ALL THE WAY
XIV
Me limpio el sudor de la frente con rapidez, sonriendo, al tiempo que recibo a Hiraikotsu con mi brazo izquierdo. Volteo a ver a Kagome, que me devuelve una sonrisa de suficiencia y deja caer el brazo que sostiene su arco. A pesar de los años que no hemos salido a cazar (simplemente defendiendo a la aldea en contadas ocasiones), seguimos siendo excepcionalmente buenas.
—Tu energía espiritual es increíble —suelto, acercándome a ella. Kagome deja escapar una risa divertida.
—Tú eres extraordinaria —me dice con sinceridad. Luego observa detrás, pues los aldeanos comienzan a salir de sus casas, asombrados por nuestro poder y agradecidos por nuestro trabajo. Me acomodo a Hiraikotsu en mi espalda mientras Kagome comunica los recaudos que deben tomar y se asegura de que todos estén bien.
La observo hablar con los aldeanos, y de reojo puedo notar cómo el cadáver del demonio comienza a desintegrarse rápidamente, y sonrío con mayor plenitud. Kagome ha sido completamente franca, como siempre lo fue. He mejorado mucho, mucho. Mi habilidad para exterminar siempre ha sido buena, pero los años y la experiencia en multitud de combates me han dado más fuerza e inteligencia al momento de combatir. Ya no gasto energías en movimientos inútiles, sé moverme con certeza y golpear de la misma forma. El lazo con Hiraikotsu ha crecido con los años y la sincronización con mis compañeros (Kagome en este caso) no es menos que perfecta. Y eso se nota con creces. Si a eso sumamos que la puntería y el poder espiritual de Kagome es impecable, todo se resume a que somos un equipo infalible.
Es genial volver a luchar, y sentir esta energía correr por mi cuerpo.
La recompensa por el trabajo realizado es cuantiosa. Marchamos contentas de vuelta al hogar, con una carreta llena de provisiones que serán de gran utilidad. Kagome también parece muy feliz de volver a combatir y ayudar a las personas (siempre le ha encantado), pero así mismo, parece muy ansiosa de volver con Yune y el pequeño Takuma. No puedo decir que estoy en otra posición: mis niñas y niños llaman, necesito volver con ellos. Pero un pequeño respiro de la vida hogareña sienta bien.
Me acomodo un poco más el abrigo que cubre mi garganta. Si bien el calor de la primavera comienza a sentirse poco a poco, vestigios del invierno aún nos golpea el cuerpo con fiereza y, ciertamente, el calor de la batalla se ha escapado de nuestros cuerpos.
Marchamos en silencio, admirando el camino. Kagome parece feliz, sentada a mi lado, con los cabellos negros y ondulados ondeando con el viento. La observo pero corro la vista, inquieta. Sé que hay muchas cosas que no le he dicho, a pesar de que convivimos día a día y no tengo mejor amiga y compañera que ella. Miroku es mi todo, pero Kagome es mi amiga.
—¿Qué ocurre? —pregunta de repente, obligándome a salir de mis pensamientos y girar a verla. Creo que me sonrojo de inmediato, pues un calor comienza a recorrerme desde el pecho hasta el rostro. Kagome sonríe aún más—. ¿Qué?
Niego con la cabeza y le resto importancia con una risa divertida. No sé si quiera decir algo ahora, simplemente no me sale. Mi amiga se pone un poco más seria, pero sus ojos no dejan de invitarme a hablar, tan cálidos como siempre.
—Quieres decirme algo, ¿cierto? —me pregunta. Los caballos siguen su marcha a buen ritmo y el golpeteo de sus patas sobre el camino de tierra es un murmullo constante que nos mantiene en paz. Asiento, un tanto insegura. ¿Pero qué puedo decirle?—. Ya lo sé. Estás embarazada y no sabes cómo decírselo a Miroku. ¡No te preocupes, él no…!
—¡No es eso! —exclamo, pero estoy sonriendo un poco nerviosa. ¿Otro niño? No digo que no lo hemos intentado y que no hemos mantenido noches, mañanas y algunas tardes cálidas junto a Miroku, pero no se ha presentado hasta el momento—. No, no estoy embarazada.
—Oh —suelta ella—. Comenzaba a ilusionarme.
—¡No seas tonta!
Ríe un tanto hasta que finalmente vuelve la vista a mí.
