Disclaimer: Los personajes de Hey Arnold no me pertenecen, sólo la historia en la que los he involucrado en esta ocasión.

Gracias por los reviews, disculpen la tardanza en publicar un nuevo capítulo acerca de esta historia. Intentaré que no vuelva a suceder, pero es difícil cuando la inspiración se pone de caprichosa.

Rotten-Spring: Tus opiniones siempre me arrancan un par de carcajadas, me hacen el día, en serio. Eres como mi alter ego, ya sabes, ése que sí se anima a decir lo que pienso. Gracias por compartirme tus reviews, me encantan. Y espero que este capítulo satisfaga tu curiosidad respecto a Rhonda y Helga.

MissHillwooD: Gracias por escribir, y espero que disfrutes la continuación. Espero que puedas dejar de lado un poco tu odio por nuestros antagonistas si no hacen reaparición aun. Porque después, te aseguro que el odio arremeterá con más fuerza a su regreso XD Y no te preocupes, escribiré hasta terminar la historia.

Violet Hello: Y yo agradecida con el de arriba por tu review… espero que vuelvas a escribir. Gracias por dejarme saber que lo disfrutas.

Allison Dawn: ¿Verdad que sí? Espero que disfrutes el recuerdo de la parte 2 de la versión de las 20 preguntas que están jugando los chicos.

Nimia Forctis: Jajajaja un placer leer tu review en esta historia, me da muchísimo gusto ver que te guste también esta. Intento transmitir ambientes diferentes en cada historia que estoy subiendo, ya que son temáticas y edades completamente diferentes. Por favor, vuelve a escribir pronto, me has hecho el día con tus comentarios... °W°

Disfruten de la lectura.

"Yo creo que se puede establecer una división entre la juventud y la madurez. La juventud acaba cuando termina el egoísmo; la madurez empieza cuando se vive para los demás." - Hermann Hesse

-Entonces… ¿Esa es la historia?- preguntó un confundido Jason.

-Sí, esa es- respondió Eugene.

-Pero, no responde a la pregunta de Chloe, ¿Cómo nació la tradición de hacer una fiesta en casa de Sid cada inicio de semestre?- volvió a preguntar frustrado, sentía que la pandilla lo miraban con sonrisas de tahúres, ¡Era enervante!

-Así nació. Antes de nuestro primer día en la preparatoria, de alguna forma conseguimos juntarnos todos, aunque llevábamos demasiado tiempo sin hacerlo. Supongo que pensábamos que sin Arnold no sería igual, crecimos unos alejados de otros... o se podría decir que atravesamos esa edad en la que la amistad entre chicos y chicas es muy difícil- Lila jugó con su mechón de cabello, como antaño hacía con su trenza, parecía melancólica.

-Sí… al inicio del siguiente semestre lo repetimos, y se sumaron más personas, y luego el siguiente… es una forma de recordarnos que estamos todos juntos en esto, supongo- agregó Gerald, encogiéndose de hombros al final.

-Rhonda no quiere contar lo que pasó esa noche en la fiesta porque estaba Patty- se burló Sid, intentando romper con esa atmósfera que los rodeó por el encanto que parecía emanar la voz de la pelirroja.

-¡Oye!- se quejó la pelinegra –para tu información, Patty Smith me tiene sin cuidado, gracias- y ondeó su cabellera para dar más énfasis a lo que había dicho, como si el tono autoritario de la heredera de los Lloyd necesitara de algo más para ser pedante.

-¿Quién es Patty Smith?- preguntó Miranda interesada. Lucy Bale le dio un codazo y la miró con decepción -¿Qué?- batió sus pestañas fingiendo inocencia.

-Si esa será tu pregunta, yo con gusto la responderé- intervino Helga, con una sonrisa de lado, mejor esa pregunta que alguna otra ocurrencia maquiavélica de la morena.

-¡Por supuesto que no! Esa no es mi pregunta, no voy a malgastarla… Chloe, pregúntales quién es Patty Smith- la rubia miró a su amiga sorprendida.

-¿Puedo hacer eso?- preguntó con asombro, como si le hubieran dicho que podía tomar lo que quisiera en una boutique y que no tendría que pagar por ello.

-¿Bromeas? Los tienes comiendo de la palma de tu mano, no van a negarte nada- exclamó Miranda, haciendo reír a los presentes.

-Cielos, tienen que decirme cómo fue que ustedes dos se volvieron amigas- pidió Nadine, sin borrar la sonrisa de su rostro, y sin darse cuenta de que Sid era deslumbrado por ella.

-Algún día, pero justo ahora, los interrogados son ustedes- replicó la animadora, cruzándose de brazos con una ceja alzada –No intenten cambiar el tema- y Eugene se aclaró la garganta en ese momento.

-Sólo para que conste en el acta, no estoy respondiendo a ninguna pregunta, sólo estoy pensando en voz alta que Patty Smith es la ex novia de Harold- una exclamación de sorpresa recorrió a los nuevos integrantes de la pandilla, Gerald y Helga intercambiaron una mirada divertida, realmente habían pasado demasiadas cosas para que pudieran estar juntos, se sintió como una eternidad aunque sólo fueran dos años de preparatoria más un verano en Francia.

-No puede ser- exclamó Jason sorprendido.

-Lo sé. Alguien más aparte de Rhonda se fijó en Harold- comentó Miranda, siendo fulminada por la mirada de Lucy Bale de nuevo.

-¿Siempre eres así de odiosa?- preguntó la miembro del club de teatro, a lo que una solícita Chloe respondió.

-¡Oh, sí! Siempre… es una de sus cualidades- y sonreía mientras lo decía, lo que confundió a los demás… ¿Era sarcasmo? ¿Lo pensaba en serio?

-Bueno… yo me refería a que es muy difícil imaginar a Harold interesado en alguien más que no sea Rhonda- replicó Jason.

