Capítulo 4

El corazón de Hinata retumbaba en su pecho mientras corría detrás de Naruto a través del laberinto de oscuras habitaciones. Se mantuvo alerta, lista para saltar sobre alguien que intentara herirlo. Más de una vez, intentó tomar la iniciativa, pero él la mantuvo firmemente escudada por la blindada anchura de su cuerpo.

La bolsa con lo que había robado estaba firmemente atada en su cintura, y la pesada carga chocaba contra su muslo con cada movimiento que hacía. Las llamas fluctuaban esporádicamente, lamiendo las paredes, ofreciendo momentáneas visiones de restos carmesí.

Los pasos de Naruto eran inquietantemente silenciosos en medio de los atormentados gritos de los moribundos demonios, y se mezclaba tan bien con las sombras que no podría haber sabido que estaba ahí si no hubiera sido capaz de oler el aroma de su masculinidad. Si no sintiera el calor que irradiaba y que la envolvía.

Él se detuvo abruptamente, se giró, y la atravesó con una dura mirada fija. La sobrepasaba, su tamaño y altura lo tragaban todo a su alrededor. Ella sabía que era alto y grande, pero no como esto. Verlo en persona había sacado a la luz la masculinidad en él, la vitalidad. Colocando un dedo sobre sus labios verdes y negros, le hizo señas para que fuera silenciosa. Ella asintió comprendiendo.

Uno de sus brazos se colocó alrededor de la cintura de ella y la empujó profundamente hacia las sombras, profundamente hacia su cuerpo. Este era el primer verdadero contacto que había tenido con él y a pesar de los peligros que acechaban a su alrededor, se encontró anhelando fundirse con él, envolverse en torno a él y deslizar los labios sobre su piel.

—Quédate aquí. —su cálido aliento se deslizó por el oído de ella—. Volveré.

Verdad. Sus palabras solo conocían la verdad. Volvería.

Su talento para oír bajo las palabras reales y saber más allá de toda duda la verdadera intención del hablante solía ser una maldición. Hoy no. Cuando Naruto se escabulló pocos segundos después, ella no corrió tras él. Seguirlo habría sido imposible, de todas formas. Era como una niebla, apenas visible un momento, un fantasma etéreo al siguiente, ajeno completamente a su mirada. Se apretó contra la pared demasiado caliente y dentada que había detrás de ella. ¿Adónde había ido?

¿Qué estaba haciendo?

Los segundos se arrastraban, y un lento pánico comenzó a quemarla dentro del vientre cuando se le ocurrió un horrible pensamiento. Naruto tenía la intención de regresar, cierto. Sin embargo, hay veces que las intenciones importan poco. Podrían haberle tendido una emboscada. Haberlo dañado. Tragó aire. Haber muerto. Después de que la premonición la advirtiera de su impetuosidad, ¿por qué le había dejado abandonarla?

Luchando contra la marea de creciente terror, trató de abrir su mente a él, encontrarlo en el caos y guiar sus pasos, pero continuamente tropezaba con una barrera mental y solo veía oscuridad. ¿Era la barrera de él? ¿O la de ella? Nunca se había encontrado con este tipo de resistencia antes, y no sabía la respuesta. La frustración se unió al terror en el mismo grado con lo que consiguió que su pánico aumentara hasta su punto de ebullición.

Respiró hondo esperando que la calmara, pero el poderoso hedor a azufre y humo le picó la nariz haciéndola callar. Bandas de fiero calor impregnaron el aire mientras una parpadeante luz continuaba iluminando las sombras. Con una fija mirada exploró el vestíbulo por si había alguna señal de Naruto. En cambio, lo único que vio fueron los cuerpos de demonios sin cabeza que ensuciaban el suelo, sus escamas chirriando.

Una nociva brisa le puso el pelo de punta cuando un demonio pasó zumbando delante de ella, con sus alas moviéndose frenéticamente. La criatura no le dirigió ni una sola mirada, pero ella captó el feroz pánico en su mirada, el salvajismo en su expresión.

Rápidamente se quitó la bolsa, escarbó dentro, y de un tirón sacó una daga enjoyada que le había robado a Sara. Sintiéndola, el demonio dio vueltas alrededor intentando descubrirla, con el hambre reflejado en sus rasgos. Los secuaces de Sara nunca la herirían o la tocarían sin permiso, pero Hinata dudaba de la vigencia de ese edicto ahora. Él ansiaba sangre y muerte. La saliva goteaba de sus colmillos cuando se giró hacia ella.

