Buen día señoras y señoritas ¿Cómo están? Les deseo de todo corazón que estén muy bien, todas y cada una de ustedes.

Los personajes de Candy no me pertenecen, sin embargo les comparto esta historia que salió de mi imaginación, no lo hago con fines de lucro simplemente lo hago por diversión. No es apta para menores de edad, dicho esto ¡COMENZAMOS!

LAZOS DE AMOR

CAPITULO XXIV

RETOMANDO POSICIONES

El ambiente se sentía tranquilo, se respiraba solo amor en esa habitación y se escuchaba el latido de dos corazones que poco a poco se quedaban en la penumbra de aquel despacho, el sol se iba ocultando dando paso a la noche y con ello llegaba al final el tiempo que habían tenido para demostrarse un poco lo mucho que se habían extrañado, los minutos se fueron rápidamente y el tiempo no les había alcanzado para ir más allá de unos besos y alguna que otra explicación de lo que había sucedido en ese tiempo.

Candy miraba a Anthony emocionada, con la respiración agitada y un intenso rubor en su rostro al imaginar que sus manos se posaran en su cuerpo viviendo la experiencia que había tenido con él en sueños.

-¿Qué te sucede hermosa? – Le decía con su voz melosa muy cerca de su rostro, sus manos no dejaban de acariciar su rostro y sus ojos seguían inspeccionando aquel rostro de muñeca que lo tenía maravillado.

-Nada. – Dijo con un hilo de voz apenas audible para su príncipe, quien se esforzaba por controlarse para no desatar el deseo que tenía en el alma ardiéndole la piel, su respiración también era agitada, sin embargo ninguno se atrevía a dar ese paso, la timidez de Candy frente a su amado y el valor que él le daba a su amada, les impedía dar ese paso que ambos tenían marcado en el alma, sus cuerpos eran jóvenes y demandaban no solo la presencia del amor con su cercanía, sino también la pasión recién descubierta por ambos y que por la distancia había incrementado sin querer hacerlo, mientras por medio de sueños sus cuerpos se abandonaban a esa pasión desconocida aún por ellos. – Te extrañé mucho. – Decía Candy cerca de sus labios, buscando un nuevo encuentro de sus bocas para demostrarse una vez más el amor que se tenían.

-No más que yo. –Le respondió Anthony con una seductora sonrisa que no pudo evitar Candy suspirar al verla, Anthony al escuchar ese suspiro volvió a atrapar sus labios lentamente acariciando su espalda con lentitud ocasionando nuevamente que Candy reaccionara con un movimiento de su cuerpo a apegar su cuerpo más a su amado. Ambos estaban sentados en aquel diván que adornaba el despacho, uno que nunca había sido utilizado por Anthony y que Candy por primera vez veía en su vida, uno que tendría tal vez más de una historia que contar a través del tiempo, uno que de ahora en adelante considerarían un lugar especial por ser el artífice de su primer beso tras su reencuentro.

Candy por instinto tomó una de las manos de Anthony y la coloco muy cerca de su seno, sorprendiéndose el rubio por el movimiento que había osado su pecosa a realizar, sin quitar su mano de ahí y dejando de besarla por un momento, abrió sus ojos buscando sus ojos verdes para encontrar una respuesta a esa acción, lo único que encontró fue una mirada perdida en la pasión, unas pupilas dilatadas que no se arrepentían de lo que había hecho, muy al contrario le suplicaban que no se retirara de ahí, tantas noches había deseado volver a sentir su mano en ese lugar que había actuado por sí sola olvidando las buenas costumbres de la época, aquellas que dictaban que no se tenía que cruzar la línea de los besos recatados y los roces de mano, aquella que en esos momentos no existía para ese par de jóvenes enamorados. Ambos tenían los labios entre abiertos respirando el aliento uno del otro que quemaba al abandonar sus cuerpos a pesar del frío que hacía en la época. Anthony al ver la seguridad de su amada de que acariciara esa parte de su cuerpo que una vez fue reprendido por haberlo hecho por la intensidad de aquel momento, hoy le daba permiso de tocarlo, poco a poco fue acomodando más su mano para sentir de lleno aquel cálido seno que se sentía verdaderamente suave aun sobre la tela. La sensación que tuvo el rubio fue como un millón de sensaciones eléctricas recorriéndole la piel de su cuerpo, obligándolo a cerrar los ojos al mismo tiempo que Candy para abandonarse a esa placentera sensación que se le extendía desde la palma de su mano y viajaba a una velocidad impresionante para situarse en la parte baja de su vientre, donde despertaba su instinto de hombre deseoso de experimentar más de aquello que le habían permitido palpar.

