¿Ya vieron el video de Show Yourself en su versión masculina? Es lindo.
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"Debo confesar el dolor que amaneció junto conmigo, la decepción de encontrar su puerta cerrada, su majestad, me partió el corazón… pero lo entiendo. Mi intención no es abrumarla, no quiero implantar en su mente ningún pesar. Me quedo, tal vez, con la incertidumbre de saber si así lo decidió porque se encuentra confundida (y no es para menos…). O simplemente no logré convencerla.
Sin embargo, tengo qué decirle, su majestad, que mi cuerpo no cae al primer disparo, y arrastrando lo último que queda de mi alma, pernoctaré una vez más por su pasillo, y me acercaré a su puerta, con el corazón en una mano; si existiera la posibilidad de que el pestillo se encontrara destrabado, será para mí una señal de que mi acercamiento no fue mal recibido, y que usted solo necesita tiempo para meditarlo. Lo que le propuse no es fácil, sé que juego con la razón, pero, ¿no forma parte la aventura del amor?
Reina Elsa, si su puerta está cerrada para mí… entenderé que solo mi fantasma volverá a vagar detrás de esa estructura de madera, porque no habrá quedado materia en mí con ganas de vivir lo que resta de mis días… Pero mi alma, mi señora, mi alma está ligada a usted, yo siempre seré suya, aunque no me ame siempre le voy a pertenecer a usted, y en mi tumba enterraré también nuestro secreto, cual joven partió conmigo, junto al dulce sabor de sus labios.
La luna que la ama".
Anna tocó dos veces antes de abrir la puerta de su oficina, llevaba una charola surtida con alimentos celosamente seleccionados.
―Sé que puede ser un mal momento para venir a buscarte pero, no puedo dejar de preocuparme por ti. Lamento mucho mi… infortunio de ayer, fui una tonta, acepta la comida como un tributo de paz.
Elsa percibió el aroma de Anna desde que su figura se posó bajo el umbral de su puerta, cómo no iba a reconocerlo, si ella le regalaba los perfumes, había mandado a elaborar uno especialmente para ella en su pasado cumpleaños, nadie en el reino olía como Anna. A Elsa le recordaba al verano, con sus apacibles lluvias y el olor a tierra mojada.
Sin embargo se negó a levantar la vista, los pensamientos sobre sus labios volvieron para torturar su mente.
―No te preocupes, sé que estabas molesta y con justa razón.
―No, está bien, sé que no debo desafiar tu autoridad, lo entendí, eres la reina…
―No se trata de poder, Anna, no contigo, eres mi hermana y te amo, y siempre buscaré la manera de protegerte, aún bajo estos modos ―suspiró. Anna aprovechó la pausa para sentarse en uno de los mullidos sofás ―. A veces… todavía me cuesta trabajo recordar lo que soy, y aceptarlo; además de todas mis obligaciones tengo que recordarme a menudo mis propósitos, para qué fue que nací. No es sencillo, pero papá y mamá confiaron en mí y no quiero fallarles, no solo el reino quedó en mis manos, también tú, y como hermana mayor antes que la reina, me tomo la libertad de ser el mejor ejemplo para ti, y lo hago con mucho gusto, porque me encanta ser tu hermana. Y este es el legado de nuestra familia, el más importante para nosotras.
Anna tenía los ojos llorosos, claro que lo sabía, pero amaba escucharlo directamente de ella, sobre todo cuando entre sus frases la palabra "nosotras" sonaba verdaderamente relevante. Eran distintas, y Anna estaba consciente de eso, nunca fue fácil entender a Elsa, ni para ella, ni para nadie, pero sabía que detrás de su careta de reina, había una niña asustadiza que solo anhelaba un abrazo. Anna aprendió a amar la personalidad de Elsa, encontró en sus ansiedades y actitudes retraídas, virtudes adorables.
―Lo entiendo, de verdad, por eso te traje comida, y si quieres puedes trabajar mientras cuido que lleves algo a tu estómago.
Elsa sonrió. Agradecía honestamente las buenas intenciones de Anna, así como la comida. Se levantó de su asiento para ocupar el lugar al lado de la pelirroja, tomando un plato entre sus manos.
