Capítulo 3

Lo último que esperaba Catalina al salir de clase por la tarde era encontrarse con Malfoy aguardando por ella. Estaba apoyado en uno de los marcos de la ventana más próxima, con su insignia de prefecto luciendo, mientras analizaba su alrededor en busca de alguien a quien castigar, muy probablemente.

—Umbridge quiere que me asegure que vas a tu castigo. —La manera absurdamente prepotente en la que el rubio dijo eso, solo logró que la morena sonriera cuando llegó a su altura.

—No sabía que permitían tener perros en Hogwarts —dijo—, Umbridge debe estar muy contenta.

Draco le devolvió la sonrisa forzosamente, mientras le extendía el brazo, señalando el largo y ahora desierto pasillo—. Vamos.

El viaje fue silencioso. No había podido ver a Harry, así que tenía cierta expectativa macabra acerca de cómo sería su castigo. Como bien le había recordado Antígona el día anterior, nunca la habían castigado, y cierta adrenalina corría por sus venas, pues tenía sus dudas de que el castigo que le impartiera esa mujer fuera a ser demasiado ortodoxo. Por otro lado, sentía que aquel era un problema más humano, más adolescente, acorde con su edad, que había vivido en mucho tiempo. Y eso le hacía pensar que todo lo que había pasado durante el verano se veía cada vez más lejano e irreal.

—¿En qué estás pensando tan seria? —Los orbes grisáceos del chico pasearon durante unos instantes por el rostro meditabundo de Catalina.

—¿Mh? —Había estado tan absorta en sus pensamientos que se había olvidado por completo de la presencia del rubio.

—Te he preguntado que en qué piensas.

—¿Y a ti qué te importa? Además, están a punto de castigarme, ¿en qué voy a estar pensando? —inquirió con obviedad. No iba a decirle lo que realmente le rondaba la cabeza en esos instantes.

—No lo sé, nunca sé qué piensas.

—Bien, tampoco te incumbe. ¿O a caso te interesa saber si pasas por mi mente como tu ego te hace creer? —Una sonrisa burlona bailó sobre sus labios, para después añadir—: Pues no, que lo sepas.

Draco se encogió de hombros—. En realidad, solo quería ser amable, precisamente ya que están a punto de castigarte. Era por tranquilizarte un poco. —Catalina se sorprendió ante aquellas palabras. Nunca pensó que precisamente Draco quisiese ser amable con nadie, ni siquiera con sus amigos, mucho menos con ella. Sin embargo, se tragó su orgullo de Bellarmine y su arrogancia hacia él. Estaba haciendo un esfuerzo por ser amable con ella, pese a que desde que se conocían siempre lo había tratado con esa diferencia de estatus de la que estaba aparentemente tan orgullosa.

—Bueno, realmente no sé qué pensar. Supongo que esto es lo más normal que me ha pasado desde el inicio del verano. Ha sido algo… caótico —murmuró, con una mirada indescifrable.

—¿En serio? Vaya… —carraspeó—, lo siento.

Catalina estaba alucinando. ¿Que Malfoy, Draco Malfoy, sentía algo que no le afectase directamente a él? ¿Qué estaba pasando? ¿Era una broma o alguien con poción multijugos estaba a su lado?

Con el dedo índice le tocó rápidamente el brazo repetidas veces, como comprobando si realmente era él el que estaba ahí hablando con ella. Bajo la yema de sus dedos la tibia piel de él tembló.

—¿Qué estás haciendo? —Sus blanquecinas cejas se alzaron con extrañeza.

—Comprobando que realmente eres tú. No sé, estás… comportándote diferente.

—Bueno, rectificar es de sabios —dijo—. Sé que me he portado siempre muy mal contigo. Aunque… tú tampoco es que seas un encanto, pero eso no implica que yo sea tan cruel contigo, ¿no? Al fin y al cabo, vamos a tener que llevarnos bien con todo lo que está pasando.

—Supongo que sí. —No le dio tiempo a pensar más en las palabras de Draco, pues ya estaban a punto de llegar, pero empezó a pensar que la amabilidad del chico iba en serio y se alegró de que esa tensión tan negativa entre ellos hubiese disminuido un poco. De todos modos, sabía que en público él seguiría comportándose como siempre. Y ella no perdería su dignidad Bellarmine por nada. Ni nadie. Muchísimo menos por Malfoy.

Cuando estuvieron frente a la puerta del despacho se quedaron frente a ella, en silencio. Draco dudó durante unos segundos, y miró de soslayo a la chica, que sin expresión alguna en el rostro se estaba recogiendo su corto cabello—. Buena suerte, Bellarmine —se atrevió a decir finalmente, casi entre dientes. Ella ni siquiera le respondió, y entró al despacho.

