ALL THE WAY
XIII
A pesar de que hace tiempo que no piso la aldea, sigo sintiéndome en mi casa. Todo cambió, pero todo sigue igual. Es algo complicado de explicar para alguien con sangre demoníaca como yo, que ha crecido tanto y puede apreciar todos los cambios que se produjeron.
La pequeña Yune ya no es tan pequeña, aún a pesar de estar pisando los cinco años. El dulce Takuma crece a ritmo acelerado, y su parecido con Inuyasha es casi preocupante. Su fino cabello no es plateado como hubiera imaginado, sino de un color tan oscuro como el de Kagome. Sin embargo, sus ojos son tan dorados que embelesan. Por otro lado, el modo de sonreírse y casi todos sus gestos recuerdan a Inuyasha, sin lugar a dudas.
Inuyasha parece más cariñoso de lo que recuerdo, aunque no tardó en darme un buen coscorrón apenas llegué a su lado. Noto algunos cambios en sus rasgos, más duros. De algún modo creció, aunque sigue pareciendo muy joven al lado del resto de mis amigos. Miroku es el más viejo, por lo que se notan más sus tempranas canas y algunas arrugas. Pero no es el único que dejó atrás un cuerpo más joven. Sango y Kagome son completamente mujeres, incluso algunas arrugas de expresión son apreciables si se está lo suficientemente cerca.
No solo han cambiado físicamente. Los veo completos, con viejos temores lejos de ellos. Los veo felices, como siempre deseé.
—Sonríes mucho —me dice el más pequeño de Miroku y Sango, entre que se cuelga de mi brazo. Lo alzo con facilidad y le sonrío dejando a la vista mis colmillos.
—Pues me gusta estar aquí.
—Eso dice la tía Kagome —me asegura Yasuo—. ¿Vamos a ver a Mi y Me?
—¿Siguen entrenando?
Comenzamos a caminar hacia el sitio destinado al entrenamiento. Es un gran predio preparado con multitud de herramientas de todo tipo. Creo que Sango y Kohaku han hecho muchos viajes a su antigua aldea, porque hay un gran aire a aldea de exterminadores aquí.
Una fría brisa despeina nuestros cabellos y Yasuo ríe. Los días comienzan a mostrarse un poco más fríos, hace falta abrigarse un poco más aún a pesar del gran sol que está sobre nosotros y que aún sea necesario refugiarse bajo algunos árboles, tal como hacen mis amigos ahora mismo. Los niños son los únicos que corren y gritan bajo el sol. Dejo al pequeño con ellos y alcanzo a mis compañeros.
—Qué bueno que hayas decidido unirte a nosotros —asegura Miroku. Se lo ve mucho mejor ahora, se nota que el cuidado de todos y el descanso le han ayudado a recuperar las fuerzas luego de la gran herida que ha recibido tiempo atrás—. Los niños no dejaban de preguntar por ti.
—Además, siempre es lindo volver a estar todos en grupo, ¿a que sí? —sonríe Kagome. Me acaricia la mejilla, como solía hacer hace mucho tiempo. Mi cuerpo ha cambiado de tamaño y puede que mi mente ya no se corresponda a la de un niño, pero los sentimientos no han cambiado en lo absoluto, de modo que le sonrío con el corazón más cálido.
Escucho el maullido de Kirara, que se acerca a mis pies y se refriega contra mi pierna. Le acaricio la cabeza con paciencia. Se extiende un ameno silencio entre nosotros, con las risas de los niños de fondo. Cuando vuelvo a alzar la vista, me doy cuenta de que Kagome tiene razón.
Sango está sentada junto a Miroku y se toman las manos. Justo al lado, Inuyasha está sentado cómodamente sobre el pasto, abrazando a Kagome. Todos están observándome y sonríen.
Vuelvo a escuchar el maullido de Kirara, y es entonces cuando no puedo evitar sonreír con más ganas.
•
La abrazo por detrás y escondo mi cara entre sus largos cabellos negros. Su aroma no ha cambiado un ápice. Suelta una risita divertida y sigue secando los utensilios de cocina, esos que tan poca importancia tienen ahora. Le hago cosquillas en el cuello y ríe con más ganas. Me contagia una sonrisa y solo provoca que tenga más ganas de seguir jugando. Entonces escucho a Yune, que viene a paso rápido, y suelto un cansado suspiro que logra una nueva risa divertida de mi esposa.
