Capítulo 5
—Ten cuidado, todavía está caliente. —La voz de su hermana menor seguía siendo melosa y encantadora, tal y como recordaba. La suavidad de sus gestos, el silencio con el que se movía, casi sin dejar rastro, levantó en Eugene una oleada de añoranza y cariño, así como esa admiración que sentía por la pasividad aparente y la fortaleza a la que se enfrentaba a todo. Había pasado poco más de mes y medio y sentía que habían sido años sin verse.Aceptó la taza humeante que le ofrecía la morena—. Gracias —musitó, dejándola reposar entre sus grandes manos. Ardió bajo la yema de los dedos, pero en cierto modo agradeció aquel dolor, ayudándole a sentir que seguía vivo.
—Cuando sentí la marca en ti… —Las palabras se trabaron en la garganta de Catalina, que miraba el fuego crepitante que recién habían encendido, buscando calentar la fría sala. Eugene imitó el gesto, dando algunos sorbos casi automáticos a su bebida.
Recordaba perfectamente todo lo que había ocurrido aquella tarde, pero venía de semanas atrás. Concretamente desde que Catalina había marchado a Hogwarts. Para nadie que frecuentara aquella casa era un secreto que la menor de los Bellarmine era una excepcional bruja con un manejo sorprendente de la magia, así como el porte casi idílico de lo que un pura sangre debería ser. No obstante, una lacra terrible recaía en los hombros de la muchacha, y era su clarísima aversión a todo lo que proviniera de Lord Voldemort y sus afines. Las discusiones entre su hermana y sus padres habían sido constantes durante el verano, enfrentamientos que habían convertido su hogar en un auténtico campo de guerra. Alphonse se había planteado más de una vez, en su maravilloso papel como padre, en torturarla para hacerla entrar en razón. Su madre, ''por suerte'', había detenido esas ideas, asumiendo que el mejor modo de hacer que su hija por fin comprendiera y aceptara su causa era mostrándole lo que hacían; matar a sangre sucia, frente a ella. La había oído llorar, gritar y patalear desde todos los rincones de la casa, sin poder socorrerla porque él no era lo suficientemente bueno y digno para tanto esmero. Al final sus gritos se volvieron silenciosos, los días veía esas torturas, las noches tocaba el piano para él.
Y Eugene sabía que todo aquello era por su culpa. Catalina podría no haber soportado todo eso, sus tíos, Silvus y Melindrea, le habían ofrecido su casa como protección, y estaba seguro de que hubiera aceptado su oferta de no ser por él. No cabía en su cabeza irse sin su hermano, no sabiendo perfectamente que Alphonse no la dejaría escapar tan fácilmente, aunque eso significara torturar a su propio hijo con tal de mantenerla atada a la familia. Ella jamás abandonaría su contraparte, aunque eso supusiera perder su propia libertad y vivir subyugada a lo que más odiaba.
Y se habían encargado de asegurar totalmente su lealtad marcando su brazo. Ninguno de los dos podía huir ya.
—No tendrías que haber venido —repuso el chico, mirándola después de un largo rato. Observó el perfil de Catalina, un semblante frío y duro estaba instalado en su rostro. Cuando ella se giró a mirarlo también, vio que sus gélidos orbes destacaban más, pues tenía los ojos brutalmente enrojecidos.
—Haré ver que no he escuchado eso. —dijo, levantándose, alisándose la falda con las manos en el proceso—. Me parece mentira que creas que te voy a dejar solo en esto.
—Ya no podemos hacer nada…
Catalina suspiró cuando miró a Eugene, y vio el semblante de tristeza que cargaba—. ¿Sabes? Deberías enviarle una carta a Antígona. —Al ver que el chico iba a decir algo, alzó su largo dedo, silbando—. Ni se te ocurra decirlo. No te odia. De hecho, me pregunta mucho por ti. Así que haz algo productivo y dile que estás bien, que la extrañas… Ya sabes, esas cosas que se dicen los enamorados.
—¡Catalina!
Ella sonrió inocentemente, y se acercó a él, dándole un suave golpe en el pecho.
—Sé que esto no tiene arreglo. Y ciertamente no he venido arreglarlo, he venido para estar a tu lado.
Eugene pensó que después de todo no se merecía la hermana tan maravillosa que tenía. La abrazó con fuerza, y le dio un beso en la coronilla—. Será mejor que vayamos a descansar. —Eran casi las cuatro de la madrugada cuando dijo eso. Ambos estaban cansados y el día había terminado siendo tan agotador para ellos que la perspectiva de un sueño reparador se hacía demasiado tentadora.
