Capítulo 6. El secreto para ser feliz.
Creo que algunas veces Helga es muy mala, pero otras, como hoy, puede ser muy divertida. Y cuando lo es... Bueno, me agrada mucho.
Eso había dicho Arnold hacía muchísimos ayeres y era verdad. Desde los nueve años él sabía que en momentos específicos Helga podía ser muy agradable, él sabía que dentro de ella había un alma suave y sincera que armonizaban la vida de los que la rodeaban.
Como si hubiera sido hecha a la medida, tenía la cantidad correcta de realismo e inteligencia como para alcanzar cualquier cosa que se propusiera, su corazón era noble pero su espíritu no mostraba debilidad alguna. Era una líder nata, bondadosa pero con los pies bien amarrados a la tierra, tenía sentido si toda Nueva York estuviera rendida ante ella de manera tan devota. Arnold se preguntaba si acaso era cuestión de tiempo para que él cayera rendido también ante ella, parecía inevitable. La revoltura de emociones que causaba la Pataki en su interior lo tenían acorralado.
Después de que todos los comensales se marcharon, Helga se encaminó a las grandes puertas de la cocina con elegancia y una seguridad desbordante. Arnold, caminando detrás de ella pero sin tanta seguridad casi queda cegado por la claridad de sus paredes blancas luego de abrir las puertas de par en par. Aunque el show que significaba atender el restaurante había terminado, aún quedaban muchísimas cosas por hacer y un tumulto de empleados le pasaban a la par, iban y venían, limpiaban y recogían con notable cansancio, guardaban los alimentos y lavaban los trastes, todo casi de manera robotizada.
Aun así, en cuanto la rubia pasó por las puertas del lugar no hubo uno solo de los trabajadores que no recibieran su llegada con aplausos, cariñosos saludos y vitoreos. A pesar de eso, casi nadie reparó en Arnold (de nuevo) durante un muy largo tiempo. Fue sino hasta que un grupito de meseras comenzaron a cotillear sobre lo guapo que era Arnold que Helga comenzó a prestar atención a los susurros que se daban a sus espaldas.
-¿Viste lo acaramelados que bailaron hace rato?- preguntó una por lo bajo.
-No cabe duda que son pareja- le respondió la otra.
La estruendosa carcajada de Isaac rompió la incomodidad que se había comenzado a crear en la atmósfera y todos dieron pequeño un respingo. Su risa era un tanto cruel y burlesca, ensordecedora. Todos le miraron mientras él se sobaba el estómago respirando con dificultad.
-¿Creen…? ¿Ustedes creen que él es su novio?
Arnold buscó la mirada de Helga en ese momento, quería saber qué tipo de reacción tendría y cuál de sus tres facetas se mostraría esta vez. A pesar de que pareció costarle una larga y profunda respiración el mantener la calma, Helga fue capaz de girarse con una sonrisa tranquila y comprensiva.
-Ciertamente no me gusta que se corran chismes detrás de mí, mucho menos en mi cocina, pero creo que es un muy buen momento para introducir a mi acompañante. Él es Arnold pero pueden decirle José Miguel- dijo Helga con una sonrisa casi burlona, Arnold la miró con los ojos entre cerrados, queriendo ocultar su molestia-. Es un amigo muy cercano mío y lo he traído para que trabaje con nosotros en el restaurante, por favor, ayúdenlo en todo lo que necesite y háganlo sentir bienvenido por favor.
-Venga, Helenita- dijo Isaac poniéndose a su lado de un salto- si vamos a hablar de esto de manera tan abierta tienes que saber de una vez que el rumor de que este renacuajo es algo tuyo no lo creemos solo nosotros...
-Eso lo cree todo Manhattan- completó la chica de cabello negro que los había recibido al principio de la velada, estirando a Helga la página de un periódico que tenía guardado en el bolsillo.
