Capítulo 4

Catalina durmió más de lo que pensaba ese sábado. Las últimas semanas apenas había logrado descansar, y aquella noche cayó rendida después de estar hasta tarde estudiando en la Sala Común. Cuando despertó ya no había nadie en la habitación, calculó que serían cerca de las doce del mediodía al abrir los ojos. Un pequeño hilo de luz entraba por una pequeña rendija a través de las cortinas, que le daba de lleno en el rostro. Su cuerpo se sentía entumecido, y permaneció sobre el colchón varios minutos más, deseando no tener que levantarse.

Se preguntó inevitablemente qué estaría haciendo su hermano en esos instantes, si estaría durmiendo bien o comería lo suficiente. Muchos de esos días ella sentía la marca en su nuca arder, y enviaba cartas a Eugene casi a diario, esperando vanamente que le respondiera. Los primeros días lo hizo, después dejó de recibir respuesta y eso solo contribuyó a su falta de sueño. También le había enviado una carta a su tía Melindrea, ahora viuda debido al asesinato de Silvus. Aquella mujer había sido lo más cercano a una figura materna decente que había tenido Catalina jamás. Era una mujer dulce, y pese a ser pura sangre, jamás mostró ideales puristas. De hecho, siempre había tratado de inculcar a Catalina el respeto hacia todos, cosa que logró. Aquello solo fue el detonante para que sus padres no le permitieran pasar tiempo con ella. Entonces se preguntaba cómo estaría, su tía amaba incondicionalmente a Silvus, posiblemente era el amor más puro que jamás había visto, y no dudaba que estaría destrozada. Sin embargo, ella tampoco contestó.

Más tarde, cuando se acercaba la hora de la comida, se dignó a vestirse y salió de la Sala Común. Los pasillos no estaban tan concurridos como de costumbre, algunos alumnos charlaban amenamente posados bajo los cálidos rayos del sol, y otros iban cargados con libros y pergaminos, con expresiones de puro estrés en el rostro.

Las voces estridentes de los Weasley retumbaron en las paredes de piedra, y Catalina detuvo su andar al ver aparecer a los gemelos, Ron y Harry al final del pasillo, todos vestidos con las ropas de Quidditch. El último, al verla, hizo un amago de sonrisa, y alzó su mano tímidamente.

—Buenos días —saludó la chica, cuando tuvo al muchacho frente a ella.

—Dirás buenas tardes… —Uno de los gemelos, no supo diferenciar cuál, se acercó a ellos, con una sonrisa enorme y algo de barro en su rostro. Le señaló el sol, que ya estaba a medio camino de su trayecto—. ¿Se te han pegado las sábanas, Bellarmine?

Catalina sonrió. No tenía una gran relación con esos chicos, pero a diferencia de su hermano Ron, parecían haber notado que aquella Slytherin no eran tan mala como el resto, y que les reía las bromas como todos—. Sí, estaba cansada —reconoció—. Anoche me quedé hasta tarde estudiando.

—Chica responsable —dijo el otro gemelo, dándole escuetas palmaditas en su hombro—. Si las clases te sobrepasan, ya sabes, tenemos pastillas vomitivas, te dejarán fuera de juego un día entero.

—Con vómitos no creo que descanse demasiado ese día —ladeó la cabeza, haciendo que su espesa maraña de cabello negro danzara y relucieran los múltiples pendientes de sus orejas—. Pero lo tendré en cuenta, gracias.

Entre risas se marcharon y desaparecieron de allí, dejando a Harry, Ron y Catalina en mitad del pasillo. El pelirrojo apartó la vista, sin mostrar demasiado interés en ella.

—Hum… Catalina, quería pedirte un favor. —La mencionada alzó las cejas, expectante—. Es acerca de los deberes… Con el Quidditch y bueno- Todo, no estamos teniendo mucho tiempo a hacerlo todo y…

—Y Hermione se ha cansado de dejároslo, ¿no? —Graciosamente Ron estaba pendiente de su conversación de nuevo—. Deberíais esforzaros vosotros, porque los TIMOs los harán vuestras manos, no las mías o las de Hermione —suspiró—. Pero está bien, os dejaré la tarea de las clases que compartimos.

Aceptó porque con solo echarle un vistazo a Harry podía ver su rostro cansado. Notaba perfectamente que pasaba noches en vela y eso repercutía en su persona. Muchas veces tenía una expresión tosca y abrumada en su rostro; otras veces, durante las comidas, su vista se perdía en algún punto inconcreto y sus dedos acariciaban con ímpetu la marca de su frente, con pequeñas muecas de dolor, casi fugaces. Harry lo notaba, notaba que él estaba vivo, que se movía y lo buscaba. Solo por esa razón Catalina aceptaba ayudarlo —Ron iba en el pack, no podía hacer mucho en eso.

