Disclaimer: Los personajes de The Prince of Tennis no me pertenecen.
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Día 1
Echizen Ryōma
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A la mañana siguiente, cuando abrió los ojos, Tomoka se asustó al no reconocer la habitación que la rodeaba, asustándose aún más por la tenebrosa penumbra que lo envolvía todo.
Esas cortinas azules no eran las suyas, ni esos eran los muebles que con tanta dedicación había escogido para su cuarto; su cama siempre había sido cómoda pero nunca tan mullida, y su piso siempre había sido de madera, y no de mármol tan frío que le congelaba los pies. Por un momento se sintió confundida, y le costó al menos un minuto de pavorosa confusión recordar los sucesos del día anterior, y en la casa de quién se encontraba en calidad de huésped.
Y entonces un largo y sonoro suspiro escapó de sus labios, perdiéndose en algún rincón de aquel enorme lugar.
Tomoka se talló los ojos con pereza y echó una curiosa mirada a su alrededor. Se preguntó para qué Ryōma necesitaría tanto espacio en una habitación para huéspedes, pero no le dio demasiadas vueltas al asunto. Algo le decía que ya era demasiado con que la aceptara en su apartamento, así que procuró hacer la menor cantidad de preguntas posibles. Al Ryōma que recordaba no le gustaba hablar demasiado. Así que Tomoka suspiró una vez más, estirando los músculos de la espalda.
—Si Sakuno supiera quién es el amigo de Tezuka... Ella desearía más que nada estar en mi lugar— murmuró para sí misma, mordiéndose los labios antes de desperezarse una vez más y abrir las cortinas. Afuera había un maravilloso día soleado, y eso le sacó la primera sonrisa del día.
Le costó unos pocos minutos encontrar el baño, darse una relajante ducha y cambiarse. Luego miró la hora en un reloj de marco plateado, y se preguntó si Ryōma ya estaría despierto o seguiría dormido ya que debido a su lesión no podía entrenar; en ese momento recordó que la noche anterior había llegado muy tarde y con compañía, y frunció el ceño, ahogando un bufido mientras terminaba de peinarse.
"Ésta es su casa, Tomoka. Él puede hacer lo que se le venga en gana en su casa", se dijo a sí misma, sintiendo como su estómago comenzaba a crujir de hambre, recordando también que no había probado bocado desde que había pisado suelo americano. Sin embargo no quería salir y encontrarse con Ryōma y su novia/amiga/amante o lo que fuera, así que optó por quedarse en su habitación y esperar mientras tomaba su portátil y terminaba de decidir algunas cuestiones de la boda. Pero al cabo de veinte minutos el hambre ya no le dejaba pensar, así que, pegando la oreja a la puerta casi con desesperación, se aseguró de que no hubiera nadie al otro lado.
Para su buena suerte, no se oía ni un sonido en el resto de la casa, por lo que rápidamente dedujo que Ryōma y su novia/amante/amiga debían seguir durmiendo, o, en el mejor de los casos, ya se habrían ido. Con eso en mente, abrió la puerta tratando de no hacer ruido y se aseguró de que el corredor estuviera vacío. La puerta de Ryōma estaba cerrada y las cortinas de la sala seguían cerradas, así que, más aliviada, salió de su habitación, dando un par de saltitos hasta que sus pies se acostumbraron al frío del suelo, preguntándose porqué Ryōma no le había dado unos zapatos de casa antes de recordar que los occidentales no los usaban, y que tampoco solían quitarse los zapatos en la entrada. Eso no le gustó, pero sabía que debía respetar las costumbres ajenas.
Encogiéndose de hombros recorrió el departamento para conocer un poco mejor el lugar; corrió las enormes cortinas y se sorprendió con la majestuosa vista que Echizen tenía de la ciudad, la cual se apreciaba mucho mejor desde la altura del piso quince en el que estaban y sobre todo por el inmenso ventanal que servía a la vez de pared. Tomoka se permitió salir al balcón y se sintió apabullada por los sonidos de Nueva York, que se oían tan claros como si estuviera en la calle. Contempló el fin del amanecer y a las personas que hacían ejercicio en el Central Park desde el elegante balcón de Ryōma, notando las descuidadas plantas que se suponía que debían decorar el único espacio al aire libre de todo el apartamento. Eso no le sorprendió mucho, ya que el departamento de Kunimitsu era igual de descuidado antes de que ella llegara a su vida. Eso la hizo sonreír con nostalgia, pero su estómago chillando una vez más le recordó que estaba en busca de algo que comer, así que regresó al interior en busca de la cocina, ya que Echizen no le había enseñado nada desde que habían llegado.