Vio la puerta de caoba de la habitación de Eugene cerrarse, y lentamente cerró la suya. No había entrado en su habitación desde que había llegado, y al hacerlo una extraña sensación le recorrió el pecho, que enseguida se transformó en una náusea terrible en su garganta. No se arrepentía de eso, no se imaginaba no haciéndolo, de hecho. No podía no estar al lado de Eugene cuando él más la necesitaba. Sin embargo, un terror terrible la asoló cuando pensó en qué pasaría cuando sus padres supieran que estaba allí. Había abandonado Hogwarts sin su permiso, y eso sin duda conllevaría una dura reprimenda.
Sus pasos se vieron ahogados por la gruesa moqueta en la que estaba enfundada el suelo de la habitación. Y quiso ahogarse ella casi del mismo modo. Se dejó caer sobre el mullido colchón ruidosamente, dejando escapar un gruñido de sus labios en el proceso. Así se mantuvo durante unos minutos, con la cara aplastada entre los muchos cojines que adoraban a cama, casi queriendo ser absorbida por ellos y desaparecer de ese lugar. Todo estaba tan silencioso, tan frío y tan agobiante, en comparación con la calidez y bullicio constante que ofrecía Hogwarts, que terminó por sentir, presa de todas esas sensaciones abrumadoras, las lágrimas agruparse en sus ojos. Finalmente, un río de ellas se abrió paso entre su blanca tez.
Cuando se despertó al día siguiente, fue por el cálido pero molesto rayo de sol que entraba impunemente por la ventana, pues se había olvidado por completo de correr las cortinas la noche anterior. Perezosamente se levantó, masajeándose con insistencia la nuca, con la esperanza vana de que el dolor que sentía en esta por haberse dormido en tan incómoda posición se disipase. Caminó hacia los grandes ventanales, permitiendo los primeros rayos de sol terminaran de despejar su nublada y soñolienta mente. Pudo ver por primera vez desde que había llegado los jardines de la casa, y se sorprendió gratamente cuando los vio magníficamente cuidados. El pasto brillaba verde bajo el rocío de la mañana, los setos estaban cortados en perfectas formas geométricas y las flores tintineaban en llamativos colorines. La apariencia lo era todo para los Bellarmine. Aun cuando la mansión por dentro era oscura y prácticamente deprimente, el exterior lucía ostentación se mirase por donde se mirase.
Unos golpes suaves en la madera de la puerta le provocaron un pequeño susto, y con una mano sobre el corazón caminó rápidamente para abrirla. Sus ojos bajaron hasta la pequeña y escuálida elfa, que encogida la observaba con sus grandísimos ojos azules. No la reconoció, no recordaba haberla visto antes.
—Señorita, sus padres aguardan por usted en la sala.
No le dijo nada, así que la elfa simplemente ser retiró de allí, compungida por la fría mirada de la chica. Sintió que de ningún modo aquellos orbes como témpanos no la acuchillaban a ella, más bien sintió que aquella muchacha alta que tenía frente a sí estaba arrepentida de algo y afligida por un gran mal. Pero guardó silencio y desapareció en un suave plof, para regresar a la cocina.
Catalina sintió una repentina sequedad en su garganta, unos pinchazos agudos al tragar la poca saliva que se acumulaba en su boca le provocaron una mueca desagradable. Cerró la puerta silenciosa y con la mirada perdida y la mente nublada se dirigió a su armario, del cual sacó un vestido oscuro holgado. Se vistió rápidamente, se calzó con las mismas bailarinas del día anterior y peinó cuidadosamente su corto cabello, asegurándose que ningún mechón rebelde estuviera fuera de su lugar. Volvió a ponerse sus joyas y se miró al espejo. Incluso su propio reflejo le mostró lo asustada que estaba ante la idea de enfrentarse a sus padres, y peor aún, que él estuviera aguardando por ella en la sala del piano. Un cosquilleo recorrió sus manos, allí donde no hacía tanto habían permanecido las heridas y callos, todavía rasposos en esos momentos.
Recogió profundamente aire en sus pulmones, varias veces, viendo como el espejo reflejaba las subidas y bajadas exageradas de su pecho. El corazón le golpeaba con fuerza contra la caja torácica, y durante unos instantes llegó a creer que acabaría saliendo de allí.
Cuando creyó, apenas, estar más calmada, salió de la habitación. A sus padres no les gustaba que los hicieran esperar. De hecho, lo odiaban. Se preguntó qué hacían allí, estaba segura de que no deberían haber regresado tan pronto. En su mente rondó inevitablemente la imagen del terrible elfo doméstico de su padre, Mench, un anciano y una terrible sanguijuela que lamía la suela de los zapatos a Alphonse. Ese pequeño y malintencionado ser la había delatado, sin ninguna duda.
Entró al comedor con silencio, con el mentón alzado y la espalda erguida, completamente rígida. Los temblores que la habían sacudido mientras bajaba las escaleras se disiparon al ver a su hermano sentado en su lugar, lanzándole cálidas miradas y esperando tranquilizarla de algún modo. Le brindó un pestañeo lento, haciéndole saber que estaba bien.
