Capítulo 6
Catalina alzó sus cejas oscuras hacia Snape, con suspicacia—. ¿Tutorías?El rostro impasible que, para variar, le ofreció su profesor de pociones le provocó una especie de irritación, que decidió muy a su pesar tragarse.
Snape había solicitado su presencia aquella tarde del viernes, pocos días después de su vuelta. Camino a su despacho la morena se preguntó qué querría de ella el profesor, e inevitablemente por su mente rondó la idea de que fuera algo relacionado con eso. Más la descartó enseguida. Snape no era alguien estúpido, no hablaría de un tema tan sumamente delicado como ese en la escuela, lugar donde las paredes tenían oídos. Aunque eso no evitó que se preguntase una y otra vez qué querría, mientras caminaba apresurada hacia su destino.
Ciertamente, lo último que esperaba es que le anunciara que la siguiente semana iniciaría tutorías a los alumnos que requiriesen de ello.
—¿Algún problema, señorita Bellarmine? —inquirió el profesor, con aquel terrible tono monótono.
—En sí, no —respondió con desdén, vagando su mirada por la estancia. Aquel lugar estaba repleto de estanterías llenas de pociones e ingredientes—. Sin embargo, yo también debo ocuparme de mis propias obligaciones. Además de las asignaturas obligatorias estoy cursando el curso optativo de Aritmancia y el extracurricular de Estudios Antiguos… Por lo que mi tiempo es bastante limitado, profesor —puntualizó finalmente, regresando sus orbes hielo a él.
Snape alzó el mentón—. Confío en que una alumna excelente como usted sabrá manejar algo tan sencillo como esto. —Cogió una hoja de su mesa, en la que estaban garabateados algunos nombres y los temas que eran especialmente dificultosos para cada alumno.
Catalina la recogió entre sus manos, mordisqueándose el interior de su mejilla. Sabía que replicarle no serviría realmente de nada y, de todos modos, no tenía energía para hacerlo. Así que se limitó a asentir y salir de allí silenciosamente.
Esos últimos días se le hicieron especialmente difíciles. Agradeció que nadie de su entorno comentara su momentánea desaparición. Aquello la ayudó a sentirse algo más normal e intentar esconder lo ocurrido en su casa en lo más hondo de su mente, aunque solo desembocara en un intento fallido. Theodore tampoco comentó nada, se limitó a brindarle uno de sus cálidos abrazos y ofrecerle una humeante taza de té. Pero incluso con todo aquello, su mente no dejaba de sentirse igual de colapsada. Su sueño se había visto permanentemente enturbiado por pesadillas terribles en las que Harry Potter era asesinado a sus pies, lo cual provocó que Catalina evitara a toda costa al muchacho cada vez que este la llamaba por los pasillos. Incluso había intentado sentarse con ella en alguna de las asignaturas que compartían, pero había preferido sentarse con Pansy Parkinson que junto a él.
Pensó y pensó durante las noches en las que prefería no dormir y no tener que enfrentarse a esos horribles sueños. Pensó sobre qué haría con la espantosa misión que le había encomendado su padre. Hiciera lo que hiciera el resultado sería igual de desastroso y doloroso para ella, pero llegó a considerar que uno le dolería más que otro. En definitiva, el mero hecho de plantearse la muerte de Eugene le provocaba escalofríos y un nudo terrible en la garganta. No quería que eso ocurriese, ¿pero sería capaz de conducir a alguien a quien consideraba su amigo a la muerte? Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para proteger a su hermano, pero tenía dudas de si, llegado el momento, podría realmente hacerlo.
Theodore, a su lado, dejó escapar una estruendosa carcajada, llevándose algunas miradas curiosas de los compañeros que los rodeaban en la mesa—. ¿Tutorías? Definitivamente creo que Snape te odia, amiga.
