ALL THE WAY
XII
Takuma descansa con tranquilidad en los brazos de Sango. No me extraña en lo absoluto que sepa apaciguar los ánimos de cualquier criatura en toda la aldea y alrededores, pues ha tenido cómo practicar. Me hace sonreír ver a mi hijo junto a la exterminadora, junto a mi amiga.
—¿Crees que Inuyasha y Miroku tarden más?
La observo con cautela. Sus ojos marrones se enfocan en los míos y noto su intranquilidad.
—Apenas han partido anteayer. Estos viajes suelen tomar algunos días.
—Lo sé —murmura, intentando mantener el silencio por el sueño de mi niño—. Es solo que… Siento esto que… es como si algo estuviera mal. ¿No lo sientes tú?
Intento concentrarme. No he sentido el llamado de ningún fragmento de Shikon, ni muchos menos de la Perla, quien siempre ha sido la causante de muchas de nuestras desgracias. No hay nada en el aire (ni gritos, ni llantos, ni siquiera el olor a algún lejano incendio) que me indiquen que algo va mal. Pero un pequeño peso se asienta en mi estómago de repente, como si hubiera sido necesario enfocarme en buscar algo para que apareciera.
Me giro a verla intentando mantener la calma. Sin embargo, siempre he sido un libro abierto, y Sango siempre supo leerme.
—Tú también lo sientes.
—Tal vez no es nada —me apuro a decir. Sango niega con la cabeza, mientras acaricia los cabellos de Takuma.
—No. Sé que es algo, solo que no sé qué hacer. Ellos saben defenderse… ¿cierto?
—No hay mejores guerreros.
Sango suspira. Mira a lo lejos a las gemelas entrenando (han comenzado de inmediato para ser grandes guerreras) y al resto de los niños jugando a ser exterminadores, copiando movimientos, saltando y tirándose al piso, aprovechando la luz del sol y el calor propio de la época. El aire está lleno de risas. Pero algo va mal, y comienzo a preocuparme de veras.
Como si lo hubiéramos convocado, una mancha roja aparece en la entrada de la aldea. No es difícil distinguirlo, Inuyasha es parte del paisaje, pero los gritos de los aldeanos nos indican que no es un paisaje bueno.
—Miroku —murmura Sango. La piel del rostro ha empalidecido, y creo que yo tampoco me encuentro bien. Tomo a Takuma en brazos de inmediato, y la mirada de la exterminadora me lo agradece. Corremos luego al encuentro de Inuyasha, cerca de unas cabañas.
—¿Qué ha pasado? —grita Sango. Llego a su lado con la respiración agitada y con Takuma llorando, apenas unos segundos después. Noto la suciedad en el rostro de Inuyasha, las heridas que revelan aquellas zonas de su traje rajado y la sangre que ni siquiera el rojo de su hitoe logran ocultar.
—Nos han atacado. ¡Los he aniquilado, mierda! ¡He hecho todo lo que he podido! ¡Pero esos hijos de perra…!
—¿Qué tan mal está? ¡¿Qué tan mal?! —Algunas aldeanas entran y salen de la cabaña con tantas cosas encima que no llego a contarlas, las reconozco como parte de aprendices de enfermeras.
—Mal. Está mal —gruñe. Está angustiado, puedo notarlo en su mirada, en lo torpe de sus movimientos, en cómo aprieta los dientes. Está adolorido también—. No entres, Sango. Ve con los niños.
—¡¿Estás loco?! ¿Pretendes que me vaya por ahí mientras él está ahí dentro sin…?!
—¡Basta, maldición! —gruñe Inuyasha, le sostiene entonces los brazos y le impide el movimiento—. Kagome se hará cargo. Y estará bien. ¿De acuerdo? ¡Nos haremos cargo, Sango!
No tardo más de un segundo para dejar a Takuma de nuevo en brazos de Sango, quien no ve otra opción que sostenerle. Ella también es buena enfermera, ha atendido millones de heridas, pero sigo siendo la mejor de la aldea. Y esto es algo que ella no tiene porqué hacer.
