Me disculpo por no actualizar el lunes, como prometí, sucede que fue puente en México y dejé mi capítulo en la computadora de mi trabajo, y regresé a trabajar el martes.
Into the unknown es una canción bellísima también, por supuesto.
Espero les guste este capítulo.
Frozen y todos sus personajes pertenecen a Disney.
Capítulo 4.
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Un lirio amarillo adornaba su escritorio ese día, la oficina estaba limpísima, las cortinas corridas y el viento cálido de primavera se colaba hasta su asiento.
"No te engañe la vista, ni el corazón se exceda al robarte la memoria de la sangre.
Frente a ti yace el mar, sólido y rotundo, como antaño fuera sobre el fuego de la tierra.
Pero este mar llora en la ladera del tiempo, y su frialdad cede ante nuestras voces,
Y nuestras huellas de asfalto y carretera. Más no te engañen tus ojos rociados por sales de plata.
Esta quietud soberbia imita el bandoneón de las olas y a ellas acuden aves fugitivas de la noche eterna.
El mar fue hielo. Hielo azul. Azul misterio".
Me encanta este poema, su majestad, me recuerda tanto a usted, a su mirada, a sus ojos, al frío tacto de sus manos. Sin embargo yo sé que por dentro hay un volcán que irradia calor, yo lo siento, y sé, que si usted me lo permite, soy capaz de derretir ese hielo, y llegar a tocar su flama, a la que no le tengo miedo, porque aunque sé que me consumiría, también me mantiene despierta, viva y soñando. Y aún puedo avivarla.
La luna que la ama".
―¿Qué tienes ahí?
A Elsa casi le da un infarto cuando escuchó la voz de Anna, saltó un paso desde su lugar y se volvió de frente a ella.
―¡Anna! Me-me asustaste.
―Lo siento ―dijo la niña ―. ¿Qué tienes ahí, Elsa?
Elsa apartó la hoja de la vista de Anna, que alargaba la mirada hacia el trozo de pergamino, demasiado interesada y casi a punto de haberla descubierto.
―Nada, es… solo un papel, una nota de Anders, necesita correcciones a un documento, es todo. ¿Qué haces aquí tan temprano?
―Oh, discúlpeme que la interrumpa, majestad, es la hora del desayuno ―replicó la chica, con un tono fingido que después volvió a la normalidad, sin que dejara de sonar molesto ―. ¿Acaso será otro día en el que me pierda de tu presencia?
―Estoy trabajando ―respondió la mayor ―, tomaré el desayuno en la oficina.
―Antes trabajabas y tenías tiempo para mí.
La muchacha pelirroja se aproximó tanto a Elsa, que cercó su paso, una acción nada habitual y que provocó a la joven de ojos azules alzar las cejas.
―¿Qué es esto? ―respondió la rubia, interesada y divertida, Anna solía tener sus momentos de caprichos, pero pocas veces expresados por la atención de Elsa, ya que Anna se había convertido en su prioridad. A la rubia le gustó ―. ¿Un reclamo? ¿Y un puchero?
―¿Fuego familiar hoy en la noche? ¿Por favor?
Elsa se conturbó por el tono chillón usado en la exigencia de su hermana, como si fuera un cachorrito al que acabaran de reñir, quería mimarla, y decirle que todo estaba bien, pero al instante volvió a su mente aquél poema, aquella flor y aquella carta.
―No puedo.
―¿Que no puedes? ¿Por qué?
―Tengo, tengo trabajo, Anna; Anders me apresura con la revisión de los contratos, tenemos que cerrar un par de negocios esta semana o nuestras finanzas se verán golpeadas.
―Creí que habías terminado con eso.
―Avanzo lento, discúlpame.
Dijo ella, y era verdad, también sobre los contratos, no le mentía a Anna, no le gustaba mentirle a Anna.
―¿Y vas a desvelarte de nuevo esta noche?
―No tan tarde, solo un par de horas e iré a la cama.
―¿Por qué será que no te creo? ―los ojos de Anna se volvieron un par de rendijas.
―Créeme, y te prometo que será la última noche…
―De esta semana ―masculló ella ―. Está bien, no puedo obligarte a pasar el tiempo conmigo, y no puedo obstaculizar tu trabajo, ya bastante haces con…
―¿Qué? No, tú no me obligas a estar contigo, yo quiero estar contigo, Anna; me gusta estar contigo.
Y era cierto, incluso en ese instante Elsa realmente necesitaba a Anna. Pero también tenía asuntos qué aclarar, sobre todo ahora que tenía a alguien al acecho. Y tampoco podía arriesgar a su hermana por un berrinche, Elsa ya se lo daba todo. Por mucho que le doliera la chiquilla podía esperar.
―¿Qué te parece si mañana subimos a la montaña? Podríamos visitar a… ya sabes… los pequeños...
Tras varios segundos en espera, una sonrisa fue formándose en los labios de la pelirroja hasta llegar de un extremo a otro de su cara. "Bingo", pensó Elsa, la pelirroja adoraba a los snowgies, la rubia sabía cómo dar en el clavo, y cómo hacer que su hermana olvidara el papel que Elsa guardó discretamente en su bolsillo, al que de vez en vez la pelirroja echaba un ojo.
―A las nueve, después del desayuno, es una cita ininterrumpible.
―Es una cita ―respondió la reina, aliviada y contenta ―. Y esa palabra no está aceptada en nuestro diccionario.
―Da igual.
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Otra noche a la espera. Las once treinta y ya se sentía nerviosa, las notas y el pañuelo a su lado en la cama, junto a los lirios. Elsa los miró.
