Hola de nuevo señoras y señoritas, aquí les dejo el siguiente capítulo junto con el 5, como regalo de San Valentín, espero que pasen un día muy bonito en compañía de su esposo, novio, amigo o como le llamen de cariño jajaja y si no es así de todas formas deseo que lo pasen muy bien con sus seres queridos. Les mando un abrazo virtual a cada una de ustedes. Las quiero mucho.

Los personajes de Candy Candy, no me pertenecen sin embargo los tomé prestados para mandar a volar mi imaginación y divertirme un rato con mis ocurrencias, lo hago sin fines de lucro solo por diversión y por aplacar mis sentimientos de tristeza por la muerte de mi rubio, si... sigo sin superarla snif! Es para mayores de edad así que si no lo son, no continúes leyendo. Dicho esto comiencen a leer su regalo del 14 de Febrero.

CAPITULO VI

LA DULCE CANDY

Había llegado por fin el tan ansiado día, el cumpleaños de Candy era ese mismo día y toda la servidumbre estaba vuelta loca con los preparativos para el gran baile que se daría para conmemorar tan importante fecha.

En la habitación contigua a la de la pecosa un joven rubio de ojos azul cielo se paseaba de un lado a otro desesperado porque su regalo no había florecido, había logrado por fin cosechar un híbrido diferente a los demás, uno que según los injertos que había utilizado lograrían una flor bella y única como su amada Candy. Tenía hasta el nombre para la bella flor, solo que aún no florecía en su pequeño invernadero, solo estaban los botones que no se decidían a reventar para así mostrar por completo la belleza de la misma. Las hojas del rosal eran un poco más grandes que las demás y tenían un tono más verde y lo que se asomaba al botón era unos pétalos blancos y brillantes de un color que hasta parecían ser tornasol, solo esperaba que el centro fuera de un color verde esmeralda como los ojos que causaban sus noches de desvelo. Había adquirido otro presente que si bien también había sido diseñado por él mismo especialmente para su princesa, sabía que entregárselo a esa edad era algo prematuro, por ello rogaba por que la Dulce Candy floreciera ese mismo día, para así seguir conservando su otro regalo para cuando llegara el tiempo justo y poder obsequiárselo junto con una pregunta que cambiaría por completo su futuro.

Se decidió a ir a felicitar a Candy, quería ser el primero en hacerlo, sabía que ella se levantaba tarde y que ese día en especial nadie iría a molestarla. Anthony como siempre era un chico que se levantaba al alba y no batallaba nada para hacerlo, ya había ido a dar su paseo diario en su fiel Pegaso y había ido al invernadero para darle otra vista a la rosa, encontrándose un poco más animado al ver que la rosa comenzaba a abrirse un poco más y decidió por fin presentarse frente a su amada.

Candy escuchó que tocaron levemente la puerta de su habitación, rápidamente se colocó su bata para levantarse y se alisó el cabello delicadamente procurando acomodar sus rizos que todos los días amanecían alborotados a causa de su mala posición para dormir, una vez que concluyo dicho cometido, se observó un poco en el espejo y se colocó sus zapatillas de noche.

-Adelante. – Dijo amablemente, sabía que iban a felicitarla y su corazón latía con fuerza al imaginar quien era el primero que había ido a desearle un feliz cumpleaños. Anthony se asomaba con su hermosa y habitual sonrisa, esa que solo le dedicaba a ella cuando la veía, esa que iluminaba los ojos verdes de Candy cuando se encontraban una a la otra, esas miradas que se perdían con un particular brillo junto con dos corazones desbocados que latían al mismo ritmo, no hubo necesidad de decir nada, simplemente Anthony entró directamente sobre ella abriendo los brazos ampliamente esperando ser correspondido, gesto que inmediatamente fue igualado por Candy al abrir los suyos para recibirlos arrojándose a sus brazos y acomodarse en su pecho.

-Feliz cumpleaños princesa. – Le dijo emocionado cerrando sus ojos y perdiéndose de lleno en ese sentimiento que afloraba de su corazón.

-Muchas gracias Anthony, deseaba que fueras tú el primero que me felicitara el día de hoy. – Le decía con palabras sinceras y genuinas que brotaban con felicidad de su boca.