—Catalina, fue una sorpresa saber que estabas en casa. —Aquello fue lo primero que dijo su padre, con aquella voz grave que retumbaba en las cuarto paredes y que provocaba escalofríos en los hermanos.
Los orbes hielo de la más joven se alzaron a su progenitor, que como era costumbre encabezaba la mesa. Estaba apoyado sobre sus grandes manos, y sus ojos, igual de gélidos que los suyos, la examinaban entrecerrados, con sus prominentes cejas fruncidas. Sus facciones toscas estaban contraídas y la chica se mordisqueó el interior de su mejilla, permaneciendo en silencio durante unos minutos mientras se sentaba, para finalmente hablar.
—Sí, oí algunos compañeros hablar sobre… La muerte de Silvus. Me dieron el pésame —dijo, bebiendo del zumo que acababa de verterse solo en su copa. La mirada acusadora se plantó en Alphonse—. Pedí al director Dumbledore que me permitiera venir.
—Fue un funeral emotivo. —Cuando la voz sibilina de su madre se hizo presente, la observó a su lado. Lo había dicho insensiblemente mientras untaba una tostada—. Pensamos que avisarte sería interrumpir tus estudios, no queríamos que supusiera un problema para ti.
Asintió, volviendo a erguirse en su lugar, sin decir nada. Podía preguntar de qué había muerto, o mejor cómo. Sin embargo, de hacerlo delataría a Eugene y eso jamás ocurriría. Su boca estaba sellada.
Prosiguieron el desayuno en total silencio. Se forzó a masticar la tostada de su plato, sintiendo que cada vez que tragaba su estómago amenazaba con expulsarlo todo. Definitivamente los nervios habían engullido su hambre, irónicamente, y entonces solo quedaba en su estómago un pellizco terrible que le provocaba náuseas.
—Aunque… —Una vez los platos desaparecieron de la mesa, Alphonse se irguió en su silla, e hizo crujir sutilmente (pero con un sonido atronador) su cuello, con un semblante cansado—, en definitiva, es una maravillosa casualidad tenerte aquí. Mi idea era enviarte una carta, pero debatirlo en persona resultará mejor. —La morena carraspeó, lo que provocó que se llevara una severa mirada de reproche por parte de su madre. Lo que ellos entendían por debatir y lo que entendía ella era totalmente distinto. Para sus padres aquello solo era sinónimo de obedecer—. Quiero que invites a Harry Potter al baile de Navidad.
Tal y como había estado sintiendo desde que se sentó en la mesa, el nerviosismo que había bloqueado su hambre le golpeó en su estómago al oír eso, y se llevó una mano a la boca para detener la arcada que esto le provocó. Agradeció inmensamente el vaso de agua que Eugene se apresuró a rellenar con la jarra fresca que había en la mesa. El líquido cristalino bajó por su garganta, casi aplacando la sensación ardiente que se había instalado ahí.
—¿A Harry Potter? —preguntó, titubeante—. ¿Por qué lo querría en casa, padre?
—El porqué no te incumbe, Catalina —habló Irina, con autoridad—. Tu padre te lo ha pedido, limítate a hacerlo.
Atrapó su labio inferior entre los dientes, con fuerza, y su mirada se perdió en algún punto de las flores que adornaban el centro de mesa. Asintió sin decir nada más.
No, definitivamente querían a Harry ahí porque él también estaría. ¡Sin duda lo estaría sentenciando a muerte! ¡No, no podría hacer algo así! Harry era su compañero. No, Harry era su amigo. No podía hacerle algo así a un amigo. Entonces contempló a Eugene, que la miraba con la mandíbula tensa. Sin embargo, de no traer a Potter a casa, ¿qué le harían a él? Cogió aire profundamente, su pecho se infló tanto que casi le dolía. Cerró los ojos. Eugene vio cómo sus párpados temblaban, cómo sus largas pestañas tintineaban aterrorizadas.
—Puedo… ¿puedo retirarme ya? —preguntó, con un deje de voz quedo.
Alphonse hizo un ademán desdeñoso, permitiéndole salir de la sala. En cuanto recibió el sí salió de allí escopeteada. Escuchó ahogadamente a su hermano pedir permiso también, y pocos segundos después, ambos estaban en los jardines abrazados. Catalina estrujó entre sus lánguidos dedos la tela del jersey de su hermano con vehemencia. Cuando se separaron, él inspeccionó sus facciones. La conocía tanto que, pese a estar su rostro exento de cualquier sentimiento, sabía que en su interior se desataba un torbellino de sensaciones abrumadoras.