-No puedo creer que es el primer día y ya hayan chismes de mí impresos- dijo intentando parecer consternada pero maldiciendo por lo bajo con una sonrisa. En el papel se miraba una foto de Arnold y ella saliendo del avión de una manera demasiado cool para ser legal. Era un hecho que necesitaba hacerse de esa foto para su colección-. Lamento romperles el corazón a quienes creyeron que él era mi pareja pero este chico aquí presente no es mi novio ¡en lo absoluto! Viene conmigo como lavaplatos, de hecho- dijo mientras le despeinaba el cabello rubio con saña disfrazada de ternura.
Muchos dieron un suspiro de alivio más fuerte de lo que socialmente hubiera sido aceptable y el rubio se pudo dar cuenta de cómo todos cambiaron su celosa e incómoda actitud hacia él por una mirada de compañerismo y comprensión, casi como si lo hubieran adoptado de repente con un cariño inmensurable, haciéndolo parte de esta nueva y variada familia del Séptimo Cielo.
De hecho, los dos únicos molestos eran Arnold y su orgullo que ahora estaba por los suelos. No es como que hubiera esperado una respuesta diferente tampoco, era estúpido creer que por una cena bonita y un baile cursi de repente Helga mostraría intenciones diferentes pero, dentro del Shortman, la esperanza que había desaparecido luego del fiasco de San Lorenzo había logrado tocar la luz por un instante después de muchos años. Un instante que había terminado tan rápido como apareció.
Pasando de todo eso, el resto de la velada había salido bastante bien. El equipo entero brindó, bailó y compartió sonrisas e historias toda la noche. Helga dio un par de opiniones acerca de la cena, del servicio, dio una sabia y bastante acertada crítica constructiva a sus compañeros de trabajo con bastante elocuencia. Habló de las cosas que podían mejorar y los felicito por muchas otras.
Poco a poco, todos comenzaron a partir a sus casas e Isaac se ofreció a llevarlos al quinto, Helga accedió radiante.
Arnold reparó por tercera vez en él mientras iba sentado en la parte de atrás del engomado y cómodo auto de Isaac, completamente ignorado y solo. El moreno era visiblemente más alto que él. Se miraba apuesto, divertido, galante. Trabajador, millonario, bromista, probablemente universitario, pelinegro y con un sin fin de temas de conversación. Era el sueño de toda chica de preparatoria y Helga, en efecto, era una chica de preparatoria. Luego meditó sobre Helena: rubia, alta, supuestamente universitaria, guapa y, aunque no estaba dispuesto a decirlo en voz alta, endemoniadamente encantadora. Risueña, talentosa, graciosa, inteligente, independiente... El sueño de cualquier chico preparatoriano. Él era un chico preparatoriano, demonios. No pudo evitar odiarse a sí mismo profundamente en ese momento.
Arribaron rápidamente, Isaac le abrió la puerta a Helga y ella le pagó con una sonrisa satisfecha.
-¿No quiere que le haga compañía, señorita?-preguntaba mientras ignoraba completamente que Arnold había quedado encerrado dentro del automóvil.
-Tengo compañía, Isaac.
-Si esa es tu única excusa para no pasar la noche conmigo entonces podríamos decirle al lavaplatos que se vaya a dar un par de vueltas en el auto, deshacernos de él no puede ser un gran impedimento- decía casi murmurando a Helga para hacerla reír.
-Eso no va a pasar- dijo Helga mientras se encaminaba a la entrada de su ostentoso hogar.
-Uno hace el intento.
-No siga intentando, por favor- le respondió Helga, peligrosamente cerca de su rostro mientras le abría la puerta al Shortaman sin siquiera mirarlo- la respuesta siempre será un rotundo no.
-No seas así, Lena. La esperanza es lo último que muere ¿No?- rió el moreno regresando al interior del vehículo mientras Arnold le dedicaba una mirada de hartazgo.
-Pronto tendremos que vestir de negro porque tu esperanza está a punto de morir- amenazó Helga sin dejar de sonreír.
-¡Te enamorarás de mí, Helena de Troya! No descansaré hasta que suceda.
-De ser así, morirás demasiado pronto por falta de sueño y a quien terminaremos velando será a ti, Isaac.
-Por usted yo moría, mataba y volvía a morir, reina mía- dijo con una expresión de total seriedad mientras arrancaba el vehículo.
