ALL THE WAY
XVI
La mano de Inuyasha recorre desde mi rodilla hasta llegar a la curva de mi trasero, mientras me muerde en el cuello, sacándome un respingo. Intento incomodarme, decirle que lo mejor es detenernos, que ya hemos pasado esta etapa de juegos, que los niños de Miroku y Sango pueden venir en cualquier momento, ¡que cualquier aldeano puede venir en cualquier momento! Somos los cabecillas de la aldea y…
—Deja de pensar durante un rato —me dice al oído. Juguetea tanto tiempo sobre mi piel que pierdo un poco el sentido; deja besos, algunos mordiscos, lamidas.
No sé cómo logra saber que estoy pensando, o qué es lo que estoy pensando. Hemos desarrollado esta habilidad con el paso de los años, supongo.
—Vamos —urge. No es como si me faltaran ganas, Inuyasha sabe qué tocar y qué hacer para que sienta estos deseos, pero, ¡a plena luz del día!... —. Miroku se encargará de todo, créeme.
—¿Qué? ¿Has… le has pedido a…?
—Por favor, Kagome, ¿por quién me tomas? —Su voz suena un poco ofendida, pero soy capaz de percibir la burla. Me separo un poco de él para observar sus ojos dorados, llenos de un tipo especial de brillo que conozco muy bien—. ¿Qué?
—Sí le has pedido a Miroku, ¿verdad? ¿Para tener el día libre?
—Sango cuidará de Yune y Takuma, ya sabes…
—¡Inuyasha!
De acuerdo, no puedo enojarme del todo. Hace bastante ya que no tenemos tiempo para nosotros. El cuidado de los niños (que, aunque crecen rápido, siguen requiriendo que estemos detrás de ellos), los trabajos en la aldea, las continuas salidas para «cazar» (ahora no solo salen Miroku e Inuyasha, sino también que nos turnamos con Sango); luego el cansancio de la jornada, que con los días largos y el calor es mucho más trabajosa de lo normal, la presencia de los niños… un tiempo a solas es cada vez más difícil de lograr.
—¿No quieres? —pregunta, mirándome atento. Creo que mi cuerpo me delata mucho más fácil de lo que yo pretendo. Y él tiene la ventaja de notar todos los cambios que produce en mí—. Podemos simplemente estar recostados si no quieres.
De todos modos, su boca se tuerce en una sonrisa que deja escapar uno de sus colmillos. Su mirada es pícara. Sabe que quiero, de modo que hace todo este juego simplemente para molestarme.
—Pasas demasiado tiempo con Miroku —rezongo, pero solo consigo que suelte nuevas risas mientras me apresuro a sacarle el hitoe.
¿Qué? Si de todos modos, Miroku se encargará de que nadie nos moleste.
•
Miroku y Sango (y todos sus críos, claro) viajaron de nuevo hacia el templo del anciano Mushin, aunque hace largos años que ha fallecido. De todos modos, Hachi y nuevos sacerdotes cuidan del templo, y a Miroku le hacía ilusión volver (y creo que a los niños más grandes también, porque hace mucho que no van). Se supone que se reencontrarían allí con Mei, Miu, el idiota de Fuugo, Kohaku y Rin. Y Kagome me dijo que Sango le había hablado sobre volver a visitar la aldea de exterminadores. A esta altura, la aldea está nuevamente habitada y es nada menos que Kohaku quien enseña las artes de los exterminadores de cuando en cuando (y Mei y Miu encantadas de aprender por allí). Kagome y yo creemos que pronto él y Rin tomarán el mando de esa aldea, y a esos aldeanos no les vendría mal alguien con la experiencia y bonanza de ellos dos.
Las cosas por aquí están tranquilas, creo que eso ha ayudado a que Miroku finalmente se decida a hacer el viaje. Kagome ha decidido que no nos movamos de aquí entre tanto, pero siento la presencia de los lobos de Kōga en los alrededores, así que sé que «nos están cuidando» de alguna forma. Feh, no es como si lo necesitáramos conmigo, pero de todos modos.
