Era una fría madrugada de año nuevo y el silencio reinaba en la casa de Los de la Mora. La luna iluminaba la habitación poluta donde yacían desnudas en la cama matrimonial Paulina y María José. La rubia no podía conciliar el sueño, la sonrisa boba no se le quitaba del rostro y sus manos estaban atraídas magnéticamente al cuerpo de la contraria. Se encontraba admirándola con absoluto deleite, acariciaba de arriba a abajo las curvas que quedaban iluminadas por la luz azulada de la luna que se inmiscuía por las ventanas. Ante la incapacidad de conciliar el sueño, ella hizo memoria de las horas atrás, los recuerdos eran nítidos. Sus sentidos aún tenían el tacto del traje velvet que Paulina había usada para la cena, el sabor emanado de su cuerpo cuando la recorrió completa, la imagen de su mujer perdida en el placer, el olor emanado de su entre pierna y el sonido de sus fuertes gemidos intentando enunciar su nombre durante el frenesí. Un festejar diferente, acontecido e íntimo, después de mucho tiempo se volvía a sentir enamorada y en sintonía con su amante.


31 de diciembre

La casa estaba decoradísima, cada rincón lucía majestuosos arreglos florales con exóticos ramos hechos por las manos de Victoria -la abuela poco querida de Los de la Mora-, que había decidido realizar una gran fiesta de celebración para el año nuevo, todo ello con el fin de volver a posicionar la florería. Ninguno de los demás integrantes de la familia tenía ánimos de seguir el ritmo a la mujer, por su parte Ernesto jamás había congeniado bien con su suegra, a Elena y Julián les valía madre lo que esta hiciera, porque otros eran sus prioridades, y Paulina no la soportaba. Aunque todos iban a estar ahí, pues la abuela resultaba ser mucho más persuasiva que Virginia. Comenzaron a asistir los primeros invitados, algunos de ellos eran los que la mayor de los De la Mora llamó abiertamente hipócritas en el funeral, pero, como todos los de su clase, fingieron que nada había pasado y Paulina prefirió ignorar refugiándose en copas de champaña y la compañía de su mujer.

-No quiero estar aquí... -murmuró Paulina con cierta desesperación mirando a su alrededor.

-Ay mujer, a ti te encantan estas celebraciones -respondió María José sonriendo a los invitados.

La morena le devolvió la mirada, la contemplo de pies a cabeza, pues no se había dado el tiempo de admirar lo atractiva y divina que se veía en ese vestido. -Podríamos estar haciendo cosas mejores -declaró provocativa y mirándola con seducción.

-¿Me estás manipulando con sexo Paulina? -replicó con retórica arqueando una ceja mientras negaba divertida de las actitudes de su mujer-. Ostias, eres insuperable...

-Ay si, muy graciosa. Pero no, no te estoy manipulando, solo digo que te ves guapísima -respondió desviando su atención de María José-. En serio qué bárbara, te encantaría estar en... -no alcanzó a termine la frase, pues le entró al pánico al ver a su hermano Julián entrar con Diego-. Mierda...viene Julián con Diego, yo me tengo que ir -no termino su frase y ya estaba dando la vuelta.

María José la tomo por la cintura impidiendo que avanzara. -¿Eh, para dónde vas? A dar cara mujer.

Paulina no tuvo tiempo de oponerse por quedar en evidencia, así que enfrentó a Diego, a quien no había visto desde su juicio. Él siempre parecía llevar la situación mejor que ella, con una sonrisa la saludo y aclaró que todo había quedado atrás, pues a él simplemente le importaba estar feliz junto a Julián, si es que a eso se le podía llamar felicidad.

-Oye ya mucha pérdida de tiempo, tengo que ir a saludar a la abuela y mostrarle que ya recuperamos el anillo -interrumpió Julián mostrando la mano de Diego que llevaba la argolla.

-No creo que vuestra abuela le tome en gracia -expresó con sensatez María José, pues ya se había tenido que enfrentar a su indiferencia y desaprobación.