Sabía que Harry Potter era su amigo, los había visto muchas veces charlar, y juraría que era una de las pocas personas en las que Catalina confiaba realmente además de él. La había visto sonreírle, ser dulce y comprensiva. Quizá ahora que él ya no estaba más en Hogwarts incluso se habían unido más, quizá Potter había rellenado el hueco vacío que había dejado al marcharse. Eso ciertamente lo consoló, pensar que todo lo estaba pasando ella sola allí le aterraba. Ciertamente el chico león sería el único en comprender ínfimamente lo que estaba ocurriéndole a la chica, porque sus situaciones eran tan desafortunadamente iguales, que en definitiva la entendía.
—Sabes que no tienes que hacerlo… —se atrevió a decir, cuando se separaron y ella se dejó caer en una de las sillas de metal oscuro. Las mismas que habían utilizado otros años durante el verano para desayunar tranquilamente ajenos a todo lo que ocurría a su alrededor.
—Sabes perfectamente qué ocurrirá si no lo hago —dijo, mirándolo. Su cabello, antes perfectamente peinado a un lado, estaba revuelto, pues se había pasado frenéticamente las manos varias veces por él—. A ti te matarán y a mí me torturarán.
—O lo matarán, ¿podrías vivir con ello?
—Más con eso que con tu muerte —reconoció finalmente—. No, no quiero que le pase nada a Harry, pero la otra opción me parece mucho más terrible. Eugene, si mató a Silvus, su propio hermano, no tendrá reparo en hacer lo mismo contigo —recordó, refiriéndose a su padre—. Nada le importa más que… que ese monstruo.
Se preguntó qué tan justo era lo que estaba diciendo. ¿Tenía más valor la vida de Eugene que la de Harry? Evidentemente para ella sí, todo tenía menos valor que su hermano, ¿pero era correcto? Una vida por otra, como si simplemente ella fuera quién para decidir quién vive y quién muere. Su corazón se apretujaba terriblemente ante esa encrucijada. Decidiera lo que decidiera, era igual de terrible. Perder a su hermano le resultaba aterrador, pero conducir a su amigo a la muerte le parecía ruin. Estaría haciendo precisamente aquello mismo que condenaba.
Se sentía cansada. Parecía que todo simplemente se iba complicado cada vez más, y su optimismo, que era prácticamente nulo desde el principio, era ya inexistente entonces. Su vida parecía haber tomado un rumbo decadente sin pausa, tornándose tan turbia como terrible, e inevitablemente acabaría salpicando a todos aquellos que quería a su alrededor.
—Debería regresar a la escuela mañana —divagó, todavía encogida en la silla, con la cabeza gacha.
Eugene asintió, en silencio. Sabía que Catalina no quería continuar en casa si estaban sus padres, y aunque le gustaría que se quedara allí y jamás se marchase, retenerla solo le causaría un tremendo dolor. Realmente el que hubiera venido a hacerle lado le había servido de mucho. Verla sana y salva a su lado había servido en cierto modo para recargar energía, pero no pretendía ser egoísta.
Cuando la puerta de cristal que daba al interior de la casa se abrió, ambos se irguieron, al ver a su padre salir. Este tenía un puro entre sus manos, que humeaba con lentitud. Catalina arrugó la nariz cuando lo olfateó. Se posó entre ambos, dando breves y lentas caladas, con la mirada perdida en el jardín. Los hermanos se lanzaron miradas furtivas, claramente incómodos.
—Eugene, déjanos a solas, por favor.
El recién mencionado se irguió incómodo en su lugar, y Alphonse ignoró la mirada de súplica. Ciertamente siempre le había molestado aquella relación que mantenían sus hijos, tan asquerosamente cercana. Siempre juntos, siempre cuchicheando, siempre el uno preparado para atacar por el otro. Catalina era mucho más entregada que Eugene, no obstante. Lo había visto desde que era una cría: una pequeña fiera indomable, con un carácter y una capacidad deductiva impresionantes. Siempre preparada para luchar con uñas y dientes. Fría, calculadora, impasible. Una auténtica Bellarmine, en definitiva. Eugene, en quien erróneamente Alphonse había albergado más esperanzas por su condición de primogénito, había resultado ser un terrible fiasco. Era débil, dubitativo, sensible… Todo lo contrar0io a lo que cabía esperar de alguien con el que compartía su magnífica sangre.
Pero el carácter indomable que tanto disfrutaba de Catalina había resultado un problema en esas circunstancias. Jamás creyó que su propia hija se opondría a los ideales de su señor. ¡Todo lo que había hecho él por ellos! ¡Se había sacrificado en pro de una misión más que necesaria! ¡Muggles! ¡Sangres sucias! ¿Cómo defenderlos?