-Esperen… ¿Patty Smith es la chica de antes? ¿La que agredió a Rhonda?- preguntó Josh esta vez.

-Así es- corroboró Nadine, abrazando a su mejor amiga… La co capitana de las animadoras debió pasar un mal rato.

-Cielos, ustedes tienen más drama en sus vidas que la serie de Gossip Girl- silbó Lucy, por alguna razón los otros chicos no pudieron definir si era una queja o un cumplido, porque había cierto brillo de admiración en la mirada de la artista, pero realmente las palabras no sonaban para nada halagadoras.

-Supongo que es mi turno de preguntar- afirmó Josh, siendo interrumpido por el jugador de futbol americano.

-¿Por qué tú?- se quejó Jason, haciendo un puchero, él quería hacer su pregunta ya… todavía no la había pensado, pero no permitiría que Josh fuera antes que él en nada. El castaño era muy competitivo respecto al rubio platinado.

-¿Y por qué no?- le reviró la pregunta, haciendo que Jason reaccionara como si no hubiese esperado nunca que el chico fuera a decirle algo así, se giró en busca de apoyo en Harold, que ni presto ni perezoso, añadió.

-¿Por qué no pregunta Alex?- la aludida se sobresaltó, había mantenido algo de silencio y creyó que pasaba desapercibida pero al ver que Harold le pedía con la mirada que accediera, soltó un suspiró y elaboró una sonrisa en su rostro.

-Claro… yo puedo seguir- la chica de cabello rizado no había pensado realmente en ninguna pregunta para hacerles a los chicos, pero recordando cierta conversación con su rubia amiga, convirtió su sonrisa en sádica -¿Qué opinan si escuchamos la historia del primer beso entre Gerald y Helga?- la co capitana enrojeció hasta la raíz de su cabello y se puso de pie de forma abrupta, sobresaltando a su novio y a su mejor amigo que estaban sentados a su lado, alrededor de la fogata.

-¡Traidora!- señaló a la risueña castaña que sólo se encogió de hombros e hizo un aspaviento con la mano como quitando importancia.

-Me gustaría escuchar la versión de Gerald, es todo- comentó inocentemente la corredora. Sid estalló en carcajadas.

-¡Pero qué estupenda idea! Justamente Gerald es un narrador excelente, todos aquí damos fe de ello, ¿cierto?- Lila y Nadine le dieron la razón al chico, sulfurando más a la rubia que continuaba de pie.

-¡Todos son traidores!- se quejó, cruzándose de brazos y frunciendo profundamente el ceño. Johanssen se puso de pie de forma calmada y la abrazó por los hombros, susurrándole algo al oído que la puso aún más roja y alterada, que comenzó a gesticular demasiado y a balbucear, hasta que dijo algo coherente que mandó a callar las risas del círculo de amigos.

-¡A mí qué me interesa que te ponga cuando estoy enojada!- y dándose cuenta de lo que dijo, se cubrió la boca y se quedó estática. Gerald sonrió de lado.

-Bueno… has simplificado muchísimo lo que te he dicho, pero tampoco lo puedo negar… así que… ¿Qué tal si me dejas contarles cómo fue nuestro primer beso para que olviden lo que acabas de gritar?- el capitán del equipo de baloncesto parecía estar disfrutando con la mortificación de Geraldine.

-Sí, sí- murmuró y volvió a sentarse. Brainny le dio unos leves golpecitos en el hombro, intentando reconfortarla, pero lo suficientemente azorado por lo que escuchó que no se atrevía a mirarla o a hablarle.

-Bien… empezaré entonces por el principio de todo, para no confundirles- la voz de Gerald era cadenciosa, como siempre que contaba las leyendas del vecindario, generando con una apabullante facilidad un aire de misticismo…

-Te la resumo- intervino Miranda, como un tren sin frenos que se estrella contra un muro de cristal –fueron a Paris en el verano, la ciudad del amor, y seguramente todo el romance en el aire cuando visitaron la torre Eiffel hizo que se besaran… fin- Esta vez, Rhonda le arrojó un bombón a la miembro de su escuadra por esa violenta interrupción, a lo que la morena se quejó, sobándose la frente donde el dulce colisionó.

-En realidad, su primer beso no fue en Paris- dijo Josh –fue como un mes antes de irnos, yo los vi- y sonrió orgulloso por haber presenciado el primer beso de la pareja.

-Ah, ah… yo los vi después de la obra escolar de primavera en el cuarto semestre, detrás de bambalinas- afirmó Lila.

-¡Qué!- Miranda miraba incrédula al par… aparentemente había perdido contra su co capitana mucho antes de lo que creyó.

-Si me dejan iniciar con la historia, verán que no fue ninguna de esas ocasiones- Helga se cubrió el rostro con las manos, sintiéndose enrojecer de nuevo.

-Espera un momento, Gerald ¿Dices que se besaron muchas veces antes de ser novios?- un incrédulo pelirrojo daba brinquitos emocionado, sobre sus rodillas, en completo modo fanboy de la pareja.

-Sólo escucha, Eugene… tú tienes un papel muy importante en la historia- y la magia que invocaba la gutural cadencia de la voz del moreno los atrapó una vez más en esa atmósfera de cuenta cuentos…

Era la segunda semana de clases del primer semestre en preparatoria. Los horarios habían sufrido las modificaciones pertinentes luego de que se hicieran públicos los nuevos miembros de los equipos deportivos y clubes extracurriculares. Era una mañana de lunes muy común… hot cakes integrales de desayuno, algo de fruta, jugo de toronja, una mañana de lunes como cualquier otra. Entré en mi camioneta para iniciar el trayecto a casa de Brainny y luego a por Helga cuando escuché en la radio que esa noche habría una lluvia de estrellas… recuerdo haber pensado en cuánto le habría gustado a Phoebe verlas en su azotea con mi telescopio… Quizás por eso, me distraje un poco, y no tuve cuidado al girar en la calle de los Kelvin, golpeando a un ciclista antes de que pudiera frenarme.