-Puta madre, se me olvida que la abuela es homofóbica. Ni modo, te tendré que presentar como mi amigo -le habló a Diego, este solo se encogió de hombros-. ¿Por cierto, dónde se metió Elena?

-La corazón de motel, esa, está entretenidísima con su nuevo doctor de cabecera -insinuó Paulina.

Todos miraron al centro donde estaba Elena con un cabestrillo tras el accidente que tuvo meses atrás, y su acompañante fue el doctor que la asistió, quien al parecer era el nuevo amante de turno. Julián y Diego dejaron solas a las mujeres y tras ese tenso saludo la morena tuvo que pasar el nerviosismo del momento con otro par de copas de champaña. Para su suerte la noche avanzó rápido, llegó el momento de la cena la que todos disfrutaron con gusto y después de tantas copas bebidas, Paulina se sentía más relajada y lo único que robaba su atención era la íntima conversación que sostenía con María José, ambas recordando el año anterior y como la cena resultó ser un asco, porque se les había quemado el pollo.

-¡Fue horroroso! Y yo no me aguantaba otra noche más comiendo esa horrenda morcilla, menos mal fuimos a cenar pastas.

-La cena preferida de Puri -replicó con un dejo de nostalgia, seguía sentida con su hermana-. Pero me sirvió para mostrar a Bruno lo bonito que es pasar el año nuevo en la Puerta del Sol.

-Brunito lo disfruto, parece todo grande, pero se sigue maravillando de las cosas como un niño. Y tú, oye, tu estabas bárbara, te veías divina con ese abrigo y boina, fuiste la heroína de la noche -recordó Paulina con una sonrisa boba.

Fue de manera inconsciente, pues esta noche cada que podía le recordaba a María José lo guapa o bella que la percibía. Ambas se miraron y sonrieron, pero la rubia no se resistió y tomo con dulzura el rostro de la morena para darle un beso. -Gracias Pau, fue bonito recibir el año con mi familia.

Ambas sonrieron al separarse. Estaban embriagadas por el romance y poco les importaba el resto, sobre todo las miradas de desaprobación o disgusto de los puritanos invitados, aunque un tercero no les quitó la vista. Bruno fue feliz de ver a sus madres así, después de todo lo que habían vivido recién sentía que su familia estaba intentando ser una. Finalizada la cena comenzó a tocar la banda invitada y uno que otro salió a bailar, pero las mujeres estaban resguardadas en sus propios intereses; ellas mismas. El tiempo avanzó rápido, faltaban minutos para que las campanadas del reloj dieran las doce y el espectáculo pirotécnico diera inicio al nuevo año, por lo que todos se estaban posicionando fuera de la florería mientras que María José buscó improvisar. Tomó de la mano a Paulina, se robó una botella de champagne y caminaron entre la multitud, no vieron caras ni se preocuparon por los nombres de las personas que iban dejando atrás. Cruzaron con prisa el patio, se adentraron por la cocina a la casa, pasaron el comedor, la entrada, la sala de estar y llegaron a la escalera que da al segundo piso. La noche era mágica, después de mucho no existían las inseguridades ni los prejuicios del pasado, eran ellas, se conocían, sabían de los altos y bajos, y ya no eran sólo pieles sino que eran almas. Paulina se detuvo, cogió de las mejillas a la contraria y mientras avanzaban torpemente por el pasillo ella depositó apasionados besos hasta que entraron dormitorio. El estallido de los fuegos artificiales y los gritos de las personas fuera de la habitación indicaron que ya eran las 12. Paulina cerró con seguro la puerta de la habitación y María José abrió la botella provocando que algo de espuma chorreara la alfombra, y la respuesta inmediata fue la risa de ambas. Bebieron de la botella y se besaron, degustando cierto amargor del líquido ámbar.

-¡Feliz año! -deseó Paulina con una distancia mínima de los labios de la contraria.

-Por un año donde trabajemos por hacer las cosas bien, ¿no? -propuso Majo con gracia y frunciendo sus labios.

Paulina asintió con una sonrisa coqueta y se mordía el labio inferior mientras tenía sus manos acariciando el escote de María José. -Gracias por volver a intentarlo, por tu amor, paciencia y comprensión -habló y besó suave sus labios-. Te amo.