Sin embargo, durante los últimos meses esa aversión que sentía hacia al amor fraternal que se profesaban mutó a una extraña alegría: eso mismo sería su perdición. Ahí había encontrado su talón de Aquiles: Eugene. Era débil en cuanto a él se trataba. Si sometía a su hijo, sometería eternamente a Catalina. Ella haría todo lo que él hiciera, ella daría todo lo que tuviera solo por el bien de su hermano.
Y la tenía exactamente donde quería: en la palma de su mano.
—Sé que no has venido por la muerte de tu tío —dijo finalmente, después de un buen rato sumidos en un silencio que le crispó los nervios a la morena.
—No en parte —respondió. Su voz parecía un témpano, un témpano afilado que podía acuchillar a cualquiera.
Alphonse sonrió zorrunamente—. Ya no puedes hacer nada.
Sintió un terrible dolor en los dientes cuando los apretó con tanta fuerza, su mandíbula tensa palpitó—. No pretendía hacerlo. —Sus manos se aferraron a la barandilla de acero que tenía frente a ella. Los nudillos tomaron un color blanquecino.
—Espero que te replantees a quién le eres fiel a partir de ahora, Catalina. —Apagó el puro en el metal, muy cerca del dorso de su mano. Se marchó de allí finalmente, silbando con aparente distracción.
Cuando oyó la puerta cerrarse con fuerza, dejó escapar el aire que había estado conteniendo, sintiendo que con ese gesto también pretendía dejar escapar todo ese tumulto de sentimientos que arrasaban su pecho.
Aquel día únicamente quiso estar encerrada en su habitación, no bajó a comer o cenar. Las cuatro paredes le parecieron más sofocantes que nunca. No dejó de moverse de un lado a otro de la estancia, sintiéndose atrapada. Cada vez que oía algún ruido en el pasillo o en el piso inferior sus nervios se crispaban y sentía un sudor frío bañar sus manos temblorosas. No quería salir y encontrarse de nuevo con su padre, de lo contrario, no sabía si podría controlarse si quiera. Una rabia incipiente subía por su pecho cada vez que pensaba en ello. Estaba atrapada ahí y no podía hacer nada. Que volviese a Hogwarts al día siguiente no cambiaría o mejoraría su situación. Simplemente todo seguiría empeorando sin remedio, y ella seguiría hundiéndose. Aunque eso le servía si significaba mantener a flote a su hermano.
Precisamente Eugene había estado durante un buen rato llamando a su puerta, pidiendo desesperadamente que le dejara estar a su lado, pero se negó rotundamente. Necesitaba estar sola, pensar, quizá con suerte acallar los miles de pensamientos terribles que asaltaban su mente constantemente. El muchacho sabía que cuando Catalina decidía encerrarse de ese modo poco podía logar, simplemente sería azuzar al dragón hasta hacerlo estallar. Y aquello era exactamente lo que quería evitar. Por lo que acabó desistiendo un par de negativas después, abatido.
Se preguntó cómo todo había cambiado de esa manera tan drástica. En qué momento sus vidas se habían vuelto tan complicadas.
El día que Potter apareció con el cadáver de Cedric Diggory gritando desgarradoramente que él había vuelto, simplemente no lo creyó, pero Catalina, sentada a su lado en ese momento, empalideció y pudo notar los temblores terribles que azotaron su cuerpo al oír lo que acaba de decir el chico. No hubo manera de consolarla aquel día. Frenética daba vueltas de un lado a otro en el pasillo en el que se habían instalado, mascullando barbaridades. Tenía miedo, por primera vez en sus catorce años de vida había tenido miedo, lo había visto reflejado en sus orbes hielo, una oscuridad danzante cubierta por una tela de lágrimas. El temor se hizo más real cuando vio a su hermana así, y solo entonces empezó a preocuparse.
El primer día de verano, cuando llegaron a casa, un aire viciado los recibió, había tensión en casa y sus padres eran más reservados de lo normal. A medianoche Alphonse llamó a Catalina al estudio, y Eugene aguardó con el pie repiqueteando en la moqueta impacientemente, sentado en las grandes escaleras. Cuando la morena salió estaba mucho más pálida, y una expresión de terror y estupefacción relucía en su rostro. ''Él está ahí'', le dijo, con voz queda. Todos sus miedos se hicieron reales, y supo desde ese día que nada volvería a ser igual para ellos. Catalina tocaba el piano cada medianoche y él permanecía esperándola en las escaleras. Asumieron aquello como una rutina horrible a la que no podían resistirse.
—Eugene, te he dicho que no quiero ver a nadie —dijo, cuando abrió con brusquedad. Frunció el ceño extrañada cuando bajó la mirada, para toparse con la misma elfa que la había atendido por la mañana. Era mucho más diminuta que el resto de elfos que conocía, con unos grandiosos ojos azules y un escuálido cuerpo, que parecía que podía quebrarse con solo un suspiro. Entre sus pequeñísimas manos llevaba una bandeja con diversos alimentos y bebidas.
