Disclaimer: Los personajes de El Príncipe del Tenis no me pertenecen.
.
.
Primera impresión
.
oOo
Tomoka abrió los ojos lentamente y se desperezó con algo de impaciencia, estirando los pies sobre el asiento.
Era increíble la comodidad que podía sentirse aún a cientos de miles de pies de altura. Nunca la había gustado mucho viajar tantas horas seguidas, pero tampoco nunca había viajado en primera clase, con todas las comodidades y lujos posibles. Era extraño pero no desagradable, e internamente agradecía que Kunimitsu quisiera que, como su prometida y futura esposa, arribara a Norteamérica por todo lo alto.
Sonrió al recordar a su novio, aquel apuesto hombre de carácter serio y reservado que la amaba como nadie, y la última persona de la que había esperado enamorarse. Solo había pasado, y no se arrepentía de haberle dado una oportunidad a ése frío pero tímido muchacho que la había invitado a salir luego de que se conocieran en una práctica de tenis en la universidad. Allí recordaron que habían ido a la misma secundaria, y que ambos amaban el tenis. Tomoka jugaba por hobby, y él lo hacía como profesional desde los 16. Y, si bien no tenían mucho más en común, su relación prosperó rápidamente, y aquel chico serio, reservado y distante acabó sorprendiéndola al pedirle matrimonio un año después.
La vida sí que daba muchas vueltas, sobre todo la suya.
Desde niña había soñado con el día de su boda; con una ceremonia occidental, un vestido de princesa, blanco como la nieve, un velo inmenso y largo y, lo más importante, con su príncipe azul esperándola en el altar. Desde siempre había sabido cómo sería cada detalle, incluso la decoración, el vestido y las flores que usaría; lo único que no sabía era la identidad de su futuro esposo, aunque muchas veces había especulado al respecto. No obstante, su príncipe azul ahora tenía nombre y apellido: Kunimitsu Tezuka, el as del tenis, futuro número uno del mundo.
No podía estar más orgullosa de su decisión. Después de todo, finalmente se casaría con su príncipe; el Príncipe del ten... Tomoka se obligó a sí misma a acallar sus pensamientos, torciendo los labios y moviendo la cabeza para despejar su mente. Tras varios segundos de autoreproches, concentró la mirada en las nubes y volvió a intentar llevar sus pensamientos a su prometido, pero era tarde. Ya había abierto aquella puerta que por meses había logrado mantener cerrada, y su cerebro no podía concentrarse en otra cosa.
Y suspiró.
"El Príncipe del Tenis" era el apodo que le había dado hacía muchos años a otro joven, y no era correcto confundir a su prometido con él.
Tomoka aún recordaba a ese chico serio y calculador, su primer amor de la niñez, el cual rara vez registraba que ella existía. A la distancia le causaba gracia, pero cada vez que pensaba en eso no podía evitar sentirse todavía frustrada por aquel sentimiento inconcluso. ¿Había sido amor, cariño, o sólo admiración? Nunca se había tomado el tiempo para averiguarlo, él había partido mucho antes de que pudiera ver las cosas con objetividad, y no sólo el mundo color de rosa.
Pensando en eso, suspiró otra vez.
Ryōma Echizen desde hacía años había desaparecido de su vida. No tenía sentido recordarlo ahora.
Esbozando una sonrisa sarcástica sacó el libro de planeación para la boda que su futura suegra, Ayana, le había ayudado a armar, y empezó a revisar los detalles de la recepción y el banquete por decimoquinta vez. Debía planearlo todo muy bien, después de todo le esperaban cinco días muy agitados en la ciudad de Nueva York...
oOo
Ryōma entró casi corriendo al aeropuerto John F. Kennedy, empujando a más personas de las que hubiera querido por la prisa; miró su reloj y luego a la enorme pantalla de llegadas y salidas, bufando al comprobar que el vuelo de la novia de Tezuka ya había aterrizado.
'Maldición', pensó. No importaba qué, cómo o cuándo, odiaba llegar tarde a cualquier lugar.
Volvió a meterse en un mar de gente para ir hacia la salida de migraciones, y esperó en medio de un montón de personas ansiosas. Al menos todos estaban tan concentrados esperando a sus respectivos pasajeros que no notaron quién era y nadie pareció demasiado concentrado en hacerlo. Eso era bueno; siempre le habían incomodado los fanáticos.
