Hola hermosas, aquí vamos con el tercer capítulo de esta historia que al parecer ha sido bien recibida ojalá sigan al pendiente y no se ofendan con las parejas armadas. Les mando un saludo y mi más profundo agradecimiento por leer.

Los personajes de Candy Candy no me pertenecen sin embargo lo he tomado prestados para escribir esta pequeña historia, lo hago sin fines de lucro, no es apto para menores.

CAPITULO III

LAZOS DE AMOR

Albert al ver que Anthony estaba con su hija sintió un poco de tranquilidad al saber que su hija tendría el amor necesario para ser feliz, un amor que para él era muy difícil brindarle, sabía que estaba mal, que no era correcto lo que hacía pero al conocerla por fin había reforzado ese sentimiento de culpa que lo embargaba, ella era su hija, pero era exactamente igual a su esposa y por el contrario de lo que cualquier padre haría, él se quería mantener alejado de ella, no quería recordar a su esposa, quería olvidarla y eliminar el dolor que le había dejado en el alma, eso aunado a la culpa que sentía por haber fungido como verdugo de la vida de su heredera.

-Anthony – Dijo Albert dirigiéndose a su sobrino. - ¿Puedes prometerme que cuidarás de Candy?

-¿Candy? – Albert asintió. – Es el nombre más bonito que he escuchado tío, te prometo que siempre cuidaré a Candy, ella será mi princesa. – Dijo inocentemente ocasionando que los demás rieran por sus palabras, las cuales demostraban una firme convicción y el más inocente amor por la bebé. – Solo Rosemary y la tía abuela tenían la esperanza de que en un futuro ellos llegaran a ser algo más que solo primos.

Anthony estaba emocionado por la pequeña bebé que había llegado a su vida, que si bien no era aburrida, no era precisamente una diversión constante a pesar de estar rodeado del amor de su madre y de su tía abuela al ser el único niño que vivía en esa mansión tan grande lo hacía sentirse solo.

-Mamá ¿Cuándo podrá Candy salir a jugar conmigo?

-Anthony, ella aún es muy pequeña para eso, pero pronto podrás jugar con ella y la ayudaras a caminar, tú tendrás que enseñarle las cosas que ya aprendiste, pero tendrás que ser paciente con ella.

-Está bien mamá. – Dijo con alegría, perdiéndose de nuevo en la pequeña niña.

-Dorothy – Dijo Elroy. – Tú seguirás cuidando a Candy, y por lo pronto tu habitación será la de ella.

-Muy bien. –Dijo Dorothy.

-Miles, lleva por favor a Dorothy a la habitación que está enseguida de la del Sr. William. – El fiel mayordomo llevo el equipaje de la pelirroja a la habitación indicada, siendo seguido muy de cerca por ella.

-¿Dónde conseguiste a la nodriza Albert? – Preguntó Rosemary aun con Candy en los brazos, mientras Anthony le hacía caras para entretenerla.

-Las hermanas del Hogar de Ponny me la recomendaron, dijeron que necesitaba trabajo, que era viuda y acababa de perder a su hijo recién nacido.

-Pobre – Dijo sintiendo una infinita tristeza por la muchacha. – Es muy joven para estar pasando un dolor así. – Dijo Rosemary, sin reparar que su hermano estaba pasando por lo mismo.

-¿Qué les pasa a ustedes dos? – Albert y Rosemary voltearon a ver a Elroy con duda en los ojos. - ¿Qué acaso no la reconocen? ¿Ninguno?

-¿A qué te refieres tía? – Preguntó Albert.

-Dorothy… ¿Dorothy Simmons? – Ambos seguían con cara de interrogación hasta que una luz llegó a la mente de Rosemary.

-¿¡Ella es Dorothy!?

-¿De quién hablas? –Preguntaba Albert, que como todos los hombres tenían memoria pobre.

-Dorothy, ella jugaba con nosotros cuando éramos pequeños, ella es hija de Harold Simmons, ¿No la recuerdas? – Albert abrió los ojos sorprendido al recordar a aquella niña pelirroja que él siempre molestaba porque se le hacía curioso ese par de trenzas que siempre llevaba, jalándoselas siempre porque quería llamar su atención.