—No he podido evitar- Evitar reparar que no ha estado usted en la comida ni en la cena, señorita —tartamudeó, tímida—. Le he traído algo de comer. —Alargó sus brazos para mostrarle la bandeja.
—Si te envía Eugene, dile que-
—No, no, no… Nadie me envía- —se apresuró a decir, pero se detuvo repentinamente, con una mueca de terror—. ¡Lo lamento, lo lamento! ¡Nelly no quería interrumpir! ¡Nelly debe ser castigada!
La morena alzó las manos, dubitativa, intentando paliar los lastimeros de los gritos, temiendo ver en cualquier momento a su madre por el pasillo: odiaba los escándalos en casa.
—Por Merlín, cálmate —pidió—. Está bien, Nelly, no has hecho nada malo, no voy a castigarte. —Catalina nunca trató mal a los elfos domésticos, simplemente no reparaba en su presencia. Pero, ciertamente, ver a aquel ser tan pequeño y débil frente a ella golpeó en su corazón—. Por favor, entra.
Más calmada la elfa entró a su habitación, con pasos cuidadosos. Miró a su alrededor. Nunca había estado allí estando su ama en la misma sala. De hecho, llevaba relativamente poco en aquella casa y Catalina era la única con la que no había coincidido. Ella le indicó una mesa de roble donde dejar la bandeja de comida, que enseguida se apresuró a hacer. Miró expectante a la morena. Se la veía cansada, en su piel pálida destacaban unas ojeras tremendamente oscuras, y el color azul de sus ojos destacaba por la rojez de estos. Aunque se había esmerado en deshacerse de ellos, todavía quedaban rastros de maquillaje oscuro en sus mejillas.
—¿Has venido por voluntad propia? —inquirió la chica, echando un vistazo a la comida que había sobre la mesa; un bol repleto de rojizas fresas caramelizadas, un par de tostadas untadas con mantequilla y mermelada y dos vasos, un con agua y otro con zumo. Se volvió hacia la elfa, que se irguió en su lugar al notar su mirada.
—S- Sí. Nelly no quería, pero Nelly ha oído lo que su padre le ha dicho en la terraza —dijo atropelladamente—. ¡Nelly no estaba espiando! E-Estaba cogiendo fresas en el huerto, y-
—Está bien, no pasa nada —aseguró, sonriendo levemente—. ¿Has venido por eso?
—Sí, parecía muy afectada. La señorita es una buena persona, no es como el resto —negó—. Tiene sentimientos, Nelly puede notarlo. Y Nelly no quiere que lo pase mal.
Las cejas de Catalina se contrajeron en una mueca rota, a la vez que una tela cristalina cubría sus ojos. Quería decirle a la pequeña elfa que no se merecía todo aquello, que ella era una mala persona y que estaba condenada a pasarlo mal el resto de su vida, era su destino. Sin embargo, solo volvió a sonreírle, y cogió el plato de tostadas, agachándose a su altura.
—No tengo tanta hambre, así que esto puedes comértelo. Te doy permiso —añadió finalmente. Los lánguidos brazos de la elfa se alzaron tímidamente. Algo en su pecho se encogió al verlos tan delgados y con algunas magulladuras. No era un secreto para nadie en esa casa que sus padres no dudaban en darle palizas a los elfos si estos hacían algo que no les satisfacía—. Cómetelo aquí, y cuando acabes, puedes marcharte a descansar.
Nelly pensó que aquella era, sin lugar a duda, la voz más dulce y melosa que había oído en su vida. Recogió el plato entre sus manos, mirando todavía el rostro de su ama, embelesada. Le parecía tan bella, una belleza tan frágil que contrastaba con esa alma feroz que brillaba en sus ojos. Creía tener ante ella al ser más bello y benévolo del mundo.
Comió alegremente sentada en el sillón, viendo a su ama mordisquear distraídamente algunas fresas, mientras paseaba inquieta por la sala. En la cocina los elfos hablaban a veces, y corría el rumor de que el señor Bellarmine había invitado a Harry Potter al famosísimo baile de navidad de la familia. Todos sabían, aunque ninguno lo dijera, que aquello solo era la sentencia de muerte del muchacho. Quien-no-debe-ser-nombrado había estado durante el verano en aquella casa —el brutal asesinato a manos de él de algunos de sus compañeros era la razón por la que Nelly había sido contratada—, y no dudaban en que regresaría.
Pero Nelly había oído llorar a Catalina durante todo el día. Sus lamentos habían llegado hasta la cocina. Incluso murmuraba cosas, como si estuviera loca, cosas como que no podía hacerle algo así a un amigo, pero que de no hacerlo, su hermano moriría.
