ALL THE WAY
IX


—Apenas han pasad-

—No importa, debes cuidarte.

—¡Seiryō, bájate de ahí ahora mismo!

—El señor Jaken me ha dicho que no he estado bien, pero…

—Prepararé más bebidas.

—A lo mejor si consigo…

Me incorporo para seguir a Miroku, no creo que mi cabeza retenga toda esa información. Me sonríe al verme acercarme. Sus ojos azules siguen igual de profundos y calmos, pero algo en su mirada ha cambiado. Dicen que la paternidad hace esas cosas en los humanos, pero yo creo que fueron más cosas.

—Es un lío, ¿cierto? —me dice. Volvemos la vista hacia el montón de gente en su cabaña. Los niños corren y gritan, y hay un barullo constante de fondo, pero eso no parece detenernos para sonreír. Kohaku e Inuyasha conversan (posiblemente sobre su entrenamiento); Sango, Rin y Kagome parecen muy concentradas charlando entre ellas, con las miradas encendidas y las sonrisas a flote.

Es un lío, pero es lindo de observar.

—Deberías venir más seguido —me dice, mientras lo ayudo a cargar una bandeja—. A Kagome y Sango le hace ilusión. Hasta creo que a Inuyasha también.

Río mientras lo sigo a la mesa. Le comento que, ahora que estoy en un nivel tan avanzado, puedo disponer de mi tiempo con mayor libertad. Que pienso permanecer un tiempo en la aldea de Kaede (no hemos dejado de llamarla así). Miroku parece visiblemente contento con la noticia, y rápidamente se la comunica al resto.

Las miradas se clavan un rato en mí, pero pronto volvemos a charlar sobre un montón de cosas. Ahora sé que Inuyasha y Sango entrenan a los aldeanos (y que han mejorado mucho). Que Kagome y Miroku se encargan de la administración de la aldea, y que Kagome y Rin son los «doctores» oficiales (y creo que Mei sigue los pasos de Rin). Kohaku ha mejorado tanto que cada vez pasa más tiempo en la aldea. Y eso es lo único que no me creo ni por un segundo. Porque no es por su mejora, no.

Mientras comemos

(
y los niños murmuran, las conversaciones se vuelven más íntimas y calmadas,
—y observo cómo Miroku y Sango han sincronizado hasta los pensamientos; cómo él la mira y cómo ella le sonríe
—y observo cómo el temperamento tan colérico de Inuyasha se ve altamente anestesiado ante Kagome, como demuestran sus leves caricias y suaves miradas
—y observo que todo evoluciona día a día hacia lo que siempre debió ser
)

no puedo evitar observar, también, el casi inexistente rubor en las mejillas pecosas de Kohaku, y lo nervioso de sus movimientos. Las miradas tímidas que dirige hacia Rin y cómo ella le habla en respuesta a sus preguntas. El sonido de su voz, sus ojos soñadores, los movimientos de sus manos.

—Pronto deberé conseguirme una compañera también —suelto finalmente.

Todos se giran a verme, Kohaku y Rin incluidos. Los colores en el rostro de Kohaku se intensifican a un trescientos por ciento y Sango es la primera en reír en respuesta. Pronto se contagian Kagome y Miroku , y finalmente Inuyasha, dado que a Rin también se le han coloreado las mejillas.

Kohaku y Rin intercambian una mirada antes de volverse a explicarse hacia nosotros.

—No-nosotros no somos una p-pareja.

—S-solo somos amigos.

Sus negaciones no tienen fin. Ni fuerza, para el caso. Las risas son más vibrantes a medida que intentan excusarse más y más, entre que el viento se arremolina fuera de la cabaña y el sol comienza nuevamente a descender.



Inuyasha está silencioso. Por supuesto que nunca fue un hombre (o medio hombre) que hable por demás, pero es extraño verlo tan callado (sin ser un completo cascarrabias como de hecho es). Me recuerda a épocas calmas, donde estaba acostumbrándome al calor diario de mi mujer y él al vacío que la ausencia de Kagome le generaba.

Le doy un pequeño golpe en el codo con mi báculo y él se gira a verme con expresión curiosa.

—¿Extrañas el calor del hogar?

Inuyasha sonríe enseñando los colmillos. Yune ha mostrado tantas veces esas sonrisas frente a nosotros que incluso mis propios hijos han empezado a utilizarla. Es una sonrisa un tanto socarrona, pero no deja de ser propia de un Inuyasha amistoso, que se encuentra en confianza con un viejo amigo.

