Capítulo 3

—Fuera del paraíso y directo al purgatorio —masculló Naruto mientras maniobraba a través de una multitud densa y escandalosa de... gente.

Usó el término muy generosamente. A su alrededor deambulaban hombres con cara de toro (¡con el pelaje de verdad!), mujeres con piel que resplandecía y brillaba intensamente las cuales vestían escasas y transparentes túnicas con más escote que en un póster central de Playboy (la cual él sólo hojeaba por los artículos). Le recordaban a la sirena que había encontrado la noche anterior, bonita y delicada.

Grandes y tuertos cíclopes agitaban el suelo mientras caminaban, grifos, mitad león, mitad pájaro, corrían de prisa a cuatro patas, gruñendo y lanzándose mordiscos los unos a los otros, sus colas moviéndose de un lado a otro. En lo alto, aves volaban... no. Aves no, se percató él. Poseían caras deformadas grotescamente, torsos femeninos con grandes —muy grandes— pechos y el cuerpo humano de un pájaro. Garras, alas y demás. Arpías, eso es lo que eran. Con bellos pechos. ¿Había mencionado eso?

Estaba en verdaderos problemas si las aves hembras lo estaban animando. Tal vez era hora de renovar su suscripción a Playboy. Por los artículos.

Había algunos centauros, mitad hombre, mitad caballo como el criador de ovejas, y cada uno de ellos llevaba garrotes largos y gruesos. Una jauría de niños con cuernos reía ruidosamente delante de él, arrojándose piedras los unos a los otros mientras corrían.

Hinata lo había dirigido montaña abajo y dentro de eso… cualquier cosa que fuera.

¿Pueblo? ¿Festival del miedo? Ya se había reportado a la base de operaciones, y ahora había agarrado su cuchillo con cuidado de mantenerlo escondido dentro de los pliegues de su túnica. El calor se extendía hacia la cúpula de cristal como una goma elástica muy estirada, listo para agrietarse y romperse a la primera señal de presión.

Aún así, se alegró por tener su túnica y capucha. Lo mezclaban con la multitud bastante bien. Y si alguien detecto su sangre humana, no dieron aviso.

Lo hiciste, dijo Hinata, jadeando por la excitación. Realmente lo hiciste. Lo último fue apenas un susurro. Cuanto más se acercaba a esta zona, más desesperada se había puesto porque él la alcanzara.

—Finalmente —masculló él—. ¿Dónde estoy? —Por fin, una brisa salada se agito, moviendo con rapidez la capucha alrededor de su cara.

Éste es el mercado Centralagora para la Ciudad Exterior.

Sólo entonces notó a los comerciantes vendiendo sus mercancías. Ropa blanca brillando, joyas centelleando y... esclavos. Sus ojos se ampliaron. Un hombre con escamas verdes en lugar de piel y con ojos rojos caminaba despacio delante de una línea de hombres desnudos, gritando sobre los méritos de comprarlos, apostaría él. Lo que él daría por hablar Konohakure. Los esclavos eran musculosos, estaban llenos de suciedad y marcas del látigo, cada uno de ellos tenía una expresión de súbita desilusión, sus mejillas sonrojadas por la humillación mientras se quedaban con la mirada fija en el suelo.

Las manos de Naruto se flexionaron y relajaron, se flexionaron y se relajaron.

Quería desatarlos, al menos intentar salvarlos, pero esa no era su misión y no podía permitirse el lujo de atraer la atención sobre él. Tal vez, después de que encontrara la joya, regresaría a por ellos.

Esos hombres son violadores, asesinos y ladrones.

—Entonces merecen lo que tienen —dijo él, perdiendo todo rastro de piedad. Les volvió la espalda.

El olor de carne fresca y suculenta tentó su nariz, y su boca se hizo agua. Teniendo sólo una comida decente —siendo el resto frutas, nueces e insípidas barras energéticas— en los pasados cinco días, deseó ardientemente un filete, poco hecho, con una patata asada al horno a su lado.

Con una sexy joven sirviéndotelo, estoy segura.

—Lo entendiste bien.