Su corazón dio un golpe antes de alcanzar un ritmo vertiginoso. En sus visiones de la vida de Naruto, ella lo había visto luchar. Lo había visto matar. Realizó cada hazaña con facilidad, con gracia y agilidad, nunca cuestionando sus decisiones.

Puedo hacer esto. Puedo. No importa nada salvo sobrevivir. Determinada, levantó el arma.

Sintiendo la intención de ella, el demonio dejó de acecharla y se lanzó contra ella.

Su boca se secó y el tiempo se ralentizó. Él estaba cada vez más y más cerca. Con las garras alargadas, se preparó para rasgarla, ella se hundió en el suelo, y empujó el cuchillo hacia arriba, hacia su estómago. Un impío chillido vibró en sus oídos.

—¡Zorra! —escupió, siseando salvajemente. Su cuerpo se sacudió con fuerza y le dieron espasmos. Sus piernas daban patadas.

Intentó alejarse de él pero no fue lo suficientemente rápida. Los pies de él le dieron en todo el centro, dejándola sin aliento en los pulmones y doblándola por la mitad. Jadeando, se tambaleó sobre sus pies. El demonio trató de quitar el cuchillo, pero no podía agarrarlo bien. Golpeó y gimió y se retorció.

Corre, gritó la mente de ella. Escóndete.

No lo hizo. No podía.

Muy pronto volvería Naruto aquí, y no podía dejar a ese demonio vivo, poniendo a su humano en peligro. Un arma. Necesitaba otra arma. Hinata corrió a través del pasillo, en busca de algo. Cualquier cosa. Solo los cadáveres la saludaron.

De repente, Naruto apareció en el extremo opuesto del pasillo, como un ángel vengador, sus facciones duras y frías. Sus piernas se afirmaron. Sus manos se apretaron en puños a los lados.

Espió al demonio enfurecido y herido, después desplazó la mirada por todas las partes del largo y estrecho espacio hasta que la vio. Sus ojos pasaron volando sobre el hollín, haciendo que sus celestes íris parecieran mucho más acerados y más oscuros que el cielo en invierno.

—Quédate dónde estás. —le ordenó devolviendo su atención a la criatura.

Aún sostenía el cuchillo, la plata ahora bañada con carmesí. Con pasos lentos y seguros, se acercó, con los músculos en tensión y listos para atacar.

Mientras Hinata lo miraba, cuatro palabras golpearon su mente.

Naruto. Peligro. Sangre. Muerte.

No. ¡No!

—Para —gritó, dirigiéndose hacia él—. ¡No des otro paso!

Demasiado tarde.

El demonio había logrado reafirmar su posición, y había esperado hasta que Naruto estuvo lo bastante cerca, y usó sus alas para saltar hacia él. Antes de que Naruto pudiera esquivarlo, la criatura hundió sus colmillos afilados como navajas en su brazo.

Naruto aulló por la sorpresa y el dolor.

—Hijo de puta. —acuchilló al demonio con su cuchillo, pero él seguía agarrado con un fuerte apretón, enterrado profundamente.

Al momento ella se acercó, Hinata estaba armada y golpeó al demonio mortalmente en el centro de la cara. Su cabeza se azotó hacia un lado y sus dientes salieron de Naruto rasgándolo y goteando de sangre.

Con un gruñido Naruto saltó hacia la criatura y le cortó la garganta. Cuando dejó de golpear, cuando sus gritos hubieron muerto, el cuarto lo hizo también. Todo se quedó silencioso.

—¿¡Quieres tocarla ahora!? —ladró Naruto dándole patadas. Luego paró, sacudió la cabeza y pareció alejarse del borde de su furia. Quitó la hoja de su vientre, limpió la punta en sus pantalones y se lo dio a ella.

—Gracias. —envainó el arma con una mano inestable y luchó contra el impulso de lanzarse a sus brazos. De llenarle la cara de besos. Era tan fiero, más que un guerrero.

Él se limpió una raya de color rojo de su pecho con la parte de atrás de la mano, pero solo consiguió extenderla más.

—¿Te hiciste daño? —su voz era ronca, cascada y cubierta de tensión.

—No. —Su mirada bajó a la herida más reciente de él, mirando el lento chorrito de sangre que se deslizaba por su codo—. Pero tú sí lo estás. Lo siento. Lo siento tanto. —Y lo sentía más de lo que él podría llegar a saber.