—¡Inuyasha! ¡Inuyasha! ¡Al fin te encuentro!
Me giro para ver al aldeano que se acerca corriendo hacia mí. Les ha costado a los aldeanos, pero al final ya logran dejar de tratarme de señor y tanto, me cabreaba mucho. Se detiene a unos pasos y se agarra agitado el costado, intentando recuperar la respiración. Takuma, que estaba jugando más allá con un palo (haciendo de cuenta que es Colmillo de Acero), se acerca a nosotros con prisa, mirando el sudoroso rostro del aldeano, Shiro.
—¿Qué ocurre?
Le cuesta retomar el control de la respiración y noto la impaciencia en el rostro de mi hijo, y no puedo menos que sonreír.
—Quería preguntarte si acaso no puedes ayudarnos con una de las nuevas cabañas.
—Kagome te mandó a buscarme, ¿no es cierto?
El aldeano sonríe, algo inquieto. Niego con la cabeza y bajo la vista para observar a Takuma, que ha copiado mi pose.
—¿Yune? —le pregunto a Shiro. Ha estado haciéndose sombra con una mano, aunque dudo que eso pueda combatir contra el calor y la potencia del sol.
—Está jugando con las niñas más allá. —Me señala hacia el centro de la aldea. Puedo escuchar las risas y los correteos desde aquí y sonrió.
—De acuerdo, ¿dónde está esa cabaña?
—Papá, ¿puedo ayudar? —No espera mi respuesta, y sigue hablando mientras seguimos los pasos del aldeano—. Shiro, ¿están Iseki y Maita trabajando también?
—¡Apenas, joven Takuma! —sonríe el aldeano. Takuma se adelanta para caminar a su par y deja que el aldeano le deje una caricia sobre la cabeza. No me sorprende (ya no), pero no puedo evitar temer que mis niños sufran el mismo trato que yo en mi infancia (después de todo, las únicas caricias que he recibido en mi niñez fueron de mi madre). Sin embargo, no hay malicia en los aldeanos. Todos disfrutan la compañía de los niños, y sé que, de algún modo, se sienten cómodos y protegidos con su presencia. Supongo que Kagome les ha inculcado que la presencia de algunos medios (o tercios, o cuartos o lo que mierda sea) demonios es bueno. No sé. Kagome siempre logra que el resto confíe más en mí, en los que tienen sangre demoníaca (como ha logrado que estén cómodos ante la presencia de Sesshōmaru, Jaken, Kōga y los suyos).
Los sigo varios pasos atrás, mientras los escucho hablar sobre el trabajo que tienen que hacer. Me aseguro de escuchar las voces de Yune y Kagome, separadas entre sí, solo para saber que siguen bien.
—Inuyasha, es tan solo aquí, ¿lo ves? ¿Qué crees?
—Que esto es una tontería —gruño, observando lo cansados que están los aldeanos y de lo que queda de la construcción. Se han tomado un receso para tomar algo de agua y todos me observan con atención. Algunos se acercan más para estar al tanto de lo que hay que hacer a continuación, porque de repente soy alguien que da órdenes (a saber cómo Miroku, Sango y Kagome lograron esto)—. Podemos terminar esto antes de que se oculte el sol.
—¿De veras?
Los aldeanos se observan y sonríen, contentos de la noticia, y no tardo en darle indicaciones de cómo seguir. Takuma y otros niños de su edad están ansiosos por ayudar, así que les reparto tareas de menor esfuerzo. No hay que hacer mucho, y con mi fuerza terminaremos incluso antes.
Noto que Kagome me observa (el tipo de cosas de las que no estoy seguro de cómo explicar), así que me giro a verla. Sostiene una canasta llena de hierbas de todo tipo y me sonríe abiertamente. Me saluda con una mano antes de seguir camino detrás de un grupo de aldeanas que conversan entre risas.
Shiro se acerca y me quita una de las maderas que cargo. Me dedica una sonrisa tranquila antes de que otro aldeano llame su atención.
Supongo que es hora de ponerse manos a la obra. Sonrío con suficiencia.
