Hola hermosas! aquí les dejo este nuevo capítulo para que se entretengan un poquito este día, espero lo disfruten, ya saben la historia es no apta para menores de edad. ¡COMENZAMOS!
LAZOS DE AMOR
DISFRUTANDO TÚ PRESENCIA
CAPITULO XXV
Era el comienzo de un nuevo día, el canto de los pájaros amenizaba aquella mañana que para un par de jóvenes vestidos de blanco era la mañana más maravillosa que habían visto, después de tantos meses de separación, era muy temprano y salían de la mansión de los Andrew rumbo al hospital, a pesar de haberse encontrado apenas hacía un horas ninguno de los dos pensaba dejar de lado sus responsabilidades y una de ellas era el seguir estudiando en el hospital. Caminaban de la mano muy bien agarraditos como si tuvieran miedo de volver a separarse, las miradas cómplices iban y veían, así como las sonrisas coquetas y uno que otro sonrojo por parte de ella al recordar el día anterior. Candy lo miraba ahora de una manera diferente, con una mirada coqueta que le fascinaba al joven Brower.
-Amor, ¿Qué opinas del cambio de mi padre? – Se animó a preguntar ya que se sentía algo extraña con el trato que había recibido de su padre, uno que nunca había recibido en todos sus años de vida, por lo menos no uno que ella recordara.
-Tu padre ha cambiado mucho estos últimos meses. – Dijo haciendo una pausa para poder continuar, recordando todas las veces que lo había visto desde su encuentro en la mansión de los Grandchester. – Desde que llegó a la mansión de los Grandchester y se defendió por fin delante del Duque, ya era otro hombre, uno más justo, valiente, pero sobre todo un padre preocupado por su hija. – Candy lo escuchaba incrédula, si lo había visto diferente en su trato, pero de ahí a que se preocupara por ella, la verdad lo dudaba.
-Si lo noté diferente, pero la verdad me cuesta creerlo. – Le dijo a su amado con naturalidad de expresar sus sentimientos, con seguridad, no con miedo como antes se lo expresaba. Ahora hablaba más segura de sí misma. Anthony la observaba maravillado, le gustaba su forma de ser, pero esta nueva Candy lo llenaba aún más plenamente. - ¿Qué sucede? – Le preguntó sorprendida por la forma en que la veía, su mirada era diferente, no solo con ternura y amor, sino con cierta admiración que le hacía ver un brillo muy especial en su mirada. Anthony le sonrió y de pronto se detuvo en medio del parque que estaba a pocas cuadras del hospital. Candy se sorprendió gratamente cuando la agarró fuertemente por la cintura y la apegó a su cuerpo.
-Estás mucho más bella que antes. – Le dijo en un susurro muy cerca de sus labios. Ella le sonrió coqueta.
-¿Y te gusta? – Le contestó con una sonrisa que se ampliaba conforme lo veía recorrer su rostro.
-Me fascina. – Le dijo atrapando sus labios en un tierno y húmedo beso. No les importó nada ni nadie en ese momento, se abandonaron a ese beso que necesitaban ambos. Desde que despertaron lo habían anhelado, pero no esperaban con que Rosemary quería llevar a Candy en presencia de Albert para avisarle que ya la habían encontrado, no pudieron saludarse como ellos lo deseaban. El canto de los pájaros acompañaba ese beso como una dulce melodía que los inspiraba a continuar con él. – Me fascinas. – Le dijo en una pausa para continuar con el escrutinio de sus labios. El calor comenzó a aumentar en los cuerpos de ambos y decidieron detenerse ante aquel aviso de la naturaleza, que les advertía que no era ni el lugar, ni el momento de continuar con esas demostraciones de amor, además la hora les impedía seguir disfrutando de sus besos.
Sin necesidad de hablar o decir algo ambos se tomaron de la mano y siguieron su camino rumbo al hospital, Candy se acurrucó en su pecho y Anthony la abrazo por los hombros, protegiéndola, demostrándole que en sus brazos estaba segura. Candy se dejaba querer y se abandonaba a esa calidez que le proporcionaba su cuerpo, sintiendo una inmensa felicidad al escuchar el latido de su corazón que estaba igual de alborotado que el de ella.
