Buen día señoras y señoritas, aquí de nueva cuenta con otro capítulo, espero que no las enfade jajajaja pero es para que se entretengan un poco y no se les haga largo el sufrimiento, porque me di cuenta que si quedó algo larguito jejejeje no me odien. Dios las bendiga y proteja a todas y sus familias.

Los personajes de Candy no son míos, sin embargo mi imaginación es amplia y muy viajera y ha comenzado a divagar últimamente lo hago sin fines de lucro solo por diversión, eso sí no es apto para menores de edad. Dicho esto ¡COMENZAMOS!

CAPÍTULO XVIII

PROMETIDA

Terruce había conseguido un permiso con el productor de la obra para poder acompañar a su padre, sino no lo iba a dejar estar con eso del compromiso, tenía meses que estaba obligándolo a ir para conocer a su "prometida" y ya no podía aludirlo más. Viajaba rumbo a Nueva York y ahí se encontraría con su padre y con el padre de la joven.

-¿Qué estás haciendo Terry? ¡Tú no quieres casarte, es muy pronto para eso, tú tienes que ser una estrella además… - La llegada a su destino lo sacó de sus pensamientos, quería llegar y salir de todo ese embrollo para regresar a Chicago y continuar al lado de ella.

-Buenas tardes joven Grandchester. – Dijo un empleado que le abría la puerta a la mansión. Terry observaba cuidadosamente la mansión, pero algo llamó su atención entre los grandes jardines. Una joven de cabellos rubios venía sacudiendo su vestido y traía su cabello lleno de hojas de los árboles, le causó curiosidad verla, pero se adentró a la mansión cuando vio a su padre aparecer.

-¿¡Pero qué es esto!? – Habló molesto al ver a su hijo llegar en esas condiciones.

-¿Qué sucede? – Preguntó Terry molesto por la reacción de su padre, sabía que se refería a las fachas en las que se presentaba, pero como siempre a él le gustaba molestarlo bastante.

-¿Qué dirá tu prometida si te ve en ese estado?

-Que me veo muy guapo.- Dijo pagado de sí mismo.

-¡Terruce por favor! - Dijo molesto.

-Ella no dirá nada, además si te refieres a la mona pecosa que está en el jardín, no me interesa.

-¿Mona pecosa? – Preguntó sin comprender el duque.

-Sí, la rubia pecosa que está en el jardín trepando por los árboles. – Le dijo despreocupado.

-¿A quién le dices mona pecosa, engreído? – Le dijo Candy quien entraba por la puerta de la mansión y alcanzaba a escuchar sus comentarios. Candy había estado jugando con el pequeño Alejandro aprovechando según ella que no estaba nadie en la mansión, tenía tiempo jugando con él en secreto y había descubierto que era tan bueno como ella trepando árboles.

-¡Vaya! ¡Habla! – Dijo Terry haciéndose el sorprendido.

-Buenas tardes señorita Andrew. –Dijo el duque con solemnidad dirigiendo su mirada a la rubia quien ya había compuesto sus ropas y cabello. – Terruce te presento a la señorita Andrew. –Dijo algo desconcertado, no era la forma en la que quería que se conocieran y menos con su hijo en esas trazas.

-Buenas tardes señorita pecosa.

-¿Pecosa? ¿A quién le dices pecosa, engreído? – Candy iba a seguir protestando pero en eso llegó su padre escuchando lo que acababa de decir.

-¡Candy esos no son modales para una señorita! – Dijo Albert reprendiendo a Candy. Candy se sorprendió al escuchar a su padre pero no se inmutó en lo más mínimo, vio de manera indiferente a Terry y a su padre.

-Terruce él es el señor William Andrew, padre de tu prometida la señorita Candy White Andrew. – Dijo aparentando tranquilidad. – Mi hijo el futuro duque Terruce Graham Grandchester. – Terminó de decir.

Candy no se inmutó en lo más mínimo, ni siquiera respondió, simplemente se retiró a su habitación disculpándose únicamente ante los mayores.

-Disculpen ustedes. – Dijo Albert siguiendo a su hija, no iba muy lejos cuando alcanzó a decir a Terry.

-Está muy flacucha y además tiene pecas. – Le dijo con desplante.