—¿Entonces qué? No me asustes, Sango.
—No es para asustarse. No es eso —murmuro. Me observo las manos, ahora un poco más ásperas por el uso de Hiraikotsu, llenas de suciedad. Manos de guerrera, manos que mi esposo ama—. Quería… quería decirte gracias.
Levanto la vista y encuentro que Kagome me mira con un tanto de sorpresa.
—Gracias —repito, ahora más segura. Parece que todo dentro de mí quería dejar salir esa palabra, pues me siento más tranquila ahora—. Creo que no tuve oportunidad antes de decírtelo.
Kagome observa brevemente la dirección de los caballos, pero al momento vuelve a concentrarse en mí.
—Pues… no sé de qué. Podías ocuparte sola de esos demonios, no hacía falta que te ayudara. De verdad.
Le sonrío y tomo una de sus manos. Cuántas veces nos hemos tomado de la mano y todo ha estado bien. De repente recuerdo cuánto la necesité durante esos tres largos años que estuvo en su época, tan lejos de nosotros. Cuánto la quise cerca cuando la noticia de mi primer y segundo embarazo llegó hasta mí y no estaba cerca para contarle… Sonrío aún más. Qué bien que haya vuelto.
—No, no por eso. Por todo, Kagome —aseguro—. Has sido mi amiga… mi única amiga durante tanto tiempo. Has estado a mi lado muchas luchas, muchos dolores y muchas alegrías y… hemos criado a nuestros hijos juntos y...
Kagome me sonríe y obliga a los caballos a detenerse, mientras la observo muda. Cuando la carreta está quieta y puede dejar las riendas durante un momento, me abraza. Le devuelvo el abrazo con fuerza, con ánimo.
—Gracias a ti —me susurra—. Eres… magnífica.
Nos separamos y noto que tiene lágrimas en los ojos. Y, qué idiota de mí, yo también. Sonreíamos tontamente, soltando risitas nerviosas y nos secamos las lágrimas.
—¡No puedo creer que no te lo dije antes! —exclama, pareciendo molesta consigo misma.
—Ni yo —agrego. Kagome niega con la cabeza—. Sobre todo con lo que ocurrió con Miroku, su cuidado, todos los problemas en la aldea, todo…
—No digas más. Inuyasha y yo siempre haremos todo por Miroku y por ti. Por nuestra familia. Ustedes son…
—Lo sé. Pero gracias.
Kagome me aprieta la mano de nuevo.
—De repente tengo muchas ganas de volver a la aldea —se sincera con una tímida sonrisa. Asiento con vehemencia, indicándole que yo también.
Cómo no, si lo que nos espera en nuestra aldea es todo lo que amamos.
•
Respiro hondo, llenando mis pulmones al tope. El frío del invierno aún no nos abandona, pero bajo el sol del mediodía uno está a gusto. Me siento mucho, mucho mejor que tiempo atrás, vuelvo a poder realizar casi todo tipo de actividades, pero aún sigo en recuperación y nadie me deja hacer prácticamente nada, lo que provoca mucha gracia en Inuyasha.
Aunque, claro, hoy no está nada contento. Kagome y Sango han partido hacia una cacería. Sí, nuestras mujeres han decidido tomar las armas, defender a los necesitados y traer nuevas provisiones y ganancias a nuestra pequeña aldea. Dado los últimos acontecimientos (que me tienen de protagonista), este viaje nos mantiene un tanto preocupados. Aún cuando sabemos que no hay mejores en su disciplina.
—Dime de una vez qué es lo que te tiene tan inquieto, Inuyasha. Tus bufidos comienzan a molestarme.
—Bleh. No es nada. Solo Kagome y Sango peleando allí fuera como cuando eran dos adolescentes.
—Solo que ya no son dos adolescentes.
Inuyasha tira el cuerpo hacia atrás, apoyándose en las palmas de las manos. Lo miro de reojo. Tiene los ojos cerrados y la cabeza apuntando al cielo. Su cabello hoy es completamente negro y creo que Yune le ha hecho un ligero recorte en las puntas, lo que me hace sonreír. ¿O tal vez fue Takuma? El niño crece mucho más rápido de lo que alguna vez he visto.
—Es que… —sigue, pero se contiene al momento. Un poco más curioso que antes, me giro a verlo. Ha abierto los ojos y me observa con cautela. Este Inuyasha, el completamente humano, siempre parece estar más comunicativo y preocupado. Suspira—. Es solo que ella vuelve a estar en ese estado. Entonces… solo me preocupa.
