Capitulo 3

Dos días permaneció Hermione encerrada en su dormitorio por indicación del médico y obligación de su "padre". Si no hubiera sido por su amiga y su "madre" que no la dejaban sola ni un segundo, se hubiera vuelto loca encerrada entre aquellas cuatro paredes. Echaba de menos hablar con sus amigos, participar en las conversaciones de su grupo de lectura, y pasar horas y horas leyendo. Pero no tenía nada de eso, bueno, lectura si…pero eran los mismos libros cada día y Hermione ya estaba empezando a desesperarse. Aquella nueva vida le parecía demasiado monótona y aburrida.

Cada mañana cuando abría los ojos, inspeccionaba la estancia para ver si había regresado a su vida anterior pero cuando comprobaba que todo seguía igual y ella estaba en el mismo lugar, su desesperanza aumentaba a pasos agigantados.

Al tercer día, Hermione convenció a Sara para que la acompañara a pasear por la mansión. Ella aún no conocía aquel lugar y mientras no saliera al exterior de la casa, no corría ningún peligro. Durante una hora, Sara estuvo enseñándole todas las habitaciones de la casa y Hermione se sorprendió de lo grande que era. Tenían un salón enorme que era más grande que toda su casa, una biblioteca con todos los libros que podían existir en aquella época. Sin embargo, vio un ejemplar que le dio curiosidad "LAS SOMBRAS DEL TIEMPO"

La mansión también contaba con una sala de baile inmensa, varias habitaciones reservadas a diferentes usos, como juegos y música, además de una sala privada para la familia. La segunda y tercera planta estaba ocupada por habitaciones igual de grandes que la suya y cada una de ellas contaba con una jofaina, una palancana de agua y una toalla.

Ni en sus mejores sueños, hubiera imaginado vivir en una mansión como esa.

—Y porque todavía no has visto el exterior. Es impresionante todo el terreno que tenemos. Las caballerizas y los jardines repletos de flores y árboles frutales son preciosos y hay un invernadero decorado con una gran mesa de forja, sillas y una fuente inmensa—informó Sara sentada en un sillón de la sala familiar, mientras veía como Hermione lo observaba todo con curiosidad.

—¡Vamos fuera! Quiero seguir viendo la casa.

Hermione agarró a Sara del brazo y tiró de ella. Pero fue inútil, Sara no iba a permitir que volviera a coger frío ni que tuviera otra recaída en su enfermedad.

—Herm, cuando estés recuperada te cansarás de inspeccionarlo todo, ahora es mejor que no salgas al exterior. Da gracias que el Sr. Tarner ha ido a visitar a los invitados de su primer baile como ayudante del ministro Leonard Spencer– Moon, porque si se entera de que te has levantado de la cama, a ti y a mí nos caerá una buena reprimenda.

—Sara, estoy perfectamente y me aburro encerrada aquí. Necesito que me dé el aire —suplicó.

Hermione era una mujer muy activa y necesitaba estar ocupada el máximo tiempo posible. Aunque hubiera cambiado de época, algo que a ella todavía no le quedaba del todo claro, aquella impulsividad que la caracterizaba no iba a desaparecer.

—Ya te dio suficiente aire la última vez que saliste a la calle y mira cómo has terminado.

Un elfo entró al salón con una bandeja de plata sobre la cual llevaba dos tazas de té y un plato de porcelana con pastas. Educadamente se las sirvió a las jóvenes en una mesita central y se retiró con la cabeza agachada.

—No me gusta como tratan a los elfos, tiene los mismos derechos que los magos —dijo Hermione algo molesta.

Sara cogió una de las humeantes tazas de té.

—Somos sus amos y éste es su trabajo, Hermione. Ellos saben que deben tratarnos así. Están acostumbradas a ello ellos no son iguales que nosotros, querida.

—Pues no comparto tu opinión. —increpó Hermione

—Mi ama —las interrumpió otro de los elfos dirigiéndose a Hermione—, han llegado los nuevos vestidos para usted y para su amiga. ¿Los subimos a sus aposentos?

¿Aposentos? La palabra le hizo gracia y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse. Ella creía que esa palabra ya había caído en desuso, pero acababa de comprobar que no era así. En ocasiones no era consciente del retroceso de los años.

—Sí. Enseguida vamos nosotras para comprobar que hemos recibido todo lo que pedimos. — interrumpió Sara.