- No te creeré hasta que yo misma te sepulte- le gritó la rubia con una sonrisa maravillosa y tranquila que no combinaba para nada con sus palabras mientras el auto se alejaba-. Demonios, como me encanta ese idiota- dijo Helga con un suspiro cuando se quedó a solas con Arnold, el chico la miró alarmado por la revelación y Helga soltó un gruñido de exasperación-. No de esa manera, tonto. Es en verdad divertido este juego de que me ame y yo lo rechace. Isaac es como un hermano para mí, uno muy, muy, muy raro.
Entró junto a Arnold al edificio y subieron al quinto con pesadez. Cada quien se dirigió a su habitación y se despidieron con un gesto.
¿Y si no era un juego? ¿Y si Isaac realmente estaba enamorado de ella? Todo estaba pasando muy rápido por la cabeza del Shortman. Lo único que Arnold sabía por seguro es que a él Helga le gustaba, le gustaba muchísimo. Pero de eso a sentir algo parecido a los celos o a tener un nuevo rival, bueno, tenía que ser una broma.
En Hillwood, Helga contaba con clubes de admiradores pero no eran más que niños precoces y masoquistas que la admiraban por los pasillos. Además, ella nunca había dado un indicio de que una relación amorosa pudiera entablarse con nadie, ni mostró interés particular por pasar tiempo con algún chico especial, excepto por tal vez Gerald y él. Pero el primero era novio de su mejor amiga y el segundo era su propio mejor amigo. Sin embargo, ahora, en esta extraña ciudad todos estaban completamente enamorados de ella. Sin excepción. Y ella aceptaba que Isaac le pasara un brazo por su cuello y que le hablara en el oído. Aceptaba cosas que Arnold, en quince años, ni siquiera se había planteado en lograr. Si bien, Isaac era algún tipo de tío o algo por el estilo, esa fachada familiar falsa no lograba engañar a nadie.
Arnold se dio cuenta de que nunca se había sentido tan común y corriente como en ese momento. Tan del montón. Tan simple, reemplazable y sin chiste.
Se acomodó sobre las cobijas incómodo por ese pensamiento ¿Hacía calor o era su cabeza intentando desviar su atención de todas las emociones que se le arremolinaban en el pecho? Sin prisas comenzó a quitarse la ropa hasta quedar en calzoncillos bajo las sábanas. No era una jugarreta de su mente, en serio que hacía calor. Desde su habitación podía verse la mejor vista a Central Park de todas y, a lo lejos, los tenues brillos de la ciudad se asomaban con serenidad. No faltó mucho para que, a las tres y media de la madrugada, perdiera la conciencia cayendo en un profundo y cansado sueño profundo.
-O-
-Levántate, maldito flojo exhibicionista.
Arnold apenas pudo abrir los ojos con cansancio y dificultad. Enfrente de su cama una sonrojada pero amenazadora Helga se erguía sin poder siquiera mirarlo. Le tomó un par de segundos despertarse del todo y se fijó en sus piernas casi completamente descubiertas. Se cubrió rápidamente con lo primero que estuvo a su alcance y la chica pudo al fin mirarlo, regalándole una desaprobatoria y cruel mirada tan digna de la Helga que él conocía.
-A ver, esclavo, que te quede claro que desde hoy trabajas para mí, además de que duermes y comes en MI casa. Si te vuelvo a ver tan exhibicionista juro que te haré darle una vuelta a la cuadra exactamente como estés- la Pataki lo miró endurecida y ponía una mano en su cadera, autoritaria.
-Helga...
-Hel- corrigió- dime Hel. ¿Qué haré si la prensa te escucha llamarme Helga? Eres un desastre, Shortman. Ahora para tu trasero y cámbiate, es hora de correr.
La rubia salió enfurecida y en la sala soltó un suspiro realmente largo. Su corazón iba muy rápido pero lo había hecho bien ¿No? El tonto se lo tragó todo y no se dio cuenta de lo mal que la había puesto verlo en ropa interior ¿Cierto?