—¿Qué estado?
Inuyasha me dirige una singular mirada, pero no logro comprender. Las chicas han tenido su período durante muchos, muchos años a nuestro lado, incluso en aquella época en la que peleábamos contra Naraku, cuando sentían más vergüenza por lo que la naturaleza demanda. No es una novedad para nosotros, y ciertamente no es una debilidad en el campo de batalla (tal vez lo contrario…).
—Embarazada.
—¡¿Embarazada?!
Mi exclamación es tan alta que los niños, que se encuentran más adelante jugando entre ellos se giran a vernos con gran curiosidad. Espero que no hayan escuchado lo que dije, solo un grito lejano.
—Sí, mejor grítalo a los cuatro vientos.
—Lo lamento. Es que no puedo creer que la hayas dejado marchar estando… Kagome ha tenido varias pérdidas ya y…
—Ha tenido más de las que sabes.
Ya no me mira. Mira a la distancia, allí delante, más allá de nuestros niños jugando. Lo observo fijamente, esperando que se decida a ampliar la información. Es que no logro comprender del todo a qué se refiere.
—Inuyasha, no puedes callarte ahora. ¿Qué quieres decir con…?
—Quiero decir que ha estado en esta condición muchas otras veces. Pero antes de que podamos decir con seguridad que lo está, lo pierde. Muchas veces ni siquiera lo sabe, solo cree que fue un retraso en la regla. Y…
Estoy pasmado. Veo el claro enojo en su rostro, la culpa en sus ojos. Sin embargo, también observo la resignación, lo cansado que se encuentra.
—¿Cómo…?
—No he podido determinar nada con certeza. Kaede se nos fue demasiado deprisa. Sesshōmaru solo puede ayudarme a adivinar. Pero creemos que tiene que ver con su poder espiritual y mi sangre demoníaca. Creemos que Yune y Takuma están aquí solo porque han sido más fuertes que Kagome.
—¿Quieres decir que Kagome los expulsa antes…?
Me quedo callado. El silencio de Inuyasha es un «sí» tácito. Vuelve a enfocar la vista delante, donde Yune toma a Takuma para ayudarle a caminar, está tan ansiosa de que pueda jugar con todos ellos…
—¿Las dos veces que perdió el embarazo...?
—Supongo que esos niños lo han intentado, pero el poder espiritual de Kagome ganó finalmente.
Lo observo. Inuyasha parece cansado de repente, realmente agobiado. ¿Cuánto hace que sabe de esto? Si lo ha hablado con Sesshōmaru, es porque es el único demonio que cree que puede tener la respuesta.
—¿Cuántas otras veces estuvo en esta condición?
—He perdido la cuenta —responde con calma. Parece pensarlo brevemente, pero se da por vencido al instante—. Muchas.
—Kagome no lo sabe, ¿cierto?
—No, y quiero que eso se quede así. —Su frase es una petición que acepto.— No necesita saberlo, ya ha tenido suficiente.
Asiento con algo de pesar. Veo que nuevamente observa más allá, como cuando se concentraba en el pozo, queriendo escuchar si Kagome llegaba a él. Supongo que ahora hace lo mismo. Cuando nosotros nos vamos a cazar, siempre está ansioso por volver. Ahora, está ansioso porque ella vuelva. Como antaño. Y creo que eso no le agrada.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? —pregunto de repente. Se encoge de hombros y me observa con una media sonrisa que solo logra disparar algo de tristeza.
—¿De qué iba a servir? ¿Tienes alguna respuesta o alguna solución? ¿Algo?
—Es demasiado como para no compartirlo —le digo. Inuyasha observa el piso—. Te he dicho mil veces que no seas idiota. Que estamos aquí para ti, Sango y yo.
—Lo sé —me dice—. Solo que esto es tan… no quería que ustedes... Olvídalo.
—¿Qué nosotros qué?
—No lo sé. ¿Me culpen? Después de todo, es mi sangre demoníaca lo que impide… todo.
Tomo aire y lo suelto, queriendo tener el báculo a mano para darle un pequeño golpe en la cabeza.