Candy estaba igual que él se había abandonado a esa sensación tan maravillosa que era sentir primero el roce de sus dedos sobre su seno y después sentir su mano de lleno acariciándolo lentamente hasta convertirse en un suave estrujamiento que la hizo suspirar y gemir por un momento. Los sonidos que salían de su boca eran una invitación para continuar a lo que estaban haciendo y ahora por decisión de Anthony quitó su otra mano de la espalda de su amada y cubrió con su palma el otro seno que aún era virgen a su contacto, repitiendo la misma acción intensificando el sentir de su cuerpo despertando en Candy aquella sensación de cosquilleo alojarse en su entrepierna, aquella que alguna vez había sentido en la intimidad de su cuarto cuando había recordado aquella caricia que le había proporcionado su príncipe de las rosas en aquella triste noche. Era una sensación maravillosa que por ningún momento le ocasionaba malestar muy al contrario deseaba saber qué sucedería más allá de aquel sentimiento que experimentaba.

-Pecosa me vas a volver loco. – Le dijo Anthony aún sin volver a besar los labios de su amada, seguía concentrado en la sensación que le provocaban ambos senos en las palmas de sus manos y comenzaba a sujetarlos con más confianza y un poco más de fuerza para reafirmar el contacto en su piel, ocasionando que Candy exhalara soltando todo su aire por la maravillosa experiencia que estaba viviendo. Anthony abrió los ojos al sentir su respiración abandonar sus labios observando el hermoso rostro de su pecosa sonrojado por la pasión que experimentaba en ese momento. La vio hermosa, verdaderamente hermosa, siempre lo había sido, pero ahora al verla así, tan mujer para sus ojos, lo hizo amarla aún más. Definitivamente ese reencuentro estaba resultando muy candente para los rubios, Anthony atrapó una vez más sus labios y sin quitar las manos de ese lugar siguió estimulándolos mientras con sus labios ahogaba sus gemidos y se deleitaba con la excitación que despertaba en él.

Unos leves toques en la puerta de aquel despacho los sacaron de su burbuja apasionada, abriendo ambos los ojos lentamente al saberse protegidos por el seguro de la puerta, las palabras apenas salían de sus bocas, sin embargo Anthony trató de componerse un poco.

-¿Si? – Dijo tratando de sonar normal, pero le era imposible controlar su timbre de voz.

-Señorito Anthony, la cena ya está servida y la señora Rosemary los espera en el comedor. – Dijo la señora Green amablemente del otro lado de la puerta, respetando el hecho que no le habían dado el pase, sin percatarse siquiera que estaba cerrado con seguro.

-Muchas gracias señora Green, en un momento vamos. – Contestó ya un poco más calmado, cerrando sus ojos para contenerse, escuchando en su cabeza la palabra de "señorito" una vez más, no porque él quisiera serlo, sino porque así era y mucho menos después de lo que acababa de acontecer con su pecosa. Candy lo observaba seria, curiosa y hasta un poco divertida por la manera en la que había contestado y tomó sus manos para quitarlas de ese lugar prohibido, dando un apretón a ambas asegurando bien su agarre para demostrarle que no se arrepentía de haberlo hecho, Anthony asintió con una sonrisa tierna, agradeciéndole con su mirada haberle permitido tocar de esa forma su cuerpo.