-Tu corazón late muy rápido. – Le dijo divertida. Anthony sonrió por el comentario hecho por su rubia.
-Es porque así me lo has dejado. – Le dijo coqueto. Candy se sonrojó porque sabía a lo que se refería, ella estaba igual que tú. - ¿Y tu corazón Candy? ¿Cómo está latiendo? – Preguntó nuevamente mirándola a los ojos fijamente, habían llegado a la puerta de la escuela de enfermería y Anthony esperaba una respuesta. Candy en respuesta tomó la mano de su príncipe y la colocó en su pecho a la altura de su corazón, sintiendo Anthony el latido de su corazón que estaba igual de acelerado que el de él.
-Mi corazón está gritando tu nombre en cada latido. – Le dijo ella enamorada, Anthony sonrió maravillado por las palabras de la rubia.
-El mío está igual amor mío. – Le respondió besando nuevamente sus labios, esta vez con un beso casto y tierno, acariciando su rostro con ternura, para después colocar otro beso más en su frente. – ¿Te veo a la hora de la comida? – Preguntó en un susurro, le gustaba hablarle así muy cerca de sus labios. Candy asintió.
-Te esperaré. – Le dijo con una sonrisa, dando un beso en la punta de su nariz y se dirigió dentro de las instalaciones de la escuela. Anthony se quedó un rato viendo como ella desaparecía detrás de la puerta y aparecía en la ventana para darle un último adiós y le lanzaba un beso enamorada. Anthony sonrió simulando atrapar el beso y guardarlo en su corazón.
El rubio se dirigió a paso veloz hasta las instalaciones de la facultad de medicina, estaban al otro extremo y tenía que pasar antes por el hospital, antes de abandonar la entrada de la escuela de medicina, escucho el grito de varias muchachas que estaban dentro de las instalaciones, se imaginaba que su amada tendría una larga lista de preguntas, sabía bien que alguien los había visto.
Mary Jane terminaba de arreglar unos papeles cuando vio el alboroto que se armaba en la entrada del salón principal.
-¿Qué sucede señoritas? – Preguntó seria, todas las chicas se quedaron calladas volteando a ver a Candy, mientras una de ellas contestaba sin haberse inmutado por la pregunta de su superior.
-Nada señorita Mary Jane, que aquí las compañeras no dejan avanzar a Candy. – Dijo Flammy con su típico mal carácter y muy molesta porque con el alboroto no la dejaban avanzar al salón de clases.
-¿Sucede algo Candy? – Pregunto con su mirada intimidatoria ante la sonrisa un tanto burlona de Flammy quien le gustaba que Candy fuera reprendida, le molestaba bastante su forma de ser.
-No sucede nada señorita Mary Jane. – Dijo Candy tímida ante la pregunta que se le hacía. Las demás compañeras estaban algo molestas con Flammy porque les había detenido el chisme que habían visto hacía unos minutos, habían visto a la rubia despidiéndose muy amorosamente de un guapo estudiante de medicina, era el chico más guapo que habían visto y más de una había suspirado por él cuando lo veían a lo lejos. Como algunas tenían más tiempo en la escuela habían observado alguna vez a Anthony junto a los médicos y una que otra se daba sus mañas para tratar de encontrarlo por ahí.
-¡Candy, me tienes que contar! – Le decía Jane con voz muy bajita para que nadie la escuchara. Candy le sonrió y le cerro un ojo como diciendo que más tarde le contaría. Las demás chicas estaban al pendiente de ellas porque sabían que hablarían sobre ello.
Al término de las primeras horas y su primer receso Candy fue interceptada por Jane quien la tomó del brazo para preguntarle acerca de lo que había visto.
-Candy ¿Quién es ese chico?
-¿Qué chico? – preguntó Candy un poco confundida buscando a algún chico que estuviera cerca de ahí.
-¿Cómo que qué chico, Candy? El muchacho tan guapo que te besó en la mañana afuera de la escuela. – Le dijo muy emocionada. El rostro de Candy cambio de serio a uno de mujer enamorada, un sonrojo abordó su rostro y una sonrisa bobalicona aparecía en ella recordando el dulce beso que había recibido de su amado.