Sintió inevitablemente que había traspasado al mismísimo infierno, pues aquel lugar era totalmente rosa, incluso las paredes de ladrillo estaban teñidas por un rosa palo, y cubiertas de platos de diferentes tamaños y colores en los que danzaban gatos de todas las razas y edades posibles. El olor tremendamente empalagoso de la colonia de Umbridge impregnaba todo el lugar, y arrugó la nariz ante la sensación de que dicho perfume se quedaría adherido a su ropa y que ninguna lavandería sería capaz de desprenderlo. Tendría que quemar esas prendas, indudablemente. Ante la expectativa de pasar si quiera unos minutos más en aquel lugar, prefirió la compañía e incómoda charla con Draco en el pasillo.

—¡Oh, señorita Bellarmine, me alegra que ya esté aquí! —El timbre irritante de su voz hizo que se girara, y repasara con su vista a la mujer.

—Lamentablemente no es recíproco —respondió, situándose frente al escritorio. La mujer ignoró su comentario, y se sentó, con una sonrisa terriblemente falsa en su rostro.

—Creo que no le han enseñado muy buenos modales…

—Oh, coménteselo a mis padres, a ver qué opinan acerca de ello.

De nuevo ignoró dicho comentario, y le tendió una pluma dorada—. Quiero que me copie la siguiente frase; ''No seré una impertinente con mis superiores''. —Alzó una ceja mientras agarraba el objeto, ¿superiores? Debía definirle mejor esa palabra, puesto que estaba segura de que no sabía demasiado bien su significado—. Ah, y también; ''No debo inmiscuirme en asuntos ajenos''.

—No me ha dado tinta —murmuró, mientras se sentaba en el diminuto pupitre. Sospechó cuando la sonrisa tétrica del sapo se ensanchó;

—Oh, no, es una pluma mágica, no necesita tinta.

Rasgó la hoja con las primeras líneas, en una perfecta y clásica caligrafía cursiva. La tinta era de un brillante color rojo.

Sintió en los minutos siguientes una quemazón molesta en su muñeca izquierda, y no dudó en rascarse con sus largas uñas. Su mirada extrañada se posó en sus dedos, en los que había restos de piel y sangre fresca. Dejó la pluma y alzó la manga de su jersey. En su blanquecina piel se podía distinguir perfectamente las mismas frases que había escrito sobre la hoja, en surcos finos que supuraban bastante sangre desde el momento en el que había dejado de escribir. Sus orbes hielo se movieron hasta la profesora que, con las manos cruzadas sobre la mesa, la miraba con el mentón alzado y las comisuras de sus labios alzadas.

—¿Ocurre algo, señorita Catalina?

Sabía que los métodos de esa mujer no serían ortodoxos, pero no imaginó que acabaría resultando tan tremendamente sádica y cínica. Se preguntó si le había hecho lo mismo a Harry. Seguramente, pero conocía lo suficiente a ese muchacho como para saber que no habría hecho nada.

—¿Qué es esto?

—Un castigo ejemplar —dijo—, a la altura de alguien como usted.

—Sí, a la altura de alguien como usted, cruel y perturbada, también —respondió, levantándose y echándose el bolso al hombro.

—Su hora de castigo no ha terminado.

—Ha terminado —sentenció—. No pienso permitir que haga algo así.

—Tendré que notificar al director de esto —se levantó, con la misma tranquilidad—. Y a su padre.

—¿Cree que mi padre aceptará algo así? Antes de que se de cuenta ya estará fuera del Ministerio.

—Oh, no dudo de que su padre tiene ese poder —asumió—. Y no dudo que como buena niña pequeña y mimada recurra siempre a las faldas de sus padres para solucionar sus problemas.

Umbridge estuvo casi segura de que pudo oír el orgullo de la pelinegra quebrarse, y por unos segundos vio la rabia incendiarse en su rostro, aunque rápidamente la apaciguó. Era un duro hueso de roer, pero no dudaba que podría con ella.

Una sonrisa zorruna apareció en el rostro de la más joven—. ¿Recurrir a las faldas de mis padres para solucionar mis problemas? —repitió, y dio unos pasos, para quedar frente a esa mujer. Pese a que Umbridge estaba en la pequeña tarima y Catalina abajo, esta última seguía siendo más alta que ella—. Puedo hundirla sin usar mi apellido.

—¿Me está usted amenazando? —La mujer perdió la sonrisa durante unos segundos. Esperaba con total seguridad que con esa acusación Catalina se limitara a volver a sentarse con las orejas agachadas y el orgullo herido, como buena Slytherin (los de esa casa solían ser cobardes), ni de lejos esperó que fuera capaz de amenazar a un profesor.

Se encogió de hombros—. La estoy advirtiendo —meneó la cabeza en negativa. Los muchos aretes de sus orejas repiquetearon en el silencio de la sala. Incluso los gatos habían dejado de maullar—. Aunque evidentemente puede tomárselo como quiera.

