Disclaimer: Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen, sólo la historia en la que los he involucrado en esta ocasión.

"Yo creo que se puede establecer una división entre la juventud y la madurez. La juventud acaba cuando termina el egoísmo; la madurez empieza cuando se vive para los demás." - Hermann Hesse

CAPITULO CINCO: EL REENCUENTRO

-¡Ah, sí! Chicos, Arnold….aaamm… hoy tuvo clases conmigo… y… aaamm… pues, creo que volvió- enrojecida Lila jugueteaba con uno de sus mechones, avergonzada de haber llegado con la delicadeza de un elefante bailando ballet a interrumpir a sus amigos estando en compañía de Arnold, observó el rostro de Jason y Josh claramente confundidos por el cambio súbito en el jovial ambiente por uno mucho más tenso y pesado… tirante…

Dirigió su atención a Rhonda y Nadine, ambas con los ojos y la boca abiertos de par en par, anonadadas.

Eugene se veía pálido y sorprendido.

Harold estaba sujetando el borde de la mesa con el ceño fruncido.

Sid se había quitado la gorra, impresionado.

Brian parecía la seriedad personificada. Justo en el instante en que el castaño dirigió su vista a la pareja a su lado, Lila lo hizo también… había estado evitando mirar en su dirección por temor y se encontró el rostro de su amiga Helga casi del color del papel, pero con un gesto imperturbable… una ensayada expresión de normalidad a través de la que ella podía ver claramente dolor.

Pero quien le sorprendió más fue Gerald, se había movido casi imperceptiblemente para aferrar a Helga de la cintura y las piernas, en una clara declaración de propiedad que haría enrojecer a cualquier pudoroso, y emanaba un aura agresiva y violenta que para nada invitaba a acercarse.

Arnold no pareció notarlo, porque se sentó en silencio junto a Nadine deshaciéndose por fin del brazo de Miranda y la pelirroja aprovechó para sentarse junto al rubio y quedar de frente a su novio.

-Es… una sorpresa- comentó recuperando su compostura Rhonda, irguiéndose en la silla y alzando la barbilla altiva, pero sin dejar de cuidar de reojo a su Co capitana rubia.

-Gracias Rhonda, esa era la intención- respondió tranquilamente Arnold, que era el único que parecía inmune a la tensión en el aire.

-Considéralo conseguido- pudo decir Sid, con la voz algo ahogada.

-Yo creo que más me he sorprendido yo al ver todos los carteles que cubren los pasillos. Gerald y Geraldine, vaya- el rubio dirigió su vista a su antiguo mejor amigo, como midiéndolo, y percatándose del incremento de la firmeza del agarre del moreno en la cintura de su novia, aunque no entendió el gesto -Siempre creí… Más bien, confiaba, en que Phoebe y tú…- ante la mención del nombre de la oriental, la pandilla dio un pequeño sobresalto, tenían algunos meses sin escucharla nombrar y temían lo que eso pudiera desencadenar. Rhonda, se giró de pleno a observar a sus amigos, temerosa de no haberles evitado una confrontación que no vio venir.

-Pasado- dejó salir entre dientes el segundo hijo de los Johanssen. Había una fuerza en su mirada que incluso el resto de los presentes, aunque no la estuvieran recibiendo, podían sentir y ver.

-Sí… como yo- comentó el rubio de una forma tan serena que les dio escalofríos a los presentes. Lila lo miró, sorprendida de su calma.

-Así es- volvió a hablar Gerald entre dientes.

-Y…- el rubio fijó su vista en la chica sentada junto a su mejor amigo, una bella chica, rubia, de ojos azules, cejas y pestañas perfectas, labios sonrosados, figura atractiva y buen gusto para vestir, sonrió irónico - ¿Me vas a presentar a Geraldine? -escupió el nombre de la joven con coraje. Ante sus palabras, Helga sintió que de pronto algo se rompía dentro de ella -Digo, que se llame como tú es suficientemente narcisista, pero que encima sea una animadora hueca de esas que te quejabas tanto cuando Phoebe estaba contigo… es caer bajo- no conocía a la muchacha y tenía que admitir que era hermosa, pero sintió la necesidad de defender a su ausente amiga, Phoebe era alguien conocido, familiar, y no la extraña que osaba usurpar ese lugar.