-Él es Anthony. – Le dijo a Jane, feliz de poder decirle que ya había encontrado a su novio.
-¿Tu novio? – Pregunto la chica emocionada, mientras las demás escuchaban detrás de ellas incrédulas a lo que la rubia decía.
-¡Su novio! – Decían entre barullo y sorpresa de las otras enfermeras, mientras Flammy las escuchaba como fastidiada del tema.
Candy se sintió incómoda ante tanto alboroto que se había armado por la despedida que tuvo con su amado príncipe. Mary Jane tuvo que volver a interrumpir el tumulto de enfermeras que se arremolinaban alrededor de Candy para saber sobre su novio.
-Candy, quiero hablar contigo. – Dijo Mary Jane con su semblante serio como siempre.
-En seguida señorita Mary Jane. – Dijo Candy muy seria ante el semblante de su protectora. Una vez en la oficina de la enfermera, Candy se sentó insegura. – Usted dirá. – Dijo nerviosa.
-Candy, anoche me quedé confundida con lo que sucedió, yo esperaba que volvieras por la noche y en la mañana volvieras a la mansión del médico.
-Pensé que con la llamada que había recibido de mi tía había quedado claro. – Dijo con pena.
-Eso es lo que no tengo claro, Candy. ¿Tu tía? – Pregunto agarrando sus lentes como queriendo enfocar el rostro de Candy.
-Lo que sucede es que la mansión a la que usted me envió es la casa de mi tía Rosemary, hermana de mi padre. – Dijo con la mirada puesta en sus manos. – Y el médico que habló con usted es el joven Anthony Brower, mi prometido. – Dijo ante el asombro de Mary Jane.
-Ya veo. – A pesar del asombro que le habían causado las palabras de Candy, contestó con su ya habitual calma. – De todas formas el acuerdo que yo había hecho con el Doctor Brower, era que tú estarías un mes acompañando a su madre. – Dijo Mary Jane llamándole la atención del porqué estaba ahí.
-¡Lo sé! – Contestó Candy apresurada. – Lo que sucede es que yo quería decírselo a usted personalmente.
-Entiendo. – Dijo Mary Jane con una sonrisa de lado, nunca expresaba sus sentimientos y cuando sonreía de esa manera era la única forma en la que se le veía sonreír lo cual era muy rara vez. - ¿Entonces te quedarás en la mansión de tu tía para cuidar de ella? – Preguntó para estar segura de lo que decía la joven enfermera.
-Si no hay algún inconveniente. – Dijo tímida.
-Ninguno Candy, las jóvenes que se quedan en el hospital son las que vienen de lejos, que como ya sabes son la mayoría de ellas, las que son de Chicago, ellas deciden si se quedan o se regresan a sus casas, por ello cada una tiene una cama o una habitación compartida. Así que si tú decides quedarte en casa de tu tía por mí está bien, pero al término de ese mes tendrás que regresar a clases, para el siguiente curso. Si todavía estás interesada. – Le dijo dudando de que le permitieran continuar con sus estudios de enfermera.
-¡Claro que sí! – Dijo Candy sorprendida, no pensó que ella dudaría de su vocación. – Yo regresaré para el siguiente curso señorita Mary Jane y cada semana le enviaré mi reporte de los avances de la señora Brower. – Dijo tratando de sonar más profesional. – Mary Jane asintió y le permitió salir de la oficina.
-Muy bien. – Dijo orgullosa de las palabras de la joven enfermera. – Entonces aquí te seguirá esperando tu habitación. – Le dijo amable, con su rostro sereno pero duro. Candy era la única que tenía habitación para ella sola, aunque era más pequeña que las demás ella tenía privacidad en su cuarto, era la que Mary Jane le había elegido para ella al tener la ventaja de ser la directora de aquella escuela.
Candy salió de la oficina más tranquila, ella no dejaría sus estudios de enfermera por nadie, era algo que había descubierto le gustaba bastante, le gustaba sentirse útil y sobre todo ayudar a los demás, le gustara o no a su tía abuela, que era la que había puesto el grito en cielo. De pronto alguien la sacó de sus pensamientos.
-¡Candy! – Le dijo Jane cuando la vio salir de la oficina de la directora.