Catalina se encogió de hombros, llevándose otra cucharada de sopa a la boca. Después de saborearla pacientemente, lo miró:
—De eso no me cabe ninguna duda. Me fastidia que crea que puedo permitirme perder el tiempo así. Si sus alumnos necesitan tutorías, ¿no será quizá porque, simplemente, él no es buen profesor? Los alumnos de un buen profesor no necesitan ayuda externa.
—Que no te oiga decir eso. —La sonrisa del chico se ensanchó todavía más. Después de masticar un trozo de carne, añadió: —. Aunque sé que no tienes demasiado tiempo, quizá te vaya bien, Cat —dijo con suavidad, casi temiendo que lo malinterpretase—. Quiero decir, sé que no tienes mucho tiempo libre, pero creo que cuanto más ocupada tengas la mente, mejor.
La morena se quedó pensativa al oír aquello, moviendo la cuchara plateada en su comida, de forma distraída. No necesitaba tener la mente ocupada. En realidad, cuanto más despejada la tuviera mejor, pues solo así conseguiría dar con soluciones a todos los problemas que tenía. Theodore sabía absolutamente todo lo que había ocurrido, incluida la petición de Alphonse.
—De todos modos, no puedo negarme. Snape a veces abusa de su poder.
Theodore regresó su atención al papel:
—No sabía que Draco tenía tantos problemas en Pociones —meditó el chico.
—Quizá sea porque siempre va contigo en esa asignatura. Posiblemente, sin ti sería un desastre.
Él asintió, de acuerdo con lo que había dicho su amiga.
—Bueno, ya sabes, si quieres, puedo encargarme yo de él.
Theodore sabía que la relación entre sus dos mejores amigos no era precisamente la mejor. Y no podía culpar a Catalina de ello. Draco se había comportado terriblemente mal con ella desde primero. Actuó como muchos niños pequeños hacían frente a las chicas que les gustaban, tratándola mal —Theo se preguntó muchas veces el porqué de esas conductas. Pero mientras que con Pansy tratarla mal la atraía más —esta chica era realmente rara—, a Catalina solo lograba repelerla. La menor de los Bellarmine nunca había sido alguien especialmente cruel, más bien todo lo contrario. Solía ser amable, dulce y comprensiva. No la había visto nunca tratar mal a alguien por ser de otra casa, clase o sangre. Ella simplemente no diferenciaba, trataba a todos por igual. Cuando era más pequeña algunas veces llegó a preguntarle a Theodore el porqué del comportamiento de su amigo rubio, mas él se limitó a decir siempre que Draco era especialmente malo demostrando que alguien le caía bien. Ella no se conformó con esa explicación y pronto dejó de tratar llevarse bien con él, simplemente lo apartó de su vida. Y ahora Draco, más ''maduro'', intentaba acercarse a Catalina y esta lo repelía, todavía recordando todos los desprecios que había recibido del muchacho.
—No, está bien —aseguró—. Es algo simple que puedo manejar. Estoy segura de que Draco prefiere tenerme de tutora y aprobar, que enfrentarse a su padre por algún suspenso —puntualizó, apartando el plato vacío frente a ella y cruzando las manos para apoyar el mentón sobre ellas—. Además, si el señor abuso-de-mi-poder-cada-vez-que-puedo se entera de que me estás ayudando, no dudo de que nos castigaría a los dos.
Theodore resopló con una sonrisa graciosa. A veces simplemente amaba la espontaneidad de Catalina.
Antígona, que había estado frente a ellos cenando silenciosamente, alzó su mano hacia la lista que sostenía Theodore, quien se la dio con una suave sonrisa. Aparentemente las cosas entre Catalina y su mejor amiga estaban yendo mucho mejor desde que había regresado de su visita a casa. Para Antígona, Catalina se había ido por la muerte de su tío, para ella no era un secreto que la relación que había tenido con él en vida había sido sumamente íntima, así como con su mujer. Si aquella era la razón, realmente no le importaba demasiado. El muchacho sabía que Catalina estaba siendo especialmente difícil de tratar ese año y que su relación con la que había sido su mejor amiga desde su primer día en Hogwarts se había visto mellada. Veía que volvían a estar bien y que aquello hacía feliz a su amiga.