—Muchísimas gracias, Catalina —agradeció el pelinegro. Luego le lanzó una furtiva mirada a su amigo pelirrojo, que gruñó a modo de reproche.

—Gracias —murmuró entre dientes.

La chica sonrió zorrunamente—. Evidentemente es un favor que me cobraré —puntualizó, alzando el dedo, coronado por una larga uña pintada de negro. Luego los miró fijamente, estaban cubiertos de suciedad, incluso algunas briznas de hierba se pegaban a sus ropas. Hizo ademán de marcharse—. Será mejor que vayáis a ducharos, pronto será la comida.

Caminó lentamente por los pasillos, y no pudo evitar detenerse en uno de los grandes ventanales. El cielo brillaba azul, con pequeñas y esponjosas nubes danzando sobre él. Siempre se preguntaba cuán cruel podía ser la naturaleza, que seguía impasible pese a las desgracias que envolvían a aquellos que habitaban en ella. Ciertamente odiaba ver esos días tan brillantes cuando únicamente le asaltaba la incertidumbre de saber si su hermano seguía con vida o no. Recordaba sin poder evitarlo cómo solo un año atrás paseaba por esos mismos pasillos junto a él, entre risas y bromas. Y ahora estaba sola. Completa y absolutamente sola.

Reanudó su camino sin volver la mirada al exterior, con la sensación absurda de enfado en su interior.

—Ugh, perdón. —Varios pergaminos y libros se desperdigaron a sus pies, y una muchacha de rizos castaños se apresuró a recogerlos, al chocar con Catalina. Esta imitó la acción—. No sé en qué estaba pensando —reconoció la pelinegra, sintiendo cómo el enfado se disipaba.

—Está bien, yo tampoco estaba pendiente.

Le tendió sus pertenencias a la chica, cuando ambas volvieron a levantarse. Era una muchacha de baja estatura, de piel blanquecina, mejillas sonrosadas y unas gafas de pasta azul oscuro, que cubrían prácticamente todo su rostro. Lo que más le llamó la atención fueron sus cortos rizos castaños, que rebotaban graciosamente sobre sus hombros.

La susodicha pareció sorprenderse al reconocer a Catalina, y sus ya rojas mejillas parecieron adquirir un tono más intenso si es que era posible.

—Lo siento —volvió a disculparse la pelinegra. Pese a que la muchacha frente a ella no llevaba su capa, le sonaba que era de Ravenclaw. Tenía la sensación de haberla visto en alguna clase.

—No, no- Está bien —respondió, claramente intimidada. Catalina era más alta que ella, casi una cabeza y media más, y para mirarla a los ojos debía alzar la cabeza, cosa que no hizo, temerosa de mirarla a los ojos.

—¿Eres de Ravenclaw? —asintió—. Por eso me suenas, compartimos Adivinación, ¿no? —volvió a asentir, todo sin mirarla. Catalina frunció el ceño, extrañada—. Soy Catalina Bellarmine.

—Carla. —La Slytherin abrió su boca, a punto de preguntarle por su apellido, pero calló, observándola fijamente. Sintió algo así como lástima y ternura en su interior, pero también una culpabilidad extraña, no le gustaba provocar esas reacciones tan desmesuradas en la gente.

Suspiró—. Bien, Carla, debería ir yendo a la comida —carraspeó—. Así que no te quito más tiempo. Que tengas un buen día. Lo siento de nuevo —sonrió débilmente para finalizar la conversación -prácticamente unidireccional, y reanudó su camino. Estuvo segura de oírla murmurar algo, e incluso pudo divisar por el rabillo el ojo que ya había alzado la cabeza, pero no se detuvo, queriendo dejar de hacerla sentir incómoda.

La mesa de su casa ya estaba bastante llena cuando llegó. Caminó lentamente por el pasillo, con tranquilidad. Le gustaban especialmente los sábados, cuando dejaban de ser estudiantes encasillados en el emblema de sus uniformes y eran solo adolescentes. Con solo echar un vistazo, si te fijabas detenidamente, se apreciaba que la gente de las otras casas estaba mezclada, los tejones, los leones y las águilas se sentaban juntos. Como siempre, las serpientes seguían manteniéndose al margen, como si de aquel lugar nadie estuviera a su altura.

Catalina no pudo evitar resoplar al volver a pasear la mirada por el lugar, evitando casi a toda costa mirar demasiado su mesa, para no encontrarse con la mirada de alguno de sus compañeros. Las comidas ya no eran tan divertidas ese año, no sin Eugene allí. Le gustaba sentarse con él y Antígona, cuando estaban juntos. Disfrutaba viendo a su hermano feliz y reía en conversaciones amenas. Pero sin él ahí y con su relación con Antígona colgando de un hilo en esos instantes, la abrumaba lo incómodas que podían resultar esas comidas.