•
—Pero qué rayos le pasa a todo el mundo —gruñe Inuyasha. Está más enfurruñado de lo habitual, pero no es de extrañar. Cuando es humano, es más difícil para él sentirse cómodo. Siempre creí que con el pasar del tiempo se acostumbraría, pero sigue sintiéndose en desventaja. Algunas cosas nunca cambian.
Se acerca a mí y me mira seriamente. Le sonrío. Sé que sus ojos oscuros quieren sacarme información, pero no podrán. Eso sería meterme en el camino de mis retoños y bien sé yo que eso no me conviene. Además, estoy seguro de que será una velada apacible, sea cuando sea que Inuyasha se entere de los planes de mis hijos.
—¿Qué ocurre?
—¿Cómo que qué ocurre? ¿Qué le pasa a todo el mundo? La aldea es un desastre y no dejo de escuchar cuchicheos en todas partes. ¿Hay alguna de esas quejas respecto a Sango y Kagome otra vez o qué?
—No, no que yo sepa.
—Entonces, ¿qué? Tú sabes algo, dímelo.
Antes de que pueda volver a mentir, Mei hace acto de presencia agarrando con fuerza el brazo izquierdo de Inuyasha, que voltea la cabeza para verla. Miu hace lo mismo apenas al segundo, pero aferrándose al lado derecho.
—¡Hola, tío! —dicen al unísono. La sonrisa no tarda en formarse en el rostro de mi amigo.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —pregunta, y enseguida intenta darse la vuelta—. ¿Vino el imbécil de Fuugo también?
—Será parte de la familia pronto, tío —suelta Mei con cansancio. A pesar de la puntada de celos que hace que frunza un poco el ceño, logro asentir para darle más fuerza al comentario de mi hija. No cabe duda de que la familia de Kōga y la nuestra pronto se unirán… mal que nos pese a Inuyasha y a mí—, pero no. Sintió la presencia de su padre cerca y decidió hacerle una visita.
—Ya —murmura Inuyasha, pero sigo notando recelo en su voz—. ¿Y qué ha sido de ustedes?
Mei y Miu no paran de parlotear entre tanto llevan a Inuyasha del brazo por la aldea. Escucho brevemente todo lo que han hecho en los últimos meses, paseando por todos lados y ayudando en infinidad de personas y aldeas. Antes de poder perderme totalmente en mi orgullo de padre, Rin salta a mis brazos.
—¡Señor Miroku!
La abrazo de vuelta con fuerza y se separa de mí, aún con una gran sonrisa. Kohaku llega casi al instante. Nos saludamos con un abrazo e intercambiamos unas palabras, mientras mi cuñado abraza a una congelada Rin para ayudarle a entrar en calor. A lo lejos, vemos que Miu y Mei siguen entreteniendo a Inuyasha.
—¿Ha llegado Shippō?
—Está junto a Kagome y Sango, con los preparativos. ¿Jinenji…?
—Lo encontramos en el camino —asegura Rin, frotándose las manos—. Se ha ido derecho a tu cabaña guiado por una aldea, a escondidas.
—Creo que ya estamos todos —digo—. Será mejor que vayamos junto a Sango y Kagome.
Kohaku y Rin se muestran de acuerdo y partimos en dirección a mi casa. Noto que Miu mantiene un ojo alerta y le indico con una seña que falta poco, a lo cual sonríe.
Hemos tardado mucho preparando esta gran sorpresa, y estando tan en el límite… los nervios nos envuelven a todos, como puedo comprobar al notar el sobresalto de Sango al oírnos entrar y el pequeño grito que suelta Kagome. Shippō se acerca enseguida a Rin y Kohaku, abrazándolos a ambos al mismo tiempo. No tardan nada en hacerse saludos generales. En mi cabaña también están Jinenji y su mujer, Kōga y su familia (incluyendo a Fuugo, para hacer rabiar a Inuyasha), Hachi, Myōga, mis niños y los de Inuyasha. Y sabemos de buena fuente que hasta el bueno de Jaken y Sesshōmaru se darán una vuelta más tarde.
