ALL THE WAY
VII


—Tú sigues siendo el más fuerte de los dos.

Inuyasha no tiene buena cara. Claro que puede deberse a que lo dejé cargar con nuestras recompensas. No tienen aspecto de ser livianas.

—Tú sigues siendo el mismo de siempre.

Río, no puedo evitarlo en realidad.

—Ese es el tipo de comentarios que Sango me dice cuando está enojada.

Inuyasha sonríe, dejando entrever sus colmillos. Es la risa contenida de algún comentario malintencionado, de esas que logra que Kagome suelte varios «¡Siéntate!» (o así hubiera sido en un pasado).

—Lo debes escuchar seguido, entonces.

Noto las gotas de sudor en su rostro. A estas horas la temperatura es alta, y ya hemos recorrido un largo trecho. En su rostro solo se ven algunas perlitas, así que no quiero imaginar cuál es mi aspecto. A pesar de sus ganas de entablar alguna discusión, sonrío con calma y miro delante. No hay señales de nuestra aldea, y, según mis cálculos, nos deben quedar aún algunas horas de viaje.

—No, Sango tiene un excelente humor.

Él no dice nada al respecto.

Seguimos en silencio durante otros minutos. Sin embargo, mis pensamientos vuelan siempre al mismo lugar. Al montón de cosas que hemos vivido, a los años que han transcurrido. A quiénes están con nosotros, y a quiénes no. A lo que pudo haber sido de nosotros, a lo que aún nos falta por vivir. Algunos días son simplemente un sueño, a mi parecer.

—Inuyasha.

—¿Qué?

—¿Hay algo que extrañes? De otra época.

Inuyasha se gira a verme con rostro confundido. Se acomoda las cosas sobre su espalda mientras lo alcanzo, se había adelantado algunos pasos.

—Lo mejor que tuve alguna vez es de esta época —responde con simpleza. Mira más allá de los árboles, mientras nos tomamos una pequeña pausa en nuestro caminar—. Sí hay a quienes extrañar.

—Claro que sí.

—¿Y tú? —pregunta. Baja la vista y clava en mí sus ojos dorados, sonriendo—. ¿Extrañas tu vida de soltero?

Le sonrío de vuelta y niego con la cabeza. No puedo mentir y decir que la vida de soltero no tenía sus beneficios, claro. Pero hay otras cosas fuera de eso.

—No, no realmente. Esa vida la tuve junto a mi búsqueda de Naraku, junto a mi maldición. Y estaba muy solo.

Inuyasha asiente. Que él me comprenda más que nadie es normal. Tanto Sango como Shippō estuvieron solos también, y Kagome, siendo una total extraña en esta época. Éramos un montón de personas solas que se encontraron, de repente, acompañados.

—Y ya nunca más solos —termino diciendo en voz alta, simplemente se me escapa. Inuyasha me mira de reojo, porque claro que eso no escapó a su desarrollado oído. Le sonrío, intentando que olvide mis palabras.

Comienzo a caminar de vuelta y él me sigue a su acostumbrado paso. Seguimos hombro junto a hombro, como hace tantos años, como lo seguiremos haciendo junto a nuestras compañeras y amigas.



Parece que todos y cada uno de los cabellos de Inuyasha se encresparon. No han desaparecido ni su cara de perro malo ni el ceño fruncido ni los dientes apretados. Kagome me dirige una mirada de auxilio.

—Ay, por favor, Inuyasha —escupo, en modo salvadora. Kagome me regala una pequeña sonrisa, mientras observa que Yune no se haga daño al jugar con mis niños más pequeños—, Kōga está casado, tiene tres niños, nos ha ayudado todo este tiempo… es casi uno más de nosotros.

—CA-SI.

Escucho la risa de Miroku mientras se acerca con Yasuo en brazos (luego de que tuviera que alzarlo entre lloriqueos por haberse caído).

—Amigo mío, no seas idiota. Vendrá junto con la señorita Ayame y sus niños. Es inteligente mantener las buenas relaciones con el clan de los lobos. Sabes que nos ayudan mucho al evitar que algunos demonios lleguen hasta nuestra aldea.

—Lo sé —gruñe Inuyasha. La mala cara aún no se va, pero supongo que así estará hasta que Kōga se vuelva a alejar de los alrededores—. De todos modos, me tendrían que haber avisado.

—¿Para que estés de mal humor dos días en lugar de solo un rato? —sonríe Kagome, tocándole la mano con cariño. Inuyasha relaja un poco el semblante, pero solo un poco. Desde que ha sentido el olor de lobo cerca, no ha parado de berrear ni un rato.

—¿Qué? ¿Ya comenzó a molestar ese asqueroso perro sucio?

