a Helena en la puerta del restaurante y de cómo habían saltado la gigantesca fila como si no hubiera sido nada.

-Tengo reservación, querida- soltó Helga pretendiendo sonar sofisticada y no como si estuviera a punto de largarse a reír.

-Claro que sí- sonrió la chica guiándolos a su mesa sin decir nada más.

La muchacha los guio a una espléndida mesa que brillaba por la suave luz de las velas, cerca del escenario pero muy a la mano con el bar y desde donde se podía divisar la entrada a la cocina de manera directa y discreta. Tomaron asiento y la muchacha les brindó una carta que medio mínimo unos 40 centímetros de largo y 20 de ancho, plastificada y llena de deliciosas imágenes gourmet.

-Oh, no- detuvo Helga antes de que su acompañante abriera dicha carta-. Ordenaré yo.

La chica desapareció con el menú en brazos en un chasquido y en menos de un segundo Isaac se encontraba a un lado de la mesa. Con un traje de mesero muy elegante y el cabello alborotado pero cortado de manera bastante elegante, les brindó la sonrisa más galante que el rubio jamás vio, superando inclusive la de Gerald.

-Señorita de Troya, me complace anunciarle a usted y a su pareja acompañante que a partir de este momento, serán atendidos completa y devotamente por mí. Mi nombre es Isaac y el día de hoy estaré a su servicio.

-Es todo un placer, Isaac- coqueteó Helga de regreso de manera sutil. Era obvio que todo eso era una maquiavélica actuación pero la mirada de Arnold no podía dejar de verse tan asombrada cada que Helga hablaba y actuaba de esa manera tan elocuente.

-Déjeme agregar, si el caballero no se molesta, que hoy se ve especialmente bella, Señorita de Troya.

-Tomaré el cumplido por esta vez- dijo Helga sin dejar de reír entretenida.

-¿Les puedo ofrecer un bocadillo mientras eligen el menú?

-No hace falta, ya hemos decidido.

Los ojos esmeraldas de Arnold bailaban de un rostro al otro. De la diminuta sonrisa carmesí de la chica a las brillantes placas blanquecinas que conformaban la dentadura perfecta de Isaac. Con esos engominados atuendos, ambos parecían tener veintitantos años bajo las luces de esa ciudad de ensueño. Arnold sintió esa sensación en el estómago de nuevo, como cuando fueron presentados en la camioneta, él se quería convencer a sí mismo de que seguían sin ser celos pero esta vez supuso que tampoco era miedo. Demonios.

-Quiero que me des un par de la mejor crema de tu cocina, para la pasta quiero spaghetti ai tre formaggi para los dos, para el plato fuerte quiero obviamente el excitante platillo estrella y quiero que me traigas el mejor vino que encuentres en tu bodega, si no es mucha molestia- dijo serena.

-A sus órdenes- dicho esto, el mesero se retiró en un santiamén.

Entonces estaban allí. En un elegante restaurante, justo frente al coliseo más conocido de Manhattan. Entre murmullos excitados de los comensales y de los empleados. Helena de Troya y Arnold P. Shortman, con un arreglo de velas y rosas entre sus rostros y con música jazz de fondo. El rubio se giró al escenario y miró una banda de que tocaba de manera animada una canción que reconoció al instante.

-I won't break your heart...- tarareó Arnold. Helga le sonrió honesta y él recordó entonces lo último que su amiga había dicho- ¿Vino?

La rubia lo miró sin comprender y al segundo siguiente rodeaba los ojos con molestia.

-Claro, olvidaba que estaba sentada con el señorito-hagamos-buenas-acciones de Hillwood. Vamos cabeza de balón ¿Qué no tienes clase?- dijo la chica apoyando su codo en la mesa, amenazadoramente inclinada sobre esta. El rubio alzó una ceja y con un ademán señaló a la chica completamente.- Bueno, bueno, quizás yo no soy la señorita modales pero... No te hará daño un poco de vino tinto de vez en cuando, zopenco. Además es para acompañar la comida y hace bien a la digestión...

Isaac se acercó con una botella oscura en las manos y la lució orgulloso frente a Helga, sonriente. La destapó y sirvió un pequeño trago en la copa de la mujer mientras ella daba un sorbo de agua. Se volvió al vino y, mientras esta daba un trago lento, Isaac habló.