Y Nelly se sentía mal por la señorita. Ella era buena. Y ella estaba sufriendo. ¡No era justo!
Cuando terminó de comer y disfrutar aquellas tostadas —no podría olvidar jamás su sabor, endulzado por el gesto benévolo de su ama—, se levantó del sillón de un gracioso salto, y se acercó tímidamente a Catalina. Esta estaba de espaldas, mirando a la oscuridad de la noche que le ofrecía la ventana, iluminada por la tenue luz que brindaba una gran luna en el firmamento. Tironeó de su jersey suavemente, y cuando los orbes hielo de la morena fijaron su atención en ella, Nelly hizo una mueca similar a una sonrisa.
—Muchísimas gracias, señorita. Nelly agradece tenerla de ama.
Desapareció con un chasquido de dedos casi inaudible, y Catalina se quedó mirando el lugar en el que recién había estado. Cerró los ojos durante unos instantes, temblorosa, y se echó a la cama, deseando despertarse ya en Hogwarts.
Se levantó pronto esa mañana, antes incluso de que saliera el sol. Se vistió con el uniforme de su casa y se maquilló, enmascarando las prominentes ojeras de su rostro. Volvió a ponerse todos los aros en sus orejas y dejó secar su cabello al aire. Sus padres jamás se levantaban pronto.
Cuando bajó al comedor, se encontró a Eugene aguardando por ella, con un generoso desayuno sobre la mesa—. Planeaba desayunar en Hogwarts —reconoció, intentando vanamente no sonreír.
—¿Están mejor los pancakes de Hogwarts que los míos? —preguntó mientras se llevaba una mano al corazón, fingiendo estar herido.
—No te atribuyas el mérito de los elfos.
Se sentó a su lado, aceptando de buen gusto el vaso de café que le tendió el chico. Sin duda, la comida de Hogwarts era fantástica, pero el sabor característico de las pancakes de casa que danzaba en su boca despertaba en ella un sentimiento cálido. Cada bocado la conducía a maravillosos momentos de su niñez junto a Eugene. No había día de sus vidas que no hubieran comido eso para desayunar. Incluso cuando se habían aventurado un par de veces a hacerlos y habían quedado tremendamente horribles.
—No traigas a Potter a casa —dijo Eugene después de unos instantes en silencio.
—Lo traeré. —Mordisqueó su labio, nerviosa, mientras posaba su mano sobre la de él—. No voy a permitir que te ocurra nada, Eugene. Y no me importa lo que tenga que hacer para protegerte. —Cuando el pelinegro quiso refutar, ella alzó mano, deteniéndolo—. Lo decidí anoche, así que no hay más discusión.
Le resultó difícil decir aquellas palabras. Conforme salían de su boca aceptaba el veredicto de su persona. Ella era horrorosa, era egoísta y estaba dispuesta a herir a todos por su propio bien. Ella se merecía todo lo horrible que le ocurriera y más. Sin embargo, no se arrepentiría si eso significaba volver a ver la sonrisa radiante de su hermano. Nada más que eso importaba.
Se detuvieron frente a la chimenea poco después. Catalina apretaba con fuerza los polvos flu de su mano, temiendo que se escaparan entre los surcos de sus dedos. No quería seguir ni un minuto más en aquel lugar, temiendo en cualquier momento ver a su padre bajar por las escaleras. La madera crepitaba, casi gimiendo al arder.
—Estoy teniendo un dejavú —murmuró Eugene, con una sonrisa triste, que ni siquiera llegaba a sus ojos.
Catalina solo emitió un resoplido pesado como respuesta—. Y te digo exactamente lo mismo —lo miró—; ten cuidado, Eugene.
El nombrado asintió sin decir nada, mientras la abrazaba por los hombros. Apretó el cuerpo entre sus brazos, aspirando con fuerza. Catalina sintió el pecho del muchacho inflarse, y rodeó su cintura, cerrando los ojos. Guardó en su memoria el olor a colonia y jabón de su ropa. Él llevaba las mangas de su camisa subidas y en su brazo izquierdo relucía la Marca Tenebrosa, perfectamente integrada en su piel nívea, como si siempre hubiera estado ahí. Sintió una picazón en sus ojos, y se obligó a apartar su atención de ahí, volviéndose al fuego al separarse.
No volvió a mirarlo cuando se adentró en la chimenea. Él no debía verla llorar, se derrumbaría de hacerlo. Así que lanzó los polvos a sus pies y dijo alto y claro el nombre de la escuela. Cuando aterrizó en el despacho del director, sintió las lágrimas correr por sus mejillas. Ya no se decían adiós cuando se separaban, porque hacerlo les provocaba la sensación de que no volverían a verse. Dejar la despedida en el aire era como una promesa silenciosa de regresar al lado del otro. Pero tenía la terrible impresión de que terminaría siendo una promesa no cumplida.