—¿Ama? ¿Por qué esa palabra? —Hermione cada vez le gustaba menos por la forma en que se había dirigido a ella.

—. Hermione, pareces nueva ya tendrías que acostumbrarte.

Las dos hermanas se dirigieron a sus habitaciones para ver el vestuario y los complementos que habían recibido de la mejor modista de la ciudad. Sobre la cama de Hermione descansaban varios vestidos largos, en la silla del tocador había algunas prendas más perfectamente dobladas y encima de él, varias cajas cerradas.

Hermione cogió uno de los vestidos y se lo colocó delante de su cuerpo para imaginarse cómo se vería.

Unos golpes en la puerta la avisaron de que alguien pedía permiso para entrar. Hermione estaba tan ensimismada en sus pensamientos que dio un salto que cayó encima del colchón, rebotó hacia un lado y se estampó de culo contra el suelo.

—¡Joder, qué daño me he hecho! —exclamó llevándose la mano a su trasero—, Adelante, puede pasar —ordenó entre risas aún sentada en el suelo.

Una chica de cabellos oscuros y ojos marrones, con un sencillo vestido largo hasta los pies de color marrón y un delantal blanco con encaje anudado a su cintura, entró a la habitación de Hermione. La joven había estado escuchando los gritos de ella y con cara de confusión, pasó el umbral de la puerta, preguntándose qué era.

—Señorita, ¿se encuentra bien? —preguntó preocupada.

La chica corrió hacia la ella que seguía tirada en el suelo para ayudarla a levantarse. Hermione tranquilizó a la muchacha entre risas, asegurándole que se encontraba perfectamente. La situación era demasiado cómica y aunque se hubiera hecho daño, por primera vez desde que había llegado a aquel lugar, había podido ser ella misma, alocada y divertida y sin sentir la necesidad de pensar en nada más.

—Señorita n, ¿necesitará ayuda? —preguntó la chica cogiendo el vestido de la silla de Hermione.

Abril, su doncella personal, le explicó que ella sería la encargada de atenderla en todo lo que necesitara.

—Abril, no necesito que me sirvas en nada. —Hermione odió ese término desde que empezó a escucharlo a su alrededor—. Sin embargo, tu ayuda me vendría muy bien. Por favor, llámame por mi nombre.

—Yo no puedo hacer eso, le debo un respeto.

—Porque no me llames por mi nombre o no me hables de usted no significa que me faltes el respeto. Me haces sentir más mayor de lo que soy. —La joven se sorprendió por la declaración que le acababa hacer la señorita. Ella sabía que debía tratar así a los señores, ¿qué tenía que ver si era mayor o no? —. Para mí todo esto es nuevo y me resultaría mucho más fácil adaptarme si me llamas simplemente por mi nombre.

—Su padre me podría castigar o incluso echarme de la casa, mi señora. Yo necesito este trabajo. —La joven se sintió entre la espada y la pared.

—Está bien Abril, ¡haremos algo! Cuando estemos a solas, me llamarás Hermione, en cambio, si estamos en presencia de otras personas, podrás llamarme señorita o como gustes. ¿De acuerdo?

La joven sopesó las posibilidades y finalmente asintió. Señorita Hermione se veía noble y con buen corazón.

—De acuerdo seño… Hermione —respondió dubitativa—. ¿Requiere de mi ayuda para probarse sus vestidos?

—Ahora mismo estoy muy cansada y preferiría dejarlo para más tarde. Aunque sí me gustaría que me ayudaras a colgarlos en el armario para quitarlos de encima de la cama, por favor.

—No puedo permitir que usted lo haga seño… Hermione —rectificó—, éste es mi trabajo.

No había estado enferma realmente, por lo menos no en su vida pasada, sin embargo, sus fuerzas se habían agotado con el paseo por la mansión. Se sentía débil y eso le hacía dudar, aún más, si realmente la historia que le habían contado su amiga y su supuesta madre era cierta.

Cuando quiso darse cuenta, Abril ya había colocado todos los vestidos perfectamente dentro del armario, sin darle tiempo a Hermione para que la ayudara. Aunque la doncella se había negado, ella quería ayudarle.

—¿Necesita alguna otra cosa?

—No, muchas gracias. Puedes marcharte.

—Hágame llamar si requiere de mis servicios.

