Ver a Elsa con el cabello suelto confirma que soy una demente enamorada de un personaje animado, pero, ¿quién me culpa? ¿Quién nos culpa? ¿A quién no le gusta Elsa?
Capítulo 2.
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Después de un agotador día de trabajo y una exquisita comida con su hermana, quien se encontraba con el ánimo de siempre, cándida, vivaz, parlanchina, actitudes que nada revelaban de circunstancia alguna que rompiera el encanto que esa muchacha tenía por la vida.
Así que esto era solo para ella, iba en serio.
―¿Te pasa algo? ―preguntó la joven pecosa, que no había parado de hablar desde que se sentó a la mesa junto a Kristoff y Olaf, el muñeco de nieve.
Elsa apartó la mano de su mentón, donde permaneció por buen rato observando a Anna, y a los empleados que entraban y salían.
―No has probado bocado.
―Estoy bien, solo… un poco cansada.
―Deberías tomarte la tarde para descansar, trabajaste mucho, te vi salir con un montón de gente de la oficina.
―Por eso no puedo hacerlo, hay muchos documentos qué revisar aún. Creo… creo que continuaré con eso, si me disculpan.
La chiquilla la observó levantarse, lamiendo el dulce de leche de su cuchara.
―¿Quieres que te lleve algo de comer?
―No, gracias, estaré bien, prefiero terminar mis pendientes. Con permiso.
La reina optó por mantenerse entretenida en el trabajo, los consejeros del reino discutían sobre rutas de transporte alternas que conectaran al próspero reino de Arendelle con las naciones aledañas, quiénes importaban y exportaban materias primas con su pueblo.
Sin embargo, la carta de esa mañana le daba vueltas en la cabeza con la misma frecuencia en que Gerda iba a despertarla cada mañana para que tomara sus clases. Era molesto. Pero aceptaba que también se encontraba muy curiosa sobre la misma.
¿Realmente sería una mujer? ¿De verdad vivía en el palacio? ¿Alguien la timaba? ¿Se trataría de un enemigo infiltrado que en realidad tenía el propósito de asesinarla? ¿Anna estaría segura con ese individuo al acecho?
A las seis de la tarde ya Elsa encontró el día suficiente, hizo el libro contable a un lado y se quitó las lentillas, la luz del día terminaba por marcharse y su cuerpo le exigía reposo. Se puso de pie pero antes de dar el primer paso, abrió el cajón donde guardaba sus documentos meramente personales, la carta arrugada de más temprano seguía ahí, junto al pañuelo y el lirio blanco. Desdobló la nota y observó la perfecta caligrafía escrita con tinta roja.
A Arendelle le interesaba un pueblo educado, por eso, a diferencia de otros reinos, Elsa se ocupó de incentivar programas académicos, así que el aprendizaje ya no era solamente propio de la realeza, el clero o de los hombres, la mayoría de las mujeres en el pueblo y, sobre todo, en el palacio, sabían leer y escribir perfectamente, cualquiera pudo haber escrito aquella carta con tan excelente ortografía. Resultaba difícil comenzar por algún sitio en específico, las mozas asignadas para ordenar su oficina junto a Gerda, ese día estuvieron ausentes, fue lo que la jefa del servicio le dijo y lo que Kai confirmó.
¿Entonces?
Tomó el papel, el lirio y el pañuelo y finalmente se retiró a sus aposentos.
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La ducha con agua caliente la relajó más de lo que imaginaba, cada noche tomaba una, después de los días pesados, larga, vaporosa, balsámica. Añoraba su cama, los ojos comenzaban a pesarle.
De repente recordó la carta y sus palabras escritas, "hoy a la medianoche…".
Debían ser puntualmente las nueve, el castillo poco a poco se quedaba en silencio, solo faltaba que Anna pasara a su habitación para terminar de contarle sobre su día, y vaya que la charla era prominente, la joven pecosa siempre tenía muchas cosas que contar. Normalmente Elsa dirigía la conversación hacia sus clases, la educación de Anna le concernía y se preocupaba porque ella recibiera la mejor, Anna tenía potencial para las artes y la reina deseaba que sus talentos fluyeran, sobre todo, porque le encantaba su loca poesía y sus pinturas.
"Dios", pensó Elsa, ¿y si a esta persona se le ocurría venir de verdad y Anna está aquí? Se alarmó. No quería pensar en que Anna se diera cuenta de aquello, la verdad es que Elsa prefería mantener "ese tipo" de asuntos personales lejos del dominio de la pelirroja.