Me bajé muy asustado y una mano se alzó en el aire. Escuché el 'Estoy bien' característico de Eugene y suspiré un poco tranquilo. Le ayudé a subir su dañada bici en la parte de atrás y le ofrecí llevarlo a la escuela. Brian ya estaba esperando en su pórtico y en cuanto me vio se subió en la parte de atrás de la camioneta.

-Aah… ése es el lugar… aah… de Helga- comentó en cuanto vio a Eugene sentado como mi copiloto. Yo también lo pensé en cuanto vi su intención de viajar en ese asiento, pero lo acababa de golpear con mi vehículo así que no dije nada.

-¡Ah! Está bien. No sabía- y apresurado se bajó, y volvió a subir en el asiento trasero junto a Brian.

-aah… ¿Vendrás… aah… con nosotros… aaah… todas las… ah… mañanas?- sonreí un poco. A decir verdad, me preocupaba mucho Brian por ese entonces, acababa de entrar al equipo de baloncesto y aunque eso era genial y habíamos practicado mucho juntos para conseguirlo, me preocupaba que fueran a darle un mal golpe durante el juego y le provocaran un ataque de asma… también me preocupaba que no pudiera relacionarse con los demás integrantes del equipo… no hacía amigos con facilidad y verlo sonreírle ampliamente a Eugene me hizo sentir más tranquilo respecto a sus habilidades sociales.

-Si quieres puedo pasar por ti también Eugene- me ofrecí, con la intención de que Helga y Brian también convivieran con más personas, el día antes de iniciar preparatoria, junto a la fogata en la playa, nos aseguramos unos a otros de que procuraríamos ser más cercanos, cerrar brechas. Por algún lado podríamos comenzar.

-No hace falta- respondió demasiado rápido, demasiado nervioso, demasiado esquivo. En ese momento lo atribuí a que él prefería ir en bicicleta, no me imaginé otra cosa. Debí de haber indagado más.

Finalmente, Helga subió a la camioneta y Eugene fue incapaz de quitarle la mirada de encima mientras ella seguía hablando.

-¡Criminal, cabeza de cepillo! Deberías adaptarle unas malditas escaleras a tu maldita camioneta, un día le provocarás un accidente a alguien, no todos tenemos las piernas largas de un basquetbolista, piensa un poco en el prójimo, no debería ser tan difícil, sólo separa tus ojos del espejo y mira a tu alrededor, seguro encuentras un prójimo por ahí si te fijas bien- de hecho, me divertía mucho cuando le daban esos ataques locuaces… como decía, Helga se frenó a sí misma en cuanto notó por el retrovisor la presencia de nuestro amigo pelirrojo en la camioneta, girándose a verle con el ceño fruncido.

-¿Qué hace aquí la Baby Carrot?- me preguntó señalando con su cabeza el asiento trasero, me dieron ganas de reír por el nuevo apodo que se inventó para Eugene, pero no me dio tiempo porque Brian le respondió por mí.

-Aah… ¡Eugene… aah… viaja a la… aah… escuela con… aah… nosotros!- y le sonrió como sólo Brian Kelvin sonríe.

-¿Es algo permanente?- y enarcó una ceja, esta vez, dirigiéndose expresamente a mí.

-Si él acepta, lo llevaremos, sí- y refunfuñó, acomodándose en el asiento del copiloto de brazos cruzados.

-No quiero molestar a nadie- y de nuevo, la ansiedad y el nerviosismo se hicieron presentes, una vez más ignorados.

-Hagas lo que hagas, eres una molestia Eugene- y rodó los ojos. Me reí. Brian también. Ambos conocíamos bien a Helga, para saber que era su forma de decirle que aceptara, que por ella estaba bien… pero Eugene no lo entendió de esa forma, lo tomó literal en un momento difícil de su vida, del que los demás desconocíamos.

No se habló más del tema. Comentamos lo duro que eran los entrenamientos. Helga se quejó de cómo Connie, la capitana de las animadoras, le insistía para que formara parte de la escuadra. La llamó pobre ilusa. Irónico visto cómo resultó eso. Brian nos contó sobre el nuevo cachorro que ahora era miembro de la familia Kelvin, que su padre pensó que ayudaría con su asma. Yo mantuve mi atención en el camino hasta que aparcamos.

Me pareció muy extraño que Eugene corriera por su bici y luego se apresurara a alejarse de nosotros como si le diéramos vergüenza. Un grupo de bravucones, encabezado por Edward Collins. Que por cierto era ex novio de Rhonda de la secundaria, un año mayor que nosotros, se acercó, haciendo que olvidara a Eugene por el momento.

Intentaron molestar a Brian… seguramente eran los malnacidos que lo habían pegado con cinta industrial al inodoro del baño el primer día de clases y que Brainny no quiso decirme sus nombres… ¡Rayos! eso era un secreto que no debí revelarles, lo siento mucho Brainny.

-Aah… no hay problema… aah… Gerald… aah… eso fue hace mucho tiempo- Helga le miraba con preocupación, ella nunca supo del acoso que recibía el castaño por parte de sus compañeros mayores.

-Edward y sus amigos eran unos idiotas, Brian- Rhonda le sonrió con amabilidad, sonrisa que Brainny devolvió con timidez.

-Vaya, jamás escuché nada más cierto salir de tu boca- le dijo Sid a la pelinegra.

-Entonces… ¿intentaron molestar a Brainny?- preguntó Josh, con el entrecejo fruncido, él había sido amigo de Edward en algún momento y saber que era un cretino lo decepcionaba bastante.

