Capítulo 10

Ascendieron rápidamente a través de la espesa arboleda, hojas esmeraldas cayendo sobre un terciopelo marrón, mientras les acariciaban al pasar. Distraída como estaba por Naruto, Hinata casi los condujo al interior de un estanque de arenas movedizas, al borde de un asombrosamente alto acantilado. Naruto la traía a la seguridad una y otra vez, sus brazos enlazándose a su alrededor.

Durante el último incidente, él la mantuvo más tiempo de lo necesario, su mirada persistente sobre sus labios. Ella había temblando y gemido, su boca un cálido desafío.

Su cálido, masculino aroma envolviéndola constantemente en su seducción. Ella era tentadora y fascinante. Pero había algo que le preocupaba. Él todavía arrastraba la fatiga, su rostro demacrado, sus extremidades temblorosas.

Siempre se mantenía unos pocos pasos por detrás de ella, su mirada azulada fijada con intensidad sobre su espalda, sus brazos listos para extenderse y arrastrarla al duro escudo de su cuerpo. Normalmente no se mostraba tan distraída y despreocupada por su cercanía. Sin embargo, saber que estaba detrás de ella, causaba estragos en su concentración. Su especiado aroma masculino flotaba en el aire tras ella.

—Así que, ¿Qué hacen los hombres de aquí para impresionar a las mujeres? — preguntó él, hablando por primera vez desde que habían abandonado el campamento.

Ella le echó un vistazo y le sonrió, aferrándose al hilo de la conversación como si fuera la cosa más preciosa del mundo.

—Algunos hombres…

—Mantén los ojos en el camino, —le ordenó. Él la agarró por la capucha de la túnica evitando que tropezara con una roca.

Jadeando, ella volvió su atención al bosque.

—Bueno. Ahora, ¿Qué era lo que ibas a decir?

—Algunos hombres matan al mayor enemigo de sus mujeres y le llevan el cuerpo como regalo.

—Entonces, deberías estar completamente impresionada conmigo. No podría haberte envuelto a los demonios en papel de regalo, pero maté a tu enemigo.

—Sí, lo hiciste.

—¿Qué hay de los otros hombres? Los pacifistas con los que te criaste. ¿Qué es lo que dan a sus mujeres?

Sus labios se curvaron mientras consideraba su pregunta. Ella nunca había sido objeto de las atenciones románticas de un hombre, pero había sido testigo de muchos cortejos.

—Supongo que depende de la criatura.

—Sirenas. Hábleme de las sirenas.

Ella buscó en su mente. ¿Que le habían regalado los hombres de su aldea a su madre cuando deseaban seducirla? ¿Lo había querido recibir su madre? Sus ojos se ampliaron cuando unas largamente olvidadas imágenes surgieron, la tintineante risa de su madre vagando por los recovecos de su mente.

—Una vez, un centauro escribió una obra de teatro para mi madre. Él representó la parte del héroe y contrató a otros para el elenco. Se trataba de una historia de amor de dos personas que abandonaban todo para estar juntos, y recuerdo la forma en que mi madre suspiró soñadora y sonrió durante días.

La única respuesta de Naruto fue un escalofrío. ¿De repulsión? Su silencio fue como dejar caer un enorme peso sobre sus hombros.

—Sé que a tus mujeres les obsequias con flores y dulces. —dijo ella, su estómago encogiéndose ante el pensamiento de cómo cada una le había recompensado con besos. A veces, con carnales besos.

—Eso es muy fácil de hacer y no requiere demasiado. —dijo él misteriosamente.

A ella le quedó la urgente necesidad de mirar hacia atrás. ¿Estaba enfadado con ella? ¿O consigo mismo? Antes de que pudiera pensar la respuesta, se detuvo, una delgada capa de arbustos era la única barrera entre ella y el camino que conducía a la ciudad.

—Es aquí.

—No te acerques más hasta que haya hecho un reconocimiento. —Su mano se pegó al tendón en la base de su cuello, masajeando suavemente mientras lanzaba su mirada en todas direcciones.