—Eso es algo que extrañas. Más bien a tu mujer.

—Así es, extraño a Sango. Y a los pequeños.

Pequeños —bufa Inuyasha. A pesar de que él considera que mis niños han crecido demasiado (creo que siente el peso de sus cuerpos cuando todos deciden «atacarlo» al mismo tiempo), sé que solo a bufado para molestarme. Más de una vez Kagome me ha dicho que quiere a mis hijos como si fueran los suyos propios. No me extraña. Yo mismo lo he visto ponerse en peligro para protegerlos.

—Para mí siempre serán pequeños. Así como lo es Yune para ti a pesar de parecer tener cinco cuando apenas va a cumplir dos años.

—Crece rápido, pero aún es un bebé.

—Es lo que trataba de decirte.

—En cualquier caso, no es que extraño. Simplemente no me gusta dejar a Kagome, Yune, Sango y a toda esa parva de niños que has creado completamente solos.

Sonrío, mirando al frente. La llegada de ligeros calores comienza a notarse en el calor que se concentra en mi nuca (donde sigue dándome el sol) y también en los nuevos brotes en los árboles y plantas que nos rodean. El cabello plateado de mi amigo brilla con intensidad y su mirada está concentrada al frente. Noto que parece ligeramente incómodo y que ha apurado el paso, llevando consigo, y sin mucho esfuerzo, una nueva recompensa por la cacería de unos pocos demonios que estaban asolando los alrededores.

Me ha costado sacarlo del pueblo, pero le hice entender que eventualmente esos demonios llegarían a nosotros. No tardó nada luego de decirle aquello en alistarse. No nos ha costado deshacernos de los yōkais, por supuesto.

—No están solos.

—No creo que el entrenamiento de los aldeanos sea tan bueno.

—Están Kohaku y Kirara. Y Sango ha vuelto a concentrarse en sus habilidades de exterminadora, como bien sabes.

Inuyasha me dirigió una mirada de reojo. Lo sabe porque mi mujer ha entrenado duro para viajar en esta cacería y porque ha dejado de hablarle cuando él decidió que sería yo quien lo acompañara. Se le pasara, claro. Y de seguro ha aprovechado los días para entrenar aún más junto a Kohaku y Kirara, quienes están en la aldea desde hace una semana. Por supuesto, la próxima cacería le corresponde a ella, por más que me pese.

—Sango es buena, pero son muchas vidas que proteger.

—Kagome es la mejor arquera y sacerdotisa que hemos tenido nunca. Supera a la señorita Kikyō con creces.

—Lo sé, pero está embarazadísima —gruñe—. Si decide combatir en esas condiciones, me aseguraré de matarla yo mismo.

Suelto una ligera risa.

—Por mi parte, creo que Sango y Kagome pueden ocuparse perfectamente de la defensa de la aldea en nuestra ausencia.

Inuyasha no dice nada. Posiblemente porque sabe que tengo razón. No me extrañaría que durante la próxima cacería seamos nosotros quienes tengamos que cuidar de los niños, y ellas terminando un limpio trabajo incluso más rápido que nosotros.

El hanyō finalmente se detiene y me mira durante un momento con la sombra de una sonrisa en los ojos.

—¿Qué ocurre?

—Antes, tiempo atrás en nuestros viajes teníamos charlas «de chicos», o simplemente, ya sabes, otras misiones. Y ahora conversamos de hijos, y labores…

—Siguen siendo charla de chicos, ¿no?

Inuyasha asiente con una sonrisa.

—¿Crees que las gemelas quieran ser exterminadoras también? —pregunta de pronto, reanulando la marcha. Creo que se detiene mi corazón al escuchar su pregunta, pero por otro lado, no puede más que encenderse un calor en mi pecho. Aún faltan algunos años para preocuparme por eso, pero…—. Espera —interrumpe mis pensamientos—. Me preocupa más que Shin o Kenzan decidan hacerse monjes budistas y tengamos un problema con todas las jóvenes de la aldea.

Lo observo quedamente durante unos segundos y luego los dos comenzamos a reír al mismo tiempo.

Sí, sería un problema que hereden esos genes. Sobre todo si alguno decide meterse en el camino de Yune, la niñita de Inuyasha.

Me dan escalofríos de solo pensarlo.


༄ Nota:
A veces personas o recuerdos del pasado aparecen de golpe y nos llenan de amor. Otras veces, disfrutamos el presente.
Espero que sigan bien,
Mor.