-Sí, ahora recuerdo. – Dijo simplemente. –Su padre se la llevó de aquí siendo muy joven.

-Sí se la llevó a estudiar a Nueva York, pero allá conoció al que fue su marido, según Harold era un caza fortunas que supo envolverla, así que él con el dolor de su corazón la desheredó por haberse casado sin su consentimiento. – Dijo Elroy quien al frecuentar al viejo Simmons de vez en cuando sabía un poco de la vida de Dorothy.

-Yo creía que el Sr. Simmons la comprometería con Albert. – Dijo Rosemary sin pensarlo, mientras Albert le dirigía una mirada asesina.

-Y así era, después de que regresara de Nueva York se iba a anunciar el compromiso, pero ella ya estaba encaprichada con ese hombre, así que Harold se disculpó conmigo y por eso hicimos la presentación de Albert un poco tarde.

Albert las escuchaba como si estuvieran hablando de otra persona, su mente comenzó a viajar de nuevo a sus memorias junto a esposa, tal vez iba a ser comprometido con Dorothy, pero el destino le tenía preparado otro camino y ese era el de Candice White, esa rubia joven que le había robado el corazón inmediatamente a la cual amó tanto que no soportaba el hecho de haberla perdido.

-Albert, Albert… - Decía Rosemary al verlo perdido en sus memorias. Albert ya no respondió y se dirigió a su habitación lentamente.

-Me preocupa Albert, tía abuela. – Decía preocupada por su hermano.

-Albert, ya no es el mismo como te habrás dado cuenta, está ausente y no tiene el más mínimo cuidado en su hija, por eso le pedí que la trajera a vivir con nosotros. – Rosemary la escuchaba asombrada por ver que su hermano se comportaba como un imbécil ante su hija, no concebía el hecho de que por haber perdido a su esposa descuidara lo más valioso que ella le había dejado.

-No puedo creer lo que dice tía, Albert tiene que darse cuenta que su hija es lo más importante que le queda… Yo no puedo concebir la vida sin mí pequeño hijo, él me ayudó a superar la muerte de Vincent y gracias a él he salido adelante. – Rosemary veía como Anthony jugaba con su pequeña prima, la veía emocionado y feliz, no la perdía de vista mientras la pequeña le sonreía y lo buscaba cada que se perdía de su punto de visión, ambos habían establecido una conexión muy especial, no sabían si era el llamado de la sangre, el hecho de que eran pequeños los dos o simplemente que se divertían uno con el otro.

-Tenemos que ayudarlo hija, él tarde o temprano se dará cuenta de que está equivocado, es normal que este destrozado, los hombres no son como las mujeres, ellos sienten conexión con los hijos una vez que nacieron, en cambio las mujeres la establecemos desde el momento que nos sabemos embarazadas. – La tía abuela se perdió en sus recuerdos al recordar que ella nunca había podido tener un bebé, perdiendo todos y cada uno de los embarazos que había tenido, mal lográndose uno tras otro. Tal vez la vida había sido cruel con ella, pero era consciente que no era la única que sufría, tal vez no le había dado la oportunidad de tener un hijo de su propia sangre, pero le había dado dos hijos maravillosos que ahora la hacían abuela y eso la llenaba de dicha.

-Tal vez tengas razón tía, pero eso no lo justifica. – Insistía Rosemary abrazando fuertemente a Candy y dándole un cálido beso en su frente con tanto amor y ternura como si fuera su propia hija. Anthony en vez de ponerse celoso como cualquier niño de su edad porque su madre besaba a la bebé, se puso celoso porque no era él el que besaba a la pequeña.

-Mamá, ¿Puedo besarla yo también? – Pregunto inocentemente mientras Rosemary le acercaba a la pequeña para que lograra su cometido, plantando un sonoro beso en su mejilla mismo que sin saber porque provocó un sonrojo en su rostro del cual él no fue testigo pero si su madre.

Albert salía otro día muy temprano de regreso a Chicago, argumentando que no podía dejar mucho tiempo los negocios, encargó a Dorothy a Candy, así como a su tía abuela y a su hermana.

