El ambienté se estaba poniendo húmedo.

Las luces cálidas y la lluvia en un torrencial fuera del bar.

Su mesa llena de botellas vacías y un acompañante inesperado fuera de sí.

Esa noche había quedado en salir con un chico que había conocido hace unos meses, habían quedado en tomar unas cuantas cervezas e ir a su casa para liberar el estrés acumulado por el trabajo duro que había tenido la compañía; en la cual se habían conocido.

Se supone que se vería con un chico de cabello castaño y ojos avellana, con una piel ligeramente bronceada y un poco alto. No era una belleza, pero no estaba nada mal.

Pero quien estaba del otro lado de la mesa bebiendo y sonriendo de manera penosa no era ese chico.

Era aquella persona a la cual le había roto el corazón para desaparecer de su vida. Cabello plateado, ojos de un azul brillante y profundo, piel cremosa en demasía pálida.

Shinya Hiragi.

La persona con la que había mantenido una relación desde sus años de secundaría hasta la universidad.

Se fijó nuevamente en su acompañante sin creer que se encontraba frente a él, no era un sueño más como los que lo habían seguido por años, no era una ilusión como aquellas que lo atormentaban de tantas maneras.

Era él, era el ángel que había corrompido tanto tiempo atrás.

Y estaba riendo de esa manera tan suya, como sí de amigos se tratase y no fuera una situación inesperada. Lo sabía, para los zafiros también era una sorpresa por la manera en que su rostro se contrajo y perdió el poco color que tenía al verlo llegar. Ninguno tenía idea de lo que había pasado.

Por lo que aquel le había dicho en estado de nerviosismo había sido enviado por su amigo para no quedar mal ante su cita ya que había surgido un compromiso a último momento.

—Él no mencionó que serías su cita, en ningún momento menciono tu nombre, solo acepte venir porque le debía un favor. Me pidió hacerle compañía a su acompañante de la noche para no cancelar, llegará en un poco más de tiempo.

Eso había sido sin duda estúpido, solamente hubiera sido necesario un mensaje y hubiera retrasado el encuentro. En lugar de eso el ambiente se había puesto incómodo y la tensión era notable.

Pero Shinya se especializaba en aligerar las cosas y como si de extraños se tratarán bebieron mientras hablaba de esa manera suave que se metía en tu mente y te hacía relajarte. Solo fueron tres segundos los que se mostró afectado, un respiro y era aquel rayo de sol en la tormenta que conocía.

Llevaban tres botellas de alcohol y había pasado una hora y media desde que llegó. En ese tiempo no habían pronunciado palabra alguna del pasado.

Rojo en las mejillas.

Su mirada estaba más oscura que hace momentos.

Y su pose estaba más suelta, tan atractivo y esa sensación de libertad en ella.

Nunca había sido bueno bebiendo y seguía sin serlo al parecer. Las risas que salían de él eran más reales, podía verlo burbujear mientras le contaba algunas anécdotas sobre su amigo, quien no daba luz de llegar. La sonrisa en los labios delgados mientras guardaba silencio para respirar después de unas carcajadas.

No había perdido belleza.

No ha podido apartar la mirada de él, no ha podido parar de buscar cada detalle nuevo, alguna arruga, la manera en que sus manos seguían luciendo tan elegantes, los gestos perfectos para cada momento. Seguía teniendo la apariencia de ángel, tan suave y fino haciendo imposible apartarse de él.

Su mirada quedo prendida en sus manos siguiendo el como se movían para llamar a otra botella y como despedían de manera galante al hombre que la traía.

Escuchó como era llamado en esos labios, pero no pudo ir a ellos.

—Evan está tardando demasiado ¿no lo crees? Realmente quisiera matarlo si no aparece en los próximos treinta minutos —lo vio reír melodiosamente y suspirar—. Debería de cobrarle cada vez que hace esto, sacar algo de ganancia por cubrir sus estupideces.

El rojo aumentaba, las luces lo hacían ver de una manera increíble, tal vez era el alcohol, pero se veía tan esplendido y seductor.