-Chardonnay, mi señora. Perfecto para el menú que ha elegido esta noche.

-Buena elección, Isaac, por favor...- el muchacho sirvió en ambas copas hasta pasando la mitad, sin llenarlas, y se retiró con sutileza después de dejar la botella en hielos sobre la mesa-… No, así no- murmuró con una risita Helga mientras Arnold ideaba una manera de tomar de la copa sin sentirse raro. Veía con temor el líquido y ponía en la palma de su mano la esfera de cristal completa-. Hacer eso, aunque se vea elegante, hace que se caliente el vino con la palma de tu mano. Lo mejor es tomarlo con los dedos justo desde donde se abre la copa- se inclinó sonriente y acomodó la mano del rubio en el lugar correcto-. Ahora, no lo tomes de un trago porque harás gestos y eso sería vergonzoso. Tienes que olerlo...-Arnold la miró como si hubiera dicho algo extrañísimo y Helga rodó los ojos de nuevo- no me mires así, generalmente como huele, sabe- él seguía sintiéndose extraño pero hizo caso y acercó la copa a su nariz. Ese simpático olor a fermentado lo llenó con rapidez- bien, ahora te mojas los labios. Con cuidado, no hay prisa. La textura de buen vino es inconfundible- de un momento a otro sintió los labios secos en cuanto los mojó con el oscuro líquido. Le hacía cosquillas, era como haber comido 10 kilos de uvas en un segundo-. Eso... Entonces dale un sorbo, pequeño. Mantenlo en tu boca, saborea, no tragues.

Todo eso estaba demasiado irreal para Arnold. Helga lo miraba como esperando su respuesta y el vino seguía haciéndole cosquillas. Era ácido y dulce, atrevido y muy frutal. Su boca se sentía como un desierto aún con el líquido sobre su lengua y le hizo gracia. Tragó. Su garganta ardió y sintió un pequeño escalofrío. Estaba helado pero sentía como si le quemara. Le gustó muchísimo.

-Nunca había probado algo así- su amiga sonrió divertida-. Sabe delicioso.

-Lo sé. Isaac guarda la mejor botella para mí todo el año. La deja reposar en el mejor lugar de la bodega para que quede añejo y luego, voilà. Aunque ¿Sabías que hay vinos que mientras más nuevos son, saben mejor? Es raro, cuando era niña creía que los vinos sólo podían escogerse por el que tuviera el año más viejo. Mi sorpresa fue beber uno que tenía recién tres años y sabía mejor que la reserva del 68, estaba riquísimo- contó la chica con los ojos brillando, emocionada. Hablaba rápido y con movimientos elocuentes con las manos. Soltaba bufidos y hacía caras causando que Arnold riera ocasionalmente. No fue hasta que su mesero los interrumpió de nuevo que Helga se preguntó: ¿Por qué motivo le estoy diciendo todo esto a Arnold? y aún más importante: ¿Por qué parecía que a él realmente le interesa escucharme?

-Una crema de cilantro para comenzar la noche...

¿Cilantro? ¿Esa no era una plantita verde que ayudaba a sazonar? ¿Cuánta plantita verde habían tenido que usar para hacer un solo plato de crema? El rubio se imaginó entonces al Empire State hecho de cilantro, ladeandose de un lado a otro de manera amenazante y graciosa. La imagen fue olvidada con rapidez cuando el aroma del platillo se encontró bajo su nariz y se tiró sobre este en cuanto pudo. Si mal no recordaba, no habían tenido más que el desayuno y después de tantas emociones fuertes su estómago al fin reclamaba una bien merecida comida que por cierto, estaba riquísima.

Helga, por su parte, estudiaba el olor, la consistencia, la vista y por supuesto el sabor.

-¿Arnold?

-¿Sí?- dijo el chico embalsamado con la sopa.

-Está bien, te lo debo- dijo cruzando los brazos y suspirando mientras miraba la hora en su celular-, creo que ya te torture suficiente. Tienes de aquí a que el restaurante cierre para que responda... Cualquier pregunta que quieras hacerme.

