Desde aquel día, Arnold había cambiado su perspectiva de todo lo que sucedía alrededor de una drástica y abismal manera. Cada día que despertaba no podía evitar preguntarse ¿Estaba haciendo algo que realmente contribuía a su felicidad? ¿Estaba valiendo la pena todo eso? No lo sabía, y el picante sabor en los labios por la incertidumbre le hacía huecos en el estómago ¿Pero por donde empezar? Creo que lo primero y más importante era tener en claro ¿Qué es lo que hace feliz a Arnold Phill Shortman?
Mientras lavaba los trastes en el trabajo se preguntaba lo mismo de todos en la cocina, de Gerald, de todos sus amigos y de su familia. Temía porque sus padres y sus abuelos no fueran felices. Temía porque en el futuro Geraldine pasara por la misma situación. Temía porque sus abuelos no hayan sido lo suficientemente felices y porque sus amigos ahora mismo no lo fuesen. Algo que irremediablemente lo llevó a pensar ¿Helga era feliz?
Fue entonces cuando, a la mañana siguiente de ir a ver ópera a un lado de una apasionada Helga que sorpresivamente se sabía casi todas las canciones en italiano, se dijo a si mismo algo que hacía ya mucho tiempo se había dicho dentro de un sueño: Si voy a vivir con Helga G. Pataki las cosas van a ser diferentes.
Sin embargo no iba a ser tan fácil como hablar con ella y ya. No. Constaría entonces de hacer un cambio en sí mismo primero para poder tomar el control de la situación. Inició por cambiar de rutina, dejar de correr por el mismo sendero que todas las mañanas era un muy buen primer paso. Al principio Helga se detuvo y le indicó su error, que estaba equivocándose de camino, él respondió alegremente que se sentía con ganas de improvisar. A la Pataki, ir atrás de alguien le molestaba a sobre manera se sentía como si estuviese gritando en silencio y de manera muy directa que ella no estaba mandando allí, situación con la que no terminaba de sentirse cómoda, pero accedió a seguir a Arnold cada que a él se le ocurriese correr por una ruta distinta sin poder decir que no a la bella sonrisa que lo acompañaba.
Después de eso hacía unas cuantas abdominales y lagartijas más de las que la rubia le pedía y lo peor de todo es que no se abstenía de sonreír incluso con la mirada mientras lo hacía. Helga le gritaba cada vez menos y su cuerpo se acostumbraba cada vez más después de la segunda semana. Tanto ejercicio iba a comenzar a dar frutos pronto.
A veces llegaba y se dedicaba a prepararle el desayuno a Olga mientras Helga tomaba una ducha, sentándose a conversar con ella rutinariamente. De pronto y por obvias razones, Olga se convirtió en un símbolo de su admiración y firmó lugar dentro de su lista de personas favoritas, justo debajo del Sr. Simmons.
En el trabajo se reprendió a sí mismo, dando por hecho que de ahora en adelante todo sería diferente ahí también. No dejó que Helga lo intimidara y dejó a su inmensa curiosidad guiarlo por nuevas rutas y aprendizajes fuera de su zona de confort. Cuando menos se dio cuenta ya sabía hacer un montón de cosas nuevas: la zona de preparación de alimentos, el proceso de fechado, la gestión y evaluación de cada uno de los platillos. Siempre se ponía los audífonos a tope y se dedicaba a lavar con rapidez todo lo que pudiese para que, a escondidas, Marcos le enseñara la magia de cortar verduras en una cocina. Se tardó un par de días en aprender el truco pero un par de días bastó para que Helga se diera cuenta de ello también.
La chef se aproximó a ambos chicos con el sombrero alzado y los miró con seriedad, el maestro agachó la cabeza y el aprendiz, quien esta vez era Arnold, empalideció cuando la chica le arrebató el cuchillo de las manos.
-En esta cocina tenemos reglas- pronunció la rubia en voz alta, tomando un fruto verde del cual Arnold desconocía el nombre por completo, sacándole con el filo la cascara-. Si bien una muy importante es que tienes que hacer con pasión tu trabajo...- dijo mientras cortaba el fruto de manera olímpica, arrastrando los finos cuadritos a una coladera que reposaba a su lado- la segunda más importante es que es indispensable una buena comunicación ¿No es así, Marcos?- dijo sin dejar de mirar a Arnold, se acercó peligrosamente al rostro del rubio y encajó el arma blanca en la tabla detrás de él, a un lado de su mano, haciéndola retirar casi de inmediato- no me gusta que hagan las cosas a escondidas dentro de mi cocina, Shortman- dijo, con una sonrisa que Arnold sabía no significaba nada bueno- si hacen algo a espaldas mías irremediablemente lo sabré y no me gustaría tener problemas con ninguno de los dos. Si querías intentar algo nuevo solo tenías que decirlo, Arnold...- confesó la chica casi afligida, sin saber muy bien que emoción demostrar y sin poder dejar de mirar la cara del rubio tan cerca de la suya.