Admitió con seguridad y aferró su mano detrás del cuello de María José para intensificar su beso, mientras las manos de ambas comenzaban a recorrer los cuerpos y despojarse de sus prendas. La rubia le quitó el blazer a Paulina revelando que llevaba uno de los conjuntos que le había regalado para navidad, y fue ella misma la que se quitó el vestido. No separaron sus labios, avanzaron a ciegas hasta caer sobre la cama, el movimiento las hizo rebotar, pero no impidió que sus cálidas bocas siguieran unidos, tenían la necesidad de saborearse hasta robarse el aliento. Se quitaron las últimas prendas que estorbaban y dedicaron tiempo a recorrer sus pieles. Por su parte, la morena centró su atención en los senos de la contraria, con sus manos los ahuecó, los contempló con obsesión, los apretó y se llevó los pezones a la boca, uno a uno, provocando gemidos guturales en María José.

-Joder Pau, me pones a mil... -murmuró con tono placentero y frunciendo sus labios en un gesto de placer.

Ante la respuesta placentera de su mujer, ella fue descendiendo con besos húmedos que llegaron al vientre de la rubia. Lamió alrededor de su ombligo y bajo hasta la pretina de las bragas de seda que llevaba, las que quitó dejándola completamente desnuda. Paulina admiró la imponente imagen de su mujer para luego perderse en su entre pierna. Un escalofrío recorrió a Majo, sintió sus rodillas debilitarse cuando el aliento de Pau se acercó peligrosamente a sus muslos internos. Besó, mordió y lamió hasta llegar a su centro, la rubia se apresuró a sostener la cabeza de Paulina y arqueó su espalda al sentirla tan cerca y a la vez tan lejos de donde desesperadamente deseaba que estuviera la talentosa boca de su mujer.

-Pau...por favor...Pau... -siseó Majo con desesperación.

Una sonrisa arrogante se dibujó en su rostro al escuchar las suplicas desesperadas mientras los dedos de quien las enunció se apretaban alrededor del cráneo de la morena. Las caderas de Majo se le levantaron, intentando acercarse a la boca de su mujer, el ritmo lo mantuvo, levantaba y bajaba sus caderas. Finalmente Pau cedió, posó su boca sobre ella, succionó la protuberancia que coronaba sus labios, lamió los alrededores y añadió sus dedos para seguir un ritmo frenético. La tortura pareció un pestañeo, un fuerte suspiro salió de la boca de la rubia, su cuerpo se sacudió debajo de Paulina, ella sintió sus piernas temblar cada que intensificaba su movimiento de muñecas o su lengua daba tiernos movimientos, hasta que la vio caer al abismo. María José tuvo un orgasmo silencioso, sus piernas se cerraron mientras que la morena no se detuvo, solo levantó la vista para verla sin aliento y con el pecho alzándose. Paulina se limpió la boca y ascendió para buscar los labios de su mujer, su lengua atrevida fue atrapada por la boca de la rubia y sus manos se mantuvieron en los pechos de ella.