-¡Te amo! – Le dijo más enamorado que nunca.

-Y yo te amo a ti. – Le dijo mirándolo a los ojos y besando sus labios una vez más, ambos se levantaron de ese diván y se tomaron de las manos para dirigirse a la salida, al llegar a la puerta Anthony se giró de pronto a ella tomándola por la cintura y aferrándola a su cuerpo la colocó en la pared como aquella noche lo había hecho en el pilar de la mansión de Lakewood, a pesar de saber que su madre los estaba esperando, no podía evitar recordar las caricias de aquella noche, las cuales estaba ansioso de volver a llevar a cabo aunque fuera solo unos segundos, la beso tan apasionadamente que el calor de sus cuerpos retomaba fuerza y nuevamente las rodillas de su pecosa se debilitaban por los labios de su amado que se posaban en su blanco y suave cuello, era un beso que no podía dejar de faltar en ese leve encuentro íntimo que habían tenido, no había sido suficiente, sin embargo ambos sabían que debían de parar por el momento. Sin muchas ganas de ninguno de los dos, fueron alejando sus cuerpos y Anthony no tuvo más opción que abrir la puerta para dirigirse al comedor, lo hizo con sumo cuidado para que nadie advirtiera que había estado la puerta asegurada, cuando el seguro botó de la puerta miró por última vez a Candy a los ojos y con esa simple mirada le dijo un "te amo" tan profundo y sincero que Candy sintió que no solo había sido acariciado su cuerpo, sino que con esa mirada le había acariciado hasta el alma. Ella correspondió a su mirada y avanzaron rumbo al comedor tomados de la mano.

Rosemary ya estaba un poco impaciente de que sus hijos no llegaran a la mesa, iba a decir a la señora Alondra que volviera a llamarlos, no quería interrumpir, sabía que para esos dos era necesario estar un rato a solas, pero también sabía que no tanto tiempo, ella también alguna vez experimentó la pasión en los brazos de su difunto esposo y aunque esos sentimientos ya estaban extintos de su piel, sabía bien que su hijo era un hombre joven con deseos y que pronto Candy los tendría también, sobre todo con tantos meses de separación.

Candy y Anthony atravesaban la puerta que los llevaba al comedor, ambos aún con sus rostros teñidos de un carmín por los besos y la pasión demostrada. Rosemary los observó con curiosidad descubriendo en ambos el color del rubor, no dijo nada fue discreta en su mirar, solo inspeccionó las ropas de ambos chicos, encontrando todo en su lugar, el uniforme de su hijo lucía intacto, lo mismo que el uniforme de Candy, el cual era bastante difícil de quitar por todos los botones que tenía al frente, así que no había sucedido nada que pudiera lamentarse, ambos estaban poniéndose al tanto de su vida aunque se imaginaba el porqué de su sonrojo.

-Disculpa madre, nos tardamos porque aún hay mucho de qué hablar entre nosotros. – Le dijo siendo sincero ya que no habían tenido tiempo de hablar mucho en lo que habían estado dentro del despacho.

-Lo siento tía. – Dijo Candy un poco más tímida bajando su mirada al encontrarse con la de su tía, ese simple movimiento delató a Candy en su acción y Rosemary lo comprendió, dedicándole una sonrisa comprensiva a su sobrina.

-No se preocupen niños. – Les dijo como siempre les había llamado. – Es normal que tengan que platicar, han sido muchos meses separados, sin embargo les recuerdo que Candy tenía un horario, y que tal vez la estén esperando en el hospital. – Dijo Rosemary sin querer arruinarles el reencuentro.

-¡Tiene razón tía! – Dijo Candy asustada. - ¡Mary Jane estará muy preocupada!