-... ¿Cualquiera?- sonrió con burla inocente el rubio.

-Ajá... NO, o sea, bueno, no, o sea, no cualquiera-cualquiera- dijo Helga tartamudeando-. Cualquiera con respecto a Nueva York y así- Arnold se rio con suavidad y Helga giró la mirada fingiendo molesta-. Vamos date prisa que no tengo todo tu tiempo.

-Vale...- Arnold pareció meditarlo por un momento pero se dio cuenta de que la primera pregunta era bastante obvia hasta para él- ¿Qué es todo esto de Helena de…? ¿Cómo era? ¿de Troya? ¿Quién es Helena de Troya?

-Una pregunta a la vez, chico listo. Y bueno, si me preguntas a mí, la historia dice que "Helena de Troya" es la hija de Zeus, causante de la guerra de Troya ¿Si quieres te presto un libro de mitología griega, melenudo?

-Qué ingeniosa- respondió el Shortman entrecerrando los ojos-, me refiero a... ¿Por qué la gente te llama así?

- Porque no es como que me importe mucho como me llamen.

- ¿Y por qué decidieron llamarte así?

-¿Te suena el libre albedrío?

-Dime- soltó exasperado Arnold cambiando el rumbo de la conversación para intentar llegar a ella por otro lado- ¿Qué haces en Nueva York?

-Respiro, parpadeo, mi corazón palpita...

-¿De qué trabajas aquí en Nueva York, Helga?- dijo alzando la voz, exasperado.

-De chef.

-¿Entonces por qué eres tan famosa?- preguntó totalmente descolocado el Shortman ¿Podía un chef tener ese nivel de fama? ¿Era eso normal en Nueva York? Quizá no era lo suficientemente citadino como para entenderlo- ¿Por qué nunca nos contaste sobre esto en Hillwood?

-¡Nunca preguntaron!

-Claro que lo hicimos.

-Y no mentí, ustedes preguntaron "¿Qué harás en vacaciones, Helga?" Y yo dije "viajaré". Es bastante obvio en este punto ¿No crees?

-Helga dijiste que me lo debías y que serías sincera conmigo, ahora estás haciendo esto cada vez más difícil- la riño Arnold molesto, casi se sintió de nueve años de nuevo, peleando por cosas absurdas con Helga mientras está lograba darle vueltas al asunto con su ingenio.

La crema de ambos platos había desaparecido y se miraban retadores y orgullosos. Sé más inteligente que ella, se repetía el rubio sin parar. Helga había desviado la mirada, se miraba nerviosa y mosqueada, esa era una apertura que Arnold tenía que aprovechar. Helga nerviosa era de las cosas más fáciles contra las cuales tener una pelea a muerte, no cabía duda alguna de que tenía que idear un plan para vencerla ahora que parecía estar sobre el hielo fino de la vergüenza y el nerviosismo. Entonces una idea le apareció de la nada: empezaría con preguntas sencillas y respuestas obvias, era fácil. De esa manera haría un filtro para que las respuestas fueran cada vez más precisas y reales. No era la primera vez que la chica le aplicaba la técnica de simular imposibilidad a una circunstancia sencilla. Suspiró. Vio a Isaac retirar los platos sin apartar la mirada de Helga y comenzó su estrategia de juego.

-¿Cómo dijiste que se llama tu gato?

-Martin.

-¿Cuándo decidiste llamarlo así?

-Cuando lo adopté, duh.

-¿Y decidiste ponerle así en honor al segundo nombre de Gerald, cierto?

Primer strike. La había tomado con las defensas por los suelos. La chica bufó con molestia y un leve sonrojo se asomó en sus mejillas.

-E-eso, yo no…

-Recuerda que no puedes mentir, Helga- le dijo su amigo con una sonrisa confiada y una mirada que le hizo hervir la sangre en un segundo.

-¡Vale! No pude evitar pensar en el cabello de Geraldo cuando lo vi: Negro y esponjoso. Al principio lo llamé Einstein pero al idiota no le gustó y medite ponerle Gerald pero eso sería raro cuando quisiera mimarlo... entonces opté por el segundo nombre del idiota ese.