Se movió como pudo entre la masa humana para acercarse a la línea de desembarque y buscar a la novia de Tezuka entre los recién llegados, levantando su mano herida para no dañarla aún más; pero, al observar todos los carteles con nombres, se dio cuenta de que no sabía cómo era la tal Tomoka, y no estaba seguro de si ella lo conocía, así que no tenía forma de identificarla. Entonces corrió en busca de un estúpido cartel, y luego en busca de un marcador, y al conseguirlo no supo si escribir el nombre en hiragana o no, y en eso estaba cuando sintió la presencia de alguien más demasiado cerca; y alzó la vista, ligeramente incómodo.
— ¿Ryōma? ¿Eres tú?
Reaccionó con una inesperada familiaridad al oír esa voz y volteó, abriendo los ojos con sorpresa al ver a la hermosa mujer que estaba inclinada hacia él. Era alta, delgada y tenía curvas muy estilizadas, de seguro no a causa del deporte, ya que no tenía músculos fortalecidos, lo cual la hacía lucir muy femenina, como una de esas muñeca para niñas; el cabello castaño claro le caía como una cascada por los pequeños hombros y le llegaba a media espalda. Y sus ojos, grandes, expresivos y también castaños, le transmitieron el mismo sentimiento de familiaridad que su voz.
Conocía a esa chica de algún lado, pero, ¿de dónde?
Entonces, de pronto recordó esa misma voz gritando su nombre una y otra vez fuera de la cancha de tenis, y esos ojos observándolo con alegría y admiración.
— ¿Osakada Tomoka?— preguntó, incrédulo, recordando por primera vez a la niña de dos coletas que paraba de darle ánimos durante sus partidos de secundaria— ¿Eres...la de la escuela? ¿Tú eres Tomoka? ¿La Tomoka de Tezuka?
Ella parpadeó, luego rió suavemente y, de forma inesperada, se inclinó hacia adelante como si quisiera abrazarlo, pero se detuvo a último momento y, cambiando de expresión, muy formal, le extendió una mano.
—Hola. Me da gusto volver a verte... Y saber que me recuerdas.
Ryōma aceptó su gesto y una oleada de recuerdos lo azotó de pronto, sucediéndose como cientos de imágenes que pasaban por su cabeza como en una película. Si bien no era bueno para recordar cosas que no fueran sobre tenis, como nombres y caras, sí recordaba, aunque parcialmente, a esa chica escandalosa, amiga de la nieta de la entrenadora, que siempre iba a alentarlo en sus partidos.
Y de pronto se sintió de nuevo en la secundaria, rodeado por todos esos gritos que, aunque ni se daba por enterado mientras jugaba, siempre escuchaba.
Cosa extraña.
—Hola, Osakada— respondió. En su mente la chica escandalosa no tenía un nombre, pero Tezuka le había repetido el de su prometida hasta el cansancio, así que le era imposible no recordarlo— Te quitaste las dos coletas. Te queda...bien— reflexionó, sin saber porqué lo había hecho en voz alta. Se sintió muy torpe por haberlo hecho.
No obstante, Tomoka lo miró, y, lejos de chillar como la chiquilla escandalosa que vagamente recordaba, le sonrió con una condescencia que nadie más que su padre, nunca, se había atrevido a mostrarle.
—Gracias. Supongo que ya estoy grande para esas cosas— le sonrió una vez más, ladeando la cabeza con gracia— Y tú has crecido mucho— observó, alzando la mirada para poder verlo mejor. Ryōma, por un momento, se enorgulleció de su metro ochenta y nueve— Eres aún más alto que Tezuka.
—Crecí varios centímetros— contestó, encogiéndose de hombros mientras tomaba el equipaje de la chica y comenzaba a caminar hacia la salida. Tomoka al verlo soltó un respingo y dio dos saltitos para alcanzarlo, caminando a su paso con algo de dificultad debido a sus tacones altos.
—Cuando Tezuka me dijo que un amigo suyo me recogería en el aeropuerto me sorprendió que no me dijera su nombre— comentó al alcanzarlo, con una sonrisa, haciendo que Ryōma la mirara de soslayo— Supongo que quería que fuera una sorpresa en toda regla.