Echó a andar hacia la puerta, con seguridad—. ¡Vaya directa al despacho del director!

—Contaba con ello.

Sentía cómo le ardían las orejas de la rabia. Siquiera podía llegar a creer el nivel de cinismo de esa maldita mujer. Estaba loca. Realmente estaba más loca de lo que creía. ¿Cómo Dumbledore había permitido siquiera que entrara en su escuela? ¡Y no iba a recurrir a sus padres! ¡Claro que la había amenazado! ¿Realmente creía que no podría con ella? No le importaría ser expulsada siquiera. No dejaría que alguien como ella se atreviera a pisotearla. Ni ella, ni nadie.

Cuando llegó frente a la gárgola, siquiera tuvo que detenerse, pues esta se abrió inmediatamente al notar su presencia. Entonces dedujo que el director ya estaba al tanto de su pequeña hazaña. No había estado jamás en el despacho de Albus Dumbledore, e instintivamente, mientras subía las escaleras, sonrió. Aquello le parecía más un logro que una severa reprimenda.

Sin duda aquel lugar era mucho más excéntrico —y bello en su excentricidad— de lo que esperaba. Era enorme, repleto de estanterías hasta arriba de libros, que parecían llamarla a gritos para ser leídos, algunos de un aspecto sumamente antiguo y valioso. Había cachivaches por todas partes, así como retratos de todos los directores de la escuela, que lejos de mirarla severamente, le dedicaban agradables sonrisas o escuetos saludos.

El carraspeo profundo de Dumbledore hizo que se girara con sobresalto, y hiciera una pequeña inclinación, como saludo y disculpa por husmear—. Señor director —dijo, acercándose a él. Este le hizo una señal para que subiera las escaleras hasta el escritorio en el que se encontraba sentado.

—¿Gusta de un caramelo, señorita Bellarmine? —murmuró el señor, tendiéndole un bol de cristal repleto de dulces amarillentos.

—Mh, no, gracias, no soy muy afín al dulce —reconoció, negando cortésmente.

—No, no, no —se lo tendió con más ahínco—. No son muy dulces. Son caramelos de limón. Un dulce muggle que me chifla.

Decidió que rechazarlo una segunda vez sería de muy mala educación, así que con una sonrisa suave cogió uno—. ¿Solo uno? —preguntó—. Bien, bien, no voy a insistir más. ¿Cómo le han ido las clases?

—¿Bien? —respondió, dubitativa, mientras removía el caramelo en su boca. Tenía razón, estaba realmente bueno (aunque si sus padres se enteraban de que había comido un caramelo muggle, posiblemente la llevarían al St. Mungo urgentemente)—. Aunque creo que no estamos aquí para hablar de eso, ¿no? —se atrevió a decir finalmente, alzando las cejas y cambiando el peso de pie.

Dumbledore rio—. Tan directa como esperaba, sin duda —mencionó—. No, no estamos aquí para hablar de eso. La profesora Umbridge me ha enviado esto —señaló un sobre rosa de una indudable procedencia—. Dice que usted la ha amenazado.

—Amenaza, advertencia… Algo así, sí —se encogió de hombros.

—¿Puedo saber por qué? —le preguntó, reclinándose en su sillón.

Ambos orbes, igual de azules casi, chocaron, y Catalina mordisqueó el interior de su mejilla. No iba a decírselo, no sería una acusica. Trabajaría con ese problema ella misma.

—No me gustan sus métodos de enseñar poco… ortodoxos.

—¿Y eso merecía una amenaza?

—O algo peor —añadió, ladeando la cabeza, casi sin darse cuenta. Dumbledore volvió a reír.

—Sea como fuere, si usted amenaza -o advierte-, pierde el factor sorpresa, ¿no cree, señorita Bellarmine? —le tendió el bol—. ¿Otro caramelo? Coja varios, sé que le han gustado.

—Gracias.

—Le recomiendo que no vuelva a hacer algo así. Creo que usted conoce igual de bien que yo a Dolores Umbridge, y no le beneficiaría tener problemas con ella.

—Ni a ella conmigo —gruñó.

—Sin duda, sin duda.

Pareció quedarse meditabundo, paseando sus pequeños ojos por la sala. El silencio le resultó extraño, y carraspeó—. ¿Algo más, señor? —preguntó. El anciano dio un pequeño salto al oír de nuevo su voz, como si no hubiera reparado en que todavía estaba ahí. Catalina sintió una extraña sensación en la boca del estómago, algo no estaba bien en Dumbledore.

—No, no, puede retirarse —dijo finalmente—. Vaya con cuidado, señorita Bellarmine. No son buenos tiempos.