—Estás más callada de lo normal.
Cuando Catalina se dirigió a su amiga los ojos avellana de esta se alzaron de la lista, mirándola fijamente.
—¿Antígona? —La morena se inclinó más sobre la mesa, observando a su amiga con los párpados entrecerrados. Theodore recogió la lista que la rubia había dejado sobre la mesa, haciéndose el desentendido mientras comía su postre, dándole algo de privacidad a las amigas.
—Eugene me ha enviado una carta esta mañana —dijo—. Es la primera vez que lo hace desde que... Bueno —carraspeó—, me dejó.
Catalina se irguió en su asiento, con un amago de sonrisa en sus labios.
—¿Y por qué esa cara tan larga? —inquirió, jugueteando con el trozo de pastel que su amigo había puesto en su plato aprovechando su distracción. El chico se quejaba de que últimamente no comía de forma adecuada.
—Me pregunto si tienes algo que ver con ello.
—Solo fue una sugerencia. Eugene está pasando por un mal momento, así que le dije que podría enviarte una carta, que sería bueno para ambos —hizo una pausa, mirándola fijamente—. Pero en ningún momento lo he obligado. En realidad, no pensé que lo haría. No suele ser muy valiente. Así que si lo ha hecho es porque ha querido, no porque yo lo haya obligado.
La rubia asintió, con una sensación de cosquilleo naciendo en su pecho. Seguía sintiendo algo por Eugene, de eso nadie dudaba. Todo había acabado tan mal entre ellos, que él ni siquiera respondía las cartas que ella enviaba. Jamás creyó las razones que el muchacho le había dado para dejarlo y eso solo había significado una espina en su corazón que todavía seguía ahí. Sabía perfectamente que preguntarle a Catalina no serviría de nada, la chica era tremendamente buena en dar evasivas y más cuando se trataba de su hermano, ella siempre callaría si te trataba de él. Pero el simple hecho de que ahora él le enviase una carta, tuviera o no algo que ver Catalina, la había hecho más feliz de lo que quería reconocer, dándose cuenta de que realmente no lo había superado todavía.
Se levantaron de la mesa antes de que terminara la cena, queriendo evitar la marabunta de estudiantes felices por ser viernes que arrollaría pronto los pasillos. Habitualmente ese día nadie respetaba el toque de queda, y Flich estaba mucho más gruñón de lo normal, nadie quería toparse con él. Antígona se despidió de ellos en el vestíbulo, acercándose a Blaise y dándole un fugaz beso en los labios, todo bajo la mirada escrutadora de la morena.
—Deja de asesinarlo con la mirada. —Theodore le dio un suave toque en el brazo, con una sonrisa apenada. Ella pestañeó, regresando a la realidad.
—Eso es algo que se le da particularmente bien. —Draco se acercó a ellos con su séquito, Crabble, Goyle y Parkinson.
—Lo sabes de primera mano —dijo la pelinegra, sonriendo sin mostrar los dientes—. Aunque ahora deberías tratarme bien, ya sabes, no puede faltarse el respeto a un tutor.
Draco alzó sus cejas, sin entender a qué se refería.
—Ups, ¿Snape no te lo ha dicho? A partir de ahora seré tu tutora. No sabía que se te daba tan mal Pociones —reconoció—. Así que trátame bien, tu nota depende de mí.
El rubio la vio marcharse de allí, su capa oscura hondeando con cada paso que daba. Su boca se quedó abierta, sin saber exactamente qué decir, mucho menos qué pensar. Por un lado, su orgullo se había sentido gravemente herido al pensar que la chica más soberbia que conocía había alimentado su ego por su ineptitud, y sabía que sin ninguna duda se mofaría por ser precisamente ella la que tendría que ayudarlo a estudiar. Sin embargo, por otro lado, sintió algo similar a alegría, solo de pensar que aquello significaba pasar algo más de tiempo con ella. Aunque simplemente lo desperdiciaran insultándose.