—Supongo— contestó, sin nada más que decir. Si no había tenis de por medio no era bueno para seguir conversaciones, mucho menos con mujeres. Sí había tenido algunas novias o escarceos pasajeros, después de todo tenía veintidós, pero ninguna fuera del ámbito deportista. No sabía cómo comportarse con las demás representantes del género femenino.
— ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Diez años?
—Casi— suspiró Ryōma, saliendo bruscamente de sus pensamientos para no perder el hilo de la situación. Tomoka contó con los dedos y torció los labios.
—Es cierto. Te fuiste de Japón después del tercer año. Ahora eres americano, ¿no?
—En teoría, sí— contestó, tajante.
Tomoka no dijo nada más, lo que le pareció muy apropiado, pero curioso a la vez. Si mal no comenzaba a recordar, la Tomoka que él conocía jamás guardaba silencio. Sin embargo, eso no le molestó.
Ryōma empujó las maletas y las llevó hasta el estacionamiento, donde la condujo hasta su camioneta negra, pensando en lo acertado que había sido no llevar uno de sus deportivos o las maletas de la prometida de Tezuka no hubieran cabido. Abrió el maletero y empezó a subir el equipaje con una mano mientras Tomoka aguardaba a un lado, reaccionando de pronto.
— ¡Oh, déjame ayudarte!— exclamó, corriendo a auxiliarlo. Ryōma la miró, sorprendido por su repentino exabrupto, y se hizo ligeramente hacia atrás.
—Yo puedo— intentó detenerla, pero la joven no hizo caso y comenzó a acomodar ella el equipaje.
—Tu muñeca está lastimada— le dijo, y él automáticamente se miró la mano, como si acabara de recordarlo.
—Ah, eso— bufó, pasándose la mano sana por la cabeza para quitarse el sudor invisible de la frente— Suele olvidárseme.
— ¿No te duele?
—A veces. No pienso mucho en eso. Me concentro más en la rehabilitación.
Ella asintió y de nuevo no emitió opinión al respecto. ¿Por qué eso comenzaba a molestarle?
—Eres como Kunimitsu— suspiró después de un rato, y Ryōma volvió a mirarla, encogiéndose de hombros con indiferencia mientras terminaba de subir las cosas y cerraba el auto.
—Estamos listos. Sube.
Ella obedeció. Ryōma no le abrió la puerta ni se mostró atento, aunque eso no le sorprendió demasiado. El Ryōma que recordaba no era muy amable, mucho menos atento, aunque ese joven tan alto se veía un poco perturbado, cosa que tampoco le sorprendió, ya que ella se sentía de la misma forma.
Había recordado a Ryōma Echizen durante su vuelo, y ahora se le aparecía de la nada para ser su guía en la ciudad.
Eso, sin duda, era muy irónico, y si no lo tuviera a su lado dudaría de que fuera real.
Y vaya guía había resultado ser. A pesar de que ella miraba cada cosa con curiosidad por la ventana, Ryōma no emitía palabra para enseñarle nada si introducirla un poco en la ciudad o la cultura occidental, limitándose a sólo mantener la boca cerrada y la mandíbula tensa, como si estuviera analizando alguna jugada o a un oponente muy difícil. Ni siquiera había prendido el radio o el estéreo, así que sólo eran ellos dos, el sonido del motor y el viento de la autopista.
El silencio parecía estar bien para él, pero era demasiado incómodo para Tomoka; con Tezuka lo toleraba porque de alguna forma estaba acostumbrada, y una vez que lo había conocido podía encontrar fácilmente algunos temas que le sacaban varios comentarios, pero era completamente diferente con Ryōma. De niños nunca habían compartido tiempo juntos como con los otros muchachos del club de tenis o Sakuno, tal vez por eso le era tan incómodo y forzoso tener que entablar una conversación con él.
—Es una ciudad sorprendente...
—Hn.
Tomoka ahogó un resoplido y se recargó contra la ventanilla, jugando nerviosamente con el botón de su cinturón de seguridad ante el fracaso de su primer intento. Entonces sacó su bolso de mano y el libro de la boda de él, comenzando a ojearlo disimuladamente.