—No importa cuántas veces te diga que no seas idiota, ¿cierto? —Apoyo mi mano en su hombro y me mira. Hay tanto pesar en su mirada que estoy seguro de que realmente se siente culpable, de corazón—. No es tu culpa. No es culpa de Kagome. Son… tristemente son cosas que pasan. Como la vez que perdimos aquel bebé con Sango, antes de que Kagome llegara, ¿lo recuerdas?
Inuyasha asiente.
—Hay cosas que escapan a nuestro control. Pero tienes que dejarlo correr. Y ver todo lo bueno que tienen —le sonrío y él mira hacia sus hijos y los míos, riendo y jugando—. Y entiendo si no quieres contarle esto a Kagome. Pero a mi… no deberías sentir la necesidad de esconderlo. Yo puedo escucharte y puedo…
—Estar para mí.
—Así es.
Seiryō se acerca corriendo, logrando que pasemos a mirarlo. Entre tanto, el resto de los niños ha salido disparado a la entrada de la aldea.
—¡Mamá y la tía Kagome han regresado! ¡Y creo han traído más cosas que ustedes! ¡Miren la carreta! —nos grita, y sale corriendo enseguida entre risas. Intercambiamos una mirada entre nosotros, entre consternados y divertidos.
Nos incorporamos y cuando logramos enfocar la vista no muy lejos de allí, las vemos bajar de la carreta y abrazar a los niños (Sango apenas se ve entre todos nuestros hijos, lo que me hace soltar una risa). Se ven esplendorosas. Kagome ya no lleva su ropa del futuro, pero las aldeanas le han provisto de un traje cómodo para combatir y que le sienta de maravilla. Sango, por su parte, lleva el precioso traje de exterminadora con el que me ha enamorado. Aunque ha tenido que hacerle unas pequeñas modificaciones, sigue quedándole hermoso, como todo.
—¡Ahí están! —grita Kagome, sonriendo con Takuma en brazos—. ¿Qué esperan, una invitación formal?
—¡No me digan que se enojaron porque hemos conseguido más que ustedes en promedio! —agrega Sango con una sonrisa socarrona.
—¡Bleh! ¡Les enseñaremos cuando el lisiado se recupere!
—¡¿A quién le llamas lisiado?!
Los niños ríen junto a sus madres mientras alcanzo a Inuyasha para darle un golpe juguetón en las costillas. Él ríe también y puedo ver en sus ojos una silenciosa gratitud, lo sé porque la he visto otras veces.
Por ahora nuestra conversación queda interrumpida, solo deseo que no tengamos que esperar hasta la próxima luna nueva para poder hablar.
•
Me incorporó de la cama casi de un salto. Tengo la respiración agitada y mis garras aferran las sábanas con fuerza. Creo que nuevamente las he agujereado. Intento controlar mi respiración, pero no está funcionando.
La oscuridad alrededor me pone nervioso. Sé que los niños y Kagome están bien, por sus respiraciones, por sus presencias. De modo que intento tranquilizarme por eso, porque todo está bien ahora. Sin embargo, el silencio del interior de la casa, estar encerrado entre estas paredes y el recuerdo de mis pesadillas me impiden mantenerme en calma.
Necesito salir de aquí.
Sin esperar más, me levanto de la cama y camino rápidamente hacia el exterior. La aldea aún duerme. Veo que los soldados a cargo de la vigilancia nocturna están dormidos en sus sillas. En general, me molestaría, pero no estoy con ánimo ni siquiera para insultarlos.
Aún no puedo respirar con tranquilidad. Este tipo de pesadillas siguen repitiéndose. No importa lo que ocurra; me imagino que jamás lograrán abandonarme. Cuando las cosas andan mal, cuando algo me preocupa, vuelven con más insistencia.
Naraku, mi infancia, mi madre, mis amigos muertos, la ausencia de Kagome, demonios que ponen en peligro a mis hijos, Naraku de nuevo. Naraku es el más recurrente, y logra combinarse con todos mis otros miedos.
Miro el cielo, todavía oscuro. Las estrellas pueden verse con claridad, no como en el futuro de Kagome. Aquí las antorchas no son competencia para el cielo. Intento encontrar calma allí arriba, pero no la encuentro. No encuentro calma en ningún lado. Las pesadillas me atormentan más de lo que logro aceptar. Sé que este miedo se irá con el alba, cuando la luz esté fuera de nuevo, pero entre tanto, sigo temiendo que alguien quiera arrebatarme lo que tengo, o que quiera llevarme de nuevo a un pasado que detesto.