Sus terminaciones nerviosas saltaron hasta encontrarse deseando aún más su contacto. Ella sabía que él estaba catalogando su entorno, decidiendo que era seguro y que no. Un coro de risas femeninas vagó hasta sus oídos. Delante de ellos el camino lo cerraban una manada de mujeres centauro. Cada una poseía una larga melena, algunas de color rojo, otras marrón, o pálido rubio, sus pechos cubiertos por mantos de color azul, el color que determinaba el clan al que pertenecían. Cada una de ellas llevaba una bolsa o cesta rebosante de lana.

Las mujeres se aproximaron a una enorme, y brillante puerta que se arqueaba hacia la cúpula del cielo y se dirigieron directamente al pulsante corazón de la ciudad.

La emoción de Hinata se expandió, creció, desplegándose por todo su cuerpo. Ella buscó con sus sentidos cualquier signo o señal de peligro, pero no sintió nada. No le sorprendía. Nunca había sabido cuando estaría ella misma en peligro.

—La Ciudad Central es muy diferente de la Ciudad Exterior. Aquí, las personas son amigables, honestas y trabajadoras. Si te das cuenta, nadie lleva armas.

—Ninguna que podamos ver.

Al igual que él, meditó ella con una sonrisa, sospechaba que todos hicieran juego sucio. Él era un guerrero hasta la médula de los huesos.

—Prepárate, —dijo Naruto.

A su izquierda, un grupo de vestidos… ¿qué demonios eran?... Tan horriblemente parecidos a la Medusa de la leyenda, con ojos negros demasiado grandes, una enorme nariz ganchuda y pelo formado por serpientes. Esas serpientes siseaban y se ondulaban en sus cabezas. Naruto resbaló su mano hacia abajo, envolviendo los dedos alrededor de Hinata. Se pusieron en marcha. A causa de que su mochila se encontraba bajo su túnica, parecía una especie de Jorobado de Notre Dame.

—Bájate bien la capucha sobre la cara —le dijo, y mientras hablaba, se las arregló para deslizar la empuñadura del cuchillo en una de sus manos, cubriendo el metal con el puño de la ropa. Cuando ella obedeció, añadió en silencio—. Vamos a tratar de mezclarnos con esas serpientes.

—Gorgonas, —dijo ella—. No las mires directamente a los ojos, si lo haces, te convertirás en piedra.

—¡Oh, mierda!

—¿Por qué molestarnos en mezclarnos con ellas? Nadie nos reconoce con estos trajes que nos cubren el rostro, y no nos están siguiendo.

—En caso de que interroguen a algo, no sabrán que dos individuos entraron en la ciudad a una hora específica. Cualquier persona que nos vea pensará que somos parte de ese grupo, y no me cabe duda de que la Reina Demonio haría la conexión.

Oh, aquello tenía sentido. Si no estuviera tan contenta de tener a Naruto con ella, eso la habría convencido.

—Puedo proyectar mis pensamientos en sus mentes y convencerlos de que no estamos aquí.

—Eso te agota, y necesito tu fuerza.

Las Gorgonas no les prestaron atención, estaban demasiado ocupadas discutiendo sobre sus dioses. Ella aguzó los oídos y escuchó intensamente, frunciendo el ceño. Un sudor frío goteaba por su piel. De vez en cuando, las Gorgonas dejaban caer comentarios sobre los ejércitos de los demonios y vampiros que habían pasado por su pueblo, indagando para saber si se habían visto a una hembra y macho humanos. Hinata se quedó de piedra.

¿Los vampiros y demonios estaban trabajando juntos? Que… extraño. Las dos razas nunca habían peleado juntos, como tampoco se habían aliado. ¿Qué les había llevado a terminar juntos?

Tambaleándose, se giró a Naruto. Su rostro estaba parcialmente en sombras por la capucha, pero distinguió la sombría línea de sus labios. ¿Les habría entendido? Ella proyectó su conciencia hacia su mente, pero se encontró con el frustrante bloque.

Él le apretó la mano, y ella se mordió el labio. ¿Sabía que había intentado leerle?