—Papá —me llama. Me giro a verla y así también lo hace Kagome—, Takuma te está llamando.
—¿Y cuándo ha aprendido a decir mi nombre?
Kagome sonríe con ese gesto tierno que suele poner al ver niños, sobre todo niños que creen decir verdades absolutas con esa inocencia que los caracteriza.
—Pues recién. —Yune frunce el ceño y luego se cruza de brazos.— Y no ha parado ni un segundo. ¿No puedes oírlo?
Agudizo el oído buscando la voz de mi hijo. Y la encuentro enseguida, en mi mismo hogar. No hay duda de que ha aprendido «mi nombre»: no para de repetir «nuyasha».
—Vaya —suelto. Kagome enfoca la vista en mí con los grandes ojos marrones abiertos. Me encojo de hombros—. Su primera palabra es «nuyasha».
—¿Ya? ¡Pero…!
Kagome suspira y luego se lleva las manos al pecho. Sin perder un segundo, sale corriendo camino a la habitación donde se encuentra Takuma jugando. No puedo evitar sonreír mientras la veo correr (no ha perdido la agilidad ni la fibra en sus piernas). Yune se acerca a mí y me toma la mano con rapidez.
—¿Podemos ir a ver a la abuela y al tío Kohaku? —pregunta. Asiento con la cabeza y sus ojos dorados se abren entusiasmados—. ¡Les contaré las novedades a tío Miroku y a la tía Sango! ¡Y a Kohaku y Rin! ¡Les contaré a todos y luego iremos al pozo!
Sale corriendo en dirección a la puerta pero se detiene en seco y se gira a verme. Asiento una vez más, con mirada severa, aunque estoy por demás divertido.
—De acuerdo —gruñe. Se acerca a la silla donde descansa su abrigo. Kagome ha insistido en que debe mantenerse bien abrigada por el frío fuera de la casa, aún a pesar de que es mucho más demonio que humano y el frío no le afecta de igual manera.
Una vez que termina de abrigarse, me saluda con la mano y sale al frío exterior en dirección a la casa de Miroku y Sango, por lo que puedo olfatear. Niego con la cabeza. Estoy ligeramente asombrado de lo rápido que crecen, lo hemos podido comprobar con Yune, y reforzarlo con Takuma.
—¡Inuyasha! —Me llama Kagome desde la habitación—. ¿Quieres preparar una mochila para llevar a lo de mi madre? ¡Debemos contarles esto!
—¡De acuerdo! —exclamo lo suficientemente alto como para que logre escucharme. Sin dejar de sonreír, me dirijo a preparar la mochila.
Quién hubiera dicho que yo, que una vez estuve atado a un árbol y era odiado y temido por la mayoría de las personas y demonios, tendría en un futuro una familia… así. Tan grande.
—¡Inuyasha, Yune me ha contado las buenas nuevas! —La cara de Miroku se hace presente por la puerta, entrando en la casa como si fuera la suya propia. Por lo visto, Yune le ha encontrado camino a mi casa. Sus fuerzas están muy renovadas aún a pesar de que sigue sin poder hacer grandes esfuerzos. Le sonrío con orgullo—. Sanguito tenía planeado una cena, ¿volverán esta noche? ¿O lo postergamos para mañana?
—Creo que estaremos aquí por la tarde.
—¡Genial! —grita Sango entrando rápidamente detrás de Miroku. El monje le sonríe y yo igual, pues su emoción parece contagiosa—. Los esperamos entonces. De momento, me iré a ver a Takuma. ¡Linda criatura!
Sango se pierde en el interior de la casa y rápidamente puedo escuchar el cuchicheo y los gritos emocionados que comparte con Kagome.
—Yune está con las niñas y los niños, y creo que irán en busca de Kohaku y Rin todos juntos.
Asiento. Miroku entonces me dice que él también irá a ver a Takuma y Kagome un momento, y noto por el brillo en sus ojos que ese tipo de cosas le entusiasman más de lo que se atreve a decir en voz alta. No hace falta que yo vaya también, puedo escuchar todo perfectamente, pero lo sigo de todas formas, mientras me pasa un brazo por los hombros en un gesto amistoso.
Quién lo hubiera dicho.
༄ Nota:
Algo cálido. Les mando amor,
Mor.