-Eso no debe importarte. –Dijo el duque. – Ya sabes el porqué de esta boda. – Dijo creyendo él que nadie lo escuchaba, sin embargo Albert había escuchado y no le pareció en lo más mínimo, ni como se había referido ese joven a su hija, ni lo que había dicho el duque.

-Esto no me gusta nada. –Pensaba Albert dudoso de continuar con todo este teatro, tal vez lo mejor sería investigar las cosas con George, algo no le había gustado en su visita a Chicago y era justamente lo que quería averiguar.

Candy estaba en su habitación enojada, molesta por la humillación que le había hecho ese joven, a ella no le importaba estar pecosa, Anthony adoraba sus pecas y con eso era más que suficiente.

-Candy, ¿Puedo entrar? – Preguntó su padre un poco más tranquilo. Candy no respondió, sin embargo Albert entró de todas formas. – Hija necesitas arreglarte para que bajemos a cenar con el duque y su hijo. – Ya no le había dicho "su prometido" eso era extraño para ella.

-¿Dónde estuviste? –Se animó a preguntar Candy.

-Fui a Chicago. – Le contestó la verdad sin ocultar nada. Candy se sorprendió por lo dicho.

-¿¡Viste a Anthony!? – Preguntó ilusionada, tenía la esperanza de que él la estuviera buscando.

-No, no lo vi. –Le dijo tratando de serenarse, aún estaba molesto por cómo se habían desarrollado las cosas. – Candy al parecer Anthony se fue de Lakewood.

-¿Qué? – Preguntó sorprendida. - ¿A dónde fue? - Decía angustiada y a la vez esperanzada de que le estuviera buscando. - "¿Pero donde me encontrará?".

-No lo sé, el señor Leagan quedó de investigar que pasó. – Candy sentía un ambiente extraño con su padre, nunca le había hablado tan tranquilo como lo hacía ahora, no sabía si era para bien o para mal. -¿Qué te pareció tu prometido? – Preguntó por fin, ya se le hacía raro a Candy que no la retara por haber tratado mal al duquecito ese.

-Es un engreído y un grosero, no entiendo como pretendes que me case con él. – Le dijo con reproche.

-El compromiso ya está hecho. – Dijo simplemente. Candy abrió sus ojos con miedo, no quería casarse con ese muchacho, ella seguía amando a Anthony con todas sus fuerzas y nadie podría ocupar su lugar, no después de lo que habían compartido, esos besos que había experimentado a su lado y sobre todo la última noche en aquel baile, las caricias que había compartido con su dulce Anthony, no, no podía pensar en nadie que no fuera él, era el único que su cuerpo reclamaba como suyo, y el miedo de que otro la tocara se incrementaba en su corazón con angustia y desespero.

Bajo a cenar no muy convencida, todos estaban listos en el comedor esperándola. Ana la ayudó a vestirse y la peinó para que se presentara formalmente con su "prometido". Candy lloraba porque por fin se estaba cumpliendo esa pesadilla que tanto había temido, el hijo del duque se había hecho presente y ahora tendría que soportar su cortejo.

Terry no decía nada, solo observaba a su dichosa prometida, la estudiaba bien y veía en sus ojos una profunda tristeza, tenía unos bellos ojos pero no lucían su belleza por la pena que reflejaba en ellos. La cena fue muy aburrida y formal como todas a las que él había recordado asistir, no tenía ánimo de nada, ni siquiera de hacer enojar a su padre, se limitó a cenar en silencio y se disculpó un poco más tarde retirándose a su habitación. Candy hizo lo mismo dejando a los dos adultos en su lugar.

-Creo que tu hijo tampoco está de acuerdo con el compromiso.

-Lo estará no te preocupes. – Dijo Richard convencido.

-¿Estás seguro? ¿No habrá otra forma en la que podamos llegar a un acuerdo sin hacer oficial este compromiso?

-No lo creo, a menos que quieras ir a la cárcel. – Dijo en forma amenazante.

Albert ya no dijo nada, solo se disculpó y se levantó del comedor para dirigirse a su habitación. Sabía que estaba cometiendo un error y más ahora que había encontrado algunas regularidades en su viaje a Chicago. Otra cosa que lo tenía inquieto era que Anthony había abandonado Lakewood, no se había animado a pedir a Louis que lo buscara, no confiaba del todo en él, lo descubierto en su visita al corporativo había hecho que por fin desconfiara de ese hombre. Tenía que buscar a George él era el único que podía ayudarlo, se le hacía muy extraño todo esto, así como la incapacidad de George que tenía muchos meses y aún no se reportaba.

