ALL THE WAY
VI


—Creo que fue una mala idea traer a los niños de Miroku y Sa- —se calla un momento mientras esquiva algo que parece un tubérculo, con un rápido movimiento de cabeza, mientras frunce con más fuerza el ceño—. ¡SHIN, DEJÁ DE TIRARLE ESO A TU HERMANO!

Río sin poder evitarlo, mientras tanto los niños de nuestros amigos, como Yune y los niños de la aldea se paralizan en su lugar y miran con curiosidad el rostro envuelto en llamas infernales de mi esposo. Jinenji se sienta a mi lado trayendo varias tazas con té sobre una bandeja. Sonríe con ternura mirando a los niños mientras vuelven a su juego luego de que mi risa le quitara toda la seriedad al grito espartano de Inuyasha.

—Estos críos son unos malditos salvajes…

—Yune no se está portando mucho mejor —agrego. Nuestra niña, a pesar de estar cerca de cumplir el año, corre de aquí para allá cubierta de tierra y barro. Todos los niños juegan juntos, corriendo alrededor, cayendo, levantándose… El rostro de Inuyasha se suaviza mientras se gira a verme.

—Bleh, son niños después de todo.

Jinenji se muestra de acuerdo mientras los ve correr. Luego su vista vaga más allá, donde Mei y Miu recogen hierbas medicinales para la aldea, junto a una joven mujer de cabellos castaños y largos, recogidos en un simple rodete en la cabeza.

—¿Cómo estás tú?

El gran demonio se gira hacia mí, con esos ojos celeste que lloraron al volver a verme en el Sengoku. Parece agotado y su mirada denota el dolor que sus actos intentan ocultar. Inuyasha se inquieta levemente a mi lado, moviendo las orejas y sin quitar la atención de los niños.

Esta es la visita más triste que le hacemos a nuestro gran amigo, y no puedo evitar que se me forme un nudo en la garganta al verlo así. Intenta parecer fuerte, lo puedo ver. Jinenji ha cambiado mucho desde la vez que lo conocí, y mucho más junto a su nueva esposa, la humana que cuida de Miu y Mei, de modo que supongo que esta nueva fortaleza es parte de esos cambios.

—Sabía que iba a pasar… pero uno nunca está listo para dejar ir a su madre.

La carta que recibimos, escrita en su puño y letra, nos relataba los últimos días de la anciana mujer. Una enfermedad la fue consumiendo poco a poco hasta que acabó con su vida. La última vez que la habíamos visto había sido a los pocos meses del nacimiento de Yune, y aún se encontraba jovial y lista para sonrojarse por sus recuerdos.

Apoyo una de mis manos sobre el marcado brazo de Jinenji. Él me dedica una sonrisa que no termina de esconder todo el cansancio que siente.

—Los humanos se van muy pronto —masculla Inuyasha poco más allá. Está a mi lado, mirando a Yune jugar con los niños del pueblo, con los hijos de nuestros amigos—. Esa es nuestra maldición, deberás acostumbrarte.

—Lo sé —asegura Jinenji—. Gracias por haber venido.

Mi vista se pierde entre las sonrisas de los que considero mis sobrinos. Pienso en lo dicho por Inuyasha, y la resignación que se escucha en sus voces, en sus sombrías miradas, me golpean con fuerza. Me cuesta mucho retener las lágrimas que finalmente terminan bajando por mis mejillas; lloro porque ellos no van a hacerlo, y está mal.

Tanto Inuyasha como Jinenji me toman de la mano, sin apartar la vista de los niños, mientras yo intento retomar la calma.

—No te preocupes, Kagome —me dice él. Sus ojos parecen más grandes que antes y su rostro más bello. El agarre de Inuyasha se intensifica un momento mientras me seco las lágrimas—. Aunque parezca que está mal, todo lo vale por las personas adecuadas.

Me quedo mirándolo durante largos segundos, levemente impactada por sus palabras.

—Supongo que tienes razón —suelta Inuyasha a mi lado. Me giro a verlo y de nuevo su mirada se enfoca en los niños, que se detienen de jugar para saludarle con el brazo. Inuyasha les dedica una sonrisa, y su mano se aferra con fuerza a la mía.