-¡Jane! ¿Qué sucede? – Le preguntó sorprendida por el gesto que traía en su rostro.
-¡Te buscan! – Dijo emocionada.
-¿A mí? – preguntó Candy quien por estar hablando con la directora no había visto la hora que era.
-¡Sí, Candy! ¡Es tú novio! ¡El chico guapo que te vino a dejar en la mañana! – Decía emocionada. Candy cambio su rostro de asombro por uno de alegría, buscando con su mirada ansiosa la figura de su amado, de pronto encontró ese para de ojos azules que la veían enamorado a la distancia, la había localizado inmediatamente, las chicas le habían dicho que estaba en la oficina de la directora y decidió esperarla a que se desocupara, siendo rodeado de pronto por varias chicas, quienes le preguntaban si en verdad era el novio de la rubia pecosa.
-¿Es verdad que Candy es su novia, doctor? – Preguntó una chica de baja estatura y con problemas de peso. Anthony puso su mirada en ella y la regresó sobre la figura de su amada que se acercaba hacía el con paso seguro y firme, la veía hermosa, radiante, su sonrisa apareció y contesto sin ver nuevamente a aquella enfermera curiosa.
-Ella es mi prometida. – Dijo orgulloso de poder llamarla así libremente a oídos de los demás, sin esperar un anuncio oficial o una fiesta que corroborara sus palabras, ella era su prometida, siempre lo había sido y ahora más que nunca lo gritarían a los cuatro vientos. Todas las chicas se sorprendieron con lo dicho por el médico, ¿Entonces no solo es su novia?, ¿Es su prometida?, Algunas tienen demasiada suerte. Eran los comentarios que hacían las chicas a espaldas del rubio quien se molestaba con los comentarios chismosos de las compañeras de su amada.
-Hola preciosa. – Le dijo besando su frente al tenerla frente a él, quería que aquellas chicas que hablaban mal de su prometida vieran que era verdad, que ellos se amaban y que no era cuestión de suerte sus sentimientos.
-Hola amor. – Contestó tímida Candy por el beso recibido ante todas las enfermeras, no se esperaba esa reacción por parte de su príncipe, pero para ella era maravilloso verlo expresar su amor por ella libremente, al fin podrían estar juntos, sin que nadie se los impidiera. – Perdona, no me di cuenta de la hora.
-Sabes que yo te esperaría una eternidad. – Le dijo con un beso rápido en sus labios. – Pero tengo que cumplir un horario. – Le dijo con una sonrisa resignada. - ¿Vamos? – Le dijo ofreciendo su brazo para que ella lo tomara y se dirigieron así a la cafetería que le correspondía a las enfermeras, no tenían tiempo de ir a la cafetería de la facultad de medicina, así que optaron por comer ahí junto a las enfermeras chismosas que no dejaban de verlos.
-Vamos. –Le dijo con una dulce sonrisa, una sonrisa de aquellas que le iluminaba el día tan solo de verla, caminaban muy juntos y así se acomodaron en una de las mesas más alejadas de lugar, lejos de los murmullos y los comentarios mal intencionados.
-Veo que tus compañeras son muy comunicativas. – Dijo Anthony al observar el ambiente en el que se había estado moviendo Candy.
-La verdad es que no tengo buena relación con la mayoría, solo Jane es la única en la que he podido confiar y en Mary Jane. – Le dijo ante la sorpresa de Anthony.
-Tengo que agradecerle por haberte ayudado cuando más lo necesitaste. – Candy asintió.
-Ella fue la única que me ayudó, y con Jane he entablado una amistad sincera, es la única que no está al pendiente de lo que hago. – Dijo con sinceridad.
-Me gustaría conocerla. – Le dijo interesado en conocer a la amiga que le había hecho más fácil su estancia en ese lugar. Candy sonrió feliz de ver a su amado junto a ella, como antes, como siempre, interesado en ella y en su bienestar, se sentía tan bien volverse a sentir amada y protegida, aunque ahora sabía que podía salir adelante por sí misma, admitía que no podía estar más tiempo lejos de su amado.
Continuaron platicando un poco más porque la hora para comer se terminaba y ambos tenían que regresar a sus respectivas clases.