-¿Esclavo...?- murmuró Arnold en soledad, poniéndose un pantalón tipo pans nuevo y una playera blanca muy ligera, encontrándose con Helga breves momentos después de cepillarse los dientes, quien bebía un jugo de color verde complacida, ansiosa y ceñida.
Conocía esa mirada, lo que fuese que estuviese por pasar no sería bueno, nada bueno.
"Cinco vueltas a Central Park, cincuenta abdominales y cincuenta lagartijas con Helga gritando en su oído lo flojo y débil que era", así podían resumirse todas sus mañanas desde hacía ya una semana. A la una de la tarde se iban al Séptimo Cielo y él limpiaba el establecimiento de pies a cabeza. Trapeaba, acomodaba, aseaba y asistía a los cocineros que eran regidos por Helga quien mostraba una cara suave, gentil pero perfeccionista cuando se trataba de su personal.
De vez en vez, la muchacha caminaba y se paseaba moviendo las caderas con firmeza por cada una de las áreas de la cocina con suspicacia y veracidad felina. Era el claro ejemplo de decir "rana" y ver a todos saltar. Revolvía y agregaba tal o cual especia con sutileza, probaba y juzgaba con la mano en la cintura. Le daba su estilo al patillo y felicitaba a sus compinches con una amabilidad que a los ojos de Arnold se veía demasiado falsa para ser verdad. Una líder que se mordía la lengua en repetidas ocasiones para tragarse sus malas palabras y siempre dar una suave y falsa sonrisa que todo el mundo menos él parecían tragarse sin problemas.
Por su lado, él lavaba los platos.
Helga pasaba gran parte de su tiempo dedicaba estrictamente a la preparación de su platillo personal. La porción y presentación. Los condimentos y la dirección a donde se batían los aderezos de mostaza y aceite. Cuando el restaurante abría sus puertas todo era una pesadilla. Las órdenes de ese platillo salían por decenas. Todos los comensales lo pedían sin piedad y, sin que el rubio lo entendería del todo, ella se las arreglaba para que al finalizar el día todos salieran del establecimiento contentos del lugar, eso incluyendo a los empleados. Y es que a pesar de ser una inexpresiva, rígida e inquieta persona, siempre terminaba mostrando parte de esa blanda empatía y madurez tan característica de ella.
-Felicita en púbico, asesora en privado- decía siempre con una sonrisa.
Era un jefa agradable, quizá a veces demasiado, excepto para Arnold, quien tenía que aguantar todo el peso de la mano Pataki de sol a sol.
-Debe ser un sueño- comentó Fernando, un chico de cabellos castaños sentado a su lado- vivir con la jefa Helena parece demasiado bueno para ser verdad.
Arnold lo miró mosqueado mientras tomaban el almuerzo juntos. Entendía porque para todos, él estaba viviendo en el paraíso pero dentro de él sabía que no podían estar más lejos de la realidad. A veces Helga lo ponía a lavar dos veces alguna decena de platos por puro gusto con una excusa barata y con una voz tan tranquila que nadie creería que fuera con el simple afán de molestar. Pero lo qué más le fastidiaba de todo era Isaac, obviamente. Y es que aunque la mujer le pudiera mandar ignorar igual que a todos los demás él siempre le decía algo, en voz alta o en el oído, que la hacía sonreír embelesadoramente.
¿Por qué la hacía sonreír? ¿Qué tanto podía él decirle que la hacia sonreír de manera tan bonita? No olvidaba esa vez en la que la chica tropezó en pleno servicio, cayendo en los brazos de Chris quien la ayudó por poco a no azotar contra el suelo.
-Lo siento, he estado muy… distraída últimamente- se disculpó en voz alta mientras todos le miraban de reojo de manera curiosa. La verdad detrás de eso era que le ponía nerviosa la simple y sencilla presencia de Arnold a toda hora cerca de ella. La miraba con admiración y devoción, como esperando algo de ella a todas horas, corriendo la mirada despavorido cuando le encontraba devolviéndosela, nervioso. Eso la hacía perder la cabeza como nunca antes.