Pero todavía me siento mal.



Inuyasha se carcajea de lo lindo luego de que Yune me tirara con papilla en mitad de la cara. Su risa se detiene cuando lo baña a él también, pero ahí es cuando todos comenzamos a reír.

Yune cumple su primer año en este día soleado y cálido, y mi hermana y mi cuñado han decidido venir a casa para festejarlo. Creen que es peligroso cruzar tanto a Yune a esta época (después de todo, es una niña muy extraña), pero aprovechan el hecho de que todavía es demasiado chica para causar problemas. Además, no sale de casa. No con mi mamá dando vueltas a su alrededor.

Kagome se tapa la boca de nuevo, para evitar que le salga otra risa. Tanto mi hermana como mi cuñado parecen muy felices, más felices que en tiempos anteriores. Definitivamente, mucho más felices de lo que Kagome estuvo durante los tres años que no se vieron. Completamente aliviados. Supongo que eso se debe a que ya no hay tantos malvados, o aunque sea no los grandes malvados.

Y además, están juntos. Y está Yune.

Nuestra madre trae nuevos aperitivos en manos, y está a punto de dejarlos sobre la mesa cuando uno desaparece y reaparece en manos de Inuyasha. Mi amigo perro no ha cambiado sus hábitos alimenticios. Le sonrió y él me sonríe en respuesta, con esa sonrisa que muestra todos los dientes y hace que sus ojos se cierren.

No me sorprende que se encuentre tan a gusto entre nosotros, hace tiempo que es simplemente alguien más de la familia. Más ahora que pueden venir los tres a visitarnos con frecuencia (aunque la frecuencia a veces se ve alargada por los trabajos que realizan en las aldeas de antaño).

El abuelo tose con gran estruendo y todos giramos a verlo, incluida Yune, que lo observa con sus grandes ojos dorados llenos de un risueño brillo. Tiene algo especial con el abuelo, riendo tan solo por su afectuosa presencia.

—Y... ¿cuándo vendrá mi otro nieto?

Inuyasha se ahoga con el aperitivo a medio masticar y la mandíbula de Kagome se cae de la sorpresa, pero logra recuperarse rápidamente, intercambiando una mirada con su esposo. Mi sonrisa se ensancha.

—Eso, hermana, ¿cuándo seré tío de nuevo? Quisiera tener un sobrino varón esta vez, podría enseñarle los videojuegos y superhéroes.

—Puedes hacer eso perfectamente con Yune —gruñe Inuyasha, todavía con las mejillas sonrojadas y el rostro enfurruñado. Sonrío porque, de hecho, ya estuve mostrándole a Yune figuras de acción que parecieron agradarle—. Y… pues, ¡eso no le incumbe!

—Todavía… bueno, Yune está creciendo y…

—¡No le incumbe!

—Entonces… ya sabes, todavía estamos…

—¡ARRRG, APESTA! —grita Inuyasha finalmente, tirándose hacia atrás en la silla y tapándose la nariz con ambas manos. Su rostro adopta un tono verdoso mientras enfocamos la vista en nuestra más pequeña compañera, que comienza a reír mientras señala a su padre.

—Ay, no… —comienza Kagome, medio con un bufido—. Inuyasha tiene un olfato muy desarrollado y Yune…

—Materia fecal demoníaca —asegura el abuelo. No puedo evitar la carcajada que surge desde el fondo de mi garganta, mientras mamá se ofrece a cambiarle el pañal.

Entre las lágrimas de gracia, puede ver que, aunque mareado, Inuyasha sonríe, y Kagome (justo al lado mío, como si nada hubiera cambiado desde que tenía tan solo ocho años, tanto tiempo atrás) me da un leve golpecito en el brazo, intentando contener la risa. El abuelo sigue asegurándonos que dice la verdad.

Todo está muy bien, y huele feo.


༄ Nota:
Me encanta imaginar que Inuyasha y los suyos siguen en contacto con Jinenji. Y que pueden visitar a la familia de Kagome. No sé, la ternuraaa~
Deje su review y hágame feliz (?),
Mor.