Un escalofrío punzante recorrió todas y cada una de sus vértebras, casi sintiendo que vomitaría. Sabía a qué se refería, y sus ojos sobre los suyos le revolvieron el alma. ¿Él sabía algo? No, no podía ser. Aunque no era un secreto que su familia estaba formada por afines mortífagos.

No dijo nada, y salió del despacho sin volver la vista atrás, casi huyendo de la mirada escrutadora del director.

Esa noche no fue a cenar siquiera. Corrió las cortinas esmeraldas de su cama y se cubrió hasta las orejas con las sábanas, casi como si de ese modo pudiera disiparlo todo. Todavía le ardía la muñeca, pero producto de la magia de esa psicópata ya no había herida alguna sobre su piel, solo una cicatriz fina todavía de color rojizo.

Tampoco pudo dormir bien esa vez. No solo soñó con los ojos rojizos y el rostro viperino de él, sino que también con un haz verde esmeralda que impactaba contra el cuerpo de su hermano mayor. Ella solo lo veía como una mera espectadora, y cuando quería gritar, abriendo su boca, casi haciendo sangrar las comisuras de sus labios, una gran serpiente salía de su garganta, llena de viscosa saliva y oscura sangre.

Por la mañana despertó bañada en sudor pegajoso, y sintió la quemazón en la garganta que le hacía demasiado nítida la pesadilla. Se levantó silenciosamente de la cama, todavía con la mano sobre su cuello, cuya piel le ardía. Su rostro se transformó en una horrorosa mueca cuando el espejo le devolvió un reflejo que, además de claramente cansado, tenía unas marcas alargadas de color amoratado sobre la piel pálida del cuello, que pese a ser casi invisibles, estaban ahí. Sintió un pánico terrible, que la condujo directamente al retrete, donde únicamente pudo vomitar bilis ante la ausencia de comida en su estómago. El sello de su nuca le ardía tanto, que solo podía pensar en que aquello le había ocurrido a su hermano. Y solo logró sentirse peor conforme los minutos avanzaban. Miró las paredes que la encerraban, y la angustia de no poder salir de ahí con un pretexto lo suficientemente bueno empezaba a consumirla.

Revivió la pesadilla una y otra vez a lo largo de la mañana, tan vívidamente que acabó asumiendo que no había sido un sueño, que aquello era tan real como las marcas de su garganta. Cada vez que cerraba los ojos la misma escena aparecía sobre la oscuridad de sus párpados; el cuerpo inerte de Eugene frente a ella, quien permanecía quieta, sin poder socorrerlo. Ni siquiera el mejunje logró calmar el sello. La picazón casi ardiente que le producía este y las marcas sobre la garganta la persiguieron toda la mañana, y para la hora de la comida, Antígona la miró con preocupación—. Catalina… ¿estás bien?

—Tiene mala cara —murmuró Zabini, a su lado, con las cejas fruncidas. Draco la miraba desde el otro lado de la mesa. Ignoró su mirada y se volvió a dirigir a Blaise y Antígona.

—No he dormido bien, solo eso —habló por primera vez desde que se había levantado. Su voz sonó ronca, e hizo una mueca de dolor al notar pequeños pinchazos cuando su garganta vibró por el sonido—. Iré a ver a la señora Pomfrey —anunció finalmente, mientras se levantaba con pesadez.

Cuando usó sus brazos como fuerza para levantarse, apoyándose sobre la mesa de madera, su cabello corto se desperdigó a los lados, y Antígona pudo ver de refilón una marca rojiza en su nuca, ligeramente hinchada y con apariencia de haber sido grabada ahí a fuego vivo. Se levantó tras su amiga, quien ya marchaba, y sujetó su muñeca con fuerza, obligándola a girarse—. ¿Qué tienes en la nuca? ¿Es eso un sello? —murmuró entre dientes, estirando de su brazo para que se pusiera a su altura y esa conversación no trascendiera a terceros. Catalina alzó las cejas a la vez que el mentón.

—No sé de qué me estás hablando —respondió finalmente, deshaciéndose del agarre.

—Está prohibido. —Antígona miró sus ojos en busca de algo que le hiciera saber qué estaba pasando con su mejor amiga, pero en lugar de eso encontró algo que le revolvió el estómago—. Lo compartes con Eugene —susurró comprendiendo—… Catalina, ¿qué está pasando? Sea lo que sea podría ayudaros.

—Nadie ha pedido tu ayuda, porque no hay nada en lo que ayudar —negó—. No está ocurriendo nada. La que está actuando como una loca ahora eres tú.