El resto del apartamento de Ryōma, igual que la habitación de huéspedes y la sala, era muy amplio y moderno, lleno de vidrio por todos lados, muy diferente de las casas tradicionales de Japón. Sin duda era lindo, pero, en su opinión, las paredes blancas y de vidrio hacían que el lugar fuera demasiado frío. No existía esa calidez de hogar como en su casa o la de Tezuka, todo era demasiado estilizado e impersonal, sin un adorno fuera de su lugar, como si fuera una de esas casas que aparecían en las revistas de decoración.
Tomoka extrañó el calor de hogar. Por eso, para sentirse menos sola decidió que sería una excelente idea cocinar un buen desayuno, y aunque la nevera de Ryōma sólo tenía frutas y suplementos vitamínicos, encontró los ingredientes necesarios para cocinar unos hotcakes
Estaba descubriendo cómo encender la estufa cuando escuchó la puerta, y por el rabillo del ojo vio a Ryōma dejando sus llaves sobre una mesilla; estaba vestido con ropa deportiva y sudado, como si acabara de llegar de correr. Pasó de ella sin mirarla y se encerró en su habitación, y Tomoka no tardó en escuchar la ducha.
Sin darle importancia siguió trabajando en sus hotcakes, y minutos después Ryōma se apareció en la cocina, parándose en la entrada al verla. Estaba mojado y sólo lo cubría una toalla blanca anudada a su cintura; el cabello oscuro le escurría agua, y las gotas caían indiscriminadamente sobre su torso fuerte y trabajado gracias al tenis, recorriendo cada músculo hasta perderse en su bajo vientre. Él dejó de secarse con su brazo sano y la miró con extrañeza, como si no recordara porqué estaba allí.
—Buenos días, Ryōma— lo saludó. Él entornó la vista un poco más, confundido.
—Buenas...— murmuró, levantando una ceja como si no supiera cómo continuar, haciendo que Tomoka imitara su gesto.
—Tomoka. Osakada Tomoka. ¿Tu compañera de escuela?— le recordó, sarcástica. El joven Echizen abrió levemente los ojos como recordándola y movió la cabeza.
—Ah, sí. La novia de Tezuka― farfulló con indiferencia, sirviéndose una taza de café negro mientras le daba la espalda—. ¿Y ya comiste o quieres que pida algo?
—Hice el desayuno— señaló, enseñándole su plato de hotcakes a medio comer— ¿Quieres que te sirva?
—Yo nunca como aquí. No me gusta que mi casa huela a comida— respondió él, abriendo la nevera para sacar un envase de jugo, deteniéndose al ver las cosas que ella había usado para cocinar en el fregadero—. Lava todo lo que uses. Detesto el desorden.
— ¿Desorden?— Tomoka frunció el ceño, estirando el cuello para mirar los tres utensilios que había ensuciado; pero, al final, soltó un pequeño bufido y siguió comiendo—. Está bien... Por cierto, envié un email a la boutique y pedí una cita para las 10. ¿A qué hora crees que deberíamos salir?— preguntó, limpiándose los labios con una servilleta.
Ryōma la miró, como si no estuviera acostumbrado a oír tantas palabras juntas en una sola oración, y después frunció el ceño, llenándose un dedo a la altura del oído.
―Espera. ¿Quieres que yo te lleve?— preguntó, contrariado. Y Tomoka pestañeó, tan contrariada como él.
―Pues... Sí. Tezuka te pidió que lo hicieras, ¿no? Yo no conozco la ciudad— dijo, encogiéndose de hombros. Ryōma, por su parte, rodó los ojos mientras agitaba el envase de jugo de naranja enérgicamente con su mano sana.
