ALL THE WAY
XVII
—Mmm… no lo sé.
—Vamos, Miroku. ¿Cuántas veces he cuidado de tus criaturas mientras…?
Miroku suelta una gran risotada antes de que pueda completar la frase, y menos mal, porque Kagome y Sango se acercan entre risitas con tazas de té para todos. No puedo evitar arrugar el entrecejo de todos modos, porque ese tipo de «escenitas» de Miroku a estas alturas ya me tienen harto.
—Gracias, cariño —dice Miroku a Sango. Noto cómo ella se ruboriza. A pesar de todos los años que han pasado, esto no llega a sorprenderme. Le hago un gesto con la cabeza en señal de agradecimiento a Kagome, que me extiende una taza. Y ella, de alguna manera, se las arregla para acariciar mi mano mientras me da el té—. Cierra la puerta, Kenzan, no dejes que siga entrando el calor.
—Si esto sigue así, estaremos pulverizados en cuestión de días —habla entonces Sango. Todos vemos cómo Kenzan cierra la puerta, nos saluda con un movimiento de la mano y sale corriendo para jugar con sus hermanos y Yune dentro de la casa—. Las provisiones de agua no dejan de bajar, y la sequía está arruinando los cultivos.
—Mañana saldremos a buscar una solución —mascullo entonces. Todos aprueban mi idea.
—Por supuesto —asegura Miroku. Me mira con una pícara sonrisa que se extiende a sus ojos azules. Creo que todos sabemos sobre qué asunto va a hablar después, porque tanto Sango como Kagome miran sus tazas de té—. En tu condición lo más inteligente es quedarte en casa con Kagome, pasar una noche… tranquila. Estaba pensando que Yune podría quedarse a dormir aquí hoy.
Sango lo mira con diversión. Bufo, y Kagome se muestra muy entusiasmada con la idea de que Yune pase la noche con sus cuasi primos. Por supuesto, yo también lo estoy. Yo tuve la idea. Solo una vez al mes soy completamente humano.
Sango, Miroku y Kagome hablan sobre nuevos planes para la aldea. Sango sigue entrenando a gran parte de los aldeanos en las artes de exterminador, a fin de que sean capaces de defenderse. Kohaku muchas veces viene a ayudar con el entrenamiento. Miroku y yo partiremos pronto en otra misión. Kagome sigue siendo la sacerdotisa del pueblo y, además, tomó las riendas de la salud. Se le da bien a pesar de su inseguridad.
—Intenten descansar esta noche —comenta Miroku cuando estamos por salir de la casa. Toma con cariño tanto el brazo de Kagome como el mío—. Yune ya puede quedarse con nosotros, aprovechen la tarde. Mañana tenemos trabajo por hacer.
Suelta otra risotada ante el rubor de Kagome (y creo que el mío) y nos despide. No tardo nada en reponerme y llevar a Kagome a nuestro hogar. Lo cierto es que tengo varias ideas de lo que podemos hacer, y a ella le encanta cuando soy humano.
Suelta risitas cuando cierro la puerta y la acorralo contra la pared. No soy capaz de escuchar el galopeo alocado de su corazón ni el aroma que desprende en estas situaciones, no con estos sentidos. Sin embargo, hay otras cosas que sí puedo hacer, y sentirse completamente humano cuando estoy así con ella es algo diferente, y poderoso.
Me deshago de su prenda superior y rápidamente me rodea el cuello con los brazos. Está caliente, su piel parece quemar contra la mía. Me sonríe mientras intento desnudarla por completo.
—Veo que seguirás el consejo de Miroku.
—Hmmh.
—Creo que seguiré entonces el de Sango.
Río ante su comentario y mi mirada hace las preguntas por mí.
—¡No puedo decirte qué me dijo! Pero lo verás pronto.
—Kagome —comienzo. Está desvistiéndome y el modo en que lo hace logra que retroceda varios pasos hacia atrás a medida que ella me persigue.
No me deja terminar de hablar, y creo que no hablaremos por un largo rato.
•
Inuyasha me enjabona la espalda. Creo firmemente que lo que más le gusta de la época moderna son las bañeras con agua caliente, espumas, jabones, olores, burbujas...
—Sigues tensa —me murmura al oído. Me acaricia con cariño la base de la espalda y deja besos fugaces sobre mi cuello, que hacen que me estremezca. Seguro sonríe con mi sufrimiento. Está sentado detrás mío, sus piernas alrededor y sus brazos llenos de jabón como nuestros cuerpos. Supongo que sería una imagen muy sexy si él no siguiera tan condenadamente joven y yo tan... tan pisando los treinta y ocho, con mis arrugas y mi cuerpo no-tan-firme como antes.
Suspiro sin poder evitarlo.
—¿Sigues pensando en lo que dijeron, eh?