―¿Se supone que debo comerlo todo?
―Absolutamente, te ayudaré ―dijo la pecosa, cogiendo un cuchillo para trozar la carne.
La mente de la mayor se encontró peleando nuevamente consigo misma. "Por favor, no sonrías, por favor, no sonrías", gritaba su interior.
Afortunadamente, Anna la sacó de su embarazoso momento.
―Las notas de Anders… ―preguntó, llevándose a la boca un pedazo de queso ―¿son muy importantes para ti?
Elsa tardó en reaccionar, pero entendió la intención oculta en la pregunta de Anna.
―Sí… Sí, lo son… Lo son, claro, sabes que así trabajamos; leemos documentos, hago observaciones, las envío a Anders, él las revisa, me remite observaciones, y así sucesivamente hasta terminar.
―Lo sé ―dijo la niña, comiendo de la fruta picada ― solo… me resultó curioso porque Anders vino ayer y lo saludé antes que pasara a tu oficina, dijo que traía un sobre con observaciones para ti, un sobre sellado.
―A veces hace eso, envía las observaciones en sobres cerrados ―intentó zafarse Elsa.
―Supongo, por eso le pregunté sobre las notas, no entiendo por qué le gusta ser formal, e informal al mismo tiempo.
Elsa ocultó la palidez de su cara en su militarizada acción para servirse la comida.
―Anders no siempre redacta las notas, él… ―tragó ―, envía mensajes y su secretario los trae en esa presentación.
―Sí… debe ser ―respondió la niña, falsamente despreocupada ―. Por eso mejor las guardas en tu saco de trabajo, como la que acabas de meter ahí, deben ser más fáciles de llevar hacia tu recámara.
―Claro, porque ahí trabajo con ellas, cuando estoy muy cansada, ya sabes.
―Sí ―dijo Anna, mirando desinteresadamente hacia uno de los ventanales.
La reina acarició sus propios dedos, sintiéndose acorralada y con la mente trabajando velozmente en respuestas que darle, sin tener qué mentirle.
―¿Sabes, Anna? Estás muy bonita.
Sorprendida por las palabras, la muchacha se llevó nerviosamente un mechón cobrizo de cabello detrás de la oreja, mismo que se volvió a rebelar. Sabía que Elsa pretendía desviarla del tema, pero no luchó contra las emociones que un cumplido de la reina le provocaba.
―¿A-a qué viene eso, Elsa? ¿A-A qué viene eso?
―Solo quería decírtelo. Y además estás usando tu perfume especial ―recalcó.
―Lo notaste ―dijo Anna, revolviéndose en su asiento.
―Pasé… varios días decidiendo cuál sería la fragancia que mejor describiera tus coloradas mejillas de verano, cuando veo tu retrato en la biblioteca ―señaló hacia una de las paredes ―, es una imagen que se puede oler. Hay días que trabajo sola en este lugar, y de alguna forma, te veo ahí y siento que me acompañas.
Si el cerebro de Elsa pudiera dibujarse en una sola secuencia, habría un montón de neuronas corriendo de un lado a otro buscando las mejores frases para continuar su discurso. Y era cierto que llevó el retrato de Anna a la biblioteca para no sentirse sola, la imagen de la chiquilla siempre le brindaba momentos de paz, y era además un recordatorio constante sobre su principal objetivo en la vida.
Así que estaba siendo un asco con las palabras, pero muy sincera.
―Elsa ―sus pecosas mejillas se encendieron de nuevo ―. Eso sonó tan… ―se echó aire con la mano ―. Dios…
El cerebro de la pequeña se encontraba tan acelerado como el de Elsa.
―Sabes cómo hacer sentir bien a una mujer, eres muy galante ―continuó la menor ―. La… la… gente suele decir que soy bonita, pero me gusta más cuando lo dices tú ―la miró, directamente a sus ojos azules.
―¿Y cuando te lo dice Kristoff?
―¿Quién es Kristoff?
"¿Y por qué importaba ahora?", pensó la niña, sosteniendo la mirada todavía en los ojos de Elsa. Los azules de la rubia se detuvieron largo rato en el infantil rostro de la pecosa, pero esta vez la reina lo tenía controlado.
