ALL THE WAY
XV


—¿Cuán celoso crees que sea Miroku? —le pregunto finalmente a Inuyasha. Inuyasha mueve las orejas, alza las cejas y luego me mira con media sonrisa, mientras sigue cortando cebollas a mi lado. Sé que no pierde de vista a los chicos (aunque Yune ya comprende algunos peligros, no dejan de ser dos niños bastante demonios por demás traviesos).

—¿Con las gemelas? —suelta una risa socarrona. Por supuesto, lo imaginé. Él también opina que son las nenas de papá, sin importar que estén en plena adolescencia y sean una jovencitas por demás bellas (dignas hijas de Sango)—. ¿Por qué lo dices?

—Porque media aldea anda detrás —le aseguro, pero bajando la voz—. Y creo que Mei tiene un novio.

Al principio parece fuera de foco, como si no lograra comprender. Luego junto las cejas y me observa con molestia.

—¿Cómo es eso de novio? ¿Y quién es ese mocoso?

No puedo evitarlo: río hasta que las lágrimas que solté por el ácido de las cebollas se confunden con las mías. Kami-sama, si Inuyasha es celoso de Mei y Miu, no quiero imaginarme cuando la pequeña Yune no sea tan pequeña y tenga niños revoloteándole alrededor (y no creo que falte mucho para eso, por desgracia para mi cabeza y sus futuros dolores).

—Bleh, no te rías, ¿qué crees que es tan gracioso?

—Mamá, mamá, ¡quiero saber! —exclama Yune a mis pies, tirando de mi remera, entre que me seco las lágrimas. Takuma se acerca despacio con una sonrisa en su boca.

—No es nada, vayan a jugar.

—¡Pero…!

—Nada de peros, ya oyeron a su madre.

—¡Bleh!

—¡Yune! —amenaza Inuyasha, mirándola de reojo. A Yune le ha entrado por cuestionarle todo y hacerle muchos Bleh cuando algo no le gusta. Yo considero que el karma finalmente hace efecto, y así también lo creen Miroku, Sango y todas las personas que han tratado con Inuyasha alguna vez. Porque sus Bleh pueden ser muy molestos, ciertamente. Cuando la observamos alejarse a jugar (un tanto enfurruñada) con Takuma, vuelve la vista a mí—. Solo quiero saber quién es. Debo vigilarlo.

—¿Por qué?

—No lo entenderías. Es un código de hombres.

Suelto otra risa divertida en tanto el vuelve a atacar con velocidad el resto de las cebollas.

—No me digas que has hecho un pacto de vigilancia de las niñas de Miroku —comienzo. Cuando lo observo mejor, no lo puedo creer—. Oh, lo has hecho. ¿A cambio de qué?

—No molestes, Kagome.

—¿A cambio de qué? Ya sé, algo ridículo como que él haga lo mismo con Yune.

El silencio se extiende mientras escuchamos las risas de las niñas de fondo.

—No lo puedo creer. ¡Eso es ridículo, Inuyasha!

—¡Tú no puedes decirme lo que es ridículo! ¡Aún guardas un diente de Yune!

—¡Eso es normal! ¡No tu pacto de padres celosos y necios!

—¡No me digas padre celoso y necio!

—¡Es la verdad! ¡Y cuando se lo cuente a Sango estará de acuerdo conmigo!

—¡BLEH!

Salgo enfurruñada de la casa porque debo compartir eso con Sango. Sin embargo, no logro controlar la risa durante el camino, ni siquiera cuando estoy frente a ella. Y mucho menos logro controlarla cuando finalmente se lo digo y Sango comienza a reír a carcajadas conmigo. Ni hablar cuando aparecen Miroku mirándonos con curiosidad (¿y tal vez algo de preocupación?) e Inuyasha con la mejor cara de perro enojado que conozco.

Hombres.



Un escalofrío nos recorrió a todos como una ráfaga de viento helado, aún a pesar de que los días siguen bastante cálidos. Inuyasha parece desprender un aura maligna que podría matar a muchos kilómetros a la redonda y, para el momento, Miroku parece haber pedido cualquier gracia de monje (está hecho prácticamente un demonio completo).

—Definitivamente no —asegura ahora con voz glacial. Miu y Mei intercambian una mirada de abatimiento.

—Rin y yo las cuidaríamos, estaríamos con ella todo el tiempo —habla Kohaku con voz amable, y Rin apoya a su pareja.

—Son demasiado chicas —sigue mi esposo. Sé que debería interferir a favor de mis niñas, pero algo en el modo en que Miroku e Inuyasha se comportan (y en cómo Kagome me abre y cierra los ojos en advertencia) me acallan de momento—. Y definitivamente no consentiré que te vayas con ese mequetrefe.

—Aún puedo acomodarle la estúpida cara de lobo —agrega Inuyasha haciendo crujir sus garras. Es entonces cuando Fuugo suelta una risa socarrona y estridente, propia de su padre.