Aunque le molestara no debía mentirse, no era el alcohol.

No se sentía ebrio ni había bebido lo suficiente para nublar su juicio, la simple verdad era que Shinya es el único que logró cautivarlo en el pasado y hasta el momento era el único que podía atraparlo en un instante.

Parecía haber pasado solo un parpadeo cuando miró la botella vacía.

Y solo un parpadeo para que el contrario arrastrara las palabras para formular sus típicos chistes malos, riendo y secando lágrimas.

Sintió su celular vibrar en su pantalón y vio el mensaje de Evan lamentando la demora y que en unos minutos estaría ahí. Shinya pareció recibir uno también ya que le dio una sonrisa ladeada y trato de ponerse de pie, pero se tambaleo en el intento.

Soltó una risa torpe y trato de nuevo dando unos pasos antes de chocar con unas personas.

Tomó su brazo antes de que tropezara con sus propios pies y lo ayudó a guiarse a la salida. La lluvia seguía, pero era más calmada, el cielo ya no se estaba partiendo.

—Muchas gracias, puedo seguir por mí mismo a partir de aquí —la manera en que dejo salir esas palabras no le dio confianza alguna—. ¿Puedes soltar mi brazo? Necesito buscar las llaves del auto —tanteó el traje que tenía puesto, algo húmedo por las ligeras gotas que lo alcanzaban. Frunció el ceño, realmente ese traje se ceñía a su figura, le daba el porte perfecto.

—No planeas conducir tu mismo, ¿Cierto? Llama a alguien para que venga a recoger tu borracho trasero.

Lo vio reír, una corta risa áspera.

—No necesito de nadie para cuidarme —le soltó con un tono amargo. No iba a ser estúpido como para dejarlo ir en ese estado conduciendo o caminando a solas.

—Detendré un taxi para ti, ¿Puedes decir tu dirección?

El albino en respuesta sacudió sus llaves y se encamino a un auto del color del humo.

—Gracias por tu preocupación, pero como dije puedo cuidarme solo —intentó de manera torpe meter la llave en su lugar con las manos temblorosas y errando en cada intento—. No es que quiera ser descortés, pero creo que tu cita te espera dentro ¿no? No tardará en llegar y se molestará si no te ve ahí sentado.

Con cada segundo lo veía mojarse más, la lluvia parecía querer volverse el torrencial que era al principio. El rostro de Shinya estaba lleno de frustración y desespero.

No lo pensó cuando las palabras abandonaron su boca.

—Te llevaré, dame las llaves —y sin que tuviera control sus pies se movieron en la dirección del más delgado quitándole las llaves para dejarlo entrar. Se movió de manera veloz al asiento del piloto ignorando las quejas y maldiciones, se quito la chaqueta que traía puesta y se la lanzó para que se cubriera—. ¿Hacía dónde es?

Hubo silencio.

—Hiragi, ¿Cuál es la dirección? —se giró a verlo, estaba acurrucado dándole la espalda y con una respiración acompasada. Todo aire abandono sus pulmones, olvidaba que en cuanto tocaba algo suave el contrario caía dormido.

Trato de llenar sus pulmones y calmarse.

El Hiragi seguía siendo el mismo idiota, dejarse al cuidado de cualquiera sin tomar alguna precaución, solamente entregándose al vacío del que desconocía su respuesta.

La noche estaba haciéndose más profunda y no le quedo de más que conducir a su casa, ya le mandaría un texto a su cita, de cualquier manera parecía no valer la pena.

El silencio su lado revivió memorias que creía haber ahogado.

Lo había abandonado, un día tomo sus cosas mientras él estaba volviendo del trabajo y se fue de casa.

Lo hizo el día de su aniversario.

Sin darle una explicación, solo un corto mensaje de texto "lo siento" y desapareció de su vida por completo.

Era algo que ardía en su interior.

Fijo su mirada al camino e ignoro las memorias llamándolo.

—¿Está algo silencioso no lo crees?

No se sobresalto y mantuvo la vista al frente.