—Señorita Bellarmine, bienvenida a Hogwarts de nuevo.
Se sobresaltó ante la repentina aparición de Albus Dumbledore. Lo vio caminar lentamente por la tarima, y bajar todavía con más lentitud las escaleras, sin mirarla siquiera. Catalina cogió aire varias veces en pequeñas bocanadas, obligándose a recomponer su figura. Asintió, expresando agradecimiento e hizo ademán de salir de allí.
—No, espere, espere. —Alzó su mano, haciéndole una señal para que se acercase a él. Se mordisqueó el labio con nerviosismo, echando un vistazo a la puerta, que parecía alejarse rápidamente de ella—. Todavía no han empezado las clases, así que supongo que no le importará concederme un momento.
—No, claro que no, señor. Para nada —dijo con cordialidad. Tragó con dificultad, casi sintiendo que en su garganta se formaba un nudo terrible, doloroso incluso. Por su mente pasaron miles de posibles razones por las que el mago más fuerte de sus tiempos quisiera hablar con ella, ¿sería sobre él? ¿lo sabía todo? ¿delataría a su familia ante el Ministerio? Eugene iría a Azkaban definitivamente.
—No he podido evitar enterarme de que está usted algo distraída durante las clases —empezó, mientras ofrecía algo de comida a su fénix, que se inclinó sin despegar sus oscuros ojos de Catalina—. ¿Todo bien, señorita Bellarmine?
Sus labios se contrajeron ante la pregunta. No, definitivamente nada en su vida estaba bien, ni siquiera un ápice de esta estaba bien. Todo estaba desmoronándose, su familia se había quebrado, su hermano había sido condenado y ella debía enfrentarse a un destino aterrador con el anhelo de salvar lo que fuera que quedase de Eugene al final de todo esto. Y todo con la inútil esperanza de que realmente hubiera un final.
—Sí, todo está bien.
Dumbledore se volvió para mirarla, escudriñándola por encima de sus diminutas gafas. Incluso si decidía creerla, se notaba a leguas que Catalina simplemente no estaba bien. Mas el anciano no dijo nada, y asintió. Era una chica reservada, definitivamente fuese lo que fuese lo que estuviera ocurriéndole, ella no lo diría. No sabía si el quid de la cuestión estaba relacionado con su hermano. Los había visto algunas veces por los pasillos, o en las comidas. Era inevitable incluso para él no fijarse en ellos. Siempre juntos, incluso cuando estaban sentados en lugares opuestos. Siempre velando el uno por el otro. Catalina siempre al acecho preparada para defender a su hermano a muerte, vigilante, casi con el temor de que pese a tenerlo frente a ella fuera a disiparse. Sí, debía tener algo que ver con aquel joven.
Dumbledore de algún modo se sentía dolorosamente reflejado en muchacha que tenía frente a él.
Catalina vio como en el rostro de su director se formaba una sonrisa, una sonrisa cansada y triste, y en sus ojos relucía un brillo que no pudo evitar relacionar con la añoranza. Su expresión melancólica se hizo más evidente entonces. Dumbledore siempre parecía estar añorando algo, pero esa sonrisa que le brindó solo agravó esa sensación.
La incomodidad inevitablemente la asaltó al sentirse terriblemente mal por la mentira que le acababa de decir, no solo al mago más fuerte, sino posiblemente al hombre más bondadoso. Pidió poder retirarse, a lo que el hombre asintió, sin despegar la mirada de ella.
Cuando salió al bullicioso pasillo pudo respirar profundamente, con la sensación de que desde que había atravesado aquella chimenea ni siquiera se había permitido hacerlo. El terrible peso que había estado instalado en sus hombros durante los últimos días pareció esfumarse momentáneamente cuando se dio cuenta de que por fin estaba en Hogwarts, que en esos momentos consideraba más que nunca su hogar.
Sus ojos claros, resaltados por la rojez del cansancio y las lágrimas que había derramado, se posaron en el cielo despejado que le ofrecía el gran ventanal frente a ella. Dio algunos pasos, hasta apoyarse en el alféizar, creyendo que en cualquier momento sus piernas temblorosas la traicionarían. El firmamento relucía de un color azul precioso, desprovisto de cualquier nube, bañado por los primeros rayos de un sol perezoso recién despertado. Vio las pequeñas motas de las lechuzas ir y venir de diferentes rincones de la escuela, lanzando y recogiendo paquetes allí y allá. Oía bostezos a su alrededor y a estudiantes de primero corretear por los pasillos ocultándose del señor Filch.
Catalina pensó cuán cruel era el mundo, que seguía impasiblemente su curso, como si toda ella no estuviera desmoronándose.