-¿Y no ha sido así princesa?- Pregunto un poco celoso por pensar que alguno de sus primos se hubiera adelantado a él.

-¡Oh, Claro que sí! Has sido el primero que viene a felicitarme. – Anthony sonrió feliz de escuchar aquello.

-¿Vamos?

-¿A dónde?

-Quiero ser el primero en darte tu regalo también. – Le dijo emocionado.

-¿Mi regalo? Mi regalo es que vinieras primero a felicitarme. – Le dijo tímidamente bajando la mirada para ocultar el sonrojo que le provocaba las palabras que salían de su boca.

-Ese ha sido un regalo para mí princesa, tengo un regalo que hice especialmente para ti, ¿Me acompañas? – Le dijo tomando su mano sintiendo esa característica descarga cuando se tocaban sus manos.

-Tengo que cambiarme, Dorothy no tarda en venir a ayudarme. –Le dijo indecisa de ir o no, ella quería acompañarlo no le importaba estar en camisón de noche, ella quería pasar todo su cumpleaños junto a él, para ella estar a su lado era el regalo más preciado que pudiera recibir.

-No tardaremos mucho, por favor princesa acompáñame. – Le dijo suplicante poniendo unos ojos que fue imposible negarse a ello.

-Está bien, vamos. – Le dijo devolviéndole una sonrisa pícara, la cual era cómplice con la mirada que le dirigía el rubio, como cuando hacían una travesura. Decidieron escaparse de todos para dirigirse al invernadero y así poder darle el regalo a su princesa. Caminaban con mucho cuidado evadiendo a la servidumbre que no les tomó mucha atención por estar apurados con los preparativos de la fiesta, terminaron saliendo por la puerta de servicio y corrían ambos entre risas agarrados de la mano. Anthony veía enamorado a Candy quien se agarraba la bata para no tropezar mientras le dirigía igual una mirada enamorada, eran una bella pareja, un par de jóvenes que a pesar de su edad estaban perdidamente enamorados uno del otro.

Llegaron al invernadero y Anthony sacó de entre sus ropas una llave para abrirlo ante la mirada curiosa de Candy, sabía que guardaba algo ahí celosamente, pero a pesar de lo curiosa que era se había mantenido al margen porque no quería importunarlo o molestarlo. Nuevamente tomó su mano y la dirigió dentro el invernadero, Candy observaba todo, asombrada mirando de un lado a otro todo lo que tenía ahí dentro su príncipe, había todo tipo de rosas y plantas de diferentes tipos, pero lo que más llamaba la atención eran los diferentes tipos de rosas que tenía ahí, eran de diferentes colores, desde los rosa pálido, hasta los rojos brillantes, todas y cada una de ellas eran diferentes entre sí ninguna era igual a la otra, iba avanzando agarrada de su mano mientras Anthony la guiaba al final del cuarto con techo de cristal, donde un rosal más grande que los demás se hacía presente. Era un rosal con unas hojas muy verdes y un poco más grandes que las demás y encima lo coronaba una enorme flor blanca con sus pétalos tan brillantes, era hermosa Candy nunca había visto una rosa tan hermosa como esa y se fue acercando lentamente a ella para poder observarla con detenimiento. Al ver el centro de la rosa, se dio cuenta que del centro era de color verdoso y que se extendía al nacimiento de los pétalos haciendo de esa rosa una que nunca había visto.

-¡Que bella rosa! – Exclamó maravillada, mientras soltaba la mano del rubio para acercarse a tocarla con delicadeza.

-¿Te gusta princesa? – Le preguntó emocionado Anthony, feliz de que su regalo le hubiera maravillado y de que por fin hubiera florecido.

-¡Es hermosa Anthony! ¿Cómo se llama?

-¡Dulce Candy! – Dijo orgulloso al mencionar el nombre que había elegido para la rosa.

-¿!Dulce Candy!?- Preguntó emocionada y feliz por la respuesta.

-Esa rosa es especialmente para ti Candy, feliz cumpleaños. – Le dijo rodeándola por la espalda, cerrando sus ojos e impregnándose de su dulce aroma, ese aroma que adoraba lo llenara todo.

-¿Para mí? –Pregunto emocionada.

-Así es, es una rosa única en su especie la creé para ti, quería que fuera tu regalo de cumpleaños.