El peso en mi estómago aumenta cuando veo la mirada de Inuyasha. Esto no pinta bien, y algo dentro de mí me pide llorar. Sin embargo, la parte que intenta mantener la calma, me obliga a inspirar hondo y tomar cartas en el asunto.
—Estén atentas a mi pedido —exijo apenas pisar el interior de la cabaña. Las aldeanas me miran y asienten, pero no se tardan en seguir limpiando la zona y la herida de Miroku.
Contengo las ganas de vomitar ante la visión. No sé con qué clase de bestia se han cruzado, pero Miroku ya no parece Miroku. Solo un saco roto, abierto casi de par en par, un saco con su rostro maltrecho, pálido y casi muerto.
Tomo lo que creo necesario antes de arrodillarme ante él.
—No dejen que Sango entre —ordeno, sé que Inuyasha podrá escucharme. Y ahora sé porqué no la dejó ingresar en primer lugar—. Y tomen nota de lo que necesito.
Agradezco a Kami-sama no ser la niña de quince años que llegó a esta época en este momento. Agradezco tener tanta experiencia en estos asuntos. Agradezco mucho todo esto porque no sería capaz de salvar su vida de otro modo.
Agradezco. Pero sobre todo ruego por poder lograrlo.
•
Las horas pasaron hasta que finalmente oscureció. La brisa de la noche sigue siendo cálida, pero mi cuerpo está helado. Aún sostengo a Takuma en brazos, y es lo único que calienta un poco mi corazón.
Inuyasha se deja caer a mi lado, sin mirarme a la cara. Sé que se siente culpable por lo que haya pasado allá fuera, en el campo de batalla, y por eso no se atreve a decirme nada. Aún así, aunque he luchado con todas mis fuerzas por entrar en aquella cabaña, incluso —lastimado como está— no ha dejado que me acerque.
Mis hijas, mis niñas fueron las que me han hecho entrar en razón. Aún con todo el temor que deben sentir, aún quedando a cargo de sus hermanos más pequeños, fueron las que me han dicho que debo mantener la calma, que debo esperar y confiar en Kagome y las aldeanas.
Pero han pasado horas. Y Kagome no ha salido. Y las aldeanas no sueltan palabras. Y los labios de Inuyasha se encuentran sellados.
Le he curado las heridas una vez que supe mantenerme más tranquila. Él se ha dejado, pero sé que siguió atento a mantenerme lejos de la cabaña, y aún culpable por el resultado de esa cacería fallida.
—Kagome no se ha rendido —murmura. Desvío la cabeza para observarle, su mirada está fija en la puerta de la cabaña. En la última hora todo estuvo muy tranquilo—. Miroku no se ha rendido.
—No, él no lo haría. Tiene… nos tiene a todos aquí. No puede dejarnos.
Inuyasha posa sus ojos dorados en mí. Veo ese matiz de culpa del que Kagome siempre me habla, como si esta fuera la oportunidad para hacerse visible.
—Lo lamento —suelta. Son tan extrañas esas palabras en su boca, no puedo soportarlas, no puedo escucharle decir aquello como si Miroku… como si él…—. No debí dejar que esto pasara. Nunca volverá a ocurrir, Sango.
Niego con la cabeza. Quiero decirle que no tengo que perdonarle nada, que estas cosas pasan, pero no puedo soltar palabra. No quiero pensar en accidentes, no quiero pensar en Miroku lastimado, me duele imaginarme cualquiera de esas cosas.
Un movimiento repentino de Inuyasha hace que levante la cabeza. Está erguido, las orejas atentas y la mirada centrada en la puerta. Entonces Kagome sale, limpiándose las manos en la ropa, con la mirada cansada y pidiendo descanso con su lenguaje corporal.
Me incorporo automáticamente al mismo tiempo que Inuyasha. Sus brazos de estiran para alcanzar a Takuma, que sigue durmiendo. Se lo paso y enseguida comenzamos a caminar hacia Kagome, que conversa con una de las aldeanas. Al segundo de llegar a su lado, la mujer nos dirige una tímida mirada y vuelve a ingresar a la cabaña.