Ella bufó. Desde que los dragones controlan y protegen la Ciudad Central, los parias y la mayoría de las razas más sedientas de sangre permanecen en esta zona. Por eso aquí todo el mundo lleva un arma. Nadie confía en nadie.

Naruto intensificó su vigilancia. Dejó que la túnica se deslizara de su muñeca para así revelar la longitud de su cuchillo. Hinata tenía razón. Todos los demás tenían un arma, y no les daba miedo mostrarla. Destacaría si él no mostraba su cuchillo.

Alguien al pasar lo empujó por la mochila que estaba escondida debajo de su túnica haciendo que tropezara hacia delante. Él gruñó, levantó el cuchillo a punto de golpear, pero el hombre cara de toro nunca se giró para contraatacar.

Síguelo. Te conducirá hasta mí.

Naruto apuró el paso, dando codazos a las figuras para sacarlas fuera de su camino mientras pasaba después por un alto portón de piedra, hacia un castillo negro de cristal situado en una cumbre que dominaba la cúpula. Su mirada permaneció sobre la espalda del hombre cara de toro. La anticipación se desplegó en su estómago, rápidamente se extendió a sus venas.

Finalmente, durante la mañana había admitido para sí mismo que el deseo de alcanzar a Hinata tenía menos que ver con su misión y más con verla en carne y hueso.

Más que nada, quería salvar a esa mujer que había sido su única compañera durante dos días.

—¿Dónde estás? —Masculló quedamente, no queriendo que las criaturas que lo rodeaban escucharan su lengua extranjera.

Estoy en la cima de las escaleras del palacio. Date prisa, Naruto, por favor, date prisa. Sólo estaré aquí unos momentos más. Quiero verte y saber que no estoy soñando. Que en realidad estás aquí.

Finalmente alcanzó al hombre y lo empujó fuera de su camino. El sudor perlaba a través de cada centímetro de su piel, goteaba y mojaba su túnica. Hubiera preferido tener su pistola, pero no había mucho que dos balas pudieran hacer en una multitud de este tamaño. Como no había usado las granadas aún las tenía, y las usaría si era necesario. Sólo esperaba no llegar a caer en esa clase de destrucción.

Varios seres murmuraron mientras él continuaba empujando con el hombro por el camino más cerca hasta el castillo. Casi allí. Él la vería en cualquier momento...

—¿Qué me voy a encontrar, Hinata? Nunca me lo dijiste. —Mientras hablaba, escudriñaba el área, buscando cualquier señal de problemas. Buscándola a ella.

Alguien dio un paso directamente en su camino, y él chocó violentamente contra la espalda del hombre, impulsándolo hacia delante. Maldita sea, ¿podría apartarse la multitud? ¿No alcanzaría nunca las escaleras?

Puedo sentir tu presencia.

Extrañamente, él podía sentir la de ella. Una energía femenina palpitó dentro de él con mayor intensidad a cada paso que daba. Más rápido, más rápido, caminó a grandes pasos, sólo entonces se dio cuenta de que ella no había contestado a su pregunta.

Y entonces, se olvidó de su necesidad de respuestas.

Él estaba allí, de pie frente a la multitud, sus pies estaban al final de las escaleras.

Se detuvo, pero su mirada fija todavía se movió, deambulando, buscando, subiendo por la escalera sucia, empapada en sangre. ¿Dónde estaba ella? Su corazón martilleaba dentro de su pecho, casi rompiéndole las costillas por su fiereza. No podía verla.

El centauro que estaba a su lado señaló a la izquierda en la parte superior de la escalera y susurró algo a su acompañante femenina. Naruto desvió su atención y aspiró un horrorizado aliento.

Allí estaba ella.

Sabía que era ella, sabía que era Hinata. Y era una belleza. Una belleza atada, y verla con los brazos amarrados sobre la cabeza y las cuerdas anclándola a una columna de altura imponente, lo jodía profundamente.

Una túnica inmaculada envolvía su cuerpo delgado, atándose en su hombro derecho y justo debajo del estómago. El largo material colgaba holgadamente, ocultando y exhibiendo sus curvas como si fuera una ola sobre su cuerpo. El pelo sedoso, negro con destellos azules caía en cascada por su espalda, un contraste sorprendente contra sus ropas blanco virginal. Aun desde aquí, podía ver la pureza cremosa y perfecta de su piel, piel muy parecida al fulgor de una perla.