-Así es…- prosiguió Gerald.

Helga llegaba tarde a su entrenamiento matutino con el equipo de atletismo, así que sólo agitó su mano en la lejanía mientras se apresuraba a los vestidores a cambiarse.

-Aah… Helga cada vez… aah… se ve más… aah… repuesta- esa fue la primera vez que me descubrí pensando en que la palabra que yo hubiera usado para describirla hubiera sido hermosa… recuerdo sonrojarme por eso y que Brian me preguntara qué me pasaba. Entonces Edward y sus amigos llegaron hasta nosotros y comenzaron a comportarse como lo que eran, adolescentes inseguros que buscaban alimentar su propio ego. Amenacé a Collins, le advertí sobre volver a molestar a Brian, le dije que era mi mejor amigo. Creo que fue la primera vez que lo llamé mi mejor amigo. Si en ese momento hubiese tenido conocimiento de lo que pasaba en la vida de Eugene, no habría podido contenerme de golpear la burlona mueca que me dedicó hasta que desapareciera.

Más tarde ese día, la profesora de Historia me pidió que fuese a la dirección a solicitar la pantalla y el reproductor DVD para que nos pusiera una película acerca de la guerra civil.

Me sorprendí cuando noté a Eugene sentado en la antesala, él nunca fue problemático. Pero yo estaba ocupado y preferí pensar que sólo estaba ahí porque había sucedido algún accidente… Eugene siempre tenía accidentes y siempre estaba bien.

¿Cómo iba a saber que no estaba para nada bien?

Por la tarde, Harold llegó al gimnasio durante nuestro entrenamiento de baloncesto bastante emocionado. Ese fin de semana habría un juego amistoso con la preparatoria del distrito sur de Hillwood, y el entrenador le había dicho que tenía probabilidades de jugar. Estaba tan contento que nos terminó contagiando a Brian y a mí de esa sonrisa boba.

Por supuesto que aceptamos ir a verlo. A la hora de la salida, busqué a Eugene por todas partes, su bicicleta seguía rota y encadenada al espacio para bicis y motos, debía seguir en la escuela, pero aunque Sid, Lila, Helga, Brian y Harold me ayudaron a buscarlo, en realidad no lo encontramos por ninguna parte y terminamos concluyendo que seguramente se habría vuelto a casa en autobús…

-¿Supieron que el abuelo de Arnold abrió una cafetería?- preguntó Lila, mientras, reunidos en el estacionamiento, decidíamos qué hacer antes de llegar a casa.

-¿Qué hay con la casa de huéspedes?- inquirió Sid, recargado en su auto.

-Sunset Arms sigue funcionando como siempre, imagino que quiere llenar el tiempo libre… creo que extraña mucho a Arnold- Lila suspiró. Helga y yo intercambiamos una mirada culpable, luego de la partida del nieto de Phil, lo visitábamos asiduamente, pero se volvió demasiado doloroso y dejamos de hacerlo.

-Vamos a la cafetería- dijo Helga con seguridad. Verla así me hizo sonreír. Quizás Brian tenía razón, y ella estaba cada día más repuesta de la ausencia de su mejor amiga y su primer amor.

-Yo secundo la moción- afirmé, la idea siendo recibida con agrado por los demás. Y sin más, nos vimos aquella primera tarde en Phil's y se sintió como un segundo hogar. Se convirtió en algo nuestro. Phil nos mantiene con los pies sobre la tierra. El sábado llegó y el partido de Harold fue cardiaco, nuestro amigo jugó en la línea defensiva y realmente se convirtió en un muro de roca sólida impasable… Pero ni rastro de Eugene en el evento.

Helga comentó que la bicicleta rota de nuestro amigo estuvo toda la semana encadenada en el mismo lugar.

Eso empezó a preocupar a todos.

El domingo, Helga y yo visitamos a Phil y a Gertie. Pasamos ahí la mañana. Ayudando, limpiando, conversando, haciéndoles compañía. Le ofrecí que fuéramos a comer a mi casa. Así podría conocer finalmente a mi familia, les había hablado sobre ella, pero nunca la llevé a casa… supongo que temía que se negara.

Y tampoco me enorgullecen las circunstancias… al llegar, mi madre corrió preocupada a recibirme. Me riñó un poco por no haberle contestado el celular. Tengo la vaga sensación de haberme avergonzado de que me tratara como un niño pequeño frente a Helga, pero esa sensación palidece en comparación a las náuseas que me provocó el rostro de mi padre al aparecer en el recibidor detrás de mi madre.

-Gerald… Eugene Horowitz fue declarado oficialmente como persona desaparecida hace un par de horas… Es tu amigo, ¿cierto?- no supe qué decir… no lo habíamos visto, ninguno de nosotros, en toda una semana. No fue al partido de Harold. Su bicicleta intacta. Y ni siquiera se nos pasó por la cabeza que había desaparecido.

Helga lloró demasiado ese día. Se culpaba. No me lo dijo pero lo entendí. Eugene era como nosotros dos. También perdió a su mejor amigo cuando Arnold se fue, y a su primer amor cuando Sheena se fue. Así como nosotros perdimos a Arnold y a Phoebe.

Pero Eugene estaba solo. Siempre solo.

No le prestábamos mucha atención.

Él siempre estaba bien.

Pensamos que siempre estaría bien.