No recuerdo la última vez que el latir de mi corazón dolió. Me duele contra las costillas, y me duele la falta de aire, me molesta lo innecesario que es pensar en respirar y seguir tranquila. A menos de diez pasos se encuentra Miroku, tendido en el suelo, posiblemente cubierto de su propia sangre. Lejos de mí.
Encuentro en la mirada marrón de Kagome únicamente calidez. Extiende una de sus manos y toma la mía. Está caliente, aún con restos de sangre.
—Su condición es crítica —murmura, con lentitud. Me sostiene la mirada y aprieta con más fuerza mi mano cuando no soy capaz de escuchar el resto de sus palabras—… sigue con nosotros. Sango. Sigue con nosotros.
—Necesito verlo.
Las palabras salen de mi boca a tropezones y finalmente logro enfocar la mirada en mi amiga.
—Necesito verlo —repito.
—Y lo harás —asegura Kagome—. Inuyasha, necesito que vuelvas a ir a mi casa. Consígueme más de lo que te pedí antes.
—De acuerdo.
Intercambian una rápida mirada y, de un solo salto, Inuyasha desaparece de nuestra vista. Sé que Kagome jamás se permite usar medicinas de su época porque teme cometer algún error. Y sé que ha hecho una enorme excepción por mi esposo.
—Sango —comienza ella de nuevo. Mi corazón sigue latiendo fuerte contra mis costillas. No vuelve a hablar. Tira de mi mano al tiempo que abre la puerta.
Al entrar en la cabaña, las tres aldeanas que están en el interior vuelven la mirada y luego se apresuran a salir. Observo el cuerpo maltrecho de Miroku tendido sobre una tela gruesa. La piel de todo el cuerpo está pálida. Tiene una gran venda que cubre casi todo su pecho desnudo. Sus cabellos están pegados al cráneo, una mezcla de sudor y sangre.
—Está… tan blanco.
Me acerco unos pasos. Está inconsciente y no parece que vaya a despertar pronto.
—Su pecho…
—Le quedará una cicatriz —susurra Kagome. Me vuelvo a verla y noto que parece mortificada—. Una gran cicatriz.
—¿Despertará? Es lo único que me importa, Kagome. Por favor, dime la verdad.
Mi amiga toma aire. Luego me sostiene la mano y vuelve a tirar de mí para acercarnos otro tanto a Miroku. Se arrodilla ante mi esposo y yo hago lo mismo. Deja entonces que le tome la mano al monje, a Su Excelencia. Su tacto es frío, pero no tanto como hubiera imaginado en estos temores que me acompañaron durante estas horas.
—Miroku es muy fuerte —asegura. La observo, sabiendo que estoy a punto de llorar, con los ojos empañados—. Lo que queda depende de él, así que hay una buena probabilidad, ¿no crees?
Le sonrío y una lágrima rueda por mi mejilla.
—Sí, sí, así es.
•
No soy capaz de abrir los ojos, no al primer intento. Siento que todo mi cuerpo pertenece a otro mundo, pero uno doloroso. No puedo moverme, cualquier tentativa de hacerlo me deja sin respiración. Finalmente me decido por no moverme y probar nuevamente abrir los ojos y verificar dónde me encuentro.
Tardo mucho en lograrlo, porque hay demasiada luz y termina molestándome la vista. Pero luego de varios intentos finalmente puedo. Estoy en una cabaña, pero no es la mía y tampoco la de Inuyasha y Kagome. Recorro el lugar con la vista y no tardo en darme cuenta que es un sanatorio improvisado.
Encuentro a Sango de inmediato, quien está profundamente dormida sobre la pared. A su lado está Kagome, y es evidente que han estado abrazándose. Intento ubicarme en el tiempo. Por el dolor que siento, es obvio que estoy herido, pero no puedo recordar demasiado qué pasó.
La puerta se abre rápidamente y un rostro bien conocido hace acto de presencia. Inuyasha, visiblemente contento, me observa desde la entrada.
—Has despertado, monje idiota.
—Eso parece, amigo mío —respondo. Mi voz me parece apenas audible, rasposa, y me molesta al hablar. Toso un poco y eso provoca nuevos dolores en mi tórax.