Si no fuera por el mordisco del vampiro que recibió unos días atrás, estaría bien. A causa de esa mordedura, su sangre se había corrompido. Cuando la saliva de un demonio y un vampiro se combinaba, actuaban como un veneno mortal.

Naruto tenía una hora, quizá dos, antes de que su cuerpo reaccionara y se colapsara.

Esto era sobre lo que su premonición había querido prevenirla.

—Lo siento. —dijo otra vez. Tenía que conseguir sacarlo del palacio.

—He estado peor. —dijo él secamente.

Naruto no pensaba en el vampiro que lo había mordido, si no en las mujeres con las que se había acostado, las mujeres a las que había mordido sexualmente. Esas imágenes le inundaron la mente, rubias, pelirrojas, morenas, sus cuerpos abiertos para él. Impacientes.

Hinata vio las imágenes también, el bloqueo se había ido. Su compasión y preocupación con él disminuyeron. Ese libertino tenía la mente más sucia que ella alguna vez había leído. Moviéndose rígidamente, recuperó la bolsa, y la ató de nuevo a su cintura.

—Vamos. — Naruto le agarró la mano y tiró—. Encontré un sendero claro que conduce afuera.

Incrédula, apuntaló los pies en el suelo de mármol, quedándose completamente inmóvil. Ignoró la deliciosa comezón que le recorrió la mano y le subió por el brazo.

—¿Fue por eso por lo que me dejaste?

—Sí. —Otro tirón—. Ahora, vamos.

—Las rutas de escape son mi especialidad.

Las cejas de él se arquearon, como dos cuchilladas arenosas sobre su frente de color del bosque, y él le ofreció una atractiva sonrisa. Era un granuja encantador. La liberó de su agarre y amplió los brazos.

—Muéstrame el camino, cariño. Te seguiré.

—Necesitaré un momento.

Él la miró fijamente.

—Tómate el tiempo que quieras. No es como si tuviéramos la apremiante necesidad de salvar nuestras vidas ni nada.

—Lo haré. Gracias. —respondió remilgadamente.

Sus ojos se deslizaron hacia abajo, imaginándose el palacio, cada esquina, cada hueco. Vio exactamente dónde acechaban los demonios, vio la cuchilla que estaba puesta alrededor de sus cuellos, para enfocarlos en la guerra. Tenían hambre de sangre humana. La olían. La ansiaban.

Estaban decididos a tenerla.

Vosotros, id por la entrada delantera, ordenó Sara a sus subalternos más fuertes. Vosotros, por detrás. Quiero a ese bocado humano capturado inmediatamente. No lo dejéis escapar.

—Tu estrategia no funcionará. —dijo abriendo los ojos—. Debemos ir por ese camino. —señaló en la dirección opuesta.

—¿Segura?

—Absolutamente.

Él no la preguntó cómo lo sabía, pero entrelazó los dedos con los de ella. La sensación de su callosa mano otra vez hizo que le subiera un hormigueo por el brazo, renovando su omnipresente conciencia de él como hombre. La empujó detrás de él, escondiéndola con esa acción.

—Siento que tuvieras que luchar contra ese demonio sin mí. — dijo por encima del hombro.

Por la sorpresa, ella dio un mal paso y se tropezó. Una disculpa. Le estaba dando una disculpa. Había venido a por ella; la había salvado. Él no la debía nada mientras que ella se lo debía todo.

—¿Cuál es el problema? ¿Estás herida? —no esperó la respuesta de ella, se giró, se inclinó hasta que su hombro quedó en contacto con el vientre de ella, y luego la levantó sin ningún esfuerzo.

Hinata jadeó.

—¿Qué estás haciendo? ¡Bájame!

Se puso de nuevo en movimiento.

—Eres demasiado lenta.

—Esto te pone en desventaja. —le pegó con la mano en los duros músculos inferiores—. ¡Bájame en este mismo instante o te apuñalaré por la espalda!

—No me había dado cuenta de que fueras tan sanguinaria. —se rió silenciosamente—. Nunca me dejarías herir a un centauro o a una ninfa pero tú misma intentaste matar a un demonio, y ahora quieres derramar mi sangre. Y si no te calmas, tus pies van a magullar mi parte del cuerpo favorita.

—¿Tu polla?

Él hizo un sonido ahogado con la parte de atrás de la garganta, y sus pies casi tropezaron.