La rubia posó sus manos las caderas de su amante, apretó con gusto su culo y subió sus manos hasta rodearlas en su pequeña cintura. Tomó el control del cuerpo que estaba sobre ella, se volteó quedando una frente a la otra y sus miradas fijas en sus ojos. María José acarició la mejilla de Paulina con amor y sintió su respiración rápida y temblorosa, porque la morena no se lo esperaba, pero su cuerpo estaba listo. La lengua de la rubia se deslizó en su boca, enterró su mano en su cabello y la otra asaltó con ímpetu el centro húmedo de Paulina. Ella gimió al sentir los dedos de la contraria girar, burlarse y curvarse dentro de sí. Se inclinó sobre ella besando su mandíbula y su cara hasta que el éxtasis crecía con furia en su interior. Sus codos se doblaron, cayó sobre ella y gimió sofocada contra su oído "Mierda...", ya no podía sostenerse a sí misma, era como agua en las manos de María José. Esta sabía dónde y cómo tocar, no le tomó mucho hacer que Paulina alcanzará su orgasmo, su delgado cuerpo se convulsionaba y se apretaba alrededor de Majo, sus uñas arañaron su piel y sus gemidos sofocados se formaron en su garganta. La rubia no quería que terminara, quería sentirla encima, dentro, de lado y debajo para siempre. Nunca había deseado tanto como en ese momento. Paulina no fue capaz de recuperar el aliento cuando María José se posó sobre ella, le robó un beso y fue dejando varios mientras se acercó a su centro cálido y sensible. De manera instintiva Paulina abrió sus piernas, permitiendo que la rubia tuviera acceso a su manojo de nervios. Majo exhaló, respirando aire caliente y haciéndola sacudir. Sus dientes presionaron la suave carne de sus muslos. Su experta lengua volvió a rodear su clítoris, en poco tiempo estaba sacando incontrolables y fuertes gemidos en la morena, quien estaba mucho más sensible que antes. Simultáneamente sintió dos dedos en su interior, relajando y rizándose con fuerza. La morena gritó sintiendo un calor infernal entre sus piernas, sus caderas sobresalían y por sus muslos escurría su humedad, pulsando su deseo que no se hizo esperar y la llevo nuevamente a experimentar una corriente que la recorrió de pies a cabeza. Por segunda vez la rubia le daba un orgasmo y Paulina se sentía en la gloria.

La respiración de las dos era pesada y entrecortada, se sentían sofocadas, pero no querían separarse. Los cuerpos se acurrucaron uno al lado del otro, siguieron besándose y acariciándose hasta el cansancio. Era una noche para liberarse, sobre todo de las culpas y los malos momentos entre ellas. No existía duda de que después de todos estos años se habían conocido como amantes, sus cuerpos respondían de manera tan natural al placer que se proporcionaban, pero había sido un camino que tomo tiempo recorrer. Tiempo atrás, cuando María José era hombre, el sexo se había vuelto mecánico entre ellas, eso no quería decir que no disfrutaran de este, solo que existía algo protocolar en la forma en la que ellas se entregaban a la experiencia sexual y sensorial. Ahora todo se trataba de la exploración de los cuerpos, de un ritual que consistía en recurrir a la otra por completa, ir en la búsqueda de placeres, amarse entre caricias y besos. Volver a encontrarse fue un aprendizaje, primero Paulina tuvo que quitarse sus prejuicios, odios y superar sus miedos de no ser suficiente frente a la nueva imagen femenina de María José. Las cosas fluyeron bien entre ambas, a pesar de que la española fue escéptica en un principio, pero hubo estabilidad cuando estuvieron en Madrid, tanto a nivel de pareja como familia, aunque nuevamente Paulina lo arruinó por su obsesión de venganza. Posteriormente vino una dolorosa pero sana separación, la morena inestable emocionalmente terminó en los brazos de otro, Majo tuvo desencuentros con su hermana y volvió a México cuando supo que la madre de su hijo estaba en la cárcel. Fuertemente quería superar lo sucedido, lo estaban intentando, pero inconscientemente la inseguridad estaba puesta en la española, ya que tras saber que Paulina estuvo con un hombre, las ideas sobre que su mujer no era lesbiana atormentaban su cabeza. Así habían sido los últimos meses, siempre en desequilibrio. Sin embargo, un nuevo año iniciaba y ellas ya estaban trabajando juntas para avanzar, o así se sintió está noche y con esa reflexión se quedaba María José.

-Deja ya de mirarme -murmuró somnolienta Paulina, sacando de sus pensamientos a la rubia.

-No sabía que te ponía nerviosa -se apresuró a responder-. Y es imposible no mirar tu belleza.

Paulina ocultó su rostro entre las almohadas para que la rubia no notara su vergüenza, pero Majo se movió para quedar frente a ella. Volvieron a encontrar sus miradas y se besaron. Al separarse juntaron sus frentes, tomaron sus alientos y se sonrieron. Definitivamente este nuevo año traería lo mejor para ellas, ahora sí era el tiempo para las dos.