—No hagas esfuerzo —me ordena. Se acerca a Kagome y a Sango y las sacude un tanto con un poco de apremio—. Oigan, despiértense, Miroku está consciente.
—¿Qué? ¿Qué? —Sango parece confundida y su rostro denota preocupación. Tiene unas marcadas ojeras y el pelo hecho un desastre, pero está tan encantadora como la primera vez—. Kami-sama, ¡Miroku!
Escucho que Kagome deja escapar un suspiro de sorpresa y se incorpora con la misma agilidad que Sango. Pronto tengo a mi esposa junto a mi lado. Su rostro está tan cerca que puedo contar las arrugas de expresión que se han formado en su rostro con el paso de los años. Veo las lágrimas que prometen escapar de sus ojos castaños. Me encandilan sus labios.
—Estás despierto —murmura. No tengo ojos para nadie más que para ella, aunque es obvio que no es la única preocupada por mí—. Por momentos creí que me dejarías.
—No me atrevería a eso, Sanguito.
Suelta una risa, de esas suyas maravillosas, la misma risa de quien está tan alegre que puede llorar. Me besa la mejilla y rápidamente los labios. Siento que el calor sube a mi rostro en menos de dos segundos.
—Cariño, no puedo ahora, pero te prometo que pronto…
Vuelve a reír y escucho que Inuyasha dice algo muy parecido a "monje libidinoso", que ha sido su manera favorita de llamarme durante muchos, muchos años en el pasado. Vuelvo a observar a mis amigos, que se abrazan. Ambos parecen profundamente aliviados. El rostro de Kagome también demuestra su cansancio, las marcadas ojeras, lo descuidado de su apariencia...
—Tengo suerte de tenerlos —suelto, sin pensarlo.
Kagome me sonríe e Inuyasha frunce el ceño. Puedo vislumbrar algo de culpa, pero ya tendremos tiempo de hablar sobre eso. Me esquiva la mirada y observa de reojo a Sango. Mi esposa le sonríe, sosteniéndome la mano, pero parece que eso no es suficiente.
—Los dejaremos solos —asegura. Kagome asiente, sonriendo abiertamente—. Llamaremos a tus crías, están deseosos de verte.
—Y más tarde veremos tu herida, ¿de acuerdo? —agrega su esposa. No tengo idea de qué ha pasado en todo este tiempo, pero por lo visto Kagome está a cargo.
Les sonrío a ambos, y observo cómo se marchan, dejándome a solas con Sango.
—Ha pasado un tiempo, ¿cierto?
—Demasiado —me asegura. Veo en sus ojos el dolor que ha estado sufriendo estos días. Me gustaría abrazarla y llenarla de besos, pero por ahora me veo imposibilitado.
—Pero estoy aquí ahora y estaré aquí por mucho más tiempo, ¿me crees?
—Sí, cariño —me dice. Sus labios se juntan con los míos al tiempo que la puerta se abre y entren un montón de niños en tropel, junto a un griterío fácilmente identificable.
Es música para mis oídos.
•
Siento el olor de Kōga mucho antes de que llegue aquí. Sin embargo, sé que no es exactamente su olor. Son sus crías quienes traen consigo esa peste de lobo. Según mis cálculos, no tardarán más de algunos largos minutos en llegar.
Aunque lo intento, no puedo evitar enfurruñarme.
—Inuyasha, no te quiero ver con esa cara —escucho de inmediato.
—Kagome tiene razón —agrega Miroku, con una cansada sonrisa. A pesar de que su herida se encuentra mejor y lo bien que se alimenta (solo comparable con la alimentación diaria de mis niños y mía), aún no puede llevarnos el ritmo (el tranquilo, así que quedan por delante muchos meses antes de que se recupere del todo)—. Imagino que ya olfateas a Kōga. Deberás mostrarte agradecido que esté aquí…
—De lo contrario, seremos Kagome y yo quienes salgamos de cacería —asegura Sango. Su mirada no deja lugar a dudas.
—No se olviden de nosotras —grita Mei, aún entrenando. Las niñas siempre fueron indistinguibles; con su entrenamiento y sus ropas de exterminador (regalo de Kohaku), ahora son prácticamente una sola. Creo que Miroku empalidece otro poco y Sango se apura a decirle que corte con ese rollo sobre protector de una vez.
