¡Hola! Sé que hace mucho que no subo un capítulo pero he tenido varios problemillas y la universidad tampoco me ha dejado mucho tiempo, no sé cuándo podré volver a subir pero sí puedo asegurar que no voy a dejar la historia. Seguiré subiendo según pueda. Gracias por leer y por vuestros comentarios! =) Me animan a seguir con la escritura. =)

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POV Blanca

Apenas me había recuperado de la tortura de la maldita máquina de transporte cuando oí un grito, pero esta vez no era un chillido de dolor sino… de terror. Retiré las manos de los oídos que aún pitaban resentidos para mirar a cada uno de los miembros del grupo, quería saber quién y por qué había gritado pero, al ver sus caras, estaba claro que ninguno lo sabía.

Nadie hizo el menor ruido, nos habíamos quedado estáticos. Supongo que todos estábamos esperando algún otro grito y, por lo visto, no nos equivocamos porque en seguida escuchamos un chillido detrás de otro. Esas personas lo estaban pasando realmente mal.

Desde donde estaba podía escuchar el chasquido de los látigos al chocar contra algo y seguro que no estaban golpeando piedras con eso. Elisa me miro con la misma cara de horror que debía de tener yo, después de todo en el siglo XXI tú no te encuentras con gente con látigos por las calles, a no ser que sea carnaval.

— Salgamos de aquí —dijo Oscar antes de hacernos una señal con la mano. — Será mejor no hacer mucho ruido.

Los otros dos soldados, Jaime y Ángel, se quedaron rezagados con sus espadas desenfundadas mientras cada uno de nosotros intentaba moverse con el mayor sigilo posible, apenas nos habíamos movido de nuestros sitios cuando se oyó a alguien gritar.

— ¡Corred!

La estampida de gente huyendo debió de ser tremenda porque solo se oía el crujir de ramas que se partían a su paso, debían de correr despavoridas en busca de la libertad y, algunas de ellas, venían en nuestra dirección. No tardé más de un minuto en ver como sus cabezas asomaban por entre la vegetación, estaban demasiado cerca y sabía que debíamos salir de allí cuanto antes. Miré a Elisa, la cogí de la manga y tiré de ella.

— ¡Vámonos!

No había sido la única a la que se le pasó por la cabeza salir corriendo de allí porque en cuanto mi hermana y yo nos dimos la vuelta pude ver como todo el grupo había tomado la misma decisión. Elisa y yo comenzamos a correr todo lo que nuestras piernas nos permitían, podía sentir como mi corazón se aceleraba para bombear más sangre al corazón mientras echaba una ojeada a lo que ocurría detrás de nosotros.

Los aldeanos o esclavos, a juzgar por las cadenas que les cubrían las muñecas, nos seguían a muy poca distancia y algunos de ellos estaban a punto de alcanzarnos. Ver a unos hombres montados a caballo, casi todos ellos armados con látigos o pistolas con los que les apuntaban, me hizo entender cómo era posible que esa gente corriera tan rápido.

— ¡Corred! ¡Corred! —vi como gritaba una joven mientras ayudaba a una mujer que se había tropezado con un tronco, uno que yo acababa de saltar hacia un instante. — ¡No os paréis!

Regresé la vista a mi hermana justo a tiempo de ver cómo me hacía un gesto para que nos desviáramos del grupo, en cualquier otro momento habría pensado que era una mala idea, al fin y al cabo no era nada conveniente movernos a solas por pleno siglo XVII pero era nuestra única oportunidad de salir de allí. Y, por si eso fuera poco, el ruido de los tiros en medio de todo aquel caos terminaron de disipar cualquier duda, sobre todo cuando vi como varios de esos disparos daban de lleno a Antuan, Alice, Javier, André y a los tres soldados que cayeron muertos uno detrás de otro en el arenoso suelo.

Siempre me habían gustado las películas de acción pero ver a nuestros compañeros inertes y ensangrentados…, nunca había imaginado que llegaría a vivir algo así.

Empezamos esta aventura con un montón de gente y ahora… estábamos solas.