Pasaron las semanas, que le dieron paso a los meses. Tres meses sin noticias de Eugene. Tres meses, y ya no nos reconocía. Lila se teñía el cabello cada semana… cualquier color que no fuera rojo… después nos enteramos de que había sido porque, al estar ambos en el club de teatro, Sid tenía que verla todos los días, un día no pudo más. Le gritó que odiaba su cabello rojo… rojo como el de Eugene. Dolía. A todos. Harold atacó al mariscal del otro equipo en el partido de los playoffs de la temporada, llevaba un mes en casa, después de una semana de hospitalización. Todo porque alguien hizo un comentario ofensivo sobre los judíos. Judíos como Eugene. Todo el equipo contrario lo golpeó, y fue muy difícil detener la pelea cuando intervinieron los otros miembros del equipo de Harold. Rhonda se volvió obsesiva, todo tenía que estar en un perfecto orden, como ella quería, como ella podía controlar. Nadine estaba convencida de que alguien le había hecho algo, y que ese alguien también podría hacérselo a ella, y se volvió paranoica, por las mañanas a Rhonda le costaba convencerla de ir a la escuela y procuraba no separarse de ella. Patty no visitó a Harold un solo día en el hospital y salía por las tardes conmigo, Brian y Helga a buscar a Eugene. Y el día en que se cumplían tres meses, volvíamos de una de esas búsquedas infructuosas, habiendo dejado a Brian y a Patty en sus casas, me detuve frente a la casa de los Pataki. Pero Helga no bajó de la camioneta. Se quedó ahí.

-¿Crees que él esté…?- y pareció que se le formó un nudo en la garganta que le impidió terminar la pregunta… su rostro estaba cenizo, sabía que había dejado de comer como debería, sólo comía lo que yo le daba durante el almuerzo, lo que me enviaba mi mamá, pero ninguno de los dos podía terminarlo. La comida sabía a papel en nuestras bocas. Porque no nos dimos cuenta de cuánto nos necesitaba Eugene.

-Creo que él está en alguna parte. Mi padre dice que toda la evidencia que han encontrado apunta a que huyó de casa… pero no tienen idea de a dónde- Helga asintió. No era la primera vez que usaba ese argumento como última instancia para tener algo a lo que nuestra esperanza de encontrar a nuestro amigo podía aferrarse.

-No soportaría perder a alguien más- me dijo trémula. Y por irónico que parezca, jamás la vi más hermosa. En ese momento, en mi camioneta, con lágrimas recorriendo sus mejillas y la mirada ausente, sumida en sus pensamientos, era más Helga de lo que nunca me había permitido verla antes… era ella… sin máscara, sin agresividad, sin burla detrás de las qué poder ocultarse… Cuando me miró, por primera vez en tres meses vi un atisbo de algo diferente a la culpa o a la desesperación en sus ojos. Y no pude detenerme. La besé. Me aferré a sus labios como si contuvieran la última gota de agua fresca en el desolado desierto en el que se había convertido mi vida, sentí una corriente eléctrica recorrerme y mi corazón volver a latir, dolorosamente, como los músculos que no han trabajado en mucho tiempo y vuelves a forzarlos… me faltó el aire y me faltaron palabras para decirle lo mucho que me hizo feliz, y miserable, por serlo cuando Eugene había tenido un destino tan incierto para nosotros.

Al separarnos en busca de aire, la expresión que había en su rostro no era para nada la que me esperé. Y la palabra que salió de sus labios fue aún más inesperada.

-¡Sheena!- decir que me encontraba confundido era un eufemismo, aunque la verdad me ofendió un poco que luego de un beso así, un beso que había puesto mi mundo de cabeza, a ella la hiciera pensar en nuestra antigua compañera –Si Eugene fue a algún lugar, seguramente buscó a Sheena- y me sentí como un idiota por estar pensando en mis propios sentimientos con mi amigo desaparecido.

-Vive en Arizona- y sin decir más, arranqué de nuevo. Viajamos toda la noche y buena parte de la mañana antes de nuestra primera parada. Sin decirnos nada. Aunque yo no podía dejar de pensar en ese beso.

Cuando entramos a un comedero a un costado de la carretera, hablé con mis padres que estaban muertos de la preocupación y luego con Brian para contarle dónde estábamos y qué íbamos a hacer. No vi que ella hablara con nadie.

-¿No se preocuparán tus padres?- aunque era consciente de la situación familiar de los Pataki, todavía me provocaba incredulidad que en verdad fuesen tan desentendidos de su propia hija.

-Ni siquiera notarán que no estoy- y ordenamos para desayunar. Comenzó a bromear, comenzó a recuperar el brillo en su mirada. No quise arruinarlo. No quise traer a colación el beso que compartimos. No creí que fuera el momento.

Continuamos nuestro camino y cuando finalmente llegamos a la comunidad donde vivía Sheena con sus padres, nos dimos cuenta que no conocíamos el número de casa. Comenzamos a preguntar por todos lados. Nos llevó un par de horas, pero dio sus frutos.

Sheena nos abrió la puerta y estaba realmente sorprendida de vernos.

Le preguntamos por Eugene y ella nos dejó entrar.

-Está en la cocina- dijo como si fuera lo más normal del mundo, como si esas palabras no supusieran para nosotros una realización que traería redención a nuestros maltrechos amigos, que se culpaban, que nos culpábamos…

Corrimos. Los pulmones ardían. Pero llenar nuestras pupilas con la imagen de nuestro amigo con un delantal y tarareando mientras preparaba molletes, sano y salvo, fue demasiado. Ambos rompimos en llanto.

Creo que estuvimos a punto de darle un infarto a Eugene con nuestros berridos.

Nos contó el infierno que tenía que vivir en la escuela. Nos contó que lo llamaban afeminado, que lo encerraban en su casillero, que escupían en su comida, que lo golpeaban, que le llenaban la mochila de cosas asquerosas, que cuando iba a ayudar en la biblioteca, lo pegaban a las estanterías.

Huyó porque no lo soportaba. Porque nadie lo entendía. Porque en Hillwood no estaba Arnold. Porque ahí no estaba Sheena.

Descubrimos lo que él descubrió a la partida de nuestra compañera castaña.

