ALL THE WAY
III
No es de extrañar que, solo un par de meses después de que el humor de aquellos dos empezara a mejorar notablemente, Kagome nos dijera que esperaba una pequeña bestia híbrida e Inuyasha se haya caído de espaldas y quedado en otro mundo por alrededor de diez minutos. No, yo tampoco he oído de un impacto semejante.
Las cosas fueron marchando bastante bien, e Inuyasha finalmente aceptó, no sin cierto orgullo (pues su porte de macho alfa lo delataba), que iba a ser padre de la criatura más poderosa en la tierra —según él—. Decidió, por lo tanto, cuidar de la señorita Kagome a sol y sombra, así que prácticamente no se separaba de ella... ni un segundo. Esto no mejoraba el cambiante humor de nuestra querida amiga. Me imagino, de cualquier forma, que estar pegada a un hanyō que (de repente) teme a todo, no debe ser muy entretenido para una jovencita como Kagome.
—Yo solamente quiero que me dejes en paz de una puta vez durante un jodido rato.
Intercambio una mirada rápida con mi esposa: ella tampoco había escuchado antes ese vocabulario de la boca de Kagome. Por la muda intervención de Inuyasha, diría que él ya está muy acostumbrado. Miro de reojo cómo mi amigo está listo para tomar cartas en el asunto. Aunque temo por su integridad: nunca fue especialmente bueno para calmar aguas huracanadas.
—¿Recuerdas cuando volviste a mi? —pregunta Inuyasha. Está cerca de Kagome y sus mejillas tienen una suave tonalidad rosada. Oigan... tal vez esté en el camino correcto después de todo. ¡Ha aprendido algo de mi!—. También fue en primavera.
—Sí, lo recuerdo.
La voz de Kagome es tranquila; suelta un pequeño suspiro alegre. Así es, mi buen amigo, lo has hecho muy bien.
—¿Por qué no puedes volver a ser así de dulce?
… Eres un idiota, Inuyasha.
Kagome levanta el rostro, lo mira con los ojos grandes y furiosos y todos los presentes podemos saber qué ocurrirá a continuación, como si ya lo hubiéramos vivido:
—¡ABAJO! ¡Idiota! —grita, mientras Inuyasha junta tierra con el hocico—. ¡Estoy embarazada! ¡No es mi culpa! ¡Abajo de nuevo! ¡Desubicado!
—¡YA, MUJER, VAS A MATARME!
—¡DEBERÍA!
La escena continúa por un rato, hasta que Kagome se lleva una mano a la panza, apenas un bulto. Muchas otras veces observé cómo Inuyasha le dirigió singulares miradas a ese mismo punto de cuándo en cuándo, y siempre me causa una gracia insospechada.
El hanyō finalmente se levanta del suelo, con el rostro sucio y enrojecido. Se sienta sobre su trasero y se cruza de brazos, mirando a Kagome con el ceño fruncido. La señorita apenas le regala un respingo, se toma con más cariño el vientre, y la expresión de Inuyasha se suaviza.
Es momento de intervenir.
—Es prueba de su amor que incluso durante estos días no se separe ni un segundo de usted, señorita Kagome.
Kagome me dirige una mirada curiosa y Sango explota en su lugar, incorporándose con una barriga más notoria y un aura maligna a su alrededor.
—¿Y qué hay de mi, Su Excelencia? —«Su Excelencia» no suena nada bien en ese rostro tan enojado. Sonrío apenas, intentando evitar nuevos desastres—. Te escapas de mi en cuanto puedes.
—La aldea depende de mi —respondo sin inmutarme demasiado. Inuyasha suelta un «Já» que hace que Kagome le suelte una mirada de reprimenda.
—Hmmh, claro. —Su mirada me inquieta.
—Y eres una fiera, Sanguito.
—¡YA SABÍA YO! —gruñe mi esposa y ya sé lo que sigue a continuación—. ¡Desgraciado! ¡Inuyasha nunca la deja sola! ¡Y TÚUUU! ¡ARGG!
—Tranquila, Sango. Ven, veamos a las chicas...
—¡No puedo creerlo!
—... paseemos por la aldea...
—...¡Y encima con todo lo que...!
—... ego podemos hace...
Se van lejos tomadas del brazo. Las miro con una sonrisa en mis labios y escucho el suspiro profundo de Inuyasha, quien no ha tenido días muy tranquilos (se preocupa demasiado, en mi opinión).
Dejo escapar yo también un suspiro enamorado. No puedo evitarlo, a mi las mujeres me fascinan—. ¿No es mucho mejor cuando están embarazadas juntas?
—No —responde él quedamente. Levanta su mirada ambarina, llena de resignación—. Son el doble de fastidiosas.
No puedo evitar reír. Sí, conozco a las mujeres, y también conozco muy bien las reacciones de los hombres, sus miedos, inseguridades... e Inuyasha es un libro abierto.
—No lo niegues, querido amigo —le susurro, sin dejar de sonreír—. Así también te gusta mucho.