Tras él escuchó a Pansy mascullar alguna barbaridad.
—¡Catalina, espera!
Theodore notó cómo la chica a su lado se tensaba notablemente, y le dedicaba una fugaz mirada suplicante. La había visto evitar a Potter durante toda la semana, sabía el dilema que tenía. Y también sabía que elegiría ante todo a Eugene, pero no estaba tan seguro de que tuviera el valor de hacerlo. Theodore pensó que, si no lo hacía ella, lo haría él. No podía permitir que su mejor amiga, la que consideraba casi una hermana, perdiese a la persona que más quería en el mundo. Eso simplemente la destruiría.
—Oh, hola, Nott —saludó Harry cuando estuvo frente a Catalina, alzando tímidamente su mano. El Slytherin respondió con un cabeceo leve. Miró a la morena a su lado un momento y está asintió, pidiéndole silenciosamente que se fuera.
—Uh-oh —Harry titubeó—. ¿Cómo has estado? Me he enterado de lo de tu tío. La- Lamento la pérdida.
Ella asintió.
—Fue algo realmente inesperado.
Un silencio incómodo se cernió sobre ellos. Harry pareció encontrar algo sumamente importante en los ladrillos oscurecidos del suelo y Catalina lo observó, ausente. El chico se mordisqueó la mejilla con nerviosismo. Quería saber si había estado evitándolo aquella última semana, porque había tenido esa sensación cada vez que trataba de acercarse.
—Harry, quería preguntarte algo. —El chico volvió su atención a la Slytherin. La miró fijamente, encontrándose con unos ojos ligeramente entrecerrados con pesadez y cansancio. El corazón del chico se disparó—. Mi familia organiza un baile de Navidad todos los años, ya sabes, tradiciones arcaicas —zarandeó una mano—. Y me gustaría saber si querrías venir.
Sin duda el Gryffindor se sorprendió ante aquella invitación, abrió la boca impresionado, sin saber exactamente que decir. Sin embrago, sus hombros decayeron rápidamente.
—Me encantaría, pero pasaré las Navidades con Si- con la familia Weasley —dijo—. Aunque agradezco mucho que hayas pensado en mí —reconoció finalmente, con un sonrojo tiñendo sus pálidas mejillas.
—Tranquilo, lo entiendo. —Aunque en realidad sintió un nudo en la garganta al decir eso—. Si cambias de opinión, la oferta sigue en pie. Buenas noches, Harry, que descanses.
Bajó las escaleras hacia las mazmorras de dos en dos, sin mirar atrás. Su corazón latía con rapidez en su pecho, y logró oír la sangre bombeando en sus oídos. No logró descifrar qué la perturbaba más, el hecho de que hubiera sido capaz de invitar al chico al baile, sin duda llevándolo a una muerte segura, o que este hubiera rechazado la oferta y ahora tuviera un grave problema entre manos. Por un lado, se sentía aliviada de que lo hubiera hecho, pero cuando lo pensó detenidamente, se dio cuenta de cuán grave era que no hubiera aceptado. Por mucho que le enviara una carta a su padre informándole la negativa del chico, este no cesaría en su idea. Tendría que llevar de cualquier modo a Harry al baile, o de lo contrario, la vida de Eugene peligraría.
Harry regresó a su Sala Común algo confundido, con la sensación culpable de haber ofendido a la chica.
—Harry, ¿qué ocurre?
Se acercó a los sillones, donde Hermione estudiaba —para variar— y Ron contemplaba el fuego, con un pergamino medio abierto frente a él y una pluma en el tintero ahogándose. El moreno se dejó caer pesadamente sobre el sillón en el que estaba el pelirrojo—. Creo que he molestado a Catalina.
—¿Y qué?
Hermione le dedicó una mirada de reprimenda a su amigo, y se irguió en su lugar, con sus cejas contraídas en una curiosa mueca.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué has hecho?