Su estómago se apretó... justo con el resto de él. Enfurecido por verla atada.

Excitado por sólo verla. Su cara era tan suave y pura como el camafeo antiguo de su madre. No la clásica belleza, sino, de cierta manera, tan exquisito que simplemente le dolía mirarla. Sus labios eran llenos y rosados, deliciosamente enfurruñados.

Ella le era familiar, pero no sabía dónde la había visto antes. Sólo sabía que la había visto en algún momento de su vida. ¿Cómo era eso posible?

Un hombre de túnica negra se arrodilló delante de ella, su cabeza inclinada en una reverencia. Demasiado ocupada en escudriñar las masas buscando a Naruto, ella le ignoró.

—Estoy aquí —susurró Naruto—. Hacia tu izquierda.

Su barbilla se levanto de repente y miró en su dirección.

Sus miradas colisionaron.

Él aspiró otro aliento, quemando sus pulmones por la fuerza de su cólera. Sus ojos eran grandes, tan grandes que dominaban su cara, y eran asombrosamente grises. Alarmantemente perlas. Un perla fuera de este mundo. Una sombra tan clara y profunda que podría fácilmente perder el alma en sus profundidades y agradecerle la pérdida. Lo hipnotizaban.

—Dios mío —dijo él, incapaz de contener las palabras.

Sus labios en forma de botón se levantaron en una deslumbrante sonrisa, y esa sonrisa lo estremeció hasta la médula, casi derribándolo. Sus dientes eran rectos y blancos. Perfectos.

Eres aún más guapo de lo que percibí.

Y ella era más hermosa de lo que alguna vez podría haber adivinado.

Él la observó mientras un brazo escamoso y amarillo se estiraba por detrás de ella y le daba un codazo en el hombro. Su abierta sonrisa rápidamente se desvaneció.

Lo siento. Debo terminar mi trabajo diario. Ella fijó su atención en el hombre arrodillado. Sus labios rosados se movieron mientras le hablaba, pero Naruto estaba muy lejos para escuchar lo que decía.

Ella cerró los ojos, hizo una pausa por un momento largo y prolongado, y entonces dijo algo más. El hombre se levantó de un tirón y se alejó, sollozando de alivio.

Los ojos de Naruto se estrecharon, y su temperamento chispeó a la vida. ¿Que estaba haciendo aquí? Él se obligó a estudiar los pequeños detalles que se había perdido en su prisa por ver a Hinata. Un trío de guardias demonio estaban detrás de ella. Dos cuernos pequeños y afilados se proyectaban en la cabeza de cada uno de ellos. Sus narices eran picudas, y su piel tenía un matiz amarillento y escamoso. Sus malvados ojos rojos miraban a la multitud. Ninguno de ellos sostenía un arma, pero no necesitaban armas. Naruto sabía por experiencia que los demonios confiaban en su velocidad y fuerza superior, así como también en sus dientes afilados como navajas, para defender y atacar.

Tuvo un sobresalto al darse cuenta exactamente de lo que veía. Esto era lo que había querido decir Hinata cuando le dijo que era sólo el comienzo. Ella necesitaba que la salvara de un ejército de demonios.

Seguro. No hay problema. Cualquier cosa.

—¿Cuántos hay?

Ella no necesitó una explicación. Más de los que puedo contar. Puedo hacer un plan de escape para nosotros, pero debo esperar a estar sola.

Naruto no estaba seguro de tener suficientes armas para ganar a un ejército tan grande. Pero maldición, él estaba aquí y no se iría sin Hinata. También sabía que no iba a dejar que Hinata hiciera el plan de escape. Resultaba que era una de sus especialidades.

Un guardia cortó sus cuerdas, y cayeron al suelo en un montón. Él ansió correr para subir velozmente las escaleras y llevársela, pero fue rápidamente levantada en brazos y llevada dentro del castillo.

—¿Qué pasa? ¿A dónde te llevan?

Silencio.