Que mientras pensamos que Arnold era su mejor amigo y Sheena su primer amor. En realidad, Sheena era su mejor amiga y Arnold… bueno… Eugene y Helga tenían más en común de lo que pensaban.

Avisamos a mis padres que encontramos a nuestro amigo, para que a su vez avisaran a los señores Horowitz.

Pero Eugene no estaba listo para volver.

En la noche, aparecieron Rhonda, Harold, Nadine, Lila, Brian, Patty y Sid… volaron, financiados por el padre de Rhonda. Todos lloraron. Todos pidieron perdón. Todos estaban aliviados. Todos estaban avergonzados. Todos estábamos muy arrepentidos.

Pasamos ese fin de semana en Arizona con la familia de Sheena. Juramos que no volveríamos a separarnos. Que nuestra amistad prevalecería.

Al volver, Eugene era diferente, había cambiado, y era el mismo, todo a la vez.

Y yo… no podía dejar de mirar la sonrisa en los labios de Helga. Nunca me quité por completo la sensación de sus suaves labios en los míos. Nunca me abandonó por completo ese recuerdo, y me ha hecho compañía desde entonces.

-In-creí-ble- silabeó Alex –Definitivamente su versión de la historia es mucho mejor- se dirigió a su amiga rubia que no había quitado las manos de su rostro.

-¡Oh, Cállate!- estaba tan roja como la cabeza de un cerillo encendido, enterneciendo a Gerald.

-Maldición, son la pareja perfecta- dijo Lucy Bale –ambos son un par de románticos… Geraldine poeta y Gerald un narrador… ustedes juntos podrían avasallar al mundo con su talento- una gota se deslizó por la nuca de los novios, ¿Si había escuchado la parte en la que se besaron cuando no sabían si su amigo estaba vivo o no? Los sollozos de Eugene se abrieron paso entre la conversación.

-Lamento mucho haberlos preocupado- se disculpó el pelirrojo, escuchar la manera en que los otros sufrieron su ausencia lo había conmovido demasiado.

-Oh, tranquilo… ¡Abrazo grupal!- y Nadine se colgó del cuello de Eugene, imitada por Lila, a lo que se sumaron Helga y Rhonda, y después, Chloe y Alex. Miranda se cruzó de brazos y rodó los ojos.

-No es justo… ustedes se gustaban desde el primer semestre… pudieron decirme. Perdí demasiado tiempo intentando conquistar a Gerald- se lamentó la morena.

-Oh, vamos. Pero si no hubieras estado tan empecinada, quizás Helga no se habría dado cuenta de sus sentimientos por Gerald- le dijo Josh, con una sonrisa burlona.

-Cállate, Evans- refunfuñó, haciendo reír a los demás –Entonces… ¿Ese bombón de Arnold también está tras de ti, Pataki?- preguntó con algo de envidia. Tensando inmediatamente el ambiente.

-Aah… Eso qué… aah… importa… aah… ahora Gerald… aah… y Helga… aah… están juntos- Brian respondió intentando no dejar lugar a replica a su declaración y fallando un poco por su respiración entrecortada.

-Amén por eso- respondió Eugene con una enorme sonrisa y limpiándose las lágrimas, aun abrazado por las chicas.

-Bien, ahora preguntaré yo- dijo una decidida Miranda, se fijó en ellos con seriedad, tenía muchas dudas, ¿Cómo fue que Helga terminó aceptando ser animadora? ¿Cómo fue que Gerald le pidió ser novios? ¿Por qué la rubia tardó tanto en aceptarlo? ¿Qué era el collar con dos G que llevaba? Pero de todas ellas, había una que se imponía a las demás -¿Qué fue lo que te hizo Rhonda en sexto grado?- la pandilla enmudeció. Rhonda se puso blanca como una hoja de papel.

-Sí, también quiero escuchar esa historia- pidió Alex.

-Sí, anda Helga, cuéntanos- pidió Chloe, Lila y Nadine se miraron entre ellas preocupadas, Gerald, que ya se había sentado de nuevo en la arena, abrazó a Helga y Brian la miró con preocupación.

-¡Criminal! Está bien… les diré- se quejó la rubia, soltando a Eugene y acomodándose mejor, recargada contra Gerald -Aunque... después de contarlo no quiero que vuelvan a mencionarlo siquiera, ¿Entendieron?- hizo su mejor pose amenazadora, Josh y Jason asintieron rápidamente, aterrados... Geraldine podría ser una chica bella, apasionada y excelente corredora, pero inspiraba mucho miedo cuando se enojaba.

-Lo prometemos- dijo Lucy.

-No tienes que hacerlo si no quieres- dijo Harold con el entrecejo fruncido, claramente inconforme con la elección de pregunta de Miranda.

-No, está bien- y repiró profundamente, dándose ánimos. Gerald le sonrió conciliador y finalmente, se decidió a iniciar.

Mi primer amor como elocuentemente les hizo saber mi actual novio, lo cual por cierto me pareció en demasía incómodo y por de más, muy innecesario, fue Arnold Shortman.

Y estoy a punto de decir algo aún más incómodo pero es que, ver sus ojos azules y sus cabellos rubios sobre esa peculiar cabeza en forma de balón ponía a mi corazón a latir tan rápidamente, que sentía que saldría de mi pecho e iría corriendo a encontrarse con el de él...

Era sólo una niña la primera vez que lo vi. Pero no he olvidado que fue la primera vez que me sentí tan cálida por dentro... ¡Aaargghh! ¡Maldición! Esto es demasiado vergonzoso... te odio Miranda, el lunes en la práctica te pondré a hacer mil flexiones, ¡ya verás! En fin... supongo que si lo sabe Dios que lo sepa el mundo ¿no? O como sea que vaya ese ridículo dicho o vox populi... Criminal, Geraldo, cúbrete los oídos, esto en verdad me pone muy incómoda... Espero que sepas que si estoy contigo es porque ya no me siento así con él... digo... en ese tiempo tú tenías a Phoebe... ¡Criminal! Es una tortura... terminaré con esto rápido.