—Cuida esa boca, Prudence. No deberías hablar así.

¿Cuida esa boca? ¡Cuida esa boca!

—Polla, polla, polla. —murmuró y aunque ella estaba calmada, su cuerpo revotaba sobre el hombro de él.

Había trocitos de piedra estaban esparcidos por el suelo que Naruto pateó al pasar deprisa y las precipitó por un amplio y dentado agujero que antes solía ser una pared.

Se adaptaba a las sombras cada vez que un demonio pasaba volando, haciendo todo lo posible para mantenerlos fuera de su vista. Cuando se encontraban solos otra vez, se ponía en movimiento. La bolsa de ella le presionó el estómago a él. Lo dirigió al centro del palacio, hacia el estanque privado de la reina demonio.

Había tres centinelas esperándolos.

Naruto los espió y rápidamente la asentó sobre sus pies.

—Quédate aquí.

Se quedó muy disgustada con esas palabras.

Él corrió delante de ella. Los malvados ojos rojos de los guardias se entrecerraron ávidamente. No redujo la marcha. Naruto agarró un pequeño objeto redondo de un lado de sus pantalones, tiró de algo fino y la plata salió fuera con la ayuda de sus dientes, luego golpeó a las criaturas con ello.

—Abajo. —ordenó él a Hinata, girando y poniéndose encima de ella, propulsándola contra la tierra. En el momento en que la golpeó, cuando el gran peso de Naruto chocó contra ella, se quedó sin aire.

¡Boom!

Más trozos de piedra dentados llovieron sobre ellos. Más penachos de humo oscuro. Más silbidos de furia mientras los demonios eran sacudidos por el aire como juguetes. Incluso antes de que se golpearan contra el suelo, Naruto se levantó y fue hacia los hombres. El fuego parpadeó a su alrededor, lamiendo peligrosamente.

Tosiendo, con los ojos llenos de lágrimas, Hinata se puso sobre sus pies y corrió hacia él. Cuando los demonios aterrizaron, Naruto los mató a los dos expertamente.

Hinata no dudó. Sabía que él había tenido que hacerlo. Ella agarró su cuchillo y mató al tercero.

Sangre de demonio le salpicó la ropa.

Nunca había matado a nadie antes. Había atacado a otro demonio, sí, pero no había sido ella misma la que había dado el golpe mortal. Ahora que había... apartó la mirada del cuerpo sin vida. Esperó sentir culpa o remordimiento; siempre había luchado por la supervivencia de todas las razas atlantes. Pero no sintió ninguna de aquellas emociones. En cambio, se había sentido con derecho. Al igual que había tomado el control de su vida.

Naruto la agarró del brazo y la acercó, con una mirada fija sobre ella, la examinó por si estaba herida.

—¿Me has visto? —no pudo parar una lenta sonrisa que se extendió sobre sus labios—. Lo maté. De verdad lo he matado.

—Sí, y me sorprendiste como el infierno. —Había cierto orgullo en su tono puesto a regañadientes. Arrancó la daga sangrienta de la mano de ella y la envainó en su cinturón—. No podemos quedarnos aquí. Tenemos que encontrar una salida. Rápido.

—Usaremos el estanque.

Su mirada se fijó a la derecha, en las ruinas cubiertas por el agua moteadas por pinchazos de la parpadeante luz de las llamas.

—Podemos nadar hacia la libertad. —dijo ella.

Él frunció el ceño.

—Lamento tener que decírtelo, cariño, pero creo que este estanque solo tiene unos dos metros de profundidad. Todo lo que podemos hacer es nadar dando vueltas. —Y tener sexo, añadió su mente, nunca lejos de la materia.

Oyendo su pensamiento espontáneo, las mejillas de ella se calentaron y su estómago se anudó. Esta vez él no se había imaginado a ninguna mujer excepto a ella.

Ella. Él la había imaginado desnuda y atractiva, con la piel cubierta de gotitas de agua que esperaban por ser lamidas.

Zarcillos de placer se rizaron alrededor de sus venas, extendiéndose como el fuego a su alrededor. Cuando habló, su voz era ronca.

—Hay una escotilla en la parte inferior. Una puerta que conduce al bosque.

Él se paró, considerando sus palabras. Su fruncimiento de ceño se hizo más profundo.

—Si los demonios nos siguen al agua...

—Me aseguraré de que no lo hagan.