—¡Hinata! —Gritó él, y no le importó quién lo escuchara—. Contéstame.

Otra vez, silencio.

¡Maldita sea! No le gustó eso. No le gustó el no saber. No le gustó el sentimiento de desamparo que se abría paso por él.

La multitud empezó a dispersarse y pronto se encontró a solas, mirando con los ojos entrecerrados hacia el negro castillo. Soltó un suspiro acalorado.

—Prepárate, bebé. Estoy de camino.

~~~

—¿Qué sabes sobre un portal que conecta Konoha con el mundo de la superficie?

Sentada al borde de su cama, Hinata parpadeó hacia Sara, Reina de los Demonios, y rezó porque su expresión permaneciera en blanco.

—¿Un portal? —Ella expresó las palabras como una pregunta, aunque ya sabía la respuesta.

— Sasuke de los Dragones ha tomado a una novia humana. He oído que la mujer llegó a él a través de un portal localizado debajo del palacio dragón. —Los brazos de Sara estaban cruzados, y ella golpeteó sus largas garras afiladas contra sus antebrazos escamosos. Un olor a azufre emanaba de ella—. Pasaste varios años con los dragones, así es que deberías saber si el portal existe. ¿Verdad?

Mentir, para Hinata, traía un gran dolor físico. Ella no sabía por qué, sólo sabía que ocurriría. Un dolor horrendo, atormentador. La información que Sara quería no era información que Sara necesitara. Si ella dijera la verdad, cosas malas le ocurrirían a los dragones, una raza de criaturas que ella adoraba. Pero si ella mentía, cosas malas le ocurrirían a ella.

El silencio no funcionaría. Como siempre, Sara la amenazaría con matar a un niño cada minuto que Hinata permaneciera en silencio. Sólo tendría que engañar a Sara para que creyera algo diferente.

—¿Crees de verdad que un frío y despiadado guerrero como Sasuke en Uchiha, Rey de los Dragones, hablaría conmigo sobre un portal secreto sabiendo que le sería robado un día?

Sara le dirigió una mirada entrecerrada hacia ella.

—Estoy al tanto de tus costumbres, chica. Responde con una pregunta y tus palabras nunca serán mentiras. Esta vez no. Me contestarás con un sí o un no. ¿Comprendes?

—¿Sobre qué mentí? —Dijo ella, alzando las manos—. Sasuke es conocido a lo largo de toda la tierra como un guerrero cuya única alegría es matar. Los cuentos sobre las muertes que ha infligido abundan. Sabes eso tanto como yo.

—Esa no es la información que deseaba de ti, y bien lo sabes. Preguntaré otra vez, y no me contestes con generalidades y malas direcciones o sufrirás por eso. ¿Habló Sasuke contigo sobre un portal? Específicamente —añadió Sara—, un portal que conduce Konoha al mundo de la superficie.

Hinata fruncido el ceño, midiendo sus siguientes palabras muy cuidadosamente.

—Honestamente te puedo decir que él nunca, voluntariamente, me proveyó de tal información.

La reina gruño bajo en su garganta, y el sonido agitó amenazadoramente las paredes. Sara paseo, empuñando las manos en sus costados. Su túnica fina y transparente revelaba cada contorno de su cuerpo, cada cuerno saliendo de su espalda. Sus escamas verdes y amarillas palpitaban, y sus ojos resplandecían de rojo brillante.

La mujer era pura maldad.

—Te crees que eres tan lista —masculló ella—. ¿Has visto alguna vez un portal?

—Nunca he visto un portal con mis ojos físicos.

Ella hizo una pausa a medio paso, asimilando lo que Hinata quería decir.

Desafortunadamente.

—¿Quiere decir eso que has visto alguno en una visión?

Tratando de conducir a Sara por un camino diferente, ella dijo:

—Si hubiera visto un portal en una de mis visiones, ¿no crees que habría hecho cualquier cosa que fuera para regresar con los dragones? ¿Encontrar y entrar en el portal? Estoy cansada de ser robada de un líder a otro. Me gustaría entrar al mundo de la superficie y perderme en sus masas.