—Esto es Nueva York, Osakada. Nadie se pierde en Nueva York— anunció, dándole el primer sorbo a su bebida—. Sólo sigue la Quinta Avenida y llegarás a donde quieras. No necesitas guía. Además estoy ocupado— le dijo, recargándose contra el lavabo para mirarla.
Tomoka sintió arder sus orejas; luego bajó la vista un momento, luchando con todas sus fuerzas para seguir siendo educada a pesar de lo grosero que Ryōma se estaba empezando a portar con ella.
—Lo siento, pero necesito que al menos me muestres el camino— declaró, tozuda. Hacía tiempo había dejado de ser una niña caprichosa, pero eso no significaba que se dejaría pisotear por Echizen. Además estaba en una ciudad extraña, en un país extraño, con una cultura completamente diferente a la que conocía, ¿acaso era tan descabellado que no quisiera andar por las calles sola? Pues parecía que para Ryōma sí lo era, porque casi de inmediato alzó la cabeza y soltó un pesado bufido, haciendo que Tomoka se sintiera ligeramente ofendida. Nadie nunca la había hecho sentir tanto como una carga, y eso empezó a sentirse muy molesto.
—Está...
— ¿Ryōma?
El joven Echizen levantó lo una ceja, y tanto él como su huésped dirigieron la mirada hacia la bonita joven rubia que estaba en la entrada de la cocina, usando un vestido de cóctel. Tomoka la reconoció al instante como la mujer que Ryōma había llevado con él la noche anterior, mientras que él solo miró a la joven como si no la recordara.
—Buenos días...— Ryōma dejó su jugo sobre la mesa, sin dejar de observar a la bella americana con cierto recelo. Entonces ella, escéptica, alzó una ceja.
—Carol— le recordó, irónica. Y Ryōma movió la cabeza levemente hacia la izquierda en señal de reconocimiento.
—Claro. Carol— repitió, algo confundido. Después entornó la mirada, taimado— Lo siento, pero ¿dónde nos conocimos?
—En el Moon Craven, anoche— la joven se cruzó de brazos, haciendo resaltar sus atributos. Segundos después Echizen volvió a asentir, con más seguridad esa vez.
—Ah... Ya lo recordé— anunció, sin darle importancia— ¿Sigues aquí? ¿Quieres comer algo o...?
— ¿Adónde fuiste?— preguntó la muchacha en tono meloso, dando un paso hacia él, pero Ryōma la ignoró y volvió a dirigirse a la nevera para sacar una manzana verde.
—Rehabilitación— dijo con simpleza, alzando un poco su mano vendada. Después fue a sentarse a la mesa, haciendo que su 'amiga' posara sus ojos por primera vez en Tomoka.
La tal Carol miró a la joven japonesa, con expresión muy molesta, y ésta le regresó una mirada que oscilaba entre la confusión y la sorpresa. Si bien Tomoka hablaba inglés esa chica tenía un acento un tanto extraño, y hablaba tan rápido que no podía entenderle mucho.
— ¿Y esta? ¿Quién es?— eso sí lo entendió, y frunció mucho el ceño al oír el tono con el que la habían nombrado.
Ryōma la miró también, y luego de unos segundos por su rostro paso una expresión de absoluta y falsa congoja.
—Ven conmigo, Carol— suspiró, llevándose a la americana a la otra habitación, y, por el rabillo del ojo, Tomoka vio como le decía algo que al parecer la enfureció. La chica rubia entonces se giró hacia ella, sobresaltándola por lo repentino de esa acción, así que enderezó la espalda y se dedicó a contemplar su taza hasta que volvió a escuchar a la mujer gritarle a Ryōma, y luego el sonido de una bofetada que la sorprendió, antes de un fuerte portazo que la sobresaltó otra vez. Y al volver a alzar la vista vio a Ryōma acercarse a la mesa con su mano herida sosteniendo su manzana y la otra apoyada en su mejilla, sobando la marca roja que ahora tenía.