Me encojo de hombros, restándole importancia, pero en realidad quiero decir «Sí, joder», porque bueno, no todos los días a una la tratan de señora asalta cunas estando con su esposo que tiene unos quinientos ¿cuántos? años más que una. Y todo porque él parece modelo de veinte y yo estoy cada vez más cerca de los cuarenta. ¡ODIO mi época! Volvamos al Sengoku, allí entienden cómo funciona esto.
—Ya olvídalo —me vuelve a decir. Me muerde el lóbulo de la oreja con cariño, aunque percibo esa chispa de lujuria. Lo conozco demasiado bien—. Estaba pensando que podemos quedarnos otro día aquí. Los chicos estarán bien con Sango y Miroku.
Me vuelvo a encoger de hombros. Me hace pequeños masajes en la espalda. Luego de caminar todo la mañana por la ciudad con el frío espantoso que el otoño está comenzando a traer, los cálidas manos posadas sobre mi me hacen sentir muy bien y tranquila... sin embargo, la realidad de nuestra relación (y darme cuenta que no soy la única que nota cómo son mis cambios al lado de los suyos) me hace sentirme triste y enojada.
—No vas a olvidarlo, ¿no?
—Es un poco difícil.
Siento cómo suspira. Todo su cuerpo está contra mi ahora, sus manos vagan sobre mi pecho, mientras siento su mentón apoyado cómodamente sobre mi hombro derecho.
—¿Qué puedo hacer para que lo olvides?
—Nada —murmuro. Y esa es la verdad. Después de todo, esta soy yo, humana y mortal, y envejezco como cualquier otro. No como él, que solo dejó de aparentar diecisiete para pasar a aparentar veinte y estar más sexy que antes. Todo eso me deprime—. No vas a conseguirte otra mujer cuando realmente esté horrible, ¿cierto?
—Me quedaré contigo hasta el final —susurra. Su aliento me produce cosquillas. Su mano viaja, bajo el agua, hasta mis muslos, tanteando la zona que tanto conoce—. Y pienso disfrutarte hasta que te canses.
—Hasta que esté tan vieja que no pueda soportar un polvo, ¿a eso te refieres?
Su suave risa ronca hace que sonría, pero sigo cabreada con todo el asunto. Me toca lentamente mientras me besa el cuello, no puedo evitar tirar la cabeza hacia atrás, pegarme más a él. Ya sé cómo termina esto: haremos otro desastre en el baño, como cuando me embaracé de Takuma.
Inuyasha no solo tiene la capacidad de hacerme enojar hasta convertirme en un demonio, sino también de relajarme hasta el punto que nada más importa que nosotros dos. Incluso mi familia, mis amigos, mis propios hijos son como un anexo que quiero, pero no que necesite, no cuando lo tengo a él. Siento que está mal y que es todo lo correcto.
—¿Qué crees que creen los niños cuando venimos acá? ¿Seguirán pensando que traemos fotos y recuerdos?
Inuyasha vuelve a reír y escucho de nuevo aquella voz sarcástica de antaño, cuando éramos dos jóvenes en busca de la Shikon no Tama. Parece que fue en otra vida.
—Los niños no son niños ya. Ya sabes cómo crecen.
Sí. Rapidísimo y luego se estancan. Como Inuyasha. Odio la sangre demoníaca.
—Entonces...
—Creo que entienden a qué venimos. Más con Miroku dando vuelta. Es una mala influencia. Igual que sus críos.
Esta vez río yo. Sé que lo dice por Yune, que está preciosa, y los hijos de Miroku que no tienen la mano maldita, pero son guapos e Inuyasha los quiere lejos de su nena. Ejem, celos.
—No te rías —gruñe contra mi. Sus manos se vuelven más juguetonas.
Sé porqué me dice que no me ría: mi risa tiene un extraño efecto en él. Espero que siga teniendo el mismo efecto cuando tengo ochenta y me ponga cachonda.
Vuelvo a reír porque la sola imagen de Inuyasha babeando por mi yo vieja es demasiado fuerte. Él ríe porque mi risa se le contagia, y porque luego de muchos años finalmente logré que se suelte completamente a mi alrededor. Bueno, creo que después de llorar tantas veces juntos, reír debería ser más fácil.
—A veces me dan ganas de comerte —me dice peligrosamente al oído, como tantas veces antes.
—¡Oh, lobo feroz!
༄ Nota:
Esta vez algo tranquilo, porque la vida está llena de esos momentos también. De todos modos, no dejo de pensar continuamente en la mortalidad del ser. Y, en particular, lo corta que es la vida de Kagome (y Miroku y Sango) comparada a la vida del pobre Inuyasha. Y pienso en todo lo que nos queda por delante, y sé que van a sufrir tanto como yo XDD
Solo sigamos disfrutando el camino, eso es lo más lindo que tenemos, sea cual sea la meta.
Mor.