—Necesito ir a esta tienda— dijo para romper con lo tenso del ambiente, enseñándole la hoja donde había pegado una fotografía de la tienda que haría su vestido, ya que su inglés no era muy bueno y no quería pronunciar el nombre del lugar en voz alta para pasar vergüenza; no frente a él— Es entre la Quinta Avenida y la Avenida Madison...
Ryōma apenas si la miró de reojo, limitándose a mantener la vista en la autopista.
—Lo sé. Iremos mañana, porque quizás quieras descansar ahora. Tezuka dijo que debía enseñarte todas las tiendas que necesitas para comprar lo de tu boda, y hoy no tendremos tiempo.
— ¿Vas a ir conmigo?
El joven Echizen chasqueó la lengua y siguió con la vista en el camino. A lo lejos, Tomoka podía ver la imponente ciudad de Manhattan, o eso creía que debía ser, ya que Ryōma tampoco había hecho comentario alguno de la ciudad.
—Sí— suspiró, golpeando los pulgares en el volante con aire despistado mientras seguía conduciendo— Mi departamento está sobre la Quinta Avenida, cerca del Central Park. Todo está cerca desde allí, y...— Echizen guardó silencio y bufó con clara incomodidad, haciendo que Tomoka frunciera el ceño, consciente de su incomodidad.
—Oye, no tienes que llevarme si no quieres.
—Le dije a Tezuka que le haría ese favor y debo cumplirlo.
—Pues yo no te quiero a mi alrededor si vas a estar siempre con esa cara.
—Es la única que tengo.
—Entonces cambia de actitud. Tampoco a mi me agrada la idea de recorrer tiendas para novias con un completo desconocido, pero Kunimitsu no quería que anduviera sola por una ciudad extraña— le soltó, frustrada como nunca. Si bien siempre había sido alegre y divertida, se sentía extraña desde que se habían encontrado en el aeropuerto
Ryōma la miró y por unos segundos no dijo nada, como si estuviera pensando muy bien su respuesta.
—Iré contigo. Fin de la discusión.
Tomoka torció los labios con disgusto, pero se quedó callada, guardándose su opinión. Lo último que quería era hacer enfadar al hombre que le daría alojamiento y, voluntariamente o no, sería su guía en aquella enorme y extraña ciudad.
Pero estaba molesta, y Tomoka no era buena para disimular sus sentimientos.
—Eso es lo malo de las primeras impresiones, Ryōma— murmuró luego de que la camioneta atravesara un enorme puente de metal y se metiera de lleno en las atestadas calles de Nueva York. El aludido volvió a mirarla de soslayo, alternando la vista entre ella y el embotellamiento que tenían enfrente— Sólo pueden darse una vez— le dijo, y luego desvió la vista hacia la ciudad.
Él quiso replicar, pero encontró que no sabía cómo.
Ryōma suspiró disimuladamente y siguió con la vista fija en el taxi que tenían enfrente.
Serían unos largos cinco días...
oOo
No tenía ni la menor idea de qué hora era cuando el incesante sonido de su teléfono la despertó. Tomoka se desperezó, dándose vuelta sobre la cama, y ahogó un profundo bostezo mientras abrazaba la almohada, aspirando aquel extraño pero atrayente aroma impregnado en la tela. Ya conocía ese olor de otro lugar... Era el perfume de Ryōma, el que había sentido cuando fue a recogerla al aeropuerto... Una curiosa mezcla de jabón de hierbabuena y chocolate. ¿A Ryōma le gustaba el chocolate?
Abrió los párpados con horror ante sus propios pensamientos y apoyó un codo sobre la cama para levantarse. El teléfono volvió a sonar, y, resignada, estiró la mano en la penumbra y alcanzó el aparato, que no dejaba de chillar y vibrar sobre la mesilla de noche.
Se tomó un segundo para contestar. Ya había hablado con Tezuka apenas se había instalado en la casa de Ryōma, así que de inmediato dedujo de quien se debía tratar.
— ¿Sí?
— ¿Tomo-chan? ¡Hola!— escuchó una alegre voz al otro lado que rápidamente le quitó toda la pereza.
—Sakuno— suspiró, todavía en el umbral de los sueños, razón por la que no pudo sonar tan feliz como se sentía al hablar con su mejor amiga— Hola... ¿Qué hora es?
—Pues aquí es mediodía, así que allá ya es mañana— rió la joven Ryūzaki, y Tomoka gruñó— Ay, lo siento. ¿Estabas durmiendo?