— ¿Estás bien?— se le ocurrió preguntar cuando él volvió a tomar asiento. Ryōma le dirigió una mirada poco significativa y suspiró.
—Eso no salió tan mal— medio sonrió, y Tomoka lo fulminó con la mirada.
— ¿Qué pasó? ¿Qué le dijiste para que sé fuera de esa forma?
—Le dije que eras mi prometida que acababa de llegar de Japón. Que te amo y que por eso sería mejor no volver a verla— comentó con descaro, revisando el periódico que había sobre la mesa como si nada— Creo que sí iré contigo. Te lo has ganado.
— ¿Disculpa?— Tomoka parpadeó. Bien, eso resolvía el misterio; esa chica no era la novia de Ryōma, pero de todas formas aquel comentario había sido de pésimo gusto, y no pudo evitar sentirse molesta— ¿Por qué le dijiste eso?
—Para sacármela de encima. No me gusta traer extraños a mi casa. ¿Nunca haces tonterías cuando te embriagas?
— ¿Estás ebrio?
—Lo estaba anoche— discurrió el joven, cambiando la página del periódico con cierto desdén— No me culpes a mí. No suelo beber hasta embriagarme porque afecta mi rendimiento, pero con mi lesión, ya sabes. No creí que fuera tan malo intentarlo una vez.
—Por esa razón más que ninguna otra debiste evitar el alcohol.
—Vaya, eso tiene sentido— Ryōma sonrió, como si toda esa situación fuera divertida. Y Tomoka lo miró, con el ceño fruncido, dándose cuenta de lo lejos que había quedado ése prodigio del tenis de doce años que había conocido. El Ryōma serio y calculador se había convertido en un hombre, uno muy diferente de como se lo hubiera imaginado. Eso la sorprendió, pero debía aceptar de Tezuka también había cambiado mucho desde la secundaria, hasta convertirse en el novio maravilloso que era, ¿por qué Ryōma no habría de cambiar también? Aunque tal vez era el hecho de que durante casi toda su adolescencia lo había idealizado, y ahora que conocía al Ryōma verdadero no se parecía en nada al de sus fantasías de niña. Era decepcionante en cierta medida, pero él no era el culpable de eso. La culpa era suya por creer que él aún sería el niño al que solía alentar incondicionalmente en cada partido.
―Date prisa. Salimos en diez minutos— dijo el tenista de repente, sacándola de su abstracción momentáneamente—; tengo muchas cosas que hacer y todavia no se inventaron los días de cuarenta horas— bufó, levantándose y saliendo de la cocina.
Tomoka suspiró y se dedicó a levantar la mesa y lavar los trastes. Cinco minutos después Ryōma apareció otra vez, vistiendo unos pantalones de mezclilla y una chaqueta de cuero sobre una camiseta blanca. Fue extraño para Tomoka volver a verlo sin su uniforme escolar o deportivo, pero debía aceptar que se veía tan guapo como Kunimitsu, y eso hizo que se sonrojara.
— ¿Estás lista?
— ¿Eh? ¡Ah! Sí, lo estoy— dijo, secándose las manos con una servilleta antes de pasárselas por el cabello— Iré por mi bolso y mi laptop, y podemos irnos.
Tomoka corrió a su habitación, tomó sus cosas y salió con Ryōma hacia el elevador. Una pareja de ancianos los saludó cuando las puertas metálicas se abrieron, y aunque Ryōma sólo se puso sus gafas de sol e ignoró a sus vecinos, Tomoka les respondió el saludo y esbozó una amable sonrisa mientras usaba su mejor inglés para hacer un comentario breve acerca del clima. Cuando el elevador llegó a la planta baja la escena se repitió con los empleados del edificio, que saludaron a Ryōma mientras que éste sólo pasaba junto a ellos sin mirarlos.
— ¿Sabes? Ser amable con las personas no te matará— murmuró Tomoka cuando ambos salieron a la calle, haciendo que Ryōma se quitara las gafas y frunciera el ceño.
— ¿Sabes? Me perdí la parte en que eso era tu problema— le respondió, estirando su brazo sano para detener un taxi.
― ¿Iremos en taxi?