Deseó poder sentarse con Harry y sus amigos. Hermione estaría contenta y Neville parecía no estar tan incómodo con su presencia —no después de ayudarlo con una desastrosa poción la semana pasada—, pero para el resto de Gryffindor de la mesa sería incómodo tener a la reina serpiente allí.

—¡Catalina! ¡Catalina, aquí!

Una voz suave y algo estridente llamó su atención, y cuando vio a Luna Lovegood saludarla efusiva y exageradamente alzó las cejas. No había vuelto a hablar con esa extraña muchacha desde el inicio de clases. Reconocía que el apodo de lunática le iba que ni pintado, pero tampoco se enorgullecía de haberse reído algunas veces de ella. No se veía como una mala chica, simplemente era diferente al resto, y eso bastaba para que la dejaran sola y la hicieran sufrir, aunque ella parecía simplemente ajena al resto.

Se sintió todavía peor cuando notó que a su alrededor no había nadie sentado, la gente parecía dejar unos sitios de precaución entre ellos y Luna, como si algo en ella fuera contagioso.

Aquello le bastó para sonreírle sutilmente a la muchacha, echando a caminar hacia ella. Notó a su lado cómo Antígona la miraba sorprendida, con una cuchara de sopa a medio camino de su boca. La rubia no entendía qué le estaba pasando ese año a Catalina, por qué estaba comportándose de ese modo tan extraño y esquivo con todos. Y mucho peor, qué demonios hacía sentándose con la lunática de Ravenclaw.

Bajo la mirada expectante de otros muchos ojos, se sentó frente a la pequeña rubia, que le sonreía agradablemente. Sus pequeños ojos parecían cansados, casi siempre entrecerrados, como si le pesaran, e incluso de ese modo, brillaban y brindaban calidez, pese a todo.

—¿Cómo has estado, Luna? —preguntó finalmente, después de darle un sorbo a su jugo de calabaza. La chica pareció meditarlo, con esa sonrisa suave todavía en su rostro.

—Los Nargles han vuelto ha robar mis zapatos —murmuró, divagando. Catalina echó un rápido vistazo bajo la mesa, comprobando efectivamente que no llevaba zapatos, sino unos calcetines grises con motas rosáceas. Escuchó unas risas disimuladas a su lado, y su atención se centró en un grupo de estudiantes, que al parecer habían escuchado lo que la rubia acababa de decir.

—¿Nargles?

—Sí, son criaturas a las que les gusta robar cosas y devolverlas de formas extrañas. La semana pasada aparecieron mis zapatos llenos de cáscaras de huevo…

La mandíbula de Catalina se tensó, y sus orbes hielo se posaron sobre los mismos estudiantes de antes, que se irguieron en su lugar al percibir su enfado—. Ya veo —asintió—. Espero no tener que encargarme de esos Nargles por ti, Luna. —Se llevó un mechón oscuro tras la oreja.

La chica efectivamente parecía creer que eran esos seres los que le hacían tales trastadas, y Catalina, por segunda vez en el día, sintió ternura. Luna no era una loca, Luna era alguien inocente y pura, y la gente, siempre maliciosa y llena de odio, había asumido que podía aprovecharse de eso. Tal era su inocencia que no cabía en su mente que alguien pudiera hacerle tales cosas solo por maldad, y le daba pena algo así.

—Todos dicen que eres alguien cruel y fría —dijo la rubia. La morena abrió los ojos, sorprendida por sus palabras.

—¿Eso dicen?

Asintió, ajena a la mirada entornada de Catalina—. Pero creo que todo eso son mentiras. No pareces cruel, ni fría. Te he observado mucho y eres amable y cálida.

Sonrió apenada cuando escuchó eso, porque sabía que, en realidad, no era cierto. No era amable y cálida. Le gustaría que aquello fuera verdad, y que todo el mundo la viera de ese modo.

—¿Qué te parece salir a dar un paseo por los jardines? —dijo la morena, decidiendo no responder a lo que acababa de decirle—. Hace un buen día, no estaría bien para nosotras quedarnos encerradas en el castillo —se levantó, y Luna asintió, alegre por la oferta—. Aunque primero… Deberías calzarte.

—No tengo más zapatos. Los Nargles se los han llevado todos.

Suspiró—. Te dejaré unos míos, vamos.