-Albert, no es posible que te desentiendas tanto de tu hija. – Decía Rosemary quien aún no terminaba de entender a su hermano.

-No te metas Rosemary, Candy estará bien cuidada por ustedes.

-Eso no te lo discuto, pero tu hija necesita de tu amor, de tu cariño, de tus brazos…

-¡He dicho que no te metas! – Levantó la voz de pronto sobresaltando a su hermana, a la cual nunca le había hablado de esa manera, ella le dirigió una mirada de decepción para dar media vuelta y salir de la habitación.

-Un día vas a despertar y te darás cuenta del error que cometiste, pero ese día ya será muy tarde, tu hija habrá crecido y con ello disminuido el amor que pudo haber tenido hacia ti. Candice estará decepcionada de ti, como lo estoy yo.

Albert reconocía que su hermana tenía razón, pero era algo que no podía evitar, conmovido por sus palabras llegaba el arrepentimiento a su alma, salió de su habitación y fue directo a la de Candy, la tomó en sus brazos y sintió el calor de su frágil cuerpo en su pecho, la abrazó fuertemente y la besó en la frente, la regresó a su cuna y salió en silencio. Dortohy había sido testigo de esa acción, sin embargo no dijo nada solo sonrió un poco ilusionada de que su patrón por fin despertara ese amor que tenía hacia su hija, sabía que así era, solo era cuestión de que derribara esa barrera que se había formado a su alrededor.

Llegó el cumpleaños de Anthony, él como todo niño estaba emocionado porque por fin cumpliría dos años ¡ya era mayor! Ahora que había llegado su pequeña prima a su vida, él era el mayor y así se comportaba.

Estaba muy feliz porque pronto llegarían los invitados a su fiesta, la cual se llevaría a cabo en el jardín de las rosas, lugar que era el favorito para él y su madre, el esperaba tanto a sus primos como sus pequeños amigos no tanto por su fiesta, sino porque quería presumir a su pequeña princesa, esa bebé que había llegado para alegrar sus días y hacerlos más entretenidos, desde que amanecía hasta que atardecía Anthony se la pasaba al pendiente de la pequeña sin obviar nada que ella necesitara, así que tanto Dorothy como Rosemary se volvieron nuevamente cercanas al estar mucho tiempo juntas. Dorothy a pesar de ser reservada con Rosemary era como si platicara nuevamente cuando eran niñas, pero aún no comentaba nada del sufrimiento que traía en su alma.

Pronto llegaron los invitados acomodándose entre las mesas que habían ubicado entre el jardín adornadas con globos y serpentinas de muchos colores, primero llegaron sus primos Cornwell tanto Alistear como Archivald eran los cómplices de travesuras con Anthony, a pesar de que Archie solo tenía un año de edad se acoplaba muy bien con los otros dos que eran un verdadero torbellino.

-¡Stear, Archie! ¡Vengan a conocer a mi princesa!

-¿Tu princesa? – Preguntó Stear quien era seguido por un tambaleante Archie, decidiéndose a gatear para seguirlo más rápido.

-Sí, mi tío Albert me encargó a su hija, y ella es ahora mi princesa ¡Yo la cuidaré siempre! – Dijo el pequeño Anthony muy emocionado y orgulloso de si mismo.

-¿Ella es como tu hermanita?

-¿Hermana? ¡No! Ella es mi princesa Stear, no mi hermana. – Dijo seguro de sus palabras.

-¡Ahhhhhhhh es hermosa! – Dijo el pequeño Stear al ver el rostro angelical de la pequeña que dormía en el pequeño cunero que había colocado Dorothy junto a ella.

-Bonita. – Fue todo lo que pudo decir el pequeño Archie ya que su vocabulario aún era muy limitado.

-¿Verdad que sí? – Dijo Anthony a sus primos, viendo de manera dulce a su pequeña prima, seguía sonrojándose al verla y a sonreír sin poder evitarlo. Dorothy solo reía al ver el sonrojo del pequeño cerca de la bebé.

-Vayan a jugar Anthony, dejen dormir a Candy para que descanse. – Dijo Rosemary animando a los tres niños a entretenerse con los juegos que habían puesto para que se divirtieran juntos.