—Otra vez rechazas contestarme lo que te dijeron —gruño ella—. Por tu negativa, uno de los prisioneros que fueron puestos en libertad hoy será encontrado y asesinado. Ese será tu castigo. ¿Ahora, te importaría decir con otras palabras tu última respuesta?

—Por favor —dijo ella suavemente, pena, desamparo, y cólera pasaban a través de ella. De todas las formas de ser controlada, esta era la peor. Saber de otras vidas, del sufrimiento de otros, conseguía su cooperación—. Por favor, no hagas esto.

—Tomaré eso como otra negativa. Dos morirán esta noche. Y conoce esto, pequeña esclava. No tienes que preocuparte por ser robada otra vez porque pienso conservarte para la eternidad. Si esa eternidad se siente como si estuvieras en el Olimpo o el Hades es decisión tuya. Piensa sobre eso, y hablaremos otra vez por la mañana. — Sara caminó majestuosamente fuera del cuarto, cerrando de golpe y cerrando con llave la puerta detrás de ella.

La amenaza se demoró en el aire mucho tiempo después de que se hubiera ido, un estremecimiento atormentó a Hinata. Sara siempre encontraba una forma de obtener lo que quería. Hinata deseó llamarla de nuevo, pero apretó los labios. El conocimiento que ella poseía tenía el potencial de destruir toda Konoha.

Ella se levantó y caminó de arriba abajo por los confines de su recámara. Mejor dicho, prisión. Una bella prisión rebosante de cualquier cosa y de todo lo que una mujer pudiese desear.

Almohadas esponjosas derramadas en la cama trabajada en oro; brillantes alfombras de lana de cordero teñidas de color zafiro y esmeralda adornaban el piso de mármol. Un baño con una piscina grande y caliente, lienzos y pinturas, y una mesa a gran altura abarrotada con comida apetitosa. Todo estaba para mantenerla entretenida, mantener sus pensamientos lejos de escapar.

Ella podría haberse entregado al lujo en la habitación y sus ofrecimientos si se le permitiera una poca libertad. En lugar de eso, la reina la mantenía encerrada dentro.

Sólo dejada salir a Hinata para recibir a la corte con los supuestos enemigos de la reina, donde la misma Hinata los juzgaba amigos o enemigos. Oh, ella había tratado de escapar. Muchas veces. Siempre había fallado miserablemente… y otros habían sido castigados por sus esfuerzos. Aún así, mantenía una bolsa escondida y lista, por si acaso surgía una oportunidad.

"Por si acaso" podría ser de verdad esta noche, pensó ella con una lenta y abierta sonrisa. Naruto había prometido venir a por ella y salvarla. Necesitaba planear su ruta de escape. Debería haberlo hecho ya, pero no había tenido tiempo a solas.

No había ventanas aquí, pero sabía que la oscuridad ya había caído porque los centinelas marchaban fuera de su puerta. Sus botas golpeaban el piso, mezclándose con el sonido de sus pasos. Su sedosa túnica acariciaba sus tobillos, tan delicada como las nubes.

Prepárate bebé, dijo él. Estoy de camino.

Con cada paso, las palabras de Naruto hacían eco a través de su mente, trayendo con ellas una rica emoción de alegría, excitación y esperanza. Su llegada casi parecía demasiado maravillosa para ser verdad. ¿Cuánto tiempo esperó para este día?

La respuesta era simple. Siempre. Ella había esperado siempre.

Él resultará herido.

De repente la advertencia hizo eco a través de su mente con la fuerza de una tempestad, girando velozmente, agitándose y consumiéndose. Su alegría y su excitación instantáneamente fueron reemplazadas por el temor. Sus ojos se ampliaron ante el horror.

Oh mis dioses, ¿qué había hecho? Sus premoniciones nunca fueron equivocadas, nunca. Si Naruto entraba en el palacio, acabaría muy herido. El conocimiento ardía dentro de ella tan caliente como las llamas, y cubrió su boca con una temblorosa mano.

¿Y si ella lo había llevado a su muerte?

