ALL THE WAY
VIII
Las cosas no han hecho más que empeorar, hasta llegar a este punto final e inevitable. Pero nada de eso es de extrañar.
Lo único que quiero hacer es irme, escapar lejos. Regresar al período que me vio nacer y esconderme entre los árboles. Llevarme a Kagome conmigo, hacerle reír. Sin embargo, tal como sucedió con Kaede, lo correcto es quedarme aquí. Tragarme la frustración y el enojo, dejarme acompañar y acompañar al resto. Lo he aprendido con los años. Imagino que si seguía solo como en un inicio, jamás lo hubiera sabido. Que es lo que hay que hacer.
Kagome sigue aferrada a mí, la siento helada. El frío parece congelarnos hasta los huesos. Me obligo a pensar en qué estará haciendo Yune en casa de Miroku y Sango, que con gran apuro nos obligaron a partir, encargándose de todo. No olvido el apretón de manos de Sango, las orbes preocupadas de Miroku. No era necesario que me dijeran implícitamente que cuide de Kagome. Ha pasado más de cuatro días desde que no estamos más de dos horas con nuestros amigos y nuestra hija. Simplemente, Kagome necesita estar aquí. Y yo siempre seré su piedra de apoyo.
Sōta mira sus pies, está sentado sin ganas en un silla de espera. Naomi camina de lado a lado, abrazándose con un brazo, su otra mano cerca de su boca. Los latidos del corazón de Kagome no son del todo normales. Todos saben lo que ocurrirá, pero nadie parece querer asumirlo.
El doctor vuelve a aparecer y nos juntamos para escuchar lo que dice. Las noticias son malas. Comprendo lo que quiere decir: lo más humano es inducirlo al sueño. Kagome solloza y la aprieto más fuerte contra mí. Abrazo a Sōta (como si aún fuera un niño pequeño que teme a la oscuridad) con mi otro brazo y él acepta, apoyando la cabeza en mi pecho. Naomi cierra los ojos unos momentos, con las lágrimas a punto de caer, y asiente levemente.
El doctor nos permite un momento para despedirnos, ya que el anciano está demasiado dolorido y débil como para estar tanto tiempo despierto. Lo cierto es que se ha pasado más tiempo anestesiado que consciente. Debe ser similar a mi largo sueño clavado en el árbol, o tal vez peor.
Intento mantenerme al borde y no escuchar conversaciones que me son ajenas. He formado una parte insignificante en la vida de este hombre, pero, para mi sorpresa, resulta que soy igualmente importante para él y significante para su nieta. Me llama con un susurro que nadie más que yo logra escuchar, mientras se sorben las narices y reprimen sollozos. Él sabe todo en este momento, puedo leérselo en los ojos.
—Cuida de ella. De todos —me pide. Asiento de un solo movimiento y tomo la mano que me extiende—. Eres un buen hombre. Un gran hombre.
Las palabras se entrecortan entre sus labios.
Estamos a su alrededor, intercambiando frases cortas, conteniendo las lágrimas. Pide que le demos un beso a Yune, aún demasiado chica para comportarse en este ambiente tan humano (en este futuro que aún no puede evitar estas muertes). Le aseguramos que así será.
—Ya es hora. Necesito dormir —masculla. Sōta lo abraza durante unos segundos.
—Hasta luego, abuelo.
—Hasta luego, papá —agrega Naomi, dejándole un beso en la frente.
Kagome se acerca y lo saluda también, sin palabras. El abuelo apoya una de sus débiles manos en el vientre abultado de mi esposa, y sonríe. Luego acaricia la mano de Kagome, la mía a continuación.
—Nos veremos en algún momento —asegura.
El silencio se hace en la sala. Nuevamente quiero estar en el bosque.
Abrazo a Kagome con fuerza.
—Eternos —la oigo murmurar para si misma. Lo mismo que se repite desde la muerte de Kaede cuando nota los cambios en ellos, los cambios que no se producen en mí.
Me pregunto durante cuánto tiempo puedo soportar esa idea de eternidad, mientras veo a todos envejecer y morir. Donde el único que parece de verdad eterno en un infierno de soledad soy yo.
Tengo demasiado dolor como para pensar con claridad. Las lágrimas de Kagome mojan mi ropa. Naomi y Sōta se abrazan.