—¿El zopenco sospecha algo, monje? —pregunta Kōga, acercándose hasta nosotros. Ayame le dedica un golpe rápido en el brazo y se disculpa con una mirada.
—Está inquieto, pero dudo que sepa qué está ocurriendo.
—Bien —suspira Kagome. Parece visiblemente agotada, pero contenta—. Creo que todo está listo aquí… ¿llamamos a las niñas?
Es Sango la que se apresura a asomarse a la puerta y observar fuera hasta ver a las gemelas. Imagino que Miu sigue alerta, porque no tarda demasiado en volver a entrar a la cabaña. Parece al borde de un colapso nervioso.
—¡Ya viene!
Todos tomamos posiciones. Me aseguro de estar cerca de Sango para tomarle las manos e intentar tranquilizarla. Es normal que se ponga nerviosa con cosas así (todos lo estamos) y más aún si se trata de nuestro buen amigo… que, en verdad, sí es un poco zopenco. Noto que se tranquiliza junto a mí.
No pasa mucho más tiempo hasta que volvemos a escuchar la voz de Inuyasha, junto a las más agudas de Miu y Mei, que ríen.
—… en serio! ¡Y su madre intentó matarme luego!
Las risas de Mei y Miu van en aumento. Finalmente, sabemos que están detrás de la puerta.
—Ya, ¿qué ocurre? —gruñe Inuyasha.
—¡Tendrás que averiguarlo!
Las gemelas entran en la cabaña como un rayo. Sin duda no le han dado tiempo a Inuyasha para reaccionar. Se colocan rápidamente junto a nosotros y nos miran con impaciencia.
—Pero qué… Mocosas.
En cuanto vemos la figura de Inuyasha en la puerta, todos gritamos "¡FELICIDADES!". Su cara se transforma de inmediato y da un paso atrás, aturdido. Kagome no tarda demasiado en correr hacia él y saltarle en brazos, un abrazo que él corresponde de inmediato. Supongo que Kagome le está deseando un feliz cumpleaños, porque las mejillas de nuestro amigo se encienden y mira alrededor algo incómodo. O tal vez Kagome le dijo otra cosa no apta para menores, claro…
—¡¿Se han vuelto locos?! —grita. Creo que está a punto de reprocharnos más cosas, pero Kagome se separa de él y una estampida de niños lo derriba enseguida. Seis de esos niños son míos, y uno no es tan niño y se llama Shippō. Pobre Inuyasha, tal vez en su estado humano no pueda soportar tanto.
Reímos en conjunto al notar que intenta sacárselos de encima sin éxito, pero no tarda demasiado en comenzar a reír y devolver los cariños. Creo que se da cuenta de que todos seguimos allí, porque enseguida vuelve a poner cara de perro gruñón.
—Esta fue idea de Kagome, ¿cierto? Le dije mil veces que esto de los cumpleaños…
—En realidad de Seiryō. Pero el resto de mis niños... y de todos los presentes... bueno, no tardamos en hacer eco de los mismos deseos.
Aunque parece reacio a las muestras de afecto, lo abrazo. Veo que Kagome se enjuga las lágrimas y que Sango está siguiendo el mismo camino.
—¡Suelta al perrucho, que esta vez puedo hacerlo pedazos sin que pueda defenderse! —grita Kōga entre risas. Esto provoca un insulto por parte de Inuyasha.
Dejamos de abrazarnos para observar al montón de gente que espera para darle una felicitación. Me tomo un segundo para mirarle el rostro. Parece sorprendido. Diría que hasta agradecido.
—Feliz cumpleaños, amigo mío.
—Bleh… idiota —dice, pero me sonríe.
༄ Nota:
Yo sé que el cumpleaños jamás festejado de Inuyasha es como el cliché más grande del fandom (?) pero QUÉ MÁS DA. Y por lo demás... me gusta imaginarme a Inuyasha integrado. No solo teniendo familia y amigos, sino teniendo una comunidad detrás, ser parte de algo más grande, ser... parte.
Espero que sigan disfrutando del fic,
Mor.
