Capítulo 8. Isaac, el villano jurado

El tiempo que pasó después de esa conversación había sido bizarro. Helga no podía mirarle a la cara y se notaba incómoda la mayor parte del tiempo. Sus constantes insultos y groserías se habían detenido abruptamente y el Shortman no pudo evitar sentirse profundamente culpable ¿Es que le había dicho algo malo? Creyó que con esa fugaz declaración quizá Helga se plantearía de nuevo tener algún tipo de relación con él, sin embargo, la respuesta fue completamente contraria.

Ella había dejado de acompañarlo a correr por las mañanas, ahora raramente la veía fuera del trabajo y su semblante era más apagado. Como si Helena hubiera tomado el control de su cuerpo de manera definitiva, se limitaba a ser falsamente cordial y a evitarlo a toda costa. Todo estaba yendo terriblemente mal.

Sin darse cuenta, el segundo fin de semana en Nueva York estaba a la vuelta de la esquina. Arnold había quedado de ir a jugar baloncesto a casa de los abuelos y Isaac había pasado a recogerlo un Viernes por la mañana.

-¿Estás seguro que sabes jugar este juego? No quiero sonar prejuicioso pero dudo que las personas de Alaska sean buenas en el balonces…-pero antes de que terminara la frase Arnold había ensartado la pelota con un tiro perfecto del otro lado de la gigantesca cancha que se abría en el gimnasio subterráneo de la mansión Smith, regalándole una sonrisa confiada al moreno-. Vaya, con que esto va en serio- dijo yendo por la pelota- juguemos en serio entonces.

Así empezó un reñido encuentro entre los dos jóvenes, entre vivaces movimientos y miradas de concentración total, jugaron por al menos una hora completa, casi sin cruzar una sola palabra.

Arnold entendía ahora que el sentimiento que tenía en el estómago era exactamente el mismo que lo había invadido en la camioneta al conocerlo, el mismo que lo inundó encerrado en la parte de atrás de su auto, la misma que sentía cada que Isaac lanzaba elegantes pero tediosas frases de coqueteo a Helga. Eran celos. Era una competencia de superioridad que había sido ajena a su persona hasta ese momento. Él jamás creyó que llegaría a sentirse así por algo o por alguien, porque sabía que la rubia no era un trofeo, no era algo que ganar con ingeniosas frases y con una tonta partida de baloncesto. Pero aun sabiéndolo no podía apaciguar ese sentir dentro de él, que a pesar de ser un gran motivador, lo hacía sentir avergonzado.

Con el Shortman a la cabeza en puntos, ambos se tiraron rendidos a un lado de la cancha, tomando agua de manera exhaustiva y empapados de sudor.

-Debo aceptarlo, eres muy bueno, viejo- dijo Isaac cuando al fin pudo articular algo.

-Gracias…

-¿Dónde aprendiste a tirar así? Es alucinante tu puntería.

-Lo juego desde que era pequeño, supongo que es la práctica.

Después de otro silencio prolongado, Isaac se puso de pie y se estiró en su lugar.

-Recordaré este día por mucho tiempo, Arnold Shortman. Aunque si te soy sincero, gracias a este juego puedo darme cuenta de que no tengo nada de qué preocuparme… Lena no te elegiría ni en un millón de años.

-¿Disculpa…?- respondió el aludido casi escupiendo el agua.

-No sé, cuando te conocí me entró curiosidad, Lena nunca hablaba de ti ni de nadie en casa y que de repente te trajera con ella… Parecía una broma. Creí que tendría competencia por un rato o algo pero, es obvio que no.

-¿De qué hablas? Si te das cuenta de que estás hablando de Hel como si ella no tuviera voz ni voto en esto ¿Verdad?- preguntó indignado.

-Ah, así que sabes a lo que me refiero- dijo dándole una mirada altanera y de desprecio, sin dejar de sonreír-. Y no necesito toda tu palabrería pretenciosa, Arnold. Sé que igual que yo, la quieres para ti, muchos lo hacen, pero en la carrera creo que somos los que vamos más parejos. Por alguna razón que desconozco, la haces sentir muy nerviosa, eso me puso nervioso a mí en su momento- dijo de pronto muy serio, poniendo una mano en su mentón- pero no, es imposible que se fije en ti.

-Helena es una persona, Isaac, no puedes hablar de ella como si fuera una… cosa.