Aunque los zapatos de Catalina le iban algo grandes a la rubia, eso no le pareció molestar. Caminaron un buen rato por los jardines, en silencio. Lejos de ser un silencio incómodo, ambas parecían estar divagando en sus mentes, sin reparar demasiado en la presencia de la otra. Catalina no podía evitar recordar lo que Luna le había dicho antes, cómo la gente la veía, una persona fría y cruel. Quizá se merecía ser tildada de ello. Tampoco podía no ser de ese modo, si por alguna razón su padre llegara a enterarse que no era respetada ''como se merecía'', no quería imaginarse qué ocurriría. Sin embargo, no era lo que quería oír de sí misma. No se sentía agradable saber que la gente la veía de ese modo, aun cuando realmente era así. No le gustaba ser cruel con nadie y fría solo era en apariencia, pues posiblemente sufría igual o más que el resto. No obstante, no quería cambiar la percepción que tenían de ella. Realmente le bastaba con pensar que la única persona que en realidad le importaba sabía cómo era; Eugene. La oleada de cariño que le invadió al pensar en él la reconfortó casi al instante. Él la conocía mejor que nadie en el mundo, y sabía perfectamente cómo era, conocía a la auténtica Catalina y eso le era más que suficiente. Otra persona que quizá sabía muy bien quién era, era Theodore, se conocían desde pequeños y ambos llevaban el lastre de familias puristas y extremistas. Así que sabiendo que ellos dos la querían y conocían tal y como era, tenía suficiente. El resto eran daños colaterales.

Una ráfaga de aire frío caló en sus huesos. Los días cálidos habían puesto fin y el frío del otoño empezaba a azotar cada vez con más intensidad las paredes del castillo. El jersey de lana grueso en el que se había enfundado Catalina no le bastó para detener el frío, y tiritó levemente. Movió su mirada hacia Luna. Se habían alejado bastante en su silenciosa caminata, y desde donde estaban podían ver el Sauce Boxeador y tras él, el Bosque Prohibido.

No pasaron desapercibidas para ella las motas negras que sobrevolaban el bosque, y enseguida lo identificó como los caballos esqueléticos que tiraban de los carruajes el primer día, los Thestrals.

—Cada día les llevo comida —divagó la rubia—. Hoy no lo he hecho, debería hacerlo —murmuró, convencida—. ¿Quieres venir? —La mirada inocente y tranquila que le brindó con sus ojos saltones le hizo sonreír algo incómoda.

En sus planes no cabía la idea de entrar al Bosque Prohibido, puesto que su nombre ya remarcaba qué clase de criaturas podrían encontrarse ahí. Posiblemente el año anterior no hubiera dudado en hacerlo, pero su vida era lo suficientemente complicada y contenía tantas cosas prohibidas, que no planeaba sumar una más. Además, ver a los Thestrals de nuevo solo le serviría como un macabro recuerdo de lo que había presenciado durante ese horrible verano.

—No, está bien. Tengo frío, no voy lo suficientemente abrigada —dijo. No mentía, podía notar la fría brisa colarse entre los hilos de lana, impactando directamente con la piel de su vientre. Las medias eran finas. Lo único caliente en su cuerpo eran las pantorrillas, cubiertas por unas gruesas botas.

Vio alejarse a Luna, dando saltitos, como si no fuera a adentrarse en un terreno prohibido y lleno de peligrosas criaturas que no dudarían en atacarla. Se preguntó si no debería acompañarla, pero algo le decía que la pequeña rubia estaba acostumbrada a internarse en ese lugar.

Regresó al castillo rápidamente, abrazada a sí misma. Sentía sus orejas palpitar por el frío y de vez en cuando sus dientes castañeaban.

Se detuvo súbitamente cuando una picazón ardiente empezó en su nuca, y se llevó la mano allí, cubriéndose la zona. Su piel desprendía un fuerte calor, que contrastaba enormemente con el resto, que estaba fría. Pocos segundos después una corriente dolorosa subió por todo su brazo izquierdo, terminando en el sello. Tragó con fuerza, y quedó estática en el lugar, con la mirada perdida en el césped amarillento. Su mandíbula estaba tensa y una expresión indescifrable estaba en su rostro. No podía ser, no podía ser que ahora Eugene estuviera también en eso y ella no estuviera allí para impedirlo. Incluso sin el sello que compartían podía saber que la mente de su hermano era un caos entonces, y que necesitaría estar con ella.

Cat, ¿estás bien?

La voz de Theodore le sonó lejana hasta que este se atrevió a tocar su hombro suavemente, haciéndola despertar. Se giró hacia él, y enseguida el muchacho percibió que algo estaba realmente mal. Su amiga estaba mucho más pálida de lo normal, sus labios entreabiertos temblaban ligeramente, y sus ojos brillaban por un mar de lágrimas que apenas podía mantener a raya. Bajó la mirada fugazmente, para encontrarse que su mano derecha sujetaba con fuerza su antebrazo izquierdo, con tanta fuerza que no dudaba le saldría un cardenal pronto. Con suavidad separó sus extremidades y la abrazó, llevando una de sus manos a su cabeza, acunándola en el surco de su cuello. Enseguida notó como el temblor de sus labios se expandió a todo su cuerpo, y sujetó con fuerza su jersey, dejando escapar ahogados sollozos. Murmuraba palabras inteligibles, pero no necesitaba entenderlas para saber qué estaba ocurriendo.