-¿A qué hora sales hermosa? – Le preguntó atento a sus expresiones.
-A las cinco. – Contestó viéndolo fijamente a los ojos, esperaba que la recogiera y volvieran juntos a la mansión.
-Bien entonces te esperaré. – le dijo dándole un tierno beso en sus labios, ansioso porque quería que fuera más largo, necesitaba más de ella, pero en ese momento no era prudente hacerlo. – Te amo, hermosa. – Le dijo con su maravillosa sonrisa.
-Y yo te amo a ti. – Dijo feliz de recibir otro beso por parte de él. Anthony se retiró para terminar con sus prácticas. El tiempo que faltaba para volver a reunirse se les hizo a ambos bastante lento, ambos tenían la necesidad de verse y estar juntos, sabían que ya nadie se interpondría en su relación, sin embargo el haber estado tanto tiempo separados los obligaba a buscar pasar más tiempo juntos.
Mientras los rubios esperaban la hora de salida, en la mansión de los Andrew se había desatado una discusión por la decisión que había tomado Candy de estudiar enfermería.
-¿Cómo es posible que la dejes William? – Decía la tía Elroy aún con el rostro de preocupación por lo que llegaran a pensar sus amistades. – Suficiente tenemos con que Anthony esté estudiando medicina, en vez se preparase para ser el legítimo heredero de los Andrew.
-Tía abuela, ¿No le parece que ya he sido lo suficientemente mal padre, como para ahora tratar de prohibirle nuevamente algo a Candy? – Le preguntó honesto a su tía.
-Te entiendo William, pero entiende ¿Qué dirán nuestras amistades? – Decía preocupada.
-No importa lo que digan los demás tía abuela. – Decía Rosemary sincera. – Además, será una maravillosa enfermera, es noble, responsable y tiene mucha calidez humana, eso no lo tienen todas las enfermeras. Ella reúne con todas esas características.
-De eso no tengo duda hija, pero… - Decía afligida.
-Pero nada tía, no me siento con el derecho de prohibir algo que a ella le apasiona.
-Es verdad William, Candy ha encontrado una manera de ayudar a la gente y de sentirse útil, no sería conveniente que se lo prohibieras, ya bastante has hecho con… - Rosemary calló de pronto al ver el rostro de su hermano. - … Lo siento. – Dijo apenada.
-No, tienes razón, y tiene razón Candy, ya bastante la he hecho sufrir como para oponerme una vez más en su decisión de ser enfermera. Además serán una magnífica pareja los dos, no solo sentimental, sino también profesional. – Dijo Albert sintiéndose sinceramente orgulloso por primera vez de su hija. Dorothy lo observaba hablar y mantenía su vista en él sin apartarla ni un momento. Albert se dio cuenta del escrutinio del que era objeto y le sonrió con complicidad extendiendo su mano para que ella se acercara. Dorothy se sentó a su lado y Rosemary los veía emocionada.
-¿No me digan que…? – Preguntaba curiosa a ambos, buscando cambiar el tema de la profesión de Candy.
-Así es hermana, Dorothy y yo hemos decidido comenzar una vida juntos. – Decía ante el asombro de Dorothy, en verdad no se lo había pedido abiertamente, simplemente se presentó en su habitación buscando su compañía, no tuvieron tiempo de hablar de lo que había pasado y por la mañana él le había dicho cuál era su lugar en la mesa de esa mansión. – Me gustaría que formalizáramos esta relación lo antes posible, me gustaría que Alejandro llevara mi apellido. ¿Si a ti no te molesta? – Preguntó por fin tomando en cuenta a Dorothy.
Rosemary estaba encantada con la decisión que había tomado su hermano, había pasado mucho tiempo desde que ella había descubierto la relación secreta que mantenían esos dos y se le hacía que ya era suficiente de estarse haciéndose tontos, ya era hora de que formaran una familia como Dios mandaba.