Inuyasha finalmente me comprende. Cuando su rostro alcanza la tonalidad de su haori, refunfuña.
—Cállate. ¿Y cuántas veces más piensas dejarla embarazada? Ni con los críos en la casa te detienes ya.
Niego con la cabeza. Jamás renunciaría a lo que Sango puede darme.
—Creo fervientemente que a una mujer hay que demostrarle cuánto se la ama.
La peculiar mirada de mi amigo me dice que él opina exactamente igual. Pero luego hace una mueca y sonríe.
—... yo creo que te tomaste lo de dejar descendencia muy en serio.
Lo miro durante un segundo y luego observo más allá, donde están mis niños jugando alrededor de su madre y la señorita Kagome. Bueno... para qué les voy a mentir.
•
Un escalofrío recorre mi espalda, erizando los vellos de mi cuerpo entero. Los colmillos de Inuyasha aparecen en su boca, en esa sonrisa codiciosa que siempre deja ver cuando sabe que está venciendo. Se pega un poco más a mi.
—No creo que esto esté bien...
—Hmmh...
Intento detenerlo (un poco...), pero Inuyasha es más fuerte. Bueno, está bien, no puedo resistirse al poder de sus besos. Entre risitas, dejo que me bese el cuello, mirando a un costado. La brisa que entra por la ventana abierta despeina los cabellos plateados de él. Es todo un espectáculo. El sol entra a raudales y el clima cálido me hace sonreír, inexplicablemente feliz (¿inexplicablemente? Tal vez eso no).
—Mi familia sigue en la casa...
—Lo sé.
Su mano desciende traviesa desde mi cuello hasta mi vientre, produciéndome cosquillas de todo tipo. Sonrío porque puedo notar lo lujurioso de su mirar.
—Estoy embarazada.
Suelta un gruñido mientras sus garras me rasguñan levemente la piel. Amo cuando hace eso.
—Lo sé.
Ok, ya no sé qué decirle para hacerle entrar en razón. Tampoco es que quiera del todo hacerle entrar en razón. Aún podemos hacerlo, mi embarazo no es un problema. La panza no se nota, el niño nunca se enterará que sus padres se disfrutaban mientras... pobre niño.
—Traeré más hielo.
—¡No! —exclamo, tomándole de la manga. Sé cuanto quiere (quiero) sacarse el haori, pero aún lo lleva puesto. La única semi-desnuda soy yo—. Está helado. No estamos en verano, apenas es...
—Lo sé.
—¡Pero me da frío!
—Me gusta cómo te arqueas. Espera aquí —me ordena, mientras le miro con el ceño fruncido—. Y no te atrevas a vestirte.
Sí. No creo poder resistir que me desvista otra vez. A Inuyasha le gusta torturarme lentamente. Apenas me doy cuenta de que desaparece cuando vuelve a aparecer, con un pequeño cuenco con hielos en las manos y una sonrisa de victoria.
—Aún falta para el almuerzo.
—Inuyasha...
Me calla estampando su boca contra la mía y se deshace de mi falda. Agarra un hielo mientras me entretengo con su boca e intento sacar su haori del medio. Una vez más, pasa el hielo contra mi espalda, provocándome otra oleada de frío. Me arqueo contra él y vuelve a sonreír, a pesar de mi obvio sufrimiento/placer/realmente ya no sé qué siento. El hielo se derrite entre mi espalda y su mano caliente y seguramente hará un desastre sobre mi cama, pero no parece importarle mucho. Ni a mi.
Me mordisquea el cuello mientras termino de sacarle el haori. No sé cómo logra desnudarse tan rápido luego de eso, tenía demasiadas ropas.
—Podemos volver mañana al Sengoku —me habla contra la oreja, con la voz ronca y sus garras apretando mis caderas, otro hielo en mano. Siento frío y calor y no tengo los pensamientos claros.
—¿Mañana?
—Podemos jugar otro rato esta noche.
—Recuerdas que estoy embarazada, ¿cierto?
—Cállate, mujer —me gruñe. Me besa sobre la boca durante un rato largo, juguetea con mi lengua, me muerde el labio y me siento desfallecer. ¡Pobre, pobre criatura, el niño en mis entrañas! Si supiera lo que su padre me hace...
—Estás como loco estos días —me río contra él. Me gusta ver su cabello plateado sobre mi, mientras baja su boca besando mi pecho izquierdo, mi panza, mientras rasguña mis piernas...
—Querías que te hiciera eterna —me dice. Levanta su mirada dorada y la clava en mi. Casi no puedo creer lo perfecto de esta situación. Toma otro hielo con su mano libre y lo pasea por mi barriga, produciéndome pequeños espasmos—. Deja que encuentre cómo...
Suelto una risa mientras sigue divirtiéndose conmigo.
Creo que deberíamos trancar la puerta...
༄ Prompts: primavera & fastidio/frío.
La amistad entre Inuyasha y Miroku es algo de lo que jamás me voy a cansar de escribir. Y bueno, un poco de InuKag siempre viene bien.
Espero que sigan disfrutando la lectura,
Mor.