A lo lejos, Draco Malfoy observó a ambos abrazados, y un regusto amargo inundó su boca.

Theodore Nott aguardó pacientemente en el pasillo a que Catalina terminase de hablar con el director y Snape. Se movió de un lado a otro con nerviosismo, lanzando furtivas miradas a la gárgola que resguardaba la entrada. Ella había desaparecido tras esta silenciosamente acompañada del profesor de Pociones, con el mentón alzado, pero todavía tembloroso. Y de eso ya hacía prácticamente una hora.

Le tomó un buen rato tranquilizarla. La llevó a su habitación —y agradeció que ninguno de sus compañeros estaba—y permanecieron un largo rato allí, con la chica acunada en sus brazos. Se le hacía tan extraño como doloroso haber estado así. Durante los muchos años que conocía a Catalina no la había visto jamás derrumbarse, por muy complicada que fuera la situación, y desde que él había regresado, solo era capaz de ver una mirada cansada y un alma rota en ella. No pasaban mucho tiempo juntos, la chica solo atinaba a alejar a la gente de ella, pero la veía y cuidaba silenciosamente de lejos, y notaba perfectamente cómo había dejado de ser la chica risueña que conocía. Ahora solo era una sombra del pasado, un cascarón vacío que miraba al cielo, anhelando ver la lechuza que le trajera noticias.

Cuando escuchó crujir la gárgola se giró rápidamente, y se aproximó a la morena, que tenía la mirada puesta en él.

—¿Qué te han dicho? —se detuvo—. ¿Qué has dicho?

—Silvus —murmuró—. He dicho que me he enterado de la muerte de mi tío, y que necesito ir urgentemente a casa. —Cerró pesadamente los párpados y se masajeó las sienes con insistencia—. Tengo la sensación de que saben que estoy mintiendo. Snape evidentemente lo sabe, y Dumbledore simplemente se hace el loco —dijo, con voz ronca—. Pero no importa, me han dado permiso. Debo cambiarme de ropa y esta noche me iré.

El chico asintió—. Cat, sé que no es lo que necesitas oír… —dudó unos segundos—, pero lo de Eugene ya es irreversible.

La mandíbula de su amiga se tensó.

—No puedo saberlo y no hacer nada. —Enterró ambas manos en su cabello, arrastrándolo hacia atrás—. Sé que no puedo volver a atrás y evitar que esto ocurra, pero siento que es mi culpa. No encuentro explicación de por qué ahora. Debería haber sido en verano, pero mi padre no quiso, dijo que Eugene no era merecedor.

—No es tu culpa…

Los gélidos ojos de Catalina se toparon directamente con los verdosos de Theodore—. Debería haberla recibido yo, no él, pero él dijo que todavía era muy pronto. Todos sabemos que en realidad es porque dudan de mis lealtades. Ha esperado a que no estuviera en casa para hacerlo. Ahora estoy totalmente atada a ellos, no puedo simplemente irme, no si eso significa dejar a Eugene. ¿Por qué a él y ahora? Con eso se han asegurado de que mi lealtad sea única y clara.

Suspiró pesadamente y se enderezó. Llevaba la chaqueta de Theodore desde hacía rato. El frío parecía haberse aferrado a su piel y nada conseguía desprenderlo, pero por suerte había dejado de temblar. Decidieron dirigirse a la Sala Común entonces. Catalina quería darse una ducha cuanto antes, vestirse adecuadamente para ir a casa y marcharse.

La cena ya había pasado para aquel entonces, y cuando entraron en la Sala, muchos de los alumnos se encontraban allí, disfrutando del sábado noche. Se acercaron a los sillones, donde se encontraban sus compañeros. Irse directamente a las habitaciones resultaría su sospechoso, y Theodore respetaba la decisión de Catalina de irse silenciosamente.

—¿Dónde habéis estado, par de tortolitos? —preguntó Pansy, cuando los vio llegar. Estaba sentada al lado de Draco, muy pegada. Este solo miraba el fuego de la chimenea crepitar, sin reparar en su presencia. Catalina frunció el ceño.

Antígona se levantó de su lugar en el sillón individual, y le tendió algunas piezas de fruta que guardaba en un pañuelo de tela—. No habéis ido a la cena, así que supongo que- Bueno, tendréis hambre.

Catalina la miró durante unos largos instantes. Antígona se veía cansada, su piel dorada parecía marchita, sus ojos pardos se veían eclipsados por unas notorias ojeras y una expresión permanentemente cansada estaba instalada en su rostro. Sintió un remordimiento terrible al verla así, a sabiendas que era su culpa. Habían sido mejores amigas desde el primer día de clase, y ahora se había alejado de ella sin reparo ni explicaciones. Había perdido a Catalina y a Eugene en un mismo año, y eso estaba consumiéndola.