Ryōma sonrió casi imperceptiblemente de lado y le abrió la puerta, indicándole que subiera.
―Nadie conduce en Nueva York. Sube— le dijo, esperando a que Tomoka entrara al auto para subir tras ella.
―Pero ayer...
―Esa fue una excepción. Conseguir un taxi en el aeropuerto puede tardar horas, así que no había opción― comentó, dándole la dirección en inglés al taxista.
Tomoka suspiró, sujetando su computadora y su libro de bodas contra su pecho. Estaba tan ansiosa por ver su vestido que olvidó a Ryōma e ignoró el paisaje de la avenida más grande y famosa de los Estados Unidos mientras el taxi avanzaba por las atestadas calles de Manhattan, avanzando de a ratos a paso de hombre, en un mar de vehículos amarillos. Y entonces entendió las palabras de Ryōma, y porqué nadie conducía en esa ciudad. El tráfico era demasiado estresante.
— ¿Qué tienes ahí?— la voz de su acompañante la sobresaltó, sobre todo porque él miraba, indiferente, hacia la ventana, como si no estuviera prestándole atención. Aun así respondió.
—Es mi libro de bodas— anunció, abriéndolo en una página al azar, dándose cuenta de que Echizen la observaba de reojo— Lo tengo desde los seis, y por años he anotado todo lo que quiero para el día de mi boda...— comentó, dando vuelta una página, descubriendo otra que había escrito años atrás, cuando tenía doce, con algunos recortes de vestidos y un dibujo de ella y Ryōma en el altar, con el nombre Echizen Ryōma rodeado de un corazón por toda la página. Y al darse cuenta de eso Tomoka rápidamente volvió a cerrar el libro, pero ya era tarde, porque la sonrisa de Ryōma era una clara señal de que lo había visto.
—Eso fue extraño— discurrió el tenista, haciendo un pequeño sonido irónico antes de regresar la vista hacia la ventana, manteniéndola allí sin decir nada más, cosa que Tomoka agradeció en silencio, pues ya habían sido demasiadas situaciones incómodas para un sólo día.
Minutos después al fin llegaron a su destino, y Tomoka no pudo sino sentirse sumamente impresionada por los vestidos que había en las vidrieras. Era la tienda más hermosa que había visto en su vida, enorme, con adornos dorados y los vestidos más hermosos que había visto en su vida. E iba a entrar, casi arrastrando a Ryōma consigo cuando el teléfono de éste sonó, anunciando la llegada de un mensaje.
—Oh, lo había olvidado— suspiró el tenista, haciendo que Tomoka lo mirara.
— ¿Qué pasa?
—Tengo una entrevista a las once para GQ— dijo, deteniendo otro taxi— Tengo que irme.
— ¡¿Qué?! ¡Pero no puedes dejarme sola!
—Ya te dije que nadie se pierde en Nueva York— anunció el muchacho, abriendo la puerta de su taxi y dándole un juego de llaves antes de subir—. Ten. Son copias de las llaves de mi casa, todo el piso quince.
— ¿Pero cómo regresaré a tu casa?
—Sólo sigue derecho por la Quinta Avenida y estarás en la puerta. O toma un taxi. Sabrás como llegar.
—Pero...— Tomoka se quedó con las palabras en la boca, porque Ryōma subió al vehículo amarillo y se fue, dejándola en medio de la calle, sola—. ¡Echizen, no me dejes aquí!— exclamó, pero él ya se había ido.
En verdad empezaba a detestar a ése nuevo Ryōma.
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A regañadientes, Tomoka tuvo que aceptar que su antiguo compañero tenía razón. El camino de regreso al lujoso apartamento había resultado más fácil de lo que había pensado, pues tal y como Echizen había dicho sólo debía seguir la Quinta Avenida, lo cual aprovechó para visitar otras tiendas y comprar algunos obsequios para su regreso a casa. Además, el aire fresco le había sentado de maravilla, sobre todo hablar con Tezuka mientras le relataba todo lo que iba viendo, aunque claro, obviando el hecho de que Ryōma la había abandonado a su suerte en una ciudad extraña, pero sabía lo precavido que era Kunimitsu, y realmente no quería preocuparlo. Sin contar que quería mostrarle a su futuro esposo que ella también podía ser fuerte y mundana, como él.