¿Qué esperaba de todo aquello? No tenía una respuesta precisa más allá de pensar que era momento de enfrentarlo, por sus dudas y por Anna, la pelirroja no merecía su rechazo, menos por alguien que ni siquiera conocía. Todo lo que Elsa hacía era por el bien de su hermana y sin embargo, no podía sentarse a disfrutarla, no como antes.
Era hora.
Nerviosa como en las noches anteriores, acarició el pañuelo, era suave y con un ligero aroma a hierbabuena. Lo tomó y, suspirando profundamente, vendó con él sus azules ojos, decidida a afrontar las consecuencias de su buena o mala decisión. Ella era, después de todo, un ser al que también le atraían los juegos, y ya había permanecido mucho tiempo reprimida.
Escuchó las campanadas del reloj a la medianoche seguidas por un ligero ruido en el pasillo. El vendaje le brindaba una mejorada facultad auditiva.
Un chasquido fue suficiente para deducir que finalmente la puerta fue abierta. Y que alguien la atravesó.
Al momento su respiración se contuvo, si Elsa pudiera sentir el frío, habría asegurado que de su boca exhalaba vaho caliente. Las paredes de su habitación se cubrieron de una delgada capa de escarcha. Los pasos de su anónimo de detuvieron al primer crujido, después avanzaron tres veces.
Luego, silencio.
Elsa esperaba con las manos asidas sobre las piernas, aferradas, listas para contrarrestar cualquier ataque.
A pesar del silencio sabía que alguien se acercaba a ella, sentía un calor que resquebrajaba la escarcha en las paredes, poco a poco, a la par que un dulce aroma invadía sus fosas nasales, suave e irreconocible.
El pecho de la reina se alzaba en profundos suspiros, abriendo ligeramente los labios para ayudar a su nariz a tomar aire. Sus dedos se aferraban a la tela de su bata para dormir, a medio cerrar, se sentía expuesta y tentada a quitarse el vendaje. Pero había algo en aquello, una sensación de adrenalina que le ordenaba permanecer quieta, a permitirse ser, al menos por esta vez, una pasiva receptora, ahora por ella misma le apremiaba saber cuáles eran las intenciones detrás de ese teatro.
Alguien la miraba, quizá evaluando la manera más precisa de atacar, de fulminarla para siempre.
Al abrir nuevamente su boca para respirar, sus labios fueron atrapados por otros cálidos que se cerraron en los de ella con ternura, como si temieran lastimarlos.
Un pequeño sobresalto hizo que la rubia se soltara de ese beso demandante, sorpresivo. Inconscientemente llevó su mano hacia el pañuelo pero una delicada mano la detuvo, impidiendo que se lo arrancara, como si hubiera dicho con firmeza "no, su majestad, quédese quieta", cual actitud de aristocracia.
En respuesta a su intención, suaves y calurosos labios la besaron de nuevo, moviéndose con deseo, con candidez, como si la boca de la reina fuera el último manjar que un preso condenado a la horca disfrutaba en completa calma, para capturar en ese beso lo que le quedaba de vida.
La soberana de Arendelle sintió que su alma se derretía como se derretía el hielo ante el calor, como las paredes que crujían, derrotadas ante el inesperado ataque de una fuerza desconocida. La razón se le fue nublando y ya no se preguntaba más "por qués", o "cómos", o "quién", sino "cuánto".
El intruso estaba de pie delante de ella, inclinándose con propiedad hacia su conturbado rostro, ciego aún, sostenido entre ásperas manos, la joven soberana podía sentir alguna parte de un cuerpo delgado entre sus piernas, ante aquello no podía responder.
Una mano de la reina fue a parar sobre el brazo de su anónimo, mientras la otra sujetaba ligeramente su cuerpo sobre el fino colchón.
La intensidad de aquél beso menguó, poco a poco, desconectando los sentidos de una rubia platinada mientras su labio inferior era mordido, tierna y fugazmente, para luego ser consolado por una lengua que se arrastró sobre la delgada piel después de otro corto beso, ofrecido como bálsamo, como hierba curativa con sorprendente efecto.
Cuando la intrusa se apartó, Elsa lo sintió suspirar contra su boca, como si esta le hubiera arrancado el aliento.
Mejor orquesta que dos corazones latiendo en lo alto de una torre no podía sonar en toda Europa. Los cuerpos desarmados intentaban reconstruirse en medio de suspiros entrecortados. El primer beso de la reina, y con toda sospecha, también el de su anónima.
Tras varios segundos de recuperación, ella la volvió a besar, con la seguridad de una amante que promete volver, despidiéndose de ella por esa noche.
Una mano se arrastró por su mejilla, y la posición de la reina volvió a ser recta, mientras el cuerpo de la luna enamorada se alejaba en medio de la penumbra, y en un instante, la soledad fungió de nuevo como única compañera de la reina.
Elsa se quitó el vendaje y observó la habitación, la puerta estaba cerrada. Sus labios titubearon todavía calientes. Nunca se habría esperado aquello, definitivamente jamás lo hubiera imaginado. Si pudiera verse en el espejo, sus mejillas pálidas probablemente se encontraban ardiendo.
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El poema creo que pertenece a José Luis García Herrera, no lo puedo asegurar, lo encontré en Internet por casualidad, me parece que se titula Briksdalbreen.
Chicos, ustedes son muy creativos a la hora de imaginar situaciones, adoro leer sus reviews, ¡copitos de nieve para todos!
