Hola lectores ¿Cómo han estado? Espero que bien. Bueno, esta vez me he tardado un poco más en la actualización de este fic porque he tenido ciertos problemitas personales que me han mantenido fuera de fanfiction.

Pero ya no importa. Aquí he vuelto y para empezar quería agradecerles sus comentarios (Como siempre) a Luffy Ketchum, Roronoalau y a solitario196. Ustedes saben que son una de las principales razones por las que sigo.


Cuando Margareth exclamó aquel nombre de esa manera. Todos los presentes quedaron mudos. ¿Absalom? ¿De qué estaba hablando? Robin afiló la mirada y en seguida conectó todo. Si aquella mujer era la jovencita del caso a Luffy y Zoro, es decir, si ella era la mujer que había escapado de aquel pueblo fantasma en Utah y conocía a aquel hombre... Todo encajaba como para que, una vez más, sus casos tuviera la relación de aquella vez.

- ¿Absalom? - Preguntó el morocho con aire sorprendido. ¿De qué estaba hablando?

El cuerpo de rubia comenzó a temblar. Luffy la sostuvo para no caer, pero tuvo que hacer demasiada fuerza. La arrimó a una silla y la sentó allí, evitando que perdiera el equilibrio. La joven se tomó la cabeza con ambas manos y escondió su rostro bajo sus cortos cabellos.

Los cinco se miraron algo pasmados cuando la mujer rompió a llorar. El morocho la rodeó con sus brazos para evitar aquel momento angustiante que estaba viviendo, pero sabía que no la tranquilizaría con nada. Estaba claro el nivel de vida que había tenido aquella mujer durante todos esos años y, a pesar de no reacordar su secuestro, era probable que su inconciente supiera la verdad de su pasado.

- ¿Necesitas hablar? - Comentó suavemente - Si tienes que decirnos algo, lo que sea. Estamos para escucharte -

- Es peor de lo que les dije - Soltó

Sabo y Koala se miraron de reojo y abandonaron la habitación lo antes posible. No era su caso, no era su incumbencia. Debían volver a Nuevo México para continuar con sus propias misiones que el sistema de seguridad nacional les exigía.

Dentro de aquella habitación, el ambiente se tensó. No solo había un pueblo gobernado por un extraño que se hacía llamar Dios y que tenía a todos los residentes encerrados, sino que también tenía bajo su guardia a un violador y secuestrador. ¡¿Y había más?!

- Hay cuatro sacerdotes que vigilan en la custodia de aquellas tierras - Se quitó las lágrimas de los ojos y aceptó el vaso con agua que Robin le ofreció - Ellos son los encargados de custodiar las cuatro fronteras. Son hombres muy fuertes e ingeniosos -

- ¿Y cómo se supone que escapaste? - Preguntó el peliverde con el ceño fruncido. A Zoro no se le escapaba nada.

- Yo... - Bajó la mirada, una vez más - Estoy casada con uno de ellos desde los 12 años -

- ¿Qué? - Exclamaron los hombres a la vez

¿Casarse? ¿A los 12 años? Eso era una locura.

- En Estados Unidos no esta permitido casarse hasta los 18 años, Margareth - Comentó Robin mientras terminaba de prepararse un café

- Ya lo dije antes - Contempló a la morocha con aire ausente y luego posó sus oscuros ojos en Luffy quien la observaba serio - Se consideran un estado independiente. Ellos no se consideran estadounidenses -

- ¡Esto no tiene sentido! - Soltó Zoro y se puso de pie - ¡¿Cómo es posible que el gobierno no supiera acerca de este lugar?! -

- A veces es mejor no saber las cosas - Comentó Robin indiferente

- ¿Y hacer ojos ciegos al problema? - Preguntó Luffy - No tiene sentido ¿Para qué esta la CIA o el FBI? -

- Si esta clandestinidad sucede hace más de 10 años ¿Cómo es posible que el gobierno no se halla dado cuenta? Entonces todos los miembros y las identidades quedarían mal paradas, y eso repercutiría en las elecciones ¿Verdad? - Robin soltó un suspiro - En síntesis, al gobierno no le conviene que esto se sepa -

- Pero va a saberse - Luffy apretó su puño con fuerza

Margareth contempló como el morocho emitía ira de su cuerpo. Estaba demasiado enojado, quería llegar al final del caso. Y lo lograría. Como pudo, se puso de pie y caminó hacía el televisor donde la imagen de aquel hombre yacía congelada.