—Pues claro. Aún no me adapto al horario y estas primeras horas han sido una pesadilla...
— ¿Tanto así? Por cierto, ¿hablaste con Tezuka y tu madre?
—Kunimitsu me llamó poco después de aterrizar, y le envié un mensaje a mamá. El viaje me dejó agotada... Aún más que cuando tenía que cuidar de los gemelos— suspiró con cansancio y Sakuno rió, divertida.
—Me lo imaginé. Aun así, es una lástima que no pude ir contigo... Todo por culpa de esa tonta visa. ¡Pero conmigo a sin mí debes comprar el vestido de novia más bonito de todo Nueva York, ¿oíste?!
Tomoka giró su cuerpo sobre las sábanas y rió, de nuevo aspirando aquel aroma masculino de forma inconsciente.
—Primero debo mantenerme despierta y encontrar la dirección. Mi "guía" no parece ser de los que disfrutan de dar indicaciones y paseos por la ciudad. O en cualquier otra parte.
—Estarás bien. Por cierto, Tomo-chan... ¿Quién es el misterioso amigo de Tezuka, eh?
Tomoka pestañeó; sin duda no se esperaba esa pregunta, por más que sabía lo ansiosa que su amiga estaba ante tanto misterio. Sin darse cuenta balbuceó algunas cosas sin sentido primero, y cuando separó los labios para mencionar a Echizen Ryōma, por alguna razón, desistió de hacerlo.
—Ah... No lo conoces. Es un tenista americano, nadie importante— mintió, a Sakuno Ryūzaki, su mejor amiga, casi su hermana; y algo se le retorció en el estómago, pero al mismo tiempo algo le decía que era lo correcto.
—Ummm... ¿Y qué impresión te causó? ¿Es guapo? ¿Simpático? ¿Tiene novia?
—Es... Extraño. Un poco apático, frío y serio. No sé si tenga novia, pero o con ese carácter, lo dudo...
—Jaja... Extraño, apático, frío y serio... Justo como a ti te gustan.
— ¿Qué? ¡No es cierto!
— ¿Ah, no? ¿Y qué me dices de Tezuka? ¿Y de Echizen Ryōma, lo recuerdas?
Tomoka se paralizó momentáneamente, soltando un bufido después.
—Eh... Yo... Me acuerdo algo...
— ¿Cómo pudiste olvidarte de Ryōma?— preguntó su amiga, y Tomoka casi podía verla con el ceño fruncido al otro lado de la línea— Debo haberte mencionado unas, no sé, veinte mil veces que vive en los Estados Unidos, aunque no sé bien dónde... Me sorprende que Tezuka no se haya comunicado con él para que te ayude, ¿crees que viva lejos de Nueva York?
—No sé, yo... Kunimitsu y yo nunca hablamos de él. Como tú solo sabemos lo que sale en la tele...
—Uh, lástima. Hubiera sido lindo volver a tener noticias del 'Príncipe', ¿no crees? Y yo que quería viajar contigo para ver si así podía volver a cruzarlo...
Tomoka soltó una risita nerviosa. Para nadie era un secreto que, mientras que ella había madurado y seguido con su vida, Sakuno seguía prendada del joven Echizen a pesar de los años, a pesar de que como ella no había vuelto a verlo en casi una década.
Era incómodo pensar en eso. Sakuno era una chica muy inteligente, pero demasiado soñadora en el amor.
—Por cierto, ¿cómo está Eiji?— cambió rápidamente el tema, y, a juzgar por el prolongado silencio de su amiga, la estrategia sirvió— ¿Volvió a invitarte a salir?
— ¡Tomoka!
— ¡¿Qué?!— rió— Eiji-kun es un chico extremadamente guapo, le gustan mucho los abrazos, y se ve que le gustas...
Sakuno suspiró brevemente al auricular.
—No digas esas cosas, que me apenan...
— ¡Oh, vamos, Sakuno! No piensas quedarte soltera toda tu vida, ¿o sí? Ya no tienes doce años. ¡Vive tu vida!
Oyó a Sakuno suspirar de nuevo, y, una vez más, podía imaginársela, sonrojada de pies a cabeza.
— ¿Crees que debería salir con Eiji otra vez?