No fue a la enfermería tal y como había dicho, sino que subió rápidamente, casi como si huyera, las escaleras que conducían a la torre de Astronomía. A esas horas en las que todos estaban comiendo ese era el único lugar en el que encontraría algo de paz. Se acercó a la barandilla, donde dejó reposar todo su peso, dejando caer la cabeza hacia el vacío. Cerró los ojos durante unos instantes, oyendo únicamente el rumor del aire filtrarse por la torre y algunas voces lejanas que llegaban desde el patio inferior. Sin duda, no habría pensado que su inicio de curso estaría tan cargado de acontecimientos y sentimientos tan abrumadores. En tan pocos días habían pasado tantas cosas, que sentía que entraba demasiado pronto en un colapso mental.

El gruñir de una lechuza la despertó de su ensoñación, y alzó la vista para ver una lechuza de pelaje relucientemente negro, en cuya pata había un pergamino verdoso atado—. Rufus —murmuró, acercándose al animal y acariciando su suave cabeza con cariño. Esa era la lechuza de su hermano y una sonrisa cariñosa apareció en su rostro al verla, sintiendo que tenerla ahí era como estar más cerca de él. Sin embargo, al reparar en que llevaba un mensaje el miedo la embargó inevitablemente, sintiendo más presentes el amargo dolor que le había punzado desde que despertó ese día.

Aunque conforme sus ojos paseaban sobre las líneas de la perfecta caligrafía de su hermano, el alivio de saber que estaba vivo fue eclipsado por unas terribles ganas de vomitar, que hicieron que se llevara una de sus manos a la boca, presionando con la intención casi nula de que no saliera nada de su estómago. Eugene estaba vivo, pero su tío —hermano de su padre—, ya no. Su tío Silvus se había negado a formar parte del séquito mortífago de Voldemort, y ante la posibilidad de que este los delatara, su propio hermano, Alphonse, lo había asesinado sin ningún ápice de duda, frente a Eugene.

Comprendió rápidamente que lo que había soñado era nada más y nada menos que lo que Eugene había presenciado, pero tergiversado por lo que sería posiblemente su mayor miedo; que él fuera asesinado. Cuando terminó de leer la carta alzó la vista al cielo, quien impasible estaba totalmente despejado, y sintió algunas lágrimas acumularse en sus ojos. Había estado desde pequeña unida a su tío, y a la esposa de este, Melindrea, y simplemente pensar que había muerto a manos de su padre hacía que su corazón se encogiera, no solo por la pérdida, sino porque cada segundo que pasaba sus progenitores se tornaban en un monstruos.

—Bellarmine. —Arrugó la carta con rapidez y espantó a Rufus al oír la voz de Malfoy tras ella, y se giró a observarlo, secándose los restos de lágrimas que pudieran quedar en sus ojos.

—¿Es que acaso me estás siguiendo, Malfoy? —preguntó la morena, carraspeando, pues su voz salió ahogada por el disgusto—. He tenido mucho de últimamente.

El rubio la observó durante unos segundos. No le pasó desapercibido que había estado llorando, sus ojos grises estaban enrojecidos y todavía quedaban rastros húmedos allí por donde habían corrido las lágrimas. Puso las manos en sus bolsillos, y se acercó a donde estaba ella, inclinando la cabeza para mirar hacia el patio que quedaba bajo sus pies—. No eres tan importante como para seguirte —dijo unos minutos después, volviendo a mirarla, con una sonrisa orgullosa en su rostro. Sin embargo, ella ya no estaba pendiente de él, como si ni siquiera estuviera allí. Tenía la mirada posada en el horizonte, y no pudo evitar darse cuenta de que apretaba con fuerza un papel en su puño—. Aunque no se puede estar aquí.

—Tú lo estás.

—Yo soy prefecto.

—Bien, así será más sencillo hacer que te destituyan —dijo finalmente, volviendo a mirarlo, con el mentón alzado y una sonrisa prepotente—. Que seas prefecto no te exime de cumplir las normas —anunció—. Así que, dado que ninguno de los dos puede estar aquí, será nuestro pequeño secreto —susurró, irguiéndose y guiñándole un ojo. Hizo un ademán de salir de allí, pero Draco la agarró del brazo frenándola. Ella volvió a su lugar con las cejas alzadas.

—¿Adónde vas?

—Se supone que está prohibido estar aquí, ¿no?

—Sí, pero ya que va a ser nuestro "pequeño secreto" y que aquí no suele subir nadie, he pensado que podrías contarme lo que te ocurre.

—No, no es asunto tuyo lo que me ocurra, así que déjame tranquila —murmuró, y paseó fugazmente la mirada por el paisaje que le ofrecía la torre. Volvió su atención a él—. Y no me pasa nada.

—Eso ha sido una contradicción —puntualizó—. Vamos, Catalina, ¿te crees que soy tan ingenuo como Antígona? —dijo. Su voz vibró en sus oídos—. A mí no me vas a engañar tan fácilmente con eso de que estás bien y que lo puedes gestionar todo tú sola. Ya te he dicho que quiero llevarme bien contigo, pero no me lo estás poniendo nada fácil.