-Sí, sí, Arnold, ya entendimos que eres un samaritano de buen corazón que solo se fija en los sentimientos. Es una buena fachada, he de decir. Debe funcionar bien con las chicas, pero por favor, podemos saltarnos todo eso, estamos entre hermanos- dijo sin intentar sonar cordial- vamos tras el mismo tesoro, pero como ya dije, es imposible que la dulce Helena se fije en alguien tan soso como tú. Gracias por el partido de todos modos, iré a tomarme un baño.

-Ignorando el hecho de que estás siendo un completo patán ¿Podrías explicarme cómo es que un juego de baloncesto, el cual gané, te fue suficiente como para decidir eso?

-Eres aburrido, Arnold- le respondió sin inmutarse- muy aburrido. Muy buen jugador pero soso como la mantequilla y despistado a lo grande. La carrera por el corazón de Helena no es un juego ni algo que se pueda tomar a la deriva, te sorprendería la cantidad de gente que la pretende, gente importante y grande, más grande que tú y yo juntos. Tú no eres más que un pueblerino torpe que no sabe lo que quiere, no perderé mi tiempo contigo.

El rubio tenía muchas emociones brotando desde su interior: indignación, coraje, molestia, pero más que nada no podía dejar de sentir como si estuvieran insultando a la gran Helga Pataki frente a sus narices ¿Cómo podía alguien ser tan… malo? Hablar de una chica como si fuera un pedazo de carne era desagradable de por sí, pero es que no solo bastaba con eso, Isaac realmente se había tragado que Helena era real y eso lo hacía peor. La imagen que la gente tenía de Helena era tan surreal, pura y tierna que la sola idea de que hubieran personas dispuestas a pelearse por "ella" le enfermaba. Se tuvo que morder la lengua para no dejar salir un letargo de hechos que le hubieran callado la boca a su acompañante para no tirar el trabajo de años de Helga por la borda. Respiró profundamente y dejó de perseguir al moreno que se alejaba.

-Vale, entiendo que estés enamorado de ella, es fantástica y creo que era bastante obvio que ibas en serio… Pero pelear por el amor de una chica es patético, aún más a nuestra edad ¿No crees? Yo no quiero tener problemas, en serio, solo dejemos el asunto de Helena a un lado y sigamos jugando ¿Te parece?- dijo manteniendo todos sus pensamientos lo más apaciguados posible, intentando hacer una media sonrisa.

-¿Enamorado? ¿El amor de una chica? Eres más estúpido de lo que pareces- respondió Isaac devolviendo sus pasos con lentitud-. Esto no se trata de amor, Helena es mucho más que una chica que me gusta, ella representa todo lo que quiero.

-Pero tú dijiste que…

-¿Crees que actores y figuras públicas quieren estar con Helena porque la aman? En serio, no puedo con tu estupidez, no puedo, es demasiada ¿Sabes lo que significaría ser el novio de una mina de oro como ella?

-¿Entonces es por el dinero? Pero no lo entiendo ¿Que no eres tú el apadrinado de su abuelo? ¡Tienes la vida resuelta! ¿Por qué querrías estar con ella por su dinero?

-No, no es el dinero que tiene, es el dinero que provoca. No importa a donde vaya, la prensa la sigue de cerca ¿No la has buscado en internet? Básicamente todo el mundo la adora. No tiene redes sociales, es misteriosa y desaparece la mayor parte del tiempo. Todo lo que pasa en su presencia es alucinante. Si quiero forjarme una exitosa carrera, debo empezar por algún lugar.

-¿Y por qué no mejor hablas con Olga? Estoy seguro que ella tiene muchísimos contactos que te pueden ayudar. O con el señor Joel, estoy seguro de que te ayudaría si se lo pidieras. Incluso la misma Helena te haría promoción si se lo preguntas, estoy seguro.

-A diferencia de ti, yo no soy un perro faldero, Shortman. Seré el próximo novio de Helena y todo el mundo verá directo hacia nosotros. La convenceré de quedarse en Nueva York y verás que nuestra carrera despegará a lo grande- dijo Isaac casi hipnotizado por su codicia.

-Ella nunca haría algo así.

-¿Oh, estás tan seguro? Llevo tentando el suelo desde hace años, Arnold, sé lo que hago. Cada año está más cerca de no volver a su pueblo aburrido de Alaska, sé que es una chica de casa y seguramente le dolería un par de meses pero ¡No tiene razón para volver! Tú mismo nos aseguraste eso el otro día. No tiene novio ni pretendientes reales, sus tíos olvidan su nombre, no tiene muchos amigos y parece vivir una vida normal ¡Claro que la convenceré para que se quede!- aunque Isaac decía todo eso en ciega ignorancia, Arnold sabía que era en gran parte cierto. No había razones tangibles que la hicieran volver, hasta el se preguntaría por qué lo hacía, pero ese no era el punto en este momento-. Creo que soy la persona más cercana que tiene ¿Acaso crees que no me escucharía a mí? Está por cumplir la mayoría de edad y si ella así lo quisiese podría abandonar la escuela sin chistar, es tan fácil como eso.