Arnold sonrió con ternura y ella se percató, obligándose a sí misma a contener las ganas de ladrarle y llamar la atención de todos en el lugar, furiosa.

-Okay...- el rubio lo meditó por unos segundos de nuevo y procedió con un sonrisa demasiado confiada- ¿Desde cuándo trabajas aquí?

-Desde los diez años.

-¿Y quién es el dueño?

-Mi abuelo. Abuelastro. El esposo de Michelle, para que me entiendas.

-¿Y desde qué edad eres chef?

-Desde los quince.

-¿Quién te enseñó?

-De nuevo, el abuelo.

-¿Y entonces eres famosa por ser la chef del reconocido restaurante de tu abuelo?

-Algo así...

-Específica- murmuró cuando el mesero puso el espagueti frente a él sin detener la intensa discusión.

-Yo no diría que soy "famosa" por ser chef, pero si ayuda que según la revista Times soy una de las mejores chefs de Estados Unidos por el momento y porque según ellos tengo 20 años apenas. Soy una "promesa prodigio juvenil" o una babosada como esa. Por favor, cabeza de balón ¿Crees que la gente le pide autógrafos a los Chefs que ve por la calle caminando? No, idiota. Una cosa llevo a la otra y llegué a firmar un montón de contratos en estos siete años. Anuncios, modelaje, estúpidas fiestas de beneficencia. Según las entrevistas que he leído que me han hecho, la sociedad está "embalsamada" por mi supuesta "belleza implacable" y mi "acentuado y sofisticado sentido del humor"- dijo haciendo comillas invisibles con sus manos cada que decía algo rebuscado-. Agregando el hecho de que en verdad tengo un talento para la cocina, Arnoldo. Es difícil a veces entender la dimensión de lo que la gente es capaz de hacer por comer comida preparada por mí y lo digo de la manera más humilde posible. Hay gente que viaja por horas, hacen reservaciones con meses de anticipación y como solo vengo en verano hace que la palabra exclusividad tome otro sentido...

Strike dos. Cayó fácil y rápido. Arnold no podía ser tan bueno en esto... ¿O lo era?

-Eso suena genial, Helga ¿Entonces la gente quiere tanto probar tu comida que por eso viene justo en verano?

-Sí y no... Vienen por mi comida pero no por la comida de Helga.

-Vienen por la comida de Helena ¿Cierto?- la chica asintió, con temor, comiendo de su pasta-. Pero Helena y tú son la misma persona ¿No?

-De nuevo, sí y no. Helena... Bueno, Helena es...- dudó mientras masticaba y tomaba un sorbito de su copa, nerviosa.

-¿Sí?- y él se veía tan jodidamente tranquilo.

-Helena de Troya es algo así como un alter ego. Se supone que Helena es una chica de 20 años de edad que vivió gran parte de su vida en Alaska pero fue trasladada a Nueva York en un verano de hace siete años por su tío lejano Francis Smith, quien en realidad es mi abuelo, dueño de un famosillo restaurante tres estrellas en la Séptima avenida y Broadway. La historia cuenta que Helena demostró aptitudes maravillosas en la cocina y su tío la dejó como responsable del lugar a una muy temprana edad. La popularidad de éste se lanzó por los aires cuando la gente se encontraba comiendo comida elaborada por prácticamente una niña. Fue hasta que un elegante crítico estirado dio una buena reseña de un viejo platillo que ella había reinventado que la bomba explotó y el lugar se volvió un restaurante de cinco estrellas. Y quieras o no, los medios y las noticias escandalosas también llaman la atención del público. Jamás imaginé que íbamos a crear un teatro tan grande para ocultar mi verdadera vida en Hillwood, todo esto nunca fue parte del plan. Nada más hazte a la idea de que Helena es tan demandada que, en su honor, el restaurante se resta una estrella en su ausencia y los veranos las reservaciones están a tope con meses de anticipación-. Arnold se terminó el espagueti, saboreando y comprendiendo el porqué del amor tan loco de la gente por esta comida- yo cree o modifique todas las recetas del menú, creo que con eso puedes hacerte una buena idea del trabajo que le he dedicado a este restaurante- sentenció golpeando la mesa con su puño.

-Wow...