—¿A dónde se dirigían? —preguntó ella a la Gorgona que estaba al frente, utilizando el más fuerte de los dialectos del lenguaje Konohakure.

Todas se detuvieron y se dirigió a ella.

Naruto gruñó bajo la capucha, pero mantuvo la cabeza oculta.

—¿Y bien? —exigió ella, con la pretensión de que tenía todo el derecho de estar en su grupo y preguntarles.

—Hacia el palacio Sarutobi. —respondió uno de ellos, y todos se pusieron en marcha.

Eso significaba que su enemigo se alejaba de la Ciudad Central. Eso era bueno, pero... ¿Por qué todo llevaba a Sarutobi, el antiguo Alto Rey de los dragones? Sarutobi llevaba muerto durante muchos meses, y Sasuke, el nuevo rey, había enviado una legión de sus hombres para proteger el palacio de los invasores.

Eso no tenía sentido.

En el momento en que ella y Naruto atravesaron las puertas de la ciudad, se alejaron de las Gorgonas.

—La cosa era mezclarnos con esas cosas, no anunciar que estamos aquí y que no pertenecemos a su grupo, —le susurró Naruto al oído, su tono feroz. Él reclamó el liderazgo, pero mantuvo un estrecho apretón sobre su mano.

Los perros de tres cabezas aparecieron desde atrás de una cabaña de piedra y jugueteaban alrededor de sus pies cuando los vendedores ambulantes quedaron a la vista. El dulce aroma de las tartas y de la carne tentó su nariz. Se le hizo la boca agua.

Era hermoso, ropas de brillantes colores dándoles la bienvenida, y gemas brillando a la luz. Ella quería probar cada una de las comidas, probarse cada pieza de ropa, cubrirse con las joyas.

—Busca un vendedor de armas.

—Por supuesto, —dijo ella, con gran decepción en estas dos palabras—. ¿Podemos explorar después la ciudad?

—Tenemos que… —Él echó un vistazo sobre su hombro, y luego hizo un pausa.

Se dirigió hacia ella, directamente.

Ella se detuvo de golpe con él.

Cuando se quedó quieta, estaban casi nariz con nariz.

—¿Pasa algo?

Silencio. Naruto permaneció en el sitio, estudiando la cara de Hinata y el ansioso fulgor en sus ojos, que los hacía brillar como diamantes. Una media sonrisa curvó sus labios y un brillo rosado encendió sus mejillas. Había un evidente aire de entusiasmo irradiando en ella.

Nunca se había visto más hermosa, más viva y su visión le golpeó profundamente en el intestino. No podía moverse, apenas podía respirar.

Había pensado que el deber estaba en primer lugar. Le había parecido lo más importante en aquel momento, un inteligente plan de acción. Ahora, mirándola, lo único en lo que podía pensar, la única necesidad en su interior, era hacerla feliz.

Durante su viaje a la ciudad, no había pensado en nada excepto en el regalo perfecto que suponía esta dulce e inocente mujer. Cuando ella le había contado la romántica escena que había encantado a su madre, había escuchado la añoranza en su voz y había reconocido que ella deseaba eso mismo para sí. Él no era escritor, ni actor.

Pero no quería dar a Hinata lo mismo que les había dado a otras mujeres. El cliché de flores y bombones no parecía lo suficientemente bueno.

No sabía por qué, pero era importante, necesario, que hiciera algo por ella que nunca haría por otras.

Ella quería explorar la ciudad, así que por dios que podrían explorar la ciudad.

—Tenemos algo de tiempo para echar un vistazo, —dijo él, su voz más áspera de lo que habría deseado.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿En serio?

—Sólo asegúrate de mantener el rostro oculto y lejos de la mirada de demonios o vampiros.

—Estamos a salvo de ellos. Están marchando en la dirección opuesta.

—A veces los ejércitos se esconden en las sombras, cariño, y hay un soplón adentro. Ahora, ¿A dónde quieres ir primero?

Sonriendo, ella miró a izquierda y derecha, y otra vez más.