-¿Princesa, te has masturbado con más frecuencia últimamente?- inquirió Isaac pensativo, como si fuera lo más normal del mundo. Todos se rieron entre incómodos y divertidos y aunque Helga tuvo que ocultar como apretaba los puños molesta por el comentario voraz se limitó a responder.
-Por todos los Dioses, por supuesto que no ¿Eso a qué viene, Isaac?
-Dicen que eso puede aumentar la distracción y reducir la atención de los actos, volviendo a uno más torpe. Tu amigo aquí quizá pueda dar testimonio de eso- susurró, causando el sonrojo notorio en Arnold y que las cacerolas que llevaba en brazos cayeran al suelo- ¿Ves?
Todos rieron con fuerzas de nuevo, en especial la rubia.
-Pues no, mi placer personal está cubierto, pero gracias por preguntar.
-¿Segura? Yo te puedo ayudar con eso...
Arnold tenía un límite y este había empezado a ser invadido por la coqueta mirada de Helga que obviamente no era dirigida hacia él.
-Si haces otro comentario así estas afuera de mi cocina, Isaac- le dijo sin dejar de sonreír. Todos de repente estaba super concentrados en sus tareas y habían dejado de reír de golpe.
-Sí, señora- respondió el moreno, volviendo a trabajar sin decir una palabra más.
Como fuera que fuese, la paga era semanal y estaba lejos de ser poca. Helena de Troya descansaba los lunes y algunos miércoles, días de poca venta y Arnold descansaba los mismos días, intercalados cada semana. No fue hasta que uno de esos días, casualmente, Olga los invitó a la ópera con ella que todo dio un inesperado giro.
-Vamos, Helena, por favor- rogaba Olga a sus pies.
-Olga... Sabes que me gusta mucho la opera. En serio... Pero no tengo tiempo, estaba pensando escribir toda la tarde.
Porque sí, los días de descanso Helga se encerraba en su estudio a escribir todo el día, saliendo a comer ocasionalmente y paseando por la casa en pijama todo el día, en busca de algo de inspiración. Por otra parte, Arnold tenía una rutina completamente diferente. En su incomprensible curiosidad, salía a caminar y pasearse un poco cerca de casa por horas, tomaba fotografías de cada luz y gato que veía, guardándolas para enseñárselas posteriormente a su mejor amigo. Comía un helado por allí y compraba una bebida por allá con los audífonos a todo lo que daban. En cuanto su pila sonaba con un 15% de batería él sabía que era hora de regresar.
-Te alegraras al saber cuál es…
-¿Desde cuándo te gusta la opera?- preguntó Arnold, lo suficientemente bajo para no ser escuchado, o quizá para ser ignorado.
-Hay una sola respuesta posible a esa pregunta que me haría querer ir- tanteó Helga, curiosa.
-Lo sé- sonrió la mayor.
-No te refieres a...
-Es "La Bohéme"…- dijo Olga casi cantándolo. De un momento a otro, Helga corría a su habitación a toda velocidad para cambiar sus casuales ropas por algo obviamente más ostentoso-. Vamos por algo para ti- ofreció Olga con una sonrisa satisfecha hacia Arnold, quien se dejó llevar- si ella sale y no estás listo te matará.
Ambos rubios entraron a la habitación del chico y ella se dedicó a sacarle un elegante traje negro. Cuando él hubo terminado se sentaron en la sala, esperando a la que parecía reina del lugar, en silencio.
-Tengo que agradecerte por no haber sido tan prejuicioso con ella- soltó Olga de la nada, llamando la atención del rubio-. Sé que es una situación complicada y que no debe ser fácil para ti adaptarte a toda esta nueva cosa de Helena y demás. Solo quiero que sepas que aprecio que cuides y respetes tanto a mi hermanita bebé, lo digo de corazón, Arnold. A veces puede ser demasiado insegura, ya lo has visto, tuvo que crear toda una nueva personalidad para poder creer que es capaz de hacer cosas grandes. Aunque pueda ser difícil de entender, aprecio que te esfuerces por hacerlo y no sabes cuánto significa esto para mí, Arnold, te lo digo de corazón.