—Inuyasha, no me hagas sentarte —ruega Kagome.

—Las protegeré a ambas —aseguró el joven lobo. Tenía el cabello tan rojo como los de su madre y atado en una cola como su padre. Era casi un calco de Kōga, únicamente que su piel era un tono más clara—. Soy mejor guerrero que mi señor padre, que a su vez es mejor guerrero que Inuyasha. ¿Entonces?

—¿De qué hablas, mocoso? ¡Te romperé la maldita cara a ti y a tu padre al mismo tiempo! ¡¿Dónde está ese malnacido?!

—Inuyasha, por favor… —insiste Kagome de nuevo, pero ya sé que es en vano. Comienza a pelearse a gritos (podría decirse que Fuugo y Kōga en este instante son la misma persona), incluso Miroku intercede a favor de Inuyasha y sus hijas a voz de cuello.

Por supuesto, nunca nadie se vio venir que el novio de Mei (el desconocido novio) sería Fuugo. Pero ahora resulta bastante obvio, no solo tienen la misma edad (no importa que en realidad Fuugo crezca tan rápido y se quede durante años con esa apariencia juvenil) sino también que han pasado largos ratos juntos en cada visita de la familia de Kōga y Ayame (ahora recuerdo los juegos, las miradas…). De más está decir que Miroku no se lo ha tomado bien (aunque con cualquier joven hubiera sido lo mismo), y tampoco Inuyasha (no ayuda que sea hijo de Kōga, claro).

Sumado al noviazgo que han intentado con vehemencia mantener oculto (se visitaban lejos de la aldea a escondidas para que Inuyasha no pudiera olerlo, los días que Inuyasha es completamente humano, o los días que está fuera de la aldea… no cabe duda que mis niñas son inteligentes), han decidido comenzar una nueva etapa de entrenamiento junto a Kohaku, lo que significa que se irán fuera de la aldea. Y además, el dichoso Fuugo las acompañará durante el proceso.

—¡ES SUFICIENTE! —grito finalmente. Los tres hombres se callan de inmediato, girándose a verme. Mei y Miu se toman de las manos y me miran expectantes. Kagome toma aire. Kohaku me mira con rostro un tanto cansado, y Rin parece a punto de agradecerme—. Es suficiente. Comiencen a comportarse como adultos, por un demonio.

—¡BLEH!

—¡Somos adultos!

—¡Yo solo tengo diecisiete años!

—¡Basta! Miroku, amor, ¿podemos hablar? —le llamo luego. Miroku sigue frunciendo el ceño, pero se incorpora y me sigue. Entre tanto, podemos observar que Inuyasha y Fuugo se lanzan cuchillas por los ojos—. ¿Te has vuelto loco?

—No creo que…

—Kohaku es el mejor exterminador que conocemos —comienzo a enumerar—, Rin las acompañará y cuidará, incluso Fuugo —sigo, alzando la voz cuando noto que está por decir algo en contra— estará ahí para su protección. Eso sin contar que son nuestras hijas. ¿Sabes de quienes estoy hablando?

Miroku bufa. Observa de reojo la reunión varios pasos más allá. Miu y Mei conversan entre ellas con rostros preocupados, mientras todos parecen esperar la sentencia. Sé que sabe de quienes estoy hablando. Esas dos niñas siguen siendo su orgullo. Y además, han superado con creces a cualquier otra persona en entrenamiento de exterminador, y no lo digo porque sean mis hijas.

—¿De verdad quieres que estén aquí por siempre? —murmuro—. ¿No las quieres ahí afuera, divirtiéndose, conociendo lugares? ¿No las quieres enamoradas y felices? ¿Haciendo lo que desean?

—Sabes que quiero lo mejor para ellas, siempre. Pero Sango… son mis niñas.

—Son mujercitas ya, amor.

Miroku me observa entonces, con los ojos azules brillando emocionados. No puedo mentir y decir que esto no me pesa, dejarlas volar finalmente. Pero han crecido. Mucho, rápido. Están listas para seguir. Quisiera que sigan creciendo sin pelearse con nosotros en el proceso.

—Niñas —las llama. Miu suelta un respingo y Mei se sobresalta. Son dos gotas de agua y aún así puedo saber cada una de sus diferencias—, vengan.

Kagome me sonríe (está intentando controlar a su marido ante las nuevas burlas de Fuugo) y le giro los ojos, el mensaje de «¡Qué haremos con ellos!». Entre tanto, mis nenas se acercan a Miroku y sé que tenemos un largo tiempo por delante, mucho que conversar. Sé que será difícil hasta que se marchen (más difícil cuando no estén), sé que Fuugo estará en periodo de prueba largos días, sé lo difícil que será esto.