- El Dios Enel, los cuatro sacerdotes y este tipo que ven aquí, son los únicos hombres de todo el pueblo - Comentó algo temerosa. Debía controlarse. Aquellas personas las salvarían a todas.

- Esto se vuelve más extraño - Bufó Zoro y puso los ojos en blanco

- Todas las mujeres, están repartidas en aquellas seis personas - Explicó - Las hijas mujeres, se vuelven a repartir - Tragó saliva - Los hijos varones... Son sacrificados en nombre de Dios - Las manos le temblaron - "Así es como se le demuestra, que Dios solo permite mujeres en estas tierras" - Citó las palabras de aquel hombre con tono autoritario - Todas tenemos miedo de quedar embarazadas, después de todo, sea lo que sea, el bebé sufrirá el infierno - Nadie habló. Todos quedaron expectantes al relato de la muchacha - Este hombre que ven aquí, trae una vez por trimestre una nueva niña. Dicen que las encuentran abandonadas en el desierto pero... Ahora que salgo a la luz, creo que es un secuestrador - Tragó saliva nuevamente. Su garganta comenzaba a secarse - Él no es sacerdote pero tiene el mismo rango y trato que ellos, tiene que ser alguien importante para Enel, tiene que ser alguien que arregle sus negocios - Bajó la mirada y contempló el suelo de cerámica. Vomitar toda esa información la angustiaba demasiado - De hecho, sospecho que yo fui secuestrada hace varios años -

Tapó su frente con su mano derecha y comenzó a sudar mientras vagas imágenes sacudían su cabeza. Cuando vio que comenzaba a tambalearse, el morocho corrió y la sostuvo en sus brazos. Aquella historia era perturbadora, sobretodo sabiendo que las sospechas de Margareth sobre su pasado, eran reales. Una vez más, la ayudó a sentarse en una silla y la abanicó con una carpeta delgada.

- Escucha - Comenzó Luffy - Este tipo se ha llevado a una amiga mía, a alguien que aprecio muchísimo ¿Cuántas posibilidades hay de que todavía este a salvo? -

- Muchas - Respondió agitadamente - Si se la llevó, es para esposarla -

Los ojos de todos los policías se abrieron como platos. La situación era mejor de la que esperaban, a esas alturas todos pensaban que quizás la asesinaría por investigar su caso y sacarlo a la luz. Aunque...

- ¿La violó y secuestró para esposarla? - Comentó Zoro - ¿Tiene sentido? -

- ¿Violarla? - Margareth repitió seria - No, no la ha violado -

- ¿Por qué no? - Preguntó Robin curiosa. Afiló su mirada. - Encontramos rastros de semen -

- No puede violarla, no todavía. Su religión no se lo permite - Soltó un suspiro - Todas las mujeres deben exhumar su pureza en el cuerpo de Dios - Levantó la mirada y contempló de reojo a Robin - Ella era virgen ¿Verdad? -

- Nunca hablamos al respecto, pero si todo encaja, supongo que si - Terminó su café dando un largo sorbo - Después de todo, eso explica porque no ha secuestrado a las demás -

El morocho se puso de pie con violencia. Contempló la imagen de aquel maldito y apretó sus dientes con fuerza. Necesitaba encontrar a Nami lo antes posible.

- Bien - El dulce tono de la morocha tranquilizó un poco el ambiente

Sacó de uno de sus estantes un gran mapa del estado de Utah. Tranquilamente tomó una lapicera y se acercó a la joven rubia con aire pacífico.

- Necesito que marques como llegar a este extraño lugar de la manera más rápida - Sonrió serena y le tendió la lapicera - Te prometo que las ayudaremos a todas -

(...)

Cuando abrió los ojos, una luz golpeó su vista cegándola. Estaba mareada y le dolía la cabeza como si hubiera bebido tres litros de alcohol en menos de una hora. El movimiento de la superficie en la que se hallaba, no ayudaba a su mareo. Intentó ponerse de pie pero sintió que sus manos y pies estaban atados. Su boca, amordazada. Abrió sus ojos como platos cuando recordó todo lo que había pasado esa noche.

Aquel extraño había ingresado en su casa cuando menos lo espero. Si, lo recordaba bien. Estaba duchándose, degustando una copa de vino y pensando en lo solitaria que se había vuelto su vida, cuando escuchó un sonido. No sabía por qué pero estaba segura de quien era aquella persona. Había corrido por su arma ¡Corriendo desnuda! Ridículo pero necesario. Y lo había encontrado en su habitación.