-Helena es...- continuó ya más en confianza- es elegante, sofisticada y talentosa...

-Como Helga...

-Que mala broma.

-Hablo en serio- se defendió el rubio mientras levantaban sus platos y llenaban sus copas-. Helga es joven y divertida, todo el tiempo. Además es muy talentosa con respecto a la literatura y ella misma me ha demostrado que puede ser elegante y sofisticada cuando quiere.

-¿No lo entiendes Arnoldo?- inquirió disimulando su sonrojo-. Helena es una florecita perfecta, es ficción, es un personaje que hemos creado para que este lugar siga funcionando. Helga, al contrario, es un cactus bastante orgulloso.

-¿Y por qué Helga no pudo ser una reconocida chef? ¿Por qué inventar, de nuevo, una extraña y extravagante identidad secreta?

-Ya te lo he dicho, es puro marketing. La gente no compra algo gris y feo aunque valga oro. La sociedad es estúpida. Cree que lo que brilla es lo que vale- dijo mientras bebía de su copa, amarga-. Helena brilla, viene de un lugar recóndito y lejano, su pasado es borroso y nadie sabe lo que hace cuando no está. Helga, en cambio, tiene una vida pública y aburrida que cualquier persona podría conocer si se lo propusiera. No es tan difícil ¿Sabes? Deberías intentar hacer uso de esa enorme cabeza que tienes de vez en cuando.

- Vale...- dijo sin querer seguir insistiendo. Podría seguir discutiendo sobre eso toda la noche pero ella tenía un buen punto. Lo mejor era cambiar de tema, tenía el tiempo contado.- ¿Y por qué el nombre?

-¿Qué? ¿"El séptimo cielo"?

-No, no ¿Por qué "Helena de Troya"?

-Bueno… Yo...

-Mm-mmh- carraspeó Isaac, interrumpiendo por primera vez en toda la velada-. Un placer anunciarles que por lo que va del presente año, señor y señorita, son los primeros comensales en probar el delicioso platillo estrella que lleva el nombre de su creadora: "Helena de Troya" - sentenció poniendo frente a ellos un plato fuerte que se miraba delicioso- esperamos que lo disfruten.

-Muchísimas gracias...- rio Helga con dulzura. El chico se retiró y Arnold estudió en silencio el plato antes de comer, ya no tenía ansias, ahora podía figurar en cada una de las partes que le acompañaban al alimento.

Una carne de res jugosa y caliente reposaba justo en medio del plato, a un lado un aderezo como la mostaza pero ligeramente más opaco y trocitos de ajo frito en un medio círculo, colindando con un montón color rosa que derramaba algo parecido a jugo del mismo color. Rosa cristalino, como mermelada de fresa lisa. Fresas. El chico se alarmó, vio a Helga cortar un pequeño pedazo del fruto y juntarlo con uno de carne previamente fileteado. Lo mojó en el aderezo y se lo llevó a la boca.

-¡Helga!- Arnold empalideció de pronto levantándose de golpe. La chica saboreó despacio, agudizando sus sentidos y con los ojos cerrados. Tragó. Todo pasaba extremadamente lento. Ella lo miró y sonrió, divertida.

El Shortman recordó las miles de veces que ella disfrutaba de robarle su bebida en el cine cuando salían los cinco juntos. Phoebe y Gerald compraban bebidas de fresa y Lila de limón. Helga compraba Coca-Cola y Arnold de Cereza. Cuando la rubia terminaba el suyo se dedicaba a robarle a Arnold lo que restaba de la película, encogiéndose los hombros, alegando que era extremadamente alérgica a las fresas y que Lila se compraba siempre la presentación pequeña ¡No podía robarle a ella!

-¿Qué tan tonta me crees como para comer fresas de verdad, zopenco?

-¿Eh...?- el chico se había levantado de su asiento y acercaba la mano a Helga de manera temblorosa.

-Estas de aquí no son fresas reales. Las de tu plato sí, las del mío no. Sé que soy alérgica, genio, pero el platillo lleva esta fruta y a mí me lo cocinan con una alteración artificial. Pero gracias por preocuparte, cabeza de balón.