-¿Puedes dejar de hablar de ella de esa manera tan déspota?- gritó Arnold, harto ya de tanta palabrería de parte del moreno. Habían estado discutiendo de manera azorada ya por varios minutos, el rubio podía sentir el coraje recorrerle la espalda y las piernas- ¿No crees que si ella ha vuelto todos estos años es por algo? ¿Que acaso tan poco te importa su felicidad?- Isaac lo miró de arriba abajo y rodó los ojos, cansado.

-Mira niño, no me importa si estás enamorado de ella o no. Así es la vida y ella, pronto, dejará de ser parte de la tuya. El abuelo Joel me apoya y la tengo prácticamente en el bolsillo gracias a eso, será mejor que dejes este combate por la paz- sentenció, golpeándole la pelota de baloncesto contra el pecho.

-Esto no es un combate, Isaac, es lo que intento decirte. Y no entiendo por qué te cuesta tanto trabajo darte cuenta de que es una persona de la que estamos hablando. Una que es muy mordaz e inteligente, si ella supiera todo lo que estás diciendo estoy seguro que te partiría la cara.

-Sí estamos hablando de la misma chica ¿Verdad? Helena es tonta, no tiene espíritu ni ganas de tenerlo. Se deja llevar por su prima a la deriva y solo destaca por ser bonita, joven y casi talentosa ¡Cualquiera con suerte estaría en su lugar!

-Es increíble como puedes insultarla de esa manera sin remordimiento ¿En serio quieres estar con ella? Porque, por como hablas de ella, más bien parece que la odias.

-Odiar, amar… No hay mucha diferencia.

-Claro que la hay- dijo el Shortman, agotado de la arrogancia que escupía Isaac sin piedad- pero ya no importa. Te digo que tendré que decirle todo esto a Helena tan pronto la vea, es completamente injusta la manera en la que le estás mintiendo.

-Hazlo. Arnold, no me asustas, puedes estar seguro de eso. Por más confianza que te tenga dudo que crea una sola palabra que le digas, tan tonta como es ella estoy seguro de que la puedo hacer creer que solo estás celoso y es por eso que te pusiste a decir un montón de mentiras patéticas, ella confía en mí.

-Yo no estaría tan seguro de eso.

-Entonces pruébalo. Dile todo lo que acabamos de hablar ahora mismo, te reto. Estoy seguro de que antes de que cante el gallo estarás en un avión de regreso a tu feo pueblo. Lo último que Helena necesita ahora son distracciones y un acompañante celoso no hace más que estorbar.

Si bien, moría de ganas de contarle todo a Helga, las palabras de Isaac retumbaron dentro de su cabeza con más gravedad de la que le hubiera gustado. A decir verdad, quizá hace un par de semanas Helga hubiera confiado casi de manera ciega en su palabra, pero ahora que estaba tan molesta y distante puede que simplemente pase por alto sus palabras y las vea como una torpe estrategia de celos. Eso sin contar el hecho de que es simplemente una situación disparatada ¿Cómo le cuentas a tu amiga de la infancia que uno de sus amigos es en realidad un villano que busca sacarle todo el jugo posible a su relación? Pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados. No tomaría el papel de salvador porque Helga era lo suficientemente capaz de darse cuenta de toda esta farsa, pero la necesidad incesante de querer proteger a la gente que amaba le rugía que hiciera algo.

-Por un momento creí en serio que eras una buena persona, Isaac- dijo Arnold pasando a su lado, con el ceño fruncido pero sin ira en su voz.- Que decepcionante que me llegué a preocupar de que en verdad estuvieras enamorado de ella y de que quizás, ella se enamorara de ti. Tú eres el que debería sentirse avergonzado, jamás serás un pretendiente real, ella es demasiado buena para ti- sentenció, siguiendo su camino, dispuesto a dejar de lado todo ese disparate.

Isaac dejó salir un sonido de burla que asomó algo de orgullo herido en su tono, negando por lo bajo. Arnold era demasiado cabeza dura para entenderlo y mientras no se deshiciera de él, estaba seguro de que le daría demasiados problemas.