Ambos chicos asintieron sin decir palabra y sin color en los rostros tampoco, con las piernas temblando. Todos se habían quedado en silencio, por respeto, por temor de ser los siguientes, pero continuaron con su hazaña segundos después del espectáculo. Era gracioso, cada que Helga lo regañaba o algo por el estilo parecía que en la cocina lo iban uniendo cada vez más y más a la familia. En los ratos de descanso, se sentaba con Isaac y con otros tantos empleados a conversar un poco mientras comían, en unas sillas detrás de los refrigeradores.
– ¿Y cómo es ella allá en Alaska?- preguntaba Marcos emocionado.
–Ella, bueno, es un poco... Distinta.
–Me imagino que todos deben estar enamorados de la señorita de Troya...
–Y debe de estar estudiando la carrera de gastronomía ¿No?
–Debe de ser el paraíso ir en la misma clase que ella...
– Okay, okay- interrumpió Isaac- dejen que el chico respondan una a la vez ¿Quieren? Muchacho...
Para sorpresa totalmente inesperada de Arnold, Isaac había resultado ser un buen tipo después de todo. Siempre y cuando Helga no estuviera cerca, él se encargaba de abogar cuando la torpeza del Shortman se asomaba. Además, al principio fue el primero en acercarse a compartir el almuerzo con él. Inclusive lo invitó a jugar baloncesto el próximo sábado en su casa.
–Bueno, ella es... agradable- dijo intentando encontrar las palabras correctas, sin tener que mentir- casi todo el tiempo está bastante... bien.
– ¿Bien?- cuestionó Violeta, la chica de cabello negro que recibía a los comensales en las puertas delanteras.
–Sí... Quiero decir, no sé que tan indicado sea para mí decirles esto, sé que tienen un esquema bastante positivo de Helena pero digamos que ella simplemente es mucho, y cuando digo mucho, es muchísimo. Ella simplemente es demasiado-dijo haciendo una mueca-. Se la pasa con sus amigos, incluyéndome, y bueno no se lleva muy bien que digamos con las demás personas, simplemente es el tipo de persona que no hace muchos amigos.
Todos se miraron asombrados y con una telepatía masiva soltaron una gran carcajada.
–¿Romper nuestro esquema positivo? ¿Estás bromeando, hermano?- reía Chris con fuerza mientras ponía su enorme mano sobre el hombro del rubio.
–Oye, amigo- dijo Isaac apenas dejando de reír- ¿No te das cuenta? Nos halagas, hermano. Que ella es más retraída y reservada allá, bien, eso significa que nos quiere más a nosotros que a ustedes. Siempre tuvimos la duda.
–Bueno, pero ahora vamos con lo importante ¿Qué con los pretendientes?- animó la pelinegra, poniendo su total atención al rubio.
–Tiene varios, pero no son algo que se diga "pretendientes" en realidad. Son chicos de grados menores que le tienen un respeto increíble por ser... tan asertiva. Pequeños masoquistas precoces, les decimos.
Las carcajadas rompieron de nuevo y muchos se sobaban el estómago con fuerza.
–Entonces era como suponíamos...
–Y la pregunta más importante de todas puede ser planteada.
–¿Por qué demonios regresa?- a completó Isaac incrédulo-. Todos aquí tuvimos el "placer" de conocer al señor Pataki...
–El tío con el que vive ¿No?- inquirió otro chico allí.
–El padre de su prima Olga, sí.
–Es un fastidio- resopló Marcos.
–Lo es, siempre se olvida del nombre de Hel... Helena- dijo Arnold con razonable indignación-. Y Miriam, su tía, se queda dormida todo el tiempo. Solo esta despierta cuando habla con mi madre o con Olga porque hacen esa estupidez de ponernos como pareja todo el tiempo- suspiró Arnold, cansado-. La conozco desde que tenemos tres años, es algo normal que nuestras tutoras se alboroten pero cuando ella se enteró de sus tonterías no quiso verme en un mes. Yo las dejaba decirlo que fuera porque Helena no se enteraba y yo, bueno, puedo ignorar ese tipo de cosas con facilidad. Pero ella... No. Ella suele ser más explosiva que yo y demostrar sus emociones de maneras poco convencionales.
–¿Y se enojó mucho?
–Muchísimo. Más que nada se sintió que nos burlábamos de ella a sus espaldas. Quiero decir, mis padres le pusieron a mi hermana menor su nombre pero de eso a creer que la madre de tu mejor amigo y tu... Tía se la pasan hablando de cómo serían sus hijos hay una diferencia enorme.
–Y tú...- interrumpió Violeta el silencio que se asentó después de eso- ¿A ti te gusta?
–PFF, Violeta... ¿Qué tipo de pregunta es esa? Claro que le gusta, cabeza de chorlito- dijo el moreno, revolviendo su cabello- ¿No vieron la carita que puso cuando dejo en claro que él era el lava platos?
Todos rieron de nuevo, excepto Arnold, quien se sonrojaba con rapidez.
–Qué crueles- decía Chris, siendo él el que más rio.
–Tranquilo, chico... Todos lo aceptamos en su momento- lo animó Marcos, sonriente.
–Es que yo no...
–Ay, no te hagas del rogar, acéptalo, picaron.