-No tienes que agradecer nada Olga, Helg... Helena es mi amiga y haré cuanto ella me pida para respetar su vida y su privacidad- murmuró con la mayor sinceridad posible. El silencio se hizo entre ellos de nuevo y el Shortman de repente se dio cuenta de que algo no cuadraba bien con toda la historia que le había contado Helga, se giró a Olga intrigado-. Oye, Olga, no sé porqué pero tengo la ligera impresión de que hay algo que aun no entiendo ¿Qué tú no eras maestra?- inquirió el muchacho, sacándola fácilmente de sus pensamientos.
-¿Qué...? Oh ¡Ah! Claro, Arnold, SOLÍA ser maestra...-rio-. Pero cuando vine a visitar a la abuela me encontré con Broadway y, bueno, no me dejó escapar... Te estoy hablando de hace más de diez años. Por aquellos entonces comencé a estudiar actuación como pasatiempo y de pronto, sin darme cuenta, yo ya era una actriz. Seguía ejerciendo de maestra, como en la P.S. 118, inclusive me fui a Alaska por un tiempo definitivo... Pero los escenarios siempre me llamaban de nuevo y cada vez que venía de visita mi estancia era más y más prolongada. Un día simplemente desperté y supe que aquí era donde pertenecía.
-¿Y fue difícil? Me refiero a tener que dejar todo lo que tenías antes de esto.
-Bueno, no sé si difícil sea la palabra correcta. Fue un cambio muy gradual ¿Sabes? Comencé a juntar pequeñas fortunas en el banco y como por arte de magia, mi nombre era poco a poco cada vez más conocido en los teatros. No fue hasta que me animé y tenté suelo televisivo que mi fama se disparó. Lo hubieras visto, Arnold, tenía contratos por todas partes, no te quieres ni imaginar- el aludido escuchaba atento, entretenido y enternecido por la sinceridad de la Pataki-. Yo aun vivía con el abuelo Joel y seguía juntando dinero. Miles y miles que yo prefería no mirar. Entonces Helga comenzó a hacerse famosa y, bueno, fue cuando realmente todo floreció. Ahora puedo pasar tiempo de calidad con mi hermanita, vivir de lo que me hace feliz y mira, ¡Que vivo en un Pent-house!- soltó con algo parecido a una risa mientras la feliz mirada se paseaba por el lugar, deteniéndose en Arnold de nuevo
-¿Y extrañas tu antigua vida?- preguntó el rubio con genuina curiosidad.
-Por supuesto que sí, todo es siempre va a formar parte de la persona que soy. A veces extraño tanto a mis alumnos que no puedo evitar hablarles más de dos veces por semana, sigo yendo de visita de vez en cuando, ya más como una amiga que como maestra. Quieras o no mis alumnos ya no son niños, ahora tienen prácticamente tu edad- le miró con ternura fraternal- aunque si te soy totalmente honesta, estoy segura de que algún día venderé todo esto y me iré muy, muy lejos de aquí. Me casaré y me esconderé del mundo en una pequeña granja en Singapur... Y sabré que hice lo que quise y que la gente que amo está bien. Al final, a eso venimos a este mundo ¿No crees? A hacer felices a las personas que amamos. Y por ende tenemos que amarnos a nosotros para poder hacernos felices a nosotros mismos. Nunca lo olvides, Arnold. Es por eso que no me siento mal por haber dejado la enseñanza por la actuación, tenía que ser fiel conmigo misma y a la primera persona a quien tengo que alegrar es a mí... Gracias a eso conseguí ser la persona que soy ahora y déjame decirte que soy muy feliz.
Ambos se quedaron en silencio, en uno profundo y cómodo. El rubio nunca se había puesto a pensar que Olga pudiera tener pensamientos así... Mínimo no de una manera tan pura. La miró y notó que ella hacia lo mismo. Le regaló una sonrisa encantadora y se escuchó que Helga salía corriendo con un vestido negro lleno de lentejuelas, perfecto para la ocasión.
-¿Qué demonios esperan? ¡Vámonos ya!