—Ahí, —dijo, apuntando a un puesto de joyería. Algo captó su atención por la esquina del ojo, y volvió a cambiar de opinión—. No, ahí. —Esta vez ella apuntó a una mesa con una alta pila de algún tipo de fruta y se rió—. A todos lados. Quiero verlo todo de una vez.

El sonido de su rica risa era como un ariete sensual, golpeándolo con la fuerza de mil libras. El había visto antes el placer que suponía para una mujer ir de compras, pero nunca como a esta. Nunca con un potente entusiasmo que se envolvía a su alrededor, endureciéndole en una deliciosa espera.

—Vamos —dijo, tomando su mano, amando la sensación de su suave piel, sus delicados huesos. Él la llevó a un puesto de piedras preciosas. —Una cosa a la vez. Los veremos todos, te lo juro, dios.

La mirada de ella cayó sobre el arco iris de joyas, y jadeó. Sus dedos acariciando amorosamente un par de esmeraldas, un anillo de amatista, y saboreando una de oro y plata enlazados en una cadena. La cantidad de la riqueza que brilla en el puesto era asombrosa.

La criatura del puesto les dedicó una mirada evaluadora. A pesar de que poseía el cuerpo de un hombre, tenía la cara de un toro, con astas saliendo de su frente y llenas mejillas.

Un tipo raro de ver, en opinión de Naruto.

—¿Veis algo que os guste? —preguntó el hombre—toro.

Fue en ese momento que Naruto se dio cuenta de que entendía cada palabra. El Minotauro había hablado en el idioma Konohakure, y así como pasara con las horribles Gorgonas, Naruto les había entendido, y había escuchado la conversación sobre los demonios y los vampiros. Simplemente había estado demasiado envuelto en sus palabras para darse cuenta de que no hablaban en su idioma. Ahora…

¿Cómo diablos había aprendido Konohakure? Un día no había entendido una maldita palabra y ahora entendía todo de aquel extraño idioma.

—Es todo tan hermoso. —jadeó Hinata, cortando en sus pensamientos.

Ella se puso un brazalete en la mano y levantó la manga de su túnica, revelando varios centímetros de lisa piel. Los cristales destellaban, proyectando una amplia gama de colores. Una piedra plateada descansaba en el centro.

La visión de la costosa banda de oro en contraste con el tono de nata y melocotón de la carne de su brazo resultó ser más erótico que las dos chicas que se extendían frente a él. Quería que Hinata lo tuviese. Con desesperación. Fácilmente podía imaginársela con el brazalete… y nada más.

—Se ve hermoso en ti, —dijo el vendedor, en palabras bajas y graves.

Naruto no había tenido en mente el robar, pero bueno, tampoco quería adquirir el artículo de esa manera. Quería hacerle a Hinata un regalo comprado honestamente.

Algo que mirase y que hiciera que siempre pensara en él.

—Gracias, —dijo Hinata, pero se quitó el artículo y lo devolvió a la mesa, volviendo a ponerse la manga en su lugar. Regresó la nostalgia en su voz, y observó el artículo durante mucho tiempo antes de volver su atención a un casco de rubí color sangre.

—Pollo asado, —gritó alguien—. Sólo la mitad de un drachma.

Ella ladeó la cabeza.

—Pollo asado. —jadeó, dejando al vendedor sin una sola mirada atrás.

Naruto observó cómo se iba y, luego, echó un vistazo rápido a la gente y una vez hubo decidido que ella estaría segura en aquel momento, se dio la vuelta hacia el extraño hombre toro, dividiendo su atención entre su mujer y el vendedor de la joyería.

—¿Cuánto? —preguntó el, señalando el brazalete. Sorprendido del fluido Konohakure que brotó fácilmente de su lengua, como si lo hubiera hablado toda su vida.

—Cuarenta drachmas.

No podía preguntar que eran drachmas o habría parecido un idiota el cual no pertenecía en la Konoha. Él simplemente asintió y se dio media vuelta. Cuando acortó la distancia entre él y Hinata, el toro—hombre le llamó:

—Treinta y cinco. Te lo dejo por treinta y cinco.