-¿Mary Jane? – Preguntó confuso Anthony, porque no sabía que Mary Jane había sido el ángel guardián de su amada.

-Sí. – Dijo Candy. – Ella fue la única que me ayudó cuando llegué a Chicago. Candy les relató a ambos lo que sucedió cuando llegó a Chicago, desde que se bajó del tren hasta que encontró en el hospital a la vieja enfermera, contándoles la historia que le había contado de su madre y su padre. Rosemary confirmaba un poco la historia ya que solo conocía una parte, aquella que le había contado Dorothy tiempo después de que había comenzado a trabajar en la mansión de Lakewood.

-Tendré que hablarle por teléfono. – Dijo Anthony seguro, volteando a ver a su madre quien asintió y después a Candy que no comprendía aún las intenciones de Anthony. – Preciosa, tú ya no vivirás en el hospital. – Le dijo con una sonrisa, mientras Candy se sorprendía.

-No quiero vivir con mi padre, ni tampoco quiero dejar mis estudios. – Dijo segura de sí misma, demostrando a ambos que ya no era la chiquilla indecisa y temerosa de antes, ahora sabía tomar decisiones y tenía seguridad en sus movimientos. Anthony ya lo había experimentado minutos atrás.

-Claro que no hermosa, si quieres seguir estudiando yo estoy completamente de acuerdo, pero si me gustaría que vivieras aquí, con mi madre y conmigo. – Le dijo acariciando su mano, al ver que Candy lo miraba ilusionada, mientras tocaba el anillo de compromiso que le había regalado hacía tiempo, recordando aquella promesa que le había hecho en la puerta de su habitación.

-Gracias amor. – Le dijo tierna, agradeciendo las palabras que le decía su amado. – También me gustaría vivir aquí con ustedes. – Le respondió viéndolo a los ojos y después volteando a ver a su tía para sonreírle.

Rosemary pensaba que no sería problema que viviera ahí, el problema sería que ese par se detuviera un poco en sus demostraciones de amor, porque si viviendo en diferentes mansiones era difícil no quería imaginar lo que sería viviendo en el mismo lugar.

-Hablaré con el tío William. – Dijo Anthony sintiendo la mano de Candy tensarse por solo el hecho de mencionarlo. – No te preocupes mi amor, esta vez no permitiré que me separen de ti. – Dijo seguro, ya era un hombre y lo era legalmente, no solo por el hecho de sentirse uno, sino por la edad que tenía así lo reafirmaba.

-No te preocupes Candy, Albert ha cambiado mucho. – Dijo Rosemary sin ahondar mucho en el tema, sin embargo Candy no confiaba en ello.

La cena continuó de lo más normal, y Candy relataba la historia que ya había contado a su tía, quedándose sorprendida de que todo lo que decía ella ya se lo había dicho, pensando que entonces no habían hablado absolutamente nada ese par en el despacho, suspirando al imaginar que sería más difícil de lo que ella pensaba mantenerlos tranquilitos y con las manos quietas.

Albert estaba en la mansión Andrew ajeno a lo que sucedía en la mansión de los Brower, ellos habían decidido avisar a su tío otro día de la aparición de Candy, de todas formas ya se había hecho tarde ese día. Solo habían avisado a Mary Jane que Candy se quedaría en la mansión Brower, sorprendiendo a la enfermera que la dirección a la que había enviado a Candy era la dirección del hombre por el cual ella había suspirado todos esos meses.


-¿En qué piensas William? – Preguntó la tía abuela que entraba a la oficina de Albert al notar que estaba muy serio y en penumbras. Encendió una pequeña lámpara que estaba colocada en el amplio escritorio.

-En Candy. – Dijo seriamente. –En lo injusto que he sido todos estos años.

-Eso es verdad, siempre la has tratado muy mal y la verdad nunca he entendido bien por qué. – Dijo la vieja mujer colocándose frente a él para escuchar su defensa.