Candy salía a la misma hora hacía el jardín acompañada como siempre de Ana y Ana era observada por el vigilante de Candy, ya era una costumbre esa visita y más la aparición del pequeño niño de ojos verdes que se escapaba mientras su madre leía en la banca del parque.

-Hola Candy. – Decía Alejandro alegre, le agradaba mucho esa muchacha y no sabía por qué Candy también estimaba mucho a ese niño.

-Hola Alejandro ¿Y tu mamá? – Alejandro apuntaba con su manita a la muchacha pelirroja que siempre se sentaba una hora para leer y que su hijo jugara. Estaba algo lejos para poder distinguir el rostro de esa joven señora, pero algo le hacía recordar a Dorothy. – Es muy bonita. – Dijo Candy haciendo conversación.

-Mi mamá es la más bonita de todas. – Dijo el niño emocionado. -¿Cómo es tu mamá Candy? – Preguntó inocentemente Alejandro.

-Mi mamá ya no está conmigo Alejandro. Pero dicen que era muy parecida a mí. – Dijo Candy enternecida.

-El señor del otro día ¿Es tu papá?

-Sí, ese señor rubio es mi papá.

-Te pareces a él. – Le dijo incómodo sin saber por qué.

-¿Qué sucede? –Candy le preguntó al notar que estaba ansioso.

-Ese señor me dio miedo. – Le dijo con su carita tierna.

-No te preocupes, nada más conmigo se porta estricto, con los demás es muy buena gente. – Dijo Candy suspirando pesadamente mientras agarraba a Alejandro de su mano y se lo llevaba a jugar al jardín. Alejandro y Candy comenzaron a jugar y a reír entre ellos, siendo observados por un joven de ojos azul oscuro quien los miraba desde su habitación, estudiando los movimientos de su "prometida". Era la primera vez que la veía sonreír desde que había llegado a ese lugar.

Mientras tanto Anthony salía de la facultad de medicina, había decidido entrar a estudiar medicina para ver si podía ayudar un poco más a su mamá, tenía algunos meses que había entrado a estudiar pero seguía con la búsqueda de su pequeña ya casi había pasado un año desde que su padre se la llevo y se le acababa el tiempo para encontrarla y ahora sí llevársela lejos. Candy ya había cumplido los dieciséis años y él pronto cumpliría los dieciocho años, estaba desesperado por recibir la herencia para pagar a un grupo de investigadores para que siguieran buscando, entre los Cornwell y él habían pagado a uno, pero no eran suficientes los recursos para pagarle.

Llegó a su casa como cada día desde que la había perdido, desanimado y triste.

-Buenas tardes madre. – Le dijo en un gran suspiro, dándole un beso en su frente.

-Buenas tardes mi niño ¿Cómo te sientes?

-Igual madre, desesperado.

-Tienes que estar tranquilo hijo, pronto tendrás noticias de Candy. – Le dijo su madre muy optimista.

-¿Has sabido algo? – Preguntó emocionado. Rosemary le entregó un periódico y le apuntó una noticia que tenía señalada con tinta. - ¿Qué es esto? – En el periódico se anunciaba el ensayo de una pequeña obra que quería montarse en la ciudad de Chicago, y entre los actores que destacaban estaba el nombre de Terruce Grandchester, cosa que hizo que Anthony se emocionara. -¡Madre! ¿Será el mismo? – Preguntó feliz.

-Yo creo que sí hijo, si quieres voy a averiguar.

- No madre, yo mismo iré a ver. – Dijo sin esperar siquiera a comer, salió de nuevo de la mansión dirigiéndose rumbo a donde estaba la dirección de la pequeña carpa. Estaba muy cerca de la facultad de medicina y se asombró de que no había reparado en ello, vaya que había estado muy distraído últimamente. La pequeña carpa tenía en la entrada un desplegado con los nombres de los actores que estaban ensayando y él no había reparado en ello. Se adentró con un poco de desconfianza hacía la carpa buscando con sus bellos ojos a cualquier joven que según él sería el futuro duque.