Naruto tiró de Hinata hacia un lado, alejándola de las aves de corral que estaba asando el vendedor ambulante, un densamente musculoso cíclope de un solo ojo.

Hinata sostenía dos empanadas de carne en las manos y el cíclope los miraba con cansancio, como si esperara que estuvieran midiendo la distancia para huir corriendo con la mercancía. Ella se mordió el labio, bajando la mirada a la comida.

Su mirada regresó al cíclope y notó que el hombre estaba envuelto en trapos, y tenía las mejillas hundidas a pesar de su musculosa apariencia. El pobre estaba tan sucio, que Naruto tampoco tenía corazón para robarle.

—¿Qué son dracmas? —le preguntó silenciosamente a Hinata.

—Dinero. —Ella inhaló la comida con una entusiasta expresión, completamente absorbida en su tarea—. Como tus dólares.

—¿Cómo puedo ganar algunos?

Mientras hablaba, vio un grupo de lo más extraño de todas las cosas que había visto hasta ahora. Con un brazo saliéndole del pecho, una única pierna y torso, y unas alas a la espalda que los mantenían en posición vertical. Se formó un pequeño círculo de risas.

Cada uno sostenía un lagarto de buen tamaño, y cada uno de ellos llevaba una joya como collar, una joya diferente para cada uno. Se retorcieron en una línea, usando solo sus manos para sujetar la cola de la lagartija.

Uno de los hombres gritó, "Ahora", y todos soltaron a sus lagartos.

Naruto esperó que aquellas malditas cosas, odiaba lagartos, puaj, mordieran a sus manipuladores, pero lo sorprendió la manera en que se pusieron en marcha y corrieron hacia delante. La lagartija de collar verde cruzó la línea de meta en primer lugar y su entrenador saltaba arriba y abajo con entusiasmo, aplaudiendo su mano contra el muslo.

La cosa buscó en una pesada bolsa y la alcanzó, abriéndola con los dientes y retirando una pesada roca. Naruto, apostaría su principal cuenta de ahorros a que la pesada roca era un drachma.

Por dios santo, aquello era como un casino.

Él se alegró.

—No importa, —le dijo Hinata—. Ya sé cómo.

Su puño apretó en el cuchillo que portaba. Era de buen tamaño con un asa de mármol y valía una pequeña fortuna. Su cuñado, Jorlan, un príncipe de un lejano planeta, se la había dado.

—¿Has jugado?

—No.

—Hoy va a ser tu primera vez. Ven conmigo.

—Espera. —Ella devolvió la comida a la mesa y él se lanzó hacia la multitud que abarrotaba la calle. Cuando se dio cuenta del único posible destino para ellos, dijo—. Uh, Naruto, quizás deberíamos irnos ahora.

Él la ignoró, no se detendría. Pronto las "cosas" que hablaban en susurros se desviaron hacia ellos, recordando a Naruto algo que quería preguntarle a Hinata.

—¿Te importaría decirme cómo es que ahora sé tu idioma?

Sus radiantes ojos color perla se agrandaron.

—¿Puedes entenderlo?

Él asintió y le echó un vistazo. Pudo ver como apartaba ligeramente la mirada y vio en sus ojos aparecer la respuesta, pero ella simplemente se encogió de hombros.

—¿Cómo pude aprender todo un idioma?

—Con mucho trabajo y mucho estudio. Podrías haber aprendido simplemente con escuchar hablar a los demás.

La mujer era buena, tenía que reconocerlo. Nunca mentía, pero cuando no deseaba responder a una pregunta se las arreglaba para dar vueltas y vueltas.

—No lo estudié y tampoco escuché con atención a los demás. ¿Cómo lo he aprendido? —insistió.

Ella se detuvo, tragó saliva y a continuación, probó.

—He escuchado a algunos seres humanos aprender nuestro idioma a través de la magia.

Magia. Su cuñado trataba con magia, y Naruto sabía de primera mano los peligros que implicaba jugar con magia. Un hombre podía ser convertido en piedra, y todavía podía ver, oír y sentir todo lo que le rodeaba. Un hombre podía estar maldito a permanecer dentro de una caja, permitiéndole aparecer solo cuando sus amas tenían necesidad de sus servicios. Él se estremeció.