Si bien siento que se acerca, no logro enfrentarla hasta que no está a mi lado, hasta que no toma mi mano. Me giro a verla a los ojos y encuentro en ellos el mismo calor de siempre. Su boca no dibuja sonrisas; se encuentra seria, mirándome, analizándome.
—Otra vez pesadillas.
No logro decir nada. Ella sabe que, como cada verano, el recuerdo de Kikyō vuelve a hacerse presente en mi subconsciente, haciéndose uno con mis otros temores. Ya perdí a una persona que amaba, y todo en mí teme perder más y más, hasta volver a quedarme solo.
Desvío la mirada y vuelvo a enfocarla en el cielo. Todo esto es una mierda. No poder hablar con ella es una mierda.
—Está bien —me susurra. Su voz es como un cántico que me obliga a mirarla. Kagome emana serenidad. Me tira un poco de la mano hacia abajo, obligándome a sentarme. Se sienta a mi lado y se abraza a mi brazo, apoyando su cabeza en mi hombro—. Estoy aquí contigo si quieres hablar.
No puedo. De verdad.
—Pesadillas —le respondo. Kagome acaricia mi mano lentamente. No soy capaz de decir más.
—¿Qué fue? —me pregunta. Niego con un movimiento de cabeza. No quiero evocar esos recuerdos—. ¿Naraku? ¿Tal vez Kikyō? Es otro año desde…
Se calla. Giro un poco el rostro para verla y noto que me está observando, con esos grandes ojos marrones. Le aprieto un poco la mano.
—Siempre vuelven para esta época.
No sé qué más decir.
—Ella está en paz ahora. Y no ha dejado de amarte ni un momento,… te ama ahora con mi propio amor —me asegura. No puedo evitar embozar una sonrisa; el recuerdo de Kikyō, el saber que me amó tanto como yo, y que ese amor sigue latiendo, con más fuerza ahora, en la persona que me enloquece día a día, en la mujer que ha logrado que sea feliz siendo como soy.
—Lo sé —murmuro. Le observo seriamente—. No temo nada sobre eso. Es… yo simplemente…
Kagome me aprieta un poco la mano cuando el silencio se extiende demasiado, animándome a seguir. La luz de las antorchas nos ilumina lo suficiente como para poder vernos los rostros con claridad. La luz y las sombras no pueden hacerla más bella.
—Temo perderlos, como a ella —suelto finalmente. Las cejas de Kagome forman esa particular expresión de dolor ajeno, que he visto muchas veces cuando escucha a otro, cuando ayuda—. Perder todo. Miroku, Sango, sus chiquillos… los nuestros. A ti.
Estamos un momento en silencio, mientras tomo su mano con fuerza y ella me devuelve el gesto. Finalmente me sonríe tímidamente.
—Siempre, siempre estaré contigo. Ya no volverás a estar solo nunca, Inuyasha.
A pesar de que sus palabras llenan algo de mí que estaba vacío, a pesar de que ese peso en el estómago se aleja poco a poco, no puedo evitar recordar lo rápido que los humanos envejecen. No puedo evitar notar esas nuevas arrugas en su rostro.
—¿Me lo prometes? —pregunto. Sé que, quiera o no, tarde o temprano romperá la promesa, pero necesito oír que no quiere dejarme.
—Sí —me asegura, mientras su sonrisa se ensancha—. Nos amas y por eso estaremos siempre contigo, quieras o no. Siempre aquí.
Su mano libre me toca el pecho, apenas cubierto por una fina camisa. El calor de su mano parece quemarme, y todo lo que puedo hacer es sonreírle. Los ojos de Kagome brillan.
—Y tú estarás siempre conmigo —me asegura, y siento que algo en mi interior estalla al escuchar ese modo único para decirme que me ama. Siempre encuentra una forma diferente.
No logro decirlo, pero lo siento con fuerza. Parece que hace eco en mi cabeza. Porque es cierto, jamás me separaré de ella.
Siempre estaré con Kagome.
«Hasta el final».
༄ Nota:
Hasta el final es algo que identifica a este fic. Tengo tantos momentos planeados para el futuro de este fic, y a veces simplemente no llegan las palabras para escribirlas. Pero hay cosas dulces y cosas amargas, y esas cosas que uno espera de la vida.
Amo el InuKag, y amo a todo el grupo, pa qué mentir.
Mor.