Sonrió levemente, no tenía nada de hambre, era lo último en lo que podía pensar entonces, pero no dudó en coger una manzana, y tras eso, brindarle un abrazo. Todos las observaban fijamente—. Muchas gracias. Gracias por preocuparte por mí —le susurró al oído. Antígona no tardó en devolverle el gesto, dejando escapar todo el aire que retenía en sus pulmones, como si hubiera estado esperando durante mucho tiempo ese gesto.

Cuando se separaron, Catalina le brindó una última sonrisa, y deseó fervientemente poder decirle que ese iba, y pedirle que la acompañara, porque su presencia haría todo más sencillo para Eugene. Sin embargo, permaneció en silencio comiéndose la manzana, y al terminar, se despidió de todos, alegando que quería darse una ducha antes de dormir.

—Espera, yo también subo.

Malfoy habló por primera vez desde que habían llegado a la Sala. Había permanecido en silencio todo el rato, sin prestar verdadera atención a las conversaciones que se desarrollaban a su alrededor, o a Pansy acariciándole el brazo insistentemente. Solo cuando Catalina anunció que se retiraba reaccionó, y se levantó lentamente, sin despegar su mirada de los ojos de ella, quien lo miraba también fijamente. Theodore le dedicó una significativa mirada a Draco, quien simplemente le ignoró y echó a andar hacia las escaleras.

Los primeros pasos mientras atravesaban la Sala se dieron en completo silencio, bastante incómodo, a decir verdad. No habían hablado durante las últimas semanas, casi como si ambos se estuvieran evitando; Catalina no quería volver a afrontar el incómodo y repentino interés de Malfoy para restaurar una relación que nunca había estado; y Draco no sabía cómo afrontar que quizá sí, tenía sentimientos por ella.

Al subir los primeros escalones, el rubio carraspeó—. Theodore es un buen chico.

Catalina frunció el ceño.

—Sí… —respondió dubitativa, sin saber exactamente por qué decía eso—. Es un buen chico, supongo.

—No sabía que estabais juntos —dijo finalmente él.

—Uh, ¿qué? —Dejó de caminar cuando el camino se dividía entre los dormitorios de las chicas y el de los chicos, y giró sobre sus talones para mirarlo—. No estamos juntos. Theo es como… un hermano para mí. —El simple hecho de imaginarse algo más le hizo arrugar la nariz—. ¿Qué te hace pensar que tenemos algo?, por Merlín.

—Os he visto esta tarde abrazados en los jardines, pensé-

—Pensaste mal —atajó rápidamente. Draco notó cómo su tono de voz se había vuelto mucho más duro, y sus ojos se habían entornado con frialdad—. No quiero saber por qué estabas viéndonos esta tarde, pero sea como sea, quiero dejar una cosa clara, Malfoy —se acercó a él—, mi vida privada es mía, no hurgues en ella.

El muchacho chasqueó la lengua, molesto—. ¿Qué te hace pensar que quiero hurgar en tu condenada vida, Bellarmine? No eres tan importante como te han hecho creer. Pasaba por allí, y os vi. Theodore es mi mejor amigo, y quiero lo mejor para él —la miró de arriba a abajo—, y evidentemente eso no eres tú. —Catalina se mordió el labio inferior con fuerza, con las cejas alzadas. Draco se esforzó por no reparar en ese gesto, queriendo seguir con la mirada puesta en sus ojos—. Intento ser amable contigo y, sin embargo, sigues siendo la misma niña repelente que conocí en primero y que se cree superior a todos.

Ninguno reparaba cómo cada vez estaban más cerca el uno del otro.

—¿Eres tú el que habla de ser repelente y creerse superior? ¿No deberías irle a tu padre de acusica y decirle que una niña repelente te está amargando la vida? —sonrió zorrunamente—. Mi padre se enterará de esto —imitó su voz estridentemente, y Malfoy le dedicó una mirada despectiva.

—Yo no hablo así.

—Oh, cariño, sí, lo haces.

El bello de su nuca se erizó al escuchar como lo había llamado ella, y sintió un cosquilleo extraño en el vientre. No sabía qué responderle, así que solo atinó a observar su rostro. Catalina era guapa. No, era hermosa. Y ella era tan consciente de eso, que lo usaba siempre a su favor. Sabía el efecto que provocaba en los demás, y siempre lo había usado como arma. Pese a tener solo quince años, era alta y su cuerpo era esbelto, unas curvas marcadas que se encargaba de no entornar vulgarmente con ropa estrecha. Su rostro pálido estaba enmarcado por unas cejas oscuras y arqueadas, ojos grandes y repletos de espesas pestañas, que enmarcaban unos orbes azules como el hielo, una nariz respingona y unos labios carnosos, que en esos instantes se mordisqueaba insistentemente. Draco finalmente no pudo evitar mirarlos, y observó cómo ella sonrió con suficiencia.