Pasaban de la una cuando regresó al apartamento de Ryōma, sorprendiéndose al encontrar al dueño de casa en el sillón de cuero negro de la sala, hablando por teléfono.
—No, escúchame tú a mí, anciano. No me sacaré más fotos, no daré más entrevistas y mucho menos posaré desnudo para que...— Ryōma calló al verla entrar en la sala, clavando la mirada en ella—. Ya sabes lo que pienso. Llámame sólo si me quieren de ESPN o algo así. No más revistas para señoras— dijo, y colgó, volviendo a centrar su atención en Tomoka— Te dije que no te perderías.
Tomoka suspiró, dándole la razón con un encogimiento de hombros, pasando junto a él.
Ryōma encendió la televisión, poniendo un partido de la Copa Davis.
—Hay pizza por si quieres algo
— ¿Te molesta si cocino? No puedo consumir carbohidratos. Estoy a dieta por la boda y...
—Cómete la pizza u ordena algo, pero no uses la cocina. Detesto cuando mi casa huele a comida.
—Sí, eso ya lo dejaste claro— bufó, y Ryōma la miró de soslayo. Había una gran contradicción en su rostro, pero no hizo ni dijo nada, al menos no durante varios minutos.
— ¿Y tu vestido?— preguntó tras ese prolongado silencio, viendo con atención como Tomoka tomaba asiento a su lado.
—Había que hacer unos arreglos, así que me lo darán el lunes, a tiempo para volver a casa— le dijo, poniendo el libro de bodas sobre sus piernas, revisando unas páginas—. ¡Ah! Y estaba pensando que mañana podríamos ir a...— empezó a decir, pero entonces el timbre de la puerta sonó, pero como Ryōma no se movió ni un milímetro, Tomoka terminó por levantarse para abrir.
— ¡Acabo de volver de las Maldivas, y no te imaginas los traseros que...!— gritó el hombre que se metió a la casa ni bien Tomoka abrió la puerta, callando y frunciendo el ceño al verla, confundido— Tú no eres Ryōma— le dijo en inglés, pasándose una mano por la coronilla—. Oh... No puede ser. Me equivoqué de piso otra vez...
— ¡No te equivocaste, idiota!— gritó el dueño de casa, haciendo reír al recién llegado.
— ¡Qué bien! ¡Hola, Ryōma! ¿Y tú quién eres?
—Soy Tomoka— contestó ella con simpleza, urgida por la curiosa situación.
El muchacho le sonrió. Era muy guapo, un poco mayor, y le recordaba a alguien.
―Hola. Mi nombre es Ryōga― dijo el desconocido, dejando sus maletas a un lado para ir a tirarse al sillón junto a Ryōma, y al mirarlo con más atención Tomoka frunció el ceño ante el gran parecido con...― Soy el hermano mayor de Ryōma― añadió el joven como si hubiera leído sus pensamientos, con una sonrisa divertida, haciendo que ella parpadeara, confundida. No recordaba que Ryōma tuviera un hermano.
― ¿De verdad eres su hermano?— preguntó, curiosa, sentándose en un sillón adyacente al de ellos.
Ryōga rió, simpático.
―Algo así... ¿Él no te habló de mí?
Ella negó con un suave movimiento de cabeza, yendo a sentarse de nuevo a sala, junto al fastidiado Ryōma y su hermano.
—Bueno, a mí no me dijo que tenía una novia tan bonita, así que supongo que estamos a mano.
—Oh, no soy su novia.
—Es la prometida de mi amigo Tezuka— informó Ryōma, cruzándose de brazos. Ryōga entonces lo miró, y después a ambos, sonriendo con picardía.
—Oh...ya veo. En ése caso lamento haberlos interrumpido, muchachos— dijo, levantándose con las manos en alto—. Imagino que no tienen mucho tiempo para estar juntos, y no quiero...
— ¿Qué? ¡No!— exclamó el dueño de casa— ¡No estábamos haciendo nada, idiota! ¡Solo le doy hospedaje por unos días!