Candy abrazaba a Anthony feliz por su regalo y sus ojos se llenaban de lágrimas por el detalle que había tenido el rubio con ella, si bien era alguien que tenía casi todo lo material le faltaba mucho amor en su vida, como el de su madre y el de su padre que si bien él vivía no era una persona que demostraba mucho afecto por ella, solo su tía y Dorothy la trataban como a una hija, pero ella sabía que no era lo mismo. El regalo que Anthony le había dado era el mejor regalo que le habían dado en su vida, era un detalle muy especial y era algo que nunca olvidaría. Sus ojos se arrasaron de lágrimas y como toda una llorona comenzaron a desbordarse poco a poco. Anthony levantó su rostro con dulzura para verla directamente y le enterneció lo emocionada que estaba la rubia. – No llores por favor pecosa, no llores por favor pecosa, eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras. – Le dijo suavemente mirándola a los ojos y alternando su mirada de sus ojos a sus labios que lo tentaban en demasía. Candy se daba cuenta de la cercanía que tenía su príncipe y comenzaba a temblar como un pequeño cordero entre sus manos.

De pronto todo se tornó invisible para ellos, sus rostros estaban muy cerca uno del otro y sus labios separados por una mínima distancia, sus corazones comenzaron a acelerarse y sus cuerpos temblaban nerviosos y emocionados ante la situación que estaban viviendo, Anthony colocó una mano en el rostro de Candy limpiándole las lágrimas que habían cesado de su rostro y otra mano la colocó en su pequeña cintura acercándola un poco más a él reforzando su agarre, no pensó en las consecuencias, no pensó en si ella lo rechazaría o si lo empujaría, no pensó en si recibiría una bofetada por tal atrevimiento, o si simplemente le correspondería su acción. Anthony simplemente estaba hechizado por los ojos y los labios de Candy, por su cercanía, por el contacto de su pecho sobre el propio, por el ambiente tan romántico que los envolvía y por las hormonas adolescentes que ya se empezaban a hacer presente en ellos, sobre todo en el rubio. Lentamente fue acortando esa distancia que los unía cerrando los ojos abandonándose a ese leve y dulce contacto. Candy al principio abrió sus ojos sorprendida ante tal cercanía deseando infinitamente pronto terminara, el tiempo se le había hecho eterno y simplemente habían pasado unos segundos cuando sintió la calidez de los labios de su príncipe posarse en los suyos al cerrar la mínima distancia que existía entre ellos, cerrando igualmente los ojos para disfrutar de esa sensación jamás vivida, el beso fue un simple roce, una caricia leve que disfrutaban ambos lentamente, conectándose ambos labios y calzándose perfectamente uno al otro, estaban hechos a la medida, se amoldaban perfecto al contrario, era como el dulce posar de una mariposa en una flor, sin embargo para ellos era mágico. El beso duró simplemente unos segundos, pero fueron suficientes para que ambos vieran estrellas y chispas de colores en su mente, cerrando sus ojos y llenándose de imágenes de fuegos artificiales que los maravillaban, mientras un sinfín de mariposas, comenzaban a volar dentro de sus estómagos como si hubieran sido espantadas por algo.

Lentamente abrían sus ojos observándose uno al otro buscando un rastro de arrepentimiento, pero no era así todo lo contrario ambos lucían un resplandor en sus ojos que los hacía darse cuenta que ambos se amaban y que eran correspondidos. La alegría invadía los corazones de ambos rubios, quienes seguían con el correr desbocado de su corazón, cuando de pronto la vergüenza invadió el rostro de Candy ocultándose en su pecho mientras él la recibía gustoso y la abrazaba tiernamente. Anthony se conmovió con la acción de Candy sintiendo en su corazón un mayor anhelo de protegerla por siempre, sus almas se fundieron en una sola formándose un solo ser, ambos sabían que así era, que ambos se pertenecían uno al otro y sus corazones se juraban en silencio un amor eterno e infinito. Anthony fue el primero que se animó a reventar esa burbuja que los tenía atrapados en su mundo.

-¡Te amo, Candy! – Le dijo con una voz diferente a la de siempre, con una voz aterciopelada que la hizo estremecer, escuchando en un susurro las palabras que tanto había anhelado escuchar. Candy sintió que las fuerzas de sus piernas la abandonaban por un momento recargando ampliamente su cuerpo en su amado príncipe, como le llamaba solo para ella.