—No tengo tiempo para estas absurdas discusiones. —Volvió a alzar la mirada a sus ojos—. Tengo mejores cosas que hacer.

La vio marcharse rápidamente por las escaleras hacia los dormitorios femeninos, y no le dijo nada más. Tenía una capacidad increíble para dejarlo fuera de juego, y aquella vez no había sido menos. Draco suspiró, y se fue a su habitación, con la imagen del rostro de Catalina tan cerca del suyo.

Más rápido que nunca hizo el recorrido hacia su habitación, sorteando los escalones de dos en dos. Abrió la puerta rudamente y la cerró tras sí con fuerza, apoyándose finalmente en ella. Su mente se sentía ligeramente nublada por lo que recién había ocurrido. Había notado perfectamente cómo Draco la había mirado, un brillo extraño y desgastado en los ojos grises de él le había revuelto el pecho inesperadamente. Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, deshaciéndose de esos pensamientos. No tenía tiempo para entretenerse con cosas como esas.

Se duchó lo más rápido que pudo y enrollada en una toalla salió del baño. No podía vestir de cualquier manera. Que apareciera en casa repentinamente ya supondría un gran problema, ir vestida indecentemente solo sería un agravante. Optó por una falda gris algo más larga de lo que le gustaría, un jersey de cuello alto oscuro y unas bailarinas del mismo color. Rebuscó en su joyero su anillo de oro blanco, en el cual resplandecía un diamante mediano. Había sido un obsequio de su madre, una de las reliquias familiares que pasaban de generación en generación, y debía llevarlo siempre en presencia de ellos. También se puso la pulsera en forma de serpiente que se enrollaba en su antebrazo y los pendientes de esmeraldas de su abuela. Suspiró finalmente al mirarse al espejo, viendo una Catalina totalmente diferente a la que realmente era, pero que al final, era la única que importaba.

Cuando bajó las escaleras, Theodore ya aguardaba por ella con una suave sonrisa. La morena se había vuelto a poner la chaqueta de su amigo para ocultar su vestimenta. Él la acompañaría de nuevo hasta el despacho del director, con tal de no levantar sospecha. Ambos preferían que pensaran que eran algo más que amigos a que descubrieran la huida de la chica.

Salieron de la Sala en completo silencio, bajo la mirada expectante de sus compañeros, que no dijeron nada. Los pasillos en esos momentos ya estaban desérticos, solo se oían los murmullos de los cuadros que se quejaban al verlos pasar.

—No dudes en enviarme una carta si necesitas algo —le dijo el chico cuando estuvieron frente a la gárgola.

Asintió—. No te preocupes, estaré bien, sé manejar esto.

—Sí él todavía está allí, quizá tu padre te obliga a…

—No me importa —aseguró, lanzando una furtiva mirada al fondo del pasillo, por el que aparecía Snape caminando rápidamente, con su característica capa negra ondeando por la rapidez de sus pasos—. Nada me importará si sé que con eso Eugene estará a salvo.

—¿Y quién te salvará a ti, Catalina?

Snape llegó a su altura y le lanzó una severa mirada a Theodore, quien simplemente hizo una mueca de disgusto. Se despidió de su amiga con un casto beso en la coronilla, y salió escopeteado de allí sin decir nada más. Cuando Catalina se irguió para dirigirse hacia la entrada del despacho, el profesor de Pociones aferró su mano al hombro de ella, que se giró con los labios en una fina línea, con un semblante sombrío.

—Lo que sea que usted vaya a hacer, no le conviene, señorita Bellarmine. —El tono monótono con el que siempre hablaba Snape lograba erizarle la piel, así como la inexpresión de su rostro.

—Nada que pueda afectarle a usted, profesor.

Sabía que Snape era mortífago, lo había visto fugazmente algunas veces por su casa durante el verano. No habían cruzado palabra nunca, ninguno reparaba en la presencia del otro, porque hacerlo no los beneficiaba en ningún aspecto. No obstante, el profesor estaba enterado de su constante enfrentamiento a los ideales que profesaban sus padres, y no dudaba que Alphonse le había encomendado la tarea de tenerla vigilada.

Se deshizo de su agarre y aguardó pacientemente a que la gárgola la dejara pasar. No miró de nuevo al profesor tras ella, aunque podía notar sus penetrantes ojos negros postrados en su nuca. Se preguntó mientras subía qué había llevado a Severus Snape a ser un mortífago. Para nadie era un secreto que el profesor llevaba años intentando acceder al puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, pero que por alguna razón no lo había logrado. Quizá el director sabía de sus inclinaciones y no se lo había permitido precisamente por eso. Para Catalina no había razón lo suficientemente válida para formar parte de aquella locura, todos aquellos que llevaban la marca voluntariamente eran unos monstruos para ella, sin ninguna excepción. Snape incluido.