Abril agachó la cabeza y se dirigió a la puerta deteniéndose ante la voz de Hermione.

—¡Recuerda Abril!, no me veas como a tu señora, ni agaches la cabeza ante mí. Yo soy igual que tú, ni más ni menos. Tampoco digas que eres mi criada ni mi sirvienta, dejémoslo mejor en mi ayudante. Acostúmbrate a llamarme por mi nombre y más adelante, me gustaría que me tutearas con total confianza.

Abril le regaló una tierna sonrisa y abandonó la habitación. Hermione se recostó sobre la cama e inevitablemente pensó en Ian. Llevaba días intentando no recapacitar sobre todo lo pasado con él días antes, pero ya no podía seguir reteniendo todos sus pensamientos dentro de su mente.

Después de cinco años de matrimonio, era imposible que Hermione no se preocupara por él. Ian siempre había dependido mucho de ella para todo, incluso para elegir la ropa del trabajo. Ella misma le había acostumbrado a una vida fácil y con aquel cambio, que él solo se había buscado, iba a tener que habituarse a no necesitar a nadie. A no ser que se busque a otra mujer. La idea de su marido enamorado de otra que no fuera ella, le encogió el corazón. Sin embargo, Hermione tenía muy claro que lo único que quería era olvidarse de él y empezar una nueva vida. Aunque no de la forma tan radical como lo estaba haciendo.

¿Habrá ido a casa a buscarme para darme una explicación? ¡Demonios! Si yo estoy aquí, en un lugar diferente y en otra época.

él quizás no haya nacido siquiera. ¡Qué tonterías estoy pensando! Todo esto es una locura. Yo ya no sé ni que pensar…

—Si no me hubieras engañado, si no hubieras tirado nuestra vida a la basura, todo esto no estaría pasando —maldijo entre lágrimas al que había sido su marido—. Éramos felices, ¿por qué tuviste que estropearlo todo?

Ya no hay marcha atrás, tengo que ser valiente y tirar hacia delante. Como siempre lo eh hecho en la vida. Eso me hará adaptarme mejor a mi nueva vida. ¿Durará para siempre este cambio? Espero que no.

El día de la fiesta de presentación en casa de la familia Tarner llegó y los elfos trabajaban sin parar para que todo estuviera listo para aquella noche. Sra. Tarner, muy alterada y nerviosa por su primera cena como anfitriona, seguía las indicaciones del maestro de protocolo, que un par de días antes había contratado su esposo, y daba las últimas órdenes a los empleados asegurándose de que todo estuviera preparado para que la fiesta fuera un éxito.

Sara estuvo todo el día probándose varios vestidos y sus joyas, intentando decidirse por el atuendo perfecto. En cambio, Hermione se pasó el día tumbada en su cama, mirando al techo y aceptando que su cambio no era producto de una pesadilla. Era la vida misma.

—¿Señorita, qué joya usará? —preguntó Abril cuando terminó de colocar el último mechón de pelo sobre el recogido que le había hecho.

—Abril, ya te he dicho que te olvides de formalismos a la hora de tratarme. Por lo menos cuando estemos a solas.

—Discúlpame, pero se me hace muy difícil acostumbrarme a ello.

—Usaré el relicario —le informó con una sonrisa—, es de color verde como los adornos del vestido. Creo que es perfecta.

Abril anudó el colgante en el cuello de Hermione y le ofreció el frasco de perfume para que rociara algunas gotas sobre sus puntos calientes.

Hermione se levantó de la silla y tras agradecer los servicios a Abril, se dirigió a su espejo para ver el resultado de horas de preparación. Su aspecto al mirarse en él le sorprendió. Estaba muy elegante y hasta parecía otra mujer. Más distinguida, más clásica, más madura.

En el fondo de la sala reconoció a su "madre" y a su amiga y se unió a ellas para recibir a los invitados. Durante un buen rato estuvo conociendo a varias personas importantes del ministerio con sus respectivas esposas,

Antes de pasar al salón para degustar el menú que habían preparado las cocineras, el Sr. Tarner dijo unas palabras de cortesía dando la bienvenida a todos los presentes.

Una vez en el comedor, los elfos ofrecieron la comida al anfitrión y posteriormente la fueron sirviendo al resto de comensales. El primer plato que se distribuyó entre los presentes fue una sopa, un delicioso caldo con diversos vegetales cortados muy finos, acompañada de pan. Sr. Tarner ordenó que trajeran el segundo plato, salmón horneado acompañado de ostras.