Abrió los ojos emocionada y se posó en sus azules, buscando conectar su mirada con él, encontrándose con unos ojos azules dilatados como nunca los había visto, su príncipe estaba creciendo, se estaba convirtiendo en un hombre y ella sería su mujer, porque si, desde ese momento se pertenecían en cuerpo y alma. Su amor se había transformado de una simple quimera a algo sólido y real, ya no era el amor de niños que desde infantes desarrollaron, ahora era un amor juvenil que para ellos era más maduro, más palpable al revelarse uno al otro y confirmar que efectivamente eran correspondidos en sus sentimientos. Y así en silencio con ese tierno beso que se habían atrevido a compartir se habían jurado pertenecerse uno al otro.

-Yo también te amo Anthony. – Dijo Candy bajo el embrujo de su mirada, sonrojándose pero manteniendo firme su mirada sobre él, no se escondería, quería que él supiera de sus sentimientos, quería que él se diera cuenta que en verdad lo amaba también y que nada, ni nadie la haría trastabillar en eso, ella era una mujer que entregaba su corazón solo una vez y hacía años que se lo había entregado al joven rubio.

-¡Candy! ¡Princesa! Me haces muy feliz. – Le dijo acurrucándola nuevamente en su pecho. Candy escuchaba el latir desbocado de su corazón y cerraba sus ojos para grabarlo en su memoria.

Nuevamente se acercaron tomando sus manos y Candy cerraba sus ojos ofreciendo sus labios al guapo muchacho, quien no dudó ni un segundo en tomarlos entre los propios atrapándolos lentamente, con timidez y cierto temor de lastimarla u ofenderla, quería besarla más largamente pero aún era una chiquilla al igual que él, aunque ya se sentían grandes y capaces de vencer al mundo ante ellos. El beso duró un poco más que el anterior y fue un poco más el contacto, aún tenían vergüenza de lo que hacían, sin embargo la ternura que Anthony mostraba en Candy era una ternura tan dulce y delicada que Candy no se sentía ofendida, al contrario ella misma se sorprendía porque quería que fuera más el contacto, sin embargo ninguno se animó a hacerlo, seguían con su beso tierno y delicado atreviéndose a mover solo un poco los labios, terminando un poco después ese dulce contacto que los había llevado al mismo cielo.

Salieron del pequeño invernadero agarrados de la mano, caminando lentamente más enamorados que nunca, lo que había sucedido dentro de ese lugar quedaría grabado en su memoria para siempre, era una promesa tatuada en su corazón en donde ella grabaría el nombre de Anthony y él el nombre de Candy, un amor que nada ni nadie podría quebrar, ni con el paso del tiempo. Su amor iría más allá del tiempo, más allá de lo infinito.

Dentro de la mansión unos ojos curiosos veían la imagen, definitivamente ese par era el uno para el otro, la vieja Elroy sonreía con satisfacción al ver que sus dos sobrinos eran la pareja perfecta. –"Dos menos por quien preocuparse, ahora solo me faltan los Cornwell" – Pensaba Elroy, ella estaba totalmente de acuerdo con ese compromiso, quien más que ellos para mantener pura, la sangre de los Andrew, pero definitivamente tendría que hablar con Dorothy para que no permitiera que esa niña se saliera en ropa de cama fuera de la mansión.

-¡Candy! – Decían Stear y Archie quienes los encontraban en la entrada de la mansión, habían ido a buscar a Candy a su habitación para felicitarla, pero no la había encontrado así que decidieron salir a buscarla, encontrándose con la novedad de que ella estaba aún en camisón de noche acompañada de su inseparable primo Anthony.

-¡Feliz cumpleaños gatita! – Decía primero Archie quien quería ser el segundo en felicitar a la hermosa niña.

-¡Felicidades Candy! – Decía Stear uniéndose a la felicitación con su hermano esperando su turno para abrazar a la pequeña, ya que eran las únicas ocasiones en las que los hermanos Cornwell se animaban a darle un abrazo a Candy, no eran igual que Anthony quien aprovechaba cualquier pretexto para hacerlo.