La imagen todavía estaba clara en su mente. La amenazó con el arma de fuego ¡Su arma de fuego! Y la ató y amordazó en la cama, tal y como si de un juguete se tratase. Frunció el ceño al recordarlo. Cuando el maldito tocó su cuerpo para verificar si era pura o no, pensó que sería su fin. Toda su dignidad quedaría arruinada por un descuido suyo. ¡¿Por qué tenía que dejar la puerta abierta?! Pero no fue así... Todavía y a esas alturas, seguía sonando extraño. No la había violado como a las otras mujeres. Había sido desagradable ver como aquel maldito se daba placer el mismo sobre su propia sábana, enfrente de su cuerpo desnudo.

Aun así, estaba agradecida. ¿Por qué? Todavía había oportunidad.

Cuando escuchó un respiro pausado a sus espaldas, la imagen de la niña que había sido secuestrada hacía pocos días, llegó a su mente. Volteó desesperadamente y la encontró allí. Aisa estaba sentada y amordazada al igual que ella. Nami abrió los ojos como platos y con su lengua, sacó el cacho de tela que obstruía su garganta.

- ¡Aisa! - Sonrió. Era irónico que pudiera hacerlo en esas circunstancias.

La niña la contempló algo asustada. Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando todo el día. Se acercó como puso y con su boca, sacó el nudo de su trapo, liberando sus labios.

- Aisa, soy policía - Comentó en voz baja - Prometo que voy a sacarte de aquí - Acarició sus cabello con su mejilla - Solo dime ¿Te ha lastimado? -

La pequeña no habló. Simplemente, negó con la cabeza.

- Tu mamá esta bien, pronto te llevaré con ella ¿De acuerdo? -

La niña afirmó.

Inesperadamente, la camioneta en la que viajaban dobló y Nami notó que no se encontraban en una superficie estable y quieta. Estaban viajando hacía un lugar donde no había carreteras. Cierto miedo trepó por su espalda. ¿A dónde estaban yendo? ¿Con qué propósito?

Luego de varias horas de sentir como las piedras rebotaban bajo los pies de aquel vehículo, el motor se detuvo. La superficie se volvió estable pero cuando las puertas de lona se abrieron, ambas vivieron el mismísimo terror. Ese tipo... Ese tipo... era...

No parecía un humano, su rostro era completamente extraño y deformado. El hombre se subió a la cajuela y cuando tomó a la pelinaranja de las manos, sintió que su fin se acercaba. ¿Las había secuestrado para violarlas y matarlas? No tenía sentido. ¿Qué clase de loco era? Los casos sacudieron su cabeza intentando hilar datos, concretar supocisiones. ¿Por qué no violarla en su casa? ¿Por qué no matar al resto de las mujeres? ¿Por qué en medio de la nada y no en su casa?

Cuando vio el sol sobre su cabeza, cerró los ojos. Levantó la mirada y distinguió un pequeño pueblo que decoraba la nada misma. Frunció el ceño y recordó lo poco que Luffy y Zoro le habían contado de su caso. Una pequeña ciudad en medio de la nada, regido bajo un Dios. ¡¿Qué demonios estaba pasando?!

Cuando oyó a la niña gritar, volteó con violencia. Si iba a hacerle algo a la pequeña, ella saltaría sobre su cuerpo, dispuesta a defenderla. Era su trabajo. Y estar secuestrada no se lo iba a impedir. Vio como aquel tipo la bajaba de la camioneta bruscamente.

- ¿Cómo demonios se han quitado...? - Tomó las telas con aire ausente - Bueno... No importa. Dudo que hayan hablado con alguien en medio de la nada -

Aisa corrió hacía Nami y se escondió detrás de su espalda. La mujer lo contempló con el ceño fruncido. Podía sentir el terror de la niña. Si ella tenía miedo, que era una adulta y encima policía, no podía imaginarse como una pequeña de su edad se sentía al respecto. Aterrada, confundida, amenazada. Una mezcla de muchos sentimientos.

El hombre se acercó a ambas y luego de cargarse a la pelinaranja al hombro, jaló de las manos de la pequeña con violencia.

- ¡Camina! - Le ordenó - Es hora de que ambas conozcan a Dios -

Nami abrió los ojos con brusquedad. Dios. Si, aquel lugar era...


Bueno, hasta aquí hemos llegado hoy. Espero que les haya gustado. Estaré esperando sus comentarios con ansias.

¡Nos leemos pronto!