—¿Por qué te quieres llevar bien conmigo de repente? En todos estos años no has mostrado ningún interés en que seamos amigos más que por la simple cordialidad que nos une por nuestras familias.

—No tengo que darte una explicación —cogió aire—, pero estoy harto de esta situación. Así que cuéntame, déjame ayudarte, ¿qué te ocurre?

—No necesito tu ayuda para solucionar mis problemas. Haz el favor de marcharte y dejarme tranquila. —Las lágrimas volvieron a aflorar en sus ojos mientras hablaba, pero tragó con fuerza y alzó el mentón.

Draco se acercó un poco a ella y dubitativo colocó una mano en su hombro. Una mirada vacía por parte de la chica se posó sobre ese contacto tan poco deseado, pero tan reconfortante a la vez.

Después de unos instantes Catalina, hizo ademán de irse—. Te acompaño —se apresuró a decir el rubio. Sin embargo, la morena negó rápidamente.

—No, no es necesario.

Quemó la carta antes de entrar de nuevo a clase, y mentalmente hizo lo mismo con lo que había ocurrido con Malfoy en la torre. No podía decírselo a nadie, y muchísimo menos a él. Se propuso enviarle una respuesta a Eugene más tarde, pidiéndole que fuera más discreto. Los tiempos se tornaban cada vez más oscuros, y por ende más desconfiados, y no podían arriesgarse a que su lechuza fuera interceptada y todo se descubriera.

Cuando regresó a clase estaba todavía dispersa. La última hora se le pasó terriblemente lenta. Hermione, que se había sentado a su lado, le lanzaba furtivas miradas de preocupación cada vez que Catalina resoplaba con un profundo pesar, cada pocos minutos, hundiendo los dedos en su oscuro y corto cabello, revolviéndolo ligeramente. Una de sus manos se había instalado en su nuca permanentemente, y a la castaña le llegaba un ligero olor a menta cada vez que se movía.

—¿Cómo fue el castigo? —se atrevió a preguntar finalmente Hermione, cuando recogían sus últimas pertenencias al finalizar la clase. La morena tardó unos minutos en reaccionar, pestañeando intermitentemente, como despertando de su trance.

—Bien. Todo lo bien que puede ir con esa loca —añadió finalmente, con mirada y tono disgustados—. Y a Harry, ¿sabes cómo le fue?

Granger se encogió de hombros, echando a andar hacia la salida.

—Bien, creo. Con… Bueno, con todo lo que está pasando es… complicado tratar con él.

La Slytherin asintió pensativa. Realmente admiraba a Potter. Aquella situación debía llevarlo al límite, pero incluso así se mantenía en pie. Ese chico era digno de admirar.

Las semanas siguientes se pasaron con relativa tranquilidad. No recibió noticias de la muerte de su tío, por lo que supuso que ella no debería saberlo, y que Eugene se lo había dicho furtivamente. Le respondió a su carta sin mencionar lo ocurrido, preguntándole cómo estaba y explicándole su hazaña con Umbridge —omitiendo la parte del castigo. No recibió respuesta, así que supuso que estaría ocupado. Las cosas volvieron a su cauce con Antígona, quien no se molestó en volver a preguntar acerca de lo que había visto. De igual manera con Umbridge; las clases se volvieron monótonas, la profesora pareció preferir no reparar en la presencia de Catalina, y esta tenía cosas mejores en las que pensar que en enfrentarse a la mujer. Aunque no olvidaba que tenía una venganza pendiente. A Draco lo evitó cada que tuvo oportunidad. No quería volver a tener una conversación incómoda con la también incómoda —y repentina— amabilidad del chico. Él, por su parte, pareció ignorar su presencia, casi huyendo. Ninguno de los dos pareció objetar nada.

Un viernes por la tarde, un mes después del inicio del curso, ante la marabunta de deberes que tenía, tomó la decisión de encerrarse en la biblioteca. Los pasillos estaban prácticamente vacíos, pues ese día eran las pruebas para el equipo Quidditch de Slytherin, si no recordaba mal.

—Oh, Harry —saludó, viendo al chico acercarse. Él no había reparado en su presencia, parecía absorto. No pasó desapercibido el gesto que hizo el muchacho al sujetarse la mano con fuerza cuando escuchó su nombre.

—Ca-Catalina —carraspeó—. ¿Cómo estás?

La morena ignoró su pregunta y se acercó a él, cogiendo su mano con suavidad. La frase ''no debo decir mentiras'' estaba grabada en una herida profunda en su piel, de la cual todavía supuraba algo sangre, pues parecía que el chico acababa de rascarse. Con la mandíbula tensa sacó un pañuelo verde y blanco, en el cual estaba grabado sus iniciales.