Los invitados hablaban entre ellos animadamente durante la cena. Sr. Tarner era aconsejado por varios caballeros que estaban sentados cerca de él sobre futuras inversiones y mejoras en el ámbito laborar para el mundo mágico. La Sra. Tarner escuchaba los chismes que comentaban varias mujeres que estaban sentadas cerca de ella, intentando aparentar interés. La señorita Sara no paraba de estudiar a cada uno de los caballeros que había en la mesa, seguramente buscando al próximo hombre que captaría su atención. Hermione, en cambio, se mostraba callada, sin intención de charlar con nadie. La señora que estaba sentada a su lado, intentó entretener a la joven.

—La primera cena de presentación siempre es incómoda y aburrida —expuso la Sra. Brow antes de llevarse un trozo de salmón a la boca. Cuando lo saboreó y tragó el bocado, se pasó su servilleta de tela con delicadeza sobre los labios—. Aún recuerdo cuando mis padres me presentaron en sociedad. ¡Fue un completo desastre! Pero esa sí que fue divertida, por lo menos para mí. —ella sonri al recordarlo.

Sra. Brow era una hermosa mujer, esbelta y elegante, que rondaría los cuarenta años. Su cabello era rizado y cobrizo, con unos grandes ojos verdes y unos labios extremadamente del gado. Varias pecas ensalzaban su pálido rostro y cuando reía, se le dibujaban unos hoyuelos en el centro de sus mejillas.

—¿Qué ocurrió? —preguntó desganadamente Hermione.

—¿Realmente quieres saberlo? —Hermione encogió los hombros—. Yo tenía dieciocho años y aunque mis padres preferían atrasar mi presentación en sociedad, se vieron obligados a llevarla a cabo. Aquí entre nosotras, yo era muy rebelde, aprovechaba cualquier oportunidad para llevar a cabo alguna travesura. Yo no quería ser presentada en sociedad, era consciente del cambio tan radical que daría mi vida desde aquella cena. Como no podía hacer nada por evitar la fiesta, decidí que sería una velada muy peculiar, una presentación que quedaría para el recuerdo de todos. Sobre todo, para mis padres.

El mismo cambio que va a dar mi vida a partir de ahora. Pensó Hermione con desilusión. Aunque mi vida se transformó en el momento en el que amanecí en este lugar.

—¿Qué hizo, Sra. Brow?

Aquella mujer había conseguido simpatizar con Hermione y lo que en un principio pensaba que sería una conversación aburrida, se había tornado muy interesante. La Sra. Brow no era como las demás mujeres que estaban compartiendo mesa con ella.

—Esa misma mañana salí de casa cargada de pequeñas cajas y fui a un río que pasaba cerca de donde yo vivía, un lugar que a mí me encantaba porque estaba lleno de animalillos y flores. Metí varias lagartijas en una de las cajas y algunos sapos en otra. Volví a casa y me encerré en mi cuarto el resto del día para elaborar mi venganza.

La Sra. Brow, antes de que su cena de presentación comenzara, escondió bajo la mesa las cajas donde guardó los animalillos. Regresó al recibidor junto a sus padres y esperó a que el espectáculo comenzara.

Hermione no podía parar de reír al imaginarse todo lo que sucedería en aquella cena de presentación de La Sra. Brow. Intuía que aquella mujer había sido tremenda en su infancia y le contaba los hechos con tanta gracia que a Hermione le dolía el estómago de tanto reír. Las personas que estaban sentadas alrededor de ellas las miraban escandalizadas, pero a ellas dos no les importaba. La Sra. Brow continuó con su historia.

—Cuando los elfos trajeron el segundo plato me fijé que la cena estaba siendo demasiado aburrida y decidí que era el momento de darle algo de emoción. Me quité mi zapato, alargué el pie hasta que chocó contra la caja y abrí la tapa con verdadera destreza. Al cabo de unos segundos una decena de ranas paseaban por el suelo y por la mesa, saltaban de un plato de pescado al siguiente e incluso una de ellas terminó sobre el elaborado peinado de uno de los comensales, una mujer arisca e insociable, que, asustada por tener al animal sobre su cabeza, comenzó a darse manotazos para espantarlo. Aunque lo único que consiguió así, fue caerse hacia atrás con silla incluida.