Si algo le ocurriera, nunca se lo perdonaría. Los demonios eran una raza cruel, siempre felices por matar y mutilar. Y ahora, con el conocimiento de los portales esparciéndose, la reina demonio necesitaría desesperadamente la ayuda de Hinata. Ella no dudaría en matar a Naruto de la forma más dolorosa posible. Una marea de temor se estrelló contra ella.

—¿Qué he hecho? —Susurró ella entrecortadamente.

Ella nunca debería haber guiado a Naruto hasta aquí, no importaba que lo necesitara desesperadamente. Los demonios olerían su sangre humana. Le encontrarían y desgarrarían la carne de sus huesos.

Las consecuencias de sus acciones se elevaron con total fuerza en su mente.

Hinata frotó una mano sobre su frente y cerró brevemente los ojos. Una tormenta oscura, peligrosa e interior amenazaba con desbordarse y ahogarla; ella era la responsable de esto. Debería haber tenido mejor criterio, pensó riéndose amargamente. Ella, entre todas las personas, debería haberlo pensado mejor antes de pedirle ayuda a alguien. Especialmente a Naruto.

Él siempre había sido una parte de su vida. Sus más antiguos recuerdos estaban llenos con él; a lo largo de toda su vida, ella había tenido visiones de él, de su paso de niño a hombre, de las travesuras absurdas con sus hermanos. De sus misiones de matar—o—ser—matado. De sus numerosas —demasiado numerosas, para su modo de pensar— mujeres.

Sencillamente, ella siempre le había amado.

La imagen de él se formó en su mente, aunque no la apaciguó como normalmente hacía. Su miedo aumento. Asombrosamente alto y fuerte, él era musculoso como el guerrero más feroz. Tenía cabello rubio pálido y ojos color celeste bordeados por negras pestañas puntiagudas, y resplandecía de vida y vitalidad inquebrantables. Claramente brillaba con eso.

Sus labios eran rosados y lujuriosos como los de una mujer, pero perfectos para sus facciones masculinas, suavizaban los bordes rudos y proporcionaban una sonrisa completamente arrogante que prometía absoluto placer. Durante años había imaginado esos labios en toda ella, saboreando, chupando...

Un temblor viajó a lo largo de su columna vertebral. Su cuerpo era una obra de arte, bronceado y rodeado por músculos y cicatrices. De alguna manera, había deseando innumerables veces atravesar la inmensa distancia entre ellos y tocarlo.

Pasar sus dedos por él y asegurarse de que era real, de carne y hueso, no una invención exótica de su imaginación.

Como si ella necesitara otra razón para destacar sobre las criaturas de esta tierra, su conexión con Naruto proporcionaba una más. Habiéndolo observado a él y a las personas de su mundo durante tantos años, conocía su lenguaje, sus actitudes, y sus estados de ánimo. No hubiera querido decirlo, los dioses lo sabían, pero se había adaptado a su estilo de vida en lugar de al de ella propio.

Había sabido que Naruto un día entraría en Konoha, y debería haber resistido el deseo de conducirlo a ella. Tontamente, había permitido que su deseo de libertad, su deseo de conocerse a sí misma, sus habilidades, y su padre, distorsionaran sus acciones y pensamientos. Pero más que todo eso, simplemente había deseado verlo.

Ver a Naruto.

Tenía que hacer algo, cualquier cosa, para impedirle entrar en este palacio.

Encontrar la manera de escapar por sí sola.

Ella cerró los ojos, apretó los labios, y combatió un pequeño temblor de pena.

—He cambiado de opinión, Naruto —dijo ella, proyectando la voz en su mente—. No entres en este palacio. Sólo... vete a casa. Vete a casa y olvídate de Byakugan. Olvídate de mí.

Él no respondió, pero ella supo que la escuchó.

—¡Naruto! —Grito ella—. Contéstame.

Ahora no, Hinata. Su voz dura gruñó en su mente, y fue el sonido más bello que alguna vez hubiera oído.

Frustrada por su falta de interés, ella cruzó los brazos sobre su pecho.

—Mejor recoge y márchate.

Según quien.

—Me estoy nombrando a mí misma tu comandante, y te ordeno que te vayas a casa.