Un poco después llegó el matrimonio Stevens, junto a su pequeño Thomas, un niño muy travieso un poco mayor que Anthony y Stear, pero que se llevaba con ellos a la perfección, en especial con Anthony siempre competían por todo. Uno a uno fueron llegando los invitados, entre ellos llegó Magdalena Britter con su pequeña Annie más o menos de la misma edad de Candy y Martha O'Brian quien llegaba con su pequeña nieta Patricia quien tenía unos seis meses de edad. Martha O'Brian era amiga de la Sra. Elroy y había compartido muchas fiestas junto a los Andley, pero al tener solo una nieta y estar a su cargo porque sus padres viajaban bastante se la llevaba seguido de visita con la vieja Elroy.

Por último llegó la arrogante Sara Leagan, quien era sumamente pesada y envidiosa, se creía tallada por los mismos dioses del olimpo y no era merecedora de nadie, salvo del viejo marido que se había conseguido por ser bastante rico, siendo según ella a los ojos de los demás la envidia de la sociedad. Llegó con sus aires de grandeza y sus dos pequeños gemelos de un poco más de un año de edad Eliza y Neal Leagan, dos pequeños niños malcriados y mimados por su madre, a los cuales nadie ni siquiera las dos doncellas que iban con ella como nanas soportaban en lo absoluto, dejándolos hacer y deshacer a su antojo por tal de no escuchar sus constantes berrinches.

Todos los niños no pasaban de los dos años de edad y entre todos jugaban y se divertían, mientras los bebés dormían en sus pequeñas cunas siendo observados por sus madres o sus nanas.

-¡Eliza! – Gritó Anthony desde lejos al observar que se acercó a Candy y le dio un manotazo en su rostro al ver que estaba dormida, lo hizo tan rápido que Dorothy no pudo hacer nada, había pensado que solo iba a ver a la pequeña, nunca imaginó que un ser tan pequeño albergara tanta maldad y envidia a su tierna infancia. Eliza al saberse descubierta por Anthony comenzó a llorar estruendosamente llamando la atención de todas las señoras, en especial de su exagerada madre que no toleraba que su retoño llorara, provocando que su hermano gemelo llorara a la par de su hermana, todo lo que hacía uno hacía el otro, más Anthony que ya conocía el juego de los gemelos se puso frente a la cuna de Candy mientras Dorothy la tomaba entre sus brazos calmando rápidamente a la pequeña, los otros dos niños lloraban como si ellos fueran los agredidos, empezando entre las invitadas comentarios de lo mal portados que eran los gemelos cosa que no afectaba en lo más mínimo a la Leagan.

-Anthony ¿Qué sucede? ¿Por qué asustaste a Elisita? – Preguntó Sara al niño tratando de intimidarlo.

-Eliza golpeo a mi princesa. –Dijo sin sentir nada de nervios o miedo, hablaba seguro y estaba a la defensiva para evitar que volviera a repetir la agresión en contra de su princesa.

-¿Tu princesa? Vamos Anthony, Eliza es solo una bebe, no es capaz de lastimar a nadie, solo la estaba observando. – Decía la presumida mujer con aires de grandeza, esperando que todas la apoyaran, encontrándose con que nadie la apoyó y eso la enfureció aguantándose las ganas de decir más, pero al ver la mirada de desaprobación que le dirigía Rosemary no se animó a decir más. Rosemary estaba atenta a su "prima" no la soportaba pero como era "hija" de la tía abuela la soportaba junto con sus hijos, más no por ello iba a dejar que maltratara a su hijo o a su sobrina.

-Ten más cuidado Sara, tal vez Eliza es pequeña, pero sabía bien que Candy estaba dormida. – Sara apretó sus manos dando sus hijos a las doncellas para que se hicieran cargo de ellos y los calmaran de su berrinche. Después de este incidente todo pasó amenamente, salvo los constantes llantos de Eliza y Neal que lloraban por cualquier cosa teniendo a todos los invitados con los oídos en un grito. Anthony ya no se despegó de Candy, la estaba observando muy atento mientras jugaba con los Cornwell, quienes ayudaban a su rubio primo a proteger a la pequeña, a ellos tampoco les simpatizaba mucho la pequeña Eliza, solo Tom era el único que la toleraba porque la hacía desatinar también.