Como decía, él fue el primero que me hizo sentir merecedora de amabilidad... solía creer, antes de él, que no había llegado al mundo para ser feliz... ¿Pueden creerlo? Tan mal la pasaba en casa... en fin... *suspiro* Arnold Shortman lentamente se convirtió en la razón de que despertara por las mañanas, y pudiera soñar por las noches. Le dio sentido a mi vida, y ahora sé que me equivoqué un poco en volverlo el centro de mi universo, pero es que cuando en quinto grado me besó, estando en San Lorenzo, creo que se quedó con una parte de mí misma, una parte que no pude recuperar cuando a meses de haber iniciado sexto grado se fue.

Éramos novios. Mi primer novio. Comimos helado juntos. Y jugamos videojuegos. Y le leí poesía que había escrito por y para él. Ya saben cómo es el primer amor, esas mariposas porque al caminar roza tu mano accidentalmente y esa satisfacción inocente cuando se toman las manos o rozan sus labios. Aunque corto, mi relación con él me tenía en una nube, dentro de una burbuja donde nada ni nadie podía herirme, porque él me quería, finalmente yo le gustaba, por fin me miraba ¡A mí!

Cuando dijo que se iba.

Esa noche no pude dormir. Ni las que siguieron hasta la fecha en que saldría su vuelo. Dijo que nos escribiríamos, que no tendría que cambiar nada, que podíamos seguir siendo los mismos.

Pero yo sabía que era falso. Que sería un placebo. Porque en una carta no podría escuchar su voz o rozar su mano o besarlo. Dolía. Pensar en no volver a verlo dolía demasiado. Me ahogaba. Me asfixiaba. Mi mejor amiga, Phoebe, me miraba con lástima. No podía soportar eso. Comencé a alejarme un poco. Lo suficiente para que era mirada de pena fuera soportable.

Y cuando él partió, cuando finalmente se fue, pude llorar hasta quedarme dormida, pero la piedra en mi garganta no desapareció, sólo pareció como si me la tragara y ahora habitara mi estómago.

Me sumí en una profunda depresión y todo lo que hacía era ir a la escuela y dormirme en clases, y volver a casa y dormirme hasta el día siguiente.

Un día, mi mamá me pidió que fuera al supermercado por jugo de naranja y me dio dinero. Yo no quería, era sábado en la mañana y tenía planes... dormiría hasta que amaneciera en domingo, para dormir hasta que fuera lunes.

Desganada y obviamente malhumorada, me puse una sudadera que solía quedarme bien, pero ahora se me veía un par de tallas más grande y salí al maldito supermercado. No había estado comiendo, solía masticar hielo, era lo único que parecía capaz de tragar, cualquier otra cosa la expulsaba la piedra en mi estómago, parecía querer habitarlo en soledad.

Al entrar en el supermercado, una amable mujer morena me saludó y me dijo que ese día había una promoción del 2x1 en los jugos de naranja de litro. La miré por un momento, no recordaba la última vez que yo había sonreído y creo que la asusté cuando intenté devolverle el gesto.

Arrastré mis pies hasta los refrigeradores y casi hago un berrinche en ese lugar... no había más jugos...

-¿Helga?- una voz familiar vino de mi izquierda, y cuando me giré, lo primero que noté fueron los cuatro litros de jugo de naranja en el cesto de compras de Geraldo antes de descubrir que se trataba de él.

-Ese es mi nombre, no lo gastes zopenco- le respondí groseramente... siempre era grosera con él, actuar de otra forma sería extraño. Además, verlo sólo me recordó dolorosamente la ausencia de Arnold. Aun no le había escrito. No me sentía capaz. Nunca lo hice en realidad. Aunque sí me llegaron las cartas de él. Todas con el mismo tono optimista y positivo que me revolvía el estómago, porque tenía rencor de que él fuera tan feliz sin mí, y yo fuera tan miserable sin él. Pero volviendo al supermercado, realmente me molestó que Gerald llevara cuatro litros de jugo, digo, ¿Acaso no pensó en los otros clientes? ¿Creía que sólo él tomaba jugo de naranja? Y sé que due un pensamiento injusto e infantil, contando que en su familia eran cinco, era lógico que consumieran más jugo que mi familia de tres, porque Olga nunca estaba, o dos, si contabamos con que Bob siempre estaba en el trabajo, o más bien uno, porque yo no tomaría el maldito jugo porque no podría tragar la maldita pulpa -Oye, bobo, ¿De verdad necesitas tanto jugo? ¿No puedes darme un litro?- recuerdo haberme sentido molesta cuando me sonrió burlón, solía creer que su sonrisa era enervante porque siempre me daba escalofríos.

-Bueno, quién podría negarse si lo pides con tanta amabilidad- y su sarcasmo me sacó de mis casillas.

-¡Tal vez si tú valieras la pena el esfuerzo, te trataría con amabilidad!- él no tenía la culpa, y yo lo sabía, también me imaginaba que a él le dolía la partida de Arnold, Phoebe lo mencionó más de una vez, pero yo tenía tantas ganas de ver arder el mundo que me importaban muy poco los sentimientos de los demás. Gerald me miró con un poco de odio, no era la primera vez que me daba esa mirada.

-Oh, lamento no ser tan bueno como Arnie- y su expresión mutó hasta volverse un espejo de la mía. Ambos sorprendidos de las palabras que salieron de sus labios, ambos heridos por la mención del nombre del cabeza de balón.