El chico se sentó, avergonzado. Miró el plato y siguió los pasos que vio anteriormente a su amiga rubia hacer, metiendo un gran pedazo de filete a su boca. Era muy rico, demasiado. Tenía un toque salado, pero también sabía dulce, un poco ácido y picoso. Comenzó a comer con más emoción a cada bocado, extasiado.

-Está delicioso- decía Arnold olvidando sus modales por completo.

-Está bien...

-¿Bien? ¡Es asombroso!

-Confía en mí, Arnold, está bien. Puede estar mejor- la rubia le sonrió confiada y tomó de su copa de nuevo.

-Entonces... ¿Te pusiste Helena de Troya por tu platillo de fresas y mostaza alterado?- la chica negó con la cabeza y se golpeó la frente con fuerzas, exasperada.

-Le puse así al platillo por mí, idiota. El sobrenombre nació... del apodo que me puso tu abuela.

-¿En serio?

Helga asintió con algo de vergüenza. El silencio los inundó a ambos. Entre telarañas que se tejían por el calor sobre sus pieles y las luces bajas, parecía que el Séptimo Cielo tenía un embrujo embriagador que congelaba el tiempo a su alrededor, acallando el bullicio, acercándolos sin moverse.

-Sé que tengo muchas otras preguntas que hacer pero en este momento no puedo pensar en todas, o en ninguna. Déjame hacerte más preguntas después de la cena, Helga, por favor.

-Me niego.

Arnold se miraba nervioso pero entendía que si su amiga no quería hablar de algo era su deber como amigo respetar su privacidad en el futuro. De pronto, con una media sonrisa, el rubio tendió la copa de vino a su compañera quien le miró sorprendida

-¿Podemos brindar entonces por la encantadora Helena de Troya y su maravilloso y bien merecido éxito neoyorkino?- la rubia lo miró con asombro por un par de segundos más y soltó un pequeño suspiro comenzando a sonreír chocando tiernamente ambas copas.

La música era animada, las velas iluminaban los ojos de Helga con fulgor, Arnold pudo sentir su alma escapando de su pecho durante lo que restó de la noche. Ambos se movían de un lado a otro, al ritmo del jazz, con conversaciones tranquilas y efímeras, absurdas pero cómodas. El rubio se sentía ligeramente embriagado y no sabía si era por la compañía tan hilarante de su amiga o el vino, pero al darse cuenta que la botella ya iba a la mitad tuvo que dejar la copa a un lado por su propia seguridad. Helga casi se burla en voz alta pero solo rodeó los ojos para no decirle nada a su samaritano amigo.

Pronto comenzó una canción que el rubio conocía y vio como varias parejas se levantaban a brillar en la pequeña pero acogedora pista de baile que se abría en medio de las mesas. Helga volvió a leerle el pensamiento y le negó fuertemente con la cabeza.

-Que ni siquiera se te ocurra…

-Señorita de Troya- dijo Arnold con propiedad de manera exagerada- ¿Me daría el placer de bailar esta pieza musical conmigo?

-No.

-Voy a reformular mi pregunta entonces y recuerda que no puedes mentir- dijo poniéndose de pie y cambiando la expresión por una sonrisa confiada y suave, la rubia sintió que el piso iba a empezar a dar vueltas y no necesariamente gracias al alcohol-. Helga ¿Quieres bailar conmigo?

-Eres de lo peor, Arnoldo- dijo, aceptando la mano de su amigo, dejándose llevar por este a la pista de baile donde todos les miraban expectantes y emocionados.

Si era completamente sincero, Arnold estaba seguro de que este había sido el día más bizarro de toda su vida, y él era el tipo de persona que no podía adjudicarse haber tenido una vida normal en lo absoluto. No obstante, había valido la pena en su totalidad. Cada tienda de ropa, cada esquina llena de autos y trafico, cada duda, cada segundo de incertidumbre que había experimentado ese día habían valido la pena. Tenía a la Pataki, o a Helga, o a Helena, o como ella quisiera ser llamada, entre sus brazos, y bailaban divertidos jazz, y eran mirados de manera curiosa y emocionada por toda la gente en el restaurante. Y ella sonreía, y eso era todo lo que Arnold necesitaba para sentirse satisfecho por primera vez en mucho tiempo.