Quizás su necesidad nacía del temor de pensar que si Gerald había podido seguir adelante y reemplazar a su primer amor con quien compartió varios años de su vida, ¿Qué esperanza tenía él con cierta rubia de coletas?

De pronto, una risa pequeña y contagiosa empezó a escucharse, cuando todos se dieron cuenta que era la novia del moreno quien reía, pintaron expresiones similares de haber entrado a la dimensión desconocida.

-La verdad es- empezó a decir entre risas la rubia -que sí es un poco narcisista que tengamos el mismo nombre, pelos de borrego- despeinó a su novio en un gesto juguetón y lo besó delicadamente en la punta de su nariz aprovechando que en ese momento la veía sólo a ella, consiguiendo que aflojara la presión que había hecho en su cintura -En fin… tenemos práctica, Rhonda, Nadine, Miranda- las llamó mientras se ponía de pie, y las aludidas la imitaron como resortes casi como si las hubiera hechizado para obedecer su voluntad -Te encargo Eugene que convenzas al equipo de baloncesto y futbol de llevar las bebidas, pero que sea algo más que cerveza, que tengan algo de clase- empezó a comandar mientras se separaba un poco de la mesa y tomaba su bolso deportivo -Y Lila, ayuda a Sid a poner en orden su casa, la última vez que fuimos, parecía una ratonera- y con eso dicho le plantó un último beso en los labios a Gerald que no le quitaba la mirada de encima, se dio media vuelta y partió con Rhonda y Nadine detrás de ella, y Miranda detrás del par.

Gerald mantuvo su mirada inalterable sobre el camino que hasta hace unos segundos recorrió su novia para llegar al gimnasio, donde tendría lugar la práctica de las porristas para la presentación de los clubes y equipos, que daría inicio en unos diez o quince minutos.

-¿Acaso te ha llamado… Pelos de borrego?- el moreno salió de sus pensamientos y volvió a fijarse en el rubio frente a él, azul contra avellana.

Llevaban un tiempo sin sostener comunicación, desde el verano entre primero y segundo año de preparatoria, cuando el rubio intentó concertar una video llamada con Helga por su cumpleaños 16, y ciertamente se había hecho a la idea de que luego del plantón que le dio la rubia jamás volvería a saber de su amigo.

Cuánto se había equivocado, no fue una llamada telefónica o que creara sus redes sociales y los contactara, el problema era que había regresado a Hillwood.

Arnold Shortman, su mejor amigo, compañero aventurero, el buen chico que siempre hizo suspirar a Helga… a su Geraldine… la incredulidad en el rostro del rubio le daba a entender que buscaba alguna otra explicación lógica que no fuera la obvia, porque aquello destruiría cualquier posibilidad de volver a ser amigos, los inseparables que jugaban en las calles de esa misma ciudad.

Gerald pensó en aquellos días, pensó en Phoebe, en las aventuras, en la partida de Arnold, en la maldita broma en el patio durante séptimo grado, en los días de secundaria, en la partida de Phoebe, en su amistad con Helga, con Brian, con Josh… En los besos de la rubia, sus sonrisas, sus burlas, sus juegos, su cabello, sus ojos, sus manos… el corazón comenzó a golpear fuertemente su pecho y una emoción que no había experimentado, similar a la bilis subiendo por su esófago, lo asaltó.

No le importaba renunciar a una amistad que ya no existía por tener a su lado esa menuda rubia que podía ser un bólido de destrucción masiva si se lo proponía.

-Sí. Ya conoces a la Gran Helga Geraldine Pataki. No le gustan mucho los cambios- respondió Gerald encogiéndose de hombros sin quitar la dura mirada de los incrédulos ojos del rubio.

-Bueno, si yo fuera novio de la Gran Geraldine, yo también le permitiría que me dijera como quisiese- bromeó Jason, codeando a Josh que lo miró como si estuviera loco.

- ¿Qué… has dicho? -Arnold bufaba, la incredulidad se dispersaba dando paso a la sensación de rabia atenazando su cuerpo, sentía las ganas de saltar encima de la mesa para cruzarla y soltarle un puñetazo (o muchos) a su ex mejor amigo.