Descendió la mirada hasta su comida y comenzó por las tostadas, mientras la niña de las pecas continuó preguntándose quién era Kristoff.
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La lucha comenzó desde muy temprano, la reina se debatía entre ardorosos deseos juveniles y racionamiento político-táctico. Era la noche definitiva, la aventura terminaba ahí, o continuaría si ella abría su corazón, que en alegoría tangible significaba la puerta de su cámara.
Esa noche no hubo tiempo para la ducha, se quedó dando vueltas en su habitación con su vestido de trabajo, el cabello recogido en un peinado tipo francés.
Se colocó ambas manos sobre el puente de la nariz mientras maldecía su indecisión, tal vez para Anna esto fuera más fácil, pero desistió de aquél pensamiento porque no quería sembrar en su mente la idea de que fuera Anna quien estuviera en medio de ese conflicto.
De repente la reina se sintió sucia, como si acabara de cometer un pecado que le sería difícil ocultar.
Evaluando los posibles resultados de cualquier decisión que tomara, se encontró con que tal vez nada perdería si cedía a su encanto por vivir algo fuera de su ya exasperante rutina. Y que podía perder lo único bueno que podría sucederle si se negaba al hecho de que, por muy la reina que fuera, tenía sentimientos y emociones, poco expresadas, pero ahí. Y después de todo, Anna tenía a Kristoff, en algún momento la pelirroja y el montañero hablarían con ella para anunciar su matrimonio, Kristoff le pediría la mano de Anna y ella tendría qué ceder porque, muy a su pesar, la chiquilla estaba enamorada del tosco hombre de hielo, y él era un buen tipo, él no era el individuo aquél de las Islas del Sur, mucho lo había demostrado. No podía negarle la felicidad a Anna, no podía negarse esa misma posibilidad y futuro a ella misma.
Decidida, se secó el sudor de sus manos en los costados de su fino vestido y destrabó el seguro de su puerta. Lo que tuviera qué pasar, que pasara y ya.
Se sentó a la cama, respirando agitadamente con la vista fija en la manija. Luego tomó el pañuelo blanco entre sus manos y vendó sus ojos.
Era hora.
A los pocos segundos escuchó el chasquido metálico de la puerta y ligeros pasos andando por la alfombra de su habitación.
Respiró hondamente.
Con mucha calma, alguien se sentó a su lado, en completo silencio, pero Elsa podía sentir que la miraba, y se sentía tan desnuda ante aquellos ojos anónimos que escudriñaban su vulnerabilidad, su esencia de niña.
Los dedos le temblaron cuando una suave mano los encerró con sobrada delicadeza, como si fueran copas de cristal dispuestas a romperse ante el mínimo toque.
Elsa giró el rostro cuando aquella persona llevó su mano hacia arriba, y sus dedos fueron besados por cálidos labios que sintió familiares. Ya no le quedaban dudas, era una mujer, una que olía a miel del campo.
El gesto resultó tan provocativo que el cuerpo de Elsa respondió con una ligera vibración. Escuchó un resoplido, como si la mujer a una venda de distancia sonriera por aquello.
―A-nna sospecha ―musitó.
La respuesta de su enamorada secreta fueron suspiros, suspiros claros, suspiros limpios.
Sin tener voluntad sobre sus movimientos la joven soberana bajó la cabeza un segundo, antes que delgados y fríos dedos acariciaran su mentón y la obligaran a mirar hacia arriba. Casi sintió (y se podría jurar que hasta lo deseó), labios hurgando de nuevo en los de ella; pero lejos de ser compensada por ese intrínseco deseo, un tierno beso fue depositado en la poca piel descubierta de su frente.
La mujer estaba de pie delante de ella, y la besaba como su madre lo había hecho tantas veces antes de mandarla a la cama, un beso íntimo, personal. Le sacudió las entrañas.
El shock producido le impidió hacer nada más cuando se dio cuenta que se había quedado sola de nuevo. Aquella persona no se aprovechó de sus ventajas, llegó hasta ahí en señal de agradecimiento y respeto, una forma de decirle que iba en serio, y que podía confiar.