—Por supuesto. ¡Se ven tan lindos juntos!
— ¡Ya, Tomoka!— rió su amiga, acompañando su bien ánimo— Tal vez tengas razón...
—Yo siempre la tengo. Y si él no te invita, pues invítalo tú. Así fue como hice con Tezuka, pero con él lo difícil no fue que aceptara, sino que hablara durante la cita— soltó una suave carcajada que Ryūzaki acompañó una vez más— Pero, como sabes, todo salió bien al final.
—Lo sé. Creo que yo lo invitaré esta vez.
— ¡Así se habla!
—Pero— la cortó su amiga, aclarándose la garganta con firmeza— Ya que estás allá, y como eres mi mejor amiga, yo...me preguntaba... Tal vez, si tienes tiempo, podrías buscar a Ryōma y decirme cómo está...
El corazón de Tomoka dejó de latir en ese instante, y algo helado le recorrió la espina.
Quería decirle la verdad a su amiga, después de todo, no tenía porqué mentirle si no estaba haciendo nada malo, pero las palabras simplemente no salían de su boca. ¿Qué podría pensar su mejor amiga si le contaba que el mayor objeto de sus deseos de infancia estaba durmiendo en la habitación de al lado en ese preciso momento? ¿Qué podría penar si admitía que acababa de mentirle? No, no era una opción.
—Está bien— susurró, intentando sonar alegre— No prometo nada porque aún faltan muchas cosas para mi boda, pero...— soltó una risita cuando el sonido de una puerta cerrándose seguido de voces la distrajo, dándole la excusa perfecta para dejar la conversación— Sakuno, tengo que irme. Te habló luego, ¿sí?
—Está bien. Te quiero amiga.
—Y yo a ti. Adiós.
Tomoka colgó sin esperar respuesta, y con cautela se levantó de la cama, acomodándose la camiseta de Tezuka que siempre usaba para dormir. Escuchó las voces más cerca y, curiosa, con cuidado entreabrió la puerta.
Se sorprendió al ver a Ryōma hablando con alguien en el corredor, pero se sorprendió mucho más al notar que lo acompañaba una mujer, alta, bonita y rubia, que reía tontamente mientras él sólo se mantenía serio, pero con una mano en su cintura. ¿Ryōma había salido mientras ella dormía? ¿Qué clase de persona dejaba sola a su invitada para irse a quién sabe dónde?
En eso estaba cuando Echizen abrió una puerta para que la mujer entrará, y, antes de seguirla, alzó la vista y la clavó en ella, frunciendo el ceño con extrañeza y algo de molestia al verla asomada. Sobresaltada, Tomoka cerró la puerta enseguida y se recargó contra la madera, conteniendo la respiración hasta que escuchó la puerta de Ryōma cerrándose también.
¿Ryōma tenía novia? La muchacha no parecía tener ese tipo de cercanía con él, así que descartó la idea. Entonces, ¿salía con mujeres? Eso no debía sorprenderle, después de todo era joven, soltero, famoso y muy rico, podía vivir la vida como quisiera, pero que tuviera el descaro de llevar a cualquier fulana a su casa cuando ella estaba ahí se le hizo de muy mal gusto.
¿Qué diría Tezuka? No, definitivamente no podía decirle a su prometido que le molestaba que su amigo llevara mujeres a su propia casa. Lo que Ryōma hiciera no debía importarle. Él podía salir con cuánta americana quisiera después de todo, ¿no? No tenía porqué interrumpir su vida sólo porque ella estaba hospedándose en su casa, y debía respetar su rutina y sus reglas. No obstante, si no había tenido la mejor de las primeras impresiones luego de casi diez años, la cosa no mejoraba demasiado.
Y no sabía cómo sentirse al respecto.
De pronto escuchó un golpe y una risita femenina que le hizo fruncir el ceño. Tomoka corrió a la cama y se cubrió la cabeza con las mantas, intentando desesperadamente desaparecer entre ellas.
Ryōma era soltero y completamente libre de hacer lo que quisiera, pero si seguía así esos serían los cinco días más largos de su vida...
oOo
.
N del A:
Hola a todos que leyeron hasta aquí!
Quiero agradecerles infinitamente su paciencia, y espero que el capítulo les haya gustado.
Felices Fiestas!
Saludos!
H.S.