-¡Gracias chicos!- Les sonrió emocionada.

-¿Dónde estabas, Candy? Todos te están buscando para felicitarte. –Dijo Archie con reproche.

-Lo siento – Dijo Anthony. – Yo me la llevé para darle su regalo. – Dijo ante la mirada sorprendida de sus primos, ¿Qué sería su regalo que no podía esperar a que se cambiara de ropa?

-Chicos lo siento, pero Anthony me mostró una rosa bellísima que lleva mi nombre.

-¿Una rosa? – Preguntaron incrédulos, sintiendo un poco de risa por el regalo de su primo, cualquiera podría regalarle rosas, pero un invento como el de Stear o un vestido diseñado por el propio Archie, nadie podría hacerlo, pensaron los Cornwell.

-No es solo una rosa, es un tipo de rosal que él creo especialmente para mí y lo ha llamado "Dulce Candy". – Dijo con voz de enamorada viendo a su amando príncipe con los ojos brillando más que nunca. Eso lo notaron los Cornwell y Stear comprendió que nadie superaría el regalo de Anthony, y mucho menos nadie superaría los sentimientos que la pequeña Candy había desarrollado por él, sintiéndose un poco celoso pero resignado por ello. Archie era el que estaba más renuente de ver aquello como una realidad, aunque su corazón también le avisaba que Candy no solo estaba enamorada de Anthony, sino que lo amaba realmente.

-¡Dulce Candy! Es un bello nombre. – Dijo sinceramente Stear.

-Sí, bello como tú gatita. –Le dijo Archie coqueto, cosa que Anthony notó apretando un poco más la mano de Candy al sentirse celoso por la acción de su primo menor, Candy notó inmediatamente la reacción de su príncipe y se aferró más a su mano tranquilizándolo un poco, cuando Candy se acercó más a él como evadiendo el comentario disminuyendo la distancia que había entre ellos.

-Gracias. – Fue solo la respuesta de Candy para su primo.

-Nosotros también tenemos algo para ti. –Dijo Archie. –Me tomé la libertad de poner tu regalo en tu habitación, espero esta noche puedas lucirlo, le dijo guiñándole un ojo, y Anthony lo veía cada vez más molesto, ¿Cómo era posible que su primo hiciera eso, si deberían de haberse dado cuenta que ellos venían agarrados de la mano? Aunque era común en ellos, esta vez era algo diferente, lo habían notado solo que Archie se negaba a aceptarlo.

-Aquí está el mío Candy. –Dijo un Stear un poco más discreto, sabía del amor de esos dos y eran correspondidos entre sí, no tenía caso pelear, era el cumpleaños de Candy y ella tenía que ser feliz.

Candy abrió el obsequio de Stear y era una pequeña ardilla que caminaba mecánicamente, Candy se sorprendió con el invento.

-¡Una ardilla! - Dijo riéndose emocionada, ante la mirada de decepción de Stear.

-¡Es un zorro!- Dijo ofendido.

-¿¡Un zorro!? - Dijeron todos sorprendidos, ante la desilusión de Stear, estallando todos en risas cuando el pequeño zorro se cayó y comenzó a dar vueltas en círculos saliendo humo de la cola y las orejas. La risa de Candy era como una melodía para Anthony quien la miraba maravillado y agradecía a Stear haber ocasionado esa espontánea risa.

-Hay hermano, como siempre tus inventos no funcionan.

-No te preocupes hermanito, pronto seré un inventor reconocido, no te desesperes y entonces sí, te comerás tus palabras. – Decía con orgullo el guapo inventor. -Por lo menos sirvió para que Candy nos deleitara con su risa. -Dijo entre risas él también, ya no le quedaba de otra.

-Bien chicos, yo llevaré a Candy a su habitación para que se aliste para el desayuno, antes de que la tía abuela salga y nos rete.

-¿Por qué tienes que ir tu solo Anthony? – Preguntó Archie. –Nosotros también escoltaremos a la gatita a su alcoba.

-Archie –Dijo Candy seriamente. –No me gusta que me digas gatita. –Archie se rascó la cabeza nervioso sin saber cómo reaccionar ante el reclamo de Candy.