-¿Buscas a alguien? – Le preguntó una voz de mujer a sus espaldas. Anthony volteó a ver a la muchacha que le hablaba, encontrándose con una pequeña chica de cabello rubio oscuro lacio y muy largo, tenía los ojos azules muy grandes y expresivos. La muchacha se sorprendió de lo guapo que era ese joven y le sonrió dulcemente. Anthony se sintió incómodo por la sonrisa que le era dedicada, más sin embargo lo motivaba más el deseo de saber de aquel joven.

-Buenas tardes señorita. – Le dijo amablemente.

-Buenas tardes joven. – Le dijo tímida, sonrojándose al escuchar su voz. Desde que había llegado ahí nadie aparte de Terry la había hecho sonrojarse, pero al enterarse que su compañero de escena estaba comprometido con otra joven, la había hecho desilusionarse bastante, a ella le gustaba el joven Grandchester pero eso no le impedía admirar la galanura de otro joven, y menos si era tan guapo como el que tenía enfrente. - ¿Busca a alguien?

-A decir verdad sí. –Contesto tranquilo. - Estoy buscando al joven Terruce Grandchester.

-¿Usted conoce a Terruce? – Preguntó apenada, tal vez era un familiar de él o algo así, tendría sentido si los dos eran muy guapos.

-La verdad no lo conozco, sin embargo me han hablado mucho de su talento.

-Ya veo, siento desilusionarlo joven…

-Anthony, Anthony Brower. – Dijo inclinando su cuerpo en señal de reverencia ante la delicada muchacha que estaba frente a él.

-Susana Marlowe-. – Dijo presentándose ella misma. – Como le decía, siento desilusionarlo joven Brower, pero Terruce salió unos días de viaje.

-¿Sabe usted cuando regresa? –Preguntó ansioso.

-La verdad no, dijo que solo estaría fuera unos dos o tres días, así que tal vez mañana ya esté aquí presente. – Anthony se sintió decepcionado, pero no se iba desilusionar tan pronto, por una casualidad del destino había dado con ese joven no iba a rendirse tan fácilmente, no cuando se trataba de su pecosa.

Anthony se retiró con la promesa de volver el día de mañana para preguntar por el famoso duquecito, Susana se despedía de él con una sonrisa coqueta, le había gustado el muchacho pero mentiría si olvidaría al rebelde que había robado su corazón, ellos habían compartido mucho más que escenas en el teatro y ella esperaba que se definiera el dichoso compromiso, sino tendría que comenzar a voltear hacia otro lado.

Mientras tanto Terry bajaba al jardín a buscar a su dichosa prometida, como había dicho él la veía muy flacucha en comparación de su hermosa Susana, él estaba ilusionado con esa muchacha con la que ya había intercambiado más de una ocasión una fuerte sesión de besos y algo más que eso, agradecía que las actrices fueran un poco más desinhibidas que las demás muchachas, más sin embargo esa pecosa había llamado su atención por el rostro tan afligido que había notado en ella.

-Buenas tardes mona pecas. – Volvió a llamarla para molestarla una vez más.

-¿Quién es él? – Preguntó Alejandro curioso.

-¿Él? Es un simple engreído y malcriado que no sabe hacer otra cosa más que molestar a la gente. – Le dijo Candy.

-Hola niño. – Dijo tranquilo. -¿Eres hermano de la mona pecosa? – Candy se ponía roja del coraje y sus pecas resaltaban más.

-No somos hermanos, y ella no es ninguna mona. –Dijo el niño defendiendo a su amiga.

-Vaya, eres un caballero. Cualquiera que los viera pensaría que son hermanos, tienen el mismo rostro. – Dijo Terry viéndolos indiferentes. Candy y Alejandro se voltearon a ver y Candy notó que era verdad, todo este tiempo se le había hecho que Alejandro le recordaba a alguien y hasta que ese engreído había hablado caía en cuenta que le recordaba a... ¡Su padre! Candy se alejó de ahí con Alejandro, ignorando al joven quien los veía curioso porque se retiraban.

-Alejandro, no me has dicho como se llama tu mamá. – Le dijo pensando que era una locura, pero que si lo pensaba bien, si Dorothy hubiera tenido un hijo de su papá sería más o menos de la edad de Alejandro.

