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―Si Arendelle hubiera atacado primero, estoy segura que habría una muy buena razón de por medio, mi abuelo era un hombre de honor.

―Eso no lo sabes con certeza ―se burló Kristoff, mientras se llevaba un chícharo a la boca.

―Eso… ―replicó la pelirroja ―es así, ¿cierto, Elsa? Tú conoces más de historia que yo.

La rubia tardó varios segundos en responder, tenía la vista fija en otro lugar lejos de los comensales, justo como en los últimos tres días.

―Lo siento, ¿qué?

―¡Elsa! Van tres veces que te hablo y tú estás en otro lugar menos aquí, ¿qué te pasa? ¿Otra vez te desvelaste?

―¿Qué? No, claro que no, estoy aquí, a tiempo.

―Porque seguramente ni siquiera dormiste, ¿sabes qué? Vamos a posponer la cabalgata de hoy, ya no quiero ir.

―¿Por qué? Te prometí que daríamos un paseo.

―No te quiero distraída. Si vas a estar conmigo pero tu atención estará en otra parte entonces no quiero tu compañía.

―Anna ―Elsa se tomó unos segundos para analizar a la joven; a pesar de su distracción, había estado escuchándola hablar desde que ella y sus amigos se sentaron a la mesa, y de un momento a otro su ánimo cambió, la pelirroja solía ser dulce y paciente, sobre todo cuando se trataba de Elsa, y nunca se le había revelado como en ese momento ―. Chicos, ¿me dejan un momento a solas con mi hermana, por favor?

―Ssí… claro.

―Está bien.

Kristoff y Olaf abandonaron el comedor, en silencio, la orden se había dictado con excepcional autoridad. El muñeco de nieve susurró un "suerte" a Anna mientras que Kristoff solo atinó a gesticular con el mismo fin. El rostro serio y duro de Elsa era una careta para duques molestos y que no sabían bailar, no para Anna, pero esta vez, al parecer la pelirroja se la ganó.

―Anna, no es correcto que me hables así.

Anna tragó saliva, asustada, pero convencida que ella también tenía razones adecuadas.

―¿Es correcto que te olvides de mí? ¿Soy menos importante que tus contratos?

―Los contratos son importantes para Arendelle, yo represento a Arendelle ―enfatizó la reina ―, eso debes saberlo y entenderlo. Pero no son más importantes que tú y creo que en ningún momento di a entender que lo sean; tampoco me olvido de ti, pero sabes que tengo responsabilidades, y dirigir un reino no es como leer cuentos y salir a montar, tengo qué hacer cosas, leer, aprender, reunirme, escribir, decidir.

―Sí, claro, yo no hago nada de eso.

―Y yo no me dirijo a ti con superioridad, a pesar de ser la reina, tú eres una princesa, y ante todo, mi hermana. Pero, a pesar de que te amo, no es correcto que desafíes mi autoridad delante de la gente. Te adoro, hermana, pero si soy la reina nadie debe dudarlo. Cualquier inconveniente, o reclamo que tengas hacia mí, puedes hablarlo conmigo en privado, te escucharé.

―¿Y debo sacar una cita para eso?

Elsa se levantó de la mesa, en toda su altura, se colocó los guantes que tenía puestos al lado de su plato y miró a Anna, con ojos fríos. La pelirroja pareció encogerse, apenada.

―Bien, si lo necesitas, habla con Kai, entonces, estaré en mi oficina.

Anna sabía que Elsa daría todo por ella, pero también era consciente que no debía desafiarla, no porque fuera la reina, Elsa además era su hermana mayor, su sangre, la primogénita de sus padres, Elsa nunca había hecho nada para herir a Anna, ni lo haría, pero es que Anna tenía otras necesidades acerca de Elsa.

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Apenas se sentó tras su escritorio, la reina clavó su mirada en el techo de su oficina, no le gustaba hablarle así a Anna, en todo el reino, ella fungía siempre como su meta, si algo tenía qué hacer, Elsa estaba al tanto de que todo resultara lo mejor posible, primero por el bien de su hermana, luego el de su familia, y después el del pueblo. Tal vez eso no la convertía en la mejor gobernante, pero eso sería la última cosa que la preocupara. Elsa amaba a Anna y haría lo mejor para ella, y si eso implicaba sentarse en su trono para llamarle la atención, lo haría sin ninguna duda. Solo esperaba que Anna lo entendiera, y en su momento estaba segura que ella lo haría.

Finalmente bajó la mirada sus documentos y leyó:

"Sus labios saben a menta, su majestad, como el té que acostumbra beber a las cinco de la tarde; me recordó a los días de diciembre, al sabor de nuestras tradiciones invernales, al aroma del chocolate y del pan recién horneado que me levantaba en las mañanas de frío. Me devolvieron los recuerdos de mi infancia, de mis días felices, donde lo tenía todo. Usted sabe a alegría, su majestad, a buenas noticias.

Espero encontrarla nuevamente esta noche.

La luna que la ama".

Lo había olvidado, por un momento el berrinche de Anna borró de su memoria los acontecimientos de la noche anterior. Cuán importante era Anna para Elsa.

Ahora, de regreso a otra de sus preocupaciones, no podía mentir, las palabras le retumbaban en la mente como bálsamo, hacía tanto tiempo que no tenía espacio para ella, mucho menos para pensar en el de amor romántico. Por primera vez en muchos días, su curiosidad al respecto despertó.