—¡Era usted genial de pequeña, Sra. Brow! Voy a plantearme una jugarreta similar para mi siguiente fiesta en sociedad —bromeó Hermione.

—Avíseme cuando vaya a planearla y la ayudaré encantada. —La Sra. Brow se unió a las risas—. Y llámeme Olivia.

—Si usted me llama Hermione.

El resto de la noche, Hermione no se separó de Olivia. Hablaban y bromeaban, consiguiendo que la fiesta que había comenzado siendo un verdadero fastidio, se tornara divertida y agradable. Se sorprendió al descubrir, que, a pesar de vivir en aquella época, Olivia y ella tenían muchas cosas en común, empezando por su sentimiento de libertad e independencia. De esa fiesta, nacería una verdadera amistad entre dos mujeres que se acababan de conocer.

Al finalizar la cena, todos los invitados abandonaron la casa.

Una semana después de la presentación en sociedad de la familia Tarner, la familia Brow daban un baile de máscaras en su mansión.

Cuando La Sra. Brow visitó la familia Tarner para invitarlos a su baile, Hermione se mostró especialmente ilusionada. Le apetecía volver a pasar un rato agradable y con Olivia, eso estaba asegurado.

—En vuestra fiesta de presentación faltaron hombres atractivos. —dijo la Sra. Brow con una risa picara.

—¿Y usted, conoce alguno? —pregunto Hermione riéndose de la directa de Olivia.

—bueno… digamos que sí, conozco a unos cuantos, si. Pero hay dos que son muy populares, cada uno de ellos por una razón en particular.

—Quizás no asistieron porque el Sr… mí padre, no los invitó. — se corrigió Hermione.

—Me consta que sí recibieron la invitación, mi esposo me lo comentó. Ambos están de luto, aunque uno de ellos solo por guardar las apariencias. Seguro que se estuvo entreteniendo esa noche bajo las faldas de alguna mujer. Si me permites un consejo, ese ese tipo de hombres, no te conviene.

—No te preocupes Olivia, no tengo ningún interés en buscar un esposo.

—Eso lo dices ahora que aún no has conocido al hombre que te robe el corazón, pero cuando lo tengas delante, cambiarás de opinión. Te lo digo por experiencia —aseguró Olivia pensando en su esposo con ojos brillantes.

Aunque Hermione lo tenía claro, estaba totalmente convencida de que aquello no le sucedería a ella. Acababa de sufrir una traición en manos del hombre al que le había entregado todo de ella y lo que menos le apetecía era adentrarse en otra nueva relación. El amor ya no es para mí. Renuncio a él. Pensó con tristeza sin decirle nada a su nueva amiga.

—¿Qué máscara quieres usar, Hermione? —preguntó Abril mientras la ayudaba a arreglarse para la fiesta.

Abril le mostró dos y Hermione eligió la que más llamó su atención. Un antifaz en color beige, con los bordes en dorado y numerosas perlas alrededor de ella. En el lateral izquierdo tenía varias flores de tela y del lateral derecho nacían algunas plumas en color naranja. Era la máscara ideal para su vestido de color beige con bordados en dorado y naranja. La doncella le ayudó a colocársela y anudó las cintas en la parte posterior de la cabeza. Se colocó su relicario color esmeralda y bajó a la sala a esperar al resto de la familia para ir a la mansión de los Sres. Brow.

Al llegar a la bonita mansión, pudieron confirmar el buen gusto de los Brow, pues la decoración era impresionante. Los Brow se acercaron a ellos para darles la bienvenida.

Hermione comprobó que todos los presentes llevaban una máscara, por lo que si conocía a alguno de ellos no tendría obligación de saludarlos, algo que ella agradeció enormemente. Por el contrario, si los conocía aquella misma noche y al día siguiente se los encontraba por casualidad, tampoco tendría que saludarlos ya que no los reconocería.

Después de la recepción en la que los elfos repartieron copas de vino, de ponche y algunos aperitivos, Sr. Brow y su esposa, inauguraron el baile.

Cuando la orquesta comenzó a tocar su segunda pieza, con un solo de violines, los Sres. Tarner fueron a la pista y se unieron a la danza con pasos marcados y lentos.