-Ni yo mismo lo sé. – Contestó simplemente. – Al principio no quería conocerla porque me sentía culpable por haber condenado su vida al decidir en primer lugar la de mi esposa. – Elroy lo escuchaba atenta, nunca le había hablado de aquella noche. – Me dieron a elegir y elegí la vida de Candace, yo la amaba como no he amado a nadie nunca más tía abuela. – Le dijo como buscando justificación para su acción. – Pensaba que si ella se salvaba, podríamos tener más hijos aunque me dolía en el alma perder a mi primogénito. El médico se retiró para tratar de salvarla y a las pocas horas salió dándome la noticia de que mi esposa había fallecido. En ese momento mi mundo se destruyó por completo, yo que tanto había rezado por su salud, de pronto me daba cuenta que nadie me había escuchado, creía que había perdido a ambos y me sentí más solo que nunca, lo que más me importaba ya no estaba. Cuando me informaron que mi hija había nacido, sentí una especie de alivio, culpa y a la vez coraje, alivio porque había sobrevivido, culpa porque había sentenciado su vida y coraje porque pensé que por su causa ella había fallecido. – Decía con el rostro lleno de lágrimas que brotaban de sus ojos como escapando por fin de aquella cárcel que Albert había creado para mantenerlas cautivas todos estos años, impidiéndole sanar aquellas heridas que había obtenido la fatídica noche de la muerte de su esposa, la cual era la misma que la del cumpleaños de su hija.

-Sabes que eso no fue así. – Le dijo Elroy tratando de sanar sus heridas, le dolía verlo así tan vulnerable, aunque prefería verlo así a aquel joven duro y reacio que lastimaba a todos con sus acciones y comentarios.

-Ahora lo sé, pero en aquel momento no, yo culpaba a Candy de que su madre no había sobrevivido por el embarazo, y cada año al festejar su cumpleaños yo solo podía pensar que era el aniversario de la muerte de mi esposa, del amor de mi vida. – Decía triste. – Sé que Candy no es culpable tía abuela, y siempre me lo gritaba una voz en mi conciencia, pero estaba tan dolido, que me fue más fácil refugiarme en mi dolor y mi amargura, mientras todos festejaban su cumpleaños yo lloraba el aniversario luctuoso de mi Candace. – Decía serio abandonándose a sus recuerdos. – Después con el paso de los años Candy se parecía cada vez más a su madre y la veía a ella en cada gesto en cada movimiento, lo único que las diferenciaba era en el carácter, mi Candace era más valiente, más decidida.

-Candy te teme, por eso se comportaba así contigo, pero es la chica más valiente y decidida que he conocido, es la única de los cuatro junto con Anthony que se ha atrevido a enfrentarme y desafiar mis buenas costumbres, sin embargo siempre noté que contigo se reprimía mucho.

-Lo sé, ahora que la separé de Anthony, Candy sacó todo el carácter de Candace, y era como volverla a ver a ella en vida, se rebelaba ante mí con una fuerza y una convicción que me hacía dudar de si no tenía a mi esposa delante de mí reprochándome el trato que le daba a nuestra hija. Por eso decidí investigar, por Candace, por nuestra hija, ella me hizo ver más de una vez que lo que hacía estaba mal, pero por permanecer borracho borraba los sueños que tenía con ella para no seguir sufriendo según yo, más lo que debí de haber hecho era escuchar la voz de mi amada y permitirme conocer a nuestra hija.

Siguieron hablando mucho tiempo y cada palabra que Albert pronunciaba sanaba un poco más su dolor y lo acercaba a la resignación por haber perdido al amor de su vida. Sin embargo Elroy tenía otro punto que tratar con él, y no solo era un punto.

-¿Y Dorothy? – Preguntó por fin, una vez que se sintió satisfecha con las palabras de su sobrino.