— ¿Hospedaje? ¡Ufff, que bueno!— exclamó su hermano, pasándose una mano por la frente, secando un sudor invisible— Porque me agrada Tezuka... En fin, ¿así que va a casarse contigo? Maldito afortunado...— Ryōga le hablaba en un perfecto japonés— ¿Y de dónde eres?
Tomoka parpadeó, iniciando una conversación con el hermano de su antiguo compañero. Éste, a diferencia de Ryōma, la escuchaba educadamente y con atención, y también le habló de sí mismo, contándole de su trabajo en un crucero, y de su último viaje; también le contó algunas anécdotas graciosas de él y su familia, y pronto Tomoka descubrió que el hermano de Ryōma era muy divertido y simpático. Le agradaba, le agradaba incluso más que el propio Ryōma. Y conversaron comiendo helado hasta que de pronto el dueño de casa se levantó de su asiento, buscando un bolso deportivo y sus llaves.
— ¿A dónde vas, hermanito?— preguntó Ryōga, curioso— ¿No quieres helado?
—Tengo que irme— anunció el tenista profesional, observando la hora en su reloj deportivo—. Se me hace tarde.
— ¿Tan pronto? Ah, olvidé que es viernes— bufó Ryōga, repantigándose sobre su cómodo asiento.
— ¿Por qué? ¿Qué sucede los viernes?— inquirió Tomoka, curiosa.
—Tengo mi rehabilitación— informó Ryōma, tomando cinco raquetas que metió en una bolsa deportiva.
— ¿De dónde sacas tantas raquetas?
—De los patrocinadores— informó, escueto— No vendré hasta la noche. Si quieres salir llévate la llave. Dos calles a la derecha en la esquina hay una cafetería, y aquí en frente tienes el Central Park. Puedes ir al centro, pero evita el metro, sobre todo evita los barrios. Hablé con Tezuka en la mañana, y todas las tiendas que necesitas están cerca, así que no deberás alejarte mucho. Esto no es Japón. Aquí no puedes confiar ni en la policía. Por eso ten mucho cuidado si sales. Tezuka me matará si te pasa algo.
—Yo puedo darle un recorrido por la ciudad— ofreció su hermano mayor. Ryōma se encogió de hombros.
—Será bajo tu propio riesgo si decides salir con él— le advirtió a Tomoka, tomando sus cosas y saliendo sin despedirse.
...
Ryōga resultó ser una compañía mucho más agradable que su hermano, mucho más divertido y conversador.
Tomoka pudo comprar los anillos en Tiffany's, como siempre lo había soñado, igual que el obsequio de Tezuka, una raqueta firmada por su ídolo, Tenesse Williams. Además compró su ajuar de novia en Victoria's Secret, roja de vergüenza por todas la veces en que Ryōga le insinuó que podría modelar para él y así saber si el conjunto que había elegido le gustaría a Tezuka.
Sólo visitaron tiendas de lujo, usando la tarjeta que Kunimitsu le había dado, aunque Tomoka intentó no gastar mucho por más que su novio había insistido hasta el cansancio que como su futura esposa podía gastar lo que quisiera. Siempre había querido ser una mujer independiente, una empresaria exitosa, y aunque fuera a casarse no le parecía correcto gastar el dinero de su prometido a lo tanto.
— ¿Y hace cuánto llegaste?— preguntó el mayor de los Echizen mientras tomaban un café.
—Apenas ayer.
— ¿Y qué tal llevan la convivencia con mi hermano?
Tomoka suspiró, bajando la cabeza con resignación.
—Él...no es la misma persona que conocí. ¿Sabes? Ryōma nunca fue el chico más simpático del mundo, lo sé, pero se ha transformado en un hombre desagradable y grosero— admitió, siento la confianza necesaria para hacerlo. Y Ryōga, lejos de enfadarse porque hablara así de su hermano, ahogó una risilla tras su vaso de Starbucks, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—Puede que su actitud arrogante sea desagradable, y que Ryōma parezca algo grosero... Bueno, sí es desagradable y grosero, pero tras eso es un buen chico. Y no lo digo porque sea mi hermano, porque en realidad él no me agrada mucho— comentó.