-No. – Dijo Alejandro tranquilamente, él era muy pequeño para darse cuenta de esas cosas.

-¿Cómo se llama tu mamá Alejandro?

-Dorothy Simmons. –Dijo el niño naturalmente.

-¡Dorothy! – Dijo Candy emocionada. Se apresuró a salir de la mansión en dirección hacia el parque para encontrarse con aquella mujer que tanto había extrañado. Tomó de la mano a Alejandro dirigiéndose a la reja ante la mirada curiosa de Terry quien la veía caminar apresurada.

-¡Un momento señorita Andrew! – Dijo el joven que la vigilaba, quien la había visto de pronto dirigirse a la salida mientras él se entretenía conversando con Ana. -¡Usted no puede salir! – Dijo cerrándole el paso.

-¡No es asunto suyo! – Le decía molesta por la forma en que le habían prohibido la salida.

-¿Qué sucede aquí? – Preguntó Terry al ver que Candy estaba siendo detenida para salir.

-Lo siento joven, pero tengo órdenes del duque de Grandchester de no dejar salir a la señorita Andrew. – Le dijo explicándole a Terry acerca de la misión que le habían encomendado.

-¿A dónde va señorita Andrew? – Preguntó delicadamente, como si no fuera el idiota que la había llamado mona pecas.

-Voy al parque a llevar a Alejandro con su mamá. – Dijo Candy impaciente, no aguantaba ya las ganas de ver a Dorothy.

-Ya escuchó. – Le dijo volteando ver al vigilante con mirada de desplante.

-Pero joven, su padre…

-¡Ya escuchó! – Volvió a decir en un grito. -¡Usted no es nadie para desacatar mis órdenes! – Le dijo hasta cierto punto altanero. Candy solo observaba lo fácil que cambiaba de humor, podía ser un idiota, un caballero o un prepotente, todo al mismo tiempo. El vigilante asintió abriéndole la puerta a Candy, pero siguiéndola de cerca junto a Ana. Terry se quedaba en el portón para observar a donde iba aquella chica tan ansiosa.

-¡Dorothy! – Gritó emocionada al verla más de cerca y comprobar que si era ella, con otro peinado y vestida de una manera más elegante pero era ella, su querida Dorothy.

-¡Candy! – Dijo emocionada y a la vez asustada de verla ahí. -¡Mi muñequita! – Decía con lágrimas en los ojos fundiéndose en un largo abrazo mientras ambas lloraban de la emoción. - ¿Qué haces aquí? – Preguntó con miedo en su voz.

-No te preocupes Dorothy, mi padre no está conmigo. – Le dijo volteando a ver a Alejandro, Dorothy entendió la pregunta que le habían hecho con solo una mirada y asintió en silencio aceptando que ese niño era su hermano. Candy se sorprendió pero gustosa abrazó de nuevo a Alejandro quien las miraba extrañado por la reacción que tenía su amiga y su madre.

-¿Cómo has estado muñequita? ¿Y el joven Anthony? ¿Ya tienen fecha para la boda? – Preguntó Dorothy ansiosa de saber de su hija postiza. Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas en el acto y Dorothy la abrazó conmovida. - ¿Qué sucede mi niña? - Preguntó asustada.

-Dorothy, mi padre, mi padre… - No podía hablar el llanto no se lo permitía las lágrimas que hace un momento eran de felicidad se habían convertido en lágrimas de angustia, sufrimiento y dolor.

-¿Qué pasa muñequita?

-Dorothy, mi padre me ha comprometido con otro. – Soltó de pronto llorando abrazándose a ella como buscando un refugio para su dolor.

Terry la veía a lo lejos como se abrazaba a esa señora buscando los brazos de una madre y algo se le movió en su pecho, ella no quería casarse con él y de seguro estaba sacando su dolor con aquella mujer. Se sintió sucio, se sintió un maldito por ser él el que sería su verdugo al haberla separado de su amor, él no era el culpable, pero aun así él también estaba siendo obligado a casarse con ella y eso lo hacía sentirse muy mal.

Candy y Dorothy se ponían un poco al corriente de sus vidas, habían quedado en reunirse de nuevo otro día para seguir con su plática, pero Dorothy le hacía prometer que no le diría nada a su padre acerca de ella y su hijo.