—No- No lo sé —murmuró—. Me ha invitado al baile de Navidad de su familia.
Los ojos de la castaña se abrieron y un jadeo ruidoso escapó de sus labios.
—¡Eso es… maravilloso! —Ladeó su cabeza, dudosa—. ¿Y por qué se ha molestado?
—Le he dicho que no…
Ron emitió una carcajada sonora y alzó su mano para que Harry chocara los cinco, mas no lo hizo; seguía teniendo el ceño fruncido. Hermione negó repetidas veces, chasqueando la lengua.
—Entiendo entonces el porqué.
—Quiero pasar las Navidades con Sirius —susurró, inclinándose hacia sus amigos al decir el nombre de su padrino fugitivo, mirando con recelo a algunos compañeros que estaban a su alrededor—. Es un simple baile, no es para tanto…
—No, Harry, no es un simple baile —negó la chica—. Es el baile al que acuden las últimas familias que se mantienen como sagrados veintiocho. —El rostro interrogante de su amigo le hizo saber que siquiera sabía a qué se refería—. Son las familias cuya línea de sangre sigue siendo totalmente pura.
—Es una farsa —masculló Ron—. Querrás decir las familias que son fieles a quién-tú-ya-sabes.
Hermione se encogió de hombros, sin responder al muchacho. No iba a quitarle la razón. Había leído que los Weasley habían pertenecido a los sagrados veintiocho, pero debido a algunos supuestos antepasados muggles habían sido excluidos. Ella realmente creía que eso se debía a su situación económica.
—Sea como sea, ser invitado es un gran honor, Harry —se acomodó en su lugar. Su melena leónina danzó con el movimiento—. Ese baile es una tradición que lleva siglos en la familia Bellarmine. Ser invitado, mucho más personalmente por uno de los miembros, es excepcional. Rechazarlo de algún modo es rechazar su linaje.
—No he rechazado a Catalina —masculló Harry, con el ceño fruncido.
—A su familia, que es peor. —El tono venenoso de Ron impregnó el ambiente, y todos quedaron callados, meditabundos, para no volver a hablar, solo para darse las buenas noches.
Pasó todo el día de clases con normalidad. Lo único interesante fue en Herbología, cuando Ron Weasley dejó caer semillas de Puffapod por accidente y empezaron a florecer al instante.
Caminaba por los pasillos casi de manera automática junto a Thedoro, y solo cuando divisó la capa oscura de Snape pestañeó, alzando la mano hacia el brazo de su amigo y dándole un suave apretón, despidiéndose apresuradamente. Quería tratar algunos aspectos de las tutorías con Snape y no veía mejor momento que aquel.
Así que silenciosamente caminó hacia las mazmorras del castillo, viendo la tela oscura hondear y desaparecer tras las esquinas. Mas detuvo su persecución cuando Harry se plantó frente a ella. Se veía turbado por alguna razón, su boca estaba entreabierta y dejaba escapar grandes bocanadas de aire.
—Uh, yo- Catalina, acerca de lo de ayer… Lo del baile de tu familia y eso…
La chica casi deseó mostrarse enfadada, ofendida, quizá con la vana esperanza de que así él cambiaría de opinión. Aprovecharse del afecto que claramente Harry le ofrecía era una opción que tenía presente. Si se sentía mal por hacerla enfadar, podría llegar a plantearse su respuesta y aceptar por el mero hecho de complacerla. Estaba casi cien por cien segura de que así ocurriría.
—Está bien, Harry —se apresuró a decir. En definitiva, no podía hacerle algo tan ruin, no a él, por lo menos—. Entiendo que tienes otros compromisos, no estoy enfadada por ello.
El chico casi se encogió de alivio al escuchar sus palabras, por lo que sonrió abiertamente mientras asentía, efusivo.
—Va-Vale. Hermione me dijo que- Bueno, que podía resultar una ofensa- Y yo… Bueno, no quería que sonara de ese modo.