—¿Le gustaría bailar conmigo la próxima canción, señorita?

Un hombre un poco más alto que ella, con una máscara gris y un traje negro se colocó a su lado y les susurró a pocos centímetros de su oído. No habían sido presentados, estaba segura de ello porque si hubiera sido así, lo recordaría. Cuando clavó sus penetrantes ojos de un azul in tenso en los marrones de ella, el corazón de Hermione se revolucionó y su pecho se alzó agitadamente. Solo un susurro y su cercanía habían sido suficientes para saber que aquel hombre, inexplicablemente, atraía mucho su atención.

—No sé bailar —se excusó mirando aquellos ojos que, sorprendentemente, le resultaban familiares.

—Es muy fácil. Solo déjese llevar —le dijo el misterioso hombre con una sensualidad que la hizo perder la razón.

Cogió la mano delicadamente de Hermione.

Deseaba bailar con aquella mujer que, a simple vista, le pareció tan apetecible.

La siguiente melodía sonó y Hermione se dejó arrastrar por aquel hombre al centro de la pista. Rápidamente algunas parejas más se unieron al baile. Hicieron dos filas enfrentadas, en una se colocaron los hombres y en otra las mujeres. Todos hicieron una reverencia a su pareja y la orquesta comenzó a tocar. En un principio Hermione se sentía incómoda, algo recordaba de su cuarto curso en Hogwarts. Cuando bailo con el famoso Viktor Krum.

Pero el enmascarado que le había invitado a bailar la guiaba tan bien, que rápidamente consiguió hacerse con los pasos. Cuando estuvo más relajada, entablaron una conversación y se dirigían la palabra cada vez que se cruzaban en el baile.

—Creo que no nos han presentado, señorita —dijo el hombre con una sonrisa en los labios—. Soy Abraxas Malfoy, su pongo que habrás oído hablar de nosotros y de mi familia. —volvió a hablar cuando se cruzaron nuevamente de frente.

La respiración de Hermione se entrecortó cuando Sr. Malfoy comenzó a hablar.

¿Malfoy… entonces, ese tal Abraxas era el abuelo de Draco?

Aquel hombre la alteraba mucho, controlando sus nervios y sin perder el paso de baile, ella también se presentó.

—Mi nombre es Hermione, soy la hija de Los Sr y Sra. Tarner.

—No sabía que los Tarner tenía una hija tan hermosa —anunció él cuando se cruzaron nuevamente en el baile.

—Ni siquiera me ha visto el rostro, ¿cómo puede decir que soy bella? —Hermione pestañeó con coquetería.

—Incluso con esa máscara, su belleza es destacable.

El rubor se apoderó de las mejillas de Hermione, como podías pasarle esto, ¡No! Es el abuelo de Malfoy. Hermione en ese momento agradeció que llevara la máscara puesta para ocultar su sofoco.

—¿Eso les dice a todas las mujeres, mi señor?

—Sólo a las que realmente me interesan.

La música comenzó a perder fuerza indicándoles a las parejas que la pieza estaba terminando. Sr. Malfoy agradeció a Hermione que hubiera aceptado bailar con él y se despidió de ella, prometiéndole que volverían a verse de nuevo. Algo que provocó en Hermione un escalofrió que recorrió todo su cuerpo.

—Hombres como Sr. Malfoy son los que no te convienen —aconsejó Olivia cuando llegó a su lado.

—ya..

—No te dejes influenciar por las apariencias, Hermione. Nuestra sociedad está llena de ellas. ¡Nada es lo que parece!

Sr. Brow se acercó a su esposa y agarrándola posesivamente por la cintura, la llevó al centro de la pista para que bailaran juntos nuevamente.

Tras un par de horas más en las que Hermione, para su sorpresa, se divirtió bailando aquella música clásica en una noche llena de misterio por no saber con quién bailaba realmente, los Sres. Tarner decidieron que era la hora de regresar.

Aquella noche, Hermione, soñó con los penetrantes ojos azules del hombre con el que había bailado por primera vez y el que no le había quitado la mirada de encima en toda la noche. Aquel hombre, sin necesidad de verle el rostro, había conseguido atraer su atención como solo Ie había conseguido en toda su vida. Pero Hermione era desconfiada y supo desde el principio que tendría que ir con mucho cuidado del Sr. Malfoy. Su intuición le decía que no era de fiar.