Tomoka rió, dándole otro sorbo a su frapucciono.
—Aun así, ustedes son familia, y tienes que quererlo. Quizá eso no te deja ver la pésima persona en la que se ha convertido.
—Mi hermano menor no es tan malo como aparenta— Ryōga suspiró—. Es buena persona, y aunque no lo diga quiere mucho a sus amigos. Sólo que a veces se esfuerza para que la gente no lo conozca. Es un chico raro.
Ahora fue Tomoka quien rió.
—Sí, lo es.
—Pero mejor te lo enseño— dijo él, levantándose de su mesa y estirando un brazo para detener un taxi—. ¡Vamos! ¡Sube!
— ¿A dónde vamos?
—Tú sube— pidió, y ella obedeció. Ryōga le dio una dirección al taxista en inglés, y éste emprendió la marcha hacia una zona alejada de la parte elegante de la ciudad. Era un vecindario como esos que se veían en las películas, lleno de callejones húmedos y envoltorios en las calles, lejos de todo el glamour de la parte turística de Nueva York. Sus casas no eran como el apartamento de Ryōma, sino que eran enormes construcciones de ladrillos mohosos, con oscuras escaleras para incendios a los lados, colgando sobre enormes y sucios contenedores de basura.
— ¿Qué hacemos aquí?— preguntó Tomoka, entre temerosa y cohibida, pero Ryōga no respondió.
—Deténgase aquí. No tardaremos mucho— le pidió al chofer, y sin bajar del auto señaló hacia el otro lado de la acera, lugar que Osakada miró con atención, notando que allí había dos canchas de tenis, compartidas con una de basketball, mucho más descuidadas y sucias que las que solían tener en la escuela. Había un grupo de niños de todos los colores y las razas, todo con una raqueta en la mano, formando un círculo en torno al único adulto del grupo, que parecía estarles explicando cómo debían devolver un saque.
—Ryōga, ¿qué...?
Tomoka guardó silencio, sorprendida al darse cuenta de que el instructor de los niños era el mismo Ryōma. Entonces abrió los ojos con sorpresa.
— ¿Sorprendida?— sonrió; Tomoka solo asintió, haciéndolo suspirar— Desde que vive en Nueva York, Ryōma pasa las tardes de los viernes enseñando tenis a niños sin recursos— explicó, posando un brazo sobre la ventanilla y recargando la cabeza en él—. No importa si llueve, si está cansado o tiene partido al día siguiente. Él siempre está aquí, jugando con los niños, sin prensa ni cámaras. Solo para ayudar.
— ¿Y por qué nadie lo sabe?
—Ryōma dice que una buena acción no es más importante por tener publicidad. Él no busca beneficiarse de nada de esto. Lo hace porque ama el tenis, y ayudar a que más personas lo descubran. Esos niños son chicos del vecindario, viven rodeados de ladrones, traficantes y prostitutas. Ryōma no sólo les enseña tenis, los mantiene lejos de las calles, y él lo negará si se lo dices, pero sé que su intención es darle un futuro a esos chicos, y ésta es la única forma que encontró para hacerlo. ¿Ves por qué te digo que es una gran persona?— preguntó, y Tomoka volvió a posar sus ojos en Ryōma, que con su brazo sano chocaba el puño de un niño de color que acababa de hacer un buen saque. Y entonces la joven japonesa sonrió, mirando a su acompañante otra vez.
— ¿Me llevas de regreso al apartamento?
— ¿No quieres entrar?
Tomoka miró hacia las canchas, viendo como Ryōma, a propósito, se dejaba hacer un punto por su pequeño contrincante. Y negó con la cabeza.
—No. No me gustaría interrumpirlos— admitió, y mientras el taxi los llevaba de regreso al apartamento, no pudo evitar pensar en que Ryōma había cambiado mucho, sí. Pero tal vez esos cambios no habían sido tan malos después de todo.
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Continuará...
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N del A:
Hola! Lamento la enorme tardanza, pero el fic no está abandonado.
Hasta la próxima!
H.S.