Ambas aceleramos el paso para escondernos entre la maleza, por mucho que intentáramos cubrirnos con nuestros brazos era imposible estar seguras en medio del tiroteo, además, si queríamos salir de allí con vida, teníamos que activar los marcadores que nos llevarían de regreso a casa.

— ¡Activa el collar Blanca!

Elisa señalo el suyo sin perder un segundo en mirar hacia atrás y se internó en un grupo de arbustos que, con un poco de suerte, podrían servirnos como refugio mientras activábamos los marcadores.

Las ramas de las plantas me cortaron en cuanto las atravesé, podía sentir cómo arrancaban parte de mi piel y empezaban a escocer. Estaba segura de que tenía heridas por la cara y las manos pero no era el momento de pararse a pensar en eso.

— ¡No funciona! —gritó Elisa desesperada.

— ¿Cómo que no funciona?

Cogí mi colgante, agarré a mi hermana por si conseguíamos volver a nuestra época y apreté en el centro del marcador pero… el dolor no apareció en ningún momento. Cuando abrí los ojos, ni siquiera me había dado cuenta de que los tenía cerrados hasta ese momento, vi el terror reflejado en sus ojos color esmeralda.

— Vuelve a intentarlo con el tuyo.

Pude ver como Elisa no paraba de temblar al coger el colgante, era algo normal después de todo lo que había pasado de pequeña y si a mí no me resultaba nada fácil estar en medio de aquella batalla campal a ella le tenía que estar costando un suplicio.

Elisa cogió mi mano y volvió a presionar el medallón mientras escuchábamos varios disparos, latigazos y gritos. El viaje al pasado estaba siendo una auténtica pesadilla.

— Nada, ésto no va.

— Si ninguno de los dos funciona puede que el fallo se encuentre en la máquina que nos teletransportó hasta aquí —dije hablando cada vez más bajo para evitar llamar la atención de los esclavistas.

No quería ponernos en peligro.

— Aun así podemos probar con los marcadores del resto de los del grupo —Elisa retiró algunas ramas de los arbustos para poder ver entre ellas. — Quizá alguno de esos funcione.

— Es una buena idea pero no nos moveremos hasta que se vayan todos.

Elisa me miró y habló con toda sinceridad.

— Tranquila, no pensaba hacerlo.

Cuando me acerqué al pequeño agujero que ella acababa de abrir vi cómo los hombres, montados a caballo, rodeaban a un grupo de aldeanos jadeantes de tanto correr pero no iban a rendirse, pude verlo en la mirada de cada uno de ellos.

Entonces me di cuenta… allí no estaba la joven que había ayudado a aquella mujer mientras corríamos por nuestras vidas. Seguramente estaría muerta, no era justo que solo murieran las personas buenas, esas dispuestas a ayudar a los demás a pesar de jugarse la vida.

— ¡Basta! —gritó uno de los jinetes tras sitiarlos a todos con sus caballos. — Dejad de correr u os juró que pegaré un tiro a todo aquel que dé un paso.

Solo tenían encerradas a seis personas dentro de ese círculo, pero eran los suficientes como para tenerlos entretenidos y pendientes de sus movimientos porque podían intentar huir en cualquier momento. Si yo estuviera en su lugar lo haría sin dudarlo, mejor morir que pasar una vida haciendo lo que otros querían.

El sonido de una rama al partirse me hizo girar la cabeza con tanta rapidez que noté un fuerte tirón en la base del cuello, llevé mi mano libre a la zona resentida y froté, como si de esa forma se me fuera a aliviar…

— ¿Qué ha sido eso? —susurró Elisa asustada antes de desviar la mirada hacia la espesura del bosque.

—No tengo ni idea —dije antes de cerrar el matorral por el que estábamos mirando para ponerme a buscar el origen de ese ruido. — A lo mejor ha sido un animal.

— No lo creo.

— Muy bien tú mete más miedo si puedes.

— ¡Oye no sabemos lo que ha sido!

— Por eso, piensa que fue un animal.

— Más bien querrás que rece porque lo sea —contestó con su mirada puesta en mí. — Sabía que no era buena idea viajar en el tiempo.

Suspiré por tener una hermana tan poco positiva y volví mi atención a la espesura del bosque. La tarea estaba resultando bastante difícil por estar agachadas y no poder movernos del sitio, no debíamos llamar la atención.