–Pero yo...
–Vamos, dilo, dilo- insistía Isaac casi de manera amenazante. Todos lo miraban, como esperando las palabras mágicas. De cierta manera era como estar en compañía de sus compañeros de clase pero de una manera un poco más bizarra. Sonrió. ¿Qué más daba? Eran amigos ¿No? Ahora eran algo como una familia.
–Bien, quizá ella me guste un poco...- y eso bastó para que el lugar estallara en risas y felicitaciones. Además de palmaditas en la espalda llenas de empatía.
–¿Qué es todo ese sonido de allá atrás?- preguntó Helga dirigiéndose a ellos, todos comenzaron a recoger sus basuras del almuerzo y escaparon tan rápido como pudieron, entre risitas ahogadas y murmullos emocionados.
Esa noche Arnold se dio cuenta de una verdad insufrible. A él le gustaba Helga, sí. Lo sabía. Pero es que era así de cierto y así de normal, el cielo no se caía a pedazos y él seguía respirando. A diferencia de los otros chicos él tenía todo el año para conquistarla... Y aunque el sentimiento dentro de él tampoco había cambiado, ahora podía estar seguro de que no se trataba más de 'la emoción del momento'. Le gustaba, le gustaba muchísimo. Aunque lo ponía muy incómodo verla tan sofisticada como Helena y aunque a veces tampoco podía evitar sentirse frustrado por la rudeza de la Pataki, no podía negarlo, Helga lo volvía loco.
Entonces, esa noche, cuando iban en el elevador de regreso al departamento, luego de salir a comprar algunos materiales que necesitaba Helga de último minuto, él tuvo que armarse de valor e hinchar el pecho como nunca antes lo había hecho.
–Helga...
-Te dije que no me llamaras así- respondió de malas mientras tecleaba en su celular sin siquiera mirarlo.
–Sí, perdón, Hel, me he dado cuenta y... No lo había notado pero hay muchos chicos a quienes les gustas aquí en Nueva York ¿No?
–Sí ¿Y?
-Pues, tenía la curiosidad de saber si es que acaso a ti te gusta alguno de ellos.
–A ti qué te importa- respondió Helga aún sin dignarse a mirarlo.
–¿Puedo tomar eso como un sí?
–No es tu asunto.
–Vale, vale... Tenían curiosidad porque apenas me había percatado de esto y...
–Típico de ti, cabeza de balón, eres el último en enterarse de todo.
–Sí, bueno... Quizá sí soy algo soso a veces.
–¿Algo?- preguntó- ¿A veces?
–Lo que intento decir es...-apresuró Arnold mientras el elevador se detenía y las puertas se abrían frente a ellos. Ambos bajaron y Arnold le abrió la puerta del departamento, para que ella pasara primero- creo sinceramente que deberías darle la oportunidad a alguno de ellos.
La chica lo miró con mala cara mientras se quitaba el saco y lo dejaba a un lado de la puerta, colgado. Llevaba una falda color acre y una blusa de licra manga tres cuartos de color negro, su cabello estaba en una media coleta hacia atrás y Arnold tuvo que morderse la lengua para no dejar un suspiro por lo bella que se veía su compañera esta noche.
–Repito porque parece que además de tonto también eres sordo Arnoldo: que no-es-tu-asunto.
–Vamos, ¿por qué no le das una oportunidad a alguien? ¿Por qué te cierras a las posibilidades?- exclamó con una sonrisa inocente, alargando los brazos.
Los rubios caminaron a sus habitaciones, una frente a otra. Helga tenía la intención de entrar a su habitación y dejarlo colgado pero se detuvo y suspiró en contra de la puerta de su propia habitación, mirando al suelo por un par de segundos y luego, lo miró.
–Yo no… No he encontrado a alguien que valga la pena...
– ¿Isaac no vale la pena?
–Isaac es mi tío, idiota. Además, a todos ellos les gusta la florecita primaveral de Helena, con sus colores brillantes y sus talentos brillosos. Están enamorados de alguien que no existe. Yo solo pretendo ser Helena una vez al año, un par de meses, como el fragmento de una muy muy bizarra fantasía...
–A mí me gustas, Helga- dijo el chico de repente, soltando una frase tan poderosa como si fuera nada, dejando a una rubia helada y temblorosa- si te soy completamente sincero, creo que muy dentro de mí sé que siempre me has gustado. Espero que algún día te des la oportunidad de conocer a alguno de nosotros y darnos una oportunidad. Si bien, tal vez a muchos les guste el cálido y falso sol de primavera que transmite Helena, existimos aquellos que nos enamoramos irremediablemente del otoño, quizá sin tantas flores pero bello a su manera y fuerte, como tú, Helga.
Dicho esto entró a su habitación, alarmado por el inmenso silencio que se oía en el pasillo. Sentía su corazón latiendo a todo lo que daba. Unos minutos después Helga murmuró un par de maldiciones que no pudo entender y dio precedió a azotar la puerta de su recámara detrás de ella.
El primer paso había sido dado, el segundo ahora constaba en que Helga tuviera el valor para darlo.