—¡No! No hagas eso. Tiene pinta de ser costoso —se apresuró en decir el chico, deteniendo la mano de Catalina.

—No importa —respondió con voz ronca, siguiendo con su labor—. ¿Por qué te has dejado hacer eso, Harry? No puedes permitir que gente como Umbridge te pisotee.

—No puedo hacer nada. No quiero darle la satisfacción de ser un acusica —murmuró, viendo como la tela blanca empezaba a teñirse por pequeñas motas de carmín. Ambos se quedaron durante unos minutos en silencio, observando cómo la sangre finalmente dejó de salir.

Catalina negó—. De todos modos, no permitiré que esa maldita bruja se salga con la suya.

—¿A ti también te lo ha hecho? —se atrevió a preguntar finalmente.

—¿A mí? —alzó las cejas—. Lo intentó, pero como dicen los muggles; le salió el tiro por la culata —sonrió con suficiencia.

—¿Cómo sabes eso? —Harry sonrió ampliamente al oírla decir eso—. Pensaba que…

—¿Qué por ser sangre pura y mis padres mortífagos no sabría nada de muggles? —terminó ella, viendo que el chico se cortaba con rapidez y mordisqueaba el labio. Ella lo había dicho, había afirmado que sus padres eran mortífagos. Pero no sabía si se refería al pasado, o en ese momento volvían a estar al lado del señor Oscuro—. Tienes razón. Si mis padres supieran que he estado leyendo libros muggles me encerrarían en el sótano y no volvería a ver la luz del día jamás —asumió, para luego encogerse de hombros—. Pero no lo sabrán, ¿cierto?

No hablaron mucho más. Harry parecía no querer continuar con el tema de Umbridge y Catalina le concedió ese descanso. El muchacho tenía tanto sobre sus hombros que lo último que necesitaba era estar constantemente arrollado por los problemas.

—Hum… Catalina, sé que no debería pedirte esto, pero… Pronto será la próxima salida para Hogsmeade y me preguntaba si bueno… —titubeó—, querrías que fuéramos juntos…

La mencionada entrecerró los ojos al ver las mejillas y orejas sonrosadas de Harry, y con un carraspeo asintió—. Claro, ¿por qué no deberías pedírmelo? Eres mi amigo, Harry —se apresuró a recalcar—. Será un placer ir contigo.

No pasó desapercibido para ella esa pequeña mueca que hizo el chico al oír que lo acababa de catalogar como amigo, pero la morena siguió impasible.

Se despidió poco después de él, y siguió su camino hacia la biblioteca. A esas alturas del curso ya había bastantes alumnos en las mesas, con libros, plumas y pergaminos desperdigados a su alrededor. La mayoría que veía allí eran de su curso, la desesperación por los TIMOS, que parecían haberse convertido en un monotema, y la marabunta de deberes y trabajos que les enviaban los profesores cada vez más exigentes llevaban a muchos alumnos al límite.

Avanzó entre los pasillos hasta que encontró una mesa con seis plazas, de las cuales solo una estaba ocupada. Arrastró todo lo silenciosamente que pudo la silla, sentándose en el lado contrario de la mesa, puesto que el muchacho que allí estaba tenía a su alrededor algunos libros y pergaminos. Cuando este notó que alguien más se unía a su mesa levantó la mirada con las cejas alzadas. Theodore Nott.

Cat…—susurró el muchacho, sonriendo levemente.

Theodore era posiblemente su otro y único amigo en su casa, fuera de Antígona y su propio hermano. Ambos se veían reflejados el uno en el otro, puesto que sus padres —en el caso de él, su padre, puesto que la madre murió tiempo atrás— eran mortífagos, algo con lo que ambos no estaban particularmente felices. Habían coincidido todos los años en el baile de Navidad anual que celebraba la familia Bellarmine en la mansión, desde que tenían memoria, y se habían hecho compañía mutua cuando todo se tornaba demasiado diplomático y aburrido. La estrecha relación de sus padres había logrado que ellos también la tuvieran, y el muchacho llegó a pasar semanas en su casa, durante los largos veranos. Pero aquel no había sido posible. Nott sabía que Lord Voldemort había estado esos meses en su casa, y le había enviado multitud de veces preocupadas cartas para saber cómo estaba. Cartas que nunca respondió.

Cuando oyó su ronca voz, le asaltó miedo de mirarlo a la cara y ver algún tipo de reproche en ella. O incluso peor, levantar su manga y encontrarse con la marca allí. Sin embargo, se encontró con que le sonreía abiertamente. Ella le devolvió el gesto, tras quitarse la capa y dejarla en el respaldo de la silla.

—Theodore —murmuró—. ¿Cómo has estado?