La boca de él se abrió para preguntar cómo, pero la cerró con un chasquido, cambiando su mente.

—Vale. Nadaremos.

Él dio un paso hacia el borde del estanque con Hinata todavía cerca de sus talones. Antes de entrar se volvió hacia ella y le dijo.

—Quítate la ropa.

Ella levantó bruscamente la cabeza, y encontró la mirada de él con amplios ojos.

—¿Los demonios nos olerán dentro y tú quieres que me desnude?

Se le curvó la boca en una de esas sonrisas sardónicas.

—Chica tonta. ¿No puedes leerme la mente?

—No siempre. —se quejó ella. Como antes, él había erigido algún tipo de muro que ella no podía sortear. Tenía que ser él, pero cómo lo hacía, no lo podía comprender.

—Para que lo sepas, Prudence, esa elaborada tela que llevas pesará mucho con el agua. Quítatelo. —Mientras hablaba, comenzó a quitarse la camisa.

Ella ya lo había visto desnudo cien veces antes, quizá mil, pero aquellas visiones siempre estaban en su mente. Viéndolo ahora, en carne y hueso, era mucho más potente. Olvidó todo a su alrededor, olvidó el peligro, enfocándose solo en la bronceada fuerza de su musculoso y fibroso pecho. Su abdomen estaba cincelado en perfectas de dureza.

—Puedes mirar todo lo que quieras. Luego. —añadió él—. Ahora mismo, Pru, necesitas desnudarte. —Dejó caer la camisa y retiró la daga.

Con la mirada aún fija en él, llevó unos dedos inestables a su cintura y trató de desatarse la bolsa.

—No hay tiempo.

Cortó el lazo con la daga. La bolsa cayó al suelo con un estruendo. En el siguiente instante, cortó los tirantes de su traje, el material blanco se deslizó al suelo con su bolsa y la dejó solo con una fina camisa.

Inclinándose, Naruto recogió el vestido y dijo.

—Sal de ahí.

En el momento en que ella se apartó, él metió su vestido dentro de su bolso, seguidamente metió la bolsa de ella. Todo el rato, ella lo miró de arriba abajo. Los ojos de él se fueron calentando. ¿Qué vio cuando la miró? Tragó aire, demasiado asustada para intentar sondear su mente y descubrir la verdad.

Las manos de él se acercaron a ella y mientras lo hacía sintió su calor. ¿Qué iba a hacer él? Paró justo antes de llegar a tocarla.

Sacudió la cabeza y su mirada se volvió fría. Vacía.

—Tenemos que salir del infierno de Oz. ¿Puedes nadar?

Le llevó un considerable esfuerzo quitarse de encima el hechizo de sensualidad que había tejido.

—Sí. —La natación era uno de los pocos recuerdos que poseía de su infancia.

Retozar muchas horas bajo la luz del sol y el agua. Reírse. Divertirse todo el día. Con el paso de los años, había olvidado cómo reírse y disfrutar, pero no había olvidado cómo nadar.

—Solo tengo que intentarlo y tú mantente conmigo. —dijo inclinando la barbilla con orgullo.

Los labios de él se pusieron tirantes.

—¿Puedes mantener la respiración durante largos periodos de tiempo?

Eso, no lo sabía.

—Eso ya lo veremos, ¿no?

—Tomaré eso como un no. —murmuró—. Escucha, he entrenado en agua. La clave es mantener la calma, y dejar escapar el aire atrapado en tu pecho lentamente. ¿Entiendes?

—No te defraudaré. —Demostraría que era digna y fuerte aunque se matara en el intento.

Hinata entró en el agua con Naruto justo detrás de ella.

Un calor húmedo le bañaba la piel, rezumando por su fina ropa, haciéndola temblar. Una nube de color rojo se arremolinó alrededor de Naruto, su herida abierta coloreó el agua.

—Quiero que te agarres a mí una vez lleguemos al fondo. —Dijo él—. No me sueltes por ningún motivo.

—Haré todo lo posible.

—No, lo harás. —Su voz sonó de repente como un rey dirigiéndose a un criado. —Quiero saber que estarás conmigo cada segundo que estemos ahí.

—Sí, señor.

Él sacudió la cabeza ante su impertinencia. Sin otra palabra, ella tomó aliento y se zambulló debajo del agua.