—¿La princesa ha descansado lo suficiente? ¿Sigues ebrio o ya puedo llevarte a tu casa?

Lo escuche reír suavemente y finalmente se acomodo de manera en que su mirada estaría en mí durante el resto del camino.

—Depende, ¿Te has hecho más viejo y sexi o es el efecto del alcohol aún?

—Eres el mismo idiota de siempre ¿eh?

Se removió en el asiento cerrando los ojos y suspirando relajó su cuerpo.

—Realmente no me esperaba encontrarte por aquí.

Se permitió sonreír ligeramente antes de responderle—. Creí que no volvería a verte, no te he visto en años, han sido ¿10?

—Ocho, han pasado ocho años —corrigió de manera risueña.

Algo en su pecho dolió, creía que había pasado una vida desde que lo dejó.

—¿Qué haces en la ciudad?

—He venido a arreglar unos negocios, Kureto se resfrío y tuve que tomar su lugar en algunas juntas.

—Espero que no sea demasiado difícil —no hubo más respuestas de su parte por un rato y creí que ya no hablaría más o que se había quedado dormido de nuevo, no tenía la valentía de mirarlo y encontrarme con sus ojos en mí.

—Creo que estoy mejor, una vez que lleguemos a tu casa conduciré a la mía, gracias por cuidar de mí.

—No dejaré que conduzcas por la noche tu solo —patética escusa sin sentido, ¿qué estaba pensando? Ya no había nada ahí, ya no podía permitirse retenerlo. No sentía que fuera correcto decir aquello, pero en todo ese tiempo lo recordó, lo extraño, lo anhelo, lamento haber sido cruel, cada día lo golpeaba la falta de esa calidez tan suya a su lado.

—No soy un bebé, estaré bien.

Se mantuvo callado el resto del camino.

Shinya lo hizo de igual manera hasta que detuvo el auto frente unos departamentos.

Apagó el motor y se quedó inmóvil durante un buen rato, no soltó el volante y no se atrevía a levantar la cabeza o mover algún músculo. Su respiración se sentía tan pesada y quiso desaparecer con desesperación.

Los sonidos desaparecieron.

Juró que el mundo lo hizo.

Cálido, eso era, algo cálido sobre su mano, volvió a la realidad con ese toque.

—Te he llamado unas cuantas veces, ¿Estas bien? —picaba en su interior, ardía y dolía, trato muchas veces de hacer desaparecer el dolor y seguir por ambos, pero ahora estaba ahí, frente a él. Sosteniendo su mano y dándole esa mirada de preocupación con los ojos tan brillantes y hermosos.

Burbujeo en su interior y antes de poder detenerse las palabras salieron sin permiso.

—Lo siento.

Las palabras las escucho tan manchadas de tristeza, arrepentimiento y tan ahogadas. No estaba bien, no podía recuperar el control, había una lágrima en su mejilla, no sabía que le estaba pasando, había podido retener el dolor por años y justo ahora que lo tenía frente a él se estaba rompiendo.

Ambas manos fueron tomadas por las de aquel quien también limpió las pequeñas lágrimas y sostuvo una caricia en su mejilla.

—Guren, no necesito una disculpa. El tiempo ya ha pasado, está todo dejado atrás —escucharlo era como si alguien sacará las espinas en su pecho, de una por una, liberando sus latidos—. No tienes que disculparte.

—Te deje. Te deje en el mejor momento de ambos.

Su vista seguía esquivando al ángel frente a él.

—Y yo no te seguí, no me di cuenta de que algo estaba mal —sus manos dieron un apretón a las mías. Sutil, pero firme.

La lluvia seguía.

—Shinya, está lloviendo dentro de mí de nuevo.

Fue lo que pude decir, como cuando éramos jóvenes y algo me dolía, solo tenía que decir que estaba lloviendo, y Shinya traería un arcoíris.

Sentí su pulso acelerado a través de sus manos, fue casi como si pudiera escuchar sus latidos.

Me atreví a levantar la mirada.

Me beso.

Shinya, con los colores en sus labios detuvo la tormenta.

—Traigamos un arcoíris.