Negó—. No lo hizo, tranquilo. —Las comisuras de sus labios se alzaron levemente—. Aunque la oferta sigue en pie, por si cambias de opinión —dijo finalmente, asintiendo y reiniciando su camino hacia las mazmorras, con prisa. Tenía la sensación de que el muchacho quería decirle algo más, pero Catalina simplemente quería marcharse de ahí, no verlo más. No cuando cada vez que alzaba la mirada pensaba en que había fallado en su misión.
Aunque había decidido no usar su artimaña con Harry, un cosquilleo casi doloroso se instaló en su pecho al no hacerlo. De no conseguir que el Gryffindor aceptase esa oferta, no quería imaginarse qué le ocurriría a Eugene. El simple hecho de hacerlo le provocaba un escalofrío terrible que vibraba contra sus huesos. Podían torturarla de todos los modos imaginables, pero sin duda, el pensar que le hicieran algo a su hermano sería la peor tortura que podrían hacerle. Y sería a la primera que acudirían si no lograba cumplir una misión tan sencilla como aquella.
Los pasillos se tornaban cada vez más oscuros conforme descendía. Solo se oía el rumor de las conversaciones de los pocos cuadros que allí había y el resonar de sus pasos contra el frío suelo. Quizá su alma Slytherin era la que le provocaba que se sintiera tan cómoda en aquel lugar. Prácticamente nunca había nadie allí, solo cuando había clase de Pociones, e incluso así los alumnos eran extremadamente silenciosos, cuidadosos de que Snape no los oyera y regañara. Se sentía calmada en aquel lugar, lejos de miradas indiscretas y del barullo de la muchedumbre. Incluso cuando oía a Ron quejarse constantemente de las pésimas condiciones de aquel rincón del castillo —sin duda, eso se debía a la cantidad de arañas que vivían allí—, pensaba que era mejor que cualquier otra parte.
Detuvo sus pasos cuando escuchó unos murmullos que no provenían de ninguno de los cuadros. Identificó la voz áspera de Snape y otra femenina que, aunque se le hacía sumamente conocida, no supo identificar. Sabía que escuchar conversaciones ajenas no estaba bien, pero no pudo evitarlo y se detuvo en la esquina, viendo la espalda ancha del profesor de Pociones frente a alguien.
—Me estoy esforzando mucho en su asignatura, profesor Snape.
Logró divisar, al fin, a la muchacha y enseguida reconoció a Carla, la chica Ravenclaw con la que había tropezado unos días atrás. Su rostro estaba todavía más enrojecido y sus grandes ojos oliváceos brillaban por una tela de lágrimas que amenazaba con romperse.
Vio encogerse la espalda de Snape en lo que parecía ser una profunda bocanada de aire.
—No lo suficiente al parecer, señorita Brewster —dijo con su típico tono monótono. Catalina frunció el ceño al oír ese apellido, sin duda le sonaba de algo, pero no estaba segura de qué—. No me haga perder más el tiempo, no cambiaré su nota.
No le permitió a la muchacha decir nada más y en un par de zancadas ya se encontraba encerrado en su despacho. Carla se quedó estática en el pasillo, mirando absorta el lugar que había dejado vacío el profesor. Su labio inferior temblaba en un gracioso puchero y sus cejas finas estaban contraídas en una mueca de rabia e impotencia.
Catalina se mordisqueó la mejilla repetidas veces, sintiendo la carne que apresaba entre sus dientes quebrarse, retumbando el sonido en sus oídos. Por su mente rondaba una idea y casi de manera involuntaria salió de su escondrijo y se acercó despacio a la chica, quien no había reparado todavía en su presencia.
—Hola —murmuró a modo de saludo. Tal y como esperaba, la cabeza de Carla se alzó rápidamente al oír su voz, y sus párpados tintinearon dejando escapar algunas lágrimas fugaces. La pelinegra divisó el rastro de algunas que ya habían caído por sus mejillas sonrosadas.
—Hola —carraspeó.
—Siento ser una entrometida —murmuró la Slytherin—, pero no he podido evitar escuchar tu conversación con Snape.