No, ni hablar, Gracias.

—¿Utilizaste un hechizo sobre mí? —Antes de que ella respondiera, él se dio cuenta de que en realidad nunca le había dicho garantizándole al cien por cien que había aprendido el idioma a través de la magia. Ella se había limitado a sugerir. De hecho, no había respondido a su pregunta de ninguna manera.

Él rechinó los dientes, se detuvo, y bajó la mirada hacia ella durante algún tiempo, haciéndola retorcerse.

—Te estaré vigilando. Magia o no. Cuando estemos seguros en nuestra habitación esta noche, vamos a tener una larga charla.

Nuestra habitación, había dicho. Hinata tragó, tratando de aliviar la repentina sequedad de la boca. Sospechaba que Naruto entendía el idioma Konohakure por que ella había estado en su mente y debía haber dejado partes de sí misma tras ella

Sorprendente, surrealista, pero ahí estaba. ¿Que había entonces, en esa conexión de él con ella?

Ella no sabía cómo se tomaría las noticias ya que no parecía recordar que había estado dentro de su cabeza, por lo que no dijo nada, dejando que él racionalizara cualquier explicación.

En este momento, tenía otras cosas en las que preocuparse. La piel de los Formorians era tan pálida como la de un vampiro, pero parecía tan seca como el papel con líneas delgadas de color azul. Justamente habían terminado otra carrera de lagartos cuando ella y Naruto llegaron a su círculo. Naruto se detuvo, sin decir ni una sola palabra, simplemente observando con curiosidad, ella permaneció a su lado, escaneando sus caras, lista para advertir si alguien se proponía lastimarle.

Los Formorians tenían cuchillos atados por todo el cuerpo. Ella no sabía por qué estaban aquí en Ciudad Central cuando normalmente se quedaban en la Ciudad Exterior donde eran mejor aceptados. Ellos era una raza amante del peligro quienes no tenían reparos en dar cuenta de un banquete de carne, preferiblemente mientras los cuerpos estaban vivos y gritaban.

—Quiero jugar, —anunció finalmente Naruto rodeando a la multitud, como si no tuviera ninguna preocupación en absoluto.

Los Formorians se agitaron a su alrededor, frunciendo el ceño.

—¿Tienes drachmas? —preguntó uno de ellos, estrechando la mirada.

Naruto sacó su daga y se la dio, con la empuñadura por delante, a la criatura más cerca de él. El Formorian aceptó la daga, sujetándola en su única mano.

—Primero debo ver con quien voy a tratar.

—¿Tienes suficiente conmigo? —dijo Naruto con un tono que había perdido su sencillez, volviéndose oscuro y amenazante—. Me enfrentaré a todos vosotros.

Él se movió con un asentimiento, y otro de los Formorians dio un paso adelante, alcanzando a retirarle la capucha a Naruto.

Naruto empujó a la criatura, con fuerza, haciéndole trastabillar hacia atrás. Todos sus amigos gruñeron en voz baja.

—Apestas a humano. —escupió uno de ellos—. Veamos tu cara.

—Y tú apestas a mierda. —interrumpió Naruto—. Todo lo que verás es otra de mis armas, si no te apartas de mi cara. Ahora, has aceptado mi daga, así que, me aceptarás en el juego.

—Gana o muere. Esa es tu única opción.

Naruto dio un rápido paso adeante, las sombras le cubrían la mayor parte del rostro. Pero a través de las sombras, sus ojos se iluminan de un brillante y amenazante rojo.

—Me dejarás jugar. ¿Entiendes?

Viendo los brillantes ojos… ojos de demonio…ellos asintieron, ahora ansiosos, disgustados. Los Formorians temían a los demonios, su contraparte más fuerte.

Hinata soltó un grito horrorizado. La luz roja de los ojos de Naruto había muerto, dejando sólo la azulada.

Entonces, estaban sucediendo los cambios. Naruto, no se había librado de ellos como ella esperaba. En los próximos días, adquiriría rasgos de los vampiros y de los demonios.