La mirada contrariada que le ofreció el chico le recordó inevitablemente a la misma que Antígona le dio el primer día que se vieron después del largo verano, en el vagón, cuando la pequeña rubia lo primero que hizo fue reprocharle no haber sabido nada de ella. El chico alzó las cejas y frunció los labios.

—¿Eso es lo único que vas a decir? —dijo, levantándose y acercándose a ella en dos rápidas zancadas. Los brazos delgados y largos de Theodore se cerraron alrededor de su cuerpo, y reaccionó unos segundos después, devolviéndole el gesto con suavidad—. Estoy de tu lado, Cat.

Sus ojos escocieron al oír ese apodo, y estrechó con más fuerza al chico, casi ahogando las ganas de llorar. Cuando se separaron, con las manos temblando la chica cogió su brazo izquierdo y con suavidad descubrió la piel, y un suspiro de alivio escapó de sus labios al no haber ninguna marca allí.

—Mi padre quiere que me una a ellos —dijo—, pero no lo haré jamás. —Catalina asintió, aliviada—. Escuché que hablaba… Bueno, que estaba en tu casa…

—Sí —afirmó—. Mi padre ha matado a Silvus …

Cat… —La abrazó con más fuerza, y estuvieron un largo rato en esa posición. Theodore se inclinó hacia su oído—. No podemos hacer nada por ahora, debemos ser discretos.

—Sí, sé tienes razón, pero esta situación está acabando conmigo —susurró—, y con mi familia.

El muchacho la conocía lo suficiente como para saber que de aquella ecuación lo que menos le importaba era ella misma. Su corazón únicamente pensaba en su hermano, y en el terrible temor a perderlo.

—Estoy contigo. No te preocupes, aquí no pueden hacerte daño.

—Sabes que no soy yo la que me preocupa.

No fueron necesarias más palabras. Todo quedaba dicho. Se apoyarían mutuamente hasta el final.

Después de la cena Theodore fue a su habitación, tras despedirse de Catalina, con quien había tenido una cena amena y tranquila, ambos en un rincón de la mesa de Slytherin. Cuando abrió la puerta Draco ya estaba allí, sentado sobre su cama y con un libro de aspecto antiguo sobre sus manos. Aunque realmente no lo leía, llevaba más de veinte minutos con la misma hoja, con la mirada paseándose de forma automática por las líneas.

—No te he visto subir —le dijo Theodore, deshaciendo el nudo de su corbata. El rubio asintió, meditabundo—. ¿Te ocurre algo?

—¿Hace cuánto conoces a Catalina? —se atrevió finalmente, alzando la mirada. El pelinegro suspiró, viendo cómo en los ojos grises de su amigo se reflejaba el cansancio y una retahíla de lo que posiblemente eran sentimientos contradictorios.

—Muchísimo —dijo—. Desde antes de entrar en Hogwarts. Nuestras familias son íntimas y desde pequeños coincidíamos en el baile anual en su casa. Acabamos haciéndonos muy amigos.

—No parecéis grandes amigos realmente. No se os ve mucho juntos —apuntó Draco, removiéndose en su lugar.

—Bien, que no nos veamos no significa que no seamos grandes amigos. Catalina es muy independiente, pero para su disgusto, siempre está rodeada de gente. No puede evitarlo, supongo que esa es su condena. —Draco percibió que Theodore parecía haber hablado más para sí mismo que para él al decir eso último—. Pero sabes que a mí no me gusta tener a tanta gente a mi alrededor, menos cuando sé que no puedo considerarlos como amigos. Yo sí puedo librarme de ello, por lo menos —siguió—. De todos modos, ¿por qué me preguntas eso?

—Os he visto durante la cena, ella parecía… Feliz y tranquila. No lo sé, pero nunca la había visto así. Menos desde que empezó el año —confesó.

Draco era diferente cuando estaba con Theodore. Él era su auténtico y único amigo en Hogwarts, aquel que le entendía y lo respetaba profundamente. El único con el que podía ser totalmente sincero sin temer ser juzgado.

—Su vida no es sencilla, pero vale la pena el esfuerzo y hacerla sonreír —reconoció—. ¿Querrías ser tú el que lo hiciera?

—¿¡Qué!? ¡No! —se apresuró a decir el rubio—. Es solo que-

—No sé qué esperas de ella, Draco. Desde primero que la tratas mal y así no se trata a la chica que te gusta…

—No- No me gusta —gruñó.

—Te mientes a ti mismo —puntualizó el moreno, acabando de deslizarse en el pijama—. Pero por muy mal que esté ella ahora, no te podrás aprovechar de ello para acercarte. Necesitas más que eso, es una chica complicada.

Terminó por cerrar las cortinas de su cama, y Draco permaneció allí, en silencio en la oscuridad, con un regusto amargo en los labios.