Pronto estaremos sentados en una casa que parecerá cinco veces más grande que antes. No sabremos qué decir. Querremos estar en el bosque.
•
Miroku tiene un brazo alrededor de la cintura de Sango. Si bien siempre se vieron como una hermosa pareja a mis ojos, nunca había notado cuán bien se complementan. El cabello negro y desordenado de Miroku se mezcla con algunos mechones del castaño de Sango al estar sus rostros tan juntos. Los ojos claros y calmos de él parecen pacificar la fuerte mirada de la exterminadora. Las manos grandes y masculinas pueden cubrir las capaces y pequeñas manos de mi amiga. Los colores que visten, el cómo exponen las cosas,… todo en ellos se complementan. Excepto el cómo se miran el uno al otro, eso es igual.
Desvío la mirada nuevamente hacia el lugar de descanso de los restos de Kaede, junto a su hermana, la sacerdotisa Kikyō. Sonrío con añoranza. El lugar es apacible. Algunos pájaros trinan desde lo alto de los árboles, rayos de sol se dejan entrever entre las hojas. Y a pesar de la escena tan primaveral, estamos bien abrigados. Veo cómo el aire sale de mi boca convertido en volutas de humo al contacto con el frío.
Inuyasha finalmente llega a mi lado cargando nuevas flores. Coloridas, de algún modo hogareñas. Deposita la mitad en la tumba de Kaede, luego se detiene para dejar otro tanto en la de Kikyō. Se yergue finalmente y se coloca a mi lado, mirando más allá, lejos. Tal vez en algún lugar del pasado, tal vez donde ni siquiera yo existía.
Como si fuera capaz de escuchar mis pensamientos y arrepentirse de inmediato de tener una vida anterior a mi llegada, me aferra la mano con fuerza. No puedo evitar pensar que es un idiota, que está bien sentirse de ese modo y rememorar días felices, pero solo le sonrío. Sé que mi sonrisa no es fuerte. Han pasado muchas cosas como para esperar lo contrario. Mi sonrisa es sincera, pero podría caerse ante el menor soplido.
Vuelvo la vista al frente. La calidez de la mano de Inuyasha asciende hasta asentarse en mi corazón. Él ha estado muy meditabundo durante estos días, luego de la muerte de mi anciano abuelo. Tal vez yo debería de sentirme igual. De volver a temer por el futuro inevitable, de llenarme de dolor, de alejarme de él, cuyo rostro siempre juvenil me recuerda día a día que lo perderé inevitablemente.
Pero no puedo. No puedo sentirme mal.
Veo el abrazo entre mis amigos, unidos como uno. Siento la mano de Inuyasha tan fuerte cerrando la mía, tan cerca a pesar de mantener su distancia. Siento el peso de mi futuro hijo en mi interior. Sé que en la aldea mi hija juega con los niños de Sango y Miroku.
No tengo forma de explicarlo, pero no puedo sentirme de esa manera.
Vuelvo a sonreír y una lágrima cae por mi mejilla. Sango me aferra el brazo libre y me mira con los ojos nublados, y recién me doy cuenta de que estaba tan cerca a mí. Paso la vista a Miroku, que me dedica una nostálgica sonrisa. Han crecido, hemos crecido. Le sonrío de vuelta, y Sango me susurra.
—Volveremos a la aldea ahora. Vengan a comer a casa, ¿de acuerdo?
—Claro.
Caminan abrazados, alejándose de nosotros.
Cuando vuelvo la vista a Inuyasha, noto que me ha estado observando incluso con cierta ferocidad en sus orbes doradas. Es tanta la intensidad en él, que vuelvo la vista al frente de inmediato.
—Kagome. No estés triste. Estarás bien.
Vuelvo a sonreírle, pero él no responde de ninguna manera. Se lleva la mano que me sostiene a la boca y deposita un cálido beso. Luego vuelve la vista húmeda a las sepulturas delante.
—Estaremos bien —le corrijo entonces. Inuyasha me mira de reojo, su mirada es curiosa—. Yo te cuido.
Me dedica una pequeña sonrisa que deja entrever su colmillo.
—Y yo a ti.
༄ Nota:
Creo que cada nueva pérdida se acumula sobre una pérdida anterior. A veces el dolor es grande, muy grande, pero a veces también tenemos la suerte de tener gente que nos quiera, que nos de fuerzas.
Espero que estén bien,
Mor.