Elsa, desde hace mucho tiempo no sentía tanta emoción.
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―¿Qué es eso? ―preguntó una curiosa pelirroja esa mañana cuando un postre especial llegó hasta Elsa junto a cuatro lirios de diferente color, y una nota con caligrafía distinta.
"Resumo ahora en cuatro lirios lo que usted me hace sentir, mi señora:
En un lirio blanco expreso el símbolo de la inocencia, pureza y belleza, la trinidad que usted reúne, mi hermosa dama: la inocencia de sus ojos, la pureza de su alma, y la belleza de su cuerpo. A veces me pregunto si es usted una sirena, o el mismo dios con nosotros.
Un lirio rosa representa la amistad y el amor platónico, como el pacto que usted y yo hicimos anoche, como desde la primera vez que usted me dio su confianza y abrió su puerta para dejarme pasar, con sus hermosos ojos vendados. Si me lo pregunta, no, no me lo esperaba, pero sentí morirme cuando la vi, sentada ahí, mirándome solo con su alma.
No hace falta describir lo del amor platónico, desde que llegué a este castillo yo siempre he estado enamorada de usted, pero usted siempre había estado tan lejos de mí.
El lirio rosa también simboliza la virtud, y sobra decir que usted las tiene todas, reina Elsa.
La flor amarilla es señal de felicidad, gratitud y alegría, esa trinidad me pertenece a mí, son mis emociones descritas en un lirio. Soy tan feliz desde que ayer por la noche, usted me dijo "sí, hagamos el intento", "vayamos más allá", y justamente el lirio amarillo simboliza también algo que va "hacia lo desconocido", no sabemos lo que sucederá, ni cómo lo venceremos, pero me fascina que vayamos a eso, mi amada señora. Mi bella mujer.
El lirio naranja, reina Elsa, significa el amor y la pasión ardiente. ¿Tiene usted idea, su majestad, de la pasión que desborda mi alma por usted? Un extremo de mis sentimientos nadan entre la pureza e inocencia que me provoca su andar tan gentil y refinado, y el otro en la pasión de verla caminar por los pasillos, con su gracia y su sensualidad; admirar su rostro serio mientras lee largos pergaminos de trabajo, su actitud erguida como felino presto sobre cualquiera de sus presas cuando negocia con las personas importantes que desfilan por su despacho. Su majestad, usted lo representa todo.
Por eso le envío cuatro lirios, mi amor, cuatro lirios para la reina, una reina entre las reinas.
La luna que la ama".
―¿Elsa?
Elsa no estaba ahí, Elsa vagaba entre un campo abierto cubierto de nieve, con hielo derretido cayendo limpiamente de las copas de los árboles, formando hermosas cortinas frías que tintineaban al movimiento, produciendo un dulce sonido que la acompañaba con el norte fijo en su castillo de hielo, brillante y refulgente entre uno y mil colores. Elsa amaba la nieve, el hielo era ella, el castillo en la montaña su corazón.
―Perdona, ¿qué?
―¿Qué es lo que tienes ahí?
―Ah, ¿esto? ―preguntó la rubia, metiendo la nota en su bolsillo y colocando el ramo de lirios al lado de su plato ―. Nada, es… una nota de Anders, por las correcciones. Gerda, bonito detalle para comenzar el día, sabes que me encantan los lirios.
Fingió, yo no puse ese ramo de lirios en su plato, pero conocía a mi muchacha, a mi pequeña reina, y jamás la dejaría sola con esta vergüenza, mucho menos si Anna estaba presente, ese remolino hecho mujer saltaría a su lado para arrebatarle la discreta nota de entre las manos y leer en voz alta lo que tan coloradas había puesto las mejillas de mi señora.
―Siempre es un placer servirle, su majestad.
Incliné mi cabeza en reverencia ante la mirada confusa e incrédula de la menor. Con Anna nunca es seguro jugar cartas. Le deseo suerte a la reina. Y también suerte con ese amor, si resulta ser lo que ella espera.
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Nos leemos el próximo viernes. Y en este día del amor y la amistad, deseo que cojan bien, que cojan chido. Hagan el amor y no la guerra, n_n