—Kagome, ¿quieres acompañarme para prepararlo todo? —agrega de inmediato, sin darle tiempo a su marido de defenderse. El monje me dirige una de esas miradas que comunican que aquello no es nada nuevo. Y no me extraña, últimamente Sango está como loca. Si bien muchos de sus niños ya se mueven por la aldea con absoluta tranquilidad y confianza, aún necesitan de la vigilancia de sus padres. Sin embargo, se niega a interrumpir el entrenamiento de las gemelas para que ellas puedan ayudarle. Si bien Shin y Kenzan cuidan de Yasuo todo lo que pueden, aún le queda encargarse del entrenamiento diario de los aldeanos, parte de la administración de la aldea, vida de madre, la atención a su esposo en recuperación y la amenaza de nuevos demonios en los alrededores.
Obviamente, como muchas otras veces, no se da cuenta que tanto Kagome como yo (y Kohaku y Rin, que han venido en cuanto se han enterado de la situación) estamos para ayudar. Aunque no puedo mentir. El crecimiento de Yune se nos escapa de las manos, y el pequeño Takuma requiere completa atención todo el jodido día. Kagome pasa la mitad del día con los enfermos de la aldea (y forasteros que requieren ayuda), trabaja junto a Sango en la administración de la aldea (ahora que obligamos a Miroku a tomar completo reposo) y de algún modo se las arregla para atender a los niños.
Kohaku y Rin han aliviado sus cargas ampliamente. Ayudan tanto en los entrenamientos como en el cuidado de enfermos o niños. Su presencia es impagable.
Y luego estoy yo, que soy un medio demonio que no sirve para mucho más que para pelear. Y, por supuesto, ni siquiera eso me dejan hacer en paz. Han decidido que, en vistas de lo ocurrido, no pueden dejar que me encargue solo de unos pocos demonios que están destruyendo todo a su paso en regiones vecinas. Así que han pedido la ayuda de Kōga y los suyos, incluso cuando contamos con aldeanos bien entrenados por la propia Sango.
De cualquier modo, todos opinan que los aldeanos deben estar entrenados para proteger la aldea de posibles ataques imprevistos, no para salir a cazar. Que ese era nuestro trabajo. No desconfían de mis habilidades, y puedo asegurar que eso es cierto (es fácil saber cuando alguien miente o duda, sobre todo si se trata de mi grupo), pero creen que es un riesgo que no deberíamos correr, considerando la condición actual de Miroku.
Lo que nos lleva a meses de esta mierda en donde soy prácticamente inútil y debo esperar por refuerzos de lobos apestosos.
—Estás inusualmente callado. —La voz de Miroku me saca de mis cavilaciones y lo observo de reojo al tiempo que suelto un respingo.— Lo que me hace pensar que estás gruñendo para adentro.
—No —gruño. Por supuesto que es cierto y el monje así lo sabe, pero no daré el brazo a torcer—. Es solo que esta situación es desesperante. En muchos años no hemos requerido ayuda de afuera de la aldea.
—¿De veras? —pregunta. Lo observo con más detenimiento. El cabello negro ya deja entrever varias canas. Hay arrugas en varios lugares de su cara (del tiempo, de luchas lejanas, del sol sobre el rostro, de risas…), pero sus ojos azules siguen tan poderosos como antaño. Observa más allá, sin enfocar la vista en ningún lugar en específico—. Kōga nos ha ayudado a lo largo de todos estos años…
—Bleh —suelto enseguida. Es cierto en parte. Es un arreglo, él mantiene a raya los demonios en donde sea que vive y nosotros aquí, los demonios de allí no vienen aquí y viceversa—. Pero no es ayuda de verdad.
—Jinenji nos provee de hierbas desde siempre.
—Eso no puede considerarse…
No me deja terminar.
—Hachi nos visita con valiosa información, al igual que el viejo Myōga. Sesshōmaru y Jaken con provisiones de todo tipo. Kohaku, Rin y Shippō, con…
—¡Kohaku, Shippō y Rin son familia!