¿Qué rasgos? Eso solo podía adivinarlo. ¿Cómo reaccionaría cuando descubriera lo que le estaba ocurriendo? Solo podía temerlo.

El líder se enfundó el cuchillo de Naruto en el cinturón y le entregó la lagartija con el collar de amatista, el menos activo del grupo. Naruto no se quejó, pero hizo una mueca.

—En la línea y vamos a empezar. El primer lagarto que cruce, gana.

Naruto asintió y se alineó al lado de los otros hombres. La expresión de asco que llevaba le había dado risa en cualquier otra circunstancia. Tal como estaban las cosas, no confiaba que los Formorians actuaran honorablemente, por lo que se mantuvo atenta al respecto.

—¡Fuera! —gritó el líder.

Los lagartos fueron puestos en libertad y entraron en acción. Bueno, todos menos el lagarto de Naruto que empezó lento, sin prisa.

—Ve, maldito. —les gritó, empujándole con los dedos.

Eso hizo que girara en la dirección opuesta.

Demasiado pronto, una lagartija cruzó la línea de meta, terminando con la carrera.

Naruto maldijo en voz alta, entonces se volvió hacia líder de los Formorian.

—Otra vez. —dijo.

—Muéstrame el pago.

Él se sacó el reloj de pulsera y se lo entregó. Los Formorians se reunieron alrededor de él intercambiando ohhs y ahhs, Naruto recogió su lagartija.

—Vamos allá.

Ansiosos, se alinearon todo.

—¡Adelante!

El lagarto de Naruto repitió la actuación, al igual que Naruto. Él maldijo toda la carrera, insultos que casi quemaron los oídos de ella. Después, exigió otra carrera, y sacó su palo de luz. Una linterna, ella sabía que ese era su nombre. Los Formorians estaban salivando por poseerlo, por lo que aceptaron rápidamente.

Los hombres se alinearon. Los labios de Naruto se tensaron. Las líneas de sus ojos y boca ahora endurecidas. La determinación irradiaba de él.

—Será mejor que te muevas esta vez, tú repugnante saco de mierda. —murmuró él—. Una vez más. El ganador se lo lleva todo. —él sacó una de las barritas energéticas, y las criaturas inhalaron, asintiendo.

—¿Listos?... ¡Fuera!

Los lagartos echaron a correr.

Hinata nunca había entrado en la cabeza de un animal, pero en la de este. No sabía si funcionaría, pero tenía que intentarlo de todos modos. Cualquier cosa con tal de ayudar a Naruto.

Vamos, maldito. Más rápido.

Oyendo su fuerte orden, el lagarto saltó a la acción, moviéndose más rápido que los demás y ganando poco a poco la delantera. Un extraño sentimiento de emoción creció dentro de ella. ¡Esta vez tenían la oportunidad de ganar! Ya estaba dando saltitos para el momento en que la lagartija de Naruto cruzó la línea de meta, obteniendo el primer lugar.

Un tenso silencio se unió a la victoria, y nadie se movió, mirando anonadados la lagartija del collar amatista.

—Mi premio. —pidió Naruto.

Todos los Formorians fruncieron el ceño y sisearon cuando el líder les tendió dos bolsas de drachmas, junto con todas las pertenencias de Naruto. Hinata aplaudió y se rió, la capucha prácticamente cayéndose en su emoción. Jadeando, la alcanzó y la aseguró en su lugar.

Naruto enlazó el brazo alrededor de la muñeca de Hinata.

—Es un placer hacer negocios con vosotros, chicos. Si nos disculpáis. —él se la llevó alejándose, mascullando—. Sabía que ese pequeño bastardo se movería al final. Con tu ayuda. —añadió con una sonrisa—. ¿Cuánto es esto? —Él sostuvo las dos bolsas con su mano libre.

—Unos doscientos dracmas, creo. —dijo en una risita, sin preguntarle como sabía lo que había hecho—. ¡Tenemos dinero!

Él le lanzó un sensual y travieso guiño.

—Celebrémoslo.