Su única respuesta fue un bufido burlón.

—¿Me oíste, soldado? Te dije que te dirig...

¡Boom!

Ella jadeó y se cayó al suelo, la explosión estremeció los mismos cimientos de su habitación. Su corazón se saltó un latido; sus orejas vibraron… y esa vibración pronto se mezclo con el sonido de demonios gritando y el ruido de pasos apresurados.

Naruto estaba aquí. Maldita sea, estaba aquí.

¿Dónde estás? Demandó él.

Poniéndose rígida por la impotencia, el horror y el miedo, dijo entre dientes:

—No entres en el palacio, Naruto. Traerte aquí fue un error. ¡Resultaras herido!

Lograré llegar más rápido si me lo dices. De otra manera, terminaré vagando por estos malditos vestíbulos y buscando en cada maldito cuarto.

Demasiado tarde para despacharlo... él ya estaba dentro. ¿Cómo podría protegerlo? Sacudida hasta el corazón de su alma, rápidamente le dijo de un tirón las instrucciones.

—Sé precavido —susurró ella.

Siempre.

Con sus extremidades temblando, ella se puso en pie. Nada le ocurrirá, nada le ocurrirá, nada le ocurrirá. Ella le protegería, de alguna manera, de un modo u otro.

Un nudo se formó en su garganta, y cientos de punzantes nudos retorcieron su estómago. No sabía qué hacer. Pasaron los segundos sin una palabra de él. Ansiaba llamarlo, preguntarle dónde estaba y que estaba haciendo. Demasiado asustada para distraerlo, guardó silencio. Estaba silenciosamente en el centro de su cuarto, indefensa, llena de culpabilidad y preocupación.

Los minutos pasaron.

Más minutos pasaron, volviéndose más largos y más tortuosos.

Otra explosión estremeció el palacio.

Hinata se agarró al poste de la cama, sosteniéndose en posición vertical. Su sangre corría entre fría y caliente, alternándose, mientras los demonios siseaban y gruñían lejos de su puerta. Sus extremidades se estremecieron violentamente.

—Por favor, que él viva —rezó ella—. Traérmelo ileso.

Los dioses no respondieron, pero nunca lo hacían, en su lugar preferían fingir que la gente de Konoha no existía.

Apártate de la puerta, Hinata.

Sus ojos se ampliaron, mientras la esperanza y la excitación se abrían paso dentro de ella.

—Ya estoy lejos.

Cúbrete con algo. Con cualquier cosa.

Él sonaba muy urgente y fuerte. Inclinándose, ella se arrastró debajo de la cama.

—Estoy cubierta.

¡Boom!

La tercera explosión casi reventó sus tímpanos. Esquirlas de madera y trozos de mármol chocaron sobre el piso, lloviendo alrededor de la cama como granizo.

—¡Hinata!

Esta vez, la voz de Naruto no estaba dentro de su cabeza, sino dentro de la habitación. Casi llorando por la fuerza de su alivio, ella lentamente gateó fuera de debajo de la cama, moviendo las nubes de humo. Ella dio un respingo cuando su rodilla tropezó con un pedazo de vidrio roto.

—Aquí —gritó ella, agitando una mano adelante de su cara para quitar del medio la neblina—. Estoy aquí. —Su mirada pasó alrededor de la destrucción hasta que ella lo encontró.

Él vestía su ropa verde y negra, su túnica no se veía por ninguna parte. Su camisa estaba apretada contra sus abultados músculos, y sus pantalones estaban rotos en el muslo. Una tela hecha del mismo material que su camisa estaba atada sobre su pelo, escondiendo la palidez de sus hebras. Había pintado de verde y negro su cara, pero gotas de sudor habían desvanecido los colores y ahora veteaban su frente y sienes.

Se veía hermoso.

Él exploró el cuarto buscándola. Y cuando sus miradas chocaron, se unieron en un ardiente despertar que robó su aliento. Su corazón se saltó un latido. Él era el epíteto de fuerza y vida encarnada, y estaba aquí por ella.

Lentamente sus labios se elevaron en una tierna sonrisa ajena a los obstáculos por la salvaje carnicería tras él.

—Hola, Prudence.

Ella casi se derritió.

—Y para que los sepas, tú no estás al mando en esta relación. Ahora, vámonos.