-¡Como sea!- alcancé a decirle antes de salir corriendo. Si me quedaba, Gerald me vería llorar. No quería que me viera llorar. Era la única persona que no me trataba con lástima, Brian, Phoebe y Patty lo hacían... hasta Harold me miraba así... en el salón todos me miraban así. Gerald no. Y no quería que eso cambiara.

Mi madre se molestó muchísimo de que volviera sin su jugo.

Ese lunes, en la escuela, mientras dormía sobre mi mesa con un libro parado como barrera para que no lo notara el profesor, alguien pateó mi silla. Me desperté con bronca para descubrir a Gerald frente a mí, litro de jugo en mano.

-No deberías dormir tanto Pataki, haz algo productivo- me riñó antes de arrojarme el cartón que atrapé al vuelo con un poco de dificultad por la sensación de sueño que aun pesaba sobre mí. Él fue el primero en notar que dormía mucho. Fue el primero en decirme algo al respecto. Y parecerá tonto, pero que me arrojara desinteresadamente ese jugo fue el primer gesto que sentí sincero, libre de compasión o lástima.

Por alguna razón, dejé de dormirme en clases luego de eso.

Y al llegar a casa, en lugar de irme directo a la cama, hacía mis deberes y luego intentaba escribirle a Arnold.

¿Pero qué iba a contarle?

Sexto grado estaba por terminar.

Escuchando linkin park mientras hacia las compras de la semana... Olga estaba de visita... volví a toparme en el supermercado con Gerald, esta vez, Phoebe iba con él.

-Ya no hay jugo de naranja- ni siquiera me saludó, y no sé si Phoebe ya me había visto o lo hizo hasta que se giró al escuchar a su novio hablar. Me quedé de pie frente a ellos, sintiéndome muy tonta, llevaba mi sudadera, la que me quedaba grande ahora que había adelgazado por mi falta de alimento. Ya podía soportar la sopa y el puré de papa de la cafetería, pero nada sólido. Era de color gris, mientras que el pants que usaba era de un estampado de emojis y las pantuflas rosas neón de Nike de Olga, muy grandes también, me hacían ver como un payaso daltónico. ¿Por qué me los encontré en esas fachas? Ahora Phoebe estaría aun más preocupada por mí.

-¡Helga! qué sorpresa... ¿Cómo estás?- y ahí estaba... esa mirada de lástima de nuevo.

-Ahora que no hay jugo, estoy muy mal- me hizo sentir bien que mi respuesta sarcástica hiciera reír a Gerald, no quería que pensaran en mí como alguien patético que necesitaba ayuda, aunque quizás lo era.

-Puedo darte un litro- y de su cesto de compras sacó el jugo y me lo ofreció. Tomarlo, por alguna razón que al día de hoy no comprendo, me pareció incorrecto, y esa sensación se acrecentó cuando noté la atenta mirada de escrutinio que nos dedicaba mi mejor amiga.

-No, gracias, ya lo has tocado- y no podía moverme. Quería salir de ahí, pero no podía moverme.

-La próxima vez, puedes pedírmelo y yo haré las compras por ti, Helga- se ofreció Phoebe, con una sonrisa muy bonita pero la lástima brillando en su mirada.

-No soy inútil, Pheebs- repliqué. Hasta yo me di cuenta que mi personalidad usualmente agresiva había perdido fuerza esos últimos meses.

-No, quiero hacerlo, por favor- insistió, y sólo para terminar con ese incómodo momento acepté. Gerald seguía extendiendo el jugo en mi dirección, y antes de irme se lo arrebaté, y me fui.

Mi padre se molestó muchísimo de que volviera sólo con un jugo.

En mi armario, escondía un altar hecho con cosas comunes que encontré por ahí, una escultura del rostro de mi amado.

Seré sincera, solía encerrarme en el clóset y hablar con esa figura una insana cantidad de tiempo.

Imagínense mi sorpresa cuando durante el receso del último día de clases del sexto grado, todos se asomaron entre risas a las ventanas y corrieron al patio para ver mi escultura, la escultura que estaba en mi armario, en mi altar.

Corrí con todas mis fuerzas. Pero cuando llegué al patio, toda la clase y otros salones estaban ahí. Rhonda al centro. Burlándose. Ridiculizando mi trabajo, mi obra, mi orgullo.

Diciendo lo loca que estaba.

Diciendo lo raro que era.

Diciendo lo aterrador que resultaba.

-¡Lo tenía en su armario!- y todos reían, reían, y reían. No se callaban. Fue peor cuando se dieron cuenta de que estaba ahí. Me empujaron. Me empujaban unos a otros gritando el asco que les daba, gritando el miedo que tenían de que los contagiara, de que les pegara mi demencia.

Y quizás Rhonda tenía razón, y yo estaba loca. Por lo menos sé que lo que hacía me estaba enfermando. Sé que mi forma de vida en ese entonces me estaba matando.

Y mientras me golpeaban, empujaban y burlaban de mí, me di cuenta.

Que no podía seguir así.

- Todavía no entiendo cómo Rhonda supo de mi secreto, cómo fue que entró en mi casa... pero no me importa mucho, porque si no fuera porque me hizo odiarla, no hubiera tenido nada a lo que aferrarme para reaccionar... para componer el rumbo que yo misma tomé- terminó de contar la rubia, dejando a todos atónitos.

El silencio duró mucho. Fue como un luto. Fue como un tiempo de reflexión. Todos ahí en algún momento, consciente o inconscientemente habían sido crueles con alguien, habían hecho una broma pesada o hecho un comentario malintencionado, doloroso...

Esa es la naturaleza humana.

La naturaleza divina es arrepentirse y perdonar. Avanzar. Cambiar. Mejorar.

Eran muy jóvenes cuando lo entendieron. Tenían el resto de sus vidas para poder conseguirlo. Y quizás, no sería suficiente. Seguramente volverían a provocar sufrimiento a alguien...

Al menos lo intentarían.