—Oh… —se limitó a decir la muchacha—, siento que hayas tenido que escuchar eso. Pensarás que soy ridícula por suplicar una subida de nota.
No negó haberse sorprendido cuando la Ravenclaw dijo más de dos palabras sin titubear, pero al parecer, al mencionarle el tema de Snape había olvidado su timidez y temor hacia Catalina.
Y Catalina no lo diría, pero sin duda le parecía ridículo limosnear una mejora de nota. No era algo que haría un Slytherin, claramente. La opción era mejorar el rendimiento en la asignatura, pero pedirle a Severus Snape algo de compasión era como pedirle peras al olmo. Ese hombre era un auténtico témpano y no cedería ante cuatro lágrimas de una alumna que, además de no ser de su casa, se rebajaba a tal nivel de indignidad.
—Bueno, estoy dando clases de refuerzo de Pociones por mandato de Snape a algunos alumnos de mi casa —comenzó, sugerente, a lo que el rostro de la chica se desfiguró en una mueca extraña—. Evidentemente te ayudaría a parte, no creo que quieras estar en un grupo de serpientes —se mofó irónicamente—, pero podría ayudarte si lo deseas.
El silencio que se cernió sobre ellas fue cuanto menos extraño. No incómodo, pero por lo menos asfixiante. Carla desvió su mirada a algún punto de la pared, que aparentemente le pareció más interesante que cualquier otra cosa en aquel momento. No había mirado a los ojos a Catalina en ningún momento. Rehuía por completo el contacto. Era mucho más baja que ella, una cabeza y media, pero eso se notaba todavía más por lo encogida que estaba, empequeñecida y visiblemente intimidada por la Bellarmine.
—No, no, no quiero molestar.
—Si te lo ofrezco es porque claramente no molestas —dijo, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra y cruzándose de brazos en un gesto desdeñoso—. Te espero el viernes en la biblioteca.
Carla sabía que no podía negarse, pero no pudo hacer más que preguntarse por qué alguien como ella, la hija de la familia pura sangre más importante y la reina Slytherin, se había ofrecido. ¿Acaso Catalina Bellarmine sabía quién era ella? ¿Sabía todo lo que su familia le había causado a los Brewster?
La vio alejarse de allí con pasos sigilosos. Comparó inevitablemente su caminar con una pluma, tan ligero, apenas audible y con un grácil contoneo de su cuerpo. Solo lograba oír el tintineo de los muchos pendientes de sus orejas.
—Tan buena samaritana como siempre.
Realmente no se sorprendió de encontrarse de cara con Malfoy cuando caminaba hacia su Sala Común. El muchacho estaba apoyado contra una de las frías paredes, haciendo danzar la varita entre sus manos con desinterés.
—Y tú tan invasivo —murmuró—. ¿Le has cogido el gusto a espiarme, Malfoy?
—Ha sido un bonito gesto —añadió después de un rato, alzando finalmente sus orbes grises hacia ella.
Catalina buscó algo de mofa en lo que acababa de decir, pero no se le ocurrió nada. Realmente se sentía orgullosa de lo que había hecho por aquella muchacha.
—Que no seas capaz de hacer algo por alguien que no seas tú mismo, no quiere decir que el resto del mundo actúe igual —sonrió con suficiencia y pasó de largo en dirección a su habitación—. Nos vemos mañana con el grupo de repaso.
—¡Espera! —El chico la alcanzó con dos zancadas largas—. Querría hacer las clases aparte, no con el resto, como esa chica… No me gustaría que se enterara todo el mundo de lo mal que se me da esa asignatura… —titubeó—. Por favor.
Catalina lo escrutó durante unos segundos—. Está bien —contestó ante la cara de súplica y tristeza de su compañero. Era la primera vez que lo veía así, ciertamente—. Entonces nos vemos el viernes por la tarde en la biblioteca, después de la clase con Carla.
—Gracias —lo oyó murmurar a sus espaldas.