-Dorothy fue un ángel en mi vida, tía, ella llegó a mí cuando estaba completamente en ruinas, sin embargo ella me amó así, sin importar que yo era solo un despojo de hombre cegado por el dolor.

-¿La amas? – Preguntó tranquilamente esperando su respuesta.

-La quiero, tía Elroy. La quiero mucho y estoy agradecido con ella por todo el amor que le brindó a mi hija todos estos años, ella y Rosemary fueron lo más cercano a una madre que tuvo mi hija.

-¿Entonces no la amas? – Volvió a preguntar ante la mirada de confusión de Albert. – Lo pregunto porque sé que ella sí te ama, lo noto en su mirada, en su forma de hablarte, en el trato que te da y a pesar de estar dolida contigo ella no ha sabido olvidarte.

-Llegué a enamorarme de ella durante los años que convivimos como hombre y mujer. – Le dijo para no ofender la susceptibilidad de su tía, comprendiendo Elroy a lo que se refería. – Lamentablemente no me di cuenta de ello hasta que se fue de mi lado. Entonces volví a sufrir por amor, y volví a pensar que no estaba hecho para volver a amar a nadie, volví a caer en los mismos vicios y volvía culpar a Candy por mis desgracias, pensaba que si Candance no se hubiera embarazado, no hubiera muerto y si los médicos no hubieran salvado a Candy, no hubiera muerto, así yo no hubiera tenido que conocer a otra mujer y perderla de nueva cuenta.

-Eso es algo tonto. – Le dijo Elroy ante las palabras que escuchaba de Albert. Albert sonrió con ironía.

-Tía abuela, Dorothy supo ganarse un lugar muy importante en mi corazón, y tengo que reconocer que fue todo a lo largo de los años, llegue a enamorarme de ella, llegue a disfrutar con ella, lo que no había disfrutado desde la muerte de mi esposa, tan es así que después de ella no volví a tener contacto con ninguna mujer, solo quería estar con ella. Hasta que desapareció.

-¿Tienes a alguien más? – Decía con angustia ella no quería que Alejandro creciera lejos de la familia Andrew, ya era suficiente con que llevara el apellido de los Simmons y no el que le correspondía.

-He tenido muchas mujeres en mi vida. – Dijo sin pena, pero con una sonrisa vacía. – Pero nunca he encontrado lo que tuve con Candace. Lo más cercano a ese sentimiento es el amor que me ha brindado Dorothy. No sé si realmente me sigue amando, no sé si realmente la llegaré a amar, lo único que sé es que no quiero seguir buscando fuera lo que encontré dentro de mi hogar. Dorothy fue la única que me amó verdaderamente después de mi esposa y además tiene un hijo mío, un hombrecito que tiene que aprender a ser un verdadero hombre y al cual me gustaría formar de una manera diferente a lo que fui yo. Me gustaría que fuera más como Anthony, valiente, justo, pero sobre todo amoroso con quien lo rodea. Sí Dorothy me acepta, me dedicaré a enamorarla y enamorarme nuevamente de ella y formaremos una familia estable y tranquila como la que siempre desee. – Dijo con una sonrisa llena de esperanza, mientras su tía abuela lo miraba de una forma diferente, lo miraba orgullosa una forma de mirar que tenía años de no percibir en ella.

-Estoy contigo hijo. – Le dijo convencida. Albert le agradeció con un fuerte abrazo uno que terminaba de cerrar las heridas que tenía el rubio en su corazón, y una Candace sonriente y feliz aparecía en su mente dedicándole una sonrisa sincera y llena de paz en su rostro.

-"Siempre te voy a amar, mi amor". – Pensaba Albert dedicándole esas palabras a su esposa. – "Siempre es muy poco tiempo". – Recordaba la respuesta que siempre le daba Candace cuando le decía estas palabras.