Dumbledore ya aguardaba por ellos. Estaba de espaldas, con la mano alzada hacia su fénix, que comía algo de su palma. Catalina carraspeó sonoramente para hacerse notar, logrando así que el anciano se girase hacia ellos. Le dedicó una mirada larga e indescifrable. Parecía querer decirle algo, pero no lo hizo, solo sonrió suavemente y la guio hacia la chimenea, cuyas llamas crepitaban sonoramente.

—La acompaño en el sentimiento, señorita Bellarmine —dijo el director, con su voz ronca y pausada. Ella ni siquiera le dedicó una mirada, ansiosa de usar los polvos Flu que tenía en la mano—. Tómese el tiempo que necesite. Hogwarts aguardará por usted.

Eso fue lo último que escuchó tras echar los polvos y adentrarse en las llamas ahora esmeraldas, pronunciando claramente la dirección de su hogar. Sintió un retortijón en su vientre, así como una especie de tirón en su nuca que la mareó momentáneamente, pero se mantuvo firme, con los codos pegados a sus costados. Fueron solo unos segundos que se le hicieron eternos, y para cuando volvió a abrir los ojos, la visión del comedor principal de su casa apareció frente a ella. Los grandes sillones de terciopelo oscuro, la mesa de roble prácticamente recién barnizada, las paredes cubiertas de papel tapiz verde, repletas de cuadros y espejos de aspecto antiguo.

Silencio. Silencio fue lo único que recibió de esa casa, que ya le parecía tan ajena entonces. El aire estaba viciado de un olor a cerrado tremendo, incluso el oxígeno parecía faltarle entre aquellas paredes, que aparentemente protegían a la casa del resto de vida que pudiera haber en el exterior. Todo parecía mucho más oscuro de lo que recordaba, los colores vivos ya no estaban más, y todas las lámparas del lugar estaban apagadas, siendo iluminado únicamente por algunas velas flotantes que apenas lograban mantenerse encendidas, temblando como si ellas también tuvieran frío. El polvo cubría gran parte de los muebles, y se preguntó qué habría pasado con los elfos domésticos para que todo estuviera de ese modo.

Avanzó hasta la mesita de café, en la cual reposaba una taza medio vacía junto a una libreta y una pluma violácea. Sonrió cálidamente al reconocer las pertenencias de su hermano, y se apresuró a salir de allí para encontrarlo.

—¡Eugene! ¡Eugene, soy yo! ¡Estoy en casa! —gritó, subiendo las grandes escaleras que conducían a las habitaciones. No le importaba realmente si alguien la escuchaba, nada le importaba realmente en esos instantes.

—¿Caty? —La voz grave de Eugene golpeó en sus oídos y le provocó un suave cosquilleo en la nuca. Giró sobre sus talones tan rápidamente que prácticamente tropezó, y una mueca de impresión azotó su rostro, borrando finalmente la sonrisa que había tenido desde la llegada.

Eugene se veía mal. Realmente mal. Estaba mucho más delgado de lo que recordaba, la musculatura que solía tener parecía haber desaparecido, en su lugar siquiera parecía rellenar los pantalones y el suéter que llevaba —recordaba habérselo regalado ella las navidades pasadas— le iba grande. Su piel estaba marchita, sus ojos apagados y permanentemente entrecerrados, como si el simple hecho de mantener los párpados abiertos le resultara terriblemente dificultoso. Una barba descuidada cubría su mandíbula, que en esos momentos permanecía desencajada.

Con un nudo en la boca del estómago dio algunos pasos hacia él, dubitativa. Eran igual de altos, así que lo miró directamente a los ojos, esos ojos apagados, sin vida, que estaban quebrando su alma lentamente. Las manos alargadas de Catalina se posaron en sus mejillas con suavidad. Bajo la yema de sus dedos notó lo frío que estaba, y eso solo logró encoger más su pecho, empujando finalmente la cabeza de Eugene hacia abajo, acogiéndolo en el surco de su cuello. Él por su parte dudó también, sin terminar de asumir que frente a él estaba su hermana, pero cuando sintió el calor emanando de su cuerpo, no dudó en dejarse caer en sus brazos, logrando que el peso los hundiera a ambos, dejándose caer sobre la moqueta. Eugene se aferró a su cintura con fuerza, encogido sobre el regazo de la pequeña, que cubrió el cuerpo de su hermano con el suyo propio, casi protegiéndolo de todo mal que pudiera acecharle. Sentía dolor, rabia, impotencia… pero por encima de todo eso, sentía odio, un odio ardiente que subía por su garganta y apenas lograba mantenerlo a raya. Su mente nublada solo lograba pensar en que tenía los pedazos de la persona que más quería sobre ella y no podía hacer nada por curarlo, más que permanecer en silencio.