-Te lo prometo Dorothy. –Le dijo no muy convencida, pero si su padre trataba a Alejandro como la trataba a ella era mejor que no lo supiera.

Candy regresó a la mansión Grandchester y observaba que seguía ahí el hijo del duque, se acercó a él tranquilamente.

-Gracias. – Le dijo por haber intervenido para que la dejaran salir.

-No hay de qué. –Dijo indiferente. Candy se dirigió a su habitación seguida de Ana y el vigilante. Terry lo detuvo. – Tú te quedas aquí. – Le dijo serio y el joven asintió. A él no le había gustado que su padre hubiera mandado vigilarla, la tenían ahí como si fuera una delincuente, aunque pensándolo bien la tenían ahí secuestrada eso hizo que se sintiera aún peor por el trato que le daba su padre. -¿Cómo era posible que su padre estuviera de acuerdo?

Candy se dio un baño de agua tibia y se quedó dormida sin bajar a cenar. Se durmió feliz porque había visto a Dorothy y había conocido por fin a su hermano, era un buen niño exactamente como lo había deseado y eso la alegraba, viéndolo desde ese punto de vista era bueno que hubiera estado ella ahí, pero por otro lado seguía triste por su amado Anthony. Candy tuvo de pronto la idea de hacer una carta para que Dorothy se la mandara a Rosemary a Lakewood ya que le había dicho su padre que Anthony se había ido de Lakewood de seguro a buscarla pensaba ella.

-¿Dónde estarás mi príncipe? – Se preguntaba ella misma triste y recordando los últimos besos que le había dado, se durmió con esa idea con los cálidos labios de su amado sobre los suyos y sus ardientes manos recorriendo su cuerpo, el sueño le llegó profundo y con ello las caricias atrevidas que le hacía su amado en sueños. Candy sentía que iba a estallar de placer al estar soñando a su Anthony encima de ella acariciando su blanca piel, lo sentía besándola por todo su cuerpo y eso la despertó sobresaltada, aunque tenía que admitir que eso le había agradado. Se abrazó a si misma sintiendo su piel arder aún por las caricias que le había proporcionado Anthony en su sueño. A unos kilómetros de ahí un joven estaba en las mismas había tenido el mismo sueño con su amada y también se levantaba dichoso por el momento que había compartido junto a ella. Había sido solo un sueño pero se había sentido tan real que él aún conservaba la agitación de su corazón y el sudor de su piel, tocando sus labios que le quemaban por los lugares que había besado en sueños.

-Princesa cómo me haces falta. –Decía emocionado con las mejillas sonrojadas por el deseo que la pecosa le producía, recordando la última noche en la cual pudo recorrer con sus manos su hermoso cuerpo.

-Anthony, ¿Dónde estás amor? Te necesito junto a mí. – Decía Candy dándose cuenta de la manera que lo necesitaba su cuerpo, no solo lo amaba, sino que después de aquella sesión de besos y caricias, su cuerpo lo aclamaba como suyo y le exigía de nuevo ese contacto.

-Espérame princesa, por favor no me olvides. Nunca mi vida.

-Espérame mi príncipe, por favor no me olvides. Nunca mi amor.

Ambos se contestaban como si realmente se estuvieran escuchando, su amor era verdadero y puro, pero no podían evitar lo que sus jóvenes cuerpos habían experimentado aquella noche donde se enteraron que los separarían, habían actuado más allá de la razón, buscando la manera de convencerse uno al otro que se pertenecían y que nadie más podía ocupar su lugar. Despertando en ellos la pasión que exigían sus cuerpos.

Continuará…

Espero hayan disfrutado el reencuentro de Candy con Dorothy porque con Territo no lo creo, no crean que Terry es puro y blanco, ya lo conocen como es, pero como no quiero mucho drama en mis historias y no me cae muy bien este chicuelo, lo voy a mantener alejado de la pecosa lo más posible jajaja solo es porque me pidieron que lo incluyera un poco más, pero ya saben que para mis historias no ha sido muy necesario, ya después Dios dirá si lo incluyo en alguna historia. Un abrazo a la distancia para cada una de ustedes y bendiciones para su familia, cuídense mucho por favor.

Saludos!