Kōga ha llegado, con Ayame a su lado y Ginta y Hakkaku detrás, con niños de la mano. Todos nos giramos a verlo con sonrisas y saludos, a excepción de Inuyasha, que ha replicado a lo de 'perro sucio' de una manera que detesto que haga frente a los niños (porque copian su vocabulario… siempre). Han traído a Fuugo, el niño de cabellos de fuego, y a Kanae, una niña morena y de finos rasgos. Atsuo, el más pequeño, está tomado de la mano de Ayame. No cabe duda de que corren tan rápido como sus padres, porque Ginta y Hakkaku son los únicos que lucen cansados.

—¡Es suficiente! —grita Kagome. Inuyasha y Kōga dejan de discutir de inmediato, mirándola. Aunque nadie lo diga, Kagome ha pasado a tomar el lugar de Kaede. Y, como nuestra vieja madre, de algún modo tiene el poder suficiente para mantenernos tranquilos. Aunque lo cierto es que todos creemos que a ellos simplemente les gusta pelear. Que hasta en verdad se aprecian.

—Así es, ponlos en su lugar —ríe Ayame. Se acerca enseguida a tomar el brazo de Kagome de un lado y el mío del otro. Nos hemos hecho buenas amigas con el paso del tiempo, de forma inevitable—. Aún no me creo que siempre tengan que pelear.

—Es algo natural —gruñen los dos. Se miran de reojo y vuelven luego la vista a otro lugar.

—¿No que los demonios lobos y perros son muy similares? —pregunto. Eso parece ofenderlos el triple, porque empiezan nuevamente a discutir. Se ve que no, lobos y perros no son la misma «raza». Qué raro que lo digan, porque que recuerde, yo soy la exterminadora de demonios. Y sé qué les hace daño a los dos, en igual medida,… pero no insisto.

—¡Es suficiente! —vuelve a gritar Kagome, aunque esta vez tanto Ayame como yo la acompañamos. Ellos vuelven a callar mientras Miroku nos invita dentro de la cabaña a tomar algo mientras los niños juegan.

Mis niños rápidamente integran a Kanae, Atsuo y Fuugo en sus juegos, y Miroku y Kagome preparan el té mientras coloco algo para comer frente a los invitados. No llegamos a entablar conversación cuando se hace el silencio en la sala. Observo alrededor intentando comprender, y me percato de que tanto Miroku como Kagome se acercan con tazas en las manos, pero el silencio no desaparece y no soy la única incómoda.

Puedo notar el movimiento de alerta en las orejas de Inuyasha, lo incómodo que parece Miroku y la curiosidad en el rostro de Kagome. Pero, sobre todo, la intensa mirada de Kōga y Ayame sobre mi amiga, mientras escuchamos los ruidos de los niños jugando junto a la ventana.

—¿Qué ocurre? —suelto finalmente, incapaz de seguir en ese extraño silencio. El suspiro de Inuyasha parece indicar que me lo agradece.

—No me había percatado antes, con todos esos olores fuera —murmura Kōga, al tiempo que sonríe mostrando sus colmillos.

—¡No puedo creer que no nos dijeras! —exclama Ayame, y acompaña todo con una esplendorosa risa. Miroku y Kagome intercambian miradas, así como yo lo hago con Inuyasha.

—¿Decir… qué? —pregunta Kagome.

—¡Qué estás embarazada! ¿Cuánto tiempo más iban a esperar para decirnos? ¿Creen que no lo notaríamos? —ríe la loba.

Creo que mi boca queda abierta entre tanto a Miroku se le cae una de las tazas sobre la mesa. Inuyasha tiene la vista fija en Kagome, y mi amiga… Kagome se lleva las manos al vientre.

Kōga golpea el brazo de Inuyasha en un gesto compañero (supongo que así se felicitan los demonios), Ayame propone traer regalos de su clan de inmediato, Miroku sujeta a Kagome de los brazos (parece a punto de caerse redonda) mientras le sonríe, y luego intercambia miradas conmigo. Creo que los dos sentimos el mismo calor. Y nos damos cuenta enseguida del silencio por parte de Inuyasha.

Kōga y Ayame siguen nuestras miradas.

—Viejo, si comienzas a llorar, tendré que irme de inmediato.

—Creo que es la primera vez que está feliz con que hayas venido —aseguro, mientras Inuyasha se acerca a abrazar a Kagome, escondiendo el rostro en sus cabellos negros—. No lo arruines.


༄ Nota:
La idea de Kouga y los suyos girando aún en la vida de los chicos me llena el alma, y espero que a ustedes también.
Un abrazo virtual,
Mor.