Iba a volverme hacia Elisa para decirle que tenía razón con lo del animal cuando la vi a ella, era la joven desaparecida del grupo, aquella que había ayudado a la otra mujer a levantarse del suelo. Desde cerca pude ver sus ojos, de un color avellana parecido a los míos, y lucían tan asustados como los nuestros.

— ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? –dije con el mejor acento francés que pude.

La muchacha no movió ni un solo músculo de su cuerpo, parecía incapaz de responderme o de reaccionar, no sabía si era por habernos visto a nosotras o por todo lo que tendría que haber pasado en manos de esos desalmados.

— Me llamo Constance —dijo moviéndose para acomodarse en el pequeño hueco en el que estábamos — Constance Bonacieux.

La voz temblorosa con la que pronunció su nombre me dio la razón, pero por lo menos había sido capaz de contestar. Y parecía empezar a reponerse del susto.

— ¡Blanca, vienen hacia aquí!

— ¿Qué?

Casi chille del pánico que me entró al oír eso.

Mi hermana había vuelto a mirar entre los arbustos así que me acerqué a ella para hacer lo mismo.

— Creo que nos han escuchado.

Y eso parecía por las miradas que echaban varios de los hombres hacia nuestro escondite. Constance se acercó a nosotras con el mayor sigilo posible, supongo que quería ver con sus propios ojos si era verdad eso que estaba diciendo mi hermana. No era por desconfianza, eso seguro, sino una forma de corroborar los peores temores de todas.

— Tenemos que salir de aquí.

— ¿Y cómo lo hacemos sin llamar su atención? —dijo Elisa tras mirarnos a las dos.— Como nos vean, no van a dudar en pegarnos un tiro.

— Constance tú has conseguido llegar a nosotras sin que te vieran ¿Cómo lo has hecho?

— Estaba a vuestro lado desde el principio, en medio del tiroteo vi como os desviabais y decidí seguiros.

Inhale hondo para intentar calmarme. No era buena idea movernos de ahí pero sabía que no teníamos ninguna otra oportunidad de salir de allí con vida, después de todo habían descubierto nuestro escondite.

— No saldrá bien —susurró mi hermana.

Parecía que me había leído el pensamiento.

— Debemos intentarlo.

En ese momento parecíamos un grupo unido, nos miramos a los ojos y con un gesto afirmativo de nuestras cabezas supimos que debíamos ponernos en marcha.

De repente empezaron a escucharse más cascos de caballos y, aunque no era capaz de reconocer desde donde venían, sabía que era nuestro fin.

— ¡Hay que largarse! —gritó un hombre con voz chillona. — ¡Son mosqueteros! ¡Nos han encontrado!

— ¿Mosqueteros? —dijo el que parecía estar al mando — ¡Mierda! Matarlos a todos y salgamos de aquí.

Los disparos no se hicieron esperar y éstos fueron seguidos por seis golpes secos.

—¡Vamos!

Los caballos relincharon al ser golpeados por sus jinetes justo antes de empezar a cabalgar para salir de allí con rapidez.

Nosotras tres seguimos agazapadas, escondidas tras esos arbustos, y mirando por el pequeño hueco que Elisa seguía manteniendo. Permanecimos así hasta que todos desaparecieron de nuestra vista y Constance decidió salir.

— ¡Espera, no sabemos si es seguro aún!

Elisa tenía razón no podíamos fiarnos.

— Tranquilas, son amigos —dijo tras soltarse del agarre de mi hermana.

Constance terminó de salir de entre los arbustos y señaló con su mano hacia la derecha, ambas pudimos ver como se acercaban otros tres hombres montados a caballo. Vestían ropas distintas a los otros pero no estaba segura y Elisa tampoco por la mirada que me echó. Sin embargo, no podíamos seguir ahí toda la vida, Constance sabía de nuestro escondite y se lo diría a esos tres saliéramos o no. Debíamos salir de ahí ahora mismo, teníamos que intentar coger los colgantes de los demás y desaparecer de allí, era nuestra oportunidad.

Este viaje se estaba haciendo eterno.