Intentó calmarse, convencerse de que todo era un mal entendido, pero entonces, en su vista periférica captó cómo un chico corpulento y alto se levantaba, de un físico intimidante como el que tendría un jugador de futbol americano y se giró hacia él, reconociendo la presencia de alguien más en el lugar por primera vez desde que se sentó a la mesa, ya que había mantenido su mirada en Gerald todo el tiempo.

-Él dijo, que a Helga no le gustan mucho los cambios, y de ser sincero, a mí tampoco. Así que, ¿Por qué no vuelves a tu jungla a seguir fingiendo que no existimos y dejas de meterte en asuntos que no te incumben Shortman? -la violencia en su voz acobardaría a cualquiera, pero había un dolor velado en la mirada que el rubio fue capaz de vislumbrar con mucha dificultad, reconociendo al dueño de ese ceño fruncido y 180 cm de masa muscular.

- ¿Harold? -Atónito, no daba crédito de lo que veía, el muchacho gordo, de gorra, dientes chuecos, de piel siempre rosada, había cambiado casi tanto como la misma Helga en cuestión. Uno de sus mejores amigos de la infancia se plantaba frente a él como un titán, a reprocharle su ausencia y visiblemente afectado por la misma.

-Por lo menos mi nombre sí que no lo has olvidado. Mira que no reconocer a Helga, menudo cretino te volviste Shortman. ¿Acaso en la jungla no tienen modales? -Le increpó de nuevo el chico, temblando de rabia.

- ¿Modales? -Más impresionado se giró a mirar a su alrededor, en la mesa sólo quedaban Lila, un chico de cabello castaño y lentes que le miraba con el ceño fruncido y una seriedad escalofriante, un joven de gorra verde y tatuajes en los brazos que bien podría ser Sid, un pelirrojo con expresión angustiada que se mantenía en silencio, dos chicos a los cuales no creía conocer y Harold y Gerald.

Rhonda había sido sencilla de identificar, no había cambiado demasiado, sólo crecido al igual que Sid, pero no podían culparle por no haber sido capaz de reconocer a la rubia inmediatamente

- ¿Cómo se supone que yo sabría que la novia de Gerald, la hermosa porrista hueca, en realidad era Helga? - No estaban siendo justos con él.

-No permitiré que hables así de Helga. Las chicas son porristas porque se divierten y son realmente buenas, no dejaré que menosprecies lo que hacen… es deporte, disciplina, es admirable… y tú no las conoces más, no tienes derecho a juzgarlas- Habló entre dientes Gerald. Arnold se estaba yendo de lengua larga, y más le valía frenarse o terminaría usándolo como saco de boxeo, que ganas no le hacían falta. El chico pelirrojo se puso de pie también y caminó hacia el rubio.

-Arnold, si quieres recuperar nuestra amistad y volver a ser parte de la pandilla… no estás teniendo un buen inicio… Creo que debes disculparte- Arnold reconoció la voz del chico.

-Eugene… Eugene yo no voy a disculparme con Gerald porque él…- pero el mismo pelirrojo lo volvió a interrumpir.

-No es con él con quien debes disculparte- miró a su alrededor, y al hablar había cierta nostalgia en su voz -Todos en esta mesa, amamos a nuestra manera a Geraldine, y Helga, muy a su manera, ama a todos en esta mesa. Es una amiga muy importante para nosotros y tú la has ofendido, ¿Cuál esperas que sea nuestra reacción? -el rubio pareció suavizar su gesto ante lo dicho por Eugene, sabía que se había pasado de la raya, incluso si la chica en cuestión no hubiese resultado ser Helga.

-Tienes razón. Voy a buscarla, tengo que hablar con ella- hubo un brillo en los ojos de Arnold que llevó a Gerald a detenerlo, sujetándolo por la parte de atrás de su playera manga larga, Gerald conoció en ese justo instante lo que era la inseguridad… ¿Y si Arnold aún sentía algo por Helga? ¿Y si Helga aún sentía algo por Arnold? ¿Y si lo dejaba ir con ella y algo más sucedía? ¿Y si Helga estaba deseando que algo más sucediera?