Los cuatro chicos se dirigieron escoltando a la habitación de Candy, mientras el rubio se lamentaba por no estar un poco más a solas con su amada Candy. Candy pensaba lo mismo quería tener la oportunidad de volver a besar los labios de Anthony, era algo que ya habían iniciado y que a pesar de la timidez con que lo hacían ellos lo encontraban tentador.

Se despidieron con una elegante reverencia y la dejaron en su habitación para que pudiera cambiarse y bajar a acompañarlos al desayuno. Candy seguía embobada con los besos que había compartido con Anthony, caminaba entre nubes y en su mente se repetía el cálido momento, tocándose sus labios discretamente sin que Rosie lo notara, aunque era una tarea un poco imposible ya que la rubia estaba más distraída de lo normal. Tan era así que no había notado la presencia de la gran caja que estaba sobre su cama esperando ser abierta.

Anthony estaba igual que Candy, caminaba por inercia junto a sus primos mientras ellos bromeaban y reían de las ocurrencias que tenían, sin reparar que Anthony estaba con la mirada perdida en un punto fijo, hasta que le dieron un leve empujón para que reaccionara.

-Anthony ¿Qué te sucede? Estas en las nubes. – Decía Stear, quien era el que generalmente estaba así imaginándose su próximo invento.

-¡Anthony! – Le dijo Archie un poco molesto, sabía que había algo extraño entre los rubios.

-Nada muchachos, no pasa nada. –Les decía con una deslumbrante sonrisa que no dejaba a los otros dos muy convencidos, pero lo dejaban en paz, sino la respuesta de ello no les gustaría en lo absoluto.

En eso vieron bajar a la pecosa, quien venía con un vestido rosa claro que la hacía lucir un poco más su figura de mujercita que ya se comenzaba a marcar. Los tres muchachos se quedaron con la boca abierta viéndola bajar poco a poco, pero Anthony rápidamente se acercó al final de la escalera para recibirla, los ojos de ella solo estaban anclados en los de Anthony, y ambos chicos lo notaron tristemente.

-¿Candy te gustó mi regalo? – Archie rompió el encanto de los rubios, no quería ceder aún.

Candy se quedó un poco desconcertada porque no sabía de qué regalo le hablaba Archie, hasta que rememoró desde que entró a su habitación hasta que salió de ella, recordando vagamente la caja en su cama.

-¡Archie! ¡Lo siento! No tuve tiempo de abrirlo. –Candy noto la decepción de Archie en sus ojos, y se sintió mal por ello, se acercó a él y le dio un abrazo sincero. – Te prometo que cuando regrese a mi habitación será lo primero que haga. – Archie se sintió emocionado con el abrazo que Candy le ofreció y sus lindos ojos se iluminaron asintiendo más tranquilo.

Pasaron al comedor, donde toda la familia se reunió para comenzar la celebración, aprovecharon para dar los regalos a la pecosa ya que durante el baile no tendrían la oportunidad de hacerlo, el festejo duró buena parte de la mañana donde disfrutaron de los platillos y postres preferidos de Candy, Anthony seguía junto a ella y Elroy se sentía orgullosa de ambos, notaba que los otros chicos se sentían algo celosos, así que tendría que hablar pronto con las familias de las niñas que había elegido para sus sobrinos y hacer formales los compromisos, sabía que era un poco apresurado pero tenía que poner un punto final a este asunto, si no quería un problema mayor con los Cornwell, especialmente con el menor, que era al que veía más incómodo con la situación. Sabía que los Andrew eran apasionados por naturaleza y ellos no serían la excepción, pero al ser ella la encargada de formar los compromisos en la familia, ya había decidido que Candy era perfecta para Anthony y que mejor que ellos estaban enamorados, aún eran unos niños y sabía que si comenzaban a convivir con sus futuras esposas nacería el sentimiento de amor entre ellos.

Continuará…

¡Listo! otro más al plato jajaja espero que les haya gustado, a mi me encantó escribirlo y hasta me emocioné con el tierno beso que se dieron los rubios y que insisto debió haberse dado en algún punto de la caricatura, pero en fin, como toda Anthony fan tengo que conformarme con las historias que leo o escribo snif! y respetar las otras parejas que le han elegido a la pecosa. Las dejo y nos vemos pronto para el próximo capítulo! Un abrazo!

Saludos