Casi al término de la fiesta llegó Albert acompañado con un espectacular regalo para su sobrino.

-¡Tío! ¡Wow! ¿Y ese caballo? – Dijo mientras sus ojos volaban al potrillo blanco de pura sangre que iba guiado por el rubio mayor.

-Hola Anthony, Feliz cumpleaños. ¿Te gusta el potrillo?

-¡Sí! ¡Es muy hermoso!

-Pues este es mi regalo para ti, así que puedes ponerle el nombre que te guste más.

-¿De verdad tío? – Albert asintió con una sonrisa amable.

-¡Pegaso! ¡Se llamará Pegaso! – Dijo emocionado dirigiendo su mirada a la pequeña Candy. - ¿Te gusta princesa? –Le preguntó como si la pequeña entendiera la pregunta, la cual al ver la cara de emoción del pequeño comenzó a reír y emitir grititos de emoción. - ¡Le gusta tío! A mi princesa le gustó el nombre. – Decía emocionado, Albert solo se limitó a asentir saludando a todas las señoras que estaban presentes, dando la orden de que se llevaran al portillo a las caballerizas.

-El caballo está muy bonito Anthony. – Dijo Stear igual de emocionado, junto al pequeño Archie quien también veía emocionado al caballo.

-Sí, cuando aprenda a montar pasearé a mi princesa.

-Mamá – Dijo Stear dirigiéndose a su madre. – Yo quiero un caballo como el de Anthony.

-Yo uno. – Dijo Archie dando a entender que él también quería otro.

-¿Lo ves primo? – Dijo Samantha volteando a ver a Albert con travesura. - ¿Ves lo que ocasionas?

-No se preocupes Stear y Archie, en sus próximos cumpleaños yo me encargaré de hacerles ese regalo.

-¡Sí! – Gritaron ambos pequeños emocionados por la promesa del tío Albert.

Albert se retiró de entre las señoras sin siquiera observar a la pequeña, cosa que para todas pasó desapercibida menos para Rosemary y Dorothy quienes se entristecieron por tal acción. Dorothy solo observaba al rubio, quien por un lado lo admiraba por como trataba a su sobrino pero a la vez la enfurecía que no se acercara a su hija, tenía sentimientos encontrados ante el guapo rubio el cual a veces la ponía nerviosa cuando su mirada profunda se posaba en ella. Lo había descubierto unas veces observándola fijamente mientras ella se encargaba de Candy, pero ella hacía como que no se daba cuenta para evitar algún problema.

Casi al término de la fiesta, los Leagan fueron los primeros en retirarse, dando un descanso a los oídos de los invitados quienes suspiraron aliviados por el silencio que se encerró en el ambiente siendo solo roto por las risas de los demás pequeños.

Anthony terminó cansado de tanto brincar y comer y sobre todo de vigilar a su pequeña princesa, Rosemary lo llevó a su habitación para que descansara y Dorothy hizo lo mismo con la pequeña, la llevo a su alcoba y se preparó también para dormir, había sido un día muy cansado y necesitaba dormir. Poco a poco cayó en un profundo sueño el cual la llevo pronto a tener pesadillas, en las cuales revivía las imágenes del accidente donde había perdido a su esposo y a su pequeño bebé, estallando en llanto dormida, siendo escuchada claramente por Albert, quien estaba en la habitación contigua, la cual era comunicada por medio de una puerta, la cual estaba diseñada para que la madre y el padre estuvieran al pendiente de su hijo mientras este era bebé. Albert sentía una profunda pena por Dorothy al escucharla llorar, pero ni él mismo se sentía con el ánimo de consolarla cuando él también estaba sufriendo por algo parecido. Hacía cuatro meses que conocía a Dorothy y varias veces la había escuchado sollozar o incluso casi gritar mientras dormía, pero solo se limitaba a escucharla y llorar él también en silencio su pena.

Continuará...

Hasta aquí el capitulo de hoy, que espero les haya gustado, espero los comentarios acerca de esta historia también ojalá la estén disfrutando tanto como yo escribiéndola...

Saludos!