—Todos son familia —termina, mirándome con severidad, y aún así con una ligera sonrisa—. O amigos, aliados. ¿No eres capaz de ver cuántas personas nos han ayudado, nos ayudan?
No puedo responder a eso. Miroku siempre ha tenido una habilidad especial para acallar a todo el mundo con argumentos estúpidos y válidos en partes iguales.
—Y a cuantas hemos ayudado —agrega. Su sonrisa sigue en pie, pero puedo notar el cansancio. Hace largas horas que está fuera de su cabaña, y aún sin hacer mucho esfuerzo eso parece ser suficiente para agobiarlo—. Así funciona. Nosotros ayudamos y esa ayuda vuelve, ¿lo ves?
—Claro que sí, no soy estúpido —escupo.
—Entonces guarda lejos esos tontos resentimientos, ya largamente inválidos, contra Kōga y deja que nos ayude. Él, Ayame y su manada lo hacen gustosos. Y nosotros gustosos los recibiremos.
—Lo que digas.
—Y algo más.
—¿Qué?
—Gracias por traerme a casa —me sonríe. Creo que puede notar el desconcierto en mi rostro—. No se me ha presentado la oportunidad de decírtelo antes, no hemos tenido un tiempo a solas. Quería agradecerte por asegurarte de traerme a casa aquella vez. Por obligarme. Pude haber muerto ahí, pero me dijiste…
—Recuerdo lo que dije. Olvídalo.
"¡No te mueras ahora, estúpido! Debes volver a casa con Sango y tus críos, ¿comprendes?"
—¡No puedo olvidarlo! —me asegura. Es sincero, puedo notarlo. Esto comienza a incomodarme—. Estaba tan cansado, realmente creí... Pero me obligaste a seguir, por Sango y mis niños. Te encargaste del asunto de algún modo que no puedo comprender y, herido como estabas, me trajiste a mi hogar.
—Miroku…
No deja que continúe. Aún cuando no sé qué decir, cuando todo esto no tiene sentido.
—Y luego, nuestra maravillosa amiga, tu esposa, me ató a la vida. Cuidaron de mí, de Sango y de mis hijos, de muchas maneras diferentes a lo largo de los años, pero ese día… cuando creí que era mi último día, ahí ustedes...
—Olvídalo —gruño. Soy incapaz de decir algo más. Su agradecimiento parece fuera de lugar, dado todo lo que ha ocurrido. Fue una distracción de nuestra parte, con mayor culpa en mí, que tengo los sentidos más desarrollados y mucha más fuerza, y aún así no supe prevenir la situación. De modo que no hay agradecimientos que pueda aceptar, ahora o nunca.
—Inuyasha —vuelve a decir. Me toma del brazo, y el peso y fuerza de su agarre no ha cambiado en más de diez años—, nunca voy a olvidar todo lo que ustedes,… lo que tú has hecho por mí. Y alguna vez espero devolver todo eso, amigo mío.
Me mantengo en silencio, porque no creo ser capaz de soltar palabra. Encuentro completa sinceridad en lo que dice, en su mirada y gestos. Sé que me agradece, sé que no me culpa por nada de lo ocurrido, pero aún así… aún así no permitiré que algo como eso vuelva a pasar.
—Por el momento, descansa —digo finalmente.
Miroku me sonríe abiertamente, y escuchamos de lejos el griterío de los niños. El olor de lobo ahora es más acentuado, así que no hay duda que ha llegado a la aldea.
—Manten la compostura, Inuyasha —agrega, al ver el cambio en mi expresión. No puedo evitar sonreírle al notar esa picardía en su mirada y ante el tono de su voz.
༄ Nota:
Amé escribir estas viñetas (a las que llamo 'la batalla de Miroku'). Siento que vemos cosas bellas aquí, y aunque es muy doloroso (imaginarme la pérdida de él, sobre todo), también me parece dulce. Me parece grande, me llena de amor la cantidad de gente que lo quiere, y la marca que deja. Y me pareció lindo escribir sobre esta pelea por la vida, y de todo este amor.
Espero que lo hayan disfrutado,
Mor.