Albert se retiraba a su habitación acompañando a su tía a la propia, deteniéndose en el trayecto a la propia en el cuarto de Dorothy, escuchando ruidos en ella. Se animó a tocar la puerta y una tímida Dorothy apareció ante él con el cabello suelto y el camisón de franela que cubría su cuerpo del frío nocturno. Ninguno dijo nada, él simplemente entro a la habitación de ella y ella le permitió el paso en silencio, llevaban días conviviendo nuevamente y esa noche ninguno de los dos pudo aguantar más la espera, lentamente cerraron la puerta de la habitación procurando no emitir algún sonido que los delatara, más porque la habitación de Alejandro estaba enseguida de la de su madre y no le gustaría que los escuchara. La puerta se cerró por completo y la pasión contenida por esos años se desató por completo dentro de ella.

A la mañana siguiente un nuevo y renovado Albert bajaba rumbo al comedor de la mansión donde lo esperaban su tía abuela, Dorothy y Alejandro, cada uno ocupando su lugar. Albert llegó con una sonrisa y su cuerpo relajado, feliz como hacía tanto tiempo no se permitía hacerlo, se acercó a su tía abuela y la besó en la frente, después besó la cabeza de Alejandro y tomando de la mano a Dorothy la llevó al otro extremo del comedor aquel que quedaba frente a él, el lugar que le correspondía a la dueña de la casa. Dorothy se sorprendió por esa acción poniéndose de todos colores ante la mirada de sorpresa de Elroy y la de confusión de Alejandro quien no entendía todavía eso de los lugares en las mesas. Antes de sentarla le dio un casto beso en los labios ante el asombro de los presentes.

-De ahora en adelante este será tu lugar. – Le dijo retirando la silla del comedor para que ella se acomodara. – Hijo. – Dijo hablándole a Alejandro. – Este es el lugar que te corresponde a ti, le dijo señalando el lugar que estaba enseguida de su padre. El niño simplemente levantó sus hombros y se dirigió al lugar que le decía aquel que ahora resultaba ser su padre.

-¿Y Candy? – Preguntó el niño. Albert se sorprendió por lo dicho sin embargo respondió de buena manera.

-Candy tiene su lugar frente al tuyo. – Le dijo observando el pequeño que ese lugar estaba vacío. La vieja Elroy seguía en su lugar habitual que era enseguida de Alejandro. El niño no comprendía porque era así, solo hacía caso a lo que le decía su padre.

En eso tocaron a la puerta del timbre, mientras Alfred daba una reverencia al solicitar el permiso para ir a abrirla.

-¿Quién será tan temprano? – Preguntó Elroy quien no estaba contenta con que interrumpieran su desayuno tan temprano.

-Señorito Anthony, Señora Rosemary. – Bienvenidos. – Decía Alfred con respeto al ver a la familia que llegaba en ese momento, dedicándole una sonrisa a la señorita Candy que estaba de la mano de Anthony. - ¡Señorita Candy! – Dijo el hombre emocionado al ver a la muchacha que estaban buscando como locos por todo Chicago.

Albert y los presentes en el comedor escucharon el llamado de asombro que había emitido Alfred y de inmediato salieron al salón para ver si era verdad lo que habían escuchado. Alejandro fue el primero en llegar a ese lugar.

-¡Candy! – Gritó emocionado al verla ahí en su nuevo hogar, la había extrañado mucho y tenía ganas de volver a verla más ahora que le habían confesado que ella era su hermana mayor.

-¡Alejandro! – Dijo Candy feliz recibiéndolo en sus brazos al hincarse para poder estar a su altura. -¡Cómo has crecido! – Le decía haciendo una seña exagerando su tamaño.

-¡Ya soy todo un hombre! – Dijo ante la risa de los demás. - ¿Sabías que somos hermanos? – Le soltó de pronto mientras Candy con una sonrisa le asentía que ya estaba enterada de ello. –Ahora si cuando nos digan que estamos igualitos podemos decir que ¡Somos hermanos! – Decía feliz el niño abrazando a Candy quien se negaba a soltarlo, no por no querer dejarlo ir, sino porque se resistía a abrazar a su padre quien esperaba detrás de Alejandro con lágrimas en los ojos viéndola feliz de tenerla de regreso.