Tenía qué admitirlo, aquella forma de hacerlo le gustaba, era peligroso pero… alucinante.

La reina estiró el brazo para coger la nota y arrugó el ceño, se sentía culpable pero no sabía descifrar por qué, no había nada malo en lo que hizo, era una mujer adulta, soltera, con la madurez suficiente para inmiscuirse en temas de románticos, aunque nunca le hubieran preocupado.

"Espero encontrarla nuevamente esta noche". Volvió a leer. Tal vez no, tal vez no hoy. El hecho de que las formas le resultaran interesantes y, de cierta forma, atractivas, no significaba que daba su permiso, que abriría las puertas cuando a "ese" individuo se le antojara.

Involuntariamente se relamió los labios y llevó una de sus manos hasta ellos, acariciándolos suavemente.

La boca ardiente que la besó era a su vez delicada, casi podía asegurar que, efectivamente, se trataba de una mujer, y no es que tuviera algo con que comparar, Elsa nunca había besado a nadie antes que a esa misteriosa autora, pero estaba segura que los labios masculinos no podrían sentirse así, y ahora que lo pensaba, Elsa nunca tuvo interés en saber cómo se sentirían los labios masculinos, estos nunca le llamaron la atención de ese modo, ni los labios, ni los muchachos, bastaba recordar que algunas veces le resultó desagradable la vista de ciertos bigotes, y que las barbas era algo que su cara no quería tocar. La soberana de Arendelle reconoció que nunca en su vida había tenido el deseo de besar a nadie, y ahora que su mente divagaba entre labios, admitió que los femeninos eran bonitos, y se sentían bien.

A sus pensamientos vinieron los rostros de varias mujeres que podía recordar haber visto; unos labios más atractivos que otros, evaluó, los de Honeymaren habían vencido hasta ahora, eran gruesos y un poco pálidos, recios como sus facciones aclimatadas, lindos. Al final, el infantil y pecoso rostro de Anna la atrapó, era la única que faltaba en sus memorias.

Inconscientemente su mente realizó una inspección imaginaria de cada rincón en la carilla de la pelirroja, desde las orejas, el cabello visible, las pecas, los ojos esmeralda, la naríz… Y finalmente Elsa llegó a sus labios. Contrarios a los de Honeymaren los de Anna eran delgados, perfectos, podía decir, el tamaño justo, rosados y cubriendo una hermosa dentadura detrás, cuando sonreían se veían más lindos, por dios que era la vista más hermosa. Elsa sonrió a ese pensamiento, los labios de Anna eran sin duda muy bonitos, hermosos, perfectos, por si no quedaba claro, y probablemente muy suaves al tacto.

De repente la reina se sobresaltó, ¿qué estaba pensando sobre Anna? ¿Cómo llegó hasta ahí? Abrió los ojos y parpadeó varias veces, intentando convencerse a sí misma que no estaba pensando en Anna más allá de una comparación irrelevante. Las manos de la reina se aferraron a los reposabrazos y se riñó internamente, ¿qué diablos pasó en su cabeza?

Se acomodó frente al escritorio, guardando la nota de ese día en el cajón de asuntos personales, lo cerró con fuerza y se llevó las manos a las sienes. Debía estar loca, o muy cansada.

Suspiró y decidió que lo mejor era borrarse aquellos pensamientos con lo mejor que podía hacer, trabajar. Tomó el libro contable y la libreta de notas en las que había garabateado observaciones para Anders, su contador. Y como siempre, le resultó eficaz y productivo.

Esa tarde Elsa no se presentó a comer.

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La noche estaba fría, y a pesar de eso la ducha no faltó, la reina hizo una costumbre de ellas, eran, incluso, parte de la educación arendeliana.

La joven mujer se encontraba sentada a la orilla de su cama púrpura, librando batallas internas contra sus deseos y su razonamiento, extremos abismalmente diferentes en su persona en esa hora.

Recordaba el sabor de aquél beso robado, como si recién se lo hubieran arrebatado, fresco aún en su memoria.

Se levantó para dirigirse a la puerta y asegurar el pestillo, creyó que Anna iría a buscarla para disculparse por su rabieta matutina pero la pelirroja no apareció. Los ánimos de la rubia se encontraban descansando y no le apetecía compañía alguna, así que, con la determinación de una soberana de su clase, simplemente resolvió que esa noche no, esa noche se recostaría en su cama y cerraría los ojos para buscar en su sueño un poco de la tranquilidad que le robaron junto a aquél beso.

Antes de reposar su esbelta y delicada figura entre sus almohadas, con el reloj haciendo eco en el fondo, llevó la mirada a la manija de la puerta y vio cómo esta se movía, ahí estaba la luna que la amaba, intentando llegar una vez más a su corazón, pero este ahora estaba congelado, indispuesto, y eso a nadie le haría bien, su ánimo en aquél momento sería una daga helada para cualquiera que se le pusiera de frente.

Esperó hasta que la manija dejó de moverse y finalmente se recostó y dejó que el cansancio le arrullara el sueño, los labios cesaron de hormiguearle.

Mañana sería otro día y vería todo nuevo, aún si no volvía a encontrarse con su secreto.