Pataleó hasta llegar al fondo. A menudo, Sara usaba ese pasadizo secreto para moverse por la Ciudad Interior sin ser detectada, cometiendo sus crímenes, alimentándose de criaturas confiadas, luego volver. La reina pensaba que ella era la única que la conocía. Debería haberse dado cuenta hacía mucho tiempo que con Hinata, no había secretos.

Una vez alcanzaron el fondo, Hinata agarró su daga. Cuando su mano solo encontró un paño mojado, casi le da un ataque de pánico antes de recordar que Naruto se lo había cogido.

Tiró de los pantalones de él para llamar su atención. Unas burbujas escaparon de la boca de él cuando la miró, y asintió cuando ella deslizó el arma de su cintura.

Alejándose de él, insertó la punta en una grieta diminuta. Sara usaba una llave, una llave que Hinata no tenía. Abrió forzadamente, haciendo la abertura cada vez más grande.

Los ojos le picaban por el agua, y la carencia de aire pronto hizo que los pulmones le ardieran. Su pelo negro flotaba en su línea de visión como cintas que se rizaban. Naruto trabajó febrilmente a su lado, sus fuertes manos empujaron la losa de roca apartándola más y más.

Tanto ella como Naruto tuvieron que subir a la superficie a por aire antes de que la apertura fuera lo suficientemente amplia para que ellos pudieran deslizarse. Hinata quiso nadar a la superficie una última vez para robar un poquito más de ese preciado oxígeno pero cuando se impulsó hacia arriba vio una horda de demonios entrar en la habitación. Los descubrieron y gritaron regocijadamente.

Se le helaron las venas, regresó al fondo y señaló encima de ella. Naruto los vio y trató de deslizarla por la apertura, pero ella sacudió violentamente la cabeza, tengo que impedir que nos sigan.

Él se calmó. ¿La había oído o el bloqueo aún seguía en su lugar? Naruto, decidiendo confiar en ella, la liberó y la sostuvo de las palmas. Es cosa tuya, nena.

Gracias a los dioses, no había bloqueo. Cerró los ojos, y dirigió sus pensamientos a las criaturas que estaban arriba.

No hay nadie en el agua, les sugestionó su voz interior. No veis al humano. No veis a la chica.

Nunca había tratado directamente a tantos a la vez, nunca había intentado tan valientemente mantener esos pensamientos su interior.

Los gritos demoníacos quedaron en silencia cuando presionaron sus labios.

Miraban hacia abajo en el agua, agitando las cabezas, con los ojos vidriosos aceptando sus argumentos, pero no los dejaban. Miraban a su alrededor con expresiones confundidas.

¿Por qué no los dejaban?

Las fuerzas de Hinata se estaban agotando rápidamente, y su presión sobre ellos comenzó a disminuir. Naruto debía haber sentido que lo necesitaba porque de un tirón la metió por la apertura y trabajó rápidamente para cerrar la escotilla.

Si los demonios los había visto al final o no, Hinata no lo sabía, y no tenía la suficiente fuerza para averiguarlo.

Se agarró firmemente a los pantalones de Naruto. Sus pulmones ardían y necesitaba desesperadamente aire, e incluso aunque su fuerza estaba casi completamente agotada, pataleaba y se impulsaba con el brazo que tenía libre, intentado incrementar su velocidad.

Una intensa niebla pronto trazó el camino por su mente.

No... necesito... respirar...

Naruto envolvió los brazos alrededor de ella, sosteniéndola cerca de él. Sus ojos se encontraron con los de ella y la conexión consiguió reforzarla. Calmarla. Se dio cuenta de que solo había estado dando golpes, pero se había asentado mientras la mano de él culebreaba hasta su cuello.

Lentamente inclinó la cara de ella hacia la suya y sus labios se encontraron. Abre, le ordenó él. Su voz llenó la cabeza de ella trayendo con ello una oleada de esperanza y confianza que abrazó con impaciencia.

Lo hizo sin una sola pregunta, separando los labios ampliamente.

Él sopló aire dentro de su boca, precioso aire que sus pulmones aceptaron con alivio. La calidez de su aliento se curvó sobre el resto de ella como los negros mechones de su cabello que flotaban alrededor de ellos, una capa oscura que los acogía en un asilo privado. El tiempo pareció detenerse. Ella saboreó la dulce esencia de él.

Demasiado pronto, él se alejó unas pulgadas y fijó su mirada en la de ella.

¿Mejor?Mejor.Puedes hacerlo. Sé que puedes.

Ella asintió, rezando para que él dijera la verdad.