-¿Cuándo será la boda? – Preguntó Rosemary por fin para animarlos a apresurar la boda. Ella sabía que esos meses que habían convivido en la ausencia de Candy, ellos habían retomado ese amorío que había entre ellos, sabía que Dorothy seguía enamorada de él y si bien su hermano era un poco más reservado con sus sentimientos sabía que también sentía amor por esa mujer, tal vez no el mismo amor que había sentido por su cuñada Candace, pero después de ella Dorothy había sido la única mujer que lo había hecho volver a ilusionarse.
-¿Boda? – Preguntó Dorothy sorprendida.
-¡Por supuesto! – Dijo la tía abuela, volviendo e abrir la boca después del silencio en el que había caído. –No pueden seguir viviendo bajo el mismo techo sin estar casados. – Dijo segura. – Además ya hablé con Harold y él también está esperando lo mismo.
-¿Qué dices? – Pregunto Albert a Dorothy. - ¿Te casarías conmigo? – Dorothy lo veía completamente enamorada, con los ojos llenos de lágrimas de la emoción. Asintió simplemente, sin poder articular una palabra, nunca creyó escuchar esas palabras del amor de su vida, como ella lo había catalogado después de la mala experiencia que había tenido con su primer marido. En cambio para Albert, a pesar de que la quería, sabía perfectamente que el amor de su vida hacía tiempo había cerrado los ojos para siempre, sin embargo tenía la ilusión de compartir con aquella mujer la dicha de vivir en pareja, la amaría y la respetaría siempre, y adoraría a su hija y a su hijo con todo el amor que no les había demostrado nunca a ninguno de los dos.
-¿Qué dices Alejandro? – Le preguntó Albert a su hijo, quien se bajaba de las faldas de su tía abuela para acercarse a su madre. -¿Te gustaría que tu mamá y yo nos casáramos?
-¿Casarse? – Preguntó el niño- ¿No están casados ya? – Preguntó con inocencia. -¿Entonces por qué eres mi papá? – Preguntó de nuevo ante el asombro de los adultos.
-Tienes razón hijo. – Dijo Albert. – Entonces ¿Te gustaría que hiciéramos una fiesta para celebrar que tu mamá y yo estaremos juntos?
-¡Sí! – Dijo emocionado. - ¡Me gustan las fiestas! ¿Y me vas a festejar mi cumpleaños? – Preguntó a su mamá con la misma emoción.
-¡Claro que sí mi amor! – Dijo Dorothy feliz, su hijo cumpliría 4 años en menos de dos semanas y lo celebrarían junto a su padre, como una verdadera familia.
-¿Qué te parece si hacemos todo el mismo día? – Preguntó Albert a Dorothy, ella se sorprendió, pero se animó a aceptar ante la mirada de insistencia de Rosemary y la misma tía abuela, a quien le urgía ese par se casara de una vez por todas.
Anthony llegó puntual a las cinco de la tarde por Candy, la esperaba afuera de la escuela junto a una fuente que estaba frente a las escaleras. La veía acercarse a él con su hermosa sonrisa y una pequeña maleta que cargaba en su mano derecha, se apresuró a alcanzarla para ayudarla con su carga.
-No pesa, no te preocupes. – Le dijo al verlo correr apurado para ayudarle.
-No importa, no permitiré que mi prometida cargue nada. – Le dijo dejando la maleta a un lado para abrazarla por la cintura y darle vueltas al aire mientras la veía enamorado.
-¡Anthony! – Le decía entre risas disfrutando del contacto de sus manos sobre su cintura, mientras giraba con ella en el aire. -¡Me voy a marear! – Le decía divertida. La bajo con cuidado y tomaba la maleta de nueva cuenta, dándole un beso en su mejilla para comenzar a caminar sin importarle las miradas que habían provocado a su alrededor, Candy se acurrucaba en su pecho avergonzada y él la recibía orgulloso de llevarla a su lado. – Eres un loco.
-Pero por ti mi amor. – Le dijo con una sonrisa.
Se fueron atravesando el parque nuevamente, observando que las hojas adornaban el sendero que tomaban, las parejas que iban caminando a paso lento los acompañaban en su camino. Se desviaron un poco del camino, buscando privacidad, era temprano y querían aprovechar estar a solas un momento ya que se imaginaban que los Cornwell ya habían llegado de Lakewood y estarían en la mansión esperándolos ansiosos y si era así ya no tendrían la oportunidad de estar a solas.