Se apresuró a salir de la ducha. A veces Anna se quedaba a dormir en la habitación de Elsa y, aunque la rubia no pensaba dejar el pestillo destrabado, era todavía peligroso suponer que nadie intentaría hacerles daño, y jamás permitiría que su hermana se expusiera a tal peligro.
La rubia encontró a la muchacha cepillándose el cabello.
―Vine a desearte las buenas noches y… te veo mañana ―le habló, nerviosa.
―¿Vas a dormir ya?
―Por eso vine, realmente estoy cansada y necesito dormir temprano, mañana me espera otro día agresivo.
La princesa pareció hacerle un puchero, pero luego le sonrió y se levantó para besarla en la mejilla, susurrando con una voz delicada.
―Que tengas una linda noche, Elsa.
Elsa regresó a sus aposentos, eran cerca de las diez y se sintió enfadada por tener qué esperar por algo que ella no pidió. Permaneció un rato quieta sobre la cama, con el lirio blanco y el pañuelo del mismo color en el cajón abierto de su mesita de noche, junto a la carta, abierta y arrugada como si intentara recordarle su cita, y como si Elsa fuera a obedecerla. No obstante se sintió tentada, y con todo y sus deseos, de ninguna manera cedería ante tal chantaje, si esa persona quería entrar a su intimidad, debía revelar su identidad primero.
La soberana de Arendelle tomó un libro y se recostó, dispuesta a quitarse el estrés con una buena lectura, pero su curiosidad y el miedo le pesaban más.
Cerca de la medianoche, con el sueño perdido, se levantó y anduvo, preocupada, por la habitación, con los pies descalzos y solo el camisón de dormir encima. ¿De verdad esa mujer pensaba ir? Ya era bastante tarde, la oscuridad y el silencio reinaban en el castillo, la servidumbre hacía rato que se habría retirado a dormir y, en efecto, solo quedarían en vigilia los guardias del pasillo horizontal, mismos que custodiaban las cámaras de la reina y de la princesa a una distancia considerable, para permitirles intimidad.
La angustia se reflejaba en el rostro de la reina, junto al labio que se mordía, esperando, y las manos que se frotaba produciendo vaho helado. Afuera de su ventana la luna brillaba en todo su esplendor, era una hermosa noche, sin duda.
"La luna que te ama", recordó.
"Tonterías", pensaba.
Volvió la vista hacia el reloj de madera que le dictaba la hora apacible, como si el tiempo fuera lo de menos, faltaban escasos cinco minutos para la medianoche. Nerviosa, suspiró y caminó lentamente hacia la puerta. Puso una mano sobre la manija, dudando si quitar el seguro, o dejarlo trabado.
La curiosidad estaba a punto de pasar por su orgullo, pero, ¿qué le diría a esa mujer cuando la viera? ¿Estaba preparada para eso? ¿Y si fuera alguna bien conocida? ¿Alguien que apreciara? ¿Tendría la autoridad para encararla y, posiblemente, echarla del castillo, y a esa hora? ¿La dejaría esperar a la mañana? ¿Sería de verdad bonita, como dijo? ¿Sería joven? ¿Sería de verdad una mujer?
Tres minutos pasaron y la reina continuaba dudosa. Quiso alejarse de la puerta y volver a la cama, pero, ¿qué si traía herramientas para abrir? ¿Qué si no cumplía su promesa de marcharse? ¿Esa mujer estaría esperando a Elsa despierta? ¿Esperaba que tuviera los ojos cubiertos con el pañuelo blanco? ¿De verdad le depositaría esa confianza?
Menos de un minuto para la medianoche, la reina escuchó ruido en el pasillo y se acercó a la madera, con la mano todavía sujetando la manija, el pestillo asegurado.
Definitivamente alguien se acercaba, en silencio.
Suspiró, nerviosa y asustada, parecía que escuchaba su propio corazón latir. Alguien estaba de pie al otro lado de la puerta, lo sentía.
De pronto la manija vibró, el sujeto intentaba bajarla. Angustiada, la reina se echó para atrás, observando el picaporte.
No insistieron mucho, tres intentos y se quedó quieta. La soberana de Arendelle se acercó nuevamente para captar cualquier indicio de ruido, algo que revelara que seguían ahí, poco a poco, como si temiera que alguien de repente la empujara con un puntapié.
Pero nada. Ya nadie estaba detrás, ni escuchaba los pasos.
Se había ido.
Esa noche la pasó en vela.
Apreciados lectores, una disculpa por los errores técnicos que llegaran a encontrar, hacía mucho que no publicaba nada en FanFiction, y perdí la costumbre y por tanto, las habilidades, espero mejorarlo con la práctica de vuelta.
Por leer, muchas gracias, ¡larga vida a la Reina Anna!