-Padre. – Dijo por fin, incómoda y orgullosa ante la presencia de aquel hombre que le había marcado su destino de una manera cruel.

-Candy. – Dijo apenas en un susurro Albert. Candy lo recibió sorprendida cuando él se abalanzó a su cuerpo abrazándola desesperado. Candy nunca pensó que lo que le habían dicho fuera cierto, ella no quería ir a la mansión de los Andrew a ver a su padre, sin embargo confiaba en Anthony quien la había convencido de ir para avisarles que ya estaba de regreso en sus vidas. Nadie había reparado que tanto Candy como Anthony portaban los uniformes médicos que les correspondían a un estudiante de medicina y una estudiante de enfermería. – Hija perdóname. – Fue lo que atinó a decir el pobre hombre besando el rostro repetidamente de su hija. Candy sintió un calor en su pecho y por instinto sus brazos se aferraron a la espalda de su padre, sintiendo ese contacto tan agradable que siempre había deseado al sentirse protegida en los brazos de un padre, lloró junto con él demostrando que no tenía odio en su corazón y que el resentimiento que guardaba en el alma era un sentimiento que podía esfumarse tan pronto hablaran y aprendieran a conocerse ahora sí realmente. Una vez terminado el abrazo, la vieja Elroy se abalanzó sobre ella también esperando un abrazo de su única nieta.

-Candy. – Le dijo emocionada. -¿Dónde te habías metido muchacha? – Dijo reparando en el uniforme que portaba una vez que la alejaba de ella para verla bien. -¿Qué estás usando? – Preguntó sorprendida.

-Estoy estudiando enfermería. – Dijo tranquilamente, ante el casi soponcio que le daba a su tía mientras los demás se sorprendían y la felicitaban por su decisión. Dorothy aprovechaba el drama de la señora Elroy para aprovechar y abrazar a Candy feliz de verla, besando su frente en señal de alivio.

-¿Cómo? – Preguntó hasta cierto punto horrorizada, la tía abuela no cambiaba y menos si era para que una de las mujeres más importantes del clan estuviera estudiando una profesión.

-Así es tía abuela, Candy y yo iremos al hospital y cada uno terminaremos las carreras que hemos elegido.

-¡Qué barbaridad William di algo! – Decía exagerando la tía abuela. – Candy posó los ojos en su padre esperando una respuesta y aferrando su mano a la de Anthony quien le daba fuerzas de seguir adelante.

-Si esa es tu decisión hija, yo la respeto. – Le dijo tranquilamente y Candy le agradecía con la mirada. Mientras Elroy era llevada a que se sentara y tomara aire y Alejandro la veía haciendo sus movimientos exagerados.

-Bien tío, por lo pronto nosotros nos retiramos. – Dijo Anthony quien volvió a tomar a Candy por la cintura como reafirmando que estaban juntos, Albert le sonrió y afirmo con un movimiento de cabeza, dando a entender que estaba de acuerdo con ello. Anthony le regresó la sonrisa. - ¿Vamos hermosa? – Le preguntó dulcemente.

-Vamos amor. – Le dijo con una sonrisa y una mirada llena de amor que no pasó desadvertida para ninguno de los presentes. – Mas tarde vuelvo padre. – Le dijo únicamente y Albert asintió con una sonrisa, viendo como su hija y su yerno se alejaban caminando tomados de la mano, caminando felices de estar nuevamente juntos.

Continuará…

Avanzamos ¿Quieren otro o se esperan para otro día? jajajaja espero contesten luego, sino me ocupo y ya no actualizo jajaja

Espero que estén muy bien todas, cuidándose y protegiéndose mucho. Dios las bendiga a todas y cada una de ustedes junto con su familia.