Se sentaron debajo de los árboles entre las hojas secas que adornaban el paisaje, observando como los pájaros comenzaban a regresar a sus nidos para prepararse a dormir. Candy los observaba emocionada, viendo como las parejas de gorriones se acurrucaban entre sí mientras el macho protegía a la hembra del clima. Anthony observó con detenimiento dicha acción.
-De la misma forma yo te protegeré siempre a ti mi princesa. – Le dijo en un susurro a su oído acercándose peligrosamente a el.
-Lo sé mi amor. – Le contestó cerrando los ojos y disfrutando ese contacto que le erizó la piel por completo. Anthony la sintió estremecer y se acercó un poco más a ella, rodeándola por la cintura para acercarla a su cuerpo, mientras que con la otra mano se sostenía del suelo. Cerró sus ojos y con su nariz acariciaba su oído tiernamente hasta que se decidió a acercar sus labios y con su lengua comenzó a repasar su oído con lentitud. Candy suspiró acercando más el rostro a su amado para que continuara con esa caricia.
-Sabes que te amo ¿Verdad? – Le volvió a decir en un susurro. Candy asintió. – Quiero volver a besarte. – Le decía mientras seguía jugueteando con su oído, acariciándolo con su lengua y aferrándola cada vez más a su cuerpo. Candy giró el rostro para ofrecerle sus labios y Anthony inmediatamente los atrapó con desespero, se había aguantado toda la noche y todo el día para volver a besarla de esa forma, la colocó de frente a él y continuó con ese beso apasionado, con una mano la reclamaba como suya por su cintura y con la otra la acercaba más a él por su cuello. Candy posaba sus manos en su pecho, acariciándolo suavemente provocando en el rubio que su piel reaccionara estremeciéndose completamente. El sol comenzaba a ocultarse y con ello las pocas personas que había en el parque comenzaban a desaparecer, provocando que pronto estuvieran solos en ese apartado lugar, el camino estaba un poco escondido ya que se habían adentrado entre los árboles buscando privacidad.
Anthony ya no pudo resistir la tentación que tenía en su cuerpo, quería llegar más lejos con ella, quería poseer su cuerpo, sin embargo sabía qué hacía tiempo le había hecho una promesa, y esa era respetarla hasta después de la boda. ¡Dios! Que difícil le resultaba cumplirla. Mientras la besaba la fue recostando poco a poco entre las hojas, continuaba con sus besos y se colocaba sobre su cuerpo procurando no aplastarla por completo. La dejó de besar por un momento buscando su mirada, buscando permiso para ver si lo dejaba continuar con sus caricias. Candy lo atrajo hacía ella con sus brazos y continuo besándolo apasionadamente, ella buscaba también calmar las ansias de su cuerpo, habían sido muchos meses de espera, tal vez si no hubieran sido separados no tuvieran tanta necesidad de saciar sus cuerpos de sus besos, de sus caricias, de su calor. Poco a poco Anthony continuo con sus besos rumbo a su cuello, el cual difícilmente podía besar por el uniforme que portaba, sin embargo sobre él tenía la facilidad de acariciar su cuerpo, animándose una vez más a tocar uno de sus senos mientras ella gemía por el placer brindado por su amado, el contacto comenzó tierno, delicado, tímido, pero conforme avanzaban los minutos y mientras los besos subían de intensidad, aquel contacto se volvió mucho más intenso, sintiendo plenamente su seno en la palma de su mano, ahogando los suspiros que ambos producían con sus besos.
-¡Anthony! – Decía entre suspiros, buscando la manera de controlarse. Anthony continuaba con sus besos y con el delicioso masaje sobre su seno, comprendiendo la súplica que le había lanzado su amada en ese momento. Subió su mano hacia su cuello y después hacia su rostro, mientras la otra permanecía debajo de su cintura deteniendo su peso, aminorando los besos y tratando de controlar sus respiraciones.
-Lo sé hermosa, lo sé. – Le decía entre besos. – No tengas miedo por favor. – Le decía con súplica para no asustarla, no quería que pensara que solo eso buscaba de ella. – Te amo hermosa, te amo tanto. – Le decía con besos más cortos, y caricias suaves, controlando su respiración para así calmarse poco a poco. La ayudó a incorporarse nuevamente, pero permanecieron sentados, viéndose uno al otro. – No quise asustarte. – Le dijo sin quitar su vista de sus ojos.
-No me asustaste. – Le dijo sincera. – Yo también te necesito. – Le dijo con vergüenza. Anthony la besó de nuevo y ella correspondió inmediatamente a su beso.
-No te preocupes amor, anunciaremos nuestro compromiso y en cuanto termine mis estudios nos casaremos. – Le dijo con determinación, pero sintiéndose inseguro si podría soportar tanto tiempo sin hacerla su mujer.
-Te amo Anthony. – Le dijo con una sonrisa, buscando sus labios de nueva cuenta, uniéndose de nuevo en un beso húmedo, lento, uno que sellaba con amor esas palabras que se dedicaban.
El beso continuó y ambos se levantaron dispuestos a irse, sin embargo Anthony la recargó en el árbol en el que estaban recostados y subiendo sus manos sobre su cabeza para apresarlas con las de él, intensificó el beso una vez más uniendo su cuerpo de lleno al de ella para sentir sus formas sobre sus ropas, el rostro de Candy se tiño de rojo por el calor que se volvía a intensificar mientras Anthony mantenía el contacto de sus cuerpos y soltando sus manos lentamente las bajo recorriendo la figura de su amada acariciando sus senos con sus pulgares mientras los dirigía más al sur estacionándolas en su cintura, se detuvo una vez que su cuerpo comenzó a reaccionar, sin querer incomodarla la beso más tranquilamente, más dulcemente, controlando su respiración para que el despertar de su cuerpo recuperara su estado original y su amada no se sintiera incómoda por su reacción.
-¿Nos vamos? – Le preguntó ante el asombro de Candy, ya que ella estaba disfrutando mucho ese contacto y había sentido aquello que había provocado en aquel baile y tenía curiosidad por sentirlo nuevamente, ya que en sus sueños lo había sentido una vez más y quería recordar si era así de maravilloso como en sus sueños. Sin embargo la pena de decírselo a su amado la detuvo para decirle que deseaba sentirlo una vez más. Anthony noto el desconcierto de su amada, y levantó su mirada con sus manos lentamente. - ¿Sucede algo? – Preguntó confundido. -¿Te he ofendido amor? – Decía preocupado. Candy negó sorprendida, no quería que él creyera que la había ofendido.
-¡No! – Dijo apresurándose a responder al ver que el rostro de su amado perdía brillo por la preocupación de pensar que la había ofendido. – Anthony yo… - Dijo tímida.
-¿Qué sucede amor? – Preguntó nuevamente. - ¿No me tienes confianza?
-No es eso.
-¿Entonces?
-Es solo que me da pena.
-¿Qué te da pena amor? ¿Estar así conmigo? – Candy negó.
-Me da pena decirte que te necesito. – Dijo por fin escondiendo su rostro entre su pecho, abrazándose a él tímida, mientras el corazón del rubio crecía de la emoción por sus palabras. – Necesito sentirte. – Dijo tratando de no explicar tan detalladamente, sin embargo Anthony comprendió a que se refería, ya una vez había ella sentido su cuerpo reaccionar y se separaron abruptamente, sin embargo su pecosa le decía que ella también quería sentirlo.
-Nunca tengas vergüenza ante mi princesa. – Le dijo tomando su rostro y volviendo a besarla con mucho amor, con mucha entrega, con mucha pasión, acariciando su espalda, con una mano, mientras con la otra acercaba su rostro hacia él.
Continuaron su camino a la mansión después de haber compartido un momento a solas, un momento íntimo y romántico, un momento que era solo de ellos dos. Iban caminando con las manos entrelazadas en silencio, un silencio cómodo para ellos porque en medio de ese silencio sus almas se gritaban que estaban enamoradas y que se complementaban una a la otra.
Continuará…
Aqui les dejo otro más, no me respondieron pero así lo hice jajajaja me van a decir ¿Y para que preguntas? jajajaja les mando un fuerte abrazo, espero que se cuiden mucho.
Saludos y Dios las bendiga.