Sin embargo, cuando Miroku les extiende los brazos y ellas le abrazan, sé que todo está solucionado. Vaya, hasta Inuyasha se ha callado ante las cuasi lágrimas de mi esposo… aunque Fuugo aún debería vigilar su trasero si lo quiere seguir teniendo en el lugar. Ajá, ya lo sabe, le he dirigido la mirada y se ha concentrado en sus pies con el rostro rojo.

Así es. Las cosas estarán bien.



Después de tan solo dos meses, las gemelas finalmente partieron junto a Kohaku y Rin en ese «nuevo capítulo de su vida», como dice Kagome. Y también junto al imbécil de Fuugo, que se parece mucho al maldito lobo rabioso. Miroku ha tenido sus altibajos, y Sango se ha volcado aún más hacia el resto de sus críos. Hasta Kagome decidió no separarse de Yune y Takuma. Y considerando todo lo que pasó, creo que mantendré muy bien vigilado a mis cachorros. De verdad no tengo ningún deseo de que ningún otro niño de Kōga se acerque.

—Andas muy callado —habla Kagome. Giro el rostro para verla. Hasta el momento, había estado cerca de Takuma observando cómo jugaba con los niños de Sango, preocupada por los abrigos de los pequeños ante el frío presente.

Me encojo de hombros. Sé que quiere que diga más, pero no sé qué decir. En realidad no he estado pensando en nada.

—¿Qué es?

—¿Qué es qué?

—Lo que te mantiene con esa expresión malhumorada —me sonríe. Se acerca y se abraza a mí. No puedo evitarlo y desanudo mis brazos para corresponderla. Un calor que recuerdo muy bien comienza a extenderse, y no puedo evitar sonreír. Es muy fácil con ella.

Le digo que nada en especial, pero insiste a medida que me deja besos rápidos en torno a mi boca. Los niños hacen muecas de asco detrás, gritando y riendo. Se me colorea el rostro sin poder evitarlo y la risa de Kagome me envuelve logrando que aquello empeore. Les gruño a los niños, que ríen más fuerte y a pocos pasos puedo escuchar las risas de Miroku y Sango, que siguen con sus tareas entretenidos. No se cansan de verme pasar vergüenza.

—¿Es por las niñas? Miu y Mei son…

—Son las mejores, lo sé —mascullo. Pero no puedo evitarlo, la preocupación me invade.

—¿Entonces…? ¿Es porque crecieron? —Me acaricia la base del cuello, escondida detrás de mi pelo. Le gusta juguetear con los cabellos que son cortos y se enredan allí, y a mí me gusta cómo se siente.

—Las vi cuando nacieron —suelto de repente.

No he pensado mucho en eso. Supongo que tiene que ver con que Fuugo haya aparecido y quiera llevar a Mei lejos. Que piense en ella del modo en que pienso en Kagome. Vi a esa niña crecer y mi mente no puede procesar que esté en condiciones de desposarse, maldita sea.

—Cabían en mis garras —agrego. Casi puedo sentir el peso de sus menudos cuerpos, puedo sentir el palpitar de sus corazones otra vez, el modo en que me hicieron sentir. «Cabían en mis garras», del modo en que el resto de los niños de Sango y Miroku lo hicieron, que Yune y Takuma lo hicieron. Eran…

Miro hacia los niños, gritando, corriendo y haciendo muecas de todo tipo. Siento el calor de Kagome pegado a mi cuerpo y sus manos jugando aún con mi nuca. Ellos…

—Han crecido, ¿verdad? —pregunta en un susurro.

Tal vez es solo eso. Que las niñas se fueron, que crecieron, como lo hacen mis hijos y todos allí. Las niñas de Miroku y Sango, mis niñas.

Una sonrisa melancólica adorna mi rostro y Kagome la mira largo rato mientras me pierdo en sus ojos de ese color tan fuerte.

Ellas habían sido la luz cuando Kagome no estuvo allí, ese tiempo. Ellas me mantuvieron…

—Las veremos seguido, más seguido de lo que crees.

Su voz suena confiada y asiento despacio. Sé que es verdad, que siguen allí. Pero esa molestia, esa incomodidad, como si algo se hubiera movido de lugar, no me abandona aún.

—Son felices, ¿cierto, Kagome?

—Lo son, como todos aquí —asegura. Noto las arrugas en torno a sus ojos (tan jóvenes aún), su amplia sonrisa y siento el peso sobre mí, su calor y los latidos de su corazón.

La encierro más fuerte entre mis brazos y le susurro algo al oído antes de que suelte una risa divertida. Creo que la idea le ha gustado.

Espero que mis niñas sean felices. Yo lo soy.


༄ Nota:
Celos. Los hijos de Kouga (o sea, las extensiones de Kouga -?-) perturbando la paz de Inuyasha, más celos, y amor y cursileadas. Así me